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Abundancia, utopía y decrecionismo en la Historia popular

La utopía popular siempre vindicó la abundancia, cuando se empoderó con tecnología, la fundamentó en términos muy semejantes a los que hoy utilizamos. El decrecimiento, en cambio, sólo tiene antecedentes históricos en la reacción eclesial a la descomposición feudal.

El país de Jauja es el ejemplo típico de las utopías populares de la Edad Media y el comienzo de la Modernidad. Refleja bien las aspiraciones de unas capas populares aplastadas por el hambre y la miseria. La abundancia, es decir, el fin del trabajo forzado por la necesidad, la gratuidad de los alimentos y el fin de los conflictos y la violencia debidos a su escasez, materializan la imagen de un mundo que merece ser vivido.

Cuando a finales del siglo XIX aparecen las primeras «utopías modernas» como parte de la eclosión cultural popular que supuso la I Internacional, el impulso se racionaliza, se argumenta, se desarrolla bajo la forma didáctica de sociedades locales imaginadas. Pero la abundancia sigue siendo el aliento, el motor de la esperanza que conecta con las aspiraciones de millones de personas. Las primeras utopías de esta época en el mundo latoc, «Pensativo» de Juan Serrano Oteiza (1876) y «Nueva Utopía» de Ricardo Mella (1889), son escritos cuando el mutualismo proudhoniano es todavía hegemónico en el movimiento obrero. Ambas se centran en desarrollar un concepto familiar hoy a los lectores de Juan Urrutia: la economía de la abundancia.

La economía de la abundancia, aparece en el libro de Mell en un pueblo económicamente autónomo de la costa cantábrica que ha eliminado la especialización en favor del pluriespecialismo, cuyos talleres son cooperativos, la mayor parte de la producción está desmercantilizada -osea es gratuita- y en la que sólo permanece el mercado (los «bazares», ¿os suena?) como forma de coordinación y distribución de lo extraordinario, lo innovador. El conjunto hace un cuadro muy cercano a los actuales modelos de la abundancia.

La abundancia, la posibilidad de producir y trabajar en lo que se quiere, pero sobre todo de consumir cuanto se necesita sin necesidad de un regulador externo (mercado, estado o comité de salud pública), nace en estos relatos de una capacidad productiva «liberada» de la lógica de la acumulación y de un modo de vida liberado de las presiones de la lucha por la supervivencia, movido por el placer de aprender y socializar y que por tanto no necesita ya de consumos compensatorios para hacer aceptable una cotidianidad infame.

No es un fenómeno ibérico en absoluto. Así es en toda la literatura utópica del mundo, comenzando por el gran William Morris, uno de los escritores y pensadores sociales más influyentes del siglo XIX, arrinconado en el siglo XX por el poder académico del stalinismo ruso. Y si tomamos el principal ejemplo sudamericano de esta literatura, la tardía «La ciudad anarquista americana» de Pierre Quiroule (1914) –llevada recientemente al 3D– la misma calle circular que contiene la polis imaginada se llama «avenida de la abundancia».

¿Cuándo la escasez se convirtió en utopía?

Sólo muy recientemente cuando la descomposición lampaba ya, el decrecionismo se ha atrevido a proponer la escasez como utopía, convirtiéndose de hecho en un nuevo pensamiento hegemónico, planteando «decrecer», osea producir socialmente menos, a pesar de que con lo que se produce hoy no hay para todos por muy igualitariamente que se distribuya.

Este interesantísimo y extraño fenómeno nos retrotrae a la etapa de descomposición del régimen feudal, cuando frente a la revolución comercial de los siglos X al XIII la Iglesia condena al artesano mercader y al comercio mismo, articulando en teologías de la pobreza el rechazo a la miseria. Miseria que era producida por la resistencia al cambio de la nobleza de la que la cúpula de la Iglesia formaba parte. La Iglesia presentará la Segunda Venida como el paso a la sociedad mesiánica donde, ahíto, «el lobo pacerá con el cordero». Pasaba así la pelota a un futuro indefinido. Pero cada vez menos estaban por esperar. Nuevos grupos tratarán de propiciar la llegada de Cristo pasando a vivir en comunidad, levantando la sociedad igualitaria del Evangelio. A la Iglesia se le van pronto de las manos valdenses, joaquinistas, fraticellis, begardos, flagelantes

Lo interesante es que del elogio teológico de la pobreza se convirtió pronto en manos de las clases populares, en reconocimiento identitario (la comunidad imaginada de «los pobres»). Y esta autoidentidad propiciada involuntariamente por el mensaje eclesial se transformó rapidamente a su vez en rechazo de la pobreza y vindicación violenta de la abundancia. La Iglesia respondió pronto con la conversión en orden de los franciscanos (dando un espacio organizativo interno a la pobreza), la promoción de los dominicos y la creación de la Inquisición (para reprimir los excesos).

No es muy diferente de lo que vemos y veremos. Todo orden caduco, incapaz de imaginarse, de proyectarse ya hacia el futuro como útil para las personas, destruye riqueza social en sus estértores con tal de no cambiar las estructuras de poder. Promocionará entonces la pobreza «voluntaria» que impone para la gran mayoría a través de la crisis económica, del derroche ineficiente de recursos, la guerra y la apropiación directa de rentas y exacciones. Nos elogiarán el decrecimiento, crearán espacios para pobrezas estéticas y vendrá cada vez más represión de los que sueñan con un mundo sin escasez. Porque a las finales, la abundancia, la liberación del trabajo forzado, el pluriespecialismo, son sólo los pilares sin los que seguirá siendo utópico el viejo sueño común en todas las épocas y culturas: la libertad.

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  1. […] organización, la CNT, tenía su centro en lo productivo, como es lógico dado que su sueño era un sueño de abundancia y por eso recordarla como sindicato teniendo por referencia lo que los sindicatos son a día de hoy […]

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