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America y el fascismo

La banalización del fascismo, su confusión con lo «facha» o lo meramente autoritario o violento es una debilidad que se paga cara. El primer paso para enfrentar al monstruo es entender qué es realmente y por qué y por qué reaparece una y otra vez.

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Desde la llegada al poder de Trump mis feeds estadounidenses, desde «The Jacobin» a «Marginal Revolution» se han llenado de posts sobre el fascismo. Después de toda una vida viendo como el progresismo vaciaba el término y su operatividad política, confundiéndolo burdamente con cualquier forma de restricción de los derechos civiles, parecía que había algo de lo que alegrarse: la banalización del fascismo, su confusión con lo «facha» o lo meramente autoritario o violento es una debilidad que se paga cara. El primer paso para enfrentar al monstruo es entender qué es realmente y por qué reaparece una y otra vez.

¿Qué es el fascismo?

Históricamente el fascismo se incubó en la izquierda nacionalista. De la izquierda heredó la capacidad para articular un movimiento de masas, del nacionalismo la rara habilidad de hacerlo interclasista. Su variedad original, la italiana, supo vestirse además de modernidad, de rupturismo: convirtió en símbolos la velocidad, el motor, la novedosa aviación y la máquina, deificó un sujeto político de cosecha propia que todavía colearía medio siglo después «la juventud». Asaltó el poder creando una inesperada estructura vertical y autoritaria a base de sindicalistas revolucionarios, anarcosindicalistas, jóvenes individualistas de la clase media frustrada, intelectuales bohemios y aventureros profesionales convertidos en trepas sin escrúpulos, que inevitablemente se sacaban permanente los ojos, duplicaban funciones y que, cuando llegaron al poder, entraban en conflicto día si y día también con el funcionariado del estado.

La principal fortaleza del «modo fascista de organización política» es que todo el caos que llevan consigo, lejos de propiciar un colapso definitivo, refuerza el bonapartismo y el aura mesiánica del líder máximo. Como dijo Perón de su propio movimiento «somos como los gatos: cuando parece que nos estamos peleando es que nos estamos reproduciendo».

No, el fascista no es lo mismo que un facho ni se pavonea de ser un reaccionario, mucho menos es un autoritario vulgar. Es mucho más peligroso que todo eso: es un reformista autoritario y patriota con un movimiento de masas detrás, un halo de vengador popular y un discurso aparentemente revolucionario. Parafraseando a Theodore Roosevelt, podríamos decir que el fascista habla alto y lleva un gran palo, pero sobre todo, lleva una multitud trabajadora detrás y goza de una legitimidad que va más allá del carisma: el despecho de los oprimidos frente a los reformistas que se han vuelto cansinos, corruptos o simplemente incapaces de proveer e incluir a los que lo necesitan en sus viejas redes clientelares. Es esa superioridad moral, tácitamente reconocida por las masas, basada en la corrupción e insensibilidad de la élite en el poder, la que le permite ser sobrado y violento. El fascismo es un autoritarismo por supuesto, pero un autoritarismo moralizante y libertino al tiempo. No conviene olvidarlo porque esa naturaleza contradictoria lo hace muy atractivo para entornos que en su ausencia seguramente virarían en libertarios.

El fascista además, tiene una fórmula mágica: el estado nacional, esa caja que según él y con la debida presión, puede contener todo conflicto social, aunque no tenga reparos en romperla con tal de hacerse con el poder. «Todo en el estado, nada fuera del estado», es decir no se tolerará la autonomía, la independencia, el salirse de la fila de ninguna forma comunitaria o asociativa. Los patitos mejor alineados o citando la insondable sabiduría de garrafón de Perón de nuevo: «el Hombre es bueno, pero si se le vigila es mejor».

Tan poderoso es el veneno fascista que allá donde ha formado políticamente a una generación -Italia, España, Argentina- aunque desaparezca como corriente organizada o sea relegada a la marginalidad, permanece como matriz política de cuanto se pretende «nacional y popular», contagiando a la vieja izquierda de la que salió originalmente de formas sutiles e insidiosas cada vez que se deja tentar por cualquier forma de nacionalismo «de abajo a arriba».

Trump y el fascismo

Dicho todo esto, no cabe duda de que el trumpismo tiene muchos elementos en común con el fascismo. Pero seguramente, todavía no los suficientes como para dar positivo en una calificación rigurosa. Porque aunque a esa «alt-right» delirante nacida en las cloacas de 4chan le gustaría, está lejos de constituir una organización de masas. Lejos incluso de que la simpatía de masas que aupó a Trump se identifique con ellos e incluso a Trump y a ellos como a la misma cosa.

Trump tiene detrás una «insurgencia open source». Sirve para alcanzar el poder, incluso para tomarlo al asalto, pero no para convertirlo en un totalitarismo. Y eso, en un país con poca tradición de encuadramientos políticos masivos y con una fuerte nostalgia de lo comunitario, que asocia a la autonomía de lo parroquial y de los «community standards», no es tan fácil de construir. No sería la primera vez que EEUU quedara en los umbrales del fascismo sin cruzarlo. Pero claro, eso no quiere decir que las piezas que le faltan a Trump no puedan surgir en otro campo que lo suceda.

América y el fascismo

Los neurólogos descubrieron las endorfinas porque los opiaceos les habían puesto sobre la pista de algo interesante. La idea era que si el opio, la morfina o la heroína tienen efectos tan poderosos en el cerebro es porque existen neuroreceptores para esos compuestos. Es decir porque nuestro cerebro usa «de serie» algo a lo que esas drogas se parecen. Así es y así se descubrió la «química del placer». Y algo de eso debe haber con la perversa lógica nac&pop del fascismo.

Como viejo ciberpunk sigo a Bruce Sterling con un cariño que cada vez parece merecer menos. Esta semana leí una novela corta e inconclusa suya escrita en Italia para una conocida editorial local. ¿El tema? Los orígenes del fascismo italiano a través de una fantasía ambientada en un hilo histórico alternativo en el que Gabriele d’Annunzio consolida un estado en el Fiume y Mussolini muere asesinado por una de sus amantes antes de haber tomado el poder. El título de la historia es «Pirate Utopia».

El mito del Fiume

¿Qué pasó en la vida real? Aunque Italia estuvo entre las potencias que ganaron la primera guerra mundial, no ganó significativamente territorio en ella. Fiume, una antigua base veneciana en la costa croata, a pocos kilómetros de Trieste y Gorizia, tenía todavía una mayoría de habitantes de lengua italiana. El nacionalismo italiano vio cómo una afrenta que las negociaciones de paz de París ni siquiera contemplaran la integración de la provincia en la madre patria. La impotencia diplomática italiana acaba en la cesión de la villa, la frustración convierte para buena parte de la opinión pública el triunfo militar en una «victoria mutilada». La indignación hace caer el gobierno. Mientras tanto la tensión crece dentro de la propia ciudad entre los partidarios de incorporarse al recién creado Reino de Yugoslavia y los partidarios de hacerlo en Italia. Ante la posibilidad de conflicto civil, tropas angloamericanas ocupan la ciudad.

Gabriele d’Anunnzio, famoso poeta y novelista, bohemio y vividor, que se había convertido en un símbolo italianista durante la guerra con sus acciones como piloto, organiza un grupo paramilitar de 2.500 personas armadas a partir de soldados desmovilizados y grupos anarcosindicalistas. Toma la ciudad en un brutal acto de vandalismo protofascista en septiembre de 1919, expulsando a las tropas angloamericanas y tras negarse el gobierno italiano a aceptar el «regalo», se declara «Duce» y constituye un breve estado que se mantendría hasta el 31 de diciembre de 1920. La mayoría de los historiadores lo considera el primer estado fascista de la Historia.

El «estado» d’anunnziano, compaginará una brutal represión anticomunista con la primera concepción constitucional de un estado corporativo y una tremenda cantidad de literatura, comunicación y simbolismo autocelebratorio. Incompetentes para producir nada, financian el engendro «poético» con sangrientos robos y actos de piratería -fundamentalmente contra barcos italianos. Lo único que dejaron fueron los grandes hitos de la estética fascista: el saludo solar, el uniforme negro con las calaveras que luego copiarían las SS alemanas, una buena colección de himnos ramplones y un buen montón de cadáveres y abusos sobre la población local.

Hakim Bey y Bruce Sterling

Sterling relata el Fiume (proto)fascista en su historia alternativa con el ambiente de un hacklab y el espíritu de un centro social ocupado que hubiera sido tomado por hispters estetas. Cuesta entender esa mitificación por mucho que se esconda en el subterfugio de la historia alternativa.

Mi primera explicación fue el paralelismo con la historia de Texas, el lugar de origen de Sterling. A fin de cuentas el origen de Texas coincide con Fiume en lo fundamental: una banda de aventureros y canallas forma un grupo paramilitar para arrebatar a un estado vecino parte de su territorio, lo consigue y tras una época de brutalidad y limpieza étnica, el «nuevo estado» es anexionado por la potencia de origen de los asaltantes. Pero en la larga entrevista con el autor que acompaña a la edición en inglés, aunque hablan sobre Texas, ni Sterling ni su entrevistador parecen ser conscientes del paralelismo.

Por otro lado me resultaba llamativo que el relato se llamara «Utopía pirata». El primero en convertir el horror que ocurrió en el Fiume en una «utopía pirata», fue Hakim Bey en un libro fundamental para entender el anarquismo en la transición entre el sesentayochismo e Internet: «Zonas Temporalmente Autónomas». Disfrutemos una larga cita:

La Ucrania de Makhno y la España anarquista buscaron la permanencia, y a pesar de las exigencias de una continua guerra ambas tuvieron éxito hasta cierto punto: no porque duraran mucho «tiempo», sino porque estaban cabalmente organizadas y podrían haber perdurado a no ser por la agresión exterior. Por tanto, de entre los experimentos del periodo de Entreguerras me concentraré si no en la alocada república de Fiume, que es mucho menos conocida, y no se organizó para perdurar.

Gabriele D’Annunzio, poeta decadente, artista, músico, esteta, mujeriego, atrevido pionero aeronáutico, mago negro, genio y canalla, emergió de la I Guerra Mundial como un héroe con un pequeño ejército a sus órdenes: los «Arditi». A falta de aventuras, decidió capturar la ciudad de Fiume en Yugoslavia y entregársela a Italia. Después de una ceremonia necromántica junto a su querida en un cementerio de Venecia partió a la conquista de Fiume, y triunfó sin mayores problemas. Sin embargo Italia rechazó su generosa oferta; el primer ministro lo tachó de loco.

En un arrebato, D’Annunzio decidió declarar la independencia y comprobar por cuanto tiempo podría salirse con la suya. Junto a uno de sus amigos anarquistas [nada más y nada menos que Alceste de Ambris] escribió la Constitución, que declaraba la música como el fundamento central del Estado. Los miembros de la marina (desertores y anarcosindicalistas marítimos de Milán) se autodenominaron los Uscochi, en honor de los desaparecidos piratas que una vez vivieron en islas cercanas a la costa saqueando barcos venecianos y otomanos. Los modernos Uscochi triunfaron en algunos golpes salvajes: las ricas naves italianas dieron de pronto un futuro a la república: dinero en las arcas! Artistas, bohemios, aventureros, anarquistas (D’Annunzio mantenía correspondencia con Malatesta) fugitivos y expatriados, homosexuales, dandis militares (el uniforme era negro con la calavera y los huesos pirata; robada más tarde por las SS) y reformistas chalados de toda índole (incluyendo a budistas, teósofos y vedantistas) empezaron a presentarse en Fiume en manadas. La fiesta nunca acababa. Cada mañana D’Annunzio leía poesía y manifiestos desde el balcón; cada noche un concierto, después fuegos artificiales. Esto constituía toda la actividad del gobierno. Dieciocho meses más tarde, cuando se acabaron el vino y el dinero y la flota italiana se presentó, porfió y voleó unos cuantos proyectiles al palacio municipal, nadie tenia ya fuerzas para resistir.

D’Annunzio, como otros muchos anarquistas italianos, derivó tardíamente hacia el fascismo ­de hecho, Mussolini mismo (el ex­sindicalista) sedujo al poeta a lo largo de esa senda­. Para el momento en que D’Annunzio se percató de su error* era ya demasiado tarde: ya estaba demasiado viejo y enfermo. Pero el Duce lo hizo asesinar de todas formas ­lo tiraron de un balcón­ convirtiéndolo en un «mártir». En cuanto a Fiume, aunque carecía de la seriedad de la Ucrania o Barcelona libres, puede probablemente ilustrar mejor ciertos aspectos de nuestra búsqueda. En algunos aspectos fue la última de las utopias piratas (o el único ejemplo moderno); en otros aspectos quizás, fue muy posiblemente la primera ZTA moderna.

Creo que si comparamos Fiume con los levantamientos de París en 1968 (también con las insurrecciones urbanas italianas de los primeros setenta), al igual que con las comunas contraculturales americanas y sus influencias anarco-­Nueva Izquierda, deberíamos percatamos de ciertas similitudes, tales como: la importancia de la teoría estética (los situacionistas); también lo que podrían llamarse «economías pirata», vivir de los excedentes de la sobreproducción social ­incluyendo la popularidad de coloridos uniformes militares­ y el concepto de música como forma de cambio social revolucionario; y finalmente su aire compartido de impermanencia, de estar preparados para movilizarse, transmutarse, reubicarse en otras universidades, cimas montañosas, guetos, fábricas, guaridas, fincas abandonadas; o incluso otros planos de la realidad. Nadie intentaba imponer otra dictadura revolucionaria más, ni en Fiume, ni en Paris o Millbrook. El mundo cambiaría o no. Mientras tanto mantenerse en movimiento y vivir intensamente.

Como puede verse, el libro de Sterling compra la mitificación del relato de Hakim Bey. En Bey hay una banalización de la violencia que se acompaña de una fascinación por el esteticismo y el desparpajo de una banda de buscavidas, canallas y bohemios unidos casi exclusivamente por su narcisismo en la «fiesta» sangrienta de su conversión en dictadores. Los primeros dictadores fascistas.

¿Cómo pudo fascinar a Bey algo así? ¿Cómo puede seducir lo suficiente a Sterling como para dedicarle hoy su primera aproximación a lo que está pasando en América? Neuroreceptores. Los neuroreceptores del fascismo han estado ahí, en la izquierda diletante europea y americana, siempre. Escondida en toda esa frivolidad sesentayochista late una violencia atroz. La misma que hizo tan atractiva la «experiencia» del Fiume a Mussolini como para tomarla como el molde de su movimiento.

Todo estaba ya en el Fiume y cruzó el siglo XX cubierto bajo un condescenciente manto artístico y libertario: la concepción de la política como un happening, con su música, sus fiestas, el esteticismo, el narcisismo desbocado, el culto de «las experiencias» y de la experimentación… La mezcla era y sigue siendo una bomba de tiempo en espera del aporte mussoliniano a la fórmula original d’annunziana: un partido capaz de encuadrar y dar sentido vital a unas masas tan indignadas como perdidas en búsqueda de seguridad y abiertas a una solución nacional-autoritaria. Al final Fiume, los muchos «fiumes» que han venido desde entonces, sirven de verdadera escuela de cuadros a un fascismo que muta y se reinventa constantemente como cualquier otra vanguardia artística.

Ahora, en EEUU, si hay algo en marcha son esas masas bien adiestradas en el patrioterismo tras 15 años de movilizaciones militares masivas. A su cabeza se ha puesto un vividor tan machista, xenófobo y rimbombante como el original, al que le falta el componente organizativo y la experiencia «artística» vanguardista y sindical. Pero no es tan difícil imaginar que pueda ser sucedido, complementado e incluso superado por uno. Los EEUU de hoy tienen miles de Lempickas y Montesoris, de Paretos y Pizzetis, de d’Annunzios y Marinettis formados en ese nacionalismo fractal que ha sido la «identity politics» y dados, aunque solo sea en twitter, al «movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso y la bofetada irreverente». Como en la Italia de los veinte, en las barriadas obreras de las ciudades desindustrializadas, en los centros sociales para reservistas y en los sindicatos de base no falta cantera tampoco para un nuevo Alceste de Ambris. Así que es muy posible que un -o una- joven Mussolini esté todavía por llegar.


(*)Hay que corregir a Bey con contundencia en esto porque hay documentación de sobra que atestigua lo contrario, lo que d’Annunzio consideró con «pena» esteticista, fue la institucionalización del fascismo y la «pérdida» de su «nervio» original una vez en el gobierno. Le gustaba más la época de los «arditi», los «squadristi» y los linchamientos. En 1925, tres años después de la «Marcha sobre Roma» firmó el «Manifiesto de intelectuales fascistas» y siguió ligado a Mussolini, quien le colmó de cargos y pensiones, le hizo académico y hasta le dio un título nobiliario de «Príncipe», honrándolo como inspirador de su movimiento hasta su muerte en 1938, cuando lo despidió con funerales de estado. Lo más crítico con el «Duce» que dijo es que era un imitador (de su propio modelo en el Fiume) y lo mejor que puede decirse honestamente de d’Annunzio en su relación con el fascismo mussoliniano es, como remarcan todas las enciclopedias, que no fue ministro. Ciertamente, fue lo único que le faltó ser en un régimen que lo honró hasta el último día como a un semidiós.

«America y el fascismo» recibió 5 desde que se publicó el Domingo 26 de Febrero de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Brillante post David. Una verdadera genealogía del fascismo que pone el acento donde lo tiene que poner. Me encantó.

    • Gracias!! Creo que en esta época caricaturizar al fascismo restringiéndolo a los correajes y al racismo más burdo es banalizarlo, equiparándolo a lo «facho» eliminamos todo rastro de la izquierda en su origen, lavamos la conciencia, eliminamos la responsabilidad… pero sobre todo nos desarmamos.

      Porque lo más peligroso del fascismo es su atractivo para la izquierda. Un movimiento protofascista sin izquierdistas no pasa de paripé garca. Cuando seduce a izquierdistas, a libertarios, a estetas, es cuando copa sindicatos, gana elecciones, absorbe tejido social, gana legitimidad pública, se convierte en artístico, en místico y en cool… es decir, es la seducción que ejerce sobre una parte de la élite militante la que le permite comenzar a convertirse en una realidad totalitaria.

      No hay que olvidar nunca que el verdadero fascismo nunca es confundido con lo facha, sino con una «nueva izquierda» patriota o como un «nuevo nacionalismo» de izquierda e indignado.

  2. Totalmente. Me parece tan importante esta distinción que, aunque parezca de cultura general, no lo es.
    Voy a difundirlo por aquí, que mal no viene 😀

    • «Gorilismo» le llaman al antifascismo allí, una trampa fantástica: invisibiliza que lo único que unió a los radicales, los comunistas y los socialistas con la «derechona» industrial y agraria fue precisamente el antifascismo. A partir de ahí, o la izquierda hacía la vista gorda -y por tanto legitimaba el peronismo como una fuerza democrática- o perdía las oportunidades de gobernar. El verdadero drama argentino desde mi punto de vista.

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