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Analizando Redes Sociales (VII)

Siguiendo con nuestra caracterización de situaciones de netwar, describiremos en este capítulo como localizar y caracterizar situaciones de desestabilización política orquestada, golpismo de red, en contraposición a aquellas en las que los tipping points sean alcanzados espontáneamente.

Como veíamos en un capítulo anterior, los nodos en una red se caracterizan por su estrategia de propagación. Esta podría definirse como su disposión, en función de las estrategias de los nodos con los que tiene vínculos, para propagar o no y con quién, ciertas ideas o mensajes.

Cuando sufren una situación de minoría tal que les resulta incómoda o un fenómeno exterior convierte una situación hasta entonces estable en prácticamente insostenible, los nodos intentan modificar conscientemente su entorno de relación. El modo con que lo hacen es lo que hemos llamado estrategia de transformación y su objetivo es transformar vínculos débiles (contactos lejanos que van poco más allá del conocimiento), en vínculos abiertos (con los que la propagación es posible y bien recibida), transformando la arquitectura de la red.

Caracterizando los movimientos espontáneos de masa

A veces, un fenómeno traumático puede hacer caer rápida y generalizadamente el umbral de rebeldía, de una buena parte de los nodos dispersos por la red. El umbral de rebeldía es el número de nodos que deben compartir conmigo mi mensaje para que yo me anime a propagarlo en mi cluster. El resultado inmediato es que “emergen” mensajes que permanecían “ocultos” bajo la aparente homogeneidad y estabilidad de los clusters.

La súbita aparición de estas “corrientes de respuesta” convierten en menos aceptable la situación de minoría de nodos que aún después de haber reducido su umbral siguen sintiéndose no aceptados en su cluster. Buscan reafirmarse encontrando “iguales”. Y lógicamente ponen en marcha una estrategia activa de transformación. Tiran de la agenda del móvil, de los habituales de los foros de la web, acumulos naturales de vínculos débiles entre los que conoce o intuye las sintonías ideológicas. Los flujos de comunicaciones via SMS, web y mail crecen exponencialmente durante un periodo muy muy breve. Pero para convertir esos vínculos en abiertos hace falta algo más. Presencialidad, materialización de la comunicación y de la voluntad de propagar un mensaje común. Espontáneamente surgen mobs, concentraciones… Así fue en Filipinas en 2001 (55% de crecimiento de mensajes de texto en un sólo día), Yugoslavia y España (donde durante el 12 de marzo se multiplicó por 8 el tráfico de Internet).

El resultado es la movilización y rápida emergencia de una parte de los nodos que hasta entonces habían estado inactivos, que genera una reordenación del mapa global de clusters y por tanto de las mayorías, para finalmente disolverse como movimiento público tan rápidamente como surgió. Algo que a cierto nivel esto puede producir incluso un vuelco electoral, dado que el sistema democrático, al basarse en las mayorías es muy sensible a estos cambios aún cuando las diferencias numéricas entre los dos grandes e inevitables grupos de opinión ante un evento traumático, no varíen dramáticamente.

Algo así podemos decir que pasó en España entre el 12 y el 14 de marzo. Señalando especialmente que la traducción en las urnas del fenómeno no fue un retroceso en la intención de voto del partido gobernante, lo cual hace imposible decir que las mobs modificaran resultados electorales mediante alguna forma de coacción, sino la participación de un voto normalmente abstencionista que se movilizó a consecuencia de haber visto reflejados sus deseos de propagación en las mobs espontáneas del día 13. Algo que, por cierto, ya había analizado Juan Urrutia seis meses antes.

Otro elemento característico de estos movimientos, como destaca el conocido experto Javier Cañada, es el papel que juegan los medios de comunicación, los “broadcasters”, en estos movimientos. Escribiendo sobre el 13M decía:

Se estableció una simbiosis interesante entre los transistores y los teléfonos móviles. Mientras los teléfonos transmitían acción, los transistores ofrecían contexto. Los primeros eran simples mensajes que incitaban a hacer algo. Por limitación del medio y economía, no permitían más. La radio, sin embargo, ofrecía la situación general, la visión del todo, y lo más importante: las consecuencias (macro) de las acciones (micro).

Existía una retroalimentación entre el canal en red (los móviles) y el canal de broadcast (la radio). A medida que crecía el número de manifestantes convocados unos por otros mediante SMS, más intenso era el mensaje que se retransmitía por radio. Cuanto más intenso era el mensaje que se retransmitía por radio, más gente se unía a las protestas y más gente mandaba mensajes. La radio (broadcast) estaba siendo el amplificador de los móviles (red).

Es decir, los medios, cogidos como todos en el torbellino que se abre al alcanzar los mensajes contestatarios un tipping-point paralelo a la súbita reestructuración de la red al completo, no se hacían eco de una supuesta convocatoria, sino de las acciones espontáneas de los nodos más activos: los mobs

Estrategias de desestabilización política

Definiremos las estrategias de desestabilización política como intentos deliberados y externos a la dinámica endógena de la red social, cuyo objetivo es forzar la reestructuración de la red, generalizando la propagación de ciertos mensajes, con la perspectiva de modificar la representación política de las mayorías sociales. Es decir, ya de entrada estas estrategias invierten el orden de motivación de los nodos en movimientos de masa en red. Aquí el objetivo no es la propagación (móvil de los nodos) sino la transformación (que para los nodos es sólamente un medio).

Los estrategas de este tipo de movimientos, verdaderas formas postmodernas del golpe de estado, buscan reproducir los resultados de un movimiento tipo Otpor. De hecho, intentarán presentar sus resultados siempre como fenómenos espontáneos, no dirigidos, reticulares. Sin embargo, como veremos, no es tan fácil provocar cambios en cadena de gran escala en la red social e inevitablemente dejarán rastros reconocibles.

El primer objetivo a conseguir en un golpe de estas características, sería como en el modelo que imita, una caída del umbral de rebeldía de la parte más sensible de los nodos. En los ejemplos del modelo que hemos analizado antes esta se producía por un hecho traumático ampliamente reconocido como tal por el conjunto social. Los protagonistas de esta forma de netwar, a falta de hechos así, tendrán que fabricarlos. Y no es tan fácil. Aún contando con que tengan medios de comunicación, broadcasters, difícilmente podrán conseguir la unanimidad en la interpretación de hechos que presenten como tales por los otros medios si realmente no lo son.

Y aquí empieza lo realmente peligroso, pues para empezar a movilizar a los nodos más activos no necesitan que el hecho que dicen les indigna, indigne a la sociedad en su conjunto. Pero tendrán que explicar por qué pasa eso y mantenerlo en el tiempo. Es decir, para empezar el movimiento les bastará, con broadcastear su indignación, pero para seguir adelante tendrán que hacer un discurso victimista que presente como agresiones a su círculo amplio de aceptación todas las acciones del contrario. Sólo así los nodos más sensibles mantendrán bajos sus umbrales de rebeldía. Buscarán por tanto que organizarles rápidamente en comunidades virtuales, grupos juveniles, asociaciones de distinto tipo animándoles a desarrollar un activismo desaforado que proyecte, a base de acción, lo que no tienen en número. Una línea que a finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado los partidos totalitarios desarrollaron hasta el paroxismo.

Pero por otro lado es difícil mantener en tensión siquiera a los propios mientras el espectro ideológico se mantenga como un continuo, como un degradado de color en el que caben todas las interpretaciones. Es necesario polarizar y tensar, “limpiando” y forzando a la decantación sobre todo al entorno más cercano pero crítico. Y para eso, serán usadas las redes agitativas creadas jústamente antes, en una lógica de amedrentamiento que puede llegar a tener realizaciones violentas. En esta lógica se tratará de sobredimensionar la “creciente” capacidad de acción de los exaltados del propio bando, reforzándolos mediáticamente. Se organizarán mobs, campañas en favor de llevar determinados símbolos externos, comprar ciertos productos, etc… Y los medios a disposición, en vez de dar contexto, de relatar lo que los otros hacen, relatarán lo que los otros convocan.

Todo este desarrollo dejará además dos rastros típicos:

  • En primer lugar, si los golpistas van desarrollando las fases de su labor con éxito, los tiempos serán largos, la tensión creciente y los actos públicos dispersos. Algo muy distinto de los fenómenos que analizábamos antes que culminaban en una gran mob que escenificaba el cambio de mayorías sociales para acto seguido desaparecer como movimiento.
  • Siempre, en cada entorno y terreno habrá dirigentes pública e internamente reconocidos, gurús y activistas de referencia, liderazgo. Algo muy distinto de las movilizaciones de masa en red, típicamente anónimas.

Como hemos visto además, necesitan el uso de la tensión como medio. Por eso, el peligro de estas estrategias es que fácilmente pueden degenerar en situaciones de violencia difusa, pistolerismo y aparición de grupos incontrolados nacidos del ambiente de crispación y confrontación permanente que el centro organizador necesita, en ausencia de hechos traumáticos reconocidos socialmente, para mantener agrupadas y con opciones a sus huestes.

La “alqaedización” de los grupos antisistema

Este tipo de estrategias, a pesar de su dependencia del centro mediático generador, no están exentas de una cierta lógica de red. A fin de cuentas, la inversión organizativa es mínima y la estrategia se basa en la emisión de mensajes y la confrontación identitaria. Tenderán por tanto a una “alqaedización” espontánea que supere a los intentos de formalización grupal previos -si se hubieran producido. Un sistema en el que el centro emite y el resto… ya sabe -o interpreta- lo que tiene que hacer.

De hecho el conjunto ideal de herramientas para organizar uno de estos “golpes de estado postmodernos” pasaría por:

  • Contar con un broadcaster multimedia con una base de audiencia relevante, a ser posible en radio, televisión y prensa tanto de papel como electrónica, a partir de los cuales desarrollar mensajes confluyentes (no idénticos).
  • Una red de activistas organizada on y off line sobre la base de una definición identitaria fuerte. Es decir, aunque el sistema interno sea pluriárquico (sin jerarquías ni una estructura de mando), la fortaleza exclusiva de la identitad les debe impulsar a actuar no sólo coordinada sino unánime y sincronizadamente en los momentos claves ante los llamamientos de los líderes.
  • Proyección internacional no sólo entre grupos afines sino en medios de comunicación con los que conseguir “efecto eco”, sobre todo pensando en la interpretación interna.

Conclusiones

Mientras en los movimientos espontáneos de reestructuración de red es complicado articular sistemas de “alerta temprana” y sus nodos motores son de difícil identificación, los intentos de subversión y desestabilización reticular organizados desde un centro, eso que se ha dado en llamar los “golpes de estado postmodernos”, por sus tempos y rastros son para el analista claramente reconocibles y focalizables.

En siguientes capítulos estudiaremos sus diferencias estructurales con otro tipo de estrategias como el marketing de red y las posibles estrategias preventivas que podrían llevarse a cabo.

«Analizando Redes Sociales (VII)» recibió 0 desde que se publicó el jueves 27 de enero de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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