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Aprendiendo de los viejos gremios

En la escuela nos enseñaron la historia de los gremios desde la mirada de sus críticos del siglo XVIII y XIX, cuando eran un freno al desarrollo de la la libertad de movimientos y la homogeneización de la fuerza de trabajo que se requería para el éxito de la industrialización.

Sin embargo los gremios y artes eran mucho más que esas estructuras de disfrute de privilegios que monopolizaban las actividades artesanas de las ciudades. Cada gremio era en realidad una comunidad de conocimiento. La estructura entera de la comunidad giraba en torno a su transmisión. Conocimiento que era, en parte, técnico especializado, pero que se ligaba a una ética del trabajo particular, a la construcción de un discurso moral desde el simbolismo de las herramientas y la cotidianidad.

Un libro reciente1 se han descrito con detalle ceremonias de iniciación de tejedores, tintoreros, canteros y herreros en gremios británicos que seguían funcionando aún en pleno siglo XX. Resultan llamativos los paralelismos: en la iniciación el aprendiz era identificado con el objeto y las herramientas de su oficio, representandose, a modo de un psicodrama, como un hierro en la forja, una piedra que recibe sus primeros golpes o un lienzo que se prepara para ser tintado.

Los aprendices no eran considerados parte del oficio. Sólo el paso del aprendizaje al compañerismo -con la experiencia de fraternidad que el mismo nombre evoca- permitían que al neófito se le llegara a considerar parte de la comunidad. Mientras al aprendiz se le mostraba el uso de las herramientas y se le narraban la historia y mitos ligados al gremio, del compañero se esperaban ya aportes prácticos. Y en el caso de los canteros, para los que la matemática era una parte fundamental del conocimiento gremial, también demostraciones geométricas, como los famosos “cinco puntos del compañerismo” que servían para calcular el punto central de la planta de un edificio a construir.

Llaman la atención instituciones como la Itinerancia. Cuando un aprendiz era formado pero no se le podía asegurar trabajo, en vez de integrarle como compañero, se le invitaba a viajar por diferentes talleres durante un cierto periodo. Los talleres que tuvieran encargos les recogerían temporalmente, continuando su formación y enseñándoles nuevas técnicas. Al final de la itinerancia los aprendices serían finalmente incorporados como compañeros en su taller original o en alguno formado a partir de este. Este sistema no sólo servía para optimizar la distribución de la mano de obra, sino para extender las innovaciones dentro de un mismo gremio, homogeneizando el Estado del Arte.

Igualmente, la limitación del número máximo de maestros en un taller determinado animaba a la extensión geográfica del gremio, igual que el derecho de segregación que comentábamos anteriormente anima hoy a la extensión sectorial desde una empresa bajo democracia económica.

En los estatutos y textos de artes y gremios se mezclaban de manera natural cuestiones prácticas como los salarios con conocimientos técnicos especializados y metáforas morales construidas a partir de la práctica cotidiana del trabajo.

Todo esto suena tremendamente friki hoy, cuando si escuchamos la palabra profesional no pensamos en alguien que profesa, que ejerce un trabajo ligado a un conocimiento específico de grupo al que ha accedido mediante unos votos y una transformación personal que es ante todo moral. Pero es central para entender la lógica de la cohesión social del Antiguo Régimen.

Esa lógica de cohesión representaba un evidente freno al desarrollo del mundo industrial y nacional. Las identidades que generaba la tradición gremial eran densas, vivían en un universo de significados plenos y lógica de comunidad real que no aceptaría facilmente el mundo más plano de mercados abstractos, homogeneización del propio trabajo desvinculado de todo sentido moral y de construcción, del mundo de las naciones y la burguesía.

Dos testigos de la parte final de esta época de transición nos han legado un relato impagable de la violencia social que fue necesario ejercer para destruir aquella ética del trabajo. El primero fue Karl Marx, quién en su Manifiesto de 1848 hace una referencia explícita al ascenso de la burguesía y la destrucción del sistema gremial:

Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar.

El otro es el Papa León XIII en su famosa encíclica Rerum Novarum:

Es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres condiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios.

En los dos casos se apunta a lo que realmente dolía y destruía identidades: el paso del maestro gremial al obrero cualificado significaba fundamentalmente la ruptura de la relación entre visión del mundo (valores, creencias religiosas, sistema moral, sentido de la propia vida, es decir, todo lo que constituye una cultura comunitaria) y el hecho de trabajar, reducido ahora al mero intercambio de tiempo de trabajo por dinero.

Es por eso, que Juan XXIII y la doctrina social de la Iglesia darán como ejemplo una y otra vez al artesanado y las cooperativas como:

creadoras de auténticos bienes y [que] contribuyen eficazmente al progreso de la cultura

Es triste hoy visitar empresas. Es triste respirar su panorama moral, ver como el sentido del trabajo de los que a ellas dedican su vida transmite un agotador vacío sólo salvable por aquellos que han entendido que la única moral válida para prosperar en una gran organización está a medio camino entre Falcon Crest y Lucrecia Borgia. Es eso lo que se suele pensar como empresa. La empresa que despojada de comunidad intenta recuperarla sin éxito en una sociedad que añora y busca formas de hacer del trabajo una forma de cohesión social.

Tal vez ha llegado el momento en que es necesario que las empresas y los oficios vuelvan a profesar. El momento de que recuperemos el sentido social del trabajo de cada cual, de que asumamos de una vez que sólo en la comunidad crece el conocimiento y que este conocimiento no puede ser sólo técnico, porque si hay que ponerle un adjetivo es humano, es decir, que ha de contener un significado social, una ética del trabajo y una visión del mundo.

Pero eso supone también romper con la iconoclastia sesentayochista. Si el trabajo es algo valioso, si es algo que realmente aporta algo más que dinero a fin de mes, si se realiza fundamentalmente entre iguales, su espacio social ha de reconocer que los símbolos son más que marcas, que la celebración es más que la cena de empresa y que la solemninad merecida por ciertos tránsitos profesionales sobrepasa con mucho a un brindis.

Los sencillos símbolos, las modestas ceremonias de los gremios premodernos nos enseñan que el viaje intelectual que la construcción de un demos requiere, exigen la valoración del proceso deliberativo. Tomarse en serio el conocimiento, celebrarlo y distinguirlo. Darse espacios para la reafirmación de los valores, para la reflexión seria en voz alta. En todas esas ceremonias gremiales no se trataba de replicar, sino de revivir -con cada nuevo compañero como protagonista- la experiencia histórica de la comunidad porque sólo desde la experiencia personal -que no individual- es posible reapropiarse del conocimiento.


1. La Masonería Operativa, Jorge Francisco Ferro, Kier, Buenos Aires, 2008.

«Aprendiendo de los viejos gremios» recibió 0 desde que se publicó el Martes 7 de Abril de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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