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Aprendiendo sobre comunidad y trabajo con Adler

Pocos autores contemporáneos han sabido rescatar la herencia clásica con la finura y la originalidad de Adler. Un relato del que podemos aprender mucho sobre cómo desarrollar, a través de la práctica de la cooperación y el aporte, un «ethos» individual y comunitario que nos empodere a todos y a cada uno en las comunidades reales en las que desarrollamos nuestra vida.

Prácticas en las Indias

primera comunidad en el kibutzComo contábamos en el post anterior, para Adler nuestro comportamiento está orientado por metas, por objetivos que se forman en los primeros años, en la infancia. El punto de partida es el «sentimiento de inferioridad» del niño en su primera comunidad: la familia. Ese sentimiento no es en sí negativo, porque como dice Adler:

El comportamiento de todo nuestro movimiento vital es un salir adelante desde la incompletitud a la plenitud. En consecuencia, todo nuestro trayecto vital personal tiene una tendencia hacia la superación, una tendencia a crecer buscando ser superiores.

Pero si el miedo, el rechazo o la sensación de no tener un lugar propio de pertenencia dentro de la familia, disparan este sentimiento de inferioridad en el niño hasta convertirlo en abrumador, se orientará hacia estrategias erróneas: llamar la atención, ejercer el poder, vengarse o aislarse (creando deficiencias imaginadas o exagerando deficiencias reales, por ejemplo).

Porque, siendo seres guiados por metas, las estrategias, correctas o erradas, aparecen ya cuando somos pequeños. En el seno de nuestra comunidad de origen y en función de ella, nos damos los primeros objetivos vitales. Es entonces cuando surgen también nuestros primeros prejuicios sobre los demás y sobre nosotros mismos, eso que Adler llama la «lógica privada». La unión de metas vitales (aceptación, pertenencia, reconocimiento…) y lógica privada («los amigos siempre fallan», «nadie me quiere», etc.) darán forma y coherencia toda nuestra vida a nuestras sensaciones y sentimientos, y con ellos a nuestra forma de vivir, a nuestro «estilo de vida», un concepto importante que Adler define como

el conjunto de estrategias de comportamiento y las salvaguardas que nos orientan hacia nuestros éxitos y nuestros fallos.

Pero ¿qué es lo que hace que nuestro estilo de vida caiga a un lado (el inútil, de la compensación errada) o al otro (el útil que nos permite crecer) durante toda nuestra vida?

La Virtus adleriana

Virtus y HonosLa «Virtus» romana era la virtud que consistía en tener el coraje necesario para enfrentar el miedo en situaciones críticas y poder superar una situación difícil para la propia comunidad. En la representación solía acompañarse de «Honos», una virtud similar, aunque menos exigente, que refería no a la superación personal en pro de los propios, sino a la asunción de costes en pro de ser justo con los ajenos. En la Roma clásica se asociaba al ejército, y con el tiempo y unos cuantos deslizamientos semánticos se convirtió en el «honor» contemporáneo.

El «coraje» de Adler se parece mucho a su ancestro latino. Para él, no cabe esperar una vida libre para siempre de angustia. La angustia es solo la expresión constante de nuestro miedo a fallar y en consecuencia a ser rechazados. Desde la infancia la angustia nos señala los retos, las situaciones en las que no nos sentimos suficientemente valorados ni fuertes, listos o capaces para salir adelante. Ese sentimiento de inferioridad ante los otros y de miedo frente al cambio no es en sí negativo. Al revés, para Adler el contraste entre nuestras limitaciones y nuestros objetivos vitales es el motor que pone en marcha nuestra capacidades creativas.

El verdadero coraje, la Virtus, es la capacidad para enfrentar nuestras tareas vitales, para pasar del lado inútil al útil cuando hacemos ajustes y compensaciones, es decidirse a asumir riesgos y sentir pertenencia.

Solo aquellos que son capaces de armarse de coraje y avanzar hacia el lado útil, considerándose a sí mismos una parte de un conjunto, están a gusto en esta Tierra y con lo humano.

Si la Virtus no hace parte cotidiana de nuestro estilo de vida, el miedo a equivocarnos -engrandecido por unas reglas sociales basadas en el castigo social del error- nos llevará de cabeza a buscar «malas compensaciones», que incluyen metas ficticias y paralizantes como la «búsqueda de la perfección» o estrategias de compensación que nos provean de un sentimiento destructivo de superioridad sobre los demás (obsesión por ganar, por ejercer poder, por «quedar por encima», etc.). Tal vez, simplemente, intentemos compensar en falso unos aspectos de la vida con otros, como si el éxito en ciertos objetivos pudiera suplir las carencias en otros.

La comunidad y el «aprendizaje» de la Virtus

1920 construyendo el kibutz Gan ShmuelPor supuesto también caben compensaciones correctas, compensaciones que nos ayudan a crecer, pero ahí de nuevo entra el factor crucial en toda la perspectiva adleriana: el Gemeinschaftsgefühl, el sentimiento comunitario, un saber crecer con los otros que requiere y produce Virtus.

Esa Virtus comunitaria no significa otra cosa que vencer el miedo a equivocarse, a tomar riesgos, a sentirse parte de algo común. No significa, como recuerdan Yang, Milliren y Blangen, no tener miedo, sino vencerlo a base de inteligencia, paciencia, constancia y determinación. La Virtus adleriana es una capacidad que puede aprenderse y desarrollarse, un «músculo psicológico» que nos permite salir adelante usando la cooperación y el aporte cuando entendemos que el bien de las personas que queremos, es el sentido último de la vida.

La idea según la cual el sentimiento comunitario puede ser aprendido y practicado está ya en Epicuro, aunque, de manera interesante, los autores citados antes recuerdan la idea confuciana en la que el coraje se templa a través «del ritual, el amor al conocimiento y el desarrollo de un cierto sentimiento de rectitud».

Cooperación y aporte

Sailors working on a deck covered in mangrove polesEn la visión adleriana, en cualquier caso, el «espíritu comunitario», en principio una actitud, puede desarrollarse a través de la práctica de la cooperación y el aporte hasta convertirse en un «ethos», en un par inseparable de valores a través de los cuales el propio individuo juzga la coherencia y utilidad de sus actos.

¿Qué capacidades deben practicarse para «aprender a cooperar»? Adler apunta a la capacidad para identificarnos con los demás a través de ese aprender a escuchar y a tener la mirada del otro en el que los indianos siempre insistimos tanto:

La vida nos presenta problemas que requieren la capacidad de cooperar para solucionarlos. Oír, ver o hablar «correctamente» significa disolver el yo completamente en otra persona o en una situación, identificarse con ellas. La capacidad para identificarnos, que por sí misma nos hace capaces de sentir amistad, empatía, simpatía, preocupación y amor, es la base del sentimiento comunitario y solo puede ser practicada junto a otros.

Pero cooperar es solo uno de los ejes de la vida comunitaria. El otro es el aporte. Aportar, para los adlerianos, es incluir a los demás miembros de la comunidad en nuestro esfuerzo por mejorar y salir adelante. El deseo de contribuir se hace claro solamente cuando se entiende que no hay una contabilidad, una relación directa entre aporte y recompensa. El camino de la superación personal y del espíritu comunitario pasa por desear dar más de lo que se recibe. El bienestar del conjunto es el fundamento de todo aporte digno de ese nombre, la mejora de la situación personal solo puede ser secundaria.

¿Por qué un planteamiento tan fuerte, tan claro, tan a la contra de la ideología dominante en relación al aporte? Porque para Adler el aporte es lo verdaderamente empoderador para cada uno, a través del aporte nos sentimos útiles, nos valoramos a nosotros mismos y construimos nuestra autoestima. Si hacer de la cooperación un modo de vida nos asienta y aporta identidad, aportar y sentir que aportamos es el tipo de individuación que nos fortalece y hace crecer.

Las tareas de la vida

adler dando una conferenciaPara Eva Dreikurs, seguramente la psicóloga adleriana más influyente tras el propio Adler, las tres tareas vitales de una persona serían

Trabajo, que significa contribuir al bienestar de otros, amistad que abarca todas las relaciones sociales con compañeros y parientes y amor, que es la unión más íntima y representa la más fuerte y estrecha relación emocional que puede existir entre dos seres humanos.

Los clásicos griegos distinguían entre cuatro formas de amor: storge (el afecto «natural» que sentimos por los parientes o los vecinos por el hecho de serlo), philias (la simpatía con aquellos con los que compartimos ideas, situación social u objetivos), eros (la proximidad basada en lo que obtenemos de una relación, sea sexo o cualquier otra cosa) y el «ágape», el amor incondicional y desinteresado que parte de la identidad con el otro. Ni qué decir tiene que los adlerianos entienden como ágape tanto la amistad como el amor de pareja o familiar, y que por supuesto, la clave que permite alcanzarlo es, una vez más, la práctica de la cooperación y el aporte en el marco de un fuerte sentimiento comunitario. El amor de pareja, el amor por la familia y la fraternidad con los amigos, se sustentan en una misma forma de encarar las relaciones, el ágape, y construyen, en conjunto, la comunidad real de cada individuo.

Dreikurs añade dos tareas más, a las que llama tareas existenciales: autoaceptación -saber estar solo y aprender a tratar con uno mismo- y pertenencia -encontrar la comunidad a través de la cual podemos generar significado a nuestra propia vida. Ambas son especialmente importantes para el análisis de esa dimensión de nuestra vida que los adlerianos llaman trabajo.

La relación con el trabajo

colaborandoAdler define el trabajo como «cualquier tipo de tarea, actividad u ocupación útil para la comunidad». Incluye no solo lo profesional, sino las tareas domésticas, el cuidado de los seres queridos, las visitas a los amigos, etc. El trabajo es ese espacio a la vez personal y social a través del que desarrollamos nuestras metas vitales, reconociéndonos pertenencia y mutua dependencia. Aunque estés en paro hay «trabajo» en tu vida. La cuestión es cómo y cuánto se desarrolla.

En cuanto al trabajo productivo, la mirada adleriana nos permite entender por qué mucha gente se identifica con entornos profesionales puramente «funcionales» hasta eso que algunos llaman «workalcoholismo». Los entornos «fríos» del mundo corporativo, que reducen nuestro «aporte» a tareas predeterminadas y siempre iguales para las que no necesitamos realmente una cooperación consciente de y con los otros, permiten compensar (fácil y erróneamente) carencias en otras tareas vitales… incluidas las del propio trabajo.

Pero ni siquiera el empleo más mecánico, dentro del más rígido procedure, nos protege completamente de los retos. Y los retos nos colocan de nuevo frente a ese sentimiento de inferioridad que nos obliga a superarnos o nos lleva a compensaciones imaginarias. Cuanto más jerárquico, más estructuralmente desigual sean las relaciones en una empresa, más se incentivará el sentimiento de inferioridad, más permanente se hará y mayor será la angustia y el miedo a superarse. Por eso en términos generales, el mundo corporativo sufre lo que los adlerianos llaman una «inferioridad colectiva», un miedo compartido a la tarea vital del trabajo y la pertenencia, que se expresa institucionalmente a través de la sustitución obsesiva de procesos conversacionales por «procedures». Cuanto más rígido sea el procedure, más fácil es esconderse en él y más fácil apuntar culpables cuando algo salga mal.

asamblea kibutzPor supuesto, aun en los más rígidos mundos corporativos, de cuando en cuando aparecen líderes que transforman el ambiente, creando verdadero sentimiento comunitario, apuntando la motivación hacia lo intrínseco (para qué sirve el trabajo para los miembros de la comunidad) más que hacia lo extrínseco (el premio económico, el status o el reconocimiento público), fomentando la cooperación y el aporte en vez de la comparación y la competencia con los pares.

Pero es difícil: paradójicamente cuanto más sentimiento comunitario intente desarrollar el individuo en un ambiente laboral «tradicional», más fácil es que otro tipo de compensaciones erróneas, heredadas de la infancia a través de nuestra «lógica privada», emerjan. Aparecen entonces los intentos de llamar la atención (procastinar, puentear a los jefes, fingir enfermedades o carencias de todo tipo, victimización, reivindicación de incompetencias, etc.), de ejercer poder (el jefe tiránico y su «éso me lo arreglas», la obsesión por el ascenso, etc.) y finalmente el rencor y las distintas formas de violencia verbal y simbólica (la agresividad del comercial, la soberbia del consultor, la amargura del funcionario, el odio obsesivo del despedido o el amonestado…).

¿Bastaría con «hacer más plana» la empresa para eliminar estos riesgos? ¿Una cooperativa, una compañía comunitaria, estaría a salvo de «sustituciones erróneas»? Desde luego que no. Empresas más «planas» y cooperativas no tensan al extremo ese «sentimiento de inferioridad» que reproducen las viejas estructuras. Tienen más fácil evitar o encarar los problemas, pero a las finales no están a salvo de la «lógica privada» de sus miembros, que no nace del sistema de organización sino de un «estilo de vida» formado en la experiencia familiar durante la infancia.

colaborando kibutzLo que los adlerianos recomendarían sería orientar a las personas hacia el aporte en aquellos campos donde pudieran hacer sustituciones positivas que les reforzaran, insistir en el «mirar con los ojos del otro» y desde el primer momento convertir en bandera el objetivo de «dar más a los demás de lo que recibimos», todo dentro de un discurso general que uniera claramente la comunidad real de cada persona con los objetivos y resultados del trabajo.

Y, obviamente, también recomiendan hacer un tipo diferente de entrevista de trabajo para, a partir de una cierta comprensión del estilo de vida del aspirante, evaluar sensatamente si se tiene capacidad o no de integrarle, si la organización, tal cuál es, puede aportarle vías para vencer sus propios miedos. Del mismo modo que cualquiera no puede ser amigo de cualquiera, no toda empresa, red o comunidad sirve para el desarrollo de una persona determinada… ni al revés. Por eso los adlerianos especializados en selección de equipos buscan cosas tan «raras» como encontrar en los candidatos si estos ven generación de sentido, finalidad vital en el puesto para el que se presentan y si lo entienden como una forma de mejorar la vida de otros y de su propio entorno directo. Porque a fin de cuentas, para los adlerianos,

trabajo es lo que usamos para construir nuestro sentido de la vida y encontrar nuestra pertenencia social y anímica

«Facilitar» la Virtus

beethovenUn ejemplo corriente de compensación positiva es la redefinición de Beethoven de intérprete a compositor cuando descubrió su sordera. Fue toda una crisis neurótica, pensó incluso en suicidarse, pero resurgió de ella compensando lo que se le presentaba como una carencia fundamental para el modo de vida y la definición de sí mismo que había elegido, a base de desarrollar otra capacidad latente (la composición) y redefinirse a partir de ella. Poder hacerlo implicó una buena dosis de coraje, de Virtus, porque todas las tareas de su vida, desde encontrarse bien con él mismo a su círculo de amigos o la relación con familia y pareja, se vieron afectadas, y desde luego no debió faltarle miedo a la equivocación.

Siendo la Virtus la capacidad clave para poder afrontar estos cambios, son varios los adlerianos que destacan la figura del «facilitador», una persona o varias del entorno que, a través de su interacción transmiten y animan a hacer de la vida en su comunidad un «ágape». La cuestión sería cómo transformar un entorno de convivencia en «facilitador».

A la hora de proponer herramientas, una vez más, en Adler aparece una referencia clásica: el diálogo socrático. La lectura adleriana del diálogo busca indagar con el otro en las sensaciones y los miedos de base tras sus acciones. El analista o el facilitador nunca pregunta un por qué, e intenta mantener la conversación en el tema a través de nuevas preguntas y comentarios que quitan la centralidad de los hechos para que el «estilo de vida» del interpelado se exprese con libertad, haciéndose visible a ambos.

mayeuticaEn muchos textos adlerianos se dice que «así como las plantas necesitan agua, las personas necesitan que les den coraje y ánimo», así que el facilitador refuerza aquello que apunta hacia el «espíritu comunitario» del otro con comentarios positivos. Su objetivo es reforzar la tendencia hacia el «espíritu comunitario» si es que existe, o simplemente conseguir que reemplace a la tendencia hacia las lógicas de suma cero. Se parte de la idea psicoanalítica de descubrir a la persona su propia «lógica privada», los prejuicios y miedos infantiles que le están impidiendo el cambio, como forma de ganar fuerza para superarlos. Un espíritu que se resume en «la» pregunta adleriana: «¿en qué cambiaría tu vida si yo tuviera poderes mágicos y pudiera hacer que todo lo que deseas que ocurriera se hiciera realidad?».

Más allá, los analistas adlerianos han desarrollado toda una serie de herramientas, desde cuestionarios a formas de representar la familia en la que crecimos, pero seguramente es el diálogo el dispositivo del que más se puede aprender fuera de la práctica profesional. Una idea que Adler mismo hubiera apoyado, pues siempre defendió que muchos de los problemas que atienden los psicólogos pueden ser superados sin su ayuda. Seguramente su aspiración última no era establecer una terapia, sino una ética práctica bien sustentada en un sentido común que no rehuye el humor, la paradoja, ni la ironía.

Conclusiones

Pocos autores contemporáneos han sabido rescatar la herencia clásica con la finura y la originalidad de Adler. Su gran mérito fue construir un relato sobre los elementos articuladores de nuestra vida y sobre todo sobre cómo mejorarlos que parte de la lógica comunitaria de nuestra especie y nuestros deseos.

Un relato del que podemos aprender mucho sobre cómo desarrollar, a través de la práctica de la cooperación y el aporte, un «ethos» individual y comunitario que nos empodere a todos y a cada uno en las comunidades reales en las que desarrollamos nuestra vida.

«Aprendiendo sobre comunidad y trabajo con Adler» recibió 4 desde que se publicó el Lunes 4 de Agosto de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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