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De la idílica Arcadia a nuestros Tiempos de anarquía

Una escena en la que el trabajo y el ocio se funden y confunden en una perfecta armonía y en la que se puede cazar, pastorear, pescar o hacer crítica artística sin necesidad der ser cazador, pastor, pescador o crítico. Y después de comer, jugar un poco sobre la hierba.

Con la llegada de la Reforma luterana, la Iglesia Católica y las familias reales que la apoyaban pusieron todo su poder al servicio de la lucha contra el protestantismo, ya fuera a través de la guerra o de la propaganda, materializada esta última en la ostentación artística barroca de los siglo XVII y XVIII, que debía mostrar todo el poderío del cristianismo romano.

Pero hay que recordar, que aunque los estilos artísticos son contados habitualmente como una sucesión, la transformación de los modos de representación nunca fue lineal y en muchas épocas estilos artísticos distintos convivieron más o menos armónicamente. Además, la época en la que aparece el Barroco fue quizá, estilísticamente, la más compleja.

En el siglo XVII francés, llamado «le Grand Siècle» por su riqueza e influencia cultural, el neoclasicismo reinó tanto o más que Luis XIV. Las guerras de religión eran constantes, interminables y muy costosas. La idea de abundancia empezó a asociarse a la paz. Y los artistas, tan influídos por el mundo clásico, idealizado como una época de paz y concordia, volvieron a él su mirada en busca de inspiración. Si el mundo clásico había dado al mundo una arquitectura y una plástica tan armoniosas, su espíritu de época no podía ser muy distinto.

En 1630, P.P. Rubens (1577-1640), el artista favorito de Felipe IV, pintó Alegoría de las bendiciones de la paz, un cuadro canónico del Barroco cuyo centro lo ocupa un exuberante Cuerno de la Abundancia. Rubens, que ejerció como diplomático, se lo regaló al rey Carlos I de Inglaterra en su estrategia para convencerle de firmar la paz con España. Además del Cuerno, la Paz da de mamar a un niño y las ménades traen bandejas con oro y joyas.

En el estilo opuesto a Rubens, Nicolas Poussin (1594-1665) fue uno de los principales pintores franceses de la escuela clasicista y también él uno de los hitos principales en la historia del arte universal. Formado en la Academia de Roma (que era el Cambridge de la época para los artistas), llegó a primer pintor de corte con Luis XIII. El dinamismo, el color y la exuberancia barroca nunca fueron para él, que prefirió ceñirse a los principios clásicos más puros, a la idealización más clara y apostar por el dibujo contra el color. Hubo un tema que pintó dos veces a lo largo de su vida: «Et in Arcadia Ego» (yo también estoy en Arcadia), conocido también como «Los pastores de Arcadia».

La teoría más popular en cuanto al mensaje, defiende que Poussin alude a la inevitabilidad de la muerte, e interpreta la frase como yo, la muerte, también estoy en Arcadia, o lo que es lo mismo, ni en Arcadia se libra uno de la muerte. La segunda teoría dice que el fallecido proclama desde la tumba que su vida fue un paso por Arcadia, es decir, que la Arcadia aquí y ahora es posible. En cualquiera de los dos casos, muestra que el mito de la Edad de Oro, está totalmente presente en el siglo XVII.

Recordemos que Arcadia es una región mítica de la Grecia antigua en la que los pastores viven en comunión con la naturaleza, en un estado permanente de paz, prosperidad y armonía. Es un mito de la abundancia más parecido al del «buen salvaje», menos específico que Jauja, pero de abundancia al fin y al cabo. Digamos que ya no era necesario aclarar que un mundo armónico implica por defecto la desmercantilización.

El arte sigue más o menos así, entre el clasicismo y el barroco, hasta finales del siglo XVIII. La Revolución Francesa precipita una serie de cambios que, en combinación con otros que se fueron gestando desde el siglo anterior, dieron lugar a una época de intensa competencia entre artistas por ofrecer algo nuevo.

De una revisión radical del clasicismo (el neoclasicismo) pasamos al paisajismo, el romanticismo y el realismo para llegar a la plástica «como expresión del ser individual» y a la búsqueda del «arte sincero». Es en todo este maremagnum en el que surge el Impresionismo y su deseo de plasmar la realidad tal como la percibe el ojo humano, una verdadera revolución. Es el principio de las Vanguardias artísticas, que se sucederían sin descanso durante más de 100 años.

Georges Seurat (1859-1891) y Paul Signac (1863-1935), fundadores del neoimpresionismo, fueron testigos de cómo se revalorizaban los cuadros de Manet después de haber sido despreciados por los críticos menos de 30 años antes.

La teoría, iniciada por Seurat, consistía en dar respuesta al «mundo tal cual es» enfrentándose al problema como si fuera una ecuación matemática. Empleando los métodos impresionistas como punto de partida, comenzó a pintar a base de puntos (puntillismo), para pasar a estudiar la teoría de la visión cromática utilizando colores puros, sin mezclar, construyendo un mosaico de puntos. Su teoría era que los colores debían mezclarse en el cerebro después de ser percibidos por el ojo y que de esa manera no perderían luminosidad ni intensidad.

Con esta técnica, llamada divisionismo o cromoluminarismo, las líneas y los contornos desaparecían por lo que las formas tenían que ser muy sencillas. Pero funcionaba, y el resultado, aunque estático, era algo realmente novedoso.

Seurat conoció a Signac en 1884 y tras establecer amistad con él, le transmitió sus ideas sobre el divisionismo, algo que a Signac, al parecer, le cambió la vida. Sin embargo, Signac era mucho más carismático, hablaba hasta con las piedras y se vendía mucho mejor que su maestro y amigo. No tenía reparos en meterse en cualquier tipo de discusión o en defender sus ideas anarquistas. Se convirtió en un personaje tremendamente popular y acabó siendo él, en parte por la actitud pasiva de Seurat, el portavoz del neoimpresionismo, lo que terminó por distanciarlos.

Procedente de una familia burguesa acomodada, Signac nunca tuvo que vender sus cuadros para vivir, pero fue consciente del maltrato que muchos artistas habían sufrido en el pasado por no cumplir con los cánones. Hizo una lectura de clase de este problema interpretando la historia del arte de manera política y apelando a la libertad artística como algo necesario para la consecución de la revolución social. Defendió que cada artista debía decidir por sí mismo cual era su mejor manera de apoyar a la causa de modo que…

El pintor anarquista no es el que crea cuadros anarquistas, sino el que, sin deseo de recompensa, lucha con toda su individualidad contra las convenciones burguesas oficiales por medio de una contribución personal.

Su mejor cuadro es sin duda Tiempos de anarquía, rebautizado como Tiempos de armonía para evitar la censura. En él encontramos otra vez la asociación de abundancia, felicidad y armonía que ya vimos en los pintores del siglo XVII. Para Signac, lo que tenía sentido para la lucha política en el arte no era la búsqueda de temas comprometidos o la conmoción del público a través de imágenes perturbadoras, sino la búsqueda de la armonía que, pensaba, contribuía a la lucha contra las convenciones de la clase dominante.

En Tiempos de anarquía Signac plasmó lo que para él era la sociedad de la abundancia, en una escena en la que el trabajo y el ocio se funden y confunden en una perfecta armonía y en la que se puede cazar, pastorear, pescar o hacer crítica artística sin necesidad der ser cazador, pastor, pescador o crítico. Y después de comer, jugar un poco sobre la hierba.

«De la idílica Arcadia a nuestros Tiempos de anarquía» recibió 2 desde que se publicó el martes 30 de mayo de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Juan Ruiz dice:

    Gracias, María. El recorrido por la historia del arte y sobre todo, ese magnífico cuadro de Signac.

  2. Siempre interesantes tus análisis del arte. El mejor sitio para volver…un abrazo

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