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¿Arte sin artistas?

Las comunidades igualitarias dieron desde siempre un especial valor al trabajo creativo y el arte… y sin embargo, aunque han dejado obras, no han dado a conocer artistas.

Rachel Bluwstein
En todas las épocas las comunidades igualitarias han atraído a gente intelectualmente inquieta. Desde los papiros epicúreos al ensayismo icariano o la lírica de los primeros kibutzim, todos los movimientos comunitarios han desarrollado expresiones artísticas propias. Pero, aunque el comunitarismo haya producido literatura y plástica, no ha dado a conocer escritores ni pintores. Incluso los que han trascendido, lo han hecho, por lo general, tiempo después. Pareciera que las comunidades igualitarias produjeran Arte sin artistas.

La invención del artista «creador» y sus consencuencias

Courbet estudio del pintorLa idea moderna del «artista» nace con el humanismo renacentista. El que hasta entonces había sido un mercader y artesano, dueño y especialista de un saber que se reproducía y producía colectivamente en un taller-empresa, el Arte, empieza a ser considerado «creador». Es decir, un émulo individual de la divinidad de la cual participa a través de la «inspiración», otro concepto de la mística judeocristiana.

Entre el «maestro del Arte» y el artista hay un salto no solo en las formas de organización, sino en la concepción del trabajo. El maestro es el responsable de un taller que hace productos, el artista no es que renuncie al taller -al contrario, en ciertos momentos se masificará- pero se presenta como el responsable único de las «obras». El nuevo personaje pretende aportar esa «chispa divina» que supuestamente caracterizaría al verdadero «Arte» convirtiéndolo en algo «sin precio». Así que con el discurso individualista y místico del «creador» nace también el relato descalificador de la «artesanía», ese muñeco sin alma, del que solo se puede esperar que sea burdo y pobretón, mercancía inane que no tuvo el toque divino de un verdadero artista.

Tanta agresividad con lo que hasta entonces se había considerado Arte tenía que ver con algo más que con la necesidad de distinción. El trabajador creativo medieval no deja de ser un artesano-mercader. El pintor renacentista y barroco aspira al privilegio real, a la «patente», algo extraordinario que ha de ser justificado frente al poder. En consecuencia, mientras en el taller medieval a todo aprendiz se le consideraba capaz de convertirse en maestro, en el taller de artista el ayudante es un puesto vitalicio, no se espera del aprendiz evolución alguna. La ética gremial del aprendizaje, la práctica y la toma de responsabilidades se diluye progresivamente hasta llegar a la arbitrariedad del «genio» romántico, antesala del darwinismo social y sus derivados racistas: «se nace artista» y si los apellidos se repiten en distintas generaciones, no es porque no exista suficiente meritocracia, es simplemente porque, de forma «natural», ciertos linajes están mejor dotados para las artes como otros lo están para gobernar el mundo.

Creación y comunidad

Simon YohananEn una comunidad igualitaria no tiene sentido presentar ciertos trabajos como «divinos», restringidos a unos pocos individuos genéticamente afortunados. Las comunidades igualitarias han sido tradicionalmente pluriespecialistas. Pero en aquellas comunidades, fundamentalmente agrarias, de los siglos XIX y XX, el pluriespecialismo no se debía a una necesidad de la producción sino a la idea misma de lo que se consideraba la experiencia comunitaria.

El trabajo creativo se concebía como un bien en sí mismo, como parte del desarrollo de cada uno y por tanto como medida del éxito del conjunto a la hora de generar abundancia. La producción de objetos y «obras» artísticas se valoraba especialmente. Hasta entre los duros pioneros de los primeros kibbutzim, que habían hecho parte de una reacción contra el intelectualismo socialista europeo, que vivían asolados por la malaria y las jornadas extenuantes, la aparición de diarios, poesías y pequeños ensayos filosóficos se consideró pronto uno de los grandes triunfos del movimiento.

En la vida comunitaria uno se da cuenta pronto de que la habilidad para hacer aportes creativos no se hereda genéticamente. Solo depende, como pensaban los artesanos medievales, de la propia capacidad para superarse y hacerse responsable de aprender. Luego, el aporte de cada cual es distintivo, diferente. Evidentemente, hay personas con más capacidad que otras en el manejo de una técnica determinada. Serán mejores que los demás presentando proyectos, haciendo ilustraciones, escribiendo novelas, poemas o discursos, diseñando objetos o webs, cocinando, programando, jugando al Go, hablando en público… La verdad es que no faltan campos de trabajo creativo en nuestros días. Muchos de ellos no se consideran «artes» porque no recorrieron un camino similar al de las «bellas artes» tradicionales.

Lo que las comunidades saben sobre el arte y el trabajo creativo

simon yohanan preparatorio para mural en kibbutzA las finales, lo que las comunidades han aprendido del arte y el trabajo creativo en general es que:

  1. Toda persona puede aprender a manejar una técnica y convertir sus productos en significativos, en fuentes de inspiración o reflexión para los demás. La creatividad no es un «don» genético o divino que solo tendrían unos pocos, es una capacidad humana.
  2. Hay muchísimos campos de trabajo creativo y todos aportan. La mayoría incorporan valor a lo que ofrecemos al mercado, otros no menos importantes -desde escribir blogs a cocinar- aportan y ayudan disfrutar más de aprender y estar juntos.
  3. En cada técnica hay personas que se destacan más que otras, pero no es una competición: en comunidad, el trabajo creativo no persigue «hacerse merecedor» de un privilegio real ni de un derecho de propiedad artificial.
  4. El trabajo creativo es un disfrute y una parte fundamental del desarrollo de cada uno y de las reponsabilidades que ha de tomar consigo mismo para ser y vivir mejor. Por eso no podemos limitarnos a aquello en los que seamos «los mejores» o destaquemos… porque, efectivamente, nos limitaríamos, pondríamos una frontera a nuestro crecimiento. Por lo general, donde más destacamos es donde tenemos menos que aprender y por tanto, disfrutar.

A las finales, como hoy defiende buena parte de la teoría del Arte, lo creativo es siempre, en realidad, un proceso de «postproducción», de reciclaje y reutilización permanente. Cada uno toma de los demás, aporta a una capa y el proceso de creación de significados, símbolos y objetos significativos, sigue.

Este carácter, cooperativo con los demás y básico en la vida de cada uno, seguramente se hizo evidente antes en el mundo igualitario de las comunidades que en el «mundo del arte» donde las rentas impulsaban los discursos del «genio». Seguramente por eso, las comunidades igualitarias han expandido la lógica creativa del arte a más y más facetas de la experiencia cotidiana, disolviendo al mismo tiempo la figura del «artista».

«¿Arte sin artistas?» recibió 2 desde que se publicó el lunes 9 de febrero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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  1. […] artesano y de los talleres medievales que fue arrostrado, como bien indica David de Ugarte en “¿Arte sin artistas?”, por el “arte por el arte”, por un don divino que atesoraba el artista y que materializaba […]

  2. […] luego están «las Artes». También tienen trampa. El Renacimiento separó al artesano y al artista. El primero crearía eso que llamamos «cultura material». El segundo, tocado de un «genio […]

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