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Bárbaros

Los bárbarosPocas veces me han tratado tan mal como el año pasado en la UIMP. Estaba invitado como ponente al encuentro de editores de todos los años, donde se supone hablaría de la experiencia de Colección Planta 29 y de posibles nuevos modelos editoriales basados en el libro electrónico.

No faltó algún exaltado editor que me llamara ladrón por trabajar en dominio público. Ni quién me llamó en público y a voces el enemigo por responderle al siempre servil Santiago Roncagliolo que lo que había que hacer con la gente que en el altiplano copiaba a mano libros para venderlos en la calle no era llevarlos a la carcel, sino darles empleo en el negocio.

Encontré también, por supuesto, gente amable y desprejuiciada, buenos conversadores y generosos anfitriones, comenzando precisamente por la directora de la fundación Santillana y el fundador del grupo y su familia. Pero creedme, eran el contrapunto patricio y culto de un entorno que se vanagloriaba de su desprecio por cualquier innovación y que discutía en serio demandar a Google News por enlazar contenidos diferentes de la página principal. No olvidaré a Mario Tascón defendiendo la más básica sensatez ante una audiencia que le miraba como al más peligroso de los jacobinos.

Con esto en la cabeza, cuando Carlos Ayesa, más majo que las pesetas, nos envió Los bárbaros de Alessandro Baricco, escritor pero sobre todo editor turinés de la vieja escuela, pensé que los bárbaros seriamos nosotros.

En realidad no. Los bárbaros, los destructores del paradigma de la gran cultura, argumenta Baricco, no serían otros que los consumidores de la cultura de masas. Un tema que obsesiona a la intelectualidad italiana desde los sesenta. Recuerden a Ecco.

En un principio Baricco caracteriza la invasión como un proceso social en el que

Con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno y consigue así darle un éxito comercial asombroso

Da tres ejemplos de partida: los vinos fáciles, el fútbol televisivo y los libros de pasarela.

No deja de tener su gracia porque cuando habla del vino desnuda una mirada anglocéntrica, llegando a decir que antes de la guerra mundial sólo se tomaba vino en Francia e Italia (las campiñas favoritas de las vacaciones en la literatura británica), que en otros lugares (como México o Chile, donde por cierto se hace vino desde el siglo XVII) resultaba imposible si no ridículo sin aire acondicionado que controlara la fermentación. Y por cierto que cuando habla de libros se olvida de Seda, su puerta de entrada al éxito editorial y ejemplo clarísimo de novela para el metro, pura sangre de la liga de El ocho o Stieg Larsson.

Tampoco es reprobable en realidad, Baricco confiesa ser un poquito mutante él mismo mientras luce erudición y referencias con la banalidad propia de un salón turinés y el ánimo seductor del líder de una asociación pulguera universitaria.

Lo interesante está en otro lado. Baricco defiende que la cultura de masas está cambiando tanto los lugares dónde buscamos sentido como la forma de encontrarlo. Estaríamos en un tiempo de mutaciones profundas sustentadas en:

una idea distinta respecto a qué es la experiencia y un emplazamiento distinto del sentido del tejido de la existencia. El corazón del asunto está ahí: el resto es únicamente una colección de consecuencias: la superficie en vez de la profundidad, la velocidad en vez de la reflexión, las secuencias en vez del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking en vez de la especialización, el placer en vez del esfuerzo.

Pareciera que está pensando en los futuristas, pero no. En realidad habla de la cultura en la Italia de Berlusconi. El monotema de una izquierda patricia, universalista y padana que ha visto descomponerse el viejo roble del PCI mientras sus graves sacerdotes laicos, académicos, eran sustituidos por la frivolidad rancia y machista de las vellinas. La Italia de los círculos de estudio, del sufrir leyendo plomos para ser consciente ya no existen más. Las enotecas para pijos con vinos fáciles han sustituido a las reuniones de célula universitaria.

Y efectivamente es todo tan banal como en el fondo sensato. El problema no es, como insinúa Baricco, si la gran cultura alemana, con sus ritos y su alma nacionalista es responsable del horror nazi y la guerra. El problema es que el sistema de valores y la cotidianidad de la intelectualidad italiana de izquierdas es consensualmente responsable de los años de plomo, de las Brigadas Rojas y de mucho horror miserable. Y cuando no estuvo directamente implicada en el terror, amparó la corrupción clientelar y la aristocratización de la representación institucional del viejo PCI. Frente a eso, que nadie quiere recordar y mucho menos revivir, Berlusconi sigue resultando un puerco gracioso. Un inmoral con simpatía, un bufón que roba. Para muchos, para la mayoría, preferible a unos inteligentísimos y puristas intelectuales que matan o se venden entre citas incomprensibles y perversiones negrinianas del lenguaje.

Pero asumamos lo que de aparente verdad hay en Baricco. Tomemos España. Pensemos los ochenta. La gran referencia: Almodovar. Circuito cinematográfico de cine arte. Divertido, lleno de referencias, transgresor, burlesco (sobre todo con las clases populares), estéticamente diferente.

Pensemos por contraposición en el icono visual de la presente década: OT, tal vez Gran Hermano. Un mix de chusquez y banalidad. Mal gusto. Argumentos de cuento y cotilleo.

¿Vamos para atrás? En realidad es todo lo contrario. En la España franquista y postfranquista, en la España de la segunda mitad del siglo XX, las clases trabajadoras eran representandas desde fuera, convenientemente idealizadas a través de la denuncia social o la historia épica. En la España del siglo XXI, la representación es directa, se llama reality show. Las niñas de barriada cantan en la tele tras el paripé purificador de unas presuntas clases en directo. Todo un fallido del subconsciente pequeñoburgués.

No ha desaparecido la cultura pequeñoburguesa de café con libros en la terraza. Siguen ahí. Antes llevaban al café una pesada Olivetti portatil. Ahora llevan el Mac. Pero su cuota de pantalla ha sido reajustada también a su tamaño social. La mayoría del tiempo la tele representa a la mayoría y sus gustos. ¿Mal gusto? Seguramente, pero qué quieren que les diga, no haber masificado primero y abandonado después la escuela pública. En este país la intelectualidad progre no tiene como en Italia las manos manchadas de sangre, el problema es que las tiene limpias de tiza.

Mientras tanto emergen los verdaderos bárbaros, proponiendo alternativas de autorepresentación e identidad. Tanto los Berlusconi como los Baricco nos sienten profundamente ajenos. Somos de otro mundo, dicen. Y es cierto. Un mundo para el que es cuestión de supervivencia rechazar la banalidad de su reinterpretación mediática y la recentralización de sus formas de socialización.

Un mundo, es verdad, de discursos transversales. Pero no superficiales. Un mundo de pluriespecialistas, que rechaza la academia y adora la profundidad. Profundidad que no asume como un sacrificio ritual al aburrimiento ni como el plumaje de una erudición coqueta, sino como herramienta para poder crear sus propios mundos y vivirlos no como espectáculo, como una vida prestada, como una adhesión, sino como una construcción propia.

«Bárbaros» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 14 de Junio de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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