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Las bases psico-evolutivas del apego a la idea del estado

Entenderlas no solo nos ayudará a empatizar con el otro, sino también a ahorrar muchísima energía emocional e intelectual que se desperdiciaría en discusiones sobre temas a los que la gente se opone visceralmente a abordar de manera racional.

ilovegovHabiendo ya pasado varios días de mi regreso de Venezuela, me da por hacer, a manera de ejercicio filosófico, de profilaxis intelectual si se quiere, un repaso de algunas de las explicaciones más esclarecedoras sobre lo que seguramente es la tara más importantes que como seres humanos hemos de superar, y que en pleno siglo XXI sigue arraigada con mucha fuerza en la mayor parte de los que habitamos el globo: el mito de que el estado es «la encarnación de la voluntad popular», el resultado de un «contrato social», o que de alguna forma u otra, «el estado es bueno».

Porque al fin y al cabo, hablando de Venezuela y del pleno siglo XXI, el «Socialismo del Siglo XXI» venezolano que tanto me ha impactado al revivirlo después de varios años sin visitar el país, es tan solo una versión, si se quiere extrema y muy colorida, de lo que de una forma u otra, sucede en todas partes.

Precisamente, el hecho de que sea una creencia profundamente arraigada en la psique de la gran mayoría de personas con las que uno interactúa, es lo que hace imperativo entenderla a cabalidad — uno puede no concordar con el otro, pero si no entendemos al otro, corremos el riesgo de querer mandarlo todo al garete y encerrarnos en un búnker con un arsenal suficientemente grande de pelis, novelas, y botellas, como para no tener que volver nunca más a presenciar en primera persona la tozudez autodestructiva con la que tanta gente se autoengaña.

Por eso es que las lecturas que recomiendo a continuación tienen una cualidad terapéutica, lo reconcilian a uno con el estado del mundo, y le infunden ánimos para seguir enfocándose en vivir una vida interesante (algo así como una «Sopa de Pollo para el Alma Anarquista», vaya), que si bien sólo puede vivirse a pleno con los pocos con que uno comparte visión de mundo y valores fundamentales, requiere también desarrollar al máximo la capacidad de blindarse psicológica y emocionalmente contra los efectos más duros de la descomposición, con los que día a día, inevitablemente, hay que lidiar.

El mercado es malo

everyones-all-like-i-love-obama-or-i-love-romney-and-im-over-here-like-i-love-wineA diferencia de las dos otras lecturas que recomiendo en este post, el épico 4 ideas medievales que pasan por modernas y que pueden hundirte en la crisis que escribiera David hace ya casi cuatro años, no habla de las razones psico-evolutivas que nos llevan a esa fe cuasi-religiosa en el estado, sino más bien de las bases ideológicas que históricamente se han ido cimentando en la cultura occidental para que florezca esa fe.

Y de hecho, David no habla directamente de por qué tendemos a creer con tanta facilidad que «el estado es bueno», pero plantea, como la primera de esas cuatro perniciosas ideas medievales, lo que podría definirse como la imagen especular de esa creencia: la idea de que «el mercado es malo».

El rechazo moral del mercado tiene una larga historia que se hunde en los orígenes de la cultura europea cristiana. En la sociedad medieval, estamental, donde la productividad agraria no aumenta perceptiblemente, el artesano mercader es subversivo para el orden social. Mejora su bienestar sin mejorar su sangre, cultiva saberes profanos ajenos al verdadero saber de las élites clericales, viaja y no acepta en su entorno el derecho de vientres, hace trabajar al dinero tomando el tiempo -que es unicamente divino- para sí y su provecho… Predeciblemente la Iglesia lo rechaza: como dice el decreto de Graciano: “Homo mercator nunquam aut vix potem Deo placere” (“el mercader nunca, o casi nunca, puede agradar a Dios“), o dicho con las palabras del mismísimo Papa San León el Grande “es difícil no pecar cuando se hace profesión de comprar y vender“. Cuando Santo Tomás de Aquino incluye el comercio entre las actividades vergonzosas nadie se extraña. Hay en este rechazo católico del mercado también un oscuro temor a la sociedad pagana y al pujante (y rico) infiel musulmán, que desde la opulenta y rica Córdoba pone con su cotidianidad en cuestión que la sociedad cristiana sea la favorita de Dios.

Es interesante que el post de David destaque el rol que juega la religión en el impulso de rechazo a la lógica del mercado, porque como se verá a continuación, el próximo autor al que haré referencia también le da un lugar importante a la religión en sus reflexiones.

Incantaciones y manos invisibles

bestkimjognilEl segundo artículo que he leído y repasado casi como un ritual durante estos últimos días, es la intervención de Roderick T. Long en un simposio sobre el concepto de orden espontáneo, celebrado bajo el auspicio de la Molinari Society a finales del 2010.

Entre las razones que Long ve como determinantes de que se genere un equilibrio de «mano invisible» entre gobernantes y gobernados–en el sentido de que el estado se sustenta sobre el consentimiento voluntario de los ciudadanos, más que en el uso monopólico de la fuerza, para obligarlos a proporcionarle una fracción significativa del fruto de su trabajo; la clásica servidumbre voluntaria de La Boétie–, sostiene que la más fundamental puede entenderse como un «modelo de la incantación» a través del que la acción coercitiva del estado,

…mantiene su plausibilidad sólo por la proyección de forma implícita de una especie de parodia grotesca de la doctrina católica de la transubstanciación: al igual que el pan y el vino se deben transformar en su esencia en el cuerpo y sangre de Cristo a fin de desempeñar su adecuado rol espiritual, mientras que al mismo tiempo deben conservar los accidentes externos del pan y del vino para poder desempeñar su función práctica, pues la violencia del Estado, para ser justificable, debe transformarse en su esencia en una pacífica incantación, pero al mismo tiempo, para ser eficaz, debe retener los accidentes externos de la violencia.

La razón inmediata que permite que el modelo de la incantación arraigue en la mente de la gente es, según Long, la tendencia inconsciente a resolver la disonancia cognitiva que produce, por un lado, la creencia de que el estado es necesario, y por el otro, el saber que las acciones del estado son inmorales. Y la resolución de la disonancia cognitiva viene casi siempre por el lado de la racionalización del estado de cosas tal como es:

El deseo de justificar la coerción que la moralidad cotidiana ordinariamente condenaría — para autoconvencernos de que este robo no es realmente un robo, que este asesinato no es realmente un asesinato — se encuentra en la raíz de una amplia variedad de mitos políticos: los mitos de la inferioridad racial y de género, mitos de un místico cuerpo social colectivo, mitos de legitimación democrática, mitos de castigo por delitos imaginarios, y mitos de «contratos sociales» a los que en realidad nadie ha dado su consentimiento. (El «contrato social» tiene de hecho el mismo carácter transubstancial que las incantaciones estatales, ya que pretende transmitir todos los efectos espirituales del consentimiento real sin el inconveniente de tener que alcanzar dicho consentimiento en la realidad física.)

Pero ¿qué es lo que de manera aun más fundamental impulsa a la gente a creer en la necesidad putativa del estado, que a su vez provoca disonancia cognitiva con el hecho fácilmente verificable de su inmoralidad inherente?,

Creo que parte de la respuesta nos la dio Hayek: la ilusión de racionalismo constructivista. El orden es una de las pistas por las que reconocemos la presencia de la intención, por lo que fácilmente llegamos a la hipótesis de que detrás de dondequiera que encontremos orden, tiene que haber un propósito consciente. (Esta es la misma dinámica que impulsa al creacionismo). El problema con las manos invisibles es que son, pues, invisibles.

Otra parte de la respuesta es lo largo de nuestras infancias. Los organismos de alta inteligencia tienen una mayor capacidad para aprender, y por lo tanto un ratio aprendizaje/instinto más alto (ya que tener un patrón de conducta preprogramado interfiere con la capacidad para adquirir otro). De ahí que los organismos más inteligentes tengan menos instintos, y por lo tanto necesiten más tiempo para aprender, lo que a su vez requiere que tengan una infancia más larga — es decir, un período más largo de relativo desamparo durante el cual requieren protección y capacitación de sus padres. El resultado es que los organismos más inteligentes comienzan necesariamente la vida con mayor necesidad de autoridad paternal, y por lo tanto son especialmente susceptibles a sentir nostalgia por ella.

La naturaleza suma-cero del mundo tribal

chavez-te-amoEn un libro sumamente interesante titulado «Una visión hayekiana del mundo: la selección natural y la evolución de la vida, la sociedad, la crisis económica, el hip-hop y la próxima revolución intelectual de F.A. Hayek», el Dr. Jorge Besada Ramos elabora una serie de argumentos sobre las razones psicológicas profundas por las que el ser humano se siente tan inclinado a organizar la sociedad a través de una institución coercitiva como el estado.

Y la razón más fundamental que plantea, es que dado que nuestra evolución biológica se llevó a cabo mientras fuimos cazadores-recolectores organizados en tribus que nunca superaron más de varias docenas de personas, la selección natural favoreció el desarrollo de un impulso a envidiar, o de alguna otra manera despreciar, y en consecuencia a agredir, a cualquiera que acumulara riqueza a través de su propio esfuerzo. Un mundo en el que el crecimiento tecnológico es prácticamente nulo y la división del trabajo muy limitada, es un mundo en el que el crecimiento económico es casi nulo, y por lo tanto la disponibilidad de recursos está dada por las cualidades de la naturaleza en una ubicación geográfica determinada.

En otras palabras, estas circunstancias, que fueron las que prevalecieron durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, implican una situación de suma cero, en la que un mayor consumo o acumulación de recursos por parte de una tribu necesariamente sucede a expensas del consumo o acumulación de recursos que pueda realizar otra. Por eso en una situación de suma cero resulta evolutivamente ventajoso el impulso instintivo a atacar a los miembros de la tribu que acumula/consume más que la nuestra.

Pero en una sociedad compleja de millones de individuos que coordinan sus actividades productivas a través de los precios del mercado, y en la que existe un alto ritmo de cambio tecnológico y división del trabajo que se combinan para generar crecimiento económico, el instinto a atacar a la tribu vecina pierde su ventaja como mecanismo de supervivencia. Todo lo contrario: mientras más crezca la riqueza de cualquier miembro de la sociedad, más capacidad tendrá de invertir y desarrollar conocimiento y nuevas fuentes de riqueza que terminarán beneficiando a todos. Pero el hecho es que por más que vivamos en el siglo XXI, seguimos siendo susceptibles a los impulsos que nos ayudaron a sobrevivir cuando todavía estábamos sujetos a la fuerza de la selección natural, y ese sentimiento es muy fácil de canalizar hacia la creación de un mecanismo social de coerción que permita expropiar forzosamente el fruto del trabajo de los demás… es decir, hacia la creación de un estado.

De nuevo, Besada cree que este lastre psicológico del proceso evolutivo también refuerza nuestra marcada tendencia hacia el racionalismo constructivista:

…nos resulta natural pensar que la única manera de crear grupos de personas que coordinen sus acciones para la consecución de un resultado significativo es a través de la delegación vertical, en la que unas personas planifican lo que necesita hacerse y delegan las tareas necesarias hacia abajo en la jerarquía. Tenemos esa mentalidad porque funcionaba en el mundo tribal. Incluso la actividad más complicada en nuestro pasado tribal no podía requerir de más de la población entera de la tribu, unas 150 personas. Uno simplemente delegaba parte de las tareas a un número relativamente pequeño de personas a las que conocía personalmente, y por lo tanto se les identificaba fácilmente, cuyas habilidades y destrezas eran más o menos las mismas, y cuya confiabilidad era seguramente su activo más importante.

En definitiva…

Puede que incluso durante lo que nos quede de vida no veamos un cambio de paradigma que significativamente debilite el apego que la mayoría de la gente siente hacia la noción del estado. Pero entender de dónde viene ese apego, y que puede que derive en gran parte de la propia naturaleza humana, nos ayudará a tolerar mejor esa realidad. Y a ahorrarnos una gran cantidad de tiempo y energía que de otra manera invertiríamos en discutir sobre uno de los temas en los que la gente opone una resistencia verdaderamente visceral al entendimiento racional.

«Las bases psico-evolutivas del apego a la idea del estado» recibió 7 desde que se publicó el domingo 23 de marzo de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Alan Furth.

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