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Ciencia ficción y postcapitalismo

Desde Verne hasta hoy, la ciencia ficción es el gran laboratorio analógico del cambio social. Nos ha provisto de mitos con los que explorar el post-capitalismo e imaginar una sociedad de la abundancia. Pero necesitamos aun más.

Ningún escritor representó la idea de progreso que tenían las personas «de ideas avanzadas» del siglo XIX como Julio Verne. Aunque el concepto llegó a las generaciones actuales caricaturizado por la izquierda postmoderna y el neoliberalismo, que lo presentaron como una fe en un supuesto desarrollo lineal y ascendente del bienestar y las libertades -la forma más fácil de darlo por cerrado y superado-, la verdad es que los conservadores, liberales y socialistas de los siglos XIX y XX lo concebían como algo conflictivo y complejo. De hecho, los historiadores (conservadores) de la revolución francesa con Thiers a la cabeza, que son los que crean la idea de «lucha de clases», recurrieron a la idea de progreso para explicar el conflicto social a partir de ese «desarrollo de las capacidades productivas» que la revolución industrial mostraba como la gran fuerza transformadora de la sociedad. La diferencia entre «progresista» y «reaccionario» residía en la actitud frente a los cambios sociales que el desarrollo tecnológico impulsaba. Se consideraba «progresistas» a los liberales, socialistas y una parte de los conservadores porque primaban, por distintos motivos, los beneficios que traería tarde o temprano el incremento de la productividad del trabajo, aceptando -o incluso celebrando en el caso de los revolucionarios- las inevitables convulsiones que todos podían prever.

No hay duda de que Verne era un progresista: en ningún momento pone en cuestión el avance tecnológico y del conocimiento, pero lejos de difuminar el conflicto o negarlo, le entrega la capacidad transformadora de no pocos avances a personajes antisociales como Nemo, que desde los márgenes del sistema intentará sacar partido de la asimetría de poder que el monopolio de la nueva invención les otorga. En ese sentido Verne es el primero también en entender la ciencia ficción como modelo analógico, como un pequeño laboratorio virtual del impacto socio-político del cambio tecnológico.

Verne entendió la ciencia ficción como un laboratorio virtual del impacto socio-político del cambio tecnológico

Del utopismo a la ciencia ficción

Una vez puesta en marcha la máquina analógica era inevitable que acabara creando maquetas sociales que hicieran un retrato de la sociedad de la abundancia que los teóricos de un lado y otro del espectro progresista vislumbraban.

No se trata de un renacer del género utópico. La utopía acaba con el «Viaje a Icaria» de Cabet cuando sus lectores deciden convertirlo en un manual para el «aquí y ahora» aun a pesar del propio autor. El utopismo deja de ser «utópico» cuando puede convertirse en una guía de instrucciones. No será posible ya crear utopías. B. F. Skinner, el psicólogo creador del conductismo, creyó haber escrito una cuando publicó «Walden 2» (1948) pero cuando en 1967 Kat Kinkade y otros lo interpretaron como la hipótesis de un experimento social, desapareció cualquier discusión posible. La pretendida utopía se había convertido en «Twin Oaks», Virginia.

La utopía deja de serlo cuando sus lectores empiezan a usarla como manual de instrucciones

Es verdad que a finales del siglo XIX en la prensa obrera o ligadas a ella, aparecen toda una serie de relatos y novelas a caballo entre la literatura política y la fantasía. Pero es difícil llamarles «utopías»: no se desarrollan en un lugar desconocido e inaccesible, sino en los espacios vitales en los que escriben los autores, jugando con un presente alternativo que se confunde con el futuro inmediato. Tomemos tres ejemplos significativos en español: «Pensativo» de Juan Serrano Oteiza (1876), «Nueva Utopía» de Ricardo Mella (1889) y la tardía «La ciudad anarquista americana» de Pierre Quiroule (1914). «Pensativo» nos narra la toma de conciencia y el aprendizaje de un menestral castellano que vuelve a su pueblo y mediante una sociedad cooperativa de espíritu anarquista lo transforma en una sociedad de abundancia. Por su parte, el relato de Mella se desarrolla en un pueblo económicamente autónomo de la costa cantábrica que ha eliminado la especialización, cuyos talleres son cooperativos, la mayor parte de la producción está desmercantilizada -es gratuita- y en la que sólo permanece el mercado como forma de coordinación y distribución de lo extraordinario. La última es directamente una invitación a la colonización libertaria tan detallada y apegada al territorio para el que la soñaba su autor que pudo ser convertida hace unos años en un modelo 3D.

Esta primera literatura de «anticipación», militante, generalmente anarquista, refleja la imposibilidad del género utópico a partir de cierto momento, pero no tiene el alcance de la ciencia ficción: carece ese ánimo analógico de Verne, describe sociedades alternativas pero renuncia a buscar sus límites y sus conflictos.

La literatura de «anticipación política» muestra el agotamiento de la utopía sin la potencia crítica de la CF

Estrella Roja o la abundancia marxista

La primera gran novela de ciencia ficción propiamente dicha que se desarrollará en una sociedad de la abundancia será «Estrella Roja» (1908). Su autor Alexander Bogdanov, era un científico y militante bolquevique crítico con Lenin, que conocía y compartía la idea marxista de una sociedad de abundancia. Con él se abre una larga y extraña relación entre marxismo y ciencia ficción.

La novela está protagonizada por un trasunto del propio autor que es abducido por una nave marciana. Los marcianos, que doscientos años antes pasaron a una sociedad de la abundancia, quieren conocer más de la civilización humana y su situación social. La razón de fondo: han calculado una crisis de recursos y las dos principales alternativas son colonizar la Tierra -a costa de la Humanidad, que sería arrasada- o aliarse con los humanos para emprender juntos la difícil y arriesgada colonización de Venus. Esta última alternativa, no solo es más difícil, implica apostar a que los humanos sean capaces de dar el salto a una sociedad postcapitalista en la que la transferencia de tecnología marciana no acabe alimentando la guerra.

En su descripción de la sociedad marciana, Bogdanov es el primero en pensar en la fusión nuclear y el desarrollo de la informática y la robótica como elementos centrales en la evolución hacia una sociedad de la abundancia:

Hace unos doscientos años, cuando el trabajo colectivo se limitaba a cumplir con todas las necesidades de la sociedad, era absolutamente necesaria la precisión y nadie tenía la libertad de elegir la tarea que deseaba realizar. Existía un día de trabajo obligatorio y eso no les gustaba a todos. Pero cada innovación realizada por los estadísticos para resolver esas dificultades se dirigía a un único fin: lograr que el trabajo fuera una elección libre. Lo primero que se hizo fue reducir la jornada laboral. En cuanto se llegó al exceso de producción en todas las áreas, las obligaciones laborales fueron abolidas. Piénsalo: el déficit era insignificante.

Donde Bogdanov usa «estadístico» seguramente sería hoy más correcto traducir «informático» pues la descripción de sus tareas encaja no tanto en lo que hoy entendemos como la de alguien dedicado a la estadística como con la de un informático que modeliza sistemas complejos y desarrolla sistemas para el análisis de datos. Tampoco habla de «robots» sino de «máquinas autorreguladoras» sobre las que comentará con motivo de las primeras traducciones en 1923 (georgiano) y 1929 (esperanto). Y algo aun más sorprendente hoy: las personas están conectadas entre sí sin un nodo central por un «cable invisible», que es seguramente la primera intuición de una red distribuida de comunicaciones al estilo de Internet.

En «Estrella Roja» (1908) la abundancia se apoya en la fusión atómica, la informática, la robótica e Internet

En la trama amorosa que no podía faltar el protagonista se enamora de una científica marciana. A los lectores actuales les llama la atención que Bogdanov destacara la evolución de los marcianos hacia un aspecto externo indiferenciado entre los sexos. Como comentaba Paul Mason en una entrevista: «Bogdanov entendió que en una sociedad verdaderamente liberada todo lo que está socialmente determinado podrá cambiar». Esta era la idea original de Marx y Engels pero precisamente por eso Marx siempre defendió que salvo algunos grandes rasgos como la voluntariedad del trabajo o el fin de la especialización, toda imaginación de una sociedad de la abundancia era inútil. Según él, a sus contemporáneos y a él mismo les resultaba simplemente inimaginable del mismo modo que nuestra actualidad y sus formas sociales, culturales y morales eran inimaginables en el Neolítico. Muy sensato. Pero el origen de todo un tabú que llevó a las versiones de estado del marxismo a despreciar el género.

Bogdanov entendió que en la sociedad de la abundancia todo lo socialmente determinado podrá cambiar

Pero el núcleo de la obra de Bogdanov es la pregunta que se hacen los marcianos: ¿compartiremos un conocimiento que es propio, surgido social e históricamente, con otros que tuvieron su propia evolución y no llegaron al umbral que hace posible el salto hacia una sociedad de la abundancia? Es obvio que Bogdanov sitúa a escala planetaria un problema que es dramático en el escenario de la revolución que se avecinaba en su momento histórico. Cuando habla de los terrícolas Bogdanov está hablando en realidad de kazajos, chechenos, uzbekos, del Africa colonial, del Asia atrasada… ¿Tenemos que esperar que se desarrolle una clase trabajadora para que la revolución sea posible? ¿Tenemos que acelerar el proceso, como piensan Lenin y Trotski, apoyando, inventando o tomando el lugar de burguesías locales para crear una nación e industrializar esos países? Bogdanov cree que no y toma una posición «luxemburguista»: si se les apoya y transfiere la tecnología, piensa, la usarán para lo mismo que cualquier burguesía actual, la conquista imperialista y la sobreexplotación. Si se les invade e impone el cambio, la resistencia es inevitable y, dada la diferencia de medios tecnológicos, la matanza. No hay otra alternativa que esperar a su propio desarrollo o dejar de pensar la revolución en términos nacionales. O, como se plantea en el final del libro: ambas cosas a la vez. Resulta inevitable pensar desde la perspectiva de hoy que las aventuras imperialistas de la Cuba castrista en África o del Vietnam en Camboya le dieron la razón: el imperialismo no es una fase nacional sino global y cada nuevo estado nacional es necesariamente imperialista, por «progresistas» que sean sus objetivos declarados o simpáticos que nos caigan sus dirigentes.

El núcleo de «Estrella Roja» busca poner en cuestión la doctrina de la «liberación nacional» de los bolcheviques

Star Trek o la abundancia keynesiana

El expansionismo abundantista también está presente en el gran referente de la postguerra: «Star Trek» (1966). Pero si en «Estrella Roja» estábamos en diálogo con Marx, aquí lo estamos con Keynes y su mirada sobre una sociedad de la abundancia. En el mundo que hace posible la «Enterprise», la abundancia es un hecho y toma la forma del «replicador», una máquina expendedora que es en realidad una «impresora 3D» molecular, capaz de hacernos a pedido unos espagueti a la boloñesa con la misma facilidad que puede producir un reloj suizo. Y por supuesto no faltan teléfonos móviles, teletransportadores y fusión nuclear hipereficiente.

En Star Trek hay clases, jerarquías y diferencias étnicas -aunque no entre los humanos/ estadounidenses. Podríamos deducir que es una sociedad de la abundancia que llegó por evolución, no por revolución. Los conflictos que mueven la trama no son endógenos, no se producen por contradicciones propias de la sociedad que produjo la «Federación de Planetas Unidos», se dan en el contexto de las inevitables fricciones con los Klingons, un trasunto de la URSS al que se puede suponer también en una economía de abundancia enferma sin embargo de imperialismo y militarismo crónico. La cuestión de fondo de la primera serie es si es posible la expansión y al mismo tiempo la «convivencia pacífica» con la URSS en un mundo en crecimiento.

Star Trek es keynesiano, nos presenta un mundo donde la abundancia surgió de la evolución no de la revolución

A partir de 1987 y a lo largo de la primera mitad de los noventa las nuevas temporadas televisivas, llamadas «La nueva generación», explorarán un mundo post-soviético donde los klingons serán aliados más o menos difíciles y los problemas culturales, medioambientales y de integración serán cada vez más, centrales, adelantando los temas que comenzaron a centrar la agenda de la izquierda posmoderna anglosajona en aquellos años. Incluida, claro está, la displicencia hacia el discurso tradicional del capitalismo americano, que aparecía por primera vez caricaturizado en una nueva raza espacial independiente: los frioleros, feos, bajitos, avaros y machistas «ferengi», tan mercantilistas que su ley principal fue creada por su líder histórico con el objetivo de que se convirtiera en un «best-seller». Frente a ellos, como la América (neo)liberal y feminista de los Clinton, la tripulación del nuevo Enterprise mostrará paciencia y estériles dotes pedagógicas una y otra vez.

La diferencia claro, estaba en que el mundo real de los noventa y la izquierda posmoderna que crecía bajo los Clinton, seguía tan lejos de la abundancia como el arquetípico empresario estadounidense que recogen en un episodio tras trescientos años en hibernación y al que Picard le recordará casi palabra por palabra las mejores frases de Keynes en «Las posibilidades económicas de nuestros nietos».

Es muy interesante como en los últimos años Star Trek se ha recuperado y puesto en valor precisamente por su economía de abundancia, rebautizada como «Trekonomics».

La metáfora del «replicador» refleja al mismo tiempo el límite de la reducción de escalas productivas y condensa las bases de la abundancia como sistema. No es de extrañar que haya abierto todo un campo a lo que podríamos llamar «ciencia ficción keynesiana». En «Singularity Sky» (2003), primera novela del autor escocés Charles Stross, se recuperan con el nombre de un viejo mito: «cornucopias», los cuernos de la abundancia de la tradición latina.

La idea keynesiana de la abundancia como resultado de una evolución que culmina en la «singularidad» será tomada por este autor para ser criticada como una distopía. La idea, como nos narra a través de las cuatro historias que componen «Accelerando», es que bajo el marco del capitalismo la evolución a una capacidad productiva casi infinita solo puede ser infinitamente opresiva para el género humano:

El capitalismo lo devora todo, así que cuando la lógica de la competencia lo lleva tan lejos, entidades meramente humanas no pueden seguir siendo competitivas: somos un recurso gordo, lento y apetitoso, como un dodo.

Stross interpela a Keynes: un capitalismo con la capacidad técnica de generar abundancia nos sometería aun más

«Los Desposeidos» o la escasa abundancia de Kropotkin

los desposeidos ursula k leguinEscrito en 1974 por Ursula K. Leguin, suele decirse de «Los Desposeidos» que refleja como ningún otro libro la visión kropotkiniana de la abundancia. Es cierto, si Marx -Stalin es otro cantar- necesitaba para imaginar una sociedad postcapitalista de un planeta entero (por eso la revolución para Luxemburg o Trotski tenía que ser mundial), el anarquismo, como vimos antes hablando de la primera literatura de «anticipación» libertaria, pensaba en un aquí y ahora de escalas mucho más pequeñas, incluso locales.

Este es el primer conflicto de la sociedad que nos relata Leguin: es una sociedad organizada de acuerdo a la lógica de la abundancia que sin embargo, por la insuficiencia de escala y recursos del lugar -la luna Anarres- donde se ha desarrollado históricamente, sufre periódicamente crisis de subproducción.

Como quiera que sea, los planes de Odo habían tenido en cuenta el suelo generoso de Urras. En el árido Anarres, las comunidades tuvieron que dispersarse en busca de recursos, y eran pocas las que se bastaban a sí mismas, por más que hubieran reducido lo que se entendía por necesidades primarias. En verdad, habían tenido que prescindir de muchas cosas, pero hasta un cierto grado; no estaban dispuestos a recaer en el tribalismo pre-urbano, pre-tecnológico. Sabían que el anarquismo era para ellos el producto de una civilización muy desarrollada, de una cultura y diversificación compleja, de una economía estable y una tecnología altamente industrializada, capaz de mantener un elevado nivel de producción y distribuir con rapidez los bienes de consumo. Por muy vastas que fuesen las distancias que había entre las colonias, todas se consideraban partes de un complejo organismo. Primero construían los caminos, y luego las casas. El intercambio de recursos y productos regionales era constante, en un intrincado proceso de equilibrio: ese equilibrio de la diversidad que es fundamento de la vida, de la ecología natural y social.

Los «Desposeidos» afirma que es imposible construir una sociedad de abundancia anti-industrial y anti-urbana

Pero en su modelo analógico, Leguin va más allá de la imposibilidad de fundar una sociedad mejor sobre el decrecimiento, adelantando temas que hoy todavía son polémicos como los peligros de la recentralización:

La descentralización había sido una cuestión primordial para Odo cuando planeó una nueva sociedad que nunca llegó a ver. Odo no pretendía desurbanizar la civilización. Aunque opinaba que las dimensiones naturales de una comunidad dependían de la cantidad de alimentos y de energía que pudieran proporcionar las regiones contiguas, proponía que las comunidades estuviesen todas conectadas entre sí por redes de comunicaciones y transpones, de modo que los bienes de consumo y las ideas pudiesen llegar a donde fuese necesario con prontitud y facilidad. Pero esa red no estaría administrada desde arriba. No habría centros jerárquicos, ni ciudades capitales, ni organizaciones destinadas a perpetuar el aparato burocrático o a favorecer las ambiciones de quienes aspiraban a convertirse en capitanes, en patronos, en jefes de Estado.

Pero, como ellos mismos decían con una imagen analógica, no puede haber un sistema nervioso sin por lo menos un ganglio, y preferentemente un cerebro. Tenía que haber un centro. Las computadoras que coordinaban la administración de las cosas, la división del trabajo y la distribución de los bienes de consumo, y las federaciones centrales de la mayor parte de los sindicatos de trabajadores estuvieron, desde el comienzo mismo, en Abbenay. Y desde el comienzo los Colonos comprendieron que aquella centralización inevitable era una permanente amenaza, que necesitaba de una permanente vigilancia.

Ursula Leguin muestra como la centralización informática es intrínsecamente reaccionaria para la nueva sociedad

Ursula K LeGuinPero si la sociedad de abundancia sufre escasez, la comparación con el capitalismo opulento y desigual del planeta madre resulta descorazonadora moralmente, empezando por aquello que más caracteriza a los anarquistas de Arres: su ética del conocimiento. Shevek, el protagonista, es un físico arresti que abandona la luna anarquista y se une como profesor a la universidad más prestigiosa del bloque capitalista de Urras. El choque con la cultura cotidiana, la Universidad y en especial con sus alumnos se hace pronto evidente:

Los estudiantes eran jóvenes de mentes bien entrenadas, despiertas y perspicaces. Cuando no estaban trabajando, descansaban. No tenían una docena de otras obligaciones que los embotaran y los distrajeran. Nunca se dormían de cansancio en clase porque la víspera hubieran estado ocupados en tareas rotativas. La sociedad los mantenía completamente libres de necesidades, distracciones y cuidados.

Lo que podían hacer, sin embargo, era harina de otro costal. Shevek tenía la impresión de que esa falta de obligaciones era directamente proporcional a la falta de iniciativa.

El sistema de exámenes, cuando se lo explicaron, lo descorazonó; no podía imaginar nada más nefasto para el deseo natural de aprender que este modo de proporcionar y exigir información. Al principio se negó a tomar exámenes y a poner notas, pero eso inquietó hasta tal extremo a los administradores que Shevek acabó cediendo, por cortesía. Pidió a sus alumnos que escribieran sobre cualquier problema de física que les interesara, y les dijo que les pondría a todos la calificación más alta, para que los burócratas tuvieran algo que anotar. Sorprendido, descubrió que muchos de los estudiantes se quejaban. Querían que él planteara los problemas, que hiciera las preguntas correctas; ellos no querían pensar en las preguntas; sólo escribir las respuestas que habían aprendido. Y algunos objetaban enérgicamente que les pusiera a todos la misma nota. ¿Cómo se diferenciarían entonces los estudiantes diligentes de los lerdos? ¿Qué sentido tenía trabajar con ahínco? Si no había distinciones competitivas, daba lo mismo no hacer absolutamente nada.

Las lecturas de Shevek sobre historia urrasti lo llevaron a la conclusión de que en el fondo, aunque la palabra se oía poco entonces, eran aristócratas. En los tiempos feudales la aristocracia había enviado a sus hijos a la Universidad, a la que reconocía como institución superior. Hoy ocurría a la inversa: la Universidad daba superioridad al hombre. Le dijeron a Shevek con orgullo que la competencia por las becas universitarias de Ieu Eun era cada año más estricta, lo que revelaba el carácter esencialmente democrático de la institución. Él respondió: – Ustedes ponen otro candado en la puerta y lo llaman democracia.

Le gustaban sus alumnos, corteses e inteligentes, pero no sentía verdadero afecto por ninguno de ellos. Todos se preparaban para seguir carreras científicas, académicas o industriales, y lo que aprendían de él era un medio para ese fin, el éxito en tales carreras. Cualquier otra cosa que él pudiera ofrecerles, o bien ya la tenían, o le negaban toda importancia.

Para Leguin lo que distingue a una sociedad de la abundancia es su pasión por el conocimiento libre

El choque con la cultura capitalista se hace pronto evidente: el machismo, el clasismo, las diferencias de trato y las jerarquías… pero Shevek se lleva una sorpresa: cuando por fin le invitan a ir a cenar a la casa de un profesor, descubre que en el mismo corazón del sistema sigue existiendo algo que se parece a la socialización en una verdadera comunidad:

Oiie era otro hombre en su casa. Ya no tenía aquella mirada furtiva, y no arrastraba las palabras al hablar. La familia lo trataba con respeto, pero ese respeto era recíproco. A Shevek, que había escuchado muchas de las opiniones de Oiie sobre las mujeres, le sorprendió ver cómo trataba a Sewa: con cortesía, hasta con delicadeza. Esto es caballerosidad, pensó, una palabra que había aprendido recientemente, pero pronto decidió que era algo más. Oiie quería a su mujer y confiaba en ella. Se comportaba con ella y con los niños casi como si fuera un anarresti. A decir verdad, se le reveló entonces como un hombre sencillo, fraternal, un hombre libre.

A Shevek se le ocurrió luego que era una libertad de alcance muy limitado, un núcleo familiar pequeño, pero se sentía tanto más a gusto, tanto más libre él mismo, que no tenía ganas de ponerse a criticar.

Por cierto, que el planeta Urras también tiene su «bloque socialista» pues a fin de cuentas, en los setenta, cuando escribe Leguin, el estado soviético parecía más sólido que nunca. El choque del protagonista no es menor que el que sufre con sus anfitriones capitalistas:

– No puedo discutir con usted los valores del odonianismo, aunque estuve tentado a menudo. Algo conozco al respecto, sabe. Nosotros, en mi país, estamos mucho más cerca del odonianismo que esta gente. Somos productos del mismo gran movimiento revolucionario del siglo octavo; somos socialistas, como ustedes.
– Pero ustedes son uranistas. El Estado de Thu es aún más centralizado que el de A-Io. Una única estructura de poder maneja todo, el gobierno, la administración, la policía, el ejército, la educación, las leyes, el comercio, las manufacturas. Y tienen además una economía monetaria.
– Una economía monetaria basada en el principio de que a todo trabajador se le paga lo que merece, por el valor de su trabajo… ¡no por capitalistas a quienes está obligado a servir, sino por el Estado del que es miembro!
– ¿Es el trabajador quien establece el valor de lo que hace?
– ¿Por qué no va a Thu, a ver cómo funciona el verdadero socialismo?
– Sé cómo funciona el verdadero socialismo -respondió Shevek-. Podría decírselo a usted, pero el gobierno de ustedes, en Thu, ¿me permitiría explicarlo?

En los debates aparece una constante de aquellos años: era más difícil discutir con la izquierda que se pretendía marxista, siempre a punto para justificar y ensalzar las peores consecuencias de totalitarismos construidos en nombre de Marx y la revolución «en un solo país», que con la complacencia intelectual de una burguesía que daba por finiquitada la revolución.

– Usted sabe lo que yo quiero, Chifoilisk. Quiero que mi pueblo salga del exilio. Vine aquí porque no creo que ustedes quieran eso en Thu. Ustedes, allí, nos tienen miedo. Temen que traigamos de vuelta la revolución, la antigua, la verdadera, la revolución por la justicia que ustedes comenzaron y abandonaron a mitad de camino. Aquí en A-Io me temen menos porque se han olvidado de la revolución. No creen más en ella. Piensan que si la gente posee muchas cosas se contentará con vivir en una cárcel. Pero yo no acepto eso. Quiero derribar los muros. Quiero solidaridad, solidaridad humana. Quiero libre intercambio entre Urras y Anarres. Luché por ello como pude en Anarres, y ahora lucho por ello como puedo en Urras. Allí, actuaba. Aquí, negocio.

Leguin invita a la compararación moral de sus «desposeidos» con el socialismo de estado y el capitalismo avanzado

Pero la parte más interesante sin duda es la que describe los problemas en la evolución de una sociedad anarquista en la lucha contra el peso de la rutina, el conformismo, el aislamiento… y la centralización informática que en 1974 se consideraba todavía inevitable.

El sueño ciber-comunitarista de los ochenta

Esta última idea no tardará en ponerse en cuestión. Los años ochenta comienzan con un cambio tecnológico profundo: el boom del ordenador personal. La nueva máquina refuta de golpe toda la mirada sobre el poder de la computación centralizada y los macro-ordenadores de la ciencia ficción clásica. Transforma los centros de trabajo a velocidad record y es el primer objeto doméstico que materializa la reducción de escalas en la vida cotidiana. Una generación de púberes, armada con «Commodores» y «Spectrums» en Europa, con «Apples» y «XT» en EEUU, con «MSX» en Japón, empieza a descubrirse hacker y asombra a los adultos mostrándoles el primer destello de un mundo computerizado, irreverente y acelerado. ¿Cómo sería un mundo dejado en las manos de aquellos chavalitos? En 1982 aparecen dos novelas que responden a esa pregunta de forma y con metáforas casi idénticas. Una en la RDA, la Alemania parte del bloque soviético, otra en EEUU.

«Andymon» (1982), subtitulada «Eine Weltraum-Utopie», se convertirá en la novela de ciencia ficción más popular de la historia de la extinta RDA y una de las referencias clásicas del género en el mundo germanófono. Escrita por Angela Steinmüller y Karlheinz Steinmüller, comienza en una nave controlada por un ordenador a miles de años luz de la Tierra. La nave transporta embriones humanos hacia Andymon, un exoplaneta en el que se espera se den condiciones para la vida humana. Los ordenadores desarrollarán los embriones y mediante robots educarán a los niños intentado transmitirles el acervo de la cultura humana que almacenan en sus memorias. El resultado, como era previsible, es distinto al que se había planteado desde la Tierra: en primer lugar Andymon resulta tener una atmósfera tóxica, pero sobre todo, la nueva generación humana piensa como una sociedad de abundancia y se rebela contra los planes de colonización espacial que habían sido programados desde la tierra.

Se trata del mismo planteamiento de «Viaje desde el ayer» (1982) del anarco-conspiranoico James P. Hogan. En su libro el planeta elegido, que orbita alrededor de Alpha Centauri es óptimo para la vida, pero el desastre bélico en la Tierra que da lugar a la misión no llega a producirse. Como resultado las potencias terrestres mandarán nuevas naves para reivindicar a su progenie. Al llegar descubrirán que la nueva generación ha construido una economía desmercantilizada, una verdadera sociedad de la abundancia, poco dispuesta a aceptar la vuelta al dinero, el trabajo forzado, la especialización del conocimiento y las jerarquías. El ejército de ocupación (norteamericano) se verá presionado a «normalizar» a los locales por la pronta llegada de una nave china con iguales intenciones. Sin embargo en un conflicto que será una mezcla de «defensa popular no violenta» y política inclusiva, los locales ganarán a la mayoría de la población recién llegada, demostrando la superioridad de su sistema y abriendo un nuevo porvenir para la especie en el espacio.

En la CF del boom del PC la abundancia aparecerá como el horizonte espontáneo de la «generación Spectrum»

Ciberpunk, postciberpunk, solarpunk y otros punks

En los años siguientes, sin embargo, la abundancia desaparecerá como tema de peso en la ciencia ficción. En la segunda mitad de los ochenta, el autor escocés Ian Banks dará por hecha la abundancia como base económica de la sociedad protagonista de la serie de novelas de «La Cultura» (1987-2012). La serie, situada temporalmente en un futuro inasequible, no entra en detalles ni busca posibles conflictos productivos o limitaciones en los recursos. Para Banks la abundancia es seguramente la pieza que menos le interesa describir, pura infraestructura fundamentalmente estática e incuestionada a lo largo de toda la serie.

Por su parte, el Ciberpunk literario a diferencia del Ciberpunk activista, tuvo pocas reflexiones sobre como sería una sociedad de la abundancia. Lo que caracteriza al Ciberpunk es la ruptura con la mentalidad de la guerra fría: su negativa tajante tanto a imaginar un «fin del mundo», como a aceptar que el desarrollo tecnológico o económico pueda ser aceptado como una forma de trascendencia. Son dos polos contradictorios en realidad, que Bruce Sterling enfrentará en «Schismatrix» (1985) buscando una solución en el límite: la vida eterna, tema que desarrollará once años más tarde en «El fuego sagrado» (1996). La asociación entre inmortalidad y abundancia aparece ya en la trilogía «Ware» de Ruddy Rucker donde los robots parecen ser capaces de construir, en la Luna, algo parecido a una sociedad de la abundancia. El hecho de que la única sociedad de la abundancia imaginada por el ciberpunk no sea una sociedad humana, ni siquiera una sociedad de seres vivos, es significativa.

El Ciberpunk, receloso de toda trascendencia, no retratará sociedades de abundancia

Seguramente el verdadero tono ciberpunk sobre la abundancia se encuentra en «Islas en la Red» (1988) y en «Dias verdes en Brunei» (1998), ambos de Sterling. En ambos casos lo que importa es el «aquí y ahora», los destellos de abundancia que hacen otro tipo de comunidad y que definen una nueva lógica… que no llegará a realizarse socialmente en el relato. Encontramos por ejemplo la dimensión comunitaria de la ética hacker en «Días Verdes en Brunei»:

Tendremos que hacer lo mejor que podamos con lo que nos salga. Bricolage, ¿recuerdas? -Extendió los brazos-. Pero es un mundo de locos, chico. Coches veloces y shock del futuro y ese caluroso viaje a Occidente…, eso era otro siglo. Nos gustan los días lentos al sol. Nos gusta un lugar al que pertenecer y cosas amables a nuestro alrededor

Y la redefinición comunitarista del trabajo en las democracias económicas de «Islas en la red», que en el límite, como nos apunta Sterling al final del famoso interrogatorio a la protagonista en el Parlamento de Singapur, se han de convertir en sociedades de abundancia:

-¿… una especie de directora de hotel?
-En Rizome no tenemos puestos de trabajo, doctor Razak. Sólo cosas que hacer y personas que las hacen.
-Mis estimados colegas del Partido de Innovación Popular podría llamar a esto ineficiente.
-Bueno, nuestra idea de la eficiencia tiene más que ver con la realización personal que con, hum, las posesiones materiales
-Tengo entendido que un amplio número de empleados de Rizome no trabajan en absoluto.
-Bueno, nos ocupamos de los nuestros. Por supuesto mucha parte de esta actividad se haya fuera de la economía del dinero. Una economía invisible que no es cuantificable en dólares.
-En ecus, querrá decir
-Sí, lo siento. Como el trabajo del hogar: ustedes no pagan ningún dinero por hacerlo, pero así es como sobrevive la familia, ¿no? Sólo porque no sea un banco no quiere decir que no exista. Un inciso, no somos empleados de, sino asociados.
-En otras palabras, su línea de fondo es alegría lúdica antes que beneficio. Han reemplazado ustedes el trabajo, el humillante espeectro de la producción forzada, por una serie de variados pasatiempos como juegos. Y reemplazado la motivación de la codicia con una red de lazos sociales, reforzados por una estructura electiva de poder.
-Sí, creo que sí…, si comprendo sus definiciones.
-¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que eliminen enteramente el trabajo?

Las democracias económicas de «Islas en la red» son filés comunitaristas que prefiguran una sociedad de abundancia

Una década después las «democracias económicas» de Sterling se convertirán en las «filés» de Neal Stephenson en «La era del diamante» (1995), considerada la obra maestra del «post-ciberpunk». El supuesto políticco de fondo en esta novela fractal, llena de temas y reflexiones de todo tipo, es la afirmación de que las mismas herramientas y conocimiento -en la novela la nanotecnología- permiten la abundancia en una estructura distribuida («the seed») y generan desigualdad en una centralizada («the feed»). Deudor del ciberpunk Stephenson solo puede llegar a mostrar los obstáculos, no el resultado, de la tendencia hacia la abundancia.

Stephenson solo muestra los obstáculos y la tendencia, no el resultado social de la abundancia

La dificultad para retratar una economía centrada en la satisfacción de las necesidades humanas, no se limita a Stephenson. El peso del ciberpunk literario sigue operando en la ciencia ficción posterior al 2001. Es clara en el ya citado Charles Stross pero aparece también en Doctorow y en una larga serie de creaciones estancadas en lo que podríamos llamar una «post-escasez sin abundancia»: sistemas económicos más o menos distópicos en los que el desarrollo de las capacidades productivas suficientes para vencer la escasez, incluso para eliminar el trabajo asalariado, se produce en un marco que mantiene una naturaleza autoritaria o competitiva extrema. De hecho, cabría dudar si la causa de fondo es el peso de la tradición ciberpunk o simplemente se trata de una expresión de la cultura de la descomposición, una pura incapacidad para superar la idea de la «inevitabilidad» de un capitalismo en descomposición como el actual.

En este sentido, la incapacidad del Solarpunk para pasar de la propuesta inicial a publicar historias es realmente una mala noticia. Tras suscitar todo tipo de simpatías hace tres años, el momento del movimiento que quería renovar la ciencia ficción hablando de comunidad, ingenio y sostenibilidad, no acaba de ir más allá de discutir directrices y enfoques ideológicos y producir láminas de paisajes urbanos verdes y despoblados, bonitos pero sospechosamente parecidos a los modelados 3D de «la ciudad del futuro» que adornan la contraportada de los promocionales de las grandes ciudades europeas. Podría interpretarse como una expresión de las dificultades del discurso ecologista anglosajón para articular un discurso social global o como resultado de esa creencia en el poder mágico del «hágase» tan ligada a la cultura de la adhesión, pero el caso es que hasta ahora el Solarpunk ha sido el «Occupy» de la ciencia ficción y solo nos ha ofrecido decorados verdes desiertos de personas, para relatos que, según parece, nadie comenzó a escribir todavía.

Hasta ahora el Solarpunk ha sido una colección de decorados desiertos para relatos que nadie comenzó a escribir

Conclusiones

Si creemos en la ciencia ficción como ese gran «laboratorio analógico» del futuro que creó Verne, la necesidad de relatos que nos permitan explorar el post-capitalismo es mayor que nunca. Bogdanov, Ursula K. Leguin e incluso Star Trek nos abrieron a nuevos mundos sociales posibles y nos permitieron jugar en ellos; Stephenson y Stross nos advirtieron de los peligros del camino; Sterling nos puso en un «aquí y ahora» de democracias económicas que tocaban ya con los dedos el cambio. Pero necesitamos más, necesitamos una «ciencia ficción de la abundancia» que nos provea de los mitos que nos permitan construir juntos un mundo nuevo.

Necesitamos una «CF de la abundancia» que cree los mitos que nos permitan construir juntos un mundo nuevo

«Ciencia ficción y postcapitalismo» recibió 3 desde que se publicó el Domingo 26 de Marzo de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Juan Ruiz dice:

    Gracias por esta visión panorámica de la ciencia ficción, la tecnología, la abundancia, etc. Dan ganas de leerlo todo. En la parte en la que hablas del ciberpunk afirmas que éste poseía una idea no trascendente de la tecnología. No acabo de entender muy bien a qué te refieres. Me vienen a la cabeza varias versiones, pero no sé cuál de ellas conecta precisamente con lo que deseas transmitir.

    • El ciberpunk era una enmienda a la totalidad a la mentalidad de la guerra fría: por un lado niega el catastrofismo de la época, el escenario de la destrucción nuclear de la especie, por otro la idea de que, de haber un vencedor de la guerra fría vaya a haber un «fin de la Historia» con un único modelo social y valores iguales para todos. Ahí saltan chispas con su propio foco tecnológico, pues a fin de cuentas la tecnología no es neutral, no «depende de cómo se use», modifica las relaciones de poder. Pero mirar más allá, abrir la posibilidad de que el cambio tecnológico culminara en un nuevo tipo de sociedad que trascendiera las miserias de la existente se parecía demasiado al ideal marxista (que estaba muy presente en la crítica en aquel momento) como para que no diera vértigo. Hoy está todo tan arrasado intelectualmente que no relacionamos el Solarpunk por ejemplo a la abundancia marxista, pero en la época era evidente y por lo mismo te colocaba en un lugar que era incómodo porque permitía que fueras interpretado en la lógica de bloques por erróneo que fuera, por eso igual que el cpk se pone el tabú de la guerra nuclear total, también se autoimpone una especie de tabú anti-utópico que le impide pensar una sociedad global nueva que responda o resuelva problemas básicos de la experiencia humana como la escasez.

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