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Cinco prácticas que todo equipo debería aprender de las comunidades que funcionan

Cinco formas de ser y hacer que cualquier equipo de trabajo debería aprender de las culturas comunitarias que funcionan.

asamblea san isidro

  1. Aprender a escuchar. Lo primero que llama la atención en una comunidad que funciona es que nunca hay dos personas hablando a la vez en un mismo espacio. No hacen falta moderadores ni repartos de palabra. No podría haberlos en la mesa de trabajo o en las comidas juntos. Cada uno lo tiene por objetivo y cuando habla, sabe cómo dar paso a los demás. No es difícil, quienes quieran tienen ejercicios sencillos y se aprende rápido.
  2. construyendo casaDesterrar la culpa. No hay persona o equipo infalible, todos cometemos errores. Pero normalmente cuanto más responsable sea un equipo y sus miembros menos sentimientos de culpa tendrán y mostrarán cuando se produzca uno. La causa: la cultura de la culpa es enemiga de la responsabilidad. Así que en las comunidades que funcionan la culpa no es tema. Nadie quiere culpar a nadie ni disfruta en absoluto si alguien se culpa a si mismo por un error.

    Un equipo que funciona se basa en la confianza: nadie va a desautorizar a nadie frente a terceros ni hacerle un reproche o soltarte un sarcasmo cuando menos se lo espera para «cobrarse» un error. Cada uno sabe que no tiene que excusarse ni exponer atenuantes ante cada fallo. Cuando esta cultura está instalada, se consigue que cada cual comparta la mejor información, lo más claramente posible, sin edulcorar ni dramatizar. A partir del ahí, corregir los resultados negativos es una tarea común. Aprender para la próxima, la responsabilidad de cada uno.

  3. middenPerder el miedo al fracaso. Confiar en los demás ayuda a que cada uno confíe más en si mismo. El miedo al fracaso es el gran enemigo de todo proyecto colectivo por dos causas: la primera tiende a generar profecías autocumplidas; la segunda, anula la autonomía personal y es capaz de vaciar de significado el sistema de organización más democrático.

    Y es que llevamos el miedo en nuestro ADN cultural, es un resto de miles de años de organización social autoritaria. El autoritarismo necesita de nuestro miedo, de nuestro miedo a los dioses, de nuestro miedo a la Naturaleza, a la ciencia y sobre todo de nuestro miedo a los demás. El miedo hace más aceptable la dependencia, hace parecer la renuncia a nuestras responsabilidades vitales una liberación. El miedo es el camino del sometimiento, del fatalismo, lo opuesto a la autonomía personal. El miedo nos lleva a pedirle al fuerte que nos cuide, que nos proteja, a aceptar la desinformación. El miedo nos retrata como seres desvalidos y comunidades impotentes en un mundo catastrófico necesitado de poderes fuertes. El miedo es el enemigo a batir.

  4. Llamar a las cosas por su nombre. Las palabras tienen valor en tanto que conserven su significado. Son esos significados los que nos movilizan, los que dan sentido a lo que hacemos. Si las palabras se vacían, si pasan querer decir cualquier cosa o si el lenguaje se pervierte -por ejemplo tomando las formas burocráticas típicas de tantas empresas- los significados se mueren y las causas que mueven y unen al equipo se desvanecen. Las palabras son herramientas poderosas: profundizar en el significado de lo que hacemos es profundizar en lo que el equipo comparte, por eso merece la pena desarrollar diccionarios comunes.

    celebrando el día de las IndiasDel mismo modo, hablar claro es la diferencia entre tener largas discusiones que no llevan a nada o tener discusiones en las que se aprenden cosas nuevas. Dentro de un equipo hablar claro no es hablar con simpleza o agresivamente. Hablar claro es hablar sin miedo y con sentido. Es «llamar a las cosas por su nombre» y respetar el nombre de las cosas sin eufemismos ni circunloquios.

  5. Cuidar las ocasiones significativas. No solo las palabras tienen significado. Muchos momentos cotidianos, si se cuidan, atesoran valores y dan ánimo y coraje a cada uno: sea el «morning call» o el brindis en la comida, el fin de un proyecto o el fin de la semana de trabajo. Dividir los tiempos, marcar el fin de un esfuerzo determinado con una pequeña celebración o un gesto, ayuda a ligar el esfuerzo cotidiano a sus resultados, a sentir que el trabajo en si es significativo.

«Cinco prácticas que todo equipo debería aprender de las comunidades que funcionan» recibió 11 desde que se publicó el lunes 19 de enero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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