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Ciudadanismo vs nacionalismo

El «ciudadanismo» es un nacionalismo por otros medios. Al final ambos discursos llevan al mismo lugar: pretenden que olvidemos que es el trabajo lo que constituye y mantiene a la sociedad y que los conflictos que lo cruzan no se disuelven porque inventemos nuevos sujetos políticos, nuevos diosecillos en cuyo altar sacrificar las necesidades humanas en nombre de sueños gerenciales, pastoriles o patrióticos.

Mediapart es un medio creado a principios de la crisis por un exdirector de Le Monde que decidió apostar por el periodismo de investigación. Tras los primeros éxitos -entre ellos, descubrir que la campaña electoral de Sarkozy había sido financiada por Gadafi- la revista consolidó un espacio para los suscriptores («Le Club») que de cuando en cuando nos obsequia con verdaderas joyitas.

Lo último: una serie de vídeos que analizan los mensajes y la publicidad de los candidatos presidenciales. Desde las primeras entregas aparece un término interesante: «ciudadanismo». El «ciudadanismo» sería aquella ideología -de mil sabores, por supuesto- que centra sus esperanzas en un sujeto político particular y a la vez, extremadamente amplio: la ciudadanía. Ciudadanía significó, según las épocas, el conjunto de habitantes con derechos políticos (el «demos») o aquellos de entre ellos que los ejercían activamente. Era una categoría sociológica, no un sujeto. El «ciudadanismo» es la operación que convierte a la ciudadanía en un personaje capaz de hacer cosas como «ser colectivo» autónomo.

En el primer vídeo de la serie, nos remite a los orígenes del «ciudadanismo»: las candidaturas verdes de principios de los noventa.

En esa época acaba de caer el bloque soviético. No solo la versión del comunismo que era oficial en aquellos estados, sino todos los derivados, descendientes y relacionados con la crítica social y laborista del siglo anterior entran en crisis. El «neoliberalismo» ocupa el espacio político y se jacta de haber llevado la Humanidad hacia el «fin de la Historia», es decir de haber creado un modelo político-social donde no es posible ni deseable más cambio que el incremental, nunca más un cambio -o un intento de cambio- cualitativo. La confrontación política se reduce a cómo hacer mejor lo mismo para llegar a… donde ya se está.

En ese marco los ecologistas franceses se dividen en dos candidaturas, dos sabores que se presentan alternativamente como el nuevo centro «ciudadano» y la «nueva izquierda». Esta rama «radical» es en realidad, el resultado de la descomposición de la izquierda activista sesentayochista. Por hacerlo corto: según estas lumbreras teóricas de los setenta, visto que el proletariado ya no es el famoso «sujeto revolucionario» porque si lo fuera seguiría a la izquierda universitaria y en especial a la alemana e italiana, queda claro que la principal contradicción del capitalismo ya no puede ser capital-trabajo, sino capital-recursos naturales. Empieza entonces un camino que a principios de los 80 dará lugar a «Die Grünen» y que acabará en el decrecionismo. Pero lo que señala el vídeo es importante: ese ecologismo «radical» no puede dirigirse ya a «los trabajadores», ni siquiera al «pueblo», sino a una ciudadanía genérica, global. Cambian los sabores, las estrategias electorales, la estética, pero al final estaban tan condenados al «ciudadanismo» como sus primos del ecologismo centrista.

El ciudadanismo: ¿nueva forma de nacionalismo o versión progre del neoliberalismo?

El «ciudadanismo» no es, al menos abiertamente, un nacionalismo. Mantiene pretensiones de universalidad y en la práctica un cierto internacionalismo producto de la globalización de las macro-empresas y del desarrollo de instituciones multilaterales. Es el internacionalismo anglocéntrico de eso que hemos llamado la «clase internacional»; un grupo social «gestor» que ideológicamente ocupa un espacio sorprendentemente amplio pero que comparte una cultura burocrático empresarial sumamente estrecha. Sus hitos fundacionales, el Foro Económico Mundial de Davos, la Conferencia de la Mujer de Pekin en los noventa, la cumbre de Kioto… escenificaron una izquierda oenegista y una derecha financiera esencialmente idéntica, gerencial, con orígenes socio-educativos y formas de socialización compartidas. Los lobbistas «sociales» de Bruselas, los ejecutivos de la City de Londres o los apóstoles de la «colaboración público-privada» que pululan por las cumbres para el desarrollo, pueden llevar «The Guardian» o «Financial Times» bajo el brazo, pueder ser gerentes de una gran ONG o banqueros de inversiones, pero comparten las mismas referencias, las mismas fiestas de «ex-pats» y los mismos mitos sobre el mundo exterior.

Esos mitos, característicos de los noventa, generaron su propia visión de la «ciudadanía» como sujeto político y al mismo tiempo como objeto de gestión por el manager. Entre una y otra, como un casto velo, una cosa cada vez más inaprensible llamada «sociedad civil» donde, como dice el autor de los vídeos que comentamos al despedazar el discurso de Macron, al parecer no hay ni un solo conductor de autobús:

Esa fue la impresión del que hasta ahora ha sido el mitin de campaña más importante y significativo de Macron, nada casualmente celebrado en Londres. Algunas ideas fuerza del macronismo: no hace falta nada parecido a un programa, sino una «visión», un «proyecto». ¿Cuál es el proyecto? Elevar la capacidad de compra de todas las «categorías laborales». La metáfora es clara: el político es un gerente, sus logros se miden en objetivos económicos contantes y sonantes que por sí mismos deberían comprometer y motivar a los «co-workers» en la «visión» de su «misión».

Eso sí, las estrategias ya las harán expertos y la práctica la decidirá el directivo en el día a día. Y una promesa para los ex-pats, esos que verdaderamente le entienden: podrán vivir en Francia como vivían en Londres, en un mundo a su imagen y semejanza donde coches y pobres se controlan por un macrosistema de videocámaras que mantiene la City como una reserva, como un fascinante parque temático del traje de chaqueta y la corbata corporativa. Y por supuesto, Macron «reivindica la inexperiencia», pero no se engañen, la suya no es la inexperiencia del becario o del licenciado, sino la del MBA metido a consultor, la del joven heredero ansioso por hacerse con las riendas de una empresa familiar que ya está tardando demasiado en heredar.

Como el ciudadanismo legitima a la derecha fascistizante

Lo interesante del análisis de estos vídeos es que definen el «ciudadanismo» como el elemento común de los cambios ideológicos que la derecha nacionalista y la izquierda de origen marxista hicieron para adaptarse a la corriente dominante durante la hegemonía neoliberal de los noventa. Apelan a la ciudadanía por igual «los Verdes» en sus dos sabores y Macron, Hamon y NKM.

La cuestión es que solo existe una manera en la que puede sostenerse un sujeto político totalizador , un sujeto político capaz de englobar a toda la sociedad aquí y ahora: la ausencia de conflicto. Si hay conflicto, sea el objetivo de la política resolverlo o equilibrarlo, obviamente, no hay un único sujeto y el discurso «ciudadano» se cae. En el fondo todo «ciudadanismo», se presente de izquierda o de derechas, lo que nos dice es que los conflictos son solo aparentes y que una buena gestión puede mejorar a todos sin empeorar la situación de nadie. El conflicto es producto por tanto de la ineficiencia (quedan recursos sin usar) o de la incomprensión. Resultado: un totalitarismo pretendidamente dulce, pedagógico, que pondrá la eficiencia como bandera de una manera u otra (eficiencia ecológica, energética, empresarial, etc.) y pretenderá reeducarnos, modificar nuestros comportamientos «egoistas» o «incivicos» mediante una mezcla de biopolítica, propaganda y reeducación.

De este modo todo «ciudadanismo» acaba mostrando una agenda oculta: el decrecimiento implica redefinir la división internacional del trabajo aumentando las desigualdades regionales, la renta básica universal se traduce en mayor dependencia del estado y en mayores ingresos relativos para las clases altas, el culto a la competitividad lleva al fin de las relaciones laborales estables, etc. etc.

Así que no es de extrañar que frente al «ciudadanismo» la reinvención del nacionalismo al menos suene más honesta o más sensata a muchos. Es el caso de Melenchon. El nacionalismo al menos reconoce que el conflicto existe y toma partido usando la fuerza del estado. Pero no hay que olvidar que los que quedan fuera del consenso -o de las identidades aceptadas por el- nacionalismo van a sufrir exclusión. Es un viejo truco fascista esa exclusión, esa persecución de cuanto evidencie el conflicto social, se presentará siempre como un acto de justicia, como el resultado de una sana indignación popular.

Por eso la lógica del relato de Melenchon no es tan diferente de la del vídeo oficial de campaña de Lepen. A primera vista, elegir entre los dos parece reducirse a elegir entre una madre preocupada por un país donde «las cosas ya no son lo que eran» y un sindicalista que ha visto con impotencia un crecimiento desaforado de la desigualdad justificado una y otra vez por una casta político-mediática hipócrita y cínica. Indignados todos. Y al final, en esa indignación compartida el rebelde Robin hará un último favor a Batman: legitimarlo.

Conclusiones

El «ciudadanismo» es un nacionalismo por otros medios. Hay más diversidad en el seno de cada paradigma que entre ambos. Cambian las formas, los acentos temáticos y los sabores. Pero al final ambos discursos llevan al mismo lugar: pretenden que olvidemos que es el trabajo lo que constituye y mantiene a la sociedad y que los conflictos que lo cruzan no se disuelven porque inventemos nuevos sujetos políticos, nuevos diosecillos en cuyo altar sacrificar las necesidades humanas en nombre de sueños gerenciales, pastoriles o patrióticos.

«Ciudadanismo vs nacionalismo» recibió 4 desde que se publicó el Sábado 4 de Marzo de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Fernando Fernando dice:

    Son muy comunes en los medios, especialmente después de elecciones, las declaraciones de políticos y periodistas que hablan de la ciudadanía como si fuera un único sujeto; por ejemplo, “lo que los ciudadanos han dicho en las urnas es que nos pongamos de acuerdo”. La verdad es que desafina bastante.

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