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Cómo dejar de ser utópicos

No se puede «crear» una comunidad, no tiene sentido empujar a nadie. El verdadero igualitarismo se basa en aceptar al otro como un igual en responsabilidades.

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Charles Fourier en 1872A partir de 1808 Charles Fourier elaborará las bases del comunitarismo contemporáneo. Sus ideas pondrán en marcha una vigorosa corriente de la que nacerán el cooperativismo, el mutualismo y el federalismo europeos. Pero a pesar de que sus textos sobre el falansterio pueden considerarse el primer diseño práctico de un modelo social basado en la libre asociación, Fourier mismo no participó personalmente en los primeros intentos de convertirlos en realidad, aunque fue contemporáneo de alguno realizado por sus seguidores.

Esta primera generación de comunitaristas confrontó los modelos del maestro a la práctica real en lugares tan diversos como Cádiz, Entre Ríos, Bruselas, Rio de Janeiro o Nueva Jersey.

Condé-sur-VesgreLa mayoría de estos intentos no duró más que unos pocos años. A la hora de la verdad tanto ellos como los «icarianos» que seguían a Cabet enfrentaban problemas similares. En Estados Unidos, después de casi 30 tentativas, solo dos falansterios duraron más de cinco años. La productividad era sistemáticamente más baja que la afanosamente calculada en sus planes y la inevitable escasez producía rápidamente tensiones que alejaban toda esperanza de encontrar la famosa «armonización» que prometía el modelo de Fourier.

Sufrían problemas de diseño básicos: todas las colonias eran exclusivamente agrarias pero habían sido creadas por urbanitas. Las escalas eran generalmente más pequeñas que las del diseño original y lo que es peor, decretar la igualdad entre sexos y traducir a normas las críticas del maestro a la institución matrimonial, cuando se implantaban sin trabajar mínimamente lo que significaban en la práctica, aumentaban el conflicto hasta lo insoportable. Un viejo implícito heredado del mercantilismo y el liberalismo se venía abajo: no bastaba cambiar las normas para que todo se «reordenase» y armonizase por si solo. Las habilidades, los valores, las formas de relacionarse no cambian de la noche a la mañana solo porque cambie el marco normativo. Y en el «mientras tanto» es fácil que todo se venga abajo.

El falansterio de WisconsinAunque un falansterio, Oneida, pudo hacer realidad la jornada de siete horas y la igualdad entre hombres y mujeres, los nuevos intentos decidieron dejar para el futuro algunas de las normas más difíciles de implantar. La primera, la igualdad plena entre hombres y mujeres y la reforma del matrimonio.

El movimiento, que partía de la seguridad del pensamiento del maestro que confiaba en que la difusión de la propuesta trajera a voluntarios que formarían comunidad espontáneamente, se convierte entonces en una verdadera máquina de experimentación basada en prueba y error. El resultado se parece cada vez menos a lo que esperaban que significase comunidad, pero todo se sacrifica en pos de los «resultados», es decir, de una mínima sostenibilidad interna. La colonia Conde sur Vesgre por ejemplo, es refundada tres veces entre 1832 y 1860.

godinLa consecuencia de todas estas negociaciones con la realidad y los sucesivos fracasos, fue la formación de una riquísima base documental, literaria y teórica: el fourierismo. Su figura más conocida es quizás Jean-Baptiste André Godin, creador del familisterio de Guisa. Godin fue un inventor de éxito, un político local de consenso, un empresario de renombre y sobre todo un fourierista convencido. Estaba dispuesto a darlo todo y a trabajar incansablemente para compensar la falta de compromiso de sus propios trabajadores con su idea: convertir su propia empresa en una «asociación» con los trabajadores donde estos participaran de los beneficios. Para empezar, construyó el familisterio -la primera vivienda obrera que contó con todos los servicios de salubridad que hasta entonces habían sido patrimonio exclusivo de la burguesía. Fortaleció su base industrial por sus propios medios, poniendo en juego sus ahorros, su empresa y su nombre para convencer a nuevos inversores de la bondad del sistema y llevar a cabo una transformación en la que la mayor parte del beneficio se repartiría entre los trabajadores. Se saltaba así la exigencia de que la inversión necesaria para construir el falansterio fuera realizada por todos sus futuros socios. Visto desde nuestros días, un error de libro: los trabajadores «se encontraron» con nuevos derechos, pero no tuvieron que hacer nada para conseguirlos salvo esperar a que todo funcionara. No deja de ser una consecuencia lógica, si se acepta la idea de que los activistas pueden «crear comunidad», es decir juntar a otra gente de compromiso menor, exonerándoles de parte de la responsabilidad mediante el propio esfuerzo y confiar que el espíritu comunitario surgirá espontáneamente.

guise le devoirEn esa lógica, Godin tuvo que hacer no pocas concesiones. Leyendo su historia uno no puede sino preguntarse cómo podía pensar que tanto empeño por incorporar a la «asociación de capital y trabajo» a unos cooperativistas que no pusieron nada de su parte, podía acabar bien. Poco antes de su muerte se lamentaba ante los trabajadores:

Yo también esperaba encontrar en vosotros la dedicación y la participación activa, pero en este punto, me equivoqué. Tuve que crear por mi mismo de la nada el funcionamiento de nuestra asociación; y nula fue la perseverancia que dedicasteis. Solo en el ámbito industrial recibí ayuda. En eso, lo admito, me ofrecisteis apoyo y dedicación. Pero en aquello que yo esperaba en 1877, que se despertara en vosotros suficiente amor por la asociación, que os unierais a mí para secundar la preparación de esta obra: en eso solo he recibido vuestra indiferencia. En estas condiciones puedo decir que a pesar vuestra, creé la asociación. Y todavía espero que en el futuro conozca el apoyo y la dedicación que faltaron en el pasado.

familisterioFundado finalmente en 1880, el familisterio de Guisa mantuvo a pesar de todo la pulsión democrática e innovadora hasta 1888… cuando murió Godin. Aunque sobreviviría como asociación entre capital y trabajo hasta 1968, los ochenta años entre ambas fechas verán una constante degradación de esa armonía fourierista. Los propios trabajadores, al reforzar la idea de «escala laboral por antigüedad» y decidir dar prioridad a sus hijos a la hora de obtener un piso en el falansterio y tener un empleo en la fábrica, crearon una especie de «aristocracia interna» que envenenaría las relaciones entre ellos a largo plazo.

El fourierismo había experimentado tanto el igualitarismo en colonias cooperativas de pequeños propietarios agrarios, como la «asociación» industrial entre propietarios y trabajadores. Los primeros habían tendido a la disgregación, los segundos a una sorda violencia pasiva entre trabajadores e inversores y entre los trabajadores entre si en la que los gerentes fourieristas, comprometidos ante todo con convervar la obra de Godin, quedaban sistemáticamente en terreno de nadie. El resultado, un ambiente al mismo tiempo conservador y resentido que hizo cada vez más difícil a la empresa conjunta mantenerse en el mercado.

La actualización de los jardines epicúreos en la que Fourier pretendía convertir las fábricas del industrialismo, no funcionó en los términos que él deseaba. Una comunidad necesita una economía común para consolidarse, y en eso llevaba razón, pero no puede mantenerse cohesionada si hay divisiones que al final hacen imposible la igualdad de responsabilidades entre todos, es decir si distintos tipos de acceso a la propiedad imposibilitan que todos se reconozcan como verdaderos pares entre si.

Parte de los defensores del igualitarismo fourierista no tardaría tanto en reconocer que necesitaba de la comunidad de bienes de producción que Fourier había rechazado en sus rivales Owen y Cabet. Los discípulos más lúcidos, como Fernando Garrido, asumirán pronto la lección sin renunciar al impulso y el marco libertario del maestro. Nacía entonces un nuevo movimiento hijo y heredero del anterior, el cooperativismo de trabajo moderno.

Cómo dejar de ser utópico

falansterioPero más allá de la evolución del movimiento hacia el cooperativismo, lo que hizo más fertil el «fracaso» del fourierismo fue superar aquello que marca la frontera entre el utopismo y el activismo moderno. Esta frontera no la fijan las posiciones o las ideas, sino la actitud: El utópico parte de un plan y trata de imponérselo a la realidad, el activista acepta la realidad para construir a partir de ella.

Si Fourier actualizó las bases del comunitarismo, la experiencia del fourierismo nos enseñó a dejar de ser utópicos y convertirnos en cooperativistas. Y es que la gran lección final del fourierismo, su epitafio, es que no se puede «crear» una comunidad a voluntad, no tiene sentido empujar a nadie que carece de entusiasmo y voluntad de compromiso. Los cambios culturales no nacen de la aceptación pasiva de unas nuevas reglas, sino de conversaciones entre iguales que llevan a convicciones comunes y compromisos compartidos. El verdadero igualitarismo solo puede existir donde cada uno acepta a cada uno de los demás como un igual en responsabilidades.

«Cómo dejar de ser utópicos» recibió 10 desde que se publicó el Martes 9 de Diciembre de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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