LasIndias.blog

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

Grupo de Cooperativas de las Indias

videoblog

libros

Cómo el estado corrompió la cultura y cómo recuperarla

La sobre escala de lo público y lo corporativo no sale gratis: socava la moral de una sociedad.

Libros gratis de las Indias

daniel bellon
Ayer, tras la lectura de poesía de Daniel en el Club tuvimos una pequeña fiesta. Éramos poco más de una docena y dio para hablar todos con todos. Como cada uno venía de un lugar distinto de la península, las conversas fueron dibujando un mapa de impresiones, observaciones e intuiciones de la España postcrisis. En un momento pregunté a unas amigas de Zaragoza qué tal era la vida cultural ahora que el ayuntamiento no tiene los recursos con los que contaba hace diez años. Esperaba, sinceramente, un relato pesimista, pero la respuesta fue la contraria.

Una sorpresa reveladora

visita juderia zaragozaTal como lo recuerdo me vinieron a contar algo así:

Nunca hubo tantas ofertas. Son iniciativas pequeñas pero hay muchas, mucho más diversas y en barrios nuevos. Como se acabó el dinero del ayuntamiento, mucha gente que se dedicaba al sector cultural ha montado sus propias cosas. Son pequeñas pero no tienen restricciones por tener que encajar en un presupuesto público. Van probando ofertas y modulándolas según el público responde. Y además son muy baratas, de modo que mucha gente se ha acostumbrado a ir a actividades de pequeño teatro, de música… la mayoría no son malas y si alguna no te gusta tampoco te arruinaste por ir.

Lo que no habían conseguido treinta años de políticas culturales aparentemente lo habían conseguido tres años sin casi presupuesto cultural público: una oferta independiente, sostenible, diversa, que llega a los barrios y que cambia el día a día de la gente corriente enriqueciendo sus vidas.

Un anarquista o un liberal dirían que eso prueba que la acción del estado, en sí, es contraproducente. Y un economista que todo monopsodio (mercado con un único comprador) destruye el mercado reduciendo la cantidad y diversidad producida. Pero desde nuestra experiencia y desde la mirada comunitarista creo que la reflexión debería ir por otro lado.

Una cuestión moral

torre de aguaEl poster de la derecha adorna hoy la oficina indiana. Parece un poco absurdo que los indianos nos identifiquemos tanto con una torre de agua. Pero tiene una razón. Tiene su historia y algo valioso puede aprenderse de ella.

Hace más de diez años la Biblioteca de las Indias, el antecedente de nuestro Club de hoy albergamos un ciclo de conferencias sobre diseño de interacción con «Cadius», un grupo entonces muy activo en el que compartían experiencias los profesionales que estaban haciendo lo más vanguardista en diseño web. En el mundillo, la Biblioteca sonaba bastante en la época. Apenas habíamos conseguido tener ingresos suficientes para pagar el alquiler y comer regularmente, decidimos dedicar la mitad del ingreso total a organizar actividades y comprar libros. En ese momento no había nada, realmente nada, sobre sociotecnología en las bibliotecas universitarias de Madrid y sentíamos que nuestra colección, 800 libros comprados casi todos en Amazon, podía marcar la diferencia y despertar el interés investigador. En nuestra oficina original no teníamos espacio para poder organizar actos públicos ni una sala de lectura, así que la fe que habíamos puesto en la biblioteca nos llevó a aceptar la generosísima oferta de Quico Mañero e instalarnos, con libros y bagajes en una de sus oficinas. Tanto esfuerzo sirvió sobre todo para que nos sintiéramos realmente orgullosos y para que ese orgullo fuera valorado por nuestro entorno de entonces. Nuestros pequeños eventos semanales llenaban la pequeña sala de conferencias y nunca vinieron menos de sesenta personas a aquellas convocatorias. Un día, a una de esas conferencias estaba invitado el responsable de infografía de un periódico español de gran tirada. Cuando vio nuestros ochocientos libros perfectamente etiquetados y catalogados comentó:

¿Esta es la famosa biblioteca? En el periódico tenemos más libros.

Creo que pocas veces nos hemos sentido más dolidos que entonces. No por la grosería, sino por la incomprensión básica que yacía bajo ella. Y de hecho nos dejó pensando mucho tiempo. Tanto que cuando, años después, descubrimos que los kibutz habían convertido a esos feos aljibes de cemento en el símbolo de su éxito y que aparecían como símbolos recurrentes en su iconografía, sentimos una identidad mucho más profunda, más íntima, que la que surgía de descubrirnos parte de una experiencia mayor. El aljibe para ellos, como nuestros libros, significaba un salto adelante pero también sacrificios, horas de trabajo, el esfuerzo de muchas personas conocidas y queridas, con caras y nombres.

La moral y las escalas

torre picassoCuando las cosas vienen dadas o se dan por hechas no generan significado, son fenómenos de la Naturaleza, cosas ajenas. Eso es lo que le pasaba a nuestro invitado: solo podía ver 800 libros, no lo que significaban. Y eso le pasa a cualquiera que trabaja en una gran organización cuando usa el sistema informático. O al público que se acerca a la programación de un centro cultural.

Nadie sabe quién construyó las cosas, qué ingenio y esfuerzo hubo de poner quien nos las presenta, nadie se ve reflejado en ellas porque para el sujeto que las protagoniza en realidad nos es ajeno y a él mismo -sea corporación o estado- el coste de oportunidad tampoco le resulta relevante, así que lo que nos ofrece es un arte de lo gratuito, un botín de restos, no una fiesta de la abundancia.

Pero resulta que el Arte es justamente generación de significados. Por eso las grandes infraestructuras públicas como las de toda gran organización vacían el arte. Por eso el «arte corporativo», su arquitectura, los eventos que organizan en ellas, las esculturas que la decoran y los cuadros que adornan sus despachos se nos hacen insípidos, ejercicio gélido, aséptico, de bienquedismo. Cuando las cosas salen de un macropresupuesto y no hay comunidad en ellas, se devalúan antes de tener una oportunidad.

Cuando acaba el presupuesto, cuando las infraestructuras no se dan por hechas, cuando se sale del auditorio para volver al bajo comercial y el precio de la entrada significa algo, cuando asistir significa un compromiso, un voto de confianza con el artista o el conferencista, entonces es inevitable la sensación de liberación, de significado, de comunidad con el otro.

No es solo una cuestión de incentivos. No es, aunque sea una coda inevitable, que un evento pagado de antemano tenga menos necesidad de encontrar su público. Es una cuestión de moral. Moral de escala. La misma crisis de las escalas de la industria, se reproduce en la identidad de las personas y las cosas que hacen. La gran escala vacía significados. Y solo volviendo a lo comunitario podemos volver a construirlos.

No solo Arte

No es solo el Arte, ni los eventos, ni siquiera los bienes culturales en general. Pasa con cosas tan aparentemente distintas como el software libre. Si uno se pasea por los foros y las comunidades virtuales españolas y ve la respuesta a nuevos programas o plugins hechos por miembros de esas mismas comunidades, puede realmente asustarse. La sensación es que los usuarios consideran que hacen un favor al que libera el software por usarlo y le ponen condiciones de personalización para usarlos con más ímpetu y unas formas que serían exageradas en un cliente que pagara por las horas de desarrollo.

Es el producto de años de intentar «interesar» a los jóvenes desde actividades estatales gratuitas. El resultado de la falsa centralidad del consumo en el relato social y mediático que ha ido pareja y de hecho alienta el verdadero exilio de una generación entera. Exilio que no es el ir a trabajar fuera de su ciudad, sino verse alejada y ajena al trabajo en sí. Algo tanto más peligroso cuando de repente se ve decisiva en lo político. Porque esa lógica, se alimenta a si misma: el protagonismo que da el hacer, que da el sentirse parte de una sociedad porque se contribuye mediante el trabajo es muy distinto del protagonismo del cliente que exige funcionalidades sin hacerse cargo de su precio. El ciudadano en una sociedad con la ética del consumo gratuito está empoderado en falso.

¿Cómo revertirlo? Haciendo comunidad y construyendo las cosas por nosotros mismos. Un mundo en el que es realidad aquello que decía un viejo himno: «no más deberes sin derechos, ningún derecho sin deber».

«Cómo el estado corrompió la cultura y cómo recuperarla» recibió 6 desde que se publicó el Viernes 19 de Febrero de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos nuestros blogs en la
página de registro de Matríz.

El Correo de las Indias es el agregador y plataforma de blogs de los socios del Grupo Cooperativo de las Indias y es mantenido y coordinado por los miembros de la comunidad igualitaria de las Indias