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Cómo perdimos el mundo ~ 01

Primera entrega de un cuento de verano que irá apareciendo en entregas de unas mil palabras cada una.

I

Un chasquido estalló entre que separó el ecig de sus labios y dejó de aspirar. «Demasiado dulce para mi» dijo Flavia. Se tomó un instante antes de exhalar. Otro instante eterno para Cras que todavía estaba sobrecogido por la sensualidad del sonido descuidado. Miró el vapor disolviéndose, los bordes de la nube destellando en rojo. El efecto de los nanorobots era precioso.

Probar las mezclas de Cras se había convertido en una pequeña ceremonia social. Mañana vendría gente de los pueblos de alrededor y muchos otros, los que quedaron en la ciudad, esperarían las críticas en los blogs para hacer luego pedidos al triple de precio a los contrabandistas de siempre. Las prohibiciones son buenas para el negocio y desde que los KAZ habían reconstituido el gobierno, los ecigs estaban prohibidos en casi todo el territorio de las dos penínsulas. Al principio nadie había reparado en ellos. Otro grupo de los muchos que exsuda con regularidad la Iglesia Católica: cuando sintonizan con la música de la época, no dan con la letra. Nada de lo que gente como uno deba preocuparse.

Hasta que llegaron los Kaz.

Había que reconocer que eran distintos. Sabían ser distintos. No habían buscado a los ricos ni a los yonkis. No habían levantado colegios ni parroquias. A estos solo parecía interesarles el fútbol. Al principio, durante los primeros años de la crisis, solo parecían querer montar un equipo en cada pueblo. Un equipo infantil. Liguillas. Redes de padres que grababan en vídeo a sus hijos. Ellos recogían todo el metraje, todo cuanto cada padre quisiera grabar, y lo etiquetaban. Y cada vez que alguno de ellos se acercaba a un club Kaz un dispositivo reconocía la MAC de su móvil, la matrícula de su coche o cualquier otra cosa y proyectaba en la pantalla gigante de leds de la fachada correspondiente las mejores jugadas de su hijo. El flautista de Hamelin capturaba padres esta vez. No había padre que escapara a la ensoñación de un hijo futbolista. Ninguno que diera un no a las oferta de unos zumos y unas horas ayudando al editor que no acababa de reconocer si era su hijo el que salía en segundo plano en algunas jugadas, mejorando la calidad de los cortes de su propio móvil, buscando a su hijo con un software de reconocimiento personal en los de los demás.

Ten a centenares de miles de padres obnubilados frente a una mesa de edición contando intimidades y tendrás un link emocional con ellos además de la mejor fuente de inteligencia. A partir de ahí: cursos de formación ocupacional, cooperativas, reciclaje de construcciones abandonadas. Ni una familia con sus hijos en la liga Kaz seguiría sin casa.

Las nuevas ciudades Kaz fueron surgiendo como setas en las urbanizaciones abandonadas una década antes. Casa propia y actividades extraescolares eran, a esas alturas, las banderas del recuerdo de una época a la que la nostalgia y la exageración moralizante habían convertido en tierra de abundancia. A la mayoría les aportaba una seguridad emocional que quedaba muy lejos de las miserias cotidianas de unas ciudades cada vez más descompuestas. El mundo Kaz era una fantasía residencial de clase media de los noventa. Pero venía con trampa: cada urbanización tenía su propia «Constitución», un juego de reglas, comportamientos y actividades sociales completito. Misa dominical y reunión de APMA incluida. Y mil cosas prohibidas, por supuesto. Hay que prohibir casi todo para hacer realidad el delirio de un mundo predecible.

Y todo pasó muy rápido. Muy rápido. Para cuando empezó a ser tema en las redes, ya tenían miles de concejales, un buen puñado de diputados entre varios partidos y el apoyo cariñoso de una banca agradecida. Los «padres voluntarios» ya hacían las funciones de policía para una quinta parte de la población en la penísula ibérica y para casi un cuarto en la itálica. Y a casi todos les parecía bien. A fin de cuentas parecían «progres»: niños, personas, cooperativas, responsabilidad social… Y parecía funcionar: lo que había comenzado como una liguilla de futbol infantil era, de lejos el mayor grupo cooperativo del mundo. Ninguna empresa que entraba en el grupo perdía ni perdería dinero. Todo se lavaba en casa. Todo se planificaba en miles de reuniones a todos los niveles. Un comunitarismo de estética Starbucks a medida de una clase media que no acababa de desprenderse del ideal autoritario de una economía sin conflictos ni exuberancias. Solo quedaba dar el salto final. Y lo dieron. Y tanto que lo dieron.

La generación que había vivido «el proceso», los que ahora tenían treinta y largos y todavía recordaban el mundo anterior, había quedado sonada. Blogueros y periodistas de todo el mundo venían en vacaciones a la zona libre para entrevistarles e intentar escribir el ensayo que de una vez hiciera comprensible «el proceso» en los países protestantes. Preguntar a Cras era ya un clásico. Así que cuando Björn, aquel chico sueco que había llegado la semana pasada, sacó la cámara de vídeo y empezó a preguntar a Cras, Flavia sonrió para si y se repantingó para escuchar tranquila alguna boutade de las suyas:

– ¿Sabes cuando estas pasando una temporada difícil y viene un imbecil y te dice que des las gracias porque hay gente que está peor que tú?
– Si.
– Aprendí que están equivocados…
– Obvio.
– …tienes que dar las gracias a los dioses porque eres un fonambulista ciego y quejoso caminando sobre un mar de mierda y si no te caes es de milagro. Tu no ves lo que hay abajo y no ves la cuerda sobre la que andas. Pero al siguiente paso puede no estar, sabes? No depende de ti. No depende de cómo lo hayas hecho antes. Simplemente la mierda está ahí, esperándote, y tú tienes que dar un paso más. Si cuando lo des hay cuerda, date por contento aunque esté baja y algo te salpique. No te quejes. No pidas ayuda. Sobre todo no vengas a contármelo y ni por casualidad intentes ir marcha atrás. Y si no te gusta… siempre puedes saltar.

«Cómo perdimos el mundo ~ 01» recibió 0 desde que se publicó el Martes 23 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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