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Cómo perdimos el mundo ~ 02

Boceto de la segunda entrega del cuento del verano.

Con poco menos de treinta años, Cras era el diseñador de vaps de moda. Sabía traducir bien a química soft las sensaciones que la gente quería tener para aguantar la agresiva mediocridad del mundo kaz. Esta temporada su propuesta iba a ser una combinación de inhibidores del apetito, relajantes y energizantes naturales con el inevitable 5% de nicotina permitido en la UE.

-Y todo en tres sabores nada más: «seco suave», «maiz dulce» y «heno de Briga». El resto empalaga, te cansas a la segunda carga.

En cuanto pisaron la calle se encontraron con el primer grupo de turistas que iba camino de la posada. Le saludaron alzando la cabeza. El les devolvió una sonrisa sin dejar de hablar.

– ¿Nervioso? -preguntó Bjorn
– ¿Por?
– Por la presentación de mañana
– A Cras le encanta la fama -terció Flavia sonriendo. En comunidades tan pequeñas como la nuestra, donde todos conocemos de verdad a todos, nadie te dice lo estupendo, listo y guapo que eres. La autoestima de Cras es la única importación que tenemos de España.

Ella y Cras se conocían desde niños. Los dos habían crecido y vivían en Briga, la aldea de los neovenecianos. En realidad, una veintena de casas y toneladas de cacharrería bricoleur obsesivamente reciclada para generar energía y haces de conexiones satelitales a Internet.

Venecia, al principio, no había sido más que un poblacho en una charca. Así que si se tomaban en serio la metáfora histórica, la nueva Venecia que pretendía llegar a ser Briga había nacido en comparación con una cuna de oro. Al menos, era un lujo comparada con las de los que habían optado por la producción agrícola. Tenían un barco de pesca que salía dos veces a la semana y un viejo yate con el que transportaban las compras al por mayor desde Irlanda y Francia. Estaban orgullosos de no importar nada de sus vecinos peninsulares.

Las zonas libres se pensaron como un escape para irreductibles conforme los kaz se iban haciendo con el poder político en ciudades mayores y las convertían en versiones oficinescas de sus urbanizaciones. Roma, Turín, Bolonia y Madrid fueron las primeras grandes ciudades kaz. Ellos sabían que su poder nacía del control de las pequeñas escalas y sabían que habría durante un tiempo relativamente largo barrios irreductibles. Así que no esperaron «tener todo y ya» sino que los «independizaron». Lo que al principio parecía una buena noticia, vivir en una isla de libertad dentro de un mar de pacatería, convirtió los barrios de marcha, las zonas gays, algunas viejas barriadas obreras descompuestas y los distritos de emigración musulmana en bantustanes de alquileres prohibitivos.

Con los musulmanes no había mayores problemas. El control fue pronto a parar a los líderes de unas fraternidades que, en una simetría asombrosa, reproducían el modelo del KAZ con una religión distinta. En los barrios obreros y de clase media en cambio, la policia municipal «kazificada» depositaba cada mañana a cuanto traficante, feriante, vagabundo o carterista había encontrado a lo largo del día anterior en el resto de la ciudad. Dos años más tarde, para salir de los barrios autónomos había que pasar un arco de seguridad, colas interminables y «entrevistas» rutinarias. Así que los disidentes, poco a poco, fueron marchando a las «zonas libres». En menos de doce años desde su primera victoria electoral y sin que les fuera necesario violar ley alguna ni suspender garantías constitucionales, la población se había decantado geográficamente en las dos penínsulas mediterráneas. Y el proceso empezaba a extenderse ya por las costas francesas.

Los propios disidentes habían aprendido la lección. No cabía compartir espacios. Suponía demasiado riesgo. Frente a la segregación democrática solo cabía defenderse haciendo de la separación una opción propia, un modo de vida. Así que la frontera del mundo kaz no tenía un único vecino. Tenía «todo lo demás» y en realidad, a todos los demás. Pequeños grupos que se atrincheraban en lo alto de una montaña o en un rincón contra el mar, se legalizaban como kibbutz, aldea autónoma o incluso «comunidad de retiro» convirtiéndose formalmente en la versión rural de los barrios segregados. Pagaban un tributo anual del 10% de sus ingresos totales declarados. A cambio, les daban pasaportes y la posibilidad de volver al redil cuando quisieran. Era como vivir en una reserva india sin casinos y con un arco de seguridad esperándote a la salida del pueblo.

Los kaz no eran tontos, no pretendían imponer su sistema a los que lo rechazaban desde los huesos. Les bastaba con acorralarlos y, a ser posible, mantenerlos separados unos de otros. Ni siquiera necesitaban pasaportes ni documentación especial para eso. Y puede que muchos de ellos, tal vez hasta la mayoría, ni siquiera fuera mala gente. Simplemente eran así, eran kaz y había llegado su momento para reconstituir el mundo, o al menos la mayor parte del mundo en el que vivían, de acuerdo a sus valores. Y que la gente como los padres de Cras y Flavia se adaptara, o se mudara. Eran cosa del pasado.

Estaban ya a las puertas del mitreo. Bjorn les había pedido que le llevaran. Si a los que vivían en las zonas liberadas les hubieran preguntado por sus creencias veinte años antes, la mayoría se hubiera declarado agnóstica y una proporción reseñable atea. Pero vivir en conflicto con una identidad como la de los kaz tenía consecuencias: en la mayoría de las zonas libres habían aparecido «cultos analógicos», ceremonias para descreídos que pugnaban en antiguedad simulada con las creencias cristianas. Volvían a los dioses clásicos o a las maravillas de la naturaleza para construir analogías morales y programas de crecimiento personal de todo tipo. «Sociedades Newtonianas» que usaban la belleza geométrica de la Física dieciochesca para hacer un relato del equilibrio emocional, «hexateos» que a partir de los mitos de los seis dioses principales de la Grecia clásica fundamentaban un discurso social de la diversidad, naturistas que escribían con runas las sagas de sus comunidades al modo de los grandes poemas épicos nórdicos para leerlas frente al mar en inmensas hogueras flotantes… Todos muy ocupados en diferenciarse de las «superstitiones», de las religiones que creían en la materialidad de sus dioses. Todos con cuentos muy europeos, exageradamente racionales o excéntricamente postmodernos, como si ejecutarán, más allá de ceremonias para ellos mismos, una denuncia constante de las pretensiones continentales del nuevo catolicismo militante.

El mitreo era en realidad una casita rectangular, alta, estrecha y alargada con las ventanas pegadas al alero del tejado. Al entrar había un desnivel que se salvaba con media docena de escalones. La construcción estaba ligeramente hundida en el suelo y desde dentro, los cristales quedaban a más de dos metros de alto. El atrio era un panal de estanterías hechas con palets reciclados. Se comunicaba a través de una pared de agua pulverizada con la siguiente sala. Los chorros salían de varios tubos que quedaban justo por debajo de las ventanas. Cada vez que alguien abría la puerta aparecía un fugaz arcoiris.

Comenzaron a desnudarse y dejar las cosas sobre los estantes haciendo montoncitos sobre las botas. Bjorn pareció dudar y dejó un gesto pudoroso. Flavia sonrió y el cruce de miradas entre los dos dejó a Cras con una punzada de angustia en el pecho. Flavia fue la primera en pasar la cortina de agua. Tras ella, sin transición, una piscina de agua rojiza y templada ocupaba toda la sala, de pared a pared. Bjorn cruzó sin ver y cayó patosamente al agua. «¡¡Podíais haber avisado!!» dijo sin una sonrisa. Los otros rieron pero él no les siguió y quedó con cara de culo. Flavia avanzo buceando, dándoles la espalda. Cras recuperó la paz. «El agua es roja porque se le añaden taninos, no te preocupes, es una cosa simbólica», dijo a su invitado antes de arrancar a nadar para ganar el otro lado.

Las ventanas en la piscina no tenían cristales, así que sobre el agua había permanentemente una bruma roja desvaída. Los días en que el agua estaba más caliente se hacía más densa y no se veían las paredes a no ser que estuvieras al lado. Era una sensación extraña, tranquilizante, irreal. Cuando llegabas a la cabecera tenías que tener cuidado para no dar con el brazo en la escalera que subía desde el fondo. La habían diseñado así para que salieras del agua como si brotaras de una lava incandescente. O para sugerirte que alguna vez un titán de tres metros la había subido desde la base.

Tras una nueva cortina de vapor y otra de aire caliente, se ocultaba una habitación de estantes llenos de albornoces y por fin, una pared de verdad, con una puerta de las de toda la vida. Al otro lado Flavia y Cras esperaban a su invitado para indicarle su sitio en el mitreo. El pasillo central, cubierto de mosaicos en blanco y negro, acababa en con la reproducción a tamaño natural en piedra de las figuras de una Tauroctonía polícroma clásica. A ambos lados de la sala una grada cubierta de loneta mullida servía de asiento o diván para los festejantes. A la altura del hombro un carrilito de agua arrastraba como una cinta sin fin barquitos con pinchos y raciones de sushi que nadie tocaba.

Los chicos se sentaron en un hueco a la izquierda que parecía reservado para ellos junto a la entrada, frente al mosaico que representaba un cuervo, una jarra y un caduceo. Flavia se dió cuenta de que Bjorn miraba a los barquitos de comida con extrañeza.

– Nadie los tocará antes del brindis de apertura. Pero ya empezará pronto, en realidad las ceremonias se parecen mucho a una cena coloquio
Bjorn asintió en silencio.
– Supongo que es distinto a como te contaron en la escuela kaz- dijo Cras
– No conozco ningún kaz
– Venga, vamos…
– Dinos la verdad, no nos importa. Eres kaz, verdad? -apuntó Flavia- Solo un kaz se pondría colorado de ver una chica desnuda
– Se os pilla en las cosas más tontas.

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