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Cómo perdimos el mundo ~ 03

En la tercera entrega empieza la segunda escena, a unos cuantos cientos de kilómetros de la primera.

II

No fue que el Rabal se convirtiera en barrio autónomo, fue cuando se cerraron las clínicas de fertilidad de la Bonanova para convertirse en centros de «Economía de las personas». Y sobre todo cuando los pisos de ricos de Tres Torres se hicieron «cooperativas de habitantes». Ahí no pude más. Uno puede aguantar una sociedad dividida en clases y esas cosas. Uno puede asumir perfectamente que mande una clase social de herederos y gestores de influencias. Pero solo si no pretenden ser como uno, si no se quieren meter en la vida de uno, si no tiene que aguantar la patochada de verles jugar al socialismo y la preocupación por el prójimo. Con los años había llegado a convencerme de que el orden social estaba para protegerme. Si no de su avaricia al menos de su vacuidad, su estupidez y sus gafas de pasta. De su contacto.

Así llegué al Mar Menor, cada vez menos turismo, cada vez más un country, un condominio gigante. De los viejos tiempos quedaban varados unos cuantos viejos y no pocos nietos que llegaron a refugiarse de la crisis en algún minuto y quedaron aplatanados por el sol y la perspectiva de un trabajo mal pagado.

Domingo. Ley seca del domingo. Ni restaurantes, ni tiendas de conveniencia. Solo abren las iglesias. Todo un soleado y aburrido día a la semana para no hacer ni facturar nada. O para pensar maldades. O para hacer barbaridades. El domingo era el día en que gracias a la «nueva cultura moral», el mundo entero se daba una pausa para fabricarme clientes. Solo tenía que esperar con las persianas bajadas, el aire acondicionado a tope, el jersey de cuello vuelto, un librito y un single malt a que llegara un mensaje al teléfono. Los domingos eran mi día favorito. En una ciudad de placeres virtuales y decorados de escayola, me había hecho mi propio parque temático gallego.

– Piñeiro Investigaciones, buenas tardes.
– Buenas tardes, el señor Piñeiro, por favor? – Un ligerísimo acento, alemán tal vez, empezaba a dibujar ya el cuadro del cliente como una mujer en la cincuentena, oficinista seguramente, jubilada anticipadamente de alguna multinacional tecnológica arruinada por los recortes en defensa. Había muchos así.
– Al habla.
– Vi su página web, pero me siento incómoda con los formularios. Preferí llamar.
– No se preocupe – En realidad nadie rellenaba los formularios, estaban ahí solo para decidirles a llamar por teléfono.
– La verdad es que tampoco me siento cómoda hablando por teléfono. Si pudiéramos quedar en su oficina o en nuestra casa…
– Como usted quiera, cuando quiera. Incluso si lo prefiere, me da su dirección y les visito ahora mismo -el uso del plural no se me había escapado; seguro que el marido escuchaba desde otro terminal, si entendía el español.

La dirección estaba al final de uno de esos laberintos circulares e interminables de adosados idénticos. Los nombres de las calles, sucesiones de peces mediterráneos, además de confundir a carteros temporales y visitantes ocasionales, sugerían la cercanía del mar. Algún genio del urbanismo pensó que ese naming haría más llevadero tener que cruzar dos autopistas para llegar a una playa sistemáticamente saturada. En realidad a los jubilados les daba igual. Ellos madrugaban, tomaban el primer sol y volvían a casa. Por la playa no se les veía hasta la tarde. Lo que hacían en el medio era uno de los secretos mejor guardados de la costa.

Me esperaban en la calle. Efectivamente, andarían ambos por la segunda mitad de la cincuentena. Vestido de playa blanco ella, polo negro él, grocks azules ambos. Ella era rubia pajiza, el bronceado confirmaba mi teoría, no era de quince días de vacaciones. El parecía local, peninsular al menos, renegrío como un viejo cuero curtido. Cuando entendieron que era yo -quién si no, iba a visitar a nadie con la solina que caía- abrieron la verja y me hicieron señas para meter el coche. El arquitecto lo había calculado al milímetro. El espacio era el justo para abrir la puerta y pasar casi directamente al salón.

– Måns Winberg – se presentó él tendiéndome la mano
Algún gesto de extrañeza debió de escapárseme mientras apretaba porque en seguida apostilló
– Mi padres eran suecos pero mi madre era hija de exiliados chilenos, ya sabe, de cuando la dictadura.
Asentí todavía un poco descolocado
– Noomi – dijo ella
– Encantado
– Siéntese por favor.

El sofá era la réplica de un viejo modelo Ikea de los noventa. Podía imaginarme al señor Winberg en el garaje serrando la madera y pidiendo los tornillos originales a una web especializada. Casita de jubilados jóvenes que soñaron con el sol de sus festivales de juventud durante treinta años frente a un ordenador en un parque tecnológico de Estocolmo. Cazados por la crisis sueca, la pensión les había llegado para vivir en un adosado murciano y mantener un apartamento en Estocolmo que se llevaba un tercio de sus ingresos. Eran los nuevos pobres o unos nuevos hippies higiénicos y discretos, según se mire. En cualquier caso el cliente típico de los distribuidores de excedentes de zapatos alicantinos y prendas de marca con taras de los mercadillos del jueves. Buena gente que se alimentaba de sol e internet a partes iguales. Gotitas de un mundo diferente en el mundo kaz. Algo habría de hacer porque no se evaporaran.

– Queremos que encuentre a nuestra hija – dijo la señora Winberg pasándome una foto de una adolescente decorada a lo retrofriki -gafas redondas, camiseta negra y vaqueros- que mostraba orgullosa una pantalla demasiado pequeña para ser un tablet pero con demasiadas pulgadas para ser un teléfono ridículamente grande.
– Colecciona móviles antiguos -apostilló
– Hemos buscado por todos lados: registros de tarjetas, foros, los blogs de sus amigos… – al padre se le quebraba un poco la voz- y creamé que sabemos de esto. Nos hemos tirado la vida haciendo inteligencia.
– Tenemos miedo y empezamos a creer que es un miedo fundado.
– ¿Fueron a la policía?

La sonrisa que me dedicaron destilaba un cincuenta por ciento de ironía y un cincuenta por ciento de derrota. No hacía falta más para entender. En la sociedad kaz los no creyentes sabían bien que no debían compartir ciertas cosas con el estado.

«Cómo perdimos el mundo ~ 03» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 24 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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