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Cómo perdimos el mundo ~ 04

Seguimos en el Mediterráneo con la segunda parte del capítulo en el que hemos conocido a Piñeiro.

No tenía sentido ponerme a buscar el mismo domingo, así que cuándo acabé en casa de los Winberg fui directamente a mi farmacia favorita de la Manga. Seguía siendo el viejo sitio amable de siempre: dos verjas, un cristal blindado, una cámara de seguridad y una barra de hierro cruzando la puerta. Aquí si que sabían crear un ambiente de compra. Toqué al timbre y asomó Ramón, el hijo de la farmacéutica, el dueño del supermercado de la calle paralela, cerrado rigurosamente en domingo, como mandaba la normativa. Me hizo señales para que fuera al portal contiguo a la farmacia.

– ¡Buenas!
– ¿Cuál es el mejor whiskey que tienes?
– Tengo de todo: Johny, Talisker, Edradour… igual que en el super pero con un veinte por ser domingo.
– Ponme una de Edradour, dos frasquitos de cargas de las que hace tu madre y pimentón picante del bueno.
– ¡Vaya! ¡Estamos celebrando!
– Sobrellevando el domingo Ramón, sobrellevándolo… Por cierto, si tuviera dieciocho años y hubiera querido ir a una rave hace diez días, a quién me habría juntado?
– mmmm, no sé, eso es cosa de las zonas libres, por aquí no quedan ya, no que yo me entere al menos.
– Pero en alguna te vi
– Ya, pero la policía cada vez pedía una parte más grande, tampoco vendía tanto, en fin… al final no le vi el negocio Piñeiro, qué quieres que te diga. ¿Traes Bolsa?

Le di una mochila vacía que siempre llevo en el coche para estas cosas. Ramón se metió en el portal y volvió con ella cargadita con las pintas de un Papá Noel parado de larga duración: barba de dos días, unas bermudas en regresión hacia calzoncillo viejo y una camiseta mugrienta de propaganda de ecigs chinos. Sonó mi móvil. Mire la bolsa, aprobé el pago. Eramos viejos conocidos.

– Y para ir a una en las zonas libres, ¿a quién preguntarías?
– No tengo ni idea, la verdad.
– Bueno… oye, gracias. Nos vemos.
– Disfruta la compañía!

Era una ironía. «Disfruta la compañía» era el slogan de una de las campañas kaz más grimosas, de esas con fotos de jóvenes lánguidos excesivamente pálidos o folkloricamente morenos necesitados urgentemente de terapia hormonal. Cuando ya estaba abriendo la puerta del coche, Ramón se volvió hacia mi y me llamó con un «eh», al más puro estilo local: «Pregunta a Juanjo!».

Tenía todavía por delante toda una larga y tranquila tarde dominical de verano. No había apagado el aire. La casa estaba helada. Me puse de nuevo mi jersey favorito. Uno de esos de algodón y lana, grueso, blanco, con cuello vuelto. Como si fuera a hacer de farero en un anuncio. Saqué el pulpo del congelador. Me serví un Edradour, preparé el ecig y me tiré en el sofá a vapear las cargas de la mamá de Ramón. La señora no se sentía muy contenida en los límites de las leyes kaz sobre drogas, pero tenía fama de buena farmacéutica y si en algo podía confiar era en que en esa familia nunca harían nada que les pudiera hacer perder un cliente.

Desperté muy pronto, a las seis, pero ya había buen sol. No recordaba ningún sueño. Me sentía descansado y fresco. Merecía la pena hacer una pequeña fiesta personal de cuando en cuando. Especialmente en domingo. Pensé que, por lo que había comentado Ramón, la búsqueda de la chica Winberg -Berit, se llamaba- podría volverse interesante, así que preparé una mochila completa. Para una semana. Quién sabe.

Fui donde Juanjo. Una copistería 3D orgullosa de haber sido de las primeras de Europa. La pared estaba cubierta por una estantería repleta de figuritas de su padre abrazando o caminando con el underground de la época. Un ejército de soldaditos de plástico congelado en el momento feliz en que, inconscientes, se encaminaban a vivir en las reservas indias del mundo que se avecinaba. Los kaz habían tomado sus sloganes, sus estéticas y habían obtenido el poder usándolas de bandera. La palmadita en el hombro se fue convirtiendo en empujón y para cuando se vinieron a dar cuenta ahí estaban todos: encerraditos pacífica y inocuamente en sus «compounds» pagando impuestos por nada. Una generación genial. Pero cualquiera se lo contaba a Juanjo.

«Aveat fra!» Saludar en la lengua de los neovenecianos se había convertido en un símbolo de resistencia. Si era verdad lo que había contado Ramón y ya no quedaban raves por la costa, los cursos de «latinus» que se anunciaban en los tablones de la copistería podían ser a estas alturas el plan más loco posible para conocer gente en un verano de playa. Bueno, también anunciaban juegos de rol, pero esos, con la última legislación, podían ser supervisados por la policía. «Riesgos para la salud moral pública», como siempre.

– ¿Qué tal, Juanjo?
– ¡Hasta los huevos! Ya no nos dejan traer nada de fuera del puto espacio Schengen y nos meten impuestos de caballo a todo lo que no lleve el sello de la «Economía de las personas». Estos capullos nos quieren mandar a la zona libre y son tan cobardes que no se atreven a mandar a un guardia civil, tienen que hacerlo con inspectores de Hacienda.
– Y si te oyen usar tacos te mandarán una multa además.
– Te juro que realmente odio este país, en las zonas libres no se puede estar peor.
– Si no te importa tener una dieta a base de lechuga ecológica, seguro.
– Vente a tomar un café, anda.

La trastienda tenía las paredes cubiertas de monitores de tinta electrónica a color de alta velocidad. No emiten luz pero puedes ver vídeos sin ninguna persistencia. Las persianas estaban a rallitas y la puerta al patio había sido sustituida por flecos de algodón trenzados. Juanjo puso en marcha la expresso. Una vieja máquina que su padre adoraba. Le había hecho famoso en sus tiempos. Había sido la primera con planos liberados y su primer gran éxito.

– ¿Sabes que nos hicieron quitar la vieja tauroctonía?
– ¿En serio? Pero era casi una reliquia.
– Si. La mandamos a Briga.
Tuve una intuición y saqué la foto que me habían dado los padres.
– No la mandarías con esta chica, no?
– No, pero la conozco. ¿Para quién la estás buscando?
– Para sus padres.
– Mejor déjalo Piñeiro, simplemente diles que no se preocupen.
– Es mi curro fra, sabes que eso no va a pasar.

«Cómo perdimos el mundo ~ 04» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 25 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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