LasIndias.blog

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

Grupo de Cooperativas de las Indias

videoblog

libros

Cómo perdimos el mundo ~ 05

El tercer juego de personajes entra en acción en Córcega.

III

Luca y Costa estaban solos en la terraza. Isabella, Isa, la camarera, cocinera, somelier, limpiadora y dueña del bar, ponía cada mañana todas las mesas como si los aviones fueran a llegar, de nuevo y por sorpresa, al aeropuerto de Alghero. Nunca ocurría. No había pasado nunca en el tiempo de su memoria. La era dorada de los vuelos baratos subvencionados por el gobierno catalán y llenos de «erasmus» camino de Cagliari había quedado atrás hacía años. Subvenciones y erasmus estaban tan extinguidos como los triceratops y nadie había tenido ni siquiera la delicadeza de hacerles un parque temático o una colección de figuritas de fabbing.

Cerdeña, la cuna del nacionalismo italiano, de la intelectualidad de izquierdas, había caído en una regresión pueblerinizante extrema. Una versión for dummies del sardo era ahora la lengua hegemónica. El sardo de verdad era demasiado difícil para imponerlo en poco tiempo con éxito. Demasiado difícil para que los chicos no le cogieran tirria en la escuela. Y los kaz eran mucho más listos que eso. Habían inventado un neosardo a base de modismos tomados de aquí y allá con el mismo gusto y método con el que habían hecho de la antigua Carbonia fascista un Vaticano kitch para sus grupos juveniles.

Solo el corazoncito de la Costa Esmeralda, con el que fuera palacio a lo James Bond de Berlusconi y la tumba de Garibaldi como atracciones, seguían viviendo del turismo. Eran zonas libres y pagaban ya un 35% al gobierno autónomo de la isla. Y eso que estaba prohibido ir de la zona libre a la zona kaz, supuestamente «para mantener la integridad del ecosistema». El resto de Cerdeña tuvo que redescubrir la agricultura ecológica, la pesca de baja productividad y el maravilloso mundo de la oveja en el marco incomparable de la «Economía de las personas».

– Hoy nos ponemos al día, Isa, Costa cobra.
Ella sonrió entre incrédula y enternecida. Era muy delgada. Delgada al modo de los que son delgados por diseño genético, no de los que lo son por comer poco. Tenía la cara estrecha, la boca pequeña y sonreír le daba un aire involuntario de sorpresa.
– Vendí un trabajo a gente de fuera -dijo el propio Costa con un poco de pudor
– ¿Qué clase de trabajo? ¿Hay otro bar que os pague por hacer de extras?
– No te metas con nosotros, Costa es un genio, hay gente en la península, incluso fuera, que nos paga bien por lo que hace con la música.

Los tres se conocían desde el colegio y mediaban ya la treintena. Costa era un friki de la subespecie tímida: comía demasiado y hablaba demasiado poco hasta que algo le emocionaba lo suficiente como para cambiar alguna extraña polaridad en su cerebro. Si estaba trabajando podía olvidarse de ingerir nada durante días. Cuando encontraba algo que le apasionaba podía hablar monotematicamente sin parar, casi sin respirar, si alguien era capaz de aguantarle el tirón. Y ese era Luca, con su aire de joven Mastroiani parecía nacido para vivir en un verano eterno y alegre. Era de ese tipo mediterráneo al que no se le conoce ninguna habilidad especial más allá de vestirse a la milanesa impecablemente, llevar las gafas de sol en la cabeza y el jersey sobre los hombros sin que nada se le cayera ni descompusiera jamás. En otra época hubiera abierto discotecas o montado franquicias de ropa. En esta vida, en este mundo, Costa y Luca eran pareja. Y eso no era nada fácil en una isla kaz.

Obviamente no habían conseguido legalizarse como pareja, pero lo habían conseguido como micro-cooperativa. Era importante porque en casi toda Cerdeña los kaz ensayaban un sistema de «comités comunitarios de apoyo a las personas» tomado de la Cuba castrista y la Venezuela chavista: la cotilla mayor de la manzana, investida ahora de autoridad «ciudadana», quedaba a cargo de hacer informes sobre cualquier movimiento extraño. Dos chicos viviendo juntos y sospechosamente cariñosos bien podían ganarse la «preocupación» del comité y ser invitados a mudarse a viviendas sociales separadas y a series interminables de ejercicios espirituales y retiros en actividades kaz. Nada dramático, nada excesivamente violento. Pero si no aceptabas, el ostracismo se haría sentir por toda la cadena social y administrativa. Y no era plato de gusto ser el marginado del pueblo.

Pero como «empresa digital de las personas» eran todo lo contrario: un ideal de sacrificio por el trabajo, aprovechamiento de subvenciones locales y castidad entre jóvenes. Cosas todas ellas muy valoradas oficialmente. Más si podían mostrar ingresos más allá de la línea del hambre. A estas alturas, después de dos premios regionales y una gira de fomento del «emprendedurismo de las personas» por pueblos que ni salían en el mapa, el propio ayuntamiento era el primer interesado en que durara la farsa.

Se habían presentado tres años antes al programa de apoyo a la «economía digital de las personas» con un modelo de negocio que sorteaba todos los prejuicios tanto del ayuntamiento como del gobierno de la isla: el producto era comprensible por abuelas con serios problemas cognitivos, no proponía ni tocaba siquiera tangencialmente ningún tema polémico y la web estaba exclusivamente en neosardo e inglés. Resumiendo: era una ruina.

O lo hubiera sido, si de verdad se hubieran dedicado a lo que los papelitos que afanosa y estrategicamente rellenaba Luca bajo la dirección de los consultores locales hubieran dicho la verdad. Porque en realidad las listas de reproducción de canciones de grupos folkloricos sardos, libres de derechos y sistemáticamente etiquetadas para ser buscadas por situaciones, estados de ánimo o preferencias musicales, no daban ni para pagar el servidor. Los ingresos de verdad venían por «servicios musicales personalizados», un eufemismo para aquello que de verdad le gustaba hacer a Costa: esteganografía musical.

– Va en serio -apuntó Luca- siéntate y te cuento, que no va a venir ningún cliente.
Isabella se sentó.
– Lo que ha inventado Costa es un reproductor especial para el móvil que en realidad funciona como una especie de decodificador.
– Más te vale ser más pedagógico, guapo, o me pongo a limpiar mesas.
– Como los decodificadores de la tele.
– Vale.
– Solo que cuando pasas la señal sin decodificar en la tele no ves nada.
– Claro
– Bueno, pues la señal, lo que sería el equivalente a la señal en el sistema de Costa es una canción y cuando la decodificas sale un mensaje de voz.
– ¿En serio?
– ¡¡Claro!! ¿Te crees que nos van a pagar por seleccionar «launeddas»? La gente nos manda una serie de archivos de sonido que quiere esconder para mandárselo por ejemplo de sorpresa de cumpleaños a alguien -Luca siempre usaba el ejemplo del regalo de cumpleaños, aunque nadie había usado los servicios de la empresa jamás para eso- El tema es que en cada canción solo puede esconderse un cachito muy pequeño de sonido para que no suene nada raro.
– Bueno, en la música tradicional suena todo raro y desafinado en la mitad de los temas
– Por eso este negocio «tenía que ser sardo»
Rieron porque «tenía que ser sardo!» era el eslogan de una campaña de promoción del consumo local «de calidad».
– ¿Y entonces?
– Entonces en vez de una canción se usa una lista de reproducción entera, más larga cuanto más largo sea el mensaje que se quiera enviar.
Costa asintió con una sonrisa de orgullo.
– ¿Y puede hacerlo cualquiera?
– ¿Cómo cualquiera?
– Si, si tengo el programa puedo decodificar cualquier canción?
– No, no, hace falta que la canción tenga dentro el código que esconde la grabación original pero también que tengas una clave especial. Esa la mandamos a su vez dentro de un mensaje de regalo que presenta las canciones.
– Qué complicado
– No, no, es muy fácil, tu recibes un mensaje de un amigo que tiene un adjunto de sonido en el que te presenta una lista de música sarda que ha preparado para ti. El mensaje tiene un enlace del que te bajas la música. Al irlo a leer el reproductor busca la llave de esa lista en el mensaje de presentación y si la encuentra, te lo decodifica directamente. Si quieres que nadie escuche el mensaje que de verdad quería enviarte te basta con cambiar de carpeta el archivo de presentación. Quien quiera cotillear, oirá así a tu amigo contando lo mucho que pensó en ti oyendo un «cantu a chiterra» y luego un montón de aldeanadas musicales. ¿No es genial?
– Si, ¿pero quién os contrata para algo así?

«Cómo perdimos el mundo ~ 05» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 26 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.