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Cómo perdimos el mundo ~ 06

Continuamos con Luca, Costa e Isabella

Los clientes. Esos dioses anónimos y misteriosos. Sabe Dios cómo llegaban a la página. Seguramente siguiendo el rastro de algún comentario en un foro. O aconsejados por otros clientes.

Para cosas pequeñas entregaban y cobraban online. Eso puntuaba para la contabilidad y los impuestos. Era trazable. Transparente. No encriptaban felicitaciones de cumpleaños, pero casi. A veces hacían amigos invisibles para grandes oficinas, otras veces materiales para «team building». Una vez incluso les contrataron para hacer parte de las pistas de una ginkana musical.

Para cosas delicadas y mejor pagadas, viajaban a Turín. Nunca sabían quién era realmente el cliente. Quizás nunca habían tenido más que uno. Qué más daba. El protocolo era siempre el mismo, llegaban de viernes y a la una en punto entraban en un restaurante de la Via Saluzzo. Saludaban al camarero preguntando si el siguiente jueves sería un «jueves piamontés». El camarero les decía que por supuesto y les pasaba a una mesa apartada. Filippo, el dueño, se acercaba a la mesa y preguntaba si se habían olvidado una unidad de memoria en la última visita. Fingían sorpresa y le preguntaban si no tendría un portatil para estudiar el contenido. Con el ordenador prestado -que no tenía tarjeta de sonido- y el software de encriptación en una memoria externa, Costa hacía el trabajo mientras Luca se entretenía con quesos del país y vinos sicilianos. Cuando el cifrado acababa, llamaban a Filippo de vuelta y formateaban el disco externo delante suya. El entregable quedaba en la unidad de memoria que traía el mensaje original. No podían sacar de allí ni un bit legible. No podían saber qué habían cifrado y escondido entre las canciones. Al acabar de comer pedían felicitar a «mamma Rosetta» en la cocina. Y Rosseta -una figura de la comida piamontesa- lo agradecía con un sobre. Para los gastos. Sin impuestos.

– La verdad es que en los trabajos buenos, como el de este fin de semana, no tenemos ni idea de quién nos contrata. Nosotros ni siquiera sabemos qué mensajes son los que metemos. Yo solo sé que esos tienen listas larguísimas. A cuento de qué crees que me estoy convirtiendo en el musicólogo de los pastores de la isla?!
– Bravo Luca! -dijo Isa sonriendo con un punto de ironía mientras sacaba su ecig de una pequeña bolsita que le colgaba del cuello
– Sí, sí, mucha tecnología pero al final, en esta isla, ya no hay negocio que no huela a oveja.
Isabella sonrió, le gustaban esos puntos snob de Luca. Desengrasaban el aire plomizo que había tomado el mundo y le recordaban a unos tiempos donde uno podía decir todavía una frivolidad sin tener que mirar alrededor antes. Pegó una calada larga y tranquila. Una nube de vapor, blanca y densa, se disolvió antes de tocar el centro de la mesa.
– Tengo que comprarme un nuevo ecig y algún aceite que no sea de «hierbas sardas».
– Los trabajos… los hacemos en Turín. Los fines de semana que no estamos. Tenemos una pensioncita barata donde nos quedamos. De unos amigos de Luca, de confianza. La semana que viene tenemos que volver. Podrías venir con nosotros y nos lo gastamos juntos en ecigs bonitos, un poco de ropa y restaurantes.
– Tendría que cerrar ésto…
– ¿Pensabas tener clientes? -punzó Luca.
Isabella sonrió mientras exhalaba de nuevo y sus amigos le miraban con expectación
– Un vap de gianduiotti no estaría mal…

Turín era la capital industrial del ecig. Allí habían nacido las primeras grandes marcas europeas, los primeros parques de empresas de aceites naturales. La cultura del «slow vap» era uno de los atractivos de una ciudad que gracias al vapor había salido definitivamente de la última ola de automovil-centrismo. Los kaz podían poner problemas e impuestos a todo, pero no podían esperar seducir a una ciudad como Turín cerrándole una industria de la que a estas alturas se sentía tan orgullosa como del Martini y de la que comían miles entre sus propias bases.

Nunca había sido la alegría del Po. En tiempos tenía sus barrios de marcha, su bohemia, pero todo muy moderadito. Todo muy contrito en realidad, todo muy clase media. Desde luego todo muy católico, aunque hasta para eso, sin alharacas. Y por supuesto había tenido siempre su lado oscuro, ese placer por el orden, ese rencor contra el que «se destacara», contra el excéntrico, contra el disonante, que nacía irremediablemente en las ciudades burguesas auténticamente industriales. Los kaz habían crecido con naturalidad sobre el terreno abonado por los seguidores locales de Beppe Grillo y el ala «progresista» del nacionalismo padano. Eran la mezcla ideal: orden, localismo, solidaridad y pocas estridencias. A día de hoy, Turín era un modelo de totalitarismo democrático y benevolente. Como resultado no faltaban jóvenes piamonteses en todas las zonas libres desde Calabria al Algarve.

Y aun así era puro oxígeno en comparación con Cerdeña. Para Isabella y los chicos, que nunca habían estado en las zonas libres -visitar las de la isla era demasiado caro para ellos- Turín era una capital. Y la palabra «capital» resonaba con eco en sus cabezas. «Capital» es un sitio mágico donde te sientes libre porque nadie te mira por la calle y puedes comprar cosas que no hay en casa, donde hay gente con peinados nuevos, con colores diferentes en la ropa. Donde hay teatros. Y qué importante son los teatros, aunque no te gusten, cuando no los hay donde vives. Turín era «sofisticado», un sitio que ameritaba vestir siempre de domingo.

– Conocemos una discoteca que abre hasta tarde -apuntó Luca
– Y una trattoria donde puedes comer durante toda la noche -remató Costa
– Turín!! -exclamó Isabella y no pudo evitar una risa- ¡No sé si tengo ropa!

Y así quedó claro que el mundo podía hundirse si le daba la gana que el miércoles cerraría el bar y saldrían de viaje. Daba igual que fuera un día laborable, marcharían. A respirar, a vestirse con alegría, a ver escaparates y tiendas abiertas, a vapear en bares bonitos con decoraciones atrevidas, a probar las bebidas de moda, a bailar hasta tarde, a olvidarse por un rato de las ovejas y «las personas», y disfrutar, simplemente disfrutar, de estar juntos y ser jóvenes.

«Cómo perdimos el mundo ~ 06» recibió 0 desde que se publicó el Sábado 27 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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