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Cómo perdimos el mundo ~ 09

Donde nuestro querido Piñeiro visita una ecoaldea…

V

Así que la pequeña Winberg era una de esas piradas de «la Transición», las letrinas al aire libre y las tostadas con guacamole. Estupendo. La raza humana se tira dos millones y medio de años para conseguir que un quinto de la población mundial sepa lo que es un postre y a los jóvenes de la clase media europea no se les ocurre mejor utopía que irse a vivir a favelas en mitad del campo con dos horas de electricidad al día y sin alcantarillado. Hubo un tiempo en que el «bajo consumo» se llamaba pobreza. En que cualquier utopía que se preciara incluía lavadora y churrasco para todos. En fin, hubo tiempos mejores. Pero en éste, me tocaba encontrarla.

Las ecoaldeas no eran consideradas zonas libres. Los kaz en realidad las adoraban, les daban subvenciones más o menos encubiertas y «escuchaban» a sus portavoces en los planes energéticos y de crecimiento urbano. En general, sus periódicos ensalzaban a los chicos que desfogaban ahí sus ansias de llevar la contraria o dilataban el momento en que tendrían que terminar la carrera. De hecho hasta los jueces les toleraban prácticas que estaban perseguidas en la ciudad. De cuando en cuando la prensa local montaba algún pequeño escándalo -la hija embarazada de un político kaz, un alijo de cigarrillos en una ecoaldea, una epidemia de salmonella en otra- pero los debates mediáticos a las finales remarcaban sus buenas intenciones: «buenos chicos, muy utópicos, cuando crezcan serán como nosotros pero ahora, que majos son aunque metan la pata». Desde mi punto de vista no eran mucho más que campamentos kaz para peterpanes que no pudieron ser scouts, pequeños parques temáticos cuya función última era mostrar en una foto, con un tomate ecológico y unas buenas rastas en el decorado, que los mandamases kaz «seguían soñando» una sociedad-post-combustibles-fosiles…

La verdad es que me costaba casar la tecnofilia coleccionista de las fotos de Brit con «mundo tofu», pero Juanjo tampoco había entrado en grandes detalles:

– Es un poco iluminada, pero buena chica, la última vez que pasó por aquí alquiló una máquina de moldeado con metal duro, se tiró casi todo el día trabajando y se fue luego.
– ¿Sabes qué estuvo haciendo?
– Ni idea, la privacidad es garantía de la casa.
– ¿Te dijo dónde iba?
– No exactamente, pero me preguntó por la gente de Ramalillos, tengo amigos ahí.
– ¿Ramalillos?
– Una aldea de arriba en la sierra, recuperada por amigos de mi padre en los tiempos en que hacerte un generador eólico estaba poco menos que perseguido. Montaron una ecoaldea en realidad. Al principio tuvieron sus cosas, pero a estas alturas son ya casi como una zona libre, son medio centenar y casi casi se autoabastecen.

El ordenador del coche me recomendó tres páginas mientras conducía por la ruta que había sugerido. La primera era una wiki de la comarca. Info antropológica con testimonios de antiguos habitantes grabados hacía treinta años, cuando ya eran muy viejos, por un grupo de antropólogos de la Universidad de Murcia. Ramalillos había sido una aldea de ovejeros con un par de campos de cebada. Al parecer el aislamiento había dado forma al pueblo e incluso a un dialecto propio. Me costaba mucho entender las grabaciones, pero el retrato del lugar era deprimente: nunca tuvo colegio ni Iglesia propia, de agua corriente o baños ni hablemos. Miseria rural en estado puro. Se abandonó en 1950.

La segunda página daba una clave sobre el primer revival. En los noventa se puso de moda grabar psicofonías. Y el pueblo, para entonces una docena de casas derruidas y siniestras como ellas solas, se convertía, si creíamos a los aficionados, en una feria en cuanto dejabas una grabadora por la noche. Dato curioso, a diferencia de los vivos, los muertos hablaban en un perfecto español peninsular «neutro», como de Valladolid. El más allá tiene, por lo que se ve, excelentes profesores de dicción.

Finalmente, la tercera página era de los amigos de Juanjo padre. En la resaca de los primeros movimientos post-crisis un grupo de chavales de los que habían estado en las acampadas decidieron trasladar la tienda igloo Decathlon de las plazas de la capital a lo que quedaba de la aldea. Declararon las ruinas «pueblo revolucionario» y se pusieron a desbrozar, a pintar, a construir molinillos de viento y canalizaciones de agua en superficie. El mejor campamento de sus vidas. Reabrieron el pozo y ya tenían arreglada media casa cuando llegó el invierno. En la sierra murciana puede hacer mucho frío y la aldea estaba a casi mil metros de altura. La nieve los aisló al primer asalto y la aventura revolucionaria dio un súbito giro hacia «¡Viven!». Para cuando llegó la guardia civil habían aprendido tres cosas: que el ideal de la autosuficiencia les quedaba todavía lejos, que antes de hacer una heroica conviene asegurarse de tener abrigos de goretex y cobertura de móvil y que la suya había conseguido ser la primera revolución de la Historia que debía la supervivencia a la guardia civil.

Pero perseveraron, siguieron con el discurso del autoabastecimiento… y vendieron paellas revolucionarias y campamentos de fin de semana al naciente entorno kaz, que encantado hacía parte de los «sábados solidarios» poniendo trabajo, materiales, víveres y hasta una página web «responsiva» que me informaba a través del sintetizador del coche que por fin Ramalillos conocía la Edad Dorada de la cebada ecológica y los talleres de superadobe que siempre había merecido.

La verdad es que debieron de ser muchos los talleres en estos años y muy fervientes sus alumnos, porque desde la entrada, la antigua aldea de pastores parecía un Tumbuctú de pallozas encaladas, una fantasia ibicenca de Gaudí con letrinas comunales construida a base de sacos de arena y ventanas de palet reciclado. Dejé el coche y seguí los carteles que apuntaban hacia el «centro social comunitario». Solo falta añadirle «de las personas», pensé y sonreí para mi mismo. En los cincuenta metros no vi una sola antena parabólica. Me llamó la atención.

– ¿Tenéis conexión a Internet aquí? ¿Sat, móvil, algo? -pregunté a bocajarro al primer chico que me encontré -torso al aire, moreno perfecto, largas rastas.
– No todavía, pero hay un comité trabajando en ello.
– ¿Cuándo empezasteis a reconstruir este pueblo?
– La recuperación comenzó hace veintiún años
– Ah… bueno, oye, estaba buscando a una amiga, Brit, creo que está o ha estado por aquí, quería avisarle de que había llegado, pero claro, sin conexión…
– ¿Brit? No sé… ahora en verano viene mucha gente. Espera, pregunta a Pau…

Pau vestía para no defraudar a nadie que visitara las ecoaldeas por primera vez rezando por no llegar demasiado tarde para conocer las tendencias de la moda indi de los noventa. Al dirigirme a ella me sentí tan tonto como si discutiera con unos de esos actores que han sustituido a los dioramas en los museos. Pelo caoba desigualmente teñido y recogido en un moño apenas sostenido por un pañuelo de algodón lila, grueso como la manga de una sudadera, que hacía las funciones de diadema; camiseta negra de tirantes, pantalón de felpa azul cubierto por algo verde, a medio camino entre falda y delantal. Y para rematar la equipación, los complementos: colgante de hueso acompañado de cuentas de colores, piercing en la nariz, zarzillo a juego y -como no- pulseras de coco y cuerda al más puro estilo Benidorm-artesano-eterno. Un conjunto historicista.

– Hola, estoy buscando a una amiga, Brit, Brit Winwerg, pero no puedo conectar, ya sabes, no hay cobertura.
– A ella si le funcionaba
– Ya sabes que es un genio con los móviles…
– Ya… Estuvo y se fue.
– ¿Sabes a dónde? ¿Dejó algún recado?
– ¿Recado? ¡Tremendo pollo nos dejó!

«Cómo perdimos el mundo ~ 09» recibió 0 desde que se publicó el Martes 30 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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