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Cómo perdimos el mundo ~ 10

Donde Piñeiro empieza a descubrir qué estaba haciendo Brit aunque no para qué.

Tremenda, efectivamente, Brit era tremenda. Había montado ella solita una antena GSM direccional. Les había destrozado veinte años de discusiones de comité en una mañana de trabajo. Encima para calcarles una tecnología de museo. Ahora no sabían que hacer con la donación. Ese era el «pollo» del que hablaba Pau. Pobres. Hacía mucho ya que los sistemas GSM con todo su rosario de siglas -GPRS, UMTS- habían sido felizmente olvidados. Solo en algunas zonas rurales seguían en pie viejas subestaciones de principios de siglo. Arqueoinformática.

No cuadraba: ¿una mocina de 19 años a la que no se conocía vida social de repente era experta en sistemas de treinta o cuarenta años antes? Llamé a los Winberg.

– Dos noticias, una buena y una mala, y una pregunta importante.
– Empiece por la buena -respondió la madre.
– Brit está bien, está viajando por su cuenta y por el rastro que está dejando, está en perfecto uso de sus facultades físicas y mentales. Construyó ella solita una antena GSM, la plantó en mitad de un pueblo recuperado y se marchó.
– ¿La mala?
– No tengo ni idea de por qué lo hizo ni de dónde ha ido.
– ¿Y la pregunta?
– ¿Brit sabe de electrónica y sistemas de telecomunicaciones?
– Le dió por ahí una temporada, pero estudiaba muchas cosas por su cuenta en el ordenador, se metía en cursos, en foros… es una chica curiosa.

Definitivamente no cuadraba. Yo había hecho mis deberes. Siempre empiezo por un estudio del rango de IPs de la casa. Brit no existía en la red. Ni siquiera tenía una cuenta de mail realmente activa. O alguien había borrado las trazas muy concienzudamente.

– ¿Borraron usted o su marido las trazas de navegación de Brit?
– Un momento
(…)
– No, alguna limpieza hemos hecho, pero no de Brit. Nunca pensamos que pudiera…
– No se preocupe.
– ¿Qué va a hacer ahora?
– Seguir buscando
De repente una imagen me vino a la cabeza.
– ¿Se llevó Brit sus móviles antiguos? ¿El que sale en la foto que me enviaron?
– Creo que no, pero espere un minuto por favor.
(…)
– Se llevó el móvil de la foto, sí.

Amplié la foto en el ordenador del coche hasta que el modelo se hizo reconocible. Un modelo UMTS, redes antiguas. Yo que pensaba que esta niña era una perroflauta y me salió una hacker steampunk. Otro detalle interesante, la antena estaba orientada hacia el Este. Y era direccional.

– Ordenador: rango máximo de una antena direccional GSM
– Con un 95%: varios cientos de metros en estaciones urbanas; hasta un máximo práctico de 35 kilómetros en zonas rurales.
– Ordenador: poblaciones al Este de la posición actual en un rango de 35 kilómetros
– Zarcilla de Ramos, la Paca, Doña Inés y Zarzadilla de Totana
– Ordenador: ¿Cúal es el más cercano?
– Zarcilla de Ramos, veinte kilómetros.
– Ordenador: seleccionar ruta, buscar restaurante, reservar.
– En Zarcilla de Ramos hay un restaurante. En él no es posible conexión para reserva.
– OK ordenador: mantener ruta.

El hambre me estaba atacando duro. La carretera era una comarcal y el camino no ofrecía muchas alternativas hosteleras, había que arriesgar. Cuánto más hambre, más claramente veía las preguntas ¿por qué montar una antena GSM en mitad de la nada? ¿Por qué no utilizar una infraestructura actual? Y a todo esto ¿Para qué?

Ya eran las tres cuando llegué a Zarcilla. El ordenador me llevó directamente a «Angela», que resultó ser una casa de comidas de las de toda la vida, una joyita de aceite y pimentón generoso en un mundo cada vez más intoxicado por la utopía de la digestión sin esfuerzo. Una mesita tranquila. Solo había otras dos ocupadas. Una de chicos jóvenes, otra de jubilados. Aire acondicionado gélido. Berenjenas y carne mechada con vino de Jumilla. Paz. Dudé si pedir café. Nunca es rico. Te puede arruinar una comida que te ha hecho feliz. Los chicos de la mesa de al lado sacaron sus ecigs y pidieron aceites de nombres gourmet. Los viejos hicieron lo propio pero traían los suyos. De contrabando seguramente. En la comarca de Lorca vapear no solo era parte de la cultura, como en casi toda Europa, además era legal, un lujo desde que gobernaban los kaz.

Pedí un carajillo pensando ya en dar un paseo. Cuando fui a pagar la dueña, una señora mayor que me había atendido, sanota, guapa, con fuerte acento lorquino, trajo un datáfono milenario, de cuando las tarjetas eran tarjetas, tangibles, de plástico. En Londres, si queda alguno, estará en un museo. Puse el móvil sobre una pantalla plana flexible muy fina con una banda en uno de los lados. Aprobé el pago con la voz. Luego ella tomó la pantalla y la pasó como si cortara embutido por un carrilito en uno de los lados del datáfono.

– ¿Funciona? -bromeé
– Es cosa de los del banco, usa la red antigua, la de antes de que llegaran el cable y las antenas nuevas, les saldrá gratis o se ahorrarán algo, vete a saber. Pero claro, el año pasado se fastidió la antena y estuvimos seis meses hasta que la arreglaron. Seis meses sin poder cobrar más que en suelto ¿te imaginas?

Ahí estaba. No, Brit no se metía en estos líos por no pagar. La red GSM era una anticualla, con infraestructuras poco o nada atendidas y por lo mismo fácilmente hackeables. Había creado una subestación sin que nadie se enterara, la había conectado a un nodo casi abandonado que se usaba solo para tres datáfonos prehistóricos y la había usado en la tranquilidad de que si llegaban a detectar algo y por casualidad la buscaban, todavía les quedaba visitar villa tofu. Un crack Brit, un crack. Empezaba a gustarme esta chica. Pero ¿qué estaría haciendo? ¿Intentar entrar en algún lado? ¿Borrar sus propios pasos?

– ¿No habrás visto a esta chica por aquí, verdad? -le enseñé la foto que llevaba en mi móvil- Sus padres la están buscando y les estoy echando una mano.
– A ver… pues oye, la verdad es que sí. Vino a comer el viernes pasado, sí, el viernes pasado, me acuerdo bien.
Otro bravo por Brit, prefirió la carne mechada del «Angela» al tofu revolucionario y se vino a comer hasta aquí. Así de paso podría ver discretamente su objetivo, la antena.
– Y se quedó a dormir donde Fátima, no hay otro sitio en el pueblo.
– ¿A dormir? – eso me descolocaba todo…
– Sí, iban a venir a buscarla
– ¿Y no sabrás quién?
– Sí, claro, como para no saberlo, no fue muy discreto que digamos, la vino a buscar el bibliobus desde Lorca!

«Cómo perdimos el mundo ~ 10» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 31 de Julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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