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Cómo perdimos el mundo ~ 11

Luca, Costa e Isabella llegan a Turín.

VI

El vuelo barato a Turín estaba hasta arriba. Y es que era el mismo que el de Milán. El avión llegaba en realidad a Orio, el aeropuerto de Bérgamo, donde el pasaje se dividía en dos grupos: a Milán, autobús grande, a Turín, el micro. Hora y media de autopista. Les dejó en el centro, en Porta Nuova, a un paseo de la pensión.

La calle estaba cubierta de banderolas y gonfalones de «Torino Spiritualitta 28». Originalmente había sido un festival de teatro con momentos coach y brillos new agers. La izquierda de los 2000, en pleno boom económico y con una sorda xenofobia en alza, veía claramente que el «compromiso social» no movilizaba más que a los nostálgicos y que los festivales de «músicas del mundo» escoraban peligrosamente hacia un perroflautismo que no les orientaba hacia las mayorías electorales. Necesitaban un hueco que fuera al tiempo respetable y alternativo, pero sobre todo «preocupado», muy «preocupado», casi grave… aunque con concesiones al espectáculo y la banalidad, claro, que sin fiesta no se dinamiza el voto. Pero lo central era tener un hueco cuyo mismo lema llevara a fruncir labios y ceño, que les permitiera escenificar «altura moral» en una década en la que las juergas y corruptelas del cavaliere Berlusconi eran la principal vía de agua en el bloque de la derecha y el nacionalismo padano. Y lo encontraron en la «spiritualitta», un «espacio» donde cabían los grupos cristianos, los actores, los psicólogos en paro, los músicos, los artesanos y el neo-budismo de los exizquierdistas que quedaban de los años de plomo; donde se podía reservar un huequito para una conferencia del Obispo pero también hacer una sesión masiva de yoga en una plaza o un seminario en la universidad sobre «ética, economía y personas»; donde los invitados internacionales mezclaban sin pudor a un decrépito Leonardo Boff, a un ultra reaccionario Tariq Ramadan y a una congregación de monjes cantores tibetanos. Un lugar no conflictivo, buenrollista, difuso. Y por tanto fangoso.

Tan fangoso que cuando a la vuelta de la década y con la crisis dando ya sus ñascos, surgió el fenómeno Beppe Grillo, la gente recordaba a los candidatos del histrión de haberles visto en los escenarios. Seguramente no habían visto a tantos como creían recordar. Pero sabían reconocer el tono, la indignación moral permanente, las respuestas airadas, las admoniciones de charcutería, la promesa salvífica de un apocalipsis medioambiental, el adanismo característico de quien pretende entender el mundo con claridad meridiana desde una moral universal y sin haber leído ni un manual de historia. Y eso conectaba. 2013 fue el año de Grillo. Y solo fue la primera entrega. Pronto llegarían los kaz.

La pensión estaba en un edificio del diecinueve, la época burguesa de Turín. En algún momento había sido un mal barrio, pero llevaba tiempo ya recuperado para la ciudad limpia y ordenada que el Turín bienpensante quería pensar que tenía. En eso los kaz eran unos genios. De hecho era la única pensión que quedaba. En el cambio había mudado el nombre de «Avalon» a «San Sebastián». Si alguien en el ayuntamiento había pillado la ironía, no le había importado, la licencia permanecía. Algunas donaciones a grupos de estudio de la economía de las personas, seguramente ayudaron también. Por las recomendaciones.

– ¡¡Luca!! ¡¡Costa!! ¡¡Bienvenidos!!
– Carlo, un abrazo!
Isabella, cargada con las mochilas, los miraba desde la puerta hacer los saludos rituales de la masculinidad.
– Tenemos la pensión hasta arriba con el festival de la espiritualidad, pero os hemos reservado una habitación ideal para los tres. Tenéis baño y ducha, pero no lavabo, no nos cabía. Aunque la ducha tiene alcachofa.
– No te preocupes, Carlo, estárá todo fenomenal.

Los suelos eran de gres blanco, las paredes estaban pintadas hasta media altura con una imitación de estuco yema en un absurdo homenaje a las pretenciosas pizzerías de barrio de los ochenta, beige el resto. Las camas, tres, estrechitas, con sábanas color naranja claro. En el lateral colgaba del techo un armario de papel, uno de esos diseños libres valencianos, que no pegaba demasiado con el resto. Sobre la cama un poster enmarcado de un atardecer en el Caribe. Las ventanas daban a una galería que a su vez daba a la calle y por donde seguramente pasarían todos los espirituales antes de ir a dormir y a primera hora a desayunar.

– Es genial! -exclamó Isabella cuando Carlo les dejó a solas en el cuarto. Los tres se abrazaron, felices.
– No es el glamour que nos merecemos, pero es un primer paso… y discreto -dijo Luca
– Yo no pienso ir a la cosa espiritual esa -terció Costa
– Yyyyyy claaaaaaro, Costa, no me seas brasa, cuando estos acaben sus seminarios y sus obras de teatro, dónde crees que van a ir? A llenar todos los bares y discotecas de Turín hasta que la policía ecológica les eche… ¡Como nosotros!

Se ducharon por turnos, pensando ya en la segunda ducha del día, en la que se pondrían guapos de verdad para salir a cenar. Antes de salir, Luca repasó el plan del día como si fuera el capitán de un equipo de basket preparando la jugada: «te acompañamos a la zona de tiendas, estamos un ratito, te dejamos por ahí, volvemos para esta parte, nos vamos a trabajar y nos vemos de vuelta a las cinco aquí».

Caminaron hacia la calle Monginevro con la determinación que solo pueden tener unos chicos de provincia ante la promesa de una avenida peatonal con casi doscientas tiendas. Cuando llegaron, lo que encontraron era aun mejor de lo que esperaban. Era día de comercio temático. Tema: «Del Risorgimento a la Gran Guerra». Si te disfrazabas para la ocasión tenías entre un 15 y un 20% de descuento en todas tus compras. La calle estaba ocupada por la versión decimonónica de los comercios de las aceras, todos los dependientes vestidos como tenderos, criadas y soldados de la época. Había fuentes de plásticos vegetales haciendo plazas entre los puestos para que las chicas pudieran descansar de los vestidos con cola y las ballenas y refrescarse. En la entrada había una peluquería especial que te peinaba a la moda de 1870 gratis si tu vestido pasaba el okey histórico y a los niños que aparecían de marinerito o similar les regalaban preciosos aros de cartón prensado, simil-madera, con un palito para pasearlos. El servicio municipal de bicicletas había traído versiones en fibra de carbono de antiguos monociclos… Y a miles de personas les había gustado la idea ¡¡era como meterse en una fantasía steampunk de viernes por la mañana!!

Isabella, con tacones de domingo, empezó a cargarse con bolsas de colores hasta parecer, delgada como era, un árbol de Navidad. Cuando se vinieron a dar cuenta, ya había pasado el mediodía. Los chicos tenían que ir yendo hacia el restaurante donde les esperaba el trabajo. Se despidieron con grandes besos y sonrisas. Siguió viendo tiendas, borracha de colores, hasta sentir que le fallaban las rodillas. En el puesto de época de una charcutería compró un sandwich de pularda trufada con un sugestivo regusto de cognac que le supo a gloria. El dependiente, impecablemente vestido de soldado de Vittorio Emanuele, le explicó que estaba hecho según una receta original que habían comido el mismísimo rey y Cabour en más de una docena de banquetes oficiales. Le miraba, al hablar, de un modo que no miran los chicos de Alghero. Le gustó. Se sintió, por primera vez en la ciudad, parte de ella. Se sentía libre. Era excitante.

A las tres el cansancio le bajó de golpe. Pensó todavía en ir a un café, pero prefirió volver a la pensión y esperar a los chicos en el cuarto. Rió sola al quitarse los tacones y soltar las bolsas. Estaba feliz y agotada. Se tiró en la cama y sin darse cuenta quedó dormida.

Cuando despertó eran ya las siete. Los chicos no habían vuelto. Bebió un poco de agua de la alcachofa de la ducha y buscó su teléfono en el bolso.

– ¡Mierda! ¿A ti que te ha pasado?

El teléfono estaba muerto.

«Cómo perdimos el mundo ~ 11» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 31 de julio de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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