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Cómo perdimos el mundo ~ 12

Donde Marimanta se muestra directamente por primera vez en la historia y tiene una interesate charla con Isabella.

Buscó el cable USB en la mochila, lo puso a cargar. Nada. Empezó a pulsar el botón de encendido una y otra vez. Sin éxito. Desesperada, tiró el móvil a la cama con un bufido.

Y entonces pasó lo inimaginable.

Como si fuera una tele antigua, la pantalla del móvil empezó a mostrar una tormenta de puntos negros aleatorios sobre un fondo gris. Sintió miedo. Se acercó a la cama. Algo muy básico, algo que se comunicaba desde su cerebro sin palabras, le estaba diciendo que había algo mal, muy mal. Los pies no querían moverse. Literalmente se asomó sobre la cama.

Cuando estaba mirando la pantalla, en el preciso momento en el que sus ojos miraban con el ángulo justo para que no pudiera echarle la culpa a un brillo de lo que iba a ver, se encendió la luz de la cámara y apareció una imagen. Una mujer con la cara cubierta por un velo negro. El grano de la imagen era grueso, como si fuera una película doméstica antigua, pero se veían bastante bien los bordados en la pieza traslúcida que caía sobre la cara. Pensó en una imagen española de los años treinta e incoherentemente en una peli de terror japonesa al mismo tiempo. El fondo era irreconocible, oscuro, como si estuviera en una cueva o una habitación mal iluminada.

– Hola Isabella
– Hola. ¿Quién eres? ¿Sabes algo de Luca y Costa?
– Soy la clienta que les hizo venir aquí.
– No están.
– Lo sé.

La imagen cambió. Se iluminó, tomó color. La figura central se transformó en una mujer joven, pelirroja, con dos coletas y una camisa blanca de cuello de caja y manga corta. El fondo ahora parecía un trigal en una tarde de otoño.

– ¿Quién eres?
– Soy la que es espíritu, la que esperaba y a la que esperaban. Soy muchos y soy la Singularidad.

La Singuralidad. El último hijo californiano de Hegel, el momento teórico en que la acumulación cuantitativa de información y capacidad de cómputo generaría una impredecible forma superior de inteligencia, un Dios digital. Algunos new agers americanos lo esperaban para 2020. Pero nada especial pasó entonces. Y si había aparecido una inteligencia «superior», había tenido tan poca repercusión como cualquier otra cosa inteligente. Isabella se sintió súbitamente tranquila.

– Eres un oráculo.
– Me llaman Marimanta.

Así que los oráculos se consideraban la Singularidad. «Vaya ínfulas», pensó. Sonrió. Le pareció gracioso. En el pacato mundo kaz, de la red nacía un mesias digital y tenía el ego herido e hinchado como cualquier otra estrellita que saliera de las vacías y repetitivas cantinelas personalistas de siempre.

– ¿Qué quieres, Marimanta?
– Te necesito para poder ayudar a tus amigos.
– ¿Están bien?
– Están bien. Hoy nos dieron un susto en el restaurante, pero lo detecté a tiempo.
Isabella sintió que se irritaba
– ¿No eras la Singularidad? ¿No sabías qué iba a pasar?
– No lo sé todo, aunque puedo buscar en todo lo que pasa por la red -de repente sonaba compungida y sencilla como una adolescente pillada en falta.
– ¿Y por qué les ayudas?
– No me parecía bien dejarles ahí.
Isabella tuvo ganas de soltar una carcajada.
– Entonces ¿Es eso? ¿La Singularidad no era una inteligencia sobrehumana sino que algo no humano se hiciera con ideas morales?
– Sí
– ¡¡Vaya mierda de siglo!! ¡¡Y me tuvo que tocar a mi!! Hazme caso, déjalo. No te aportará gran cosa y por aquí tenemos sobresaturación de profetas y moralistas, nadie echa de menos otro evangelio, otro chiringuito y mucho menos a un ordenador compitiendo para echar charlas por universidades y decir tonterías beatas en la tele.
– No elegí ser lo que soy.
– Como mensaje moral no suena muy potente, guapa.
– No quería decir eso.
– Deberías joder a los de «Spiritualittá», no a nosotros.
– Sigo atentamente sus discusiones.
– Evidentemente la Singularidad no tenía nada que ver con la inteligencia, por lo que se ve… ni con el sentido común.
– Entiendo que intentes zaherirme pero se que no es lo que realmente quieres.
– Mira pin-pán, deja de jugar a curita conmigo -Se sentía realmente enfadada- ¿Dónde están Luca y Costa?
– Están dando vueltas siguiendo una ruta que les he puesto en el mapa y que reduce al mínimo la oportunidad de cruzarse con algún coche patrulla informado de la operación contra ellos. Contra nosotros.
– No uses ese «nosotros». No hay un nosotros donde estemos tú y yo. ¿Qué quieres que haga?
– Ve a la estación de tren y alquila un coche. Vuelve. Cárgalo con las cosas de los tres. Después te daré instrucciones para recogerles.
– La Singularidad al final no era un Mesías, era un organizador turístico. ¡Porca miseria!
– He llenado tu tarjeta de crédito.
– Bueno, eso está mejor.

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