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Cómo perdimos el mundo ~ 13

Donde comienza la feria de Briga con una asamblea inesperada y una visita muy esperada.

VII

– Marimanta no es como la imagináis- aseguró Bjorn.
– Muchacho me dices que ese oráculo es la Singularidad, la primera inteligencia digna de ese nombre sobre la Tierra, el momento que llevo esperando durante cuarenta años ¿Y no va a ser como esperaba? ¡¡¡Más le vale ser como esperábamos!!!

Todos rieron liberando tensiones. La primera réplica la había dado Marsus, un varón calvo y magro, ya metido en años, a quien el albornoz le daba un aire senatorial. Estaban en el mitreo. Todos. Hasta los encargados de la pesca se habían unido tras atracar y guardar el pescado en cámaras. Serían más de setenta sin contar los niños. Ocupaban las tres gradas del espacio del templo, incluida la que sostenía el carrilito de agua por el que se distribuía la comida en los banquetes y que ahora estaba tapada con unos tablones.

Flavia y Cras habían llamado a los demás a asamblea urgente a primerísima hora. No era, desde luego el mejor momento para nadie, pero tampoco llamaría mucho la atención el primer día de la feria. Esperaban que llegaran más de dos mil turistas, era un día importante económicamente también, con una logística difícil de comidas, limpieza, baños, traducciones… Era normal juntarse a las seis de la mañana para cerrar detalles. Pero no lo hacían por eso.

– Singularitas advena totum modat -arrancó Circia, madre de Flavia y tercera «malka» de la filé. Hic monstrum, aperilum pro KAZus ratio discomposatio, bonem possis estare.
– Dice que Marimanta podría ser la llave del desmoronamiento del sistema de los kaz – tradujo Cras a Bjorn.
– ¿Le ha llamado «monstruo»?
– «Monstrum» significa prodigio, pero también algo llamativo, extraño, una atracción de feria, un freak, alguien con una habilidad única… Circia sabe elegir muy bien las ambiguedades semánticas, no te preoucupes, no busca ofender a tu amiga sintética.

La mayoría de los neovenecianos tenían lenguas latinas como lenguas maternas, pero había un poco de todo. Originalmente el «indianus» se había creado como lengua sintética para mantener una cierta igualdad en el acceso a recursos expresivos por todos y para tener una forma sencilla de organizar traducciones en eventos. Para la vieja generación seguía siendo la lengua franca, la de las asambleas, las traducciones y las conversaciones internas. Para la nueva -en la que todos hablaban tres o cuatro idiomas desde pequeños- era la lengua de referencia y había sido la lengua de juegos. Tenían una relación emocional y no solo práctica con ella. Para rematar, la lengua se había convertido en argumento turístico y en producto de exportación. Con el afianzamiento de la divisoria entre las ciudades y las zonas libres, hablar indiano en el mundo kaz era un símbolo de resistencia y cientos de personas cada año empezaban cursos online. Era para ese público que habían rotulado el pueblo entero. De entre los estudiantes de indianus salían luego representantes comerciales, socios e incluso alguna que otra incorporación a la tribu había comenzado así.

La asamblea no duró demasiado. Había que poner en marcha la feria y mucho que hablar y discutir antes de pensar nada concreto más allá de evitar riesgos inútiles a Cras y Flavia. Dedicieron no compartirlo con la mayoría de las zonas libres amigas todavía. Lo harían cuando tuvieran las ideas más claras y lo comunicarían solo presencialmente para evitar problemas de seguridad e intercepciones de los kaz. Sin embargo, escribirían un resumen de las noticias y lo dicho en la asamblea a los neovenecianos de ultramar para incorporarlos al debate que se abría. Flavia y Cras harían un grupo de trabajo con Circia y Marsus para investigar todo lo publicado en un siglo sobre la Singularidad, los oráculos y la inteligencia artificial y así ir alimentando la conversación comunitaria. Era el modo indiano de hacer las cosas. Se leía mucho y no en diagonal, las cosas se «fundamentaban» y se les buscaban antecedentes y marcos de comprensión. La cultura indiana estaba orgullosa de haber «salvado» eso del viejo mundo.

Cautes y Fratia, los posaderos, fueron los primeros en salir del mitreo, tenían que preparar los desayunos antes de que se levantaran los turistas. Cuando subieron la cuesta, pegaron varios silbidos hasta llamar a la atención de los que se rezagaban charlando a las puertas. Desde el Este llegaban los primeros visitantes. Sonó una sirena.

– ¡Los Talaios! -dijo Flavia
– ¡Cooooorre!

Los más jóvenes echaron a correr cuesta arriba, los mayores apretaron el paso. Todos querían ver la llegada desde el mirador de Briga. Bjorn y Cras echaron un vistazo, como ponderando la distancia y bajaron a la otra playa, que estaba todavía por recoger y bajaron rapidamente. En la entrada de la playa cogieron una pequeña canoa de plástico duro transparente de una especie de estantería especial que se dejaba al descubierto. Les siguieron una docena de chavales que tomaron las que quedaban según llegaban y se colocaron en línea junto a la orilla como si fuera una «pole position» y esperaran una señal para salir a toda velocidad.

Mientras, una docena con Circia a la cabeza a paso ligero, fue hacia un almacén alargado al fondo de la playa. Tenía listones y puertas rojas con la palabra «navaria» pintada en dorado. De su interior salió, arrastrado sobre un arnés de ruedas, una especie de trainera high tech sin remos, de unos cuatro metros de manga y diecisiete de eslora. La cubierta entera estaba techada de paneles solares. Un salón de fiestas flotante solo roto por una turbo vela telescópica en su centro. El casco, negro mate, de una pieza, parecía el fondo de una de aquellas sartenes de teflón que algunos aun podían recordar de la infancia.

– Guau! -exclamó Bjorn
– El nombre oficial es «SITN Juan Urrutia», pero le llamamos el «Dogus», «el del Dogo». Es nuestro barco ceremonial, casi nunca sale muy lejos, se usa para fiestas, celebraciones y cosas así. Marsus, el tipo que intervino antes, lo diseñó y lo hizo practicamente entero en honor al primer Dogo indiano.

Subieron todavía media docena de personas más. Los más viejos. La turbovela se izó con un ligerísimo sonido eléctrico apenas perceptible sobre las olas.

– Hoy porque es para recibir a nuestros amigos, pero ahí cabemos todos, es genial salir en la primera noche y cenar todos juntos para celebrar el solsticio.
– Quién lo maneja, dónde está el timón?
– El timón está bajo el agua, como tiene que ser, lo maneja Marsus desde el móvil. Luego le pedimos que te enseñe el software, te va a encantar, calcula vientos, corrientes… y lo mejor: saca unas corrientes de agua por el casco que cuando se adhiere algún molusco, lo echa sin grandes violencias. Así el barco se mantiene casi casi solo.

Al llegar a cierta distancia de la orilla, la Malka, con una orden de su movil, izó el gonfalón rojo con el lobo, junto a la bandera de los Talaios, verde, roja y dorada con una ballena y un águila.

– Ahora! Al agua!

El Dogus enfiló hacia mar abierto, donde le esperaban los Talaios. Le seguían, en uve, como si fueran aves migratorias, media docena de canoas transparentes. Desde Briga, en el mirador, a Flavia se le nublabla la vista mirando las olas brillar en plata. Sentía espléndido el mundo que había tenido la suerte de vivir y por primera vez, dudó que pudiera perdurar otra generación.

«Cómo perdimos el mundo ~ 13» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 2 de Agosto de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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