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Cómo perdimos el mundo ~ 14

Donde los Talaios son recibidos en Briga y una sorpresa aguarda con la apertura de la feria.

El «Dogus» se acercó al barco de los Talaios -el «Bakalhau»- poniéndose en paralelo con él. Siguió avanzando hasta sobrepasar su popa, completamente engalanada con gonfalones y banderas marítimas de todos los puertos en los que había atracado. Solo entonces comenzó a virar, de forma muy cerrada, envolviéndolo y regresando hacia el interior de la bahía por babor. Sonaron las sirenas.

La pantalla gigante de leds que habían puesto en la plaza cambiaba de planos entre la vista general desde el mirador y la cámara del Dogus. Los primeros turistas estaban ya llegando y se unían a los que habían dormido en el albergue y aprovechaban el buen día para desayunar al sol en la terraza. Fratia servía las mesas repartiendo significados y cafés.

– Es una especie de ritual de inspección, pero también un cortejo, el Dogus le ha husmeado entero y ahora el Bakalhau entrará en la bahia.

Los barcos cruzaron la línea de canoas que esperaba formando una bocana imaginaria, un troquelado de torsos con remos que parecía andar semisumergidos en el mar.

– El Bakalhau no puede entrar demasiado, pero con este viento, aunque la bahía es muy abierta, la roca de Briga será protección sobrada para fondear. Entonces es cuando tendrá lugar la verdadera «bonvenatio» en la cubierta del Dogus.

Ya en el centro de la bahía ambos barcos se colocaron en paralelo, listos para un abordaje, rodeados ahora por las canoas en un círculo. Una pasarela los unió. El sistema de autoequilibrio de la cámara que emitía desde el Dogus eliminaba casi por completo la sensación de movimiento de las olas en la pantalla, pero por contra hacia parecer un tanto vacilante a Circia sobre la cubierta esperando a los invitados.

– ¡¡Han venido los tres!! -dijo con entusiasmo Fratia a su compañero que se asomaba desde el interior para poder seguir por un minuto la pantalla.
– Lupus mana!! Bonus augurum!!

Eran los tres fundadores de los Talaios -Beñat, Unai y Gorka- que pasaron la pasarela, abrazando largamente a Circia y Marsus. Les siguió Miri con los más jóvenes encabezados por Enneko e Irati, que se asomaban por la borda buscando con los ojos a Cras y Flavia, sus compañeros de veranos y viajes desde pequeños. Marsus tomó una escudilla de plata en la que Circia hundió las manos para sacarlas haciendo cuenco llenas de cristalitos de sal de mar.

– Les está entregando la sal en señal de bienvenida
Los turistas asentían sonriendo, estaban felices de ver rituales neovenecianos, tan exóticos, tan paganos… no sabían porqué pero a todos les llamaba, les hacía reverberar algo en el ánimo.

Miri, por los Talaios dio a Circia un busto en piedra de Dispater, el Tautates de los celtíberos, el Tutatis de Asterix, el dios lobo que representaba a la comunidad, fundido luego con Marte y que -a pura persistencia- acabaría convirtiendo en la iconografía cristiana a Santiago en un guerrero. La obra parecía replicar la famosa representación de la Iglesia de Olcoz, un símbolo común para varias zonas libres del Cantábrico que no podían evitar soñar ganar un poco de espacio en tierra al mundo kaz, abrumador en las pequeñas ciudades del interior. Aun a través de las pantallas, las caras revelaban verdadera emoción en todos.

La pantalla mostró una mesa preparada para un gran desayuno, con cuencos de frutas, jarras de café, huevos, pescado ahumado y panes de todo tipo mientras unos y otros se colocaban en sus sitios esperando al brindis y un par de indianos vertían un poco de vino.

– Pro Talaiosani et pro nosus Malka! -dijo Marsus levantando la copa
– Virtus et Honos! -respondieron los demás a coro
– Pro nosus communus et liberus crasum! -brindo Circia
– Virtus et Honos!
– Indianoengatik eta itsasoaren askatasunarengatik!! -brindó Gorka, pues el último brindis se dejaba siempre a los invitados.
– Virtus et Honos!

La imagen de las pantallas cambió al plano general desde el mirador. Marsus y Circia se aseguraron de que así había sido mirando el teléfono y alrededor de la mesa comenzó la conversación mientras los chicos de las canoas abordaban el Dogus y se iban incorporando a la mesa.

– ¡Eres la hostia! ¿Cómo te diste cuenta? -preguntó Circia
– jajaja! Circia, soy más viejo que tú, conocí las Indias antes que tú, ya venía a vuestra casa de cuando te llamabas todavía Ester y ni pensabas que fueras a hablar latín en tu casa, jajaja- Todos rieron y Circia se levantó un poco sobre sus el asiento para darle un beso en la mejilla.
– No os lo vais a creer -dijo Marsus- lo que os tenemos que contar, no os lo vais a creer.

Flavia tiró un beso al mar desde el mirador y se encaminó rápidamente hacia la plaza. La terraza ya estaba llena y los demás comenzaban a abrir los puestos, cada uno con un producto indiano o representativo de una zona libre neoveneciana. El primero en abrir había sido el de cervezas. La «Magnífica» tenía muy buena fama en toda la costa y había quien venía incluso desde Bilbao para comprarla. Las tenían en cubos de aluminio con rocas artificiales congeladas de un negro intenso que hacían destacar a la etiqueta. Caius, el chico que atendía, seguramente por un viejo atavismo mercantil, las rociaba con un vaporizador de agua hasta que el cristal se cubría de vaho y gotitas. Entró en la caseta y empezó a poner sobre el tapete los aceites de ecig de los años anteriores. Los nuevos no se presentarían hasta el mediodía y la mayoría de los que ahora estaban en la terraza, esperando a que abriera para disfrutar de auténtico vapor de Briga, querrían llevarse colecciones y no solo nuevos sabores. No había año que vendieran menos de 20.000 euros a base de frasquitos de 12. En el puesto de al lado, Maia, otra compañera de generación que había estudiado, como ella, Química alimentaria en Escocia, abría el puesto de alcoholes con Brigus, su novio, que hacia desde luego honor al nombre con sus casi dos metros de altura y que volvía de estudiar Enología en Burdeos. La plaza empezaba a saturarse de «carsuli», unos Segways de tercera generación a los que habían acoplado unos carritos de metal refrigerados y altos, redondeados como si fueran pequeñas roulottes para gnomos y que usaban normalmente para transportar la pesca y las importaciones que llegaban al embarcadero.

En el bullicio le pareció distinguir una pareja extraña. Enfiló directamente hacia ella.

– Buenos días -dijo uno de los dos, que vestía una camisa a cuadros azules.
– Buenos días -respondió Flavia sintiendo la inquietud treparle por el pecho
– Guardia Civil -dijo abriendo la cartera y enseñándole una identificación. Estamos buscando a este chico y en el registro de la entrada dice que llegó ayer por la mañana. Puede ser peligroso.

La Guardia Civil, en su calidad de vigilante de las fronteras que le quedaban al estado y como FBI peninsular, era la única policía que podía entrar en Briga según la ley de Zonas Libres. Sin embargo, uno de los costes de ser una zona libre era que no operaba la tutela judicial. Eso quería decir que podían buscar cualquier cosa -o persona- en cualquier lugar y que solo necesitaban comunicárselo con anterioridad a los responsables locales. En Briga todos conocían a los guardias civiles de la zona y la relación era tan buena como con cualquiera de los pueblos de alrededor: de cuando en cuando iban a comer en el abergue o a bailar con sus parejas a los conciertos y alguna vez habían pedido ayuda de los barcos en algún salvamento. Dicho de otro modo, les veían como vecinos, como clientes, no como vigilantes, aunque nadie olvidaba para quién trabajaban y que cualquier día podían traer una sorpresa ordenada desde Madrid. Por eso resultaba tan inquietante ser interrogado por unos guardias vestidos de paisano y a los que nunca había visto.

Sobre todo porque la foto que le estaba enseñando era del nuevo forastero estrella: Bjorn.

«Cómo perdimos el mundo ~ 14» recibió 0 desde que se publicó el sábado 3 de agosto de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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