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Cómo perdimos el mundo ~ 15

Donde Piñeiro descubre como ocultar un autobús y recaudar fondos

VIII

Si alguien piensa que hacer desaparecer un autobús de dos pisos tiene cierto mérito es porque infravalora las capacidades del funcionariado frente a un ordenador. Llevaba una hora en el ayuntamiento. Y no era tan complicado lo que quería. La verdad es que al principio lo intentaron, pero tras varias búsquedas torpes por la base de datos, empezaron a buscar excusas en los reglamentos.

– Pero ¿usted es residente?
– No, no lo soy, pero necesitaba encontrar el que pasa por Zarcilla para poder hablar con el conductor.
– Es solo para residentes
– Ya, pero es lo mismo, yo lo que necesito es hablar con el conductor o con el responsable de ése bibliobús.
– Las plantillas de trabajo son datos confidenciales.
– Pero ¿cómo va a ser confidencial un autobús municipal?
– El autobús no, el personal sí.
– ¿Y si me hubieran atropellado al perro y quisiera ponerle una denuncia?
– Precisamente por éso.
– Pero eso sería obstaculizar a la Justicia.
– Usted pone la denuncia sin nombre y luego el juez investiga.
– Pero, ¿cuántos bibliobuses hay?
– Tres
– Bueno, pues dígame dónde están, qué rutas tienen… para poder visitarlos.
– Eso no se lo podemos dar nosotros. Pregunte en Cultura.
– Vengo de Cultura, me han dicho que preguntara aquí.
– Pues aquí no tenemos esa información.

Desesperado, estaba saliendo ya del ayuntamiento cuando un chico se me acercó.

– Perdone, es que no he podido evitar escucharle… ¿Está buscando los bibliobuses?
– Sí
– Solo tiene que descargarse la aplicación y le posiciona en el mapa donde está cada uno en cada momento, en qué sitios estuvo durante la última semana, qué libros están disponibles y cuando se tienen que devolver los que están prestados.
– ¿En serio? -suspiré, no sé si por salir de la desesperación o por hundirme definitivamente en ella.
– Sí, le tengo mucho cariño, fue mi primer trabajo, bueno, en realidad la primera beca que tuve en la cooperativa municipal. Lo hicimos para el ayuntamiento -aunque venía de antes, durante la crisis los primeros años de trabajo postuniversitario pasaron a llamarse «becariado», en realidad porque se vestían como becas de estudio o prácticas… pero eso es otra historia.
– Para el ayuntamiento… la madre que los parió!
– Si, es muy frustrante, verdad? Contratan cosas y luego no se molestan ni en darlas a conocer.

Pensé que a lo mejor los bibliobuses no eran el más demandado de los servicios públicos y que a lo mejor quedaba algo de sentido común en una ciudad que había sido de las primeras en ser kazificadas hasta los tuétanos. Pero me guardé los comentarios, le di las gracias y busqué la aplicación. Mientras la descargaba fui hacia el coche. Pero cuando ya estaba dentro resulta que el autobús que buscaba estaba a cuatro manzanas. Hay días en que hasta que las cosas se te pongan fáciles te hace sentir más estúpido.

El bibliobús que buscaba estaba en el Museo Alimer, junto a la plaza de Juan Moreno, en pleno centro. Anteriormente conocido como museo Arqueológico, nunca había sido el Museo Británico, pero lo visité una vez -manías del licenciado en Historia que fuí un día- y tenía encanto. Una bonita muestra original de utensilios de la cultura de El Agar, reproducciones de mosaicos, esculturas y joyería ibéricas e ibero-romanas llevadas a museos mayores, una figura de Mercurio de la época imperial y poco más de interés. Con el terremoto de 2011 muchas piezas se fueron para no volver a Tarragona, Murcia o Madrid. Algunas se perdieron. A nadie le importó demasiado porque tras el terremoto vinieron la crisis y los recortes. Un Museo que no se llenaba ni con colegios era un candidato a la amputación más que al recorte fino. Se acabó haciendo cargo una de las primeras cooperativas que ganaron los kaz, Alimer. No es tan difícil imaginar a los gerentes preguntándoles a los concejales y a los miembros kaz del Consejo Social cómo iba a promocionar un museo sus quesos de cabra, ni al técnico intentando salvar su puesto de trabajo vendiendo la idea de contar la historia de Lorca desde la mirada de los cabreros y los queseros. El resultado era el «Centro Cooperativo Alimer de Interpretación de la Cultura Material de la Cabra Lorquina», el CCAICMCL. Vibrante hasta en el nombre, su principal aporte a la museística había sido incorporar por primera vez el rulo al catálogo de la tienda de un museo.

Un tipo con cara de bibliotecario vapeaba tranquilo en la puerta del bibliobús charlando con el conductor. Dentro no había nadie. Los bibliobuses eran una típica expresión de la hipocresía de la nostalgia kaz. Podían haber sido sinceros: les gustaba controlar, no leer. Y querían hacerle la pelota a los mayores de 80. Pero no. Había que «vestirlo», tenían que hacer un relato sobre las maravillas del papel y los sentidos, con todas esas monsergas sobre la «comunicación verdadera» para justificar después una cruzada de popularización. Que fracasó, claro. Pero ahí seguían los bibliobuses con dos funcionarios cada uno y una app que no conocían ni en el ayuntamiento. Haber cambiado los manga por Tintín y el «pornomamá» por novelas históricas bien espurgadas de templarios y otra gente de poca fe, no había ayudado. Si querían hacerle la pelota a la última generación tecnófoba es lo que tenían que haber puesto: dibujitos y conspiranoia. Eso sí, ahora en las bibliotecas había una tremenda cantidad de libros edificantes bajo el rubro «ensayo y poesía personalista», el único género en el que se seguía publicando más papel que formatos digitales.

– Poca gente hoy
– ¿Piñeiro? -disparó el conductor
– ¿Nos conocemos?
– No, pero tengo un recado para ti.
Inconscientemente di un paso atrás.
– La chica te espera en el museo.

La entrada se cobró automáticamente al cruzar el arco de seguridad. Quince euros. «Espero que regalen un queso», pensé mientras aprobaba el pago y empujaba el torno. Ella estaba de espaldas en el hueco de la escalera. Miraba un mosaico romano. Me acerqué despacio. Me habló sin volverse.

– Soy mayor de edad señor Piñeiro. Si no me comunico con mis padres es por su bien, creamé. Dígaselo. Lo entenderán aunque no les guste y les ahorrará gastos.
Brit tenía un ligero acento nórdico que no tenían sus padres.
– ¿Te avisaron de la ecoaldea?
– No. Me avisó usted. No es común tanto interés en los bibliobuses de Lorca, además tardaron tanto en encontrar la info que me dió tiempo a adaptar una app, colgarla, contratar online un chico que andaba haciendo trámites para que le pasara el enlace, venir, dejarle recado con el conductor, pasar calor y darle una vuelta al museo.
Sonreímos los dos.
– Desde luego sabes apañártelas. Podrías llamarles, contarles que estás bien.
– Uh! vamos… No se conformarán con eso.
– Pues cuéntamelo a mi y yo les presento un informe.
– Le volverán a mandar, o contratarán a otro. Será exactamente igual. Mis padres si son algo es tenaces, creamé. Salí como salí por algo. Ni siquiera ganaré muchos días de paz.
– ¿Y entonces?
– Entonces, desaparecerás conmigo -dijo mirándome por primera vez de frente y cambiando de repente al tuteo.

Un mensaje entró en el móvil. Del banco. Una notificación de ingreso: 5€. Miré a Brit.

– ¿Es una broma?

Un par de segundos después entró otra: 8€. Y luego otra. Y otra y otra y otra…

– No, no es ninguna broma. El sábado abriste una página recogiendo información y donaciones para encontrar a chicas desaparecidas. Fue la que encontraron mis padres el domingo. Les encantó. Por eso te llamaron. La única noticia es que las microdonaciones anónimas te están funcionando. No es común. Pero es absolutamente legal, te lo aseguro.
– Sabes que yo no abrí ninguna página.
– Yo cambiaría la configuración del banco y pondría una nueva cuenta de email o tu móvil va a estar sonando todo el día.
– ¿Es tu forma de hacer una oferta comercial?
– La mía no, la de Marimanta sí.

«Cómo perdimos el mundo ~ 15» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 4 de Agosto de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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