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Cómo perdimos el mundo ~ 20

Donde Circia toma café con González y confirma lo que Bjorn les había contado

El salón del albergue estaba vacío. Cuando llegó Cautes con un termo de litro de café, Circia le hizo un gesto para que evitara que entrara nadie más.

– Ya lo sirvo yo, gracias Cautes

Cautes asintió y marchó. A Circia definitivamente no le gustaba González. No por los ojos saltones, no porque fuera guardia… No le gustaba porque miraba y colocaba su cuerpo frente al interlocutor de una forma insolente y desvalida al mismo tiempo, como si guardara siempre una sorpresa desagradable para quien interactuara con él, como si no pudiera ser más que víctima o abusador, como si la violencia fuera su única forma de relación con el mundo y ofreciera solo dos vías de llegar a él: sufrir o hacer sufrir. «Qué cromitos junta el estado», pensó Circia mientras servía dos mugs.

La conversación no arrancaba y el tipo empezaba a sentirse nervioso. Circia sacó su ecig para ganar tiempo. Pegó una calada lenta y quedó mirando el vapor. González no pudo más.

– Me parece incomprensible el gusto por vapear, es estúpido que un sustitutivo nacido para burlar las leyes antitabaco se haya convertido en un fenómeno de consumo masivo, aunque eso está acabándose con las nuevas leyes antivaping también, así aprenderán a que las leyes no se hacen para ser burladas.
– No creo que la clave de su éxito esté en recordar a los cigarrillos de combustión, sino en todo a lo que sirve de vector y la forma en qué lo hace. Un compañero nuestro, hace muchos años, dijo que el ecig era un pedazo de futuro constreñido por una mala metáfora.
– El futuro no puede constreñirse con una metáfora. Y, dado que por definición no se conoce, tampoco puede trocearse. Esa frase no tiene significado, está vacía. Como todos sus eslóganes.

«Mater! Fanático, sadomasoquista y medio asperger, incapaz de entender el habla figurada corriente… la que nos ha caído» pensó Circia dudando entre contenerle y darle cuerda. Había que andar con cuidado. En solo dos frases se había mostrado sin pudor: lo que no entendía lo descalificaba, como el éxito del ecig, o peor aun, deseaba y celebraba su represión. González era una mezcla explosiva de falta de imaginación y facilidad para sentirse frustrado. Decidió arriesgar.

– ¿Qué ha hecho ese chico que busca?
– No se lo puedo decir
– Entienda que si es peligroso, físicamente peligroso, me preocupe de un modo diferente a si es un contrabandista.
– Un delito es un delito, debería preocuparles en cualquier caso que sus hijos anden por ahí con delincuentes.
– Como sabe, aquí tenemos cierta autonomía, lo que más allá de la frontera es delito aquí no tiene por qué serlo necesariamente…
– No es contrabando.
– Vaya… -puso cara de preocupación- ¿son delitos violentos?
– Según que definición tenga de violencia. En realidad todo delito implica violencia. Violentar el orden legal puede ser más dañino que golpear a alguien en una reyerta al salir de un bar.
– También puede leerlo al revés, todo orden legal implica la imposición violenta de unas normas, así que puede que la violencia esté en la norma… o en la forma de mantenerla en vigor.
– Juan de Mariana era un cretino, como todos los erasmistas, hasta Hobbes no hay un pensamiento coherente que merezca la pena ¿o me va a venir ahora con planteamientos abertzales? Sabrá que eso podría ser delito también, está pisando hielo muy fino, Circia.

Confirmado. El anglicismo artificioso, el tono resabidillo, la amenaza de represión… González no era kaz, solo un frustrado más de una generación de becarios de la UE que habían ido a universidades británicas solo para descubrir que los que se colocaban en la academia al volver eran sus compañeros de clase chinos, nigerianos y vietnamitas, no ellos. Para ellos quedaban oposiciones de rango medio y puestos de libre designación sin proyección. Nunca lo aceptaban. El déficit de reconocimiento, la sensación de que la superioridad intelectual era inútil socialmente, les acababa dejando un agujero en el alma. Era gente oscura.

– Usted no es kaz, González.
– Soy un funcionario, respondo a mi función.
– No le gusta perseguir a ese chico, lo sé -era mentira, pero sabía que la adulación funcionaría, cuando el ansia de reconocimiento es insaciable, cualquier reconocimiento, por poco deseado que sea, hace de bálsamo.
– Usted no sabe nada -dijo sonriendo.
– Se que es un funcionario preparado para desempeñar tareas de más responsabilidad que perseguir adolescentes disidentes.
– ¿Me lo dice usted? Todo este chiringuito sectario que tienen aquí montado es solo una gran forma de perder el tiempo, si el estado lo permite es simplemente porque son irrelevantes. ¿No le molesta eso? -dijo elevando el tono, en tensión, los ojos se le iban a salir.

Circia lo estaba llevando donde quería. Solo había que mantenerle hablando.

– Es relevante para nosotros, González, con eso nos basta.
– Es «delusional»!
– Es bien real, González. Lo que no existe son los protagonistas del cuento estatal: la nación, el género, la juventud, Europa… no son seres animados, no son ni siquiera una asamblea que pueda hacerse cargo de nada. Son solo seres imaginarios, fantasmas. Eso si que es ilusorio.
– Ya, lo que son ustedes es una vuelta al pasado, a la horda, a la tribu. Si no fuera por tecnologías que no han creado, que importan, no podrían sobrevivir ni un día.
– ¿Y? Vendemos lo que producimos y compramos lo que necesitamos, creamos algunas tecnologías y compramos otras, como cualquier otro en el mercado. No entiendo por qué le da tanta rabia. ¿Qué más le da lo que hagamos nosotros?
– Porque es una gran mentira, van de alternativos y tienen de clientes a grandes distribuidores alemanes y franceses, van de gran cosa y si un centenar de ustedes consigue vivir decentemente es solo porque ese estado del que repugnan les concede la gracia de no aplastarles.

Circia entendía que González estaba, en realidad, contando algo de si mismo. Pero hablaba muy rápido y se le escapaba. No le daba tiempo a descifrar su frustración dentro de los tópicos que tiraba, uno tras otro, sobre la mesa. Le daba igual. Con eso bastaba, en realidad era él el que sentía un deseo de contar, de mostrar que sabía más, de ser «importante». Fue a por ello.

– Bueno. Somos irrelevantes para su estado González, cuatro gatos, dependientes tecnológicamente y en general unos fantasmas y unos desagradecidos, perfecto, reflexionaremos sobre ello, le doy mi palabra. Pero hay algo importante que no entiendo ¿por qué le preocupa que venga aquí un chaval de los muchos contrarios al kaz que andan por ahí? Según usted no habría un sitio mejor donde meterle, aquí, en este agujero retrógrado y tribalista sería inofensivo.
– No! Porque ustedes no usan la red española, algún imbécil kaz en el ministerio, uno de esos blanditos de mierda, les permitió seguir conectándose a la red inglesa y ahora ustedes son una brecha para la seguridad nacional.

Circia rió por dentro, no se sabía si estaba más ofendido porque no se dejaran infiltrar fácilmente o porque salieran a la red a través de cables de su adorada Inglaterra.

– Ah! No se preocupe por eso. Le doy mi palabra de que ese muchacho no ha tenido acceso a nuestra red. Y aquí no está, de eso estoy segura.

Se miraron a los ojos. Circia intentó poner su mejor cara sedante.

– Está bien, me voy -dijo González levantándose.
– Gracias por su colaboración -dijo Circia a modo de despedida, sabiendo que González lo interpretaría literalmente.

«Cómo perdimos el mundo ~ 20» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 7 de agosto de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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