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Cómo perdimos el mundo ~ 21

Donde Brit y Piñeiro tienen que ingeniárselas para entrar en la zona libre de los yeclanos.

XI

La línea de costa desde Valencia hasta Denia es entera una ciudad lineal de menos de un kilómetro de ancho. También conectaría con Jábea sino fuera porque no hay forma de convertir en playa la cara Norte del Cabo San Antonio. Justo ahí, en lo alto, entre la barranca de la Foradada y la de la Raposa, sobre un macizo granítico cubierto de pinos y veteado de cuevas, está la zona libre más famosa de la península. Es una de las más pequeñas, pero también la más visitada: un parque temático infantil dedicado a las exploraciones científicas y los vaivenes políticos del siglo XVIII.

Los padres de buenas familias kaz dejan allí a sus hijos esperando que les den un contrapunto, un diferencial sobre la monótona y ultraigualitarista educación formal que complemente la agenda familiar y les asegure un futuro influyente. Es una especie de utopía infantil. En un paisaje de casitas campesinas coronado por un pequeño chateau a lo Mansard, los chicos aprenden a navegar, a guiarse por las estrellas, a cifrar códigos, a tirar con arco, hacer espeleología y hasta tienen una batalla naval de fin de curso con sables y cañones de luz en la que cada año rememoran alguna batalla de la época.

Bueno, esa es la parte que se cuenta en los folletos. Porque también se podría relatar que aprenden a espiar, a formar partidos, a organizar una campaña, a darle la vuelta a las órdenes del rey -el director del parque- y a liderar un asalto armado. Los chavales cuentan que se lo pasaban mejor que bien. Los «yeclanos» -así les llaman porque parte del grupo original viene del Norte de Murcia- piensan que así ponen la semilla de una futura revolución. Los más listos de entre los kaz piensan que forman una nueva generación de líderes para el movimiento. Probablemente todos lleven razón.

– ¡Qué oportuno!- dijo Brit.
– ¿Marimanta? -pregunté mientras seguía conduciendo.
– Sí, acaban de llegar los materiales. Ahora solo tenemos que entregarlos y ya está.

Conforme nos acercábamos, algo me llamó la atención. Opté por no salir donde me sugería el ordenador.

– ¿Viste algo? -me preguntó Brit que llevaba un rato callada.
– Puedes decir que fue un presentimiento, o que mi cerebro no acabó de procesar algo que captó mi visión periférica. O que me dio miedo. Da igual.

Entramos en Jábea. Serpenteamos por las avenidas hasta el paseo marítimo. Al final del paseo marítimo, en el carril contrario, un grupo de Guardias Civiles preparaba lo que parecía iba a ser un control.

– Ahí lo tienes

Tras una larga curva, giramos a la derecha entrando en un barrio residencial.

– ¿Sabes adónde vamos?
– Sí, no te preocupes, vamos donde no nos van a buscar.

Tras cruzar un pinar apareció algo que en su día debió de haber sido una ermita y que ahora era el «conjunto parroquial» de barrio más feo que alguien pudiera imaginar: el «Santuario de Nuestra Señora de los Angeles», un mix de neoracionalismo, arquitectura eclesial franquista y ladrillo rojo con muros de piedra al estilo de un chalet de la clase media madrileña. Ah! Y las paredes pintadas en yema desvaído. Un horror. Había algunos grupos de chicos, seguramente scouts-kaz, haciendo un corrillo en la plaza. Aparqué. Me puse en las gafas de sol un microproyector para datos. Le tiré otro a Brit.

– Ya llevo, gracias. Lo que no me convence nada son las intenciones que te veo.
– Pues creo que aciertas.
– ¿De verdad me vas a hacer triscar como una cabra?

Me hizo mucha gracia que usara el verbo «triscar» y pensaba comentar algo, cuando a cincuenta metros, por el camino que llevaba al cruce aparecieron un par de todoterrenos de la Guardia Civil.

– No se si será por nosotros, pero se lo están tomando en serio -dijo.
– ¿Quieres echar un ojo a los documentos antes de que los subamos?
– No, prefiero aprovechar lo que queda de sol para subir. Bajar por los riscos no va ser fácil.

Seguimos al frente por lo que según la cartografía de las gafas tenía el poco prometedor nombre de «Camí del quartel», al final del cual comenzaba un pinar en subida abrupta. Desconectamos entonces las gafas y los móviles. Si se habían tomado tantas molestias enviando coches y agentes, también estarían controlando los móviles.

Veinte minutos después estábamos ya agotados. El terreno no solo era empinado, también era poco firme y patinaba al subir.

– En las gafas era mucho más fácil.
– En las gafas parece siempre mucho más fácil…
– …y no salen los tábanos, me están breando…
– ¿Queda mucho?
– Temo que nos hayamos pasado, que no sería lo peor… agregó Piñeiro en un jadeo.
– ¿Y lo peor sería?
– Escorar a la izquierda y darnos de bruces con la frontera atestada de guardias.

Brit apoyó las manos sobre las rodillas para tomar aire. De repente una voz nos dejó helados.

– ¡¡Alto viajeros del tiempo!! ¡¡Este no es vuestro lugar!!

Venía de un mocoso vestido de almirante de Carlos III con un sable de luz en la mano. Reimos hasta toser. Tras él salió de entre los árboles un chico joven, un poco rellenito, vestido también de época.

– Creo que os habéis perdido y creo que os estábamos esperando.

«Cómo perdimos el mundo ~ 21» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 7 de Agosto de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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