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Cómo perdimos el mundo ~ 22

Brit y Piñeiro entregan la clave de los archivos a los yeclanos…

Sin darnos cuenta, mientras subíamos por las calles adoquinadas del pueblecito dieciochesco, nos habíamos convertido en gullivers entre los liliputienses. Pasaban niños andando o en ponies en todas las direcciones. Unos estaban vestidos de cortesanos o gentilhombres, otros de artesanos o comerciantes, ninguno parecía vernos camino del pequeño palacio que coronaba la cima. A la entrada del castillo apareció otra explanada con un embarcadero de madera… sobre el vacío.

– ¿Puedo acercarme? pregunté
– Sí, si, claro.
– Vaya… es impresionante -comenté a nuestro guía, mientras me asomaba a una especie de balcón rústico hecho de madera blanquecina.
– Hay cinco plataformas de madera, todas se suben y bajan mediante un sistema de poleas hasta las atarazanas, el aula del mar o directamente, al puerto propiamente dicho.

Abajo del todo, al nivel del mar, podía ver un largo embarcadero de madera protegido por una pequeña bocana natural de roca.

– ¿Y cuándo hay mar?
– Elevamos los barcos y los metemos en las atarazanas. Pero mejor luego vamos por dentro, entenderéis la estructura mejor.

Cuando entramos en el hall del chateau, con todos aquellos tapices por las paredes, no sabía si estaba en la Granja, en Versalles o en el Palacio Real de Madrid. El ambiente estaba captado. Una gran escalera de marmol -o de una imitación que claramente daba el pego- subía hasta la siguiente planta. A su sombra, una escalera más discreta horadaba la roca.

– Abajo están las atarazas, los almacenes, las cocinas y algunos comedores. Todo aprovechando grutas naturales. En algunas, las hemos protegido con vidrios blindados para poder pasar por encima y verlas sin estropearlas.
– Me encantará verlo -dijo Brit, regañándome con la mirada por darle cuerda al chico- pero creo que tenemos algo de apuro.
– Claro, dijo él. Vamos arriba.

Subimos a la primera planta por la escalinata. Pasamos aulas y aulas donde los chicos operaban astrolabios, jugaban con esferas armillares y desplegaban mapas gigantescos en el suelo. A Brit, dijera lo que dijera, se le iban los ojos.

– En esa clase tienen ahora una teatralización de «El Cartógrafo» de Van Meer.
– ¿Teatralización?
– Es la base de la metodología con los que ya están en su recta final aquí. Tienen que componer una historia alrededor de un cuadro, siguiendo una serie de reglas que incorporan el azar, y luego interactuar entre ellos, que hacen distintos papeles, como si fuera un juego de rol, para desarrollarla. Los consultores luego las integran entre sí para que unos grupos y otros interactúen como en un juego masivo… pero en vivo.
– ¿Cosas como las batallas navales o los viajes en barco? -preguntó Brit
– Exacto.

En el piso de arriba, tras unas vistas espectaculares sobre el mar, había pequeñas aulas de cristal donde los monitores parecían explicar cosas a chicos mayores.

– ¿Hasta qué edad vienen chicos aquí?- pregunté mientras seguíamos andando
– Hasta los quince, dieciséis, a veces hasta los diecisiete. Estos son los mayores. Trabajan con nosotros en el diseño del relato general de cada año, pero para eso hacen talleres de Historia y Literatura.
– ¿Ah sí?
– Son seminarios cortos, basados en selecciones de textos muy cuidadosas sobre el Barroco y la Ilustración, ven de todo desde Swift hasta Foucault… además tienen una buena videoteca y una biblioteca increíble de novelas de y sobre la época también.
– ¿Y no os pone problemas el gobierno?
– En nuestro estatuto tenemos la gestión de la propiedad intelectual… por nuestro interés educativo.
– Ya. Bien jugado.

Subimos hasta la última planta. Nos hicieron pasar a un saloncito decorado hasta el mínimo detalle al estilo versallesco. Por una puerta lateral entró un grupo de adolescentes vistiendo al estilo ilustrado y rodeando a un monitor que recordaba lejanamente a Benjamin Franklin.

– En todas las épocas la gente esperó en las antesalas del poder, intentó colarse en la intimidad de los reyes y los aduló hasta la deificación para obtener rentas. Eso no es lo distintivo de las cortes borbónicas… -apuntó.
– Lo distintivo de Luis XVI y sus descendientes españoles y napolitanos es que integran eso en un ceremonial coherente con una teoría del estado en la que los súbditos son pensados como una extensión del cuerpo real.
– Sigue por ahí, discutamos sobre la metáfora del cuerpo político del rey…

Pasaron sin vernos frente a nosotros y salieron por otra puerta. Cuando les seguía con la vista se abrió otra puerta a mi espalda.

– ¿Brit?

Nos dimos la vuelta. Treinta años, morena de pelo rizado y gesto de determinación. Guapa. Muy. Llevaba botas de montaña, vaqueros, una camiseta negra con una figura vestida con una piel de lobo. Tenía un texto: «mi Dios tiene una maza… y una jarra». Por fin, alguien vestido con el siglo… y un poco de humor. Ironizaba a partir una leyenda popular danesa de los tiempos de la segunda guerra de Iraq. En aquel entonces todo un símbolo para los neopaganistas. El dios original era el guerrero Thor. El de la camiseta Succulus, un dios galo de la cerveza.

Extendía la mano hacia Brit, que se presentó y me presentó en dos palabras.

– Laura. Pasad al gabinete.
– ¿Laura? No sabía que aquí usabais nombres en indianus.
– Creo que mi nombre es más antiguo que eso -dijo sonriendo. Mi tía se llamaba así. Lo heredé de ella. Pero sí, tiene el mismo origen que en indianus, el laurel, el símbolo de los triunfos.

El gabinete de Laura era realmente impresionante. No tenía pared exterior, solo un gran cristal perfectamente transparente. Realmente daba la impresión de estar frente al horizonte. En contraste, las demás paredes, cubiertas de grandes librerías de madera noble y el suelo, con alfombras persas, generaban sensación de recogimiento y calor. A un lado, de espaldas al ventanal, un escritorio no muy grande, seguramente un mueble antiguo adaptado para tener por fondo una pantalla, flanqueado por una esfera armillar, tenía todo el aspecto de ser su rincón de trabajo. Nos llevó a una mesa mayor, con sillas barrocas acolchadas y nos invitó a sentarnos. Con un gesto, oscureció los cristales.

– Perdonadme que vaya al grano, os prometo que luego os ofreceremos todas las cortesías y explicaciones del mundo. ¿Tenéis el mensaje de claves?

Nos quedamos un poco sorprendidos.

– Tenemos un mensaje que pensábamos que eran los archivos de Marimanta… -dijo Brit
– Pon el móvil sobre la mesa.

Una pantalla flexible, del grosor de una filmina, se activó sobre la mesa abriendo un interfaz nuevo al teléfono.

– Nunca los había visto tan finos -comenté mientras Brit abría el email
– Este era el mensaje, te lo reenvío?
– No, mejor no

Laura cogió la pantalla y copió el texto del mensaje.

– ¿No abres el adjunto? -le preguntó a Laura
– No, es solo para despistar, no tiene nada de valor

Entró en el reproductor de video, abrió una lista. Emergió una ventana con una pregunta absurda. Pulsó una opción. Y empezamos a escuchar una voz.

-Es Marimanta -me susurró Brit, como si una inteligencia artificial tuviera una única voz posible.

Presentaba los archivos, que se decodificarían a partir de otra lista y le sugería un plan de acción a Laura. El momento era muy excitante. Pero el plan no me convenció en absoluto.


Lee el resto de las entregas de «Cómo perdimos el mundo».
Sigue los lugares en el mapa interactivo de la historia que están haciendo Andrés y Raul.

«Cómo perdimos el mundo ~ 22» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 8 de Agosto de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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