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Cómo ver la tele me hizo volver a creer en el Arte

Hace un par de semanas viví un gran y desapercibido momento histórico de la televisión que me llevó a volver a creer en el Arte…

No tengo aparato de televisión y aunque instalé Zattoo, la verdad es que casi nunca me acuerdo de echar un ojo en busca de algo interesante. La tele es para mi como el zumo de tomate para muchos viajeros de bussiness class, algo que sólo consumo cuando estoy en ruta, cuando aparezco por la noche en la habitación del hotel antes de dormir.

La experiencia se suele resumir en un breve paseo por los canales abiertos, que acaba en constatación del triste destino de la tele con parada final en alguno de los grandes canales internacionales de noticias.

Pero el otro día fue distinto. Creo que estaba en Sevilla. Pude vivir un gran momento. Un momento que me acercó a Duchamp y Malevich y que me ha tenido reflexionando durante todos estos días porque creo que me ha llevado a volver a creer en el Arte. Pero pongamos un poco de contexto…

Hasta la difusión de la fotografía, qué era arte y qué no resultaba bastante evidente. La creación icónica era socialmente muy costosa. Sobre esto escribí bastante, hace ahora diez años:

Durante siglos, la producción y la creación de imágenes tuvo un coste social tal que limitó su uso al ritual político y religioso. De este modo la imagen misma se identificó con el poder y la gloria, hasta el punto de que los dioses monoteístas, como expresión de lo omnímodo de su poder, se diferenciaron de los dioses anteriores en exigir la prohibición de todo elemento iconográfico.

Sin embargo las imágenes pervivieron en el cristianismo (y en general en las religiones proselitistas) por su utilidad política y educativa, y en cierta forma como una herencia del substrato politeísta de los pueblos conversos, aunque no sin contradicciones, cismas y problemas (desde los iconoclastas a la Reforma).

Las nuevas formas de reproducción gráfica, del grabado a la imprenta y finalmente a la litografía, fueron convirtiendo la imagen
bidimensional en un cotizado bien de lujo, pero en último término normal, y despojándole de su carácter místico. Carácter que sin embargo encontró refugio en el concepto humanista del artista como creador, al fin como émulo o discípulo de la divinidad, de la cual de algún modo participaba a través de la inspiración. Aquí nació la idea moderna del arte sin precio. Como expresión o participación directa de la divinidad, no podía tenerlo.

La evolución técnica habría de dar un vuelco a la visión del arte y al modo de representación nacidos con el humanismo renacentista. Una máquina, que en el fondo no era más que un mecanismo de caja oscura como aquella en la que estaba basada el ideal de perspectiva/representación al uso, reproducía fiel e instantáneamente la realidad en dos dimensiones.

Abocado a un nuevo modo de representación, la gran pregunta del Arte será entonces qué es el Arte y las obras de la vanguardia su investigación práctica. El famoso urinario de Duchamp dará una respuesta que seguirá centrada en el autor. Como explicaría el propio Duchamp sobre el polémico mueble de baño:

Si el Sr. Mutt construyó o no con sus propias manos la Fuente no tiene ninguna importancia. Él la ELIGIÓ. Tomó un objeto de la vida diaria, lo reubicó de manera que se perdiera su sentido práctico, le dio un nuevo título y punto de vista y creó un nuevo significado para ese objeto.

Pero a esas alturas Malevich ya había presentado Blanco sobre blanco y con él dado la respuesta que se convertirá en canónica: si el Arte es generación de sentido, no reside tanto en el autor como en el observador, el cŕitico, que le atribuye significado.

Resumiendo a lo bruto, lo que aprendí de mis mejores profesores de Historia del Arte, desde Jesusa Vega en la UAM a los cambridgeanas tertulias del Madingley Hall fue que el Arte lo hacen los críticos… y que todos somos críticos. Por eso ya nadie habla de obras, sino de propuestas, porque al final del viaje el artista simplemente expone una propuesta a la que los demás, su contexto social, darán o no significado convirtiéndola o no en Arte.

Esto implicó también un cambio radical en la actitud de la élite intelectual hacia el llamado Arte de masas. Es difícil entender hoy la ruptura que supuso la famosa entrevista de Truffaut a Hitchcock. El cine americano, los carteles, el cómic, la publicidad, la música pop… todos los géneros y ámbitos creativos despreciados por una élite intelectual a la defensiva de las tecnologías masificadoras de la imagen, podían ser criticadas y por tanto dotadas de sentido y convertirse, en ese momento en Arte, así con mayúsculas.

Eso era lo que hacían por ejemplo Antonio Gasset y su añorado Días de Cine. O a su propia manera las revistas más o menos pretenciosas de música pop. Y de ahí nacieron por cierto también todas esas imposturas y ese nuevo elitismo de lo cool que comentaba el otro día Arnau en el debate sobre el estado cultural de Barcelona.

Pue bien, cuando todo parecía ya explorado, cuando como cada año uno empieza a pertrecharse de ánimos y estoicismo a ver si consigue dar sentido a ARCO, entro en el hotel, enciendo la tele y descubro el último paso del siglo XX. El último avance del Arte.

El contenedor se llamaba, creo, Cuatrosfera. Sobre cortes y escenas de películas porno aparecía la figura de un crítico que con desapasionado y monocorde tono gassetiano aportaba sentido y regalaba significados como un campeón a las últimas novedades del cine X. Glorioso: presentaba la clásica escena de neumática tatuada en felación de armario con coleta y traje de baratillo como “una instrospección en el mundo de los ejecutivos de grandes compañías“.

Atónito por unos segundos, empecé a reir de puro contento. ¿Quién dijo que el Arte no podía ya avanzar ni sorprendernos? Hay, ahí fuera, un mundo infinito con el que jugar, ironizar y al que aportar significados, y si un canal en abierto, un viernes de madrugada es capaz de hacerlo con una peli pornocaspa… ¿no podemos hacerlo todos con nuestra propia vida?

Todavía no había acabado de decírmelo a mi mismo cuando me di cuenta: había vuelto a creer en el Arte.

«Cómo ver la tele me hizo volver a creer en el Arte» recibió 0 desde que se publicó el domingo 3 de febrero de 2008 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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