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Compromiso de silencio

El compromiso del silencio de los aprendices es una de las herencias gremiales que resultan más exóticas en nuestros días. Sin embargo es un verdadero tesoro que prepara tanto para la igualdad democrática como para el mercado.

La era del totalitarismo nació con la radio. Una era ruidosa en la que el estado se hacía omnipresente. En sus albores Goebbels teorizaba la conquista de los hogares, el octavo poder e impulsaba su extensión mediante la compra de una Volksempfänger para cada familia.

El mundo en el que hemos crecido era ese mundo. Un mundo donde el Telediario era la única voz en la sobremesa y donde había que -literalmente- alzar la voz sobre los medios para poder decir algo a los más cercanos, en el bar o el cuarto de estar.

El resultado de la sociedad de la televisión fue la de una cohesión deforme y uniformadora. Unas cuantas generaciones con déficit de atención permanente -pregunten en cualquier Universidad o instituto- para las que la comunicación era algo casi necesariamente fragmentario y compulsivo que se establecía siempre bajo la urgencia de la gran voz de fondo. Lo importante era emitir, el igual era casi inaudible, la conversación caótica, cuando no cacofónica, al superponerse todos hablando al mismo tiempo.

Sólo hay que ir a un bar o restaurante y fijarse en un grupo de amigos lo suficientemente grande para entender el modelo social de los grandes medios de broadcast: incapaces de establecer por si mismos un turno espontáneo, una conversación articulada entre todos, la pequeña comunidad fraternal se rompe en diálogos superpuestos, cada uno en tono más alto que el anterior. Escuchar a otro, aprender, compartir entre todos, se hace casi imposible. El gusto por estar juntos se convierte en una competencia por la palabra. La única forma de verse reflejado en los pares es gritar más que ellos, eludir sus deseos de contar a los demás y no dejarles hueco para poder emitir. La socialización de la era de la televisión es una siniestra profecía autocumplida: sin un poder exterior, sin un gran hermano que imponga orden, no hay coordinación ni transferencia de información posible en comunidad.

En un mundo así el corredor de fondo, el ciclista de montaña o el navegante solitario, parecen conocer el último refugio del silencio. No importa: refuerza con su soledad el mensaje. Al gran José Luis Ugarte le recuerdan como libre y disciplinado. La soledad se representa como la única manera de unir pensamiento, reflexión y acción. La única manera de trabajar a gusto. La alternativa a la destrucción de los lazos interpersonales se liga así a un culto a la soledad en naturaleza a lo Thoreaux tan pastoril como inpracticable. Mensaje: la sociedad es atomización, si quieres otra cosa vete de Robinson.

Y de repente, esa misma sociedad mira por un instante a los viejos cartujos y se siente fascinada. Paradoja: los ve desde una sala de cine, obligada a escuchar los sonidos del entorno sin palabras.

El silencio como herramienta de trabajo

A diferencia de los cartujos, el mundo gremial y artesano nos dejó un verdadero tesoro contra la atomización: nos enseña a escuchar sin necesidad de apartarnos. Es el silencio del taller, del mercader que escucha a su cliente en la la plaza pública. Todavía hoy los masones, herederos en parte de aquellas tradiciones, juzgan el silencio como la base para el empoderamiento de sus aprendices:

El Aprendiz Masón, tiene como deber y obligación principal, la de mantener silencio, su síntesis filosófica tiene una premisa fundamental; Saber Pensar, Saber Dudar, Saber Callar. (…) este silencio es la base de la sabiduría, y punto de partida para el autoconocimento por parte del individuo, esa reflexión interior, estado de absoluto control de los pensamientos para mantenerlos enfocados y concentrados en la observación para luego aprehender conocimientos o simplemente formar conciencia de lo observado, es la ejecución y puesta en practica del deber mas importante para un Aprendiz Masón

El compromiso de silencio del aprendiz es descubrir que le es más valioso el mundo y sobre todo las personas que su propia angustia por emitir. Le empodera, no le censura. Igual que un soldado en el campo de batalla se pregunta por este orden dónde está él mismo, dónde están los suyos y dónde están los otros, el silencio del aprendiz es la herramienta que le enseña a aprender de su trabajo, su comunidad y el mercado.

El silencio gremial es un saber escuchar:

  1. Saber escuchar a nuestra propia acción, al resultado de usar nuestras herramientas, para aprender de nuestro trabajo, mejorarlo, y nosotros mismos mejorar e innovar con él.
  2. Saber escuchar al maestro y al igual para poder vernos en él y permitirle verse en nosotros.
  3. Saber escuchar al desconocido en el mercado haciéndolo próximo, conocido, para saber qué necesita y poder identificarnos si no con él, al menos con su necesidad, dándole respuesta con nuestro trabajo, haciéndonos reinventar nuestros productos.

La magia del silencio se convierte entonces en la serenidad y confianza del maestro del Arte, que se sabe buen artesano por buen mercader, buen compañero por buen aprendiz, buen interlocutor por buen receptor de los demás.

«Compromiso de silencio» recibió 0 desde que se publicó el martes 18 de mayo de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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