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Comunidad y abundancia

Ganar espacios a la escasez, construir abundancia y por tanto ampliar continuamente las bases materiales del espacio personal de decisión es el objetivo de la actividad económica de una comunidad igualitaria que funciona.

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El gran aprendizaje del siglo XX en el mundo comunitario fue descubrir que la decisión colectiva es un «mal menor», una respuesta a la escasez que debe limitarse a las situaciones en las que ésta sea inevitable. No es necesario votar entre todos un uniforme si cada cual puede vestir como quiera. No es necesario «pactar un menú» si pueden cocinarse varios y satisfacer plenamente a cada uno.

Es decir, allí donde la decisión de uno no resta drásticamente posibilidades de elección a los demás, el ámbito de decisión debería ser personal, no colectivo. La elección colectiva, los métodos democráticos y las votaciones, son formas de gestionar situaciones donde, de forma más o menos explícita, hay un conflicto por el uso de los recursos. Son una «última opción» impuesta por la escasez. De lo que se trata es de evitar cuánto se pueda la homogeneización que conllevan.

Por eso en una comunidad comprometida con la abundancia, la riqueza producida se mide por la amplitud del ámbito personal de decisión. De nada sirve generar más bienes e ingresos si eso no repercute en el espacio de opciones de cada uno. De nada sirve defender la individualidad si no se generan recursos para hacerla posible sin conflicto.

Ganar espacios a la escasez, construir abundancia y por tanto ampliar continuamente las bases materiales del espacio personal de decisión es el objetivo de la actividad económica de una comunidad igualitaria que funciona. Queremos ser más eficientes y más productivos para ser más libres.

Los conflictos entre comunidad y negocio

primera comunidad kibutzUna de las formas en que ese compromiso se manifiesta económicamente es en la primacía de las necesidades de la comunidad y sus miembros sobre el negocio. Suena bonito y lo es. También es difícil, pero no por lo que normalmente se imagina. En una comunidad igualitaria nadie dudará en sacrificar oportunidades o ahorros para dar soporte a los miembros, sus familias y su entorno. Los problemas no vienen por ahí. La cuestión es que producir es absorbente. Y tendemos a olvidar que la cooperativa es una herramienta que sirve a la comunidad, no es el objetivo de la comunidad.

Todos conocemos gente que dedica al trabajo más horas de las que debiera sin necesidad. Muchas veces es una forma de refugio. Dejarse absorber por el trabajo es una forma más o menos inconsciente de no enfrentar sus inseguridades con la familia, el amor o los amigos. Algo parecido pasa a las comunidades como un todo. Cuando a una comunidad no «repara» en otras prioridades distintas de las del negocio, no es diferente de cada uno de nosotros cuando «sustituimos» tiempo de aquellas tareas vitales en las que nos sentimos más inseguros por horas de trabajo. Al hacerlo estamos eludiendo parte de nuestras responsabilidades con nosotros mismos.

Por eso la cooperativa, de forma «espontánea», tiende a ocupar la centralidad de las preocupaciones e imponer su lógica más allá de lo aconsejable en algo que no deja de ser instrumental. Esta es la causa de que casi todas las comunidades establecen principios para detectar lo más automáticamente posible casos en los que la decisión colectiva preferiría ser «antieconómica» y asumir, con distintos alcances, una racionalidad distinta a la del negocio en favor de sus miembros, familiares y entorno. Este principio actúa sobre los horarios, espacios y tiempos que se dedican a los niños, sobre los fondos que se dedican a formación sobre temas no vinculados a la producción e incluso sobre la elección de líneas de negocio.

Conclusiones

La fabrica de hallacasLa magia de una comunidad reside en su capacidad para hacernos sentir la abundancia a través de la superación personal y el disfrute de compartir. La forma más cotidiana es el aprendizaje: sentir que aprendemos nuevas cosas y que ese conocimiento nos hace más autónomos, más sabios. La más sutil es la convivencia, si una comunidad es funcional y su deliberación prospera, sus miembros brillarán cada vez más conforme venzan sus miedos y destaquen a través del aporte donde quiera que estén.

Pero la economía también aporta. El sentido de lo que hacemos no nace solo de que el conocimiento que incorpora quede a disposición de todo el mundo como software, planos u objetos culturales libres. Tampoco se limita a que la forma en que están hechos nuestros productos sea radicalmente distinta y que las relaciones humanas que los hacen posibles «porten un nuevo mundo». Tenemos que sentir que nuestro trabajo y nuestros aportes aseguran el bienestar de aquellos a los que queremos y mejoran la vida de nuestro entorno. Y eso no ocurrirá si no salimos al mercado.

«Comunidad y abundancia» recibió 5 desde que se publicó el Sábado 31 de Enero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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