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Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

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Conquistar el trabajo

El comunitarismo no tiene paraíso alguno que vender, no lanza admoniciones amenazando con un futuro catastrófico, no será la estrella de los medios ni el modelo de las escuelas de negocio. Pero «reconquistar el trabajo» para y con los propios, es un camino por el que seguramente deberían interesarse todos aquellos que, desde el agujero en el que la crisis ha confinado a tantas personas, se plantean un renacimiento, sin saber tal vez, que el suyo, con su comunidad y sus afectos, podría ser el renacimiento de un mundo entero.

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El incremento constante de las escalas productivas durante casi dos siglos y con ellas de la división del trabajo y del conocimiento, produjeron una erosión de la relación entre las personas y el trabajo concreto que desempeñaban. Para cada vez más personas era más difícil entender, más allá del impacto de su propio salario, qué significaba y aportaba a los suyos y a la sociedad. Fue eso a lo que se llamó «alienación». Escalas gigantescas, trabajos tan especializados y repetitivos que parecían nímios, homogeneización de las labores de cada uno y por tanto perfecta sustituibilidad de los trabajadores, hacían que el significado, la utilidad social e intelectual de la labor que cada uno hacía en la empresa se tornara ajena a su vida. El «trabajo» se convertía en no-vida opuesta al «tiempo libre», verdaderamente humano, reservado a la familia y los amigos, es decir a la comunidad.

Cabría pensar que este fenómeno amainaría con la reducción paulatina de las escalas óptimas de producción y la lenta emergencia -conforme las industrias se hacían más dependientes de la incorporación de conocimiento- del pluriespecialismo. Pero la verdad es que las nuevas generaciones están privadas incluso del trabajo alienado.

Durante el 15M se puso de moda llamar a los jóvenes que iban a trabajar a otros lugares del mundo «exiliados». Mientras, según las cifras oficiales, el 40% de los que se quedaron estaban en paro. Esos eran los verdaderos exiliados: estaban separados de la vida productiva, separados de la colaboración y del hacer social, separados de la relación con la Naturaleza.

La vida entera de aquellos que quisieron entrar en el mercado de trabajo al principio de la crisis, es una anomalía. Al convertirse en ajenos a la propia realidad que constituían, se hicieron espectadores incluso de si mismos; simbólicamente el lugar que en las manifestaciones tuvieron un día los móviles, lo empezaron a tener las cámaras de fotos. La separación del trabajo se evidenció pronto en la emergencia de discursos (anti)consumistas; el consumo -el único espacio en el que participan de una economía que le es ajena- se convirtió para muchos de ellos en la explicación de todo el sistema social y sus fallos; una de las formas de expresar esa alienación general fue la sustitución de la centralidad que tradicionalmente había tenido la reivindicación del acceso al trabajo por la reivindicación de una renta garantizada por el estado. La alienación respecto a la Naturaleza se materializó en el sorprendente crecimiento del «animalismo» -una identificación sensiblera y victimista con los animales, es decir, con lo ajeno a la sociedad humana- que reflejaba su propia excentricidad. Uniendo ambas alienaciones, vimos la redefinición de una dieta, el veganismo, como movimiento moral y político.

Y es que vivir al margen del espacio social creado por el trabajo es realmente marchar al exilio social, perder o no alcanzar la posición de miembro real de la comunidad. No estar entre los que convierten trabajo en riqueza, sino entre los que dependen de rentas.

Todo lo que ha definido a esta crisis llevaba a encerrar en una minoría de edad permanente a los que llegaron a la adultez con ella. Todo llevaba a su reclusión en el aislamiento propio del individuo-consumidor. Ese aislamiento es necesariamente frustrante. Es alienación que se siente como tal, como sinsentido. Pero la búsqueda de sentido al margen del Trabajo, es decir al margen de la comunidad, la sociedad y la Naturaleza, fácilmente puede llevar a buscar consuelo en comunidades ilusorias de las que puedan ser parte sin aportar aquello que nos hace parte de una comunidad real: aportar al bienestar de cada uno de los demás, producir. Es por eso que estos años han sido años de crecimiento del racismo y la xenofobia, del jihadismo y el sectarismo político y religioso.

Y precisamente por eso, el viejo eslógan comunitario de la «conquista del trabajo» es más actual que nunca. «Conquistar el trabajo», recuperarlo como centralidad de lo social desde lo comunitario, protagonizarlo, crearlo, es lo único que puede invertir la deriva hacia la nada del discurso consumista. Es lo único que puede regenerar sentido, permitir el autoconocimiento y la auto-realización, es decir, la realización por cada uno de sus propios valores. Por eso el trabajo tiene una inevitable dimensión moral y por eso conquistar el trabajo tiene para toda una generación y una gran masa de personas el valor de una regeneración, de un reempoderamiento personal verdadero que jamás podrán ofrecer ni la militancia política ni el conformismo.

Nunca la tecnología y el conocimiento permitieron producir bienestar con escalas tan pequeñas como hoy. Nunca fue tan accesible pasar al protagonismo de la producción, de la construcción de nuestro entorno, nunca las tecnologías disponibles incorporaron ni sirvieron para desarrollar tanto conocimiento como hoy, nunca los procesos productivos transparentaron tanto como hoy su relación con el entorno con tanta facilidad con alcances tan impresionantes. Y sin embargo, pocas veces antes el espíritu de época fue tan ajeno a las posibilidades del momento histórico. La causa, seguramente esté, una vez más en el impacto moral del desempleo. El desempleo es la expresión de la destrucción de capacidad productiva, es en términos económicos, el peor de los despilfarros, la más sangrante de las ineficiencias. Y en el ánimo del que lo sufre es una losa, un ácido que destruye la autoconfianza, la seguridad, la convicción en las potencialidades del propio hacer. El desempleo alimenta el miedo y el miedo paraliza y ciega.

Pero también es cierto que cada vez vemos más casos, más ejemplos concretos, asequibles, de pequeñas comunidades, de familias, de grupos de amigos que dan el salto y se ponen a aprender, crear, producir, aprender más… que «reconquistan el trabajo» saliendo directamente al mercado, no como asalariados y muchas veces ni siquiera como pequeños empresarios, sino como vendedores de sus propias creaciones, como propagadores de propuestas convertidas en objetos, diseños o líneas de código.

Hacer visible aquello que al miedo y la inseguridad se le antoja imposible es la primera forma en que se pueden empoderar todos los que se vieron exiliados del trabajo y su significado, lo que les animará a tomar responsabilidad con sus propias comunidades. El ejemplo, acompañado de la idea de que la emulación es posible, es más poderoso que cualquier forma de propaganda.

Por eso la estrategia comunitarista tiene cuatro patas: consolidar e impulsar nuevos «núcleos de ejemplo» -comunidades productivas que comparten todo y viven y testan el ideal comunitarista en todas sus dimensiones; difundir todas las experiencias de Economía Directa o producción p2p que sirvan realmente para crear autonomía comunitaria; fomentar el aprendizaje del conocimiento «promiscuo»; y apoyar a emprendedores de espíritu cooperativo dispuestos a comprometerse con sus propias comunidades al punto de plantearse aprender y compartir con ellas para comenzar a producir y generar bienestar.

Seguramente no sea nunca el más masivo de los movimientos. Tampoco pretende imponerse desde mayoría alguna ni evitar que otros puedan construir como les plazca, aunque sin privilegios ni abusos, su vida y sus negocios. No ofrece un «sueño» de enriquecimiento, poder ni extravagancias. Ni siquiera promete rentas, por el contrario, las detesta. Solo propone un camino de trabajo, aprendizaje y reinvención permanente; ganar un lugar -siempre incómodo, siempre frágil, pero también igualitario- a través del mercado. No ofrece relatos de triunfo donde tras un gran éxito el héroe individual pasa a «tenerlo todo», sino un modelo donde a base de muchos pequeños éxitos la comunidad entera alcanza una una «buena vida» compartiéndolo todo, aprendiendo siempre y sintiéndose tan libre como su aporte a la abundancia general le permita.

El comunitarismo no tiene paraíso alguno que vender, no lanza admoniciones ni amenaza a los escépticos con un futuro catastrófico, no llegará a ser la estrella de las televisiones ni el caso favorito de las escuelas de negocio. Pero «reconquistar el trabajo» para y con los propios, es un camino por el que seguramente deberían interesarse todos aquellos que, desde el agujero en el que la crisis ha confinado a tantas personas, se plantean un renacimiento, sin saber tal vez, que el suyo, con su comunidad y sus afectos, sería de seguro el renacimiento de un mundo entero.

(Feliz solsticio)

«Conquistar el trabajo» recibió 1 desde que se publicó el jueves 24 de diciembre de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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