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Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

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Conquistar un sentido para nuestra propia existencia

No hay «autoayuda» posible, no hay dioses ni salvadores, solo están el trabajo, la comunidad y el conocimiento en el centro de nuestra auto-reapropiación, de la capacidad para dotarnos de una existencia y un significado.

El futuro aquí y ahora: Keynes, Marx, Dewey, Foucault, Dreikurs, Zamenhof, etc.

bernor kalter

No existen dioses. Existen, claro está, metáforas, alegorías inconmovibles que sirven de guía moral a cada cual, porque le permiten imaginar un papel al que aspirar en el Universo o en la sociedad, sea «creyente» o no. Podemos «creer» en la amistad o en el Quijote, en la actualidad moral de las leyendas populares cantábricas o en el mensaje que un día feliz conseguimos entender en el Weowolf o en el «Señor de los Anillos». Pero no nos perdamos: no hay seres sobrenaturales que cuiden de nosotros y nos regalen el descubrimiento de un sentido intrínseco en nuestras vidas a través de revelaciones. No somos nada «por defecto», no estamos destinados ni se nos llama a nada por haber nacido, ningún ser fantástico y poderoso vela por nosotros y nos desea lo mejor. A nadie, salvo a los que nos conocen, le importa si nos sentimos espiritualmente plenos o si en la vida no somos capaces de ver más allá del absurdo de haber nacido en un planeta pequeñajo, lleno de humedades y mugre, que ni siquiera queda cerca del centro.

A nadie le importa q hayas nacido en un planeta pequeñajo y lleno de humedades q ni siquiera queda cerca del centro

mapa copernicanoNo hay trascendencia en el «ser». Ni en el ser individual ni en las esencias de ninguno de los seres colectivos -secularizaciones de la divinidad como la patria, la clase o el género- que podamos imaginar. El ser está vacío. La vida, para tener sentido, para llenarnos, ha de ser habitada, vivida, sentida. Es el hacer y solo nuestro propio hacer, la experiencia humana, tanto genérica como propia, personal, lo que nos da forma. Y de ella extraemos dirección, significado, sentido. Nosotros, ahora y en cada momento, no Dios, ni la Patria, ni la Clase. Cada uno de nosotros enfrentado a convertir su tiempo vital, la vida que tuvo y la que le queda, en algo significativo.

Ni dios, ni la patria, ni la clase, ni el género pueden dar sentido a tu vida, solo tú puedes hacerlo

Es cierto que las religiones -o más recientemente, el nacionalismo- lo ponen más fácil: te dan un guión, un «procedure» supuestamente revelado por una divinidad. Hay quien lo necesita para arrancar. A partir de ahí ese hacer convierte la vida en algo parecido a lo que las rueditas supletorias convierten la experiencia de montar en bici. Es más seguro, en cierta medida es más fácil. Pero en realidad pierdes control, no puedes ceñir tanto en las curvas, no puedes arriesgarte a pasar por lugares estrechos, tienes que tener cuidado con las aceras y desde luego no puedes dejar tirada tu bici sin dañarla. En una palabra, no es montar en bici de verdad. Y todo niño lo sabe. E igual que en cierto momento de nuestra infancia no podemos obviar eso que sabemos y tenemos que quitar las rueditas aunque nos de pereza, a partir de cierto desarrollo del conocimiento, la Filosofía empezó a descreer de las revelaciones divinas e invitó a los humanos a soltar aquellas viejas e innecesarias muletas.

Religión y nacionalismo te ofrecen rueditas para montar en bici. Es más fácil y seguro pero no es montar de verdad

santiago de cuba nacionalismo patriaLa última mitad del siglo XIX y casi todo el siglo XX vieron a muchas innovaciones producir resultados paradójicos. La heroína comenzó a comercializarse como sustitutivo de la morfina pensando que se trataba de una alternativa prácticamente inocua y no adictiva. Algo no muy diferente pasó una y otra vez tras la Revolución francesa y especialmente a partir de la «primavera de los pueblos» de 1848, con las alternativas seculares a las ansias de cambio y purificación que hasta entonces habían canalizado fundamentalmente las grandes religiones y sus herejías. El nacionalismo primero y las versiones nacionalistas del socialismo después, invocaron nuevos seres imaginados (la nación, el pueblo, el Partido con mayúsculas y determinantes) movilizando fabulosas energías sociales. La vida eterna ofrecida por los religiosos se transformó entonces en la patria liberada de opresores, de razas inferiores o de contrarrevolucionarios. La voluntad divina en un pomposo «destino de las naciones» o, si le preguntábamos a la Academia de Ciencias de la URSS, en las leyes inmutables de un desarrollo histórico imparable que, ayuda militar mediante, acababa con una burocracia amiga en el poder. Las grandes ideologías de la nueva forma de trascendencia dejaron millones de cadáveres tras de sí y la enormidad de un genocidio industrialmente planificado por uno de los grandes estados «ilustrados» europeos.

karl-popperAsí que el siglo XX fue también el siglo en el que la Filosofía se enfrentó a las nuevas formas del esencialismo: el antihistoricismo de Popper, el pragmatismo de Dewey, la Psicología individual de Adler, el existencialismo de la posguerra… apuntalaron una visión de la experiencia humana donde la importancia del «ser» desde el que afrontamos la vida era sustituido por la «existencia», el resultado de lo que hacemos con ella. La idea venía de antiguo, estaba ya en los materialistas de la Antiguedad e incluso, aunque les molestara a unos y a otros, en el mismo Marx, pero nunca había tomado tal protagonismo.

Todos ellos, pero también otros anti-esencialistas anteriores y posteriores, como Foucault -y en menor medida Harendt y Sennet– prestaron de distintas maneras una atención especial a la idea de comunidad real que la Sociología había puesto sobre la mesa en contraste con la idea de «sociedad». Si no había esencias sino necesidad de generar un sentido para la vida, no se puede dejar de lado que ese sentido también tiene dimensiones comunitarias y sociales, y que a veces comunidad y sociedad son contradictorias entre sí.

Estos conflictos son ejemplares en una sociedad donde hay millones de personas exiliadas del trabajo que no tienen posibilidad de ser parte de sus comunidades más inmmediatas desde el aporte material. Es un paso más allá de la alienación, es auto-odio, lo que Gordon llamaba «asimilación» es decir, la «destrucción de su propia visión del mundo y la construcción de una visión que le es opuesta».

Estar separado a la fuerza del trabajo es un paso más allá de la alienación, es asimilación, autodestrucción

jalutzimEsta oposición entre sí y el mundo es el resultado de una situación -el exilio del trabajo- que escinde sus vidas, su práctica cotidiana, del conjunto social. Para ellos la Naturaleza se representa como algo distinto y opuesto a lo humano; la tecnología como algo externo a la vez a la Naturaleza que conoce y transforma y a la comunidad a la que sirve. En realidad Naturaleza y especie, comunidad y entorno. son la misma cosa y entenderlo es una parte fundamental para poder dar, cada cual, sentido a su propia existencia. Pero en su práctica cotidiana la vida es algo separado del trabajo y por tanto del conocimiento transformador del entorno natural y social.

Para el exiliado del trabajo la Naturaleza se presenta como algo distinto y opuesto a lo humano

Esta alienación se manifiesta de forma patética en el auge, incluso electoral, del «animalismo». Incapaces de proyectarse a si mismos desde unas comunidades en las que sienten mascotas que comen en mesa ajena, se identifican con aquellos seres que entienden fuera de las fronteras de la sociedad, los «no pares» por definición: los animales, objetos no sujetos de la vida social a los que intentan dar una voz ausente. En Psicología eso se llama «proyección».

Pero esta alienación que es extrema en el animalismo toma una forma aun más peligrosa con las ideologías del «decrecimiento». La idea de base es que la especie humana es dañina y destructora de la Naturaleza, no una misma cosa, no un metabolismo común. El eslabón que une ambas -la transformación del conocimiento acumulado en tecnología, que mediante el trabajo, regenera materialmente la sociedad en cada ciclo y produce nuevo conocimiento- les es completamente ajeno en su experiencia vital. Así que defienden que lo mejor a lo que puede aspirar la especie humana en su relación con el medio es a cercenar su capacidad transformadora. En las versiones originales, más fundamentadas de las teorías del decrecimiento, la conclusión es obvia: el autogenocidio como deseo, el anhelo de la llegada de una catástrofe (energética, medioambiental, etc.) que reduzca la población mundial a una sexta parte como medio para llegar a un «impacto mínimo» en el entorno. Una nueva proyección, terrible cuando la crisis económica muestra cómo el mínimo decrecimiento puede afectar a una población, aun más terrible si pensamos que la inmensa mayoría de la población mundial aspira todavía a algo tan básico como el acceso al agua y a una dieta minimamente diversa.

Animalismo y deseo de catástrofe son expresiones del desvalimiento y la alienación que crea el exilio del trabajo

Mussolini en el balcón del Palazzo VeneziaEn su forma menos radical, la «asimilación» de los relatos de los exiliados del trabajo, es pura pasividad, delegación de sus capacidades en fuerzas externas más o menos mesiánicas de la política o la religión. La imposibilidad de dotarse de una existencia, de un hacer que literalmente alimente a su entorno, les lleva de vuelta a la sumisión a seres imaginados ajenos, «por encima» de su cotidianidad. Van a la búsqueda de una rebelión que les permita verse por un momento como pares de otros, como seres útiles y regeneradores de una sociedad en la que, a falta de puertas de entrada, ven como obvio tomar por asalto… desde la nada, desde la pura expresividad y la adhesión, porque los medios para transformar la sociedad son a las finales las herramientas con las que se transforma el entorno y están inseparablemente ligadas a su uso: el trabajo. ¿Cómo no van a ser estatalistas? El estado es la institución última, el gran ingenio mecánico que, nutriéndose del trabajo de toda una sociedad, se siente legitimado para darle forma. Además, a diferencia de sus comunidades -en las que no aportan y por tanto no pueden ser pares- el estado les hace iguales mediante el voto. Pasión por el voto -en una versión deformada por la impotencia de la democracia participativa– y estatismo como remedio universal para todo; esta es la fórmula política del exilio. La expresión de un camino cerrado que no puede dar salida, para empezar, a la propia desazón, a la propia pasividad. No será el estado quien les incorpore al trabajo y sus significados.

año nuevo kibutzLa única alternativa de auto-reapropiación, la única capaz de devolver a cada individuo y a cada comunidad el protagonismo sobre su propia vida es el trabajo, la conquista del trabajo, que es conocimiento puesto a transformar la realidad física y social. El trabajo es reencuentro y reapropiación de la tecnología y sus significados sociales, es lo único que puede colocarnos en una nueva relación con la Naturaleza al tiempo que sirve a cada uno de base para encontrar por si mismo sus propios significados en el hacer. Restaurar la unión con la Naturaleza no es establecer el culto a la Naturaleza, sino el disfrute del trabajo y la pasión por el conocimiento y sus herramientas, esas a las que llamamos «tecnologías».

Restaurar la unión con la Naturaleza = recuperar el trabajo y la pasión por el conocimiento y sus herramientas

La especie humana es una con la Naturaleza, no podría existir sin transformarla continuamente para producir. A la actividad de transformar le llamamos trabajo, al resultado producción. Lo maravilloso es que esa transformación no es unívoca, al transformar la Naturaleza los humanos aprenden, la producción no es solo producción de objetos, de alimentos, es también producción de conocimiento. En primer lugar sobre la propia Naturaleza, pero también sobre si mismos. Transformar transforma. Transforma la organización social a través de los cambios que impulsan las nuevas tecnologías que en cada época convierten en nuevos instrumentos las ganancias de conocimiento. Pero también transforman a cada individuo, lo unen con su comunidad en la elaboración de su superviviencia, pero también con su especie como un todo y con la Naturaleza de la que forma parte. Y esa unión en la transformación es tanto más humana cuanto más conocimiento aplique, cuanto más se fundamente en el aprendizaje acumulado por la especie como un todo, eso que llamamos Ciencia, Filosofía, Humanidades, etc.

Así que, no nos engañemos, aunque la alienación lo haga sonar extraño, hay más comunión y más profunda entre individuo, comunidad, especie y Naturaleza cuando desentrañamos un problema de programación o descubrimos una fórmula farmaceútica que cuando cosechamos una berenjena ecológica.

Hay más comunión entre individuo, comunidad, especie y Naturaleza cuando programamos que cuando cosechamos

campo kibutzPero hagamos el ejemplo aun más claro. Hay más comunión con la Naturaleza si cultivamos un campo de berenjenas con abonos sintéticos y pesticidas que si lo hacemos al modo preindustrial, abonando con estiércol de la propia granja y sin usar pesticidas. En ambos casos produciremos la misma cosa, berenjenas, pero la cosecha producida usando más tecnología incorporará mucho más conocimiento en Química, Ingeniería Agrícola, Botánica, Geología, Ecología, etc. Podríamos contar un buen pedazo de la historia de la humanidad y las ciencias solo a partir de ella. Y éso tiene premio: es más barata porque gracias a ese conocimiento materializado en tecnología, utilizó menos recursos totales para producir la misma cantidad de producto y más personas pudieron comprarlas.

Habrá quien nos compare un campo artesanal, menos eficiente pero mantenido por un campesino independiente, con una relación personal con la tierra, con un invernadero mucho más tecnologizado de condiciones laborales lamentables cultivado por jornaleros precarios. Ese ejemplo aporta algo importante, pero no sobre el papel del conocimiento, sino sobre el de las relaciones sociales.

pioneras kibutzLa tecnología no es el único mediador entre el trabajo y la Naturaleza, también lo son las relaciones sociales. Y si son relaciones sociales alienantes, puramente mecánicas, que restan todo sentido al trabajo concreto, toda individualidad y responsabilidad al trabajador, todo sentido comunitario al producto… el significado del trabajo colectivo se verá sin duda eclipsado por la miseria y la escasez del contexto social en el que se produjo. El canal de Panamá fue, a principios del siglo XX, una demostración fabulosa de cuánto había avanzando la especie humana en su capacidad para transformar el entorno, conocer la Naturaleza y generar abundancia. Pero para los miles de trabajadores que murieron en cuasi esclavitud entre enfermedades, miseria, tratos abusivos y jornadas extenuantes, fue solamente infierno y muerte.

Esa unión entre especie, conocimiento y Naturaleza que está en el trabajo, solo puede llenarnos, solo puede convertirse en consciente y servirnos para aportar sentido a nuestras vidas en un marco de relaciones minimamente igualitarias, donde la responsabilidad y el aporte de cada uno puedan ser entendidas como aporte a la propia comunidad y a su entorno.

El trabajo solo es liberador y no alienante si se da en el marco de relaciones minimamente igualitarias

Solo entonces, podremos disfrutar de todo el significado del trabajo, solo entonces podremos vivir lo que significamos en la relación la Naturaleza desde una oficina en el centro de una ciudad, desde un taller o en una fábrica. Solo entonces, podremos dar trascendencia a nuestra vida y verla como lo que es, una oportunidad entre millones de aportar a la gran experiencia humana, una oportunidad única de aportar a las personas que nos conmueven y que forman nuestra red de afectos y aprendizajes.

Por eso no hay «autoayuda» posible, no hay dioses ni salvadores, solo está el trabajo en el centro de nuestra auto-reapropiación, de la capacidad para dotarnos de una existencia y un sentido. Por eso el trabajo no es una conquista individual ni un regalo de dioses o estados, aunque cada uno tenga que hacerla suya y obtener de esa fuente, la fuente de la vida Natural y social, sus propios significados. El trabajo y su conquista es un hecho comunitario, un hacer juntos, un transformar juntos que a través del conocimiento -científico, social, estético, tecnológico- que lo hace posible y que a su vez genera, nos conecta con la especie y su Historia, con la Naturaleza y su capacidad creadora.

El trabajo no es una conquista individual sino comunitaria. Solo en comunidad podemos crear significado para la vida

indianos venidDe los icarianos seguidores de Cabet y las kvutzot inspiradas por Gordon se ha dicho muchas veces que habían convertido el trabajo en una religión. No es así, o desde luego no en el sentido del rito arbitrario y la creencia irracional. Pero tal vez haya algo de verdad a un nivel más profundo. «Religio», la palabra latina de donde deriva «religión», significa «reunión», «reunificación». El trabajo es desde luego «religio», esa transformación permanente que une nuestra especie a la Naturaleza, pero también a cada uno de nosotros con nuestra comunidad. Al trabajar, al transformar nos transformamos, nos unimos a otros, aprendemos, nos hacemos responsables y esa responsabilidad nos libera del miedo, compartimos y nos convertimos en creadores de abundancia. Trascendemos un «ser» vacío en el que estamos condenados a la soledad y empezamos a habitar una existencia basada en el «hacer» consciente y compartido.

El trabajo nos define sobre el hacer, nos transforma, nos une y disuelve el miedo

Por eso la conquista del trabajo es la base desde la que conquistar un significado para nuestra propia vida.

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

«Conquistar un sentido para nuestra propia existencia» recibió 10 desde que se publicó el Lunes 28 de Diciembre de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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