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Conquistar la cultura

El arte y la cultura del renacimiento comunitario no distinguirán entre artesanos y artistas porque conquistar el trabajo significa entre otras cosas aprender a generar y difundir conscientemente significados.

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Si entendiéramos la cultura solo como la expresión social de la relación con la Naturaleza, la historia de la cultura se reduciría al análisis del impacto sociotecnológico del desarrollo económico. Sería un relato de la adaptación a los distintas formas y niveles de escasez en distintos lugares y épocas. Y en buena parte lo es, pero lo que se pone en valor de la cultura no es su dinamismo -la tendencia a cambiar cada vez que aparece una nueva tecnología o una nueva forma de conocimiento- sino su inercia. No en vano, el concepto mismo de cultura es una invención del nacionalismo y tiende tanto a crear como a homogeneizar un supuesto «ser nacional» a través de la normalización de determinadas prácticas cotidianas.

Por supuesto no todo es invención en la cultura, pero lo que gustó a sus primeros teóricos, como Herder fue precisamente la inercia histórica, muchas veces disfuncional que manifiesta. El aporte de la elaboración de la idea de «cultura nacional» fue centrar el foco en la supervivencia de instituciones -relaciones mecánicas entre personas- más allá de su utilidad práctica para ellas.

Por ejemplo los distintos recetarios locales suelen expresar bastante bien los óptimos ecológicos de los cultivos y ganaderías de la era preindustrial en una región natural dada. Con aquellas producciones, las dietas campesinas optimizaban calorías y proteínas, representaban un óptimo de uso de los recursos desde el punto de vista de la sostenibilidad social y el volumen poblacional. Para la vida de hoy, esas dietas tienen muchas veces un exceso de grasas animales y se etiquetan como «peligro para la salud». Es más, las producciones asociadas a ellas muchas veces ponen hoy en peligro de desbandada a las comunidades rurales que se especializan en su producción porque no sirven para generar más riqueza y absorber a nuevas generaciones.

Y hay, por supuesto, una razón más para la inercia: las relaciones de poder dentro de una sociedad tienen a ir a la zaga de sus transformaciones productivas. Las instituciones que regulan en cada sociedad las diferencias de poder, imponen relaciones mecánicas entre las personas cuyas formas concretas acaban, de distintas formas, convirtiéndose en «culturales» y trascendiendo el tiempo y las circunstancias que le dieron razón aunque puedan resultar incluso problemáticas.

Resumiendo, lo que llamamos cultura tiene dos dimensiones. Una mecánica: acumulación en la costumbre de los efectos de ciertas relaciones de poder, muchas veces muy persistentes (especialmente en el mundo agrario, donde las élites no se renovaron casi en los dos últimos siglos si comparamos con las ciudades y las zonas industriales). Otra orgánica: una forma de nostalgia práctica de los aprendizajes que la relación con la Naturaleza y la tecnología han ido dejando a lo largo del tiempo en un grupo determinado.

Como en las relaciones humanas, todo lo orgánico es distribuido y casi todo lo mecánico persigue la centralización; por eso lo mecánico, lo centralizado tiende a crear redes descentralizadas. Así que en la cultura no todo genera el mismo significado ni reproduce las mismas relaciones de poder. Siguiendo el ejemplo gastronómico, no es lo mismo el cerdo ibérico o las grandes variedades de vino -mucho más nómadas de lo que nos cuentan- que las operaciones de rescate con dinero estatal de «especies autóctonas» mucho menos productivas y sin mercado para sus productos en nombre de la conservación de la «cultura ancestral» y de una «innovación» productiva mal entendida y asegurada por toneladas de patentes y sellos de origen.

Las Artes

Y luego están «las Artes». También tienen trampa. El Renacimiento separó al artesano y al artista. El primero crearía eso que llamamos «cultura material». El segundo, tocado de un «genio creador» propio y característico de una individualidad «única», crearía Arte. El Romanticismo reforzó esta idea dentro de un marco nacionalista, convirtiendo al taller artesano en «cultura popular» y al taller del pintor en «alta cultura». Como lo popular y lo «natural» estaban en el mismo nivel «inconsciente» pero «esencial», el artista -émulo de la divinidad creadora de la Humanidad y la Naturaleza- extraía sus obras tanto del «espíritu del pueblo» (el «volskgeit») de la cultura popular como de la naturaleza salvaje, elevándolas hacia la autoconciencia nacional. En el relato romántico, la «alta cultura», el Arte y la Literatura, reflejaban, ampliaban y dotaban de significados a la cultura popular. Los «creadores» eran constructores de la nación y su ideal. Dicho a lo bruto: Wagner y Friedrich.

En realidad, mientras los «artes y oficios» tendían a imbricarse en las relaciones sociales orgánicas, el «Arte» -y sobre todo las artes industriales como el audiovisual- no deja de ser una actividad todavía hoy tremendamente centralizada. Es cierto que a pesar del alto grado de concentración y escala, sigue teniendo una cierta dependencia del mercado. Eso no es ningún drama, al contrario, es lo único que obliga a un sistema puramente mecánico a crear obras valiosas aunque solo sea por la necesidad de abastecer de significados vitales a un público que sigue buscándolos en las novelas, las salas de cine, los festivales de música o las pantallas de ordenador. Pero es cierto que su capacidad solo estalla en los grandes momentos de cambio en los que los grandes monopolios industriales ven erosionada su capacidad centralizadora. Aparece entonces la figura del «creador independiente», del artista provocador y a contracorriente que refleja nuevas ideas y contextos innovando en los medios y la forma de relato. Paradójicamente con casi total seguridad el discurso mediático lo interpretará desde el mito romántico del genio individual, del «revolucionario del Arte» que triunfa a pesar de una supuestamente penosa «mercantilización de la Cultura», cuando en realidad no es sino el pionero en un nuevo mercado. La mala noticia es que ese nuevo mercado será capturado casi inmediatamente por los viejos gigantes de escala que monopolizan los canales de distribución, un terreno donde su hegemonía puede garantizarse generando escasez artificialmente mediante una combinación de sobre-escala, cartelización e influencia en la regulación estatal.

Conquistar la representación de la realidad creando realidades nuevas

La industria de la comunicación y la cultura es seguramente la más rentista y la más comprometida en la argumentación y la defensa de las instituciones más disfuncionales y reaccionarias del momento actual como la propiedad intelectual. Es simplemente absurdo, fuera de los pequeños núcleos que todos conocemos, pensar en un renacimiento de la cultura comunitaria por no hablar de una verdadera puesta en valor de la «democratización del Arte» que venga de ahí. Si los medios y sus canales de distribución y comunicación nos traen profetas del cambio, seguramente la desconfianza sea sensata. La emergencia de una cultura empoderadora no vendrá del genio individual ni de una industria que está en el núcleo duro de la recentralización que está destruyendo Internet.

Conquistar la cultura en tanto que representación social de significados y valores, solo es posible desde la conquista del trabajo y la conversación.

La conquista de la conversación permite recuperar la lógica de la abundancia de la blogsfera, el primer medio de comunicación distribuido. La conquista del trabajo reduce la distancia entre los primeros canales que reflejan las nuevas formas de producción y los que apuestan por la red distribuida como espacio de difusión y creación de significados.

Y es que el arte y la cultura del renacimiento comunitario no distinguirán entre artesanos y artistas porque conquistar el trabajo significa entre otras cosas aprender a generar y difundir conscientemente significados.

«Conquistar la cultura» recibió 4 desde que se publicó el sábado 26 de diciembre de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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