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Cristianos y pacifistas: los otros comunitarismos de los cuarenta y cincuenta

Aprendiendo de la experiencia comunitaria cristiana de la posguerra mundial en Francia y el anglomundo

riverside nueva zelandaLa historia de los kibutz y las kvutzot en Israel hace el núcleo de la experiencia comunitaria del siglo XX. Pero es obvio que no acaba ahí. El siglo XIX había terminado con el fracaso de las últimas comunidades icarianas en EEUU, pero también había visto consolidarse al primer comunitarismo cristiano contemporáneo: el artel tolstoiano inspirado por la filosofía del escritor anarco-cristiano ruso.

No eran desde luego la tendencia única, tal vez ni siquiera la hegemónica, en el hoy olvidado comunitarismo ruso del cambio de siglo. En 1919 Josef Baratz, uno de los fundadores de Degania, la primera kvutza, viaja a Rusia buscando entrar en contacto con grupos juveniles judíos. En un azaroso viaje, acaba recalando en Novorosissk, en el Mar Negro, y se refugia en una librería donde pide libros sobre cooperativismo. Los libreros le preguntan de donde viene, le hacen contar la historia de Degania y la celebran con comentarios y discusiones. Cuando Baratz acaba, le sacan un libro en ruso: los 25 años de Krinitza. bruderhofKrinitza, de la que hoy sabemos gracias a aquel encuentro y a aquel ejemplar -que el propio Baratz traducirá al hebreo- fue una comunidad productiva de jóvenes socialistas libertarios rusos formada en 1886. Como tantas otras expresiones del comunitarismo ruso, desaparecerá durante la colectivización comunista y de su rastro histórico no quedó nada.

En Europa Central y Occidental sin embargo, el motor del comunitarismo serán las distintas lecturas sociales del cristianismo. En los años 20 se fundan los Bruderhof en Alemania, un movimiento comunal anabaptista y radicalmente pacifista que se enfrentará al nazismo y tendrá que refugiarse en Paraguay y EEUU. Los Bruderhof, que agrupan hoy a más de 2000 personas, tuvieron en la postguerra mundial una gran influencia en el anglomundo.

globalizacion comunasPero entre los aliados anglosajones también se reprimió a los pacifistas durante la guerra, aunque obviamente de forma mucho más compasiva que el estado soviético o el alemán. Yaacov Oved cuenta en «Globalization of Communes (1950-2010)» que el comunitarismo anglosajón de los cincuenta nació precisamente de la experiencia de los campos de internamiento británicos y estadounidenses en los que los objetores de conciencia y los pacifistas fueron recluidos durante la guerra. Allí comienza su experiencia comunitaria, compartiendo todo en ausencia de libertad y capacidad para ganarse la vida mientras las esposas e hijos tienen que formar discretos grupos de apoyo mutuo entre el rechazo social y las carencias de un tiempo de escasez. Al acabar la guerra ensayarán distintas formas «kibutzianas». La comunidad de Macedonia, en Ohio establecerá granjas y una fábrica de juguetes educativos. Originalmente abiertos a todas las confesiones, descubrirán pronto que el pacifismo no les bastaba como aglutinante y motivación. Acabarán teniendo una crisis de confianza en su propio modelo y uniéndose a los Bruderhof.

Otra experiencia con el mismo origen es Koinomia una comunidad igualitaria, originalmente cristiana que se abrió ideológicamente para hacer de de la afirmación práctica de la colaboración entre blancos y negros, su aglutinante ideológico. Estaban en el Sur de EEUU en la época más violenta de la segregación. kononia y bruderhofSu problema: no faltaban redes de apoyo económico en el Norte ni jóvenes pacifistas blancos dispuestos a sufrir el bloqueo económico, los tiroteos constantes y las agresiones. Pero los campesinos negros de su entorno inmediato no estaban por pasar a un régimen comunal sus tierras. Evolucionaron pues hacia un sistema cooperativo y hacia la producción de casas de bajo coste para poblaciones empobrecidas… lo que les llevó a su vez a Africa. Produciendo sobre una estructura cooperativa y reorientando las redes de donaciones, transformaron también sus objetivos. Hoy son, más de medio siglo después, una de las organizaciones de ayuda al desarrollo más activas en Kenia, Sudán y Zambia.

Otra comunidad igualitaria hoy próspera, originada por aquellos pacifistas es Riverside en Nueva Zelanda. Originalmente cristiana pero abierta a todas las confesiones desde su origen, Riverside representó por décadas el centro del comunitarismo de inspiración cristiana en el mundo anglosajón, un modelo neorural y pacifista que tuvo una profunda influencia en los comunitarismos ecológistas de los sesenta y setenta.

boimondau comunidad de trabajoMás interesante desde nuestro punto de vista fueron, en la Francia del final de la guerra y hasta los setenta, las «Comunidades de Trabajo de Boimondau», una reedición moderna del falansterio furierista que prosperó entre 1942 y 1970. Creadas originalmente por un obrero industrial católico unido a la Resistencia y el maquis, que fundó la primera fábrica con sus propios ahorros, las Comunidades de Trabajo fueron urbanas e industriales y crearon en una época de divisiones sociales, escasez y desempleo, trabajo para miles de personas. De hecho, su ideología articuladora fue siempre la conquista del trabajo, lo que paradojicamente sirvió para pasar de la gestión del fundador a la de otro de los pioneros, marxista, que al poner el acento en la producción y restar centralidad a la experiencia comunitaria en si misma, fue vaciando de vida la organización a lo largo de una década (algo parecido a lo que el catolicismo social hizo después con experiencias cooperativas como la belga o Mondragón) hasta su desintegración final en los setenta.

Apuntes

riverside nueva zelanda marionetas¿Qué aprender de aquel comunitarismo pacifista y cristiano de los cincuenta? Una vez más la constatación del gran error universalista que históricamente había fundando el fourierismo: la idea de que una comunidad puede «crearse» mecánicamente.

Una comunidad capaz de proyectarse en el tiempo, que vaya más allá de un experimento, no puede crearse de la nada solo porque hay una adhesión al «ideal común». Es el resultado de un proceso orgánico, una «sociedad de amigos» que aprende a abrirse y crecer sobre núcleos de afinidad interpersonal, como los antiguos epicúreos o las kvutzot.

¿Pero y las comunidades «ideológicas» que antes y después perduraron? Necesitan un aglutinante alternativo a las relaciones interpersonales y muchas normas, una «regla» al estilo de las de las «comunidades de trabajo».

indianos atardecerEn la división que hicimos de los movimientos comunitaristas entre «sociedades de amigos» y «sociedades alternativas», el cristianismo está claramente entre las segundas. Tiene eso sí, la ventaja de una ideología culturalmente muy profunda y vigorosa, que si es capaz de mantenerse en el relativo aislamiento de la ruralidad, puede perdurar sin convertirse en una militancia sectaria, es decir puede dedicarse a los valores más que a las denominaciones, el culto y el proselitismo. Otra cosa es el mundo urbano. Ahí, si lo comunitario real, lo interpersonal, no es central, como vimos en el ejemplo francés, el dinamismo del entorno y la apertura real al mundo, acaban llevándose por delante cualquier pegamento ideológico que trate de sustituir lo que en la «sociedad ideológica» falta, es decir, el gusto por estar y hacer con los otros -con cada uno de los otros- propio de la «sociedad de amigos».

Al final el centro de la experiencia comunitaria es la fraternidad real y no puede ser sustituida por una fraternidad genérica, por un procedure, por un ingenio social mecánico y esperar llenar el ánimo de los miembros con ese sustitutivo mecánico. Por mucha alienación e ideología con la que intente compensarse la carencia de lo humano real, de la relación humana interpersonal, al final y afortunadamente, el mecano utópico, por grande y lustroso que parezca, caerá. Solo sobrevivirán aquellos en los que, a través de las mil peripecias de la organización, se haya consolidado un grupo de afinidad real, una «sociedad de amigos» que siempre estará sin embargo, batallando contra las tensiones de su propia ideología universalista, intentando crear sistemas de reglas cada vez más complejos que suplan las carencias de un marco de interpretación que no sirve para entender realmente al próximo real por mucho que lo haga omnipresente a un «prójimo» genérico en el discurso.

«Cristianos y pacifistas: los otros comunitarismos de los cuarenta y cincuenta» recibió 3 desde que se publicó el sábado 2 de enero de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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