Crónica de una Crisis (III)

« Atrás «

New Deal

Crónica de una Crisis | Marzo 2010

Prólogo

En su artículo de Expansión de marzo, JU aporta datos numerosos datos relevantes para entender el impasse en que se encuentra la financiación exterior de la economía española y entender los ataques al euro como consecuencia de las dificultades de Grecia frente la necesidad de rebajar su deuda. De esa situación se deducen numerosas luchas de poder: con otros países demandantes netos de ahorro, entre los distintos países de la zona euro al haber situaciones de free-riding de unos respecto a otros, las ya mencionadas anteriormente entre contribuyentes y banqueros y entre empleadores y empleados…

Interesante la aportación de Teo Millán que acoge JU en su blog, en el sentido de que, quizá, el mayor pecado de los (macro)economistas, al menos en nuestro país, es la falta de credibilidad en los métodos de análisis de que hoy disponemos en la profesión. Más allá de nuestras fronteras, señala que no se previó el colapso de los mercados privados de deuda en USA y EU en 2008 y que, aunque probablemente mucho de lo que ocurrió tuvo que ver con que los agentes económicos no prestaron mucha atención a los modelos macro, también parece que los economistas tampoco se tomaron muy en serio la capacidad de análisis que brindan los modelos económicos y sus estimaciones macroeconómicas. Pone el énfasis en que indudablemente falló la componente macro de las modelizaciones de riegos de carteras hipotecarias. Los agentes involucrados en la concesión de hipotecas no tuvieron en cuenta de hecho expectativas sobre la evolución de la economía (caeteris paribus). Lo que no debiéramos hacer los (macro)economistas es repetir el error de efectuar análisis «estáticos» (caeteris paribus). La economía es «muy» dinámica. A lo cual yo añado que los modelos de que se dispone no son muy buenos a la hora de predecir cambios de tendencia y los que los utilizan no parecen tampoco –como decía T. Millán– creérselos demasiado.

Muy importante asimismo el post de JU titulado «Encrucijada». Esta crisis está dando a luz un New Deal, un nuevo «reparto de cartas», un nuevo reparto de poder y un nuevo esquema cognitivo. Habrá retrocesos y dolor (como en cualquier parto), pero quizá el Capitalismo que Viene al que dio título JU quizá no esté tan lejos… aunque yo piense que no será tan idílico como parece pintarlo JU (como tampoco –y que me perdone JU la comparación– lo ha sido «el fin de la historia» de Fukuyama).

España y Europa ante el Desapalancamiento

4 de marzo de 2010

– Publicado en Expansión –

En mi última entrega de La Mirada del Economista («Jobless recovery: ¿una cuestión de poder?») decía que «la situación en la que nos encontramos… parecería dar la razón a los que, jugando con las letras, nos predecían una recuperación en U o en W». Los datos e informaciones que han ido surgiendo desde entonces, así como el caso griego me dan, desgraciadamente, la razón. A los ejemplos de aquel artículo hay que añadir otros nuevos pulsos relacionados ahora con el problema de la deuda, sea ésta externa o interna, pública o privada, de los países de la Unión Europea.

Ni que decir tiene que casi ningún país de la zona euro cumple los criterios de Maastricht que conformaban el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en lo que respecta tanto al déficit presupuestario, fijado en el famoso y ya casi olvidado 3%, como al tope del 60% del PIB de deuda pública que el PEC exigía. Esto plantea dificultades que voy a tratar de comprender a fin de verificar mi aseveración de que vamos a contemplar luchas de poder renovadas.

En el caso del Reino de España, la situación creada por el desequilibrio de la balanza de pagos no es dramática. España debe al exterior, por la deuda emitida para cubrir una parte de los déficits anuales de dicha Balanza de Pagos un modesto porcentaje del PIB. Aunque esta cifra ha ido creciendo por la falta de competitividad seguirá siendo una cifra relativamente baja. Sin embargo a éste concepto hay que añadir otras deudas hacia el exterior que el Estado puede tener como resultado del déficit presupuestario así como las que acarreen agentes privados. Y, con estos añadidos, la situación puede complicarse. En efecto, aunque la vida media de deuda externa pública está en torno a los 7 años, vamos a encontrarnos con importantes necesidades de financiación a corto plazo debido a las otras fuentes de endeudamiento y especialmente el déficit presupuestario y su preocupante aceleración. Vamos a confrontar, por lo tanto, importantes necesidades de financiación a corto plazo cuya posible refinanciación va a ser relativamente cara debido, no tanto a la mala situación del endeudamiento, como a los fundamentales poco promisorios de la economía española aquejada de falta de competitividad. En esta situación un incremento impositivo parece conveniente.

Además de todo lo anterior, el sector privado, no tanto las economías domésticas y las empresas financieras como las empresas industriales, tiene que cargar con su propia deuda que, en parte, también es exterior de forma que incluso las empresas más potentes, con ratings más o menos próximos al del Reino de España, van a tener que confrontar los mismos problemas que el sector público, pero agravados.

La situación empresarial es pues preocupante puesto que a la falta de demanda exterior para los productos de esas empresas hay que añadir el paro que incide sobre muchas familias. No hay pues demasiadas esperanzas en lo referente al desapalancamiento de unas y otras empresas de forma que no podemos esperar un relanzamiento de la formación bruta de capital para no hablar del consumo en bienes duraderos.

La obligatoria reducción del déficit presupuestario para cumplir con el criterio del 3%, su financiación y la consiguiente colocación de las emisiones necesarias por parte del Tesoro constituyen problemas adicionales para la recuperación. Aparte de colocaciones en el exterior de esas emisiones, o bien se las queda la banca, con lo que ésta estará justificada en su «estreñimiento crediticio», especialmente en un momento en el que se puede esperar una consolidación del sector, o bien se colocan en el sector familias, probablemente con el incentivo de alguna ventaja fiscal asociada a la afloración de rentas ocultas. Vemos pues cómo, de una u otra manera, el sector privado deberá pagar parte del estropicio si no queremos sobrecargar el fondeo exterior.

Pero estos problemas no son solo nuestros. Cada economía tiene que saber si su tasa de crecimiento a largo es suficiente para pagar la carga de la deuda a los tipos pactados. Si no lo es, o solo lo es a partir de un futuro muy incierto, la deuda aumentará y esa economía no tendrá más remedio que reducir su gasto o aumentar sus tasas impositivas. Casi todos los países de la zona euro están en una situación parecida, de forma que muchos tendrán que acudir a otras zonas del mundo para obtener financiación, lo que previsiblemente encarecerá ésta. Si la situación se generaliza no le quedará a Europa sino una alternativa diabólica. O bien el BCE se hace cargo de las deudas agregadas monetizándolas, o bien se devalúa el euro para fomentar las exportaciones. Además de que ambas vías llevarían a una elevación de los tipos de interés a los que se financia la deuda, ni una ni otra de éstas soluciones parecen hoy por hoy admisibles para las economías europeas fuertes (Alemania o Francia) ni serían aceptables para sus prestamistas. Pero aunque no se lleve a cabo una devaluación formal (que, además de ser el reconocimiento que Europa no es un área monetaria óptima, probablemente acabaría con el proyecto europeo), el euro se irá depreciando en el mercado. Esto favorecerá sin duda las exportaciones de la zona pero también puede incentivar aun más la especulación contra el euro.

Se avistan por lo tanto luchas de poder adicionales a las que destacaba hace un mes. Recordemos que, en el ámbito doméstico, había que contar con el enfrentamiento entre contribuyentes y banqueros y entre patronos y trabajadores.

Esta última confrontación no se ha canalizado de momento en un diálogo social suficiente como para llegar a acuerdos (más allá del ya firmado sobre salarios) que sostengan las modificaciones estructurales del mercado de trabajo. La tensión correspondiente ya se ha escenificado en las manifestaciones del pasado día 23 contra el «pensionazo» y si las empresas, por las razones apuntadas, se ven todavía más constreñidas crediticiamente, se va a recrudecer. Las tensiones entre contribuyentes y banqueros pueden quizá pasar a un segundo término a no ser que la imposición adicional requerida sea poco equitativa o que la consolidación financiera, seguramente ineludible, exija primar a algunas instituciones financieras.

Esta situación comprometida es lo suficientemente generalizable como para que Europa tenga que ponerse las pilas, lo que acarrea dificultades burocráticas y políticas, y como para que España intente con seriedad una política dura respaldada o no por un pacto de Estado. Un pacto así no parece fácil de alcanzar por el problema de las subidas impositivas por un lado y por la reforma de las pensiones o las reformas estructurales del mercado de trabajo por otro.

En una situación así, se me antoja extraordinario que ningún economista europeo se haya referido a unas piezas teóricas, antiguas y menores, sobre el período de ajuste, es decir lo que tardaría una economía en volver, por ejemplo, a la senda anterior. Este período de ajuste depende del tamaño del sector público, de la tasa impositiva media y de la distribución de la renta (ver mi trabajo «Una Visión (Semi)heterodoxa de la Crisis», Cuadernos de economía, vol. 32, nº 88, enero-abril 2009). La influencia de esos factores es de un signo u otro dependiendo de la situación presente de la economía de que se trate. Pues bien, el Pacto de Estado en España debiera ser posible a partir de un acuerdo técnico sobre esa situación inicial en España: una buena tarea para la troika negociadora que ya se ha puesto a trabajar sin demasiadas expectativas de éxito. Y Europa empezaría a ponerse las pilas al reconocer que lo que una u otra economía tiene que hacer puede variar dependiendo de su período de ajuste propio dejando de entonar la palinodia de la necesidad de un gobierno económico único, por lo que se entiende un Tesoro único.

Una idea ésta última sobre la que escribiré otro día.

Comentarios sobre los comentarios a la crisis

10 de marzo de 2010

Hoy publico a modo de post un e-mail largo que me envió Teo Millán a raíz de mi columna en Expansión correspondiente al mes de marzo. TM es ya un BGB habitual de este blog y le dejo hablar extensamente y explayarse a gusto sobre los comentarios sobre la crisis a los que critica tomando el mío como víctima propiciatoria y utilizando unos argumentos cuya pertinencia espero tener la entereza de discutir. De momento ahí tienen el metacomentario de TM.

«Resulta imposible no mencionar algunos hechos que obligarían a revisar varias de las conclusiones aparentemente razonables de tu comentario en Expansión:

1º No se conoce ningún caso de una emisión de deuda que haya quedado a medio colocar, ni privada ni publica, por parte de las tan atribuladas sociedades e instituciones del Reino de España.

2º No se ha disparado el diferencial del coste de la deuda de las emisiones del Reino, ni sus empresas, ni incluso en los peores momentos de hace unas semanas en que la crisis griega parecía poder contaminar el caso español.

3º No es posible hacer análisis económico «estático». (Es como observar un saltador de esquí, tomar su foto cuando está en lo más alto y concluir que será imposible que llegue a tocar suelo de nuevo puesto que está prácticamente detenido en el aire). (Tampoco parece que lo sea el hacer análisis determinista, cuando toda la modelización económica es hoy probabilista, incluidos los modelos de estimación macro).

De hecho, cuando los (macro)economistas llegan (llegamos) al lugar del desastre, es como cuando lo hacen los observadores de UN o EU, resulta una buena señal de que el desastre «está ya controlado», o no se aventurarían en tierras inciertas.

Por tanto, la lectura de columnas de opinión sobre la crisis debiera resultar reconfortante. Afortunadamente, la evolución de datos durante los últimos doce meses ratifica dicha tesis.

Los comentarios, editoriales y demás que suelen leerse estos días sobre la situación general de la crisis, están muchas veces limitados a planteamientos elaborados sobre «observaciones causales» de datos macro, confundiendo en general lo que es la contabilidad fiscal (¿cómo se va atender el déficit fiscal?) con lo que es el análisis de coyuntura (¿cómo va a evolucionar la economía agregada?) o el análisis macroeconómico (¿cómo entender y mejorar la situación económica?).

En este sentido, el mayor pecado de los (macro)economistas, al menos en nuestro país, es la falta de credibilidad en los método de análisis de que hoy disponemos en la profesión. Como bien explica Alfonso Novales en su discurso de entrada en la Academia de Ciencias Morales el pasado año, muchas veces los economistas no discrepamos en nuestras conclusiones, sino en el modelo que utilizamos de referencia. Distintos modelos conducen a distintos lugares. Por tanto, la polémica pública a que debiéramos asistir debiera centrarse en qué modelo es relevante, y qué nos dicen los distintos modelos que están ajustados a los datos macro españoles. O, al menos, en qué modelo se defiende y por qué. O, como mínimo, a ofrecer una referencia a alguna simulación que permita justificar un cierto diagnostico o un juicio sobre los problemas que se anticipan en una cierta senda de desarrollo (como el del colapso o encarecimiento del pago de la deuda).

Desgraciadamente, son pocas las veces en que los técnicos detrás de los político explican cómo cuadrarán ciertas cuentas agregadas. Aunque no hay duda de que tras los planteamientos de elevación del IVA, existen simulaciones elaboradas por la administración y el Banco de España, además de poderse efectuar por algunos otros analistas técnicos de coyuntura como el BIAM de A. Espasa. Es una lástima que la polémica pública de los economistas no se realice en dichos términos, lo cual no solo produciría orden y excluiría del debate a los profanos (generadores genuinos de ruido) sino que además creo que transmitiría una cierta sensación al público de que el estado de la ciencia económica no es tan malo como hoy se pueda deducir del triste espectáculo que se observa en las páginas de los periódicos.

Desgraciadamente, producir «ruido» en torno a las capacidades relativas de los países de nuestro entorno para repagar sus respectivas deudas, es una polémica que de no estar sustentada en, o bien un modelo riguroso determinado (y no conozco ninguno que prejuzgue que no es posible repagar un cierto déficit fiscal) o en una aplicación práctica de un modelo econométrico estimado concreto para un país, queda reducido a un juego de quinielas. Tales comentarios, reciben en ocasiones crédito por provenir de «expertos» a los que se les supone dotados del sexto sentido del experto, que normalmente acaba por diluirse en el dominio del slang de referencia.

Otra cosa es que los operadores financieros (a diferencia de los (macro)economistas, insistan en hacer «lecturas» varias sobre el comportamiento de los mercados. Lógicamente, dichos operadores se ganan la vida en tratar de no perder de vista la senda del mercado, y están «obligados» a operar día a día, y hacer sus propios juegos de valor que se traducen en sus diarias actuaciones en el mercado correspondiente. De dichas actuaciones resulta la «apuesta» del mercado que se puede constatar cada día al ver los precios que rigen en dichos mercados. A dichos precios sí que les llamaría yo «opinión cualificada de expertos» sobre, por ejemplo, la capacidad del Reino de hacer frente sus obligaciones financieras futuras (lo que no significa que sea una opinión errónea).

(Lo que nos devuelve al párrafo anterior sobre lo que parece pasar con el coste de la deuda y la absorción de emisiones por los inversores).

Lo que no se debe perder de vista es el hecho de que dichos mercados fueron incapaces de anticipar el shock que supuso el colapso de los mercados privados de deuda en USA y EU en 2008. Y que por muchas lecturas que en su momento se realizaron para tratar de racionalizar el comportamiento que entonces ocurrió, sigue faltando una explicación consistente de la crisis a nivel económico. Aunque es fácil sospechar, que efectivamente mucho de lo que ocurrió tuvo que ver con que los agentes económicos no prestaron mucha atención a los modelos macro, y a las señales emitidas por las instituciones encargadas de realizar seguimiento de la coyuntura, esto es, a que los economistas tampoco entonces se tomaron muy en serio la capacidad de análisis que brindan los modelos económicos y sus estimaciones macroeconómicas. En particular, existe un elemento incómodo y de difícil tratamiento en los que respecta al carácter probabilístico de los modelos y estimaciones que podemos hacer los (macro)economistas. En efecto; una cosa es afirmar que un agente tenga una cierta probabilidad de realizar un impago, y otra es tratarlo como un «valor esperado» de recobro de dicho agente.

Desgraciadamente, el valor esperado de recobro, nunca se produce. O bien se paga, o no se paga. O se suspende pagos, o no se hace. Lo que nunca ocurre es que salga canto al lanzar la moneda (valor estimado entre cara y cruz). Muchas veces los economistas barajamos la incertidumbre de dicha forma, transformándola en términos presentes y desarticulando su «carácter de discontinuidad». Parece que mucho de ello hay en el origen de la crisis. Conceder una hipoteca a un agente con una probabilidad x de impago (de caer en el paro) parecía quedar diluido en el tratamiento probabilístico del conjunto de agentes que recibían hipotecas, de forma que el valor esperado de cobro de la hipoteca, se asimilaba al valor esperado del recobro del conjunto de hipotecas concedidas por una institución.

Desgraciadamente, un cambio en el estado de la economía puso de manifiesto la alta correlación entre todos los beneficiarios de hipotecas, de manera que en su conjunto se comportaron como si fuesen un solo agente y, al caer un alto porcentaje en el paro, dieron lugar a que el recobro de hipotecas entre ellos fuese cero, en lugar de ajustarse a su valor esperado (positivo). (En este sentido es apasionante la lectura de Ian Hacking, El surgimiento de la probabilidad).

Lo que indudablemente falló fue la componente macro de las modelizaciones de riesgos de carteras hipotecarias. Los agentes involucrados en la concesión de hipotecas se comportaron como agentes primarios sin expectativas sobre la evolución de la economía. Analizar a un demandante de hipotecas sobre la base «estática» de la economía, un buen vendedor de coches en una empresa importante de automóviles, parecería un buen riesgo por el que apostar «caeteris paribus».

Apostar por él, tendría un riesgo y una distribución polarizada de probabilidad de cobro (o se recobraba la hipoteca, o si el vendedor perdía su empleo, no se recobraba. Pero al apostar por un conjunto de vendedores de coches, la dicotomía del resultado parecía transformarse en una distribución continua, unos perderían el trabajo y otros no, por lo que bastaba para tomar una decisión sobre la concesión y coste de las hipotecas con operar sobre la base del valor esperado de recobro de las mismas. Salvo, claro está, por la variable de estado de la economía. El cambio en la situación general dio lugar a que un muy alto porcentaje perdiesen el empleo, con la consecuencia de que el susodicho valor esperado se pareciese más a la distribución polarizada de un solo agente que a la del conjunto de agentes bajo el supuesto caeteris paribus).

Lo que no debiéramos de hacer los (macro) economistas es repetir el error de efectuar análisis «estáticos». La economía es «muy» dinámica. Es más, sabemos que su ciclicidad es fuente de la dificultad de efectuar análisis económico y es la razón de ser que el mismo tenga que ser probabilista y no determinista. Dicha dificultad solo se puede superar mediante la utilización de complicados modelos que acarrean una alta dosis de modelización teórica y permiten efectuar aplicaciones econométricas sofisticadas en economías reales. Tales modelos no permiten predicciones exactas, y no están exentos de carencias. Pero si los economistas no creemos en ellos, quién lo hará.

Comentarios al cubo

12 de marzo de 2010

¿Cómo llamar a unas apostillas a los comentarios de TM sobre mis comentarios al desapalancamiento en Europa y España? Creo que solo cabe calificarlas de comentarios al cubo, algo que, en sí mismo, quizás sobra y es propio de un mundo lento en el que cabían las réplicas y las contraréplicas. En nuestro mundo líquido solo caben los comentarios rápidos aunque comenten unos comentarios muy largos como los de TM.

Que los peligros del desapalancamiento no son tan graves es algo que, aunque meramente sugerido en los puntos 1º y 2º de la tríada con la que comienza su parlamento, no puedo dejar pasar sin protestar. La gravedad de la deuda cuando ésta es cuasi-generalizada puede ser amenazante aunque los diferenciales de la deuda con algunos países no se hayan disparado y se coloquen bien las emisiones de los países más vulnerables, bien sea por el monto de su deuda, bien sea por su plazo medio de maduración. Y, por otro lado, sabemos muy bien lo que significa una devaluación reprimida o los efectos colaterales de una declaración de default.

No creo que esa sea la situación del Reino de España, pero no dejemos que nuestro deseo nuble nuestra prudencia. Esta llamada a la contención parece especialmente adecuada cuando se piensa, como es el caso de TM, que la proliferación de comentarios es una buena señal pues mostraría que ya no hay peligro. No, esa proliferación puede ser de hecho la constatación de la existencia del peligro. Pero este punto es relativamente menor.

De mayor calado son los dos siguientes comentarios sobre comentarios (que ya no incluyen el mío espero).

El primero de estos dos comentarios adicionales se refiere a la proliferación de artículos periodísticos poco documentados y que solo contribuyen a la emisión de polución acústico-informativa. Se confunde la naturaleza de diversos datos y se hacen comparaciones espurias, pero tengo que decir que, cada día, estos comentaristas atinan más, sobre todo a medida que los organismos responsables van publicando datos más fiables. En un país en el que hace solo 25 años no había ninguna cultura económica o financiera no se puede aspirar a que el periodismo económico sea como el del The Economist. Y bastante se ha hecho; al menos los periódicos están llenos de información de esta naturaleza. Que ésta se puede mejorar, es cierto, como lo es que la profesión ha hecho bien poco hasta hace poco tiempo con la excepción de VOX EU y de los e-books de FEDEA, dos iniciativas que pueden consultarse a través de este blog.

Pero ¿qué podía haber hecho la profesión? Los microeconomistas no se han sentido aludidos a pesar de que mucho de la crisis se entiende en estos términos micro. Los macroeconomistas y los especialistas en Finanzas no se hablan mucho entre sí, están en dos departamentos distintos de las universidades y es rara la colaboración entre ellos. Una mala noticia ésta cuando se trata, como es el caso ahora, de una crisis finaciera que exige medidas de tipo macro. Es decir los macroeconomistas solos no pueden hacer mucho en la instrucción y educación pública. Pero aquí llega el segundo comentario de calado sobre el principal comentario de TM.

Aún suponiendo que los economistas de tronío estuvieran dispuestos a colaborar en la conformación de la opinión pública, podría ocurrir que no tengan grandes cosas que decir. Los modelos denominados de equilibrio general computables y calibrables son dinámicos y estocásticos e incorporan elementos neoclásicos y neokeynesianos. Son los utilizados por todos los bancos centrales y los que hoy rigen en la academia y aún así…

Mi opinión, no del todo lega, parte de la constatación de que ya hace muchos años que existe la posibilidad de computar modelos de equilibrio general. De hecho en el IEP (Instituto de Economía Pública) hicimos, bajo la responsabilidad de Fernando Tusell, el estudio de la introducción del IVA en España. Esto parece más adecuado que la utilización de modelos macro para un asunto así. Sin embargo, los modelos macroeconómicos de equilibrio general dinámicos y estocásticos son útiles en sí mismos para problemas macro aunque efectivamente también pueden entrar en problemas micro como la reducción o incremento impositivos. Para ello primero estiman algunos parámetros por métodos tradicionales y luego calibran el modelo dando valores a otros parámetros de manera que el modelo replique lo más ajustadamente posible los datos disponibles. Una vez puesto a punto el modelo, se le puede preguntar cosas como, por ejemplo, en cuanto mejoraría el bienestar de los españoles si se rebajaran ciertos impuestos que están recogidos como variables del modelo. Esto es lo que de manera muy basta llamaríamos el estado del arte y, como se ve, no ofrece ninguna garantía de que el modelo utilizado sea «el bueno». La respuesta sería distinta si el modelo de base fuera otro con otras variables distintas de aquella cuyas variaciones se quieren estudiar.

¿Es esto lo que queremos? Por ejemplo, el modelo puede postular una Cobb-Douglas con rendimientos constantes y ser calibrado con un valor determinado de la participación del trabajo. El caso es que esa variable, que es aproximadamente constante en los USA, no lo es en Europa y, ciertamente, tampoco en España, tal como mostraron Bentolila y Saint-Paul hace ya años.

Lo que verdaderamente daña la reputación de la Economía como Ciencia es la negligencia que constituye el dar por bueno para Europa un modelo que ha resultado apropiado para los USA. La política económica aconsejable puede ser muy diferente en un caso y en otro. Podría poner otros ejemplos adicionales a los ya mencionados, pero me limitaré a uno. Según agreguemos los activos financieros lo efectos de una política, por ejemplo monetaria, cualquiera pueden ser diametralmente opuestos.

Son quizá estas consideraciones las que explican porqué muchos economistas serios permanecen en silencio, porqué no todos los que hablan saben lo que dicen o porqué, quizás, la ciencia económica tendría que hacer unos ejercicios espirituales ignacianos. Pero lo que quiero subrayar es que, volviendo al ejemplo de la utilización de la constancia de las participaciones de capital y trabajo en la producción, nunca entenderemos, si así especificamos el modelo, que ahí debajo hay una cuestión de poder de naturaleza nada sofisticada y muy clara. Los comentarios que TM no acaba de apreciar quizá sean útiles para destapar esos conflictos.

Y destapar esos conflictos me parece urgente a fin de dejar de gestionar las cosas y empezar a cambiarlas.

La naturalización del lenguaje económico

16 de marzo de 2010

Consideren el título de la conferencia que el señor Caruana dictó en la cátedra de economía y sociedad de la Caixa que tuvo lugar en Madrid el viernes 12: El estrecho camino hacia la estabilidad económica. Su contenido supongo que, dada la actual posición del ex-gobernador del Banco de España, tuvo que ser un paseo por todo lo que hoy está estudiando el Banco Internacional de Pagos de Basilea en sus diversos comités: cuestiones de regulación y de supervisión mayormente.
Pero lo interesante no es este contenido, sino el análisis semántico del mencionado título. Seguro que hay mucha gente que agradece la claridad del título pues se hace la idea de que lo entiende. Y, sin embargo es literalmente incomprensible. Como la mayoría de los comentarios periodísticos, incluyendo los míos, sobre la situación económica y que, últimamente, se centran en el desapalancamiento.

Para empezar no hay manera de saber qué quiere decir estabilidad económica. Lo de estabilidad ya es difícil y nos evoca problemas de los bólidos de la Formula 1 o la situación de un proceso mórbido: el enfermo está estable y si no, malo. Pero ¿qué significa esa palabra cuando se habla de estabilidad económica? ¿Que el sistema económico no explote ni implosione? OK. Pero ¿qué es un sistema económico? ¿Algo como un bólido o como un enfermo? Pues ni lo uno ni lo otro. Se trata de algo que definido con exactitud sobrepasa la cultura general.

Pero eso es casi trivial en comparación con lo del camino hacia esa estabilidad que no sabemos lo que es. ¿Qué es un camino en economía? Es una senda que puede seguir una variable como, por ejemplo y para estar à la page, la deuda de ese sistema. Se trata de algo que, interno a un sistema, parecería que puede ser descrito sin ambigüedad dentro de ese sistema: como un río dentro de su cauce. Pero si estamos hablando del sistema económico en sí y en toda su complejidad, ya no hay cauce por el que discurre y la palabra camino se problematiza: como si el río se hubiera desbordado y tuviéramos que pensar sobre la dinámica del agua en esas condiciones. Se me antoja que, seguramente, se trata en ese caso de un sistema complejo con múltiples soluciones y cuya senda, trayectoria o camino es imposible de predecir.

Pero si esto es así ¿qué quiere decir que el camino es estrecho? Lo primero que viene a la cabeza es que se debe tratar del camino ascético a la virtud o una situación llena de peligros entre Escila y Caribdis. Pero ¿qué o quién es la Carbidis de un sistema económico o su Escila?

Todo esto se aclararía si dijéramos que queremos saber si la trayectoria-solución de un problema de control óptimo o de programación dinámica condicionado por un sistema de ecuaciones diferenciales cumple la ecuación de Bellman. Pero entonces solo lo entenderían los que tuvieran conocimientos matemáticos, pero los otros se quedarían in albis.

No nos queda más remedio que admitir que la naturalización del lenguaje económico, y por ende de todo lenguaje que se pretende científico, es peligrosa. Es fácilmente manipulable por los conocedores de la retórica utilizada. De ahí que la divulgación científica sea realmente imposible, lo mismo que la traducción.

Pero entonces ¿cómo vamos a decidir qué parte del gasto público vamos a asignar a la ciencia? No lo sé pero sí sé que tampoco lo saben los gestores públicos y mucho menos la ciudadanía. Para allegar recursos hay que naturalizar el lenguaje y ello hace que el estrecho camino de la financiación de la Ciencia sea realmente un camino intrincado que no admite soluciones fáciles. No hay manera de encontrar una buen vía que no pase por la autogestión de los científicos. Pero entonces, y si esto es cierto, que se busquen la vida naturalizando su lenguaje ante los interese privados o que lo hagan para popularizar su propia autogestión y vender sus productos.

Bueno, paro aquí antes de salirme del ancho camino de la sensatez y caer en una radicalidad difícil de naturalizar.

Descentralización de ingresos y gastos

24 de marzo de 2010

Hace ya unos días en la última página de Expansión Eduardo Martínez Abascal escribía sobre la conveniencia de descentralizar no solo el gasto público por CCAA sino también el ingreso fiscal. Eliminaba de un plumazo las posibles objeciones remitiendo a la experiencia del Concierto en Navarra y el País Vasco. Proporciona siempre un subidón, aunque no sea muy intenso cuando ya ha pasado mucho tiempo, que alguien reconozca, aunque no explícitamente, que tus viejas ideas no eran tan malas. Es pues el momento de repetir justo ahora que esa solución tampoco es mala para Europa en la que se habla insistentemente de un gobierno único europeo. Si nos parece oportuno quizá habría que decir que se podría financiar mediante un cupo pagado por todos los países y repartido según criterios claramente establecidos.

Encrucijada

30 de marzo de 2010

Este post se podría llamar La difícil conceptualización de lo endógeno total. Aunque la Economía aparece ya como casi una rama de la retórica sin haber llegado todavía a una simple psicología aplicada, deberíamos reconocer que su modelo estándar sigue siendo el mejor instrumento disponible para entender eso de lo totalmente endógeno.

Pero, a pesar de esto, lo he titulado simplemente Encrucijada pues la mencionada dificultad de conceptualización nos lleva a la encrucijada en la que creo nos encontramos y de la que no deberíamos despreocuparnos. Un encrucijada, en efecto, que proviene justamente del aparente fracaso de la Economía en lo que respecta la diagnosis y la prognosis de la Gran Recesión.

Comenzaré por un lugar aparentemente lejano para ir tirando del hilo. Hoy cabría preguntarse si no será que ha muerto el posmodernismo y si no hay una vuelta al modernismo al rebufo de esa Gran Recesión. La horizontalidad de las redes, símbolo de la posmodernidad y de una aparente mutación del poder, ha sido un espejismo y se vuelve a la verticalidad del poder a la antigua. O, mejor dicho, se vuelve a la moderna forma de ejercerlo, desde la fábrica hasta la política pasando por lo societario.

Pienso que estamos ante un peligro así y mi objetivo es el de exorcizarlo mediante algunos apuntes clarificadores. Caer en una vuelta al modernismo sería un peligroso error. Clasifiquemos esquemáticamente los síntomas de uno y otro movimiento. Lo moderno: exogeneidad, jerarquía, centralización, simetría. Lo posmoderno: endogeneidad total, pluriarquía, descentralización, asimetría. Y ahora revisemos cada término de ese contraste.

1. Cuando la endogeneidad es total, es difícil imaginar la situación y todavía mucho más difícil imaginar la forma de intervenir en esa situación: no hay punto de apoyo para utilizar palanca alguna.

Esto pone en juego la regulación. Aparece como algo imposible de hacer efectivo, al menos de forma definitiva. Recordemos el ejemplo del Banco Central y generalicemos: cuanto mayor es la credibilidad de una institución mucho mayor el incentivo a capturarla.

De ahí la imposibilidad de decidir. O lo que es lo mismo, la emergencia de la indecidibilidad o la indecibilidad. Si no se puede decir es que no se puede decidir. Y sin embargo hay que decidir. A martillazos.

Y la inmigración. No existe en un mundo posmoderno global. Es el mundo moderno el que tiene dificultades para entenderla.

2. Comparemos una vez más la jerarquía con la pluriarquía. La primera es buena para filtrar los malos proyectos y por eso parecería que es la forma adecuada para discriminar en un nuevo mundo moderno que se arrepiente de los excesos anteriores que cree poder achacar a la complacencia con cualquier idea. Pero ¿y la movilidad social?

3. Centralización del Tesoro. Recordemos que esto ya se discutió justo antes de iniciar los pasos previos para la conformación del BCE. Y recordemos también que el PEC fue el apaño para no entrar en un Tesoro Único. Hoy todo esto está roto. Pero habrá que salir al paso de cualquier intento de conformar ahora y a la vista de lo que pasa con el desapalancamiento, un Tesoro Único pues no es necesario para una accountability que nos lleve a recuperar la reputación perdida de los bancos centrales independientes y, además, no es suficiente para reforzar la credibilidad de las emisiones pues éstas serían repudiadas por las economías fuertes.

4. (A)simetría. Los resultados de la asimetría en un mundo totalmente endógeno son no solo dudosos sino sobre todo disruptivos y, por lo tanto, esperanzadores para quien no está a gusto en este mundo actual. Es como la rebelión de los capataces: el agente capataz va generando sus rentas hasta que el principal se harta y se cae el tinglado. Malo en general; pero otra vez aparece la posibilidad de la movilidad social. Se podría argüir en contra haciendo notar que esta pretendida movilidad social es como el multiculturalismo de hoy, una muestra del paternalismo vertical de un mundo moderno. Sin embargo, hoy ese multiculturalismo es simplemente un hecho y el poder ha dejado de simbolizarse por un árbol en pie para pasar a ser imaginado como rizomático.

Termino con unos comentarios desordenados. La revolución parecería imposible en un mundo posmoderno. Lo era en el moderno cuando la clase portadora del germen revolucionario era externa al sistema. ¿Y ahora? No hay nada externo al sistema y cabe preguntarse quién portará el estandarte de un mundo imaginado y quién jugará el papel de detonante.

Antes se proclamaba un lema que rezaba «o socialismo o barbarie». Hoy hemos visto que ha ganado la barbarie en forma de sociedad civil moribunda y simple coartada para la burocratizacion de la vida. Hoy la pregunta-grito es «barbarie o competencia» en todos los niveles. La barbarie está asociada al modernismo que no permite la movilidad social y estratifica el poder. La competencia en serio es la forma de disipar rentas y como tal es una idea posmoderna en la medida de que le ciencia económica ha sido siempre posmoderna puesto que no había nada exógeno en su modelo estándar. Y la competencia, en consecuencia, permite la movilidad social. En el límite todos tendremos, gracias a un trabajo inmenso, nuestros quince minutos de gloria que nos permitirán apropiarnos de una renta tan grande que nos dará ocasión, a pesar de su duración fugaz, a vivir de ella el resto de una larga vida. Todos (y todos significa todos, incluidos los inmigrantes ya indistinguibles como tales) dilapidaremos nuestras fuerzas tratando de retener esa renta diferencial pero, hagamos lo que hagamos, la fuerza incontenible de la competencia hará que nuestros esfuerzos sean baldíos.

Pero, ¿es esto una revolución? Pues sí y será difícil llevarla a cabo debido a que no hay un sujeto revolucionario que porte la universalidad. Esa, sin embargo, es una idea moderna. Lo que hoy hay son muchos focos distribuidos. Detectar esos focos no es tarea fácil en un mundo totalmente endógeno en el que nadie está siempre fuera. Solo nos cabe detectar o tratar de detectar, mediante una experimentación computacional, pautas de comportamientos sociales que se puedan utilizar como efímeros soportes para la competencia revolucionaria.

Caparazón y Esqueleto

Crónica de una Crisis | Abril 2010

Prólogo

JU comenta una propuesta de Mankiw, al hilo de la cual éste dice que las crisis financieras son inevitables y propone para que el coste de las mismas no recaiga fundamentalmente sobre los contribuyentes.

Se trataría de emisiones de bonos convertibles que tendrían que ser convertidos en capital, no a propuesta del banco, sino como exigencia del regulador, cuando la situación financiera lo requiriese. Esta especie de seguro contra crisis es una cosa privada y los contribuyentes no tendrían por qué sentirse expoliados tal como se sienten hoy. Obviamente, si se pusiera en práctica la idea de Mankiw, los beneficios de la banca serían menores y, además, se incentivaría menos la innovación (financiera). Por lo cual no parece agradar demasiado a JU.

Por otra parte, en su artículo del mes JU vuelve sobre un tema que en los últimos meses le es muy querido: como detrás de multitud de cuestiones aparentemente técnicas se encuentran en realidad luchas de poder.

El toque Keynes

3 de abril de 2010

A través del blog de Greg Mankiw me llega este párrafo del gran Hicks tomado de su reseña de un libro de Robertson («The Monetary Theory of D. H. Robertson», 1942, Economica). Lo traduzco a vuela pluma:

«De todos los grandes economistas el Sr. Keynes es probablemente el más impresionista; la teoría general en particular ha de ser leída a distancia sin preocuparse demasiado por el detalle y mirando sobre todo al efecto general. Al menos es como yo la he leído y parece que, en consecuencia, retengo una mejor opinión sobre ella que la que tiene el profesor Robertson. Sus propias críticas recuerdan a veces a un hombre examinando un Seurat con un microscopio y denunciando la fea forma de las manchas individuales. Es muy probable que el método impresionista no sea especialmente apropiado para la alta Economía (aunque sea suficientemente adecuada para una forma de escribir más popular); en cualquier caso es el método del Sr. Keynes y, en sus manos, posee ciertas virtudes compensatorias».

Sigo siendo un fan de Sir John Hicks. Aquí se adelanta más de medio siglo a la crítica de los estereotipos vigentes en la forma de hacer teoría económica. La clave a retener está en la forma en que Hicks subraya que lo importante son «las manos de Keynes», es decir su intuición que, añado yo, podría haber quedado esterilizada en la elaboración minuciosa de una pieza aceptable para los «círculos enteradillos».

Una propuesta de Mankiw

9 de abril de 2010

Durante la Semana Santa se me pasó postear el comentario a una propuesta interesante de Mankiw. Se encuentra en el final de su columna dominical en la que insiste en la necesidad de una regulación inteligente y flexible del sector financiero que, en ningún momento, cree que pueda ser definitiva puesto que el mundo financiero es demasiado lábil como para poder ser controlado. De ahí que tenemos que estar siempre preparados para la siguiente crisis financiera.

«A few years ago, some people thought that major financial crises were a thing of the past. We know that was wrong. Despite our best efforts, more financial crises are likely to occur. As we recover from the last one, we should prepare for the next.»

Precisamente para esa preparación para la siguiente crisis hay que contemplar con cuidado la propuesta que hace como resultado de su experiencia como susurrador al oído del soberano:

«My favorite proposal is to require banks, and perhaps a broad class of financial institutions, to sell contingent debt that can be converted to equity when a regulator deems that these institutions have insufficient capital. This debt would be a form of preplanned recapitalization in the event of a financial crisis, and the infusion of capital would be with private, rather than taxpayer, funds. Think of it as crisis insurance.»

Como se observará se trata de emisiones de bonos convertibles que deberán ser convertidos en capital, no a propuesta del banco, sino como exigencia del regulador, cuando la situación financiera lo requiera. Esta especie de seguro contra crisis es una cosa privada y los contribuyentes no tienen por qué sentirse expoliados tal como se sienten hoy.

Esta idea funcionaría porque los incentivos están bien puestos. En efecto, esta deuda contingente,

…«would also give bankers an incentive to limit risk by, say, reducing leverage. The safer these financial institutions are, the less likely the contingency would be triggered and the less they would need to pay for this debt.»

Pero esta propuesta tiene otras implicaciones y apunta en otras direcciones. Para empezar no gustaría demasiado a los banqueros porque en la tensión que soportan frente a los contribuyentes esta medida inclina la balanza en favor de los contribuyentes. Esto es así porque para empezar el esquema incrementa los costes de los bancos puesto que…

…«the buyers of these bonds would need to be compensated for providing this insurance.»

En consecuencia, si se pusiera en práctica la idea de Mankiw, los beneficios de la banca serían menores y, por construcción, se incentivaría menos la innovación.

Esto no es sino una manera alternativa de mirar al trade-off entre innovación y prudencia. Apunta, de hecho, a la idea de servicios financieros como «utilities» que, al mismo tiempo pueden servir al la colocación del ahorro de la clase media que no quiere aventuras.

Esto no quiere decir necesariamente que haya que abandonar la innovación financiera, sino que ésta quizá debiera pasar a ser el negocio de otros tipos de instituciones que no sean tan cruciales para el tranquilo discurrir de la actividad económica.

Quizás; pero, en mi opinión, el Capitalismo que Viene es tan fuerte que una idea tan sensata llega tarde. Tendremos que contentarnos con modificaciones cosméticas de Basilea II y simplemente aceptar que habrá una próxima crisis financiera y que ella traerá una cierta forma de movilidad social. Que siempre ganen los banqueros no quiere decir que los banqueros son siempre los mismos.

Caparazón y Esqueleto

11 de abril de 2010

El el programita gratuito de la película Luciérnagas en el Jardín de Dennis Lee, este joven director escribe lo siguiente: «(…) una madre tiende a ser (…) como el marco de un cuadro que tiene que contener y mantener apelmazado todo lo de la pintura (…). Una vez que ese marco desaparece las cosas comienzan a irse a pique».

Como si la pintura sin marco se desparramara. Pero el marco delimita lo de dentro y lo distingue de lo de fuera, una separación sin la cual es difícil pensar(se).

Este pensamiento sencillo pero turbador me ha hecho volver a la idea reciente de la dificultad de conceptualizar lo totalmente endógeno. Una cosa así no puede tener caparazón y solo puede concebirse a través de la idea de esqueleto. Un esqueleto puede servir a muchas formas corporales distintas, de ahí que la imagen de lo totalmente endógeno sea la de un blandiblu continuamente deformándose y reformándose.

Uno esperaría que después de la Teoría del Equilibrio General, algo cercano a lo imaginable como endógeno total, se continuara en Economía por ese camino ancho que permite las deformaciones de un blandiblu, las expectativas que se autorealizan y demás acercamientos a lo totalmente endógeno, un camino que parecería apropiado para entender algo sobre el sector financiero y su crisis que nos ha traído hasta la Gran Recesión.

Pero los caminos del pensamiento son inexplicables o al menos impredecibles y así he observado, en la sexta edición del IMEBE celebrada en Bilbao, que los brillantes jóvenes que practican Experimental Economics imponen sus preguntas y sus métodos de respuesta no consiguen verse a sí mismos dentro del experimento ni parecen haber oído hablar de Heisenberg. Y, sin embargo su entusiasmo es como una señal de verdad.

La Cuestión del Poder

10 de abril de 2010

– Publicado en Expansión –

En las dos últimas columnas de esta Mirada del Economista he catalogado, al hilo de una posible recuperación sin creación de empleo (en febrero) y del desapalancamiento (en marzo), cuestiones de poder bien conocidas pero que, sin embargo y en general, no se consideran como tales sino que se afrontan como cuestiones meramente técnicas. El llamado diálogo social sigue siendo una lucha de clases puesta al día que, sin embargo, no se considera como tal lucha, sino como un mero dispositivo disciplinario que sirve para quitarle virulencia a esa lucha casi primitiva. Pero ese es solo un ejemplo. También he hablado de la tensión entre contribuyentes y banqueros, algo que no se puede ocultar por mucho más tiempo (el FROB se acaba en junio, salvo prórroga, y dimite Quintás) y que, sin embargo, también parece semioculto entre la maleza espesa de las noticias de un universo comunicacional que se banaliza y que no insiste, como debería, que lo primero para salir de la crisis es arreglar un sector financiero que sigue sin atreverse a desnudarse del todo. También hemos redescubierto lo que ya sabíamos, que los intereses de los distintos países de la eurozona no son coincidentes y se tornan a veces incompatibles como es el caso en el eventual rescate de Grecia en cuya discusión se está utilizando una mala teoría económica por parte de Alemania que parece olvidar que sus exportaciones dependen de la demanda exterior por sus productos a no ser que impulsen su propia demanda interior. Pero hoy no toca hablar de teoría económica.

Pues bien, muchas de esas tensiones son hoy mediadas por grupos de presión coordinados por los llamados despachos de influencias. Esta mediación está honesta espontáneamente organizada por emprendedores ambiciosos y bien relacionados que persiguen, además de una posible ayuda al entendimiento general, su propio beneficio. Pero eso es una cosa y otra bien distinta es que no nos demos cuenta de que «despacho de influencias» y burocracia quieren decir lo mismo.

Burocracia, en efecto, quiere decir el «poder del despacho» y podría traducirse como «despacho de poder» o quizá «de influencias». Es decir, cuando los intereses se corporativizan y/o sectorializan y se plasman en grupos de presión, proliferan los «despachos de influencias» que, regulados o no como lobbys, trabajan para ellos. Entramos entonces en el mundo de la burocracia, el juego espontáneo de los intereses personales se anquilosa y las instituciones supuestamente democráticas se esclerotizan de manera que no pueden canalizar esos intereses, acaba por no haber lo que se llamaba movilidad social y se pierde toda esperanza de mejora meritocrática. Todo está bloqueado y solo algunas modestas iniciativas en manos jóvenes tienen una pequeña oportunidad de abrirse camino en la maraña de la mezcolanza de intereses. Muy pocos pueden considerarse nativos de un mundo así. La mayoría de nosotros nos sentimos exilados o extrañados, especialmente si tenemos una cierta edad y recordamos lo que era vivir en un mundo sin horizontes.

Un ejemplo de lo anterior, y una fuente más de contradicciones, es justamente algo que está pasando en el mundo de la ciencia y la innovación del que, en principio, uno quisiera aprender para mejorar la competitividad de nuestra economía. Es sin duda maravilloso poder medir, por burda que sea la manera en que se haga, la aportación de nuestros científicos a la ciencia mundial en diversos campos. En principio parece una buena idea repartir los fondos públicos destinados al efecto de una manera proporcional a esa contribución con ponderaciones por ramas que deben, naturalmente, venir impuesta por los responsables de dirigir la política científica. Pero aquí empiezan los problemas.

En esencia consisten éstos en que los científicos reproducen en su gueto la misma disciplina que experimentan en el exterior, ese lugar en donde se sienten extraños porque no pueden acceder al poder. Y lo hacen mediante rankings cada vez más depurados que quieras que no influyen en la dirección de la investigación e, indirectamente, dejan sin voz a ideas que quizá en su mayoría son mediocres pero que,en ocasiones, podrían ser iluminadoras o seminales. El resultado colateral de este proceso, en principio bienvenido, podría ser que la dinámica de la creatividad se bloqueara por un exceso de esa burocracia que ahora y en este caso puede llegar a incluir despachos especializados en redactar propuestas para comités especializados pero a la postre influenciables por una especie de efecto rebaño. La inanidad amenaza bajo el disfraz de la innovación. Pensemos ahora en un corolario muy cercano a este eventual resultado indeseable pero ya dentro de la economía. Pensemos en la reforma del mercado de trabajo o en las pensiones. En estos dos casos los interesados son fáciles de identificar: trabajadores, empresarios y posibles vendedores de fondos de pensiones alternativos. El problema técnico parecería trivial, pero no lo es. Se trata de dos sistemas que, al integrarse, conforman un nuevo sistema recursivo que puede tener soluciones múltiples como corresponde a cualquier sistema complejo, de forma que cambios imperceptibles en las condiciones iniciales pueden conducir a resultados muy distintos. Pero es que, aunque el problema técnico fuere trivial, pensar que lo que confrontamos como ciudadanos o trabajadores o empresarios se trata de un mero problema técnico es un error. Nada que tenga que ver con el trabajo y su gestión es trivial. Siempre cabe la duda de si no reventará un día esa sumisión básica del trabajo al capital que tantos beneficios ha reportado tanto al uno como al otro y si no estamos jugando con fuego ante la posibilidad de que el trabajo vaya a intentar romper las reglas del juego admitidas por los sindicatos para llegar a autogestionarse. Esta autogestión es quizá solamente una pulsión juvenil que, enraizada en nuestra juventud sesentayochista, vuelve ante la situación esclerotizada en la que estamos envueltos y acaba llegándonos aunque vivamos protegidos en un gueto suficientemente confortable.

Bajo esta extraña luz que creo ilumina, y quién sabe si distorsiona, el escenario conflictivo, iniciativas como la de la Fundación Confianza, con su famoso lema «estosololoarreglamosentretodos», conforman un obstáculo objetivo a ese tipo de movimientos que he llamado, por ponerles un nombre, autogestionarios y que podrían cambiar radicalmente el mundo incluido el de la ciencia. Dicho de una manera un poco chusca, esa iniciativa bienintencionada pretendería frenar cualquier explosión social de las que nos alerta hasta Dominique Strauss Kahn, cantando la internacional antes de que nos la canten. A mí ya me va bien, pero no creo que debiéramos engañarnos. Desde luego que la confianza se echa en falta para la buena gestión de la creación y consiguiente e independiente reparto de la riqueza. Pero no podemos dejar de pensar en que quizá esta vez no está en juego esa gestión, que puede encomendarse a expertos, incluidos los científicos innovadores y economistas, sino la creación y distribución de la riqueza en sí como un todo indistinguible. Y ambas cosas no son la misma. Las cuestiones de poder de las que he hablado últimamente pueden en principio solventarse de una manera técnica sin necesidad de plantear quién manda aquí. Pero en un mundo el que ninguno nos encontramos como en casa y en el que tanto los jóvenes como los jubilados nos encontramos sin horizonte claro, las cuestiones de poder se convierten simplemente en esa Cuestión del Poder del título. Algo bastante más intrincado que la reforma del mercado de trabajo o la consolidación financiera.

Mi kioskero

14 de abril de 2010

Parece un ruso blanco exilado en París, pero simplemente regenta su kiosko cerca de El Corte Inglés. Sabe mucho de finanzas y ya llevamos varios días discutiendo sobre el futuro de España que, según él, estaría ligado al destino de Grecia. Hoy, además, me ha puesto en un brete al abrir otra línea de conversación.

Se trata de las agencias de calificación. La pregunta difícil es cómo es posible que este reducido grupo de empresas pueda subsistir después de haber sido (co)agentes de la debacle financiera que todavía sufrimos.[1]

Tengo que prepararme para mañana pues me va a estar esperando. No me parece oportuno desviar su tiro y cantarle el párrafo de Dylan en el que les disculpa metafóricamente, sería descortés y una vía de escape indigna de un intelectual como mi kioskero. La pregunta es relevante y merece una respuesta seria. He aquí un esbozo de la mía.

En principio ese sector solo se mantiene por la reputación de las pocas compañías que lo conforman y que han establecido una enorme barrera de entrada a cualquier competidor ya que esa reputación es muy costosa de alcanzar. Pero entonces deberíamos haber observado una pérdida de reputación con ocasión de los errores que cometieron con la calificación de algunos productos derivados. ¿Por qué no ha ocurrido eso? Mi kioskero me lo va a preguntar y tengo que tener una respuesta.

La razón es simple. Las agencias de calificación no han perdido la reputación, a pesar de su poco diligente desempeño en la calificación de ciertos productos financieros derivados, por la simple razón de que nunca la han tenido. Y nunca la han tenido porque para adquirirla tienes que hacer cosas que sean manifiestamente irracionales a menos de que seas algo especial o tengas un don único para, en nuestro caso, olfatear riesgos mejor que otros que tienen o podrían conseguir la misma información de las compañías o activos calificados.

Es justamente en este punto donde le voy a ganar la batalla a este kioskero que me busca las cosquillas. Las agencias de calificación no pueden señalar creíblemente su olfato excepcional simplemente porque sus calificaciones son performativas, es decir, producen el resultado que predicen. Por lo tanto no pueden adquirir una reputación. ¿Cómo podrían perderla entonces?

Las (nuevas) élites

15 de abril de 2010

Hoy quiero destacar, independizándolo, un comentario que realicé a un magnífico post de David de Ugarte y que puede servir indirectamente para complementar los dos últimos posts de David: el de agente-principal y el de las tres tesis indianas.

La diferencia entre élites y gestores es crucial. Estos últimos están adiestrados para conservar la forma de dominio social que permite la ordenada distribución de riqueza. Las élites son las que entienden de producción de riqueza y apoyan la formación de gestores mientras les interesa. Estas élites no son formadas por nadie a pesar de los intentos de las viejas y nuevas escuelas de negocios.[2]

En los tiempos que corren solo podemos o bien imaginar quiénes van a ser esas nuevas élites que impondrán sus formas de dominio controlando la producción, o bien aspirar a que desaparezcan y con ellas la formación de gestores y, con la consiguiente desaparición de éstos, las formas de dominación existentes o imaginables.

Pero en este último caso, acontecerá el desorden creativo que hoy se manifiesta paradójicamente en las clasificaciones de esas escuelas de negocios y en los rankings de esa clase de personas llamadas científicos que quieren salir del gueto en el que les tiene encerrados el poder y pasar a la élite.

Clasificaciones y rankings son solo la manifestación exasperada del malestar por unas formas de dominio que ya no sirven. Son testigos inconscientes de que por delante solo tenemos o el estallido final o un nuevo big bang de una forma de dominación distinta.

Cual de estas posibilidades ocurra depende de la potencia vital que vuele por ahí y de su distribución entre edades y géneros.

Keynes y el Postimpresionismo

16 de abril de 2010

¿En qué radica lo que podríamos llamar el toque Keynes? ¿Era Keynes impresionista tal como parecía entender el gran Hicks? La analogía es buena puesto que la obra de Keynes como la de Seurat se comprenden bien cuando se miran a distancia. Cada puntito de color puede no ser perfecto, cada idea microeconómica puede no estar muy justificada, pero visto con perspectiva el cuadro general que intentan pintar uno y otro se entiende, makes sense diríamos interpretando lo que quiere decir Hicks.

Se me ocurre que igual podríamos ir un poco más allá y jugar con la pregunta de si el toque Keynes no sería más bien postimpresionista en dos de sus versiones tal cuales son el sintetismo y el cloisonismo.

Como Gaugin, Keynes descubrió más allá del impresionismo que la impresión general que le interesaba dar podría ser lograda mediante la síntesis de piezas o compartimentos unidos y ordenados de una manera inteligente, sin pretensiones de coherencia sino de impacto, y cada uno de los cuales estaba pintado de una manera nada puntillista sino más bien sobria y flat.

Más que una impresión lo que Keynes quería hacer es completar un puzle montando piezas de muy distinto origen. Así se entiende mejor el conjunto de su obra mucho más amplio que le Teoría General a la que se refiere Hicks.

Me pregunto si para comprender el mundo económico, en lugar de alejarse del escenario de la acción, no habría que acercarse a examinar extrañas piezas aparentemente inconexas para luego utilizar el genio a fin de unirlas de una forma reveladora.

Dicho de otra manera, quizá lo que hay que hacer en macroeconomía no es tanto perfilar con cuidado los microfundamentos, sino juntar piezas heterogéneas con orígenes muy distintos e intenciones muy diversas. Quizá lo que nos enseña Keynes es que escribir de economía no tiene por qué ser una forma de relato científico, sino un género literario basado en la experiencia vital de todo tipo.

Bouillon de commentaires

18 de abril de 2010

Copio aquí mi comentario sobre el post de Samuel Bentolila que nos daba noticia de la presentación de SERIEs, la fusión de la SER (Spanish Economic Review) y de Investigaciones Económicas. Lo hago con una cierta intención que se verá al final.

Comentaba yo:

«Enhorabuena a quienes habéis hecho posible esta fusión, aunque yo no esté tan seguro como Xavier de que una sola revista tenga más recorrido que dos en competencia. Y, desde luego no quiero ahorrar felicitaciones al Consejo Editorial que ha elegido comenzar la andadura de SERIEs con un número dedicado a los modelos DSGE que han sido y posiblemente sigan siendo centrales para el análisis macroeconómico. Me gustó oír a Jose Luis hacerse eco, aunque fuera para tratar de refutarlas, de las principales críticas a estos modelos basadas justamente en la falta de integración del sector financiero, una dificultad ya destacadas hace muchos años y en el agente representativo lo que implícitamente condiciona mucho los resultados. Pero, no puedo reprimir una cierta crítica al acto de presentación en sí y no tanto por las presencias como por las ausencias. Entre estas quiero mencionar explícitamente la de Salvador Barberà quien fue, tal como se reconoce en el Editorial de este número de SERIEs, el primer editor de la SER, una de las dos revistas fusionadas. Y, entre otras ausencias, desearía destacar la de una más nutrida representación de la comunidad científica universitaria asociada al tipo de trabajos como los que contiene el número que se presentaba; pero que no están asociados a grupos que, sin menoscabo de su enorme calidad, viven al socaire de unas instituciones poderosas a las que sin reticencia alguna hay que agradecer su apoyo a la investigación, pero que condicionan, o podrían condicionar, el necesario libertinaje de pensamiento.»

Aprovecha Samuel la ocasión que le brinda su contestación a mi comentario para dar más información sobre el acto de presentación de SERIEs, tal como habrán podido ver en el link al que les he remitido antes. Bueno es que se sepan los detalles y se mencione a todas las personas que actuaron en la presentación. Me alegro haber servido de coartada.

Pero nada dice Samuel sobre la última línea de mi comentario que sugería la necesidad o la simple conveniencia del libertinaje. Curiosamente, sin embargo, un comentario de David de Ugarte sobre mi post de hace dos días sobre Keynes y el Postimpresionismo y que nada tiene que ver con SERIEs, da la clave que yo buscaba. En una parte de su comentario dice David:

«Cuando lees la bio por Skidelsky te preguntas si la causa de que las universidades europeas tengan tantas dificultades en dar «nuevos Keynes» no es que para hacer ese tipo de relatos hace falta una vida tan llena de contagios intelectuales como la que tuvo el mismo Keynes»…

Voilà, contagios intelectuales, esto es lo que yo estaba echando en falta, sin saber cómo expresarlo, en mi pequeña diatriba contra algunas instituciones bienintencionadas pero que no son precisamente partidarias del libertinaje intelectual.

Yo, qué quieren que les diga, me siento un poco ahogado sin esos contagios intelectuales que solo se dan cuando uno se deja llevar por la negligence y relaja su ascetismo para mirar a su alrededor y en las direcciones más insólitas y peligrosas, dispuesto a tomarse, como si fuera una medicina, una buena taza de boullion de culture.

El Reto de Samuel

19 de abril de 2010

No escribo una historia bíblica, tal como su título parecería evocar, sino la tarea a la que me reta Samuel Bentolila (SB) a raíz de mi post Bouillon de commentaires.

Ese post, como se puede comprobar, citaba un comentario que yo había realizado a un post de SB en Nada es gratis y su contestación correspondiente. Todo ese lío de comentarios no es relevante en sí mismo, sino, únicamente como contexto de lo que sigue. Lo que realmente me importa del reto de Samuel es lograr expresar algo que todavía no distingo con nitidez. Quizá la mejor manera de comenzar este intento de expresión sea destacar el final de mi primer comentario, ese parrafito al que SB no contestó de entrada. Se refiere al acto de presentación de SERIEs:

«entre otras ausencias, desearía destacar la de una más nutrida representación de la comunidad científica universitaria asociada al tipo de trabajos como los que contiene el número que se presentaba; pero que no están asociados a grupos que, sin menoscabo de su enorme calidad, viven al socaire de unas instituciones poderosas a las que sin reticencia alguna hay que agradecer su apoyo a la investigación, pero que condicionan, o podrían condicionar, el necesario libertinaje de pensamiento.»

Es en este punto en el que SB me reta amablemente al reconocer de manera retórica que no entiende ese párrafo y añadiendo que:

«Quizá enriqueciéramos el debate si escribes una nueva entrada del blog explicando en detalle lo que quieres decir, con actos, nombres, datos, etc. Yo entonces contestaría lo mejor que sepa.»

Pues vale, enriquezcamos el debate. Reconozco que no sé a qué me refería con la locución «otras ausencias», quizá fuera solo una rutina del lenguaje; pero el resto sí que tenía una cierta intención. Yo debería poder decir a qué personajes universitarios eché en falta; es exigible, independientemente, la aclaración de a cuáles me refería al mencionar a «instituciones poderosas» y finalmente, lo más importante para mí, me gustaría aclararme sobre lo que quería decir cuando dije que esas instituciones podrían condicionar el libertinaje del pensamiento.

Vayamos pues por partes.

Las dos primeras exigencias de SB son fáciles. ¿A quien eché en falta? En primer lugar a Salvador Barberá, primer editor de La Revista Española de Economía tal como se indica en este primer número de SERIEs. Aunque como contó Xavier Vives esta revista quizá nació en 1971, pasó luego a manos universitarias, tuvo un cierto recorrido propio durante bastante tiempo y posteriormente un desarrollo paralelo al de la Asociación Española de Economía, hasta que cambió de nombre «anglofilizándolo» como Spanish Economic Review. Y todo ello con muy escasa ayuda financiera aunque el Instituto de Estudios Fiscales de aquella época apoyó la iniciativa. SB reconoce que esta primera ausencia fue notoria, pero esos detalles adicionales son significativos. Me hicieron pensar en la precaria situación universitaria, para no pocos sin solución posible, y eso me llevó, en segundo lugar, a echar en falta, por ejemplo, a nuestro común amigo Javier Díaz quien habría podido complementar, desde su propia práctica profesional, la exposición de los modelos DSGE que realizó el Director del Servicio de Estudios del Banco de España, así como, a manera de ejemplo adicional, algunos profesores del IESE o del IMDEA. La ocasión hubiera merecido, además, la presencia de macroeconomistas que también hubieran tenido algo que decir no solo en general sino, más específicamente, sobre los artículos que aparecen en este primer número que recoge una conferencia que se había realizado un año antes en el Banco de España. Pensemos en Galí quien nos hubiera podido explicar con cuidado el porqué de las rigideces que, en aras del realismo, los bancos centrales introducen en estos modelos que, en su versión original, provienen de la universidad y de manos de intelectuales que no creen en las rigideces aunque, es cierto, estaban en conexión con una FED, pero con una FED descentralizada. También podría añadir a Alfonso Novales quien dedicó al análisis de la Política Macroeconómica su discurso de entrada en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas siendo contestado por Jaime Terceiro quien, por consiguiente, también podría haber sido invitado así como innumerables profesores de macro y de finanzas (otros profesionales que, hasta donde yo conozco a la gente, brillaban por su ausencia).

Es ahora inmediato entender a qué instituciones poderosas me refería. No desde luego a la Real Academia, sino a las otras dos mencionadas. La SEPI (antiguo INI) y el Banco de España. La primera a través de su Fundación financia la nueva revista lo mismo que financió Investigaciones Económicas desde su inicio. Y el segundo ha creado y mantiene con el apoyo de múltiples ayudas empresariales tanto el CEMFI, magnífico centro de estudios monetarios y financieros, y a FEDEA, magnífica Fundación de economía aplicada.

Creo que ahora se intuye por qué es posible pensar que, por la dependencia de esas instituciones, quienes las habitan pueden sentir la falta de libertinaje intelectual.

Aclaro de inmediato que no estaba sugiriendo falta de esa libertad intelectual que da la libertad de cátedra, pues no creo que nadie de los que trabajan en alguna de las instituciones citadas hayan sentido nuca censura alguna.

¿A qué me estaba refiriendo entonces? Este es el verdadero reto de Samuel. En parte estaba ya explicado por la identificación que hacía de libertinaje y contagios intelectuales:

«contagios intelectuales, esto es lo que yo estaba echando en falta, sin saber cómo expresarlo, en mi pequeña diatriba contra algunas instituciones bienintencionadas pero que no son precisamente partidarias del libertinaje intelectual.»

Es cierto que explico un concepto oscuro recurriendo a otro no menos oscuro, pero creo que puedo hacer un primer intento de aclarar lo que creo que quiero decir. Sí, no creo que el Banco de España ni la SEPI proporcionen la oportunidad de intercambiar ideas con heterodoxos. La semana pasada pasó por Madrid John Roemer y dio seminarios en La Fundación March y la Carlos III, no en el Banco de España o en la SEPI. Tampoco creo que el Banco de España se sintiera muy cómodo con las opiniones de un ortodoxo como Rogoff quien afirma que la FED ha sido capturada por Wall Street ni que le apetezca invitar a un seminario público a Stiglitz para acumular ideas de cómo cobrar a los bancos el bail out a pesar de que aquí, y gracias a la regulación de esa institución, esto no ha sido en general necesario, al menos en el volumen que se ha requerido en otros países.

Y, sin embargo esos contagios intelectuales son, creo yo, necesarios. Ya sé que se pueden tener sin necesidad de hacerlos públicos y, por lo tanto, yo no puedo afirmar que no se tengan. Lo que sí pienso es que si no se tienen se pierde perspectiva y uno mismo se autolimita innecesariamente. Esto no quiere decir que sin esos contagios intelectuales o sin ese libertinaje al que me refería inicialmente uno no pueda alcanzar un nivel científico (si así puedo expresarme hablando de economía) extraordinario. No es mi caso, pero creo que aun si lo fuera me sentiría tal como terminaba mi post…

…«un poco ahogado sin esos contagios intelectuales que solo se dan cuando uno se deja llevar por la negligence y relaja su ascetismo para mirar a su alrededor y en las direcciones más insólitas y peligrosas»…

Reconozco que cuando escribí estas últimas palabras estaba contagiado por la prosa de David de Ugarte quien, en su comentario a mi post, mencionaba a Keynes y evocó en mí justamente la manera nonchalante de hacer las cosas, siempre ocupado en su universidad y en los más diversos oficios, pero siempre dispuesto a dejarse llevar por el murmullo de ese Bloomsbury que quizá un día el famoso Andoni llegue a remedar.

Termino diciendo que esa negligence, esa disponibilidad anímica para dejarse llevar por derroteros sin perspectivas de éxito inmediato o de interés personal, se da solamente, o bien en la soledad personal o bien en la universidad o, al menos, en la universidad que yo y muchos hemos soñado: un lugar en el que la cafetería o el comedor pueden ser lugares en los que uno se cae del caballo, o siente cómo se le caen las escamas de los ojos vislumbrando de repente perspectivas novedosas y fértiles.

He ahí mi próxima tarea: explicar con más precisión o con mayor amplitud o de forma más expresiva esta manera de vivir. Aprovecharé para ello la contestación de SB.

Mercado y Competencia

28 de abril de 2010

En un intercambio de ideas con DdeU surgió una discusión que ha dado origen a este post.

Es menester distinguir entre mercado y competencia. El mercado libre genera unos precios que coordinan las actividades, sean de producción y/o de intercambio. Pero si el mercado, además de ser libre, no es del todo perfecto en el sentido de que la competencia no es suficientemente brutal, entonces surge el papel incentivador de los precios.[3]

Esto ocurre porque en unas circunstancias así, algunos individuos tienen un poder monopolista al menos temporal y se aprovechan apropiándose de rentas. En este punto es solo la competencia brutal la que disipa esas rentas. Así, por ejemplo en el modelo de agente y principal, el agente con ciertas ventajas informacionales puede aprovecharse de ellas y cobrar más de lo que aporta justamente porque no hay otras personas tratando de ser agentes y con similar información. En la sociedad de la información, sin embargo, esas y otras personas están ahí y acaban con la ventaja que cualquiera de ellas pudiera derivar de su información diferencial.

Entonces ya los precios no incentivan nada pues ya han incentivado.

Yo iría un paso más allá y me atrevería a entrar en terrenos no económicos. Diría que, una vez disipadas las rentas, descubrimos incentivos menos materialistas y de más enjundia. Era la escasez artificial (de información) la que nos engañaba forzándonos a atender a unos incentivos mezquinos. Pero eso es equivalente a decir que el hombre es malo a no ser que la disciplina de la competencia le permita hacerse bueno. Es un ser caído y redimido por el trabajo o, en nuestro caso, por la competencia, algo muy calvinista. El catolicismo por su parte pensaría que el hombre, una vez redimido por Cristo, es ya bueno y no necesita el tratamiento de choque de la competencia.

En este sentido el católico Walras pensaría que siempre estamos en un mundo en el que solo hacen falta los precios para coordinar mientras que Jevons, el protestante, sería sin embargo, consciente del papel fundamental de los precios para incentivar la mismísima competencia.
Si esta interpretación fuera correcta nos permite hacernos dos preguntas. La primera es la de decidir qué es mejor, si los objetivos materialistas y mezquinos (Calvino) o los objetivos utópicos (Loyola). Y la segunda es cual sería la manera más adecuada de alcanzarlos, si mezquinamente o con generosidad mediante la fraternidad y/o solidaridad.

La respuesta a la primera pregunta no tiene dudas para mí. Creo que, a pesar de las famosas paradojas económicas sobre el interés propio, sería mucho mejor entender ese interés propio de forma que incluya el cuidado del prójimo. Mi respuesta a la segunda pregunta es algo paradójica. Para conseguir esa fraternidad y un cierto desinterés por la vida material, lo mejor es estar siempre atento para erosionar cualquier renta que otros seres caídos estén consiguiendo. La paradoja radica en que solo si se nos ve como policías atentos a los privilegios o rentas no merecidas, conseguiremos que éstas no aparezcan y que podamos desenvolvernos en un mundo más vivible en el que aparentemente no hacen falta policías.

La Investigación a Goldman Sachs

29 de abril de 2010

Esta artículo apareció en Expansión martes 27, hace dos días. Lo reproduzco aquí corrigiendo un pequeño error que, aunque se entendía como tal sin posibilidad de malentendido, merece la pena eliminar.

La acusación de fraude por parte de la SEC contra Goldman Sachs, el banco de inversiones más admirado del mundo, una institución de la que se decía que había visto venir el final de la burbuja inmobiliaria y se había librado de ella, llega en un momento muy oportuno para que salga adelante la reforma del sistema financiero que persigue Obama y en un momento muy inoportuno para la recuperación, pues nos hace volver a la época en la que los bancos recelaban unos de otros y en consecuencia no hacían uso del interbancario pensándose dos veces el intercambio con ninguna casa cuyas condiciones de solvencia desconocían. Por ambas circunstancias puede muy bien ocurrir que el frenazo a la innovación financiera sea demasiado brusco.

Trato ahora de describir lo que entiendo que ha ocurrido. Tengo que hacerlo a pesar de que, en este mismo periódico, esto ya se ha hecho al menos en un par de columnas. Mi descripción sería como sigue. Yo, Goldman comercializo, y cobro comisiones por ello, un producto derivado llamado CDO (Colateralized Debt Obligation) que consiste en un paquete formado por trocitos de otros activos primarios o derivados. De esta manera, y en principio, yo, Goldman, me financio y además colaboro a completar mercados, es decir a repartir mejor el riesgo haciendo que éste recaiga sobre quien lo quiere asumir. La estructuración de este paquetes es algo que no hago yo sino que se lo encargo a una inversora llamada AKA quien, a su vez, recaba el asesoramiento del Sr. Paulson propietario y gestor de un hedge fund. En varias rondas de contactos entre estos dos intermediarios se va conformando el paquete de trocitos de hipotecas, o de CDOs preexistentes, que se denomina Abacus. Tal como es costumbre yo, Goldman, lo mismo que AKA, tomo posiciones largas en este activo sintético, es decir compro parte de él y me lo quedo en mi activo mostrando así mi confianza en su valor intrínseco. Hasta aquí nada anormal. Lo raro llega cuando nos enteramos que la SEC acusa al Sr. Paulson de haber recomendado, para conformar el paquete, activos de los que, de hecho, desconfía hasta el punto de pensar que van a bajar de valor. Esto le permite al Sr. Paulson hacer un buen negocio vendiendo hoy a corto, es decir cobrando a precio de hoy lo que no tiene pero que puede entregar mañana cuando lo compre a su verdadero valor que, como ya sabemos, puede ser muy inferior al precio que el Sr. Paulson ha cobrado hoy. Pero yo no vendí en corto sino todo lo contrario, tomé posiciones propias y, finalmente, perdí aunque posiblemente menos de lo que gané en las comisiones de colocación.

¿Algo que objetar? ¿Que yo no di la información adecuada? Pero ¿qué información sería ésta? Quizá que alguien pensaba vender a corto? Pero ¿cómo podría saberlo yo? Quizá no lo sabía ni el mismo Sr. Paulson y, en cualquier caso difícilmente le vamos a sonsacar lo que sabía o dejaba de saber. Y, por su parte, AKA, que actuó como estructurador por encargo mío y también tomó posiciones propias, ofreció junto conmigo toda la información habitual sobre las tranches de otros CDOs o de las hipotecas que conformaban Abacus. Además, como es habitual, yo compré a AIG un seguro, denominado CDS (Credit Default Swap) para cubrirme del riesgo de que Abacus no funcionara y no pudiera pagar a sus compradores (entre los que me encuentro) los intereses prometidos. Cualquier otro inversor pudo hacer lo mismo y algunos lo hicieron por lo que, es de esperar que AIG se enterara bien de la naturaleza del nuevo CDO. ¿No es esto prueba fehaciente de que aquí no hay nada anormal?

La investigación y, en último término, los tribunales dirán cual es la verdad jurídica, la única que cuenta, dicen. ¿Seguro que es la única que cuenta? Pues no, porque lo que ahora está en juego es la reforma del sistema financiero, su regulación y su supervisión, y de paso la posibilidad de aprovechar la potencialidad de la innovación financiera. ¿Qué hacer? Se puede tomar una actitud prohibicionista o una posición que aboga por la transparencia total.

Examinemos ambas.

La transparencia tiene tan buena prensa que es lo primero que se le ocurre a alguien que quiera preservar las ventajas de la innovación financiera. Pero no es evidente que sea la solución y ello por dos razones. La primera es que no hay striptease que descubra toda la verdad. Ese es un desideratum inalcanzable. Ya hemos visto que todos los supervisores del mundo no han sido capaces de informar sobre las verdaderas posiciones de los bancos de manera que la estabilización del sistema financiero no se debe al conocimiento común de las posiciones de cada uno sino, más bien, al paso del tiempo que todo lo cura y que hace pensar a cada banco que ya no necesitará desnudarse. No nos queda pues más que preguntar a los Srs. Paulson de esta vida. Pero a falta de tests neurológicos que no imagino vayan a ser completamente fiables en un futuro inmediato, no podemos confiar en que nos vayan a decir la verdad. Lo más interesante es que igual no nos la podrían decir aunque quisieran porque es posible que, una vez elegidos los activos subyacentes a Abacus, su mezcla haya sido dejada a un procedimiento automático completamente imposible de desencriptar.

Si así fuere el mismo Sr. Paulson estaría tomando riesgos, aunque limitados pues, si bien la encriptación del procedimiento de mezcla puede ser compleja, los ingredientes básicos sí que han sido seleccionados intencionadamente. Parece que no nos quedarían más que las posiciones prohibicionistas, bien radicales, prohibiendo toda titulización, bien matizadas prohibiendo las operaciones al descubierto o, en cualquiera de los casos, no prohibiendo ni una ni otras, pero penalizándolas con tasas ad-hoc bien diseñadas.

¿Qué haría yo, quitándome ya el disfraz de Goldman? Prefiero correr el riesgo de toparme con sinvergüenzas capaces de engañar al sistema que adoptar medidas prohibicionistas que llevarían al sector financiero a convertirse en una utility incapaz de completar mercados.

Sobre fraternidad laica

30 de abril de 2010

Este es un post sobre un comentario de Carlos Boyle sobre el post Mercado y Competencia. Trata de interpretar ese comentario, especialmente en su última parte, en términos políticos. No cito todo el comentario de Carlos, sino solo aquello que necesito para mi contestación,

«Pare ello echaré mano de la tesis de amigo-enemigo de Carl Schmitt y me plantaré en la tesis que esgrime Chantal Mouffe al respecto en En torno a lo político.»

Comienza comentando sobre los dos paradigmas de los que yo hablo: el mercado, en el que los precios sirven como coordinadores de la actividad y la competencia que sirve justamente para que, cuando los precios jueguen un papel incentivador y no meramnte coordinador, se elimine la razón para ese rol de los precios. Dice Carlos:

«No es casual que desde dentro de nuestra cultura y por tu formación, para referenciar ambos paradigmas te hayas basado en el pensamiento de dos de los referentes religiosos que más influenciaron desde ese lugar a la política y a la economía.»

Se refiere a Calvino y Loyola y, en la base de ambos, a la religión y así se explicaría la opinión de Mouffe acerca de la moralización de la política.

En efecto, Mouffe advierte sobre una suerte de operación de moralización sobre la política:

«Lo que quiero indicar es que, en lugar de ser construida en términos políticos, la oposición «nosotros/ellos» constitutiva de la política se construye ahora según las categorías morales del «bien» versus el «mal».»

Hay aquí algo que no entiendo pues, de acuerdo con esa referencia, el nosotros/ellos es constitutivo de lo político no de la política que sería justamente, y dicho en mis palabras, una salida a la caracterización de lo político que hace Carl Schmitt, una especie de eterna espera agonística para lograr superar los antagonismos. Esto es, en términos amplios, lo que va a añadir Carlos, volviendo a la misma fuente. Cita Pablo en La barbarie recensionando el libro de Chantal Mouffe, En torno a lo político, que lo precisa más. Dice Pablo:

«Mouffe propone como alternativa a la democracia liberal lo que ella y Laclau llaman democracia radical o democracia pluralista. Un modelo basado no en la exclusión antagonista de la diferencia, sino en su inclusión bajo una modalidad «agonista», que consistiría, básicamente, en la puesta en escena del conflicto como alternativa a su resolución por la violencia o, si se quiere, la sustitución de la violencia real por alguna forma de violencia simbólica.» (el voto).

Pero, claro está, la puesta en escena del antagonismo no puede ser sino agonística y eterna si seguimos prisioneros de nuestra tradición eclesial desde Agustín y la Patrística hasta Calvino. Sea de una forma o de otra, es ahí donde surge la fraternidad desligándose de su origen. Tiene pues razón Carlos cuando dice que:

«Llevamos años estudiando a la fraternidad desde la óptica de las redes sociales y lo que es a mí, y creo que a vos tb, nos ha permitido desvincular a la fraternidad de sus preconceptos masónicos, universalistas y cristianos para destilarla en su quintaesencia de lo social.»

Así es y esto que añade Carlos me es totalmente «familiar»:

«Si la fraternidad es la forma de red social que posibilita la libre y ergódica circulación de los flujos internos y su respectivo intercambio con el entorno, sus implicancias morales desaparecen, permitiendo una cuota de violencia real o virtualizada en su seno. ¿O acaso la fraternidad no era anterior a la solidaridad y el bien común? ¿O acaso entre hermanos no nos llevamos a las patadas en casa? Sin embargo nada de esto imposibilitó que siguiéramos siendo hermanos.»

Saquemos pues esto de la fraternidad de ese contexto religioso y veamos qué queda. Algo anterior y previo a la solidaridad. ¿Qué es eso? He aquí la pregunta que, bien respondida, podría dar la réplica a los planteamientos Schmittianos más allá de los agonismos o las escenificaciones.

He ensayado muchas respuestas; pero la que hoy me viene a las mentes es la que podría solucionar la paradoja que plantea el juego estratégico denominado dilema del prisionero. La paradoja es que en su equilibrio o solución no hay cooperación sino todo lo contrario mientras que en experimentos de laboratorio hay mucha cooperación.

La solución de la paradoja se encuentra, no en las estipulaciones que parecerían obvias, sino justamente en que no hay conocimiento común de la matriz de pagos y del hecho de que los contendientes prefieren más a menos. Si el conocimiento de esas dos piezas de información es solo conocimiento mutuo de orden N, N finito, cabe la posibilidad de que yo piense que igual tu no eres un hijo de mala madre sino un hermano y me atreva a jugar cooperativamente. Si además tu piensas lo mismo, aterrizamos en el equilibrio cooperativo por obra y gracia, he ahí lo bello de esta solución a la paradoja, de algo que solo se puede denominar fraternidad.

O sea que la fraternidad es como fingir que no nos hemos enterado de la «maldad» ajena o como fingir que ignoramos el sexo en un ascensor en el que viajamos apretujados.

Notas

[1] Al ver este artículo me acuerdo de lo que a veces se denomina «profesión económica» y de que siguen «en el machito», como las agencias de calificación, a pesar de los patinazos (o los silencios) en torno a la crisis. Todos han perdido reputación pero han sabido proteger su nicho de mercado con las correspondientes barreras de entrada. Cosa distinta es que probablemente ese nicho de mercado debería tener menos valor ahora, pero no estoy seguro de que sea así…

[2] Esto me parece una forma distinta de hablar de las luchas de poder. JU plantea una latente lucha de sustitución del tipo de élites que actualmente está en el poder: una revolución.

[3] Este post trata de economía, aunque no directamente de la crisis. Sin embargo el tema que trata es sumamente relevante para el tratamiento de la crisis y de sus consecuencias, por los temas que aquí se tratan: competencia y mercado, apropiación y disipación de rentas, incentivos a través de la competencia o a través de la solidaridad/fraternidad…

Centralismo/descentralización

Crónica de una Crisis | Mayo 2010

Prólogo

Este fue un mes clave, en el que José Viñals –español en un puesto clave en el FMI para el manejo de la crisis financiera y su resolución– reconoció públicamente unas semanas más tarde que se vivió un momento tan delicado como cuando la quiebra de Lehman Brothers.

En ese contexto tuvo lugar el famoso bail-out del fin de semana del 8/9 de mayo y la también famosa (en nuestro país) llamada de Obama al presidente Zapatero (según el cual el presidente americano le dijo que sabía que nuestro país estaba en default), todo lo cual tuvo produjo el conocido «cambio copernicano» en el discurso de política económica de nuestro presidente.

JU comenta en su post de 12 de mayo cómo el acuerdo alcanzado está «pensado para salvar a aquellos países que necesitan financiar una emisión de deuda para pagar sus gastos (incurridos por activa o por pasiva en los momentos en los que era necesario incrementar la demanda agregada) sin incurrir en el terrible círculo vicioso de emitir nueva deuda para pagar los intereses de la vieja viva» e «indirectamente sirve para salvar a aquellos bancos que acumulan en sus carteras esa deuda que dejaría de valer algo en el caso de que este fondo no existiera y cegaría, por lo tanto el pozo de la liquidez».

Yo reconozco que, sin negar el establecimiento de un «dique disuasorio» de los ataques especulativos a que se refiere JU y al elemento de ayuda de países en serias dificultades para financiarse, me inclino más por la interpretación que da el artículo de Tano Santos citado por el propio JU en su post: es decir, como que «se rescata a los grandes bancos europeos, franceses, suizos y alemanes, cuyos balances estaban sufriendo sobremanera como consecuencia del incremento de los diferenciales de la deuda soberana en sus carteras».

Asimismo, «el plan se presenta como un rescate de las naciones con problemas fiscales pero es mejor entenderlo como una transferencia del riesgo soberano de determinados países en las carteras de bancos, aseguradoras, fondos de pensiones y otras instituciones al balance de un fondo de nueva creación y de más de 600 billones de euros, bien mediante préstamos directos, bien mediante garantías por parte de los miembros de la zona euro, pero también del BCE».

Todo ello (sigo citando) «estaba produciendo un problema tremendo de liquidez en el interbancario que llevó a una seria crisis del sistema la semana pasada, como atestiguaba la subida de los tipos Libor en dólares, la anunciada reapertura de las líneas swaps entre los bancos centrales y otras señales que indicaban la gravedad del problema en desarrollo; las bajadas del mercado de valores sólo daban testimonio de la seriedad de la situación».

Además de este tema, en el post del 12 de mayo y en su artículo del mes JU retoma uno de sus temas favoritos: centralismo/descentralización. En ese contexto muestra su desaprobación por centralizar los mecanismos fiscales en Europa y por establecimiento a escala europea de un Tesoro Único. Considera lógico que algunos echen de menos un Tesoro Único, que tendría que arreglarse con un BCE independiente, de forma que la Política Monetaria y la nueva Política Fiscal estuvieran en sintonía. Y sin embargo esa es una idea cuyo tiempo –según JU no ha llegado todavía. Esencialmente, por la existencia de shocks asimétricos.

Por último, JU ve improvisación en el ajuste fiscal adoptado por el Gobierno español tras la adopción del bail-out. Cree que ese ajuste puede ayudar a frenar la especulación contra el euro pero corre el riesgo de ahogar la recuperación sumiéndonos en una deflación a la japonesa de la que se tarda demasiado en salir».

Vicente Verdú

1 de mayo de 2010

Este hombre es verdaderamente perceptivo; si no lo creen miren este artículo. Es justamente lo que está pasando, que estamos «encarrilados» y viajamos hacia la nada. Sería mejor estar meramente «encaminados» y disponernos a crear un nuevo ferrocarril para viajar hacia el oeste en busca de nuevos horizontes. Como dice Verdú, esos nuevos horizontes no los encontraremos sino en la mirada lateral a todo lo que, visto de frente, nos parece obvio.

Este pensamiento lateral es especialmente importante en Economía tanto en la comprensión teórica y posible regulación pragmática del sistema como en la organización novedosa de la producción y distribución.

Tampoco podemos esperar mucho de los think tanks y el mismo Soros no sabe salirse del carril en el INET.

No nos queda más remedio que poner juntos los siguientes mimbres a los que hacía referencia hace un par de días: la pluriespecialidad y la antiventaja comparativa como camino hacia esa pluriespecialidad. Y entender mejor sus causas, seguramente relacionadas con los rendimientos crecientes por la parte de la demanda como ocurre en los efectos-red.

Puntualización a lo Pepito Grillo

7 de mayo de 2010

Dicen Boldrin y Vázquez en su artículo de ayer en El País:

«Para convencer a los mercados de que la deuda pública española es sostenible hace falta garantizar que el gasto público será inferior a los ingresos en el medio y largo plazo, y que España tiene perspectivas creíbles de crecimiento económico. Y no se está haciendo. Subidas, por ejemplo, en el capítulo de sueldos y salarios de los funcionarios del 3,3% (y del 4,9% incluyendo las pensiones de clases pasivas), como ha ocurrido en lo que va de año, son incompatibles con el rigor fiscal.»

Nada que objetar a su análisis en general del artículo del que este corte forma parte; pero hay un punto que me gustaría matizar, el de la subida de los salarios.

Resulta que el paro ha aumentado muy rápidamente hasta límites de vértigo, aunque algunos recordamos peores cifras. Y, mira que cosa tan rara, los puestos de trabajo que se han perdido son los de menor salario de manera que el salario medio de los que trabajan, solo por esa razón, tiene que aumentar, quizá cerca de un 1%. Es el llamado efecto composición.

Ignacio Pérez Infante ha hecho los cálculos y en cuanto me lea con cuidado sus argumentos los explicaré aquí.

¿Tesoro Único? No, gracias.

8 de mayo de 2010

– Publicado en Expansión –

Con independencia de un artículo esporádico (Expansión 27 de abril) sobre la investigación a Goldman Sachs por parte de la SEC y sus posibles efectos sobre el sector financiero mundial, que también tenía que ver con cuestiones de poder, en las últimas tres entradas de La mirada del economista he hablado de cuestiones relacionadas con el poder. Me referí, entre otras tensiones obvias, a las que habrían de surgir entre países de la UE que pertenecen a la zona euro con ocasión del desapalancamiento, un ejemplo de las cuales viene dado por las que se están suscitando alrededor del caso de Grecia que ha llegado a producir una rebaja de la deuda publica española por parte de Standard&Poors. Hoy quiero continuar por la misma senda a fin de juzgar una obvia cuestión de poder que se va insinuando poco a poco y que es de esperar surja con fuerza después de las elecciones en Renania del Norte-Westfalia y a la luz de las dificultades por las que pasa el euro.

Me refiero a la sugerencia de que se necesita un Gobierno Económico Europeo Único o, lo que a los efectos de esta columna puede llamarse un Tesoro Único, para poder coordinar la Política Monetaria del BCE y una Política Fiscal única que quedaría en manos de ese Tesoro Único. Avanzo desde ya que la idea no me parece brillante pues la descentralización fiscal tiene sus ventajas y la centralización no tiene, a mi juicio, las suficientes. El razonamiento no es, sin embargo, tan claro como sería deseable.

Comenzaré por lo obvio. Ya se sabe que la Política Fiscal y la Política Monetaria no son independientes en general y lo son aun menos en situaciones como la que estamos sufriendo relacionadas con la deuda de distintos países. En general es muy difícil para ningún Banco Central, incluso en el caso de que sea realmente autónomo y tenga su propio presupuesto, el negarse a monetizar un endeudamiento público incurrido por razones de mantenimiento de la demanda efectiva a base de gasto público, pues si lo hace el país tendrá que acudir, por prescripción legal, al ahorro foráneo y esto eleva los tipos de interés lo que, a su vez, frena la demanda agregada. Por lo tanto en ese país imaginario, o bien el Banco Central monetiza esa deuda, si le estuviera permitido, generando inflación diferencial con otros países, o bien tiene que pechar con el desempleo que la insuficiente demanda efectiva inicial acabará acarreando.

Eso es en general; pero en una situación como la que ahora mismo vive Europa, es todavía más complicado para un Banco Central convertirse en el cancerbero irreductible de una ortodoxia que, por otro lado, ha sido ya traicionada… y menos mal. En efecto, la situación presente es la que es debido a que el empujón a la demanda efectiva por parte del sector público de casi todos los países de la zona Euro ha generado déficits que, en buena parte, y a pesar de las prohibiciones formales, se financian mediante la emisión de deuda pública que compra el Banco Central nacional correspondiente o el europeo generando un incremento de la liquidez que, en un momento u otro, redundará en inflación: la famosa monetización de la deuda. Recordemos que, además, el Banco Central Europeo, gracias a Dios, ha seguido los pasos de la FED y ha inundado de liquidez el sistema prestando a los bancos europeos con la generosidad que la situación lo requería mediante lo que se ha dado en llamar quantitative easing rompiendo aquí también con la ortodoxia.
En una situación como la que acabo de esbozar, ha ocurrido que un país determinado (Grecia) se encuentra con que si paga la deuda, se le hunde el crecimiento y si no la paga y sigue cebando la bomba va a tener que incurrir en suspensión de pagos. Como Grecia está en la zona euro, su problema se convierte en un problema europeo. En principio Berlín reaccionó con una lógica errónea. El insinuar que se podía abandonar a su suerte a un país cualquiera del euro aconsejándole que haga sus deberes como los hicieron ellos y añadiendo que siempre pueden acudir al FMI o salirse del euro, es un error. Si Grecia hiciera eso y le siguieran algunos otros países, la ventaja competitiva alemana no les serviría de mucho por falta de demanda para sus productos. La actitud alemana es comprensible pues les tiene que parecer injusto que ellos, los alemanes, que han sido probos tengan que verse obligados a ayudar a la embarullada Grecia, pero esa es la mejor salida.

En este contexto es imposible no echar de menos un Tesoro Único que tendría que arreglarse con un BCE independiente de forma que la Política Monetaria y la nueva Política Fiscal estuvieran en sintonía. Y sin embargo esa es una idea cuyo tiempo no ha llegado todavía. Recordemos que no podamos seguir pensando que el Banco Central es del todo independiente puesto que ha sido capturado por el sistema financiero. Luego es necesaria su refundación para que gane la credibilidad perdida. Para que el BCE recupere su reputación tenemos que pensar primero cual va a ser su misión en el futuro y luego si esa función se facilita con un Tesoro Único o lo contrario.

Por un lado su misión es ya más amplia. No basta la contención de la inflación y ni siquiera su papel de prestamista de última instancia. Ahora ya sabemos que tiene que ser también un creador de mercado si queremos que garantice la estabilidad financiera pues es razonable pensar que ésta no se puede alcanzar solo mediante la nueva regulación y supervisión bancarias por muy inteligentes que estas vayan a ser. Por otro lado el cumplimiento de esa misión no es fácil. Las consecuencias de sus decisiones van a ser todavía más asimétricas que antes de la recesión. Por eso mismo será más difícil que antes asegurarnos de que los países fuertes no hacen lo que quieren desde ese Banco Central. Pero para que ese riesgo sea aceptable es conveniente que cada país controle su propia política fiscal.

Un alemán mal informado podría pensar que esto facilita el free-riding de los países poco serios que cargan sobre los serios sus propios problemas y que mejor es prevenir que curar. Pero esa prevención no es necesaria y además es imposible.

No es necesaria pues es precisamente la descentralización fiscal la que hace posible que cada país ceda un poco ante la misión del BCE y ayude en estos momentos a que se pueda poner en práctica medidas de fiscalización, vigilancia y transparencia suficientes como para que esa accountability que conforman permita al BCE ganarse una reputación que sustituya a la famosa independencia que ya se ha mostrado ilusoria. Pero es que, además, no es posible. En efecto, tratar la Política Fiscal desde un Tesoro Único central, que es lo que se sugiere, generaría tensiones evidentes cuando, como es el caso ahora, hubiera que acudir a los mercados de capitales. Los estados fuertes como Alemania que tienen un rating máximo no necesitan al centro y el centro no quiere trabajar con los países malos, es decir países con rating menos bueno, porque eso rebajaría el rating del total. Esto, por cierto, explica la postura alemana frente al caso griego.

No, en la situación actual no caben soluciones fáciles aunque nos parezcan obvias.

Todo está en revisión y es posible que en un futuro que veo lejano podamos hablar de un gobierno económico europeo único pero, por el momento, no es ni siquiera conveniente. Solo cabe la coordinación y la solidaridad instrumentada de alguna manera inteligente e innovadora que, aunque ya apunta aquí y allí, no puedo tratar hoy.

Reacciones al gran bail-out de Europa a sí misma

12 de mayo de 2010

El lunes de madrugada los ministros de Economía y Finanzas, bajo la Presidencia de Elena Salgado, se pusieron de acuerdo sobre un conjunto de compromisos que llevan a la formación de un fondo enorme disponible para reaccionar ante ataques especulativos que seguramente no se producirán a la vista de la existencia y la cuantía del fondo. Los acuerdos alcanzados pueden considerarse un gran bail-out pues, aunque directamente está pensado para salvar a aquellos países que necesitan financiar una emisión de deuda para pagar sus gastos (incurridos por activa o por pasiva en los momentos en los que era necesario incrementar la demanda agregada) sin incurrir en el terrible círculo vicioso de emitir nueva deuda para pagar los intereses de la vieja viva, indirectamente sirve para salvar a aquellos bancos que acumulan en sus carteras esa deuda que dejaría de valer algo en el caso de que este fondo no existiera y cegaría, por lo tanto el pozo de la liquidez.

Ayer y hoy lo periódicos y la red están llenos de comentarios y ayer por la noche las cadenas de televisión dedicaron sus tertulias a este momento, naturalmente histórico, y esta vez es cierta esta exageración verbal habitual. Sin embargo lo mejor que he leído es este post de Tano Santos cuya lectura recomiendo para, al menos, poner en orden las ideas.

A mí, sin embargo, me gustaría dejar caminar a mi elucubración por otro sendero especulativo diferente mientras esperamos las reacciones de los mercados en los próximos días. Me gustaría subrayar que el acostumbrado agorerismo de la derecha de esta país estaba anoche un pelín decepcionado aunque todavía le quedaba la apostilla amarga de que nos habían obligado a incrementar la reducción del gasto y nos habían recomendado el abordaje de deberes largamente postergados. Pero todavía me interesa y me asombra más el regusto con el que economistas perfectamente respetables se relamen ante la aparente exigencia de centralizar la supervisión de la ortodoxia fiscal. Es el centralismo que aparece en cuanto rascas un poco su discurso aséptico y a pesar de que conocen perfectamente las ideas liberales que, en su versión mejor construida, aborrecen ese centralismo y con razón, justamente porque ese centralismo no es necesario y no parece la mejor idea en un entorno muy heterogéneo sujeto a shocks asimétricos.

Siempre me ha asombrado este reflejo centralista y generalmente autoritario que se da en cuanto encontramos algún problema que parece desbordarnos. Y como no me parece correcto y lo veía venir escribí hace poco en Expansión un post que reproduje hace unos días aquí declinando la invitación a acercarnos a un Tesoro Único. Ese post sirve para enfrentar la postura de Wyplosz, pero me no basta porque el reflejo autoritario es inconsciente y acarrea el aparente y consolador espesor de la obviedad.

Y eso no debería ser así al menos entre nosotros que tenemos un sistema autonómico descentralizado al menos en parte. Gran parte del gasto está descentralizado y el ingreso lo está en Navarra y el País Vasco. Lo que se propone ahora en general, con ese reflejo inconsciente, es centralizar más el gasto mientras no parece que se insista o sugiera siquiera descentralizar el ingreso. Este reflejo me parece una simple generalización del sistema de concierto económico con el mecanismo del cupo generalizado tal como he propuesto muy a menudo.

Esta propuesta no puede prosperar en un país como España en el que el centro ha ido cediendo poder, pero debería aceptarse en una Europa en la que el centro está tratando de aumentar un poco su poder. Es el camino hacia la confederalización de Europa y esto da miedo a los centralistas, españoles o franceses, y no gusta a los que apostarían por un federalismo europeo. Yo apuesto por la oportunidad de un salto adelante de este estilo en un momento en el que Europa quizá esté dispuesta a moverse. Una de sus ventajas sería, creo yo, que el Reino Unido quizá escuchara una propuesta de este estilo bajo la influencia de los liberal-demócratas.

Por cierto, nada más redactar este post leo este otro de Rodrik.

Perdido ante la reforma laboral

13 de mayo de 2010

Las medidas de ajuste anunciadas por el Presidente Zapatero en el Congreso, han causado un gran revuelo mediático, pero el asunto de la reforma del mercado de trabajo no avanza a pesar de la insistencia del Banco de España que por boca de su gobernador nos recuerda que, ante la disminución del gasto necesaria para ser reconocidos como deudores fiables, nos es todavía más necesario reducir el paro para eliminar otra partida de gasto y para estimular el empleo y consecuentemente la demanda agregada.

Este es un gran problema que pone en juego demasiadas cosas sin que aparentemente sepamos ordenarlas de acuerdo con su factibilidad política, su eficiencia o las aspiraciones éticas que queramos añadir. A mi me perece que aquí todos, y especialmente yo, debemos ser humildes y prestar atención a la voz de aquellos economistas que realmente han contribuido a la economía laboral, aunque no todos estén de acuerdo entre sí. Pero también cabe que una vez prestada la atención adecuada, sigamos con una sorprendente falta de entendimiento. En mi caso yo puedo decir sin rubor que estoy perdido.

Para empezar yo, en este asunto de la reforma laboral, solo me atrevo a proponer una cierta ordenación de todos los aspectos que entiendo se contemplan de acuerdo con el sencillo gráfico de demanda y oferta agregadas en el mercado de trabajo con el empleo en abscisas y el salario real en ordenadas.

En el eje de abscisas tenemos la cantidad de empleo y, en él, la L* estructural, correspondiente a la tasa estructural o natural de desempleo, recoge todas las imperfecciones, asimetrías de información y formas de negociación colectiva que podamos imaginar incluyendo la flexibilidad interna de las empresas.

Los desplazamientos bruscos de la demanda de trabajo a lo largo del ciclo se deben a cambios en el coste relativo del los contratos indefinidos y temporales.

Estos cambios son muy bruscos en España debido, en buena medida, a la incapacidad de la jurisdicción laboral de actuar con presteza, pero también a la rigidez de los sindicatos y su atención exclusiva los insiders, a los costes de despido y, cómo no, a las cotizaciones a la Seguridad Social.

Y la posición de la oferta de trabajo depende no solo del trade-off entre trabajo y ocio sino de factores institucionales como los que determinan la intensidad de la búsqueda de empleo. Aquí están pues tanto los subsidios de desempleo como las pensiones.

¿Qué queremos hacer en el mercado de trabajo español? Pues desplazar hacia la derecha la función de demanda de trabajadores por parte de los empresarios para cualquier salario real (reformando en serio la jurisdicción laboral) y desplazar hacia abajo la oferta de trabajo por parte de los trabajadores (mejorando las prestaciones asociadas al desempleo porque, aunque parezca paradójico, la intensidad de búsqueda será mayor en ese caso), al tiempo que eliminamos asimetrías informacionales y cambiamos la negociación colectiva acercándola a cada empresa de un cierto tamaño a fin de incrementar L*.[1]

Llegados a este punto me doy cuenta de que es muy posible que el esquema de oferta y demanda pueda no ser el adecuado para ordenar las ideas relativas a la reforma laboral. Quizá sea el caso que no estamos ante un «mercado» sino ante un sistema en el que no hay manera de separar en grupos los determinantes de la cantidad y el precio. Si ese fuera el caso, deberíamos tratarlo como un sistema posiblemente complejo cuya dinámica depende de pequeños detalles y con innumerables soluciones dependientes de factores inimaginables.

Lo que me gustaría es que los que saben de esto me presentaran algún trabajo de ese estilo a ver si encuentro el camino para poder pensar sobre este problema crucial.

Reflexiones adicionales sobre el gran bail-out

16 de mayo de 2010

Como continuación a un post reciente sobre el gran bail-out de Europa y a la espera tensa de lo que pasará esta próxima semana en los mercados quiero hacer un par de consideraciones.[2] La primera es contra los agoreros. Creo que se olvidan de que la devaluación del euro favorece las exportaciones, sanea la balanza comercial y tranquiliza a la banca que financia a los particulares que tiene dificultades en el mercado exterior. La segunda es a favor de aprovechar la oportunidad que se abre para Europa y para España. En Europa veremos una reflexión seria respecto a una mayor integración. En este punto vuelvo a la idea de una confederación como un arreglo no muy agresivo que podría ser admisible para el Reino Unido y que es escalable. Y respecto a España quizá sea la oportunidad de hacer cambios que llevan pidiendo ser hechos desde la transición, además de la difícil reforma laboral y la financiera que deberían ser abordadas inmediatamente.

Investigación e innovación vistas desde el ERC

20 de mayo de 2010

Dentro de la serie que la Fundación Rafael del Pino está dedicando a las enseñanzas de la crisis, el pasado lunes tuve la suerte de acudir a la intervención de Andreu Mas-Colell quien disertó sobre investigación e innovación a partir de la visión privilegiada que le proporciona su posición en el European Reserarch Council (ERC) o Consejo Europeo de Investigación (CEI). Nos deleitó con su palabra y con el poderío del castellano hablado por un catalán que sabe ahormar el lenguaje y fundir y forjar las palabras para emitir un discurso a prueba de reproches… o casi.[3]

Me encantó el énfasis que pone en el talento y sobre todo la importancia que le da a ese talento como fuente de la versatilidad que hoy se necesita para llevar a la práctica esa importante reforma estructural (por utilizar las palabras que se llevan) que conforma el sistema de innovación. Esta versatilidad se parece o es el equivalente de esa cualidad del pluriespecialista que tan necesaria me parece desde hace años para el Capitalismo que Viene. Una buena idea para orientar el reclutamiento del profesorado universitario en momentos en los que sabemos que el currículum va a cambiar pero no sabemos con certeza exactamente hacia donde y en los que ese reclutamiento debería acabar siendo internacional sin remilgo alguno.

Antes de pasar a comentar sus dos conclusiones, me gustaría hacer notar dos ideas que deslizó en su charla. La primera su insistencia en la necesidad de la patente europea única si queremos apoyar la ciencia europea en estos días en los que parece que la idea de Europa parece desvanecerse. Y lo menciono a pesar de que me hubiera gustado conocer la opinión de Andreu respecto a los argumentos ya casi generalizados sobre la dudosa influencia del sistema de patentes en la innovación. La segunda es un comentario que hizo sobre los físicos en el que creí entrever la tensión entre éstos y un economista. Si un economista es o debería ser un susurro a la oreja del soberano, los físicos en mi experiencia son como unos mendigos al paso del carruaje real. En mi experiencia, hablar con físicos sobre, por ejemplo, subastas a fin de decidir la localización de una gran instalación, suscita un recelo yo diría que como supersticioso.

Pero no quiero demorarme en chismes y prefiero concentrarme en sus dos comentarios últimos. El último, con el que cerró su conferencia, es su afirmación de que el factor crítico para impulsar la investigación es la «gobernanza» de la Universidad. Me pareció que el hecho de que se concentrara en la investigación de las universidades o bien deja traslucir su origen académico o bien quiere decir algo más que su posición institucional no le permite decir explícitamente.

Lo que realmente me shockeó fue su comentario anteúltimo, ese de que otra clave se hallaría en apoyar a los investigadores que ya han demostrado que son homologables o de excelencia. Apoyar a los mejores incrementa notablemente el coste de oportunidad de alejarse de la ortodoxia y eso no estoy seguro que sea lo que deseamos ni en la investigación ni en la innovación.

Ajustes improvisados

24 de mayo de 2010

Las medidas adoptadas por el gobierno Zapatero no me parecen ni bien ni mal. Ciertamente de momento parecen poco equitativas, pero hay que esperar a medidas adicionales por parte del ingreso fiscal que pueden eliminar esa inequidad si se manejan bien los tipos o se hace un esfuerzo en la presión recaudatoria.[4]

Lo que me preocupa es la aparente energía, prontitud e improvisación con la que a partir del famoso fin de semana del 8/9 de mayo se adoptan medidas de ajuste fiscal reduciendo el gasto que de una u otra manera se había incrementado mucho para paliar la caída de demanda efectiva que siguió a la debacle de Lehman Bros.

Que se confabularan para financiar un fondo de seguridad para ganar el pulso a los mercados me parece bien y me resultará interesante seguir ese pulso y ver si el fondo ahora temporal acaba transformándose en permanente.

Pero me preocupa esa energía e improvisación pues no estoy nada seguro de que hayan hecho lo que yo creo que hay que hacer. Si de momento prescindimos del supuesto ataque al euro lo que vemos es que ha habido una prematura retirada de los apoyos del gasto público cuando solo días antes se decía bastante generalmente que no era lo aconsejable, que habría que hacerlo más tarde y muy poco a poco.

Luego no podemos prescindir del supuesto ataque al euro. Estaría basado en la posibilidad de contagio del problema griego, un contagio que seguramente refleja la mera racionalidad del rebaño, la misma que justifica cualquier burbuja. Ante eso el apoyo a Grecia era suficiente y los ataques de los días posteriores podrían haber sido repelidos con el fondo especial que se comprometieron a dotar.

¿Por qué las medidas especiales que se exigieron a España y Portugal y finalmente a todos los países de la eurozona? Por la autoridad de Alemania que, a pesar de que no parece seguir una teoría razonable sino más bien compulsiva y arrastrada por extraños miedos y complejos varios, se impone por la fuerza de su economía.

Esos recortes que se imponen arbitrariamente es posible que frenen la especulación contra el euro, pero corren el riesgo e ahogar la recuperación sumiéndonos en un deflación a la japonesa de la que se tarda demasiado en salir.

Las medidas de ajuste españolas harán que la recuperación no llegue ni siquiera en la diminuta medida que se preveía. Habría sido mucho mejor que hubiéramos seguido inflando la economía con la connivencia del BCE hasta que hubiéramos alcanzado la tasa de crecimiento a la que se crea empleo y que posiblemente es menor que hace años. Solo entonces deberíamos haber abordado a fondo la reforma laboral.

Y esto mismo es cierto para cualquier europeo de la zona euro y así lo piensa Trichet, pero los complejos alemanes nos van a sumir en la sima de la deflación.

Aunque es posible que los mercados caigan derrotados privándonos de la innovación financiera y de las operaciones que ahora Alemania prohíbe unilateralmente sin querer aceptar que así nos privamos de una información que nos es bien útil aunque a veces esté distorsionada.

Y el terror pánico a la inflación está a punto de cargarse la recuperación incluso en los EEUU en donde los republicanos parecen alemanes. No lo entiendo pues de lo poco que sabemos algo es de cómo frenar la inflación.

¿Esterilizar deuda?

26 de mayo de 2010

Creo que Tabellini ha dado en el clavo. La decisión del BCE de comprar bonos soberanos de dudosa garantía y luego esterilizarlos no tiene sentido. Como explica Tabellini, esa esterilización no influye en la oferta monetaria cuando ésta está dominada por la demanda de liquidez por parte de los bancos. De manera que la esterilización es un gesto para la galería[5], queriendo significar que siguen preocupados con la inflación cuando no es momento de estarlo sino de inundar el sistema de liquidez y hacer lo que es bueno cualquiera que sea el impacto en la reputación. La de ser inflexible ya está perdida luego lo mejor sería que cultive la de ser un agente independiente que entiende antes que nadie lo que hay que hacer. Mucho me temo sin embargo que Alemania imponga a Herr Weber como sucesor de Trichet y volvamos a una ortodoxia que no es sino mera superstición.

El período de ajuste

26 de mayo de 2010

En unos momentos como los actuales en los que el problema es la resaca de la inundación de gasto público que ha sido necesario improvisar para salir del shock de demanda que sufrimos especialmente a partir de finales del 2008, me parece importante distinguir entre países a efectos de cómo hay que orientar el desapalancamiento para volver a la ortodoxia fiscal.[6]

Merece la pena volver sobre el olvidado análisis del período de ajuste al que me he referido asiduamente en estos años lóbregos. Lo repito brevemente para insinuar su importancia. Aun suponiendo una prudencia suficiente en materia presupuestaria, podemos distinguir entre dos tipos de países y el período de ajuste que unos u otros necesitarán para alcanzar el mismo nivel de, por ejemplo, consumo per cápita. Pues bien, para países ricos (en un cierto sentido que podemos obviar aquí) como los EEUU por ejemplo, el período de ajuste será menor cuanto mayor sea el tamaño de su sector público y cuanto menor sea la presión impositiva. Un país pobre (digamos Brasil) tarda menos en recuperarse cuanto menor es el tamaño del sector público y cuanto mayor sea la presión impositiva.

Se observa fácilmente que estos resultados que pueden obtenerse a partir de un modelo vetusto de crecimiento, tiene implicaciones importantes que sin embargo no son discutidas sistemáticamente, demostrando así que el llamado lock-in effect observado en una práctica intelectual en la que se continúa atrapado en una manera de pensar que parece excesivamente apalancada en supersticiones de tipo alemán.

Sería pues muy recomendable que este tipo de análisis sobre el período de ajuste se hiciera de manera sistemática de forma que las medicinas fiscales recomendadas lo fueran discriminadamente. Podemos estar a la altura de la medicina personalizada.

Atando cabos

30 de mayo de 2010

¿En qué se parecen la Hegemonía de Laclau y Mouffe, The Wire, la previsible nueva imposición a los bancos y la Descomposición?

En pocos días he tenido ocasión de asistir a la presentación de Guerras Posmodernas y al debate que la culminó y de, gracias a Iberia que me tuvo en tierra un buen rato debido a la huelga de controladores franceses, comprar y leer The Wire mientras que, por otro lado, he tratado de poner al día las ideas Gramscianas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe a través de la lectura de un libro más reciente de Laclau para, finalmente, asistir al seminario organizado por la Fundación Ideas en el Círculo de Bellas Artes sobre mercados financieros y la oportunidad de regularlos. Y, curiosamente, me ha parecido que todo ello tenía un aire de familia, como de imágenes especulares.

La imagen especular de la descomposición está en la hegemonía, concepto éste sobre el que Laclau y Mouffe construyen una nueva estrategia y un nuevo análisis de izquierda. La hegemonía sería como el tono, el dar la nota para el análisis de lo político de una forma que siga a Gramsci y supere a Schmitt. Digo esto último porque donde este teórico tan peligroso y listo proponía el lenguaje de amigo/enemigo, estos dos autores proponen una especie de antagonismos flotantes que se deslizan bailando entre el primer plano y el fondo de la imagen social siguiendo el mero tono de un diapasón que trata de imponer su ritmo al juego social.

Donde la noción de amigo/enemigo permite un centro, esta posibilidad desaparece en un mundo en descomposición en el que las instituciones están podridas por el ejercicio sin restricciones de ningún tipo, de un Capitalismo de Amigotes que no consigue ser vencido por la fuerzas que se destacaban en el Capitalismo que Viene. Jeffrey Sachs nos pintó una escena de la sociedad americana que pone los pelos de punta respecto a la distribución desigual de la renta y a la pobreza, justo lo que refleja la serie de la HBO, la televisión de pago americana, The Wire. El tráfico de drogas, la educación el periodismo o la policía y la judicatura no es que estén corrompidos, es que no hay perspectiva de mejora que no se vea obligada a admitir ese equilibrio de intereses bastardos, ese deterioro de éstos y de su juego de forma que no podamos salvarnos más que tratando de deslizarnos por un borde del precipicio sin caer en él.

Y en medio de este infierno posmoderno aparece una extraña esperanza en el gusto que muestra The Wire por el territorio propio, por Baltimore. Es solo desde ahí que podemos no tanto recuperar una cierta fraternidad, sino inventar una nueva competencia fraternal que nos lleve por ejemplo a poner freno a la exasperación financiera sin cargarnos simultáneamente la innovación que complete mercados.

Sí, un nuevo espectro recorre el mundo, la descomposición social, pero no todo está perdido si nos empeñamos en apoyarnos mutuamente.[7]

Notas

[1] JU manifiesta aquí una sensación que yo comparto. La mayor parte de los sesudos análisis que se hacen en España sobre el mercado de trabajo español adolecen de la presentación de un modelo sobre el que trabajar. Demuestran saber mucho sobre la materia, pero, o bien simplifican en exceso o bien le dejan a uno con una sensación de que todo es tan complejo que «da miedo tocarlo por una elevada probabilidad de dejar las cosas peor». Sin embargo, a pesar de movernos claramente en un ámbito lejano al del óptimo absoluto, es evidente que se puede lograr una modelización de la complejidad y una mejora paretiana.

[2] Este post pone de manifiesto el deseo de JU de aprovechar las oportunidades que ofrece la crisis, para avanzar en cambios estructurales en la UE y en España. Se podrá estar de acuerdo o no con las propuestas concretas de JU, pero parece evidente la necesidad de reformas estructurales profundas (algunas de nivel constituyente) a ambos niveles para evitar una parálisis palpable.

[3] La innovación es claramente esencial para el nuevo modelo económico que necesitamos alumbrar si no queremos resignarnos a una decadencia más o menos amarga. En un tema muy querido para JU y en el que tanto él como Mas-Colell son grandes expertos, resaltan en este post la necesidad de versatilidad (pluriespecialidad), la necesidad de introducir cambios en la gobernanza de la Universidad y la importancia de una patente única europea (aunque en otros lugares de este libro quedan «patentes» -valga la redundancia- las reservas de JU hacia la utilidad este instrumento de protección de la propiedad intelectual). Por último, interesante la perplejidad de JU ante la aplicación de la parábola de los talentos de Mas-Colell, referida al ámbito investigador (apoyar más a los que más han demostrado su excelencia)

[4] JU ve improvisación en el ajuste fiscal adoptado por el Gobierno español tras la adopción del «bail-out». Cree que ese ajuste puede ayudar a frenar la especulación contra el euro, «pero corre el riesgo de ahogar la recuperación sumiéndonos en un deflación a la japonesa de la que se tarda demasiado en salir». Para él, las medidas de ajuste españolas harán que la recuperación no llegue ni siquiera en la diminuta medida que se preveía. Considera que habría sido mucho mejor que hubiéramos seguido inflando la economía con la connivencia del BCE hasta que hubiéramos alcanzado la tasa de crecimiento a la que se crea empleo y que posiblemente es menor que hace años. Solo entonces deberíamos haber abordado a fondo la reforma laboral. Desde mi humilde punto de vista, creo que hacían falta ajustes porque se estaba gastando dinero «a tontas y a locas», pero del mismo modo que no se hizo un análisis fino por el Gobierno para gastar, tampoco se ha hecho para recortar (en este caso la frase que me sale es: «menos serrucho y más bisturí», que para eso tenemos funcionarios muy capaces que podrían haber ayudado en ello… si se hubiera querido hacerles caso).

[5] En línea con otros posts en los que JU se manifiesta en desacuerdo con prescripciones de política monetaria y fiscal que responderían a «los demonios familiares germánicos», JU demanda algo así como que «de perdidos al río». Que en concreto quiere decir que el BCE no trate de guardar las apariencias de inflexibilidad y ortodoxia monetaria y, por contra, trate al menos de salvaguardar lo que pueda de su imagen de independencia.

[6] Parece estar de acuerdo aquí JU con mi idea expresada en el post anterior de la necesidad de «menos serrucho y más bisturí», aderezado esto con la idea de la importancia del timing («período de ajuste»). A alguien tan melómano como JU, el tempo le tiene que parecer necesariamente importante… también en economía. Y en alguien tan amante de la diversidad y la heterogeneidad, la idea de que no sirve el «café para todos» en términos de ajuste fiscal parece también esperable. Y coherente con el rechazo del centralismo fiscal que hacía en un post anterior.

[7] JU toca aquí un elemento «metaeconómico» de la crisis: su vinculación con una ausencia de valores, que ha tenido como consecuencia que determinadas instituciones supervisoras/reguladoras no cumplieran el papel que se les había encomendado y hayan tenido sus propias agendas, ajenas al interés general.

¿Abundancia o escasez?

Crónica de una Crisis | Junio 2010

Prólogo

Especialmente relevante me parece el análisis incluido por JU en su post de 7 de junio: «La crisis en la vivimos no es tanto una inexplicable crisis económica (que puede explicarse perfectamente), sino una crisis epistemológica en la que oscilamos entre entender la lógica de la abundancia y sus consecuencias o aferrarnos a la escasez en la que reina el mal entendido «sentido común» y en la que las cosas parece que podrían encontrar su forma «de una vez por todas».

Como parte de esa crisis epistemológica, resulta sumamente estimulante el post de 18 de junio («El futuro de la Nueva Macroeconomía Clásica»), en el que reconociendo las aportaciones muy valiosas de la NMC y su condición de «paradigma prevalente e incluso admitido, con toques de realismo, por los post keynesianos, entrocando con los modelos estocásticos, dinámicos y computables de Sargent, Prescott y otros, (éstos) son los modelos que parecen tambalearse a la luz de su incapacidad de predecir la crisis que comienza en el verano del 2007».

De ahí que, en opinión de JU «ésta profesión de nuestros amores debería, además de seguir haciendo lo que hace en innumerables campos aislados de esta problemática y que van generando muchísimos resultados interesantes, es introducirse de hoz y coz en el mundo de la complejidad y de los llamados Agent Based Models, con mayor o menor racionalidad, es decir modelos basados en agentes heterogéneos con toques de ideas de Behavioral Economics y permanecer en silencio durante una buena temporada de penitencia».

Y termina diciendo: «¿Quién asesorará entonces al soberano? Pues, como hasta ahora, aquellos que sabiendo leer la literatura que se produce de manera crítica se decantarían por la prudencia exigida por los condicionamientos políticos y éticos».

Por último señalar que en varios posts (como en otros lugares de la crónica de la crisis) JU les «atiza» a Alemania y al FMI por imponer un ajuste fiscal excesivo. Y, en particular, por hacerlo por razones más próximas a la psicología de las naciones y de las organizaciones y a la falta de coraje que a la racionalidad. De ahí que apunte la necesidad de nuevos Keynes; no en el sentido de replicar lo que se han venido en conocer tópicamente como políticas keynesianas, sino en el de disponer de personas con el coraje y la perspicacia intelectual y emocional para proponer e impulsar los cambios que la crisis cognitiva en que nos movemos, exige.

Elogio del amateurismo informado

3 de junio de 2010

– Publicado en Expansión –

Hace muchos años un colega me presentó, antes de una conferencia académica, como un gran profesional, supongo que de la teoría económica. Fue un elogio que me dejó perplejo. Ser un gran profesional es ser, además de una autoridad en lo tuyo, puntual, responsable y poco caprichoso en el ejercicio del oficio cualquiera que éste sea, futbolista, tenista o profesor. Beckham es un gran profesional porque nunca falla a un entrenamiento y porque su pie derecho es un lujo para cualquier degustador del noble arte del balompié. Federer es un genio del tenis y no hace un mal gesto y yo jamás había faltado a clase o dejado de responder una pregunta y creía haber escrito alguna cosa de interés en un área muy concreta de la teoría económica.

Pero Beckham no ha renovado el football como lo hizo Maradona, Federer no tiene un golpe propio como sí lo tenía Nastase y yo no he sido capaz de vislumbrar otra manera de mirar a los fenómenos económicos como sí fue capaz, por ejemplo, Kenneth Boulding. Curiosamente Maradona, Nastase y Boulding no se podrían calificar de grandes profesionales. El primero confiesa que se pasaba con la droga, Nastase era un pícaro y Boulding, cuyas ideas tartamudas eran geniales, no era un profesor concienzudo según yo mismo pude comprobar hace casi 40 años.

Si el elogio que mi colega quiso hacerme no me gustó del todo es, creo, porque yo ingenuamente pretendía en aquella ocasión haber revolucionado la manera de mirar a las cosas del oficio. Yo quería ser un amateur que hace las cosas por gusto o afición y por lo tanto quizá no perfectamente. Así, de forma amateur, con poca precisión pero con gusto me gustaría atacar un problema interesante planteado por Dani Rodrik, para, finalmente, hacer un canto al amateurismo informado.

El gusto por ese problema específico en el que ahora entraré me viene de haber tenido un poco de lucidez cuando en marzo pasado en esta columna de La Mirada del Economista hablaba de los problemas del desapalancamiento antes de que se hicieran patentes y de que, con razón o sin ella, no haya habido más remedio que abordarlos en Europa, en España y en los mismísimos USA o China. Y, sin embargo no fui consciente, como hubiera querido, de una corriente subterránea que murmuraba en el subsuelo. Se podría expresar con palabras del mencionado Dani Rodrik que apuntan a la necesidad de tener que abandonar una de estas tres cosas: la globalización, la democracia y la soberanía. Ya no sería posible que las tres se pudieran dar simultáneamente: «La democracia es compatible con la soberanía nacional solo si restringimos la globalización. Si aceptamos la globalización y retenemos la soberanía nacional entonces tenemos que desprendernos de la democracia. Y si queremos democracia con globalización tenemos que desprendernos del estado nacional.» Es la opinión de un gran profesional que yo debiera simplemente tratar de entender en toda su extensión; pero sin embargo creo que una buena dosis de mi amateurismo informado puede vislumbrar una fisura en su argumento y descubrir una forma de hacer compatibles las tres cosas.[1]

Comencemos por mirar las tres posibles combinaciones de los tres fenómenos sociales mencionados. La democracia y la dimensión nacional de las políticas monetarias y fiscales solo son compatibles con una globalización muy poco desarrollada tal como fue la posterior a la segunda guerra mundial y antes de los años 90 digamos. En el caso de España estos días parece como si nuestra soberanía no pesara mucho en presencia de una UE que quiere sostener el euro, de manera que nos obliga a hacer algo que nuestras instituciones democráticas igual no hubieran decidido hacer. La soberanía y la globalización solo serían compatibles en ausencia de la democracia, pues cuando esta emerge lo hace en términos nacionales que acaban chocando con las reglas impuestas por la globalización. La China de hoy sería un ejemplo de este segundo caso y la necesidad el autoritarismo se proclama peligrosamente por doquier. La democracia y la globalización solo se pueden obtener simultáneamente renunciando a (parte de) la soberanía nacional tal como parecería ser el caso al que apuntaba la Europa del Tratado de Lisboa y el que se impone hoy como resultado de las medidas de austeridad.

Llegados a este punto, el amateur informado que esto escribe propone el establecimiento de un Sistema Confederal basado en el Principio de Subsidiariedad para conseguir tener simultáneamente el máximo factible de democracia y de soberanía nacional sin renunciar a la globalización, tal como explicó en Política Exterior (El principio confederal, PE 111, mayo/junio 2006).

Esta propuesta amateur contrasta significativamente con la aparente fruición con la que muchos economistas profesionales se relamen ante la aparente ineluctabilidad de un gobierno económico único en Europa. Se trata del centralismo que aparece en cuanto rascas un poco su discurso aséptico y a pesar de que conocen perfectamente las ideas liberales que, en su versión mejor construida, aborrecen ese centralismo y con razón, justamente porque ese centralismo no es necesario y no parece la mejor idea en un entorno muy heterogéneo sujeto a shocks asimétricos.

Siempre me ha asombrado este reflejo centralista y generalmente autoritario que se da en cuanto encontramos algún problema que parece desbordarnos. Y como no me parece correcto y lo veía venir, escribí mi última columna de Expansión (¿Tesoro único? No, gracias). Esa columna debiera servir para relativizar las posturas centralista que estos días se expresan por boca de buenos profesionales, pero me temo que no basta porque el reflejo autoritario es inconsciente y se deja aplastar por el aparente espesor de lo obvio.

Pero eso no debería ser así al menos entre nosotros que tenemos un sistema autonómico fiscalmente descentralizado. Gran parte del gasto está descentralizado y el ingreso lo está en Navarra y el País Vasco. Lo que se propone ahora en Europa (y podría tener su reflejo en España), es centralizar más el gasto o su supervisión al tiempo que, más tímidamente, se insinúa la homogeneización del sistema impositivo. Contra ello yo insisto en mi propuesta confederal. Esta propuesta totalmente amateur quizá no puede prosperar hoy en un país como España en el que el centro ha ido cediendo poder, pero debería aceptarse en una Europa en la que el centro está tratando de aumentar un poco su poder. Es el camino hacia la confederalización de Europa y esto da miedo a los centralistas jacobinos, españoles o franceses, y no gusta a los que desearían un federalismo europeo. Yo apuesto por la oportunidad de un salto adelante de este estilo en un momento en el que Europa quizá esté dispuesta a moverse. Es una idea escalable, serviría para legitimar la autoridad del FMI sin menoscabo de eficacia de las medidas que propone y podría ser escuchada por la nueva coalición que gobierna en el Reino Unido.

Entono para terminar el canto en favor del amateurismo informado. En el IHT del pasado viernes 21 de mayo, un artículo de primera página discutía el carácter y el oficio de Trichet. Los profesionales le criticaban por su decisión –contradictoria con sus declaraciones inmediatamente anteriores– de comprar deuda de países sospechosos de heterodoxia fiscal para sostener el euro mientras que los amateurs le defendían con palabras que recordaban al gran amateur, John Maynard Keynes, alegando que es de tontos no cambiar de opinión y de práctica cuando las circunstancias cambian. Traduzco a Tommaso Padoa-Schioppa:

«Solo los tontos nunca cambian de opinión. Lo que requería una postura diferente era un cambio en las circunstancias. Se me antoja como una visión dogmática e incluso pedante la de que esto acarrea una pérdida de credibilidad.»

El amateurismo es, como el bricolaje, cuestión de ingenio y es imposible de codificar. Ese amateurismo informado es el que hoy sería útil, además del fondo temporal ad-hoc, ante el ataque contra el euro. Menos ajustes o prohibiciones a la alemana y más continuidad en una política monetaria lo suficientemente laxa como para desalentar a los especuladores y engendrar una inflación mayor que nos salve del peligro de la deflación a la que nos aboca la profesionalidad de los autoritarios.

La Crisis (de la izquierda)

7 de junio de 2010

(…)

Quizá quepa aquí hacerse eco de la disipación de rentas propia de El Capitalismo que Viene. Es porque cualquier renta es atacada por alguien que desearía apropiársela que las rentas persisten pero es como si no lo hicieran. Cada vez son recibidas por alguien distinto. Esto es posible en un mundo posmoderno en el que reina la diversidad y se presenta como mundo digital e intangible en el que justamente cabe la abundancia. Me atrevo a decir que esa abundancia es la que no acabamos de creernos, aunque en ello estamos desde hace años, y la que nunca llegará de manos del conservadurismo que la abomina y la reemplaza continuamente por la escasez que permite jugar al autoritarismo.

La crisis en la vivimos no es tanto una inexplicable crisis económica (que puede explicarse perfectamente), sino una crisis epistemológica en la que oscilamos entre entender la lógica de la abundancia y sus consecuencias o aferrarnos a la escasez en la que reina el mal entendido «sentido común» y en la que las cosas parece que podrían encontrar su forma «de una vez por todas».

Pues no, hace ya tiempo que no cabe más que la democracia radical ahora ya técnicamente posible. Ya no es tiempo de contemporizar más que en las formas. ¿O quizá ni siquiera en éstas?

Las consecuencias económicas del ataque al euro

8 de junio de 2010

Este título pretende evocar el título de la publicación que hizo a J. M. Keynes famoso, Las Consecuencias Económicas de la Paz, y que apareció en meses posteriores a la firma del armisticio en Versalles en 1919. Lo importante de este texto es que es la primera vez en que alguien nota los peligros de la escasez de demanda efectiva como un posible resultado indeseado del funcionamiento del mercado.

Keynes, en efecto, estaba tercamente en contra de las abultadas reparaciones de guerra que los aliados, y especialmente Francia, querían imponer a la potencia derrotada. Pensaba que empobrecerían a Alemania y de rebote a todos los demás países europeos como exportadores y suministradores de ese país. Lo que ocurre hoy es como la imagen especular de lo que Keynes denunció y es igualmente denunciable. Alemania impone al resto de Europa una consolidación fiscal que empobrece a los otros países de la UE y de rebote a la propia Alemania como suministradora de bienes a esos países.

Es un simple error cuyo origen no debe ser buscado en el análisis económico sino en la psicología social y en la memoria histórica. Aun admitiendo que hay una combinación de Déficit (D), tasa de interés (i) y tasa de crecimiento (g) que hace insostenible la situación debido a que hay que emitir deuda para pagar los intereses de la existente amén de la necesaria para financiar el resto del déficit, hay formas de evitar la explosión diferentes a la que Alemania quiere imponer.

Manteniendo i bajo y constante hay combinaciones de reducción lenta del D y de tasa de crecimiento g que nos permiten seguir «viviendo por encima de nuestras posibilidades» (frase que pasa a ocupar lugar de honor en la colección de expresiones que detesto). Pero el crecimiento g no es algo que dependa de las decisiones políticas como lo es la rebaja del gasto público. Hay que poner las condiciones para que se de. Y esas condiciones exigen reformas serias (laboral, financiera, administrativa, investigadora y educativa) que no hacen sino dificultarse si de primeras insistimos en simplemente recortar gastos de cualquier tipo y especialmente si se hacen en partidas que corresponden a gastos de inversión.

Es un error tan tonto que las promesas de ajustes no son creíbles (por usar otra expresión odiosa cuando no se usa con propiedad) pues no es racional el hacerlas.

Es decir son inútiles. Lo útil y creíble es la dotación de un fondo para contrarrestar los ataques de los llamados mercados que se ven ganadores de enormes sumas apostando contra una moneda que representa una capacidad productiva que se está debilitando por el deseo de hacer señales increíbles. Este fondo permitiría y permitirá emitir bonos en condiciones admisibles y no explosivas, directamente por parte de ese fondo o por parte de cada país con aval del fondo. Lo inteligente es calcular la parte en la que se puede aprovechar cada país de la eurozona o de todos los de la UE así como la parte que le toca como dotación de ese fondo. Una vez hecho ese cálculo ya se arreglará cada país para allegar recursos que le permitan aportar al fondo y utilizarlo para suavizar la curva de sus posibilidades.[2]

Diríamos que, en relación a la Gran Depresión, hoy nos encontramos en el período de Hoover y a la espera del Roosevelt que rompa las aparentemente sanas costumbres y se atreva a hacer algo como la Tennessee Valley Authority. Llegará y antes de una guerra, pero mientras lo hace pueden ocurrir fenómenos poco reversibles. Aunque suene mal, lo voy a decir: El Capitalismo que Viene va a llegar realmente por vías inusitadas. Sí, vamos hacia un estado mínimo pero no porque se hayan abierto y cuidado muchos mercados que repartan los riesgos, sino porque los mercados existentes en los que, por defectos de funcionamiento, se generan grandes rentas así pretenden imponerlo. Pues bien, me pongo apocalíptico y afirmo que si no reaccionamos a tiempo psicoanalizando a Alemania y frustrando los intentos de apropiación de esas rentas, las luchas por esa apropiación van a ser sangrantes e iremos directamente al desmoronamiento institucional sin plan alguno de reconstrucción.

Es la hora de los Keynes de este mundo. No tanto por esa caricatura del gasto público como bálsamo de cualquier mal, sino por su capacidad de ver más allá de sus narices y de olfatear las consecuencias sociales de la presunta corrección económica.

Ajuste y confusión moral

11 de junio de 2010

A mi juicio los ajustes recomendados por el FMI y seguidos por casi todo el mundo no parecen sensatos económicamente hablando. No era el momento de cortar las ayudas y los recortes exigidos para calmar a los mercados eran prematuros a pesar del peligro que esos mercados siempre tienen.

Lo que ocurre es que a falta de claridad mental se impone la inercia moral y la austeridad es el perdón de nuestros pecados, la penitencia que toda confesión exige para que sea realmente efectiva en su labor de limpieza moral. Escribía hace poco el rechazo que me produce el mal gusto con el que se relamen los bienpensantes para los cuales la idea de vivir «por encima de las posibilidades» es no solo una imposibilidad física o metafísica sino sobre todo una inmoralidad.

Pues ni lo uno ni lo otro. No podemos decir que se da una imposibilidad pues no sabemos definir lo que son nuestra posibilidades. Lo más cercano a esa posible definición sería la tasa de crecimiento potencial que, a su vez, está definida apelando a criterios simplemente productivos. Parece inapelable, pero no lo es pues la economía es un cuerpo social de plastilina que no puede confundirse con un cuerpo humano con sus necesidades inapelables de oxígeno o de sales. La economía puede vivir alimentándose a sí misma sin apelación a nada externo. Si muere es por razones de dentro y por lo tanto contingentes. Las leyes de la física claro que aplican a la economía pero no de la manera que se suele indicar. Simplemente porque no sabemos cómo se mide la potencialidad de los métodos productivos.

Y en cuanto a la inmoralidad pues tampoco pues solo lo sería por contraposición a una posible virtud moral cual sería la austeridad. Se confunde la estética con la ética. Exhibir diamantes en un desayuno es feo, pero no es inmoral. A mí, niño de posguerra, me gusta la austeridad; pero no pretendo que eso me haga mejor persona.[3]

La insoportable levedad de la información

14 de junio de 2010

Vivimos una situación financiera-económica tan tensa que los dedos se nos hacen huéspedes.

Hoy por la mañana he leído en El País de papel un artículo que me ha parecido clarificador de Alicia González que decía en el rótulo: La banca europea se juega más de 600.000 millones en España. Las entidades de Francia y Alemania son las que más dinero han prestado. Resultaba ser un resumen del Informe del periódico citado. Si uno entra en esa publicación on-line después de comer, ese artículo ha desaparecido aunque queda como una huella del mismo en la referencia a unas declaraciones sobre la sequía del crédito en Europa del Presidente del BBVA.

Esa misma información sobre los 600.000 millones venía hoy en la versión papel del International Herald Tribune en primera página y continuaba en la página 17. Ha desparecido ya a esta hora de la tarde.

Espero que esa desaparición se deba simplemente a que la noticia ha sido tapada por la inesperada novedad de ciertos acuerdos sobre la reducción de gases contaminantes alcanzados en Copenhague de los que no sabíamos nada a primera hora de la mañana.

Por otro lado El País on-line de después de comer nos informa sobre la insistencia de Alemania en que España está intentando armar un paquete de ayuda con cargo al fondo recién dotado.

Y al tiempo la Bolsa sube en España más que en toda la parte anterior del día. ¿Quiere eso decir que el desmentido de Van Rompuy añadido al efectuado por España sobre la insistencia alemana ha servido para algo o quizás que la industria de renovables española va a rascar un buen negocio? ¡Vaya usted a saber!

Lo que me llama la atención de esta locura en la que entran los mercados cuando les entra la inquietud es la sensibilidad a la información y lo efímero de la misma cuando nos informamos on-line. Si uno trabaja en Bolsa es difícil saber cómo tomar decisiones rápidas sobre transacciones. ¿Cuántas agencias de noticias hay que «sintonizar» simultáneamente? Es como si los acontecimientos fueran más rápidos que la propia información on-line.

Hortensias

17 de junio de 2010

De repente han brotado las hortensias sobre su arbusto importado de territorios con temperaturas menos esteparias aunque hoy se remojen en el agua sobrante de sus ríos familiares. En mi pequeño jardín estas hortensias forman un mar de flores aunque en este caso no haya forma de ignorar las ramas de ese arbusto que las sostiene conformando entre ambos una especie de rizoma que no puede afirmar su naturaleza floral e ignorar, al mismo tiempo, su ascendencia arbórea.[4]

En el mundo económico estamos hoy, justamente, dominados por esta figura mezclada difícil de imaginar. Cada hortensia es un organismo generado por un sistema complejo que conforma una distribución de pétalos scale-free y, en conjunto, una figura como de Mandelbrot. En este ramillete fractal cada pétalo es casi un calco en pequeñito de la hortensia entera. Pero no es del todo así pues el árbol cuya forma toma hace del arbusto un mecanismo más complicado que lo que acabo de describir.

Me recuerda la situación económica actual en la que nos gustaría conocer eso que llamamos, sin saber muy bien lo que decimos, riesgo sistémico y conocerlo, aprehenderlo, a partir de la aplicación de la Teoría de Redes, de la consideración del conjunto de instituciones financieras como una red en sí misma de la que podemos conocer la medida de su centralidad y su consecuente vulnerabilidad ante un shock, o un ataque, en forma de swarming, un swarming este que está siempre influido por la existencia previa de aquello de lo que nos gustaría abstraer.

Nos gustaría diseñar la mejor regulación a partir de una red sin regulación. Pero el problema es que tenemos que hacerlo en presencia de una regulación previa. Para estudiar por qué uno de mis arbustos ha brotado y otro no, no basta con estudiar la tierra de la que se alimenta cada uno, sino que necesitamos conocer el sistema de riego instalado en mi jardín.

El futuro de la Nueva Macroeconomía Clásica

18 de junio de 2010

Asistí a este seminario en el que Manuel Fernández Gela, de la Universidad de Santiago de Compostela, nos habló de su trabajo sobre La Nueva Macroeconomía Clásica (NMC) como ejemplo de instrumentalismo semántico. Contraponía esa NMC al keynesianisno poniendo énfasis en la hipótesis de las expectativas racionales (HER) y que comenzaría en 1972 con el maravillosos artículo de Lucas en el JET (Journal of Economic Theory) en el que, la citada hipótesis es suficiente para microfundamentar que una economía determinada puede generar datos que recubren una Curva de Phillips de pendiente negativa y que, sin embargo, se revela un espejismo como palanca de la política macroeconómica.

A partir de ese momento la revolución se pone en marcha y se va construyendo la NMC que continúa como paradigma prevalente e incluso admitido, con toques de realismo, por los post keynesianos, entroncando con los modelos estocásticos, dinámicos y computables de Sargent, Prescott y otros. Estos son los modelos que parecen tambalearse a la luz de su incapacidad de predecir la crisis que comienza en el verano del 2007.

El trabajo de Fernández Gela trata de, además de narrar la formación del nuevo paradigma en un ejercicio de historia del pensamiento económico, suministrar hipótesis tanto sociológicas como políticas o puramente profesionales o ideológicas que pudieran explicar la emergencia del nuevo paradigma con la vista puesta, aunque no explícitamente, en el futuro del mismo. Es un magnífico ejercicio especialmente cuando trata de rastrear posibles influencias laterales que no desvelaré y que todavía necesitan de mayor evidencia. Lo que me importa aquí es dar mi versión del porqué de la posible derrota de esta paradigma que ya tiene casi 40 años.

La derrota es relativa pues la parsimonia exige que no se arrumbe antes de que hay una alternativa que cumpla una característica importante, a saber que unifique el campo como hace la NMC. Sin embargo, las raíces ideológicas, profesionales y sociológicas de la NMC están tocadas. Lo raro es que la parsimonia y la profesionalidad hayan sido tan efectivas en preservar una crítica obvia.

En efecto, la HER nos dice que, como un error sistemático en la formación de expectativas es inaceptable, debemos modelar éstas como si fueran consistentes con lo que el modelo (en el que se incluyen) concluye. Es decir que el modelo genera lo que la gente cree. Pero si esto es así es evidente que cualquier situación resultante del modelo es posible. Si ocurre lo que la gente cree es que todo puede pasar. Más técnicamente, la multiplicidad de equilibrios es inevitable. Y esto, aunque no queramos subrayarlo, debilita cualquier virtud explicativa que el modelo pudiera tener. Para no hablar de virtudes predictivas. La forma artesanal de no mirar hacia ese lado del desarrollo teórico es la calibración de los modelos para que manipulando los parámetros sus resultados acaben recubriendo los datos recogidos. Pero esto no garantiza que lo que los modelos dicen tenga la más mínima relevancia explicativa o que podamos elegir razonablemente ningún modelo en particular más acá de la estadística inferencial. Preguntarse por la etiqueta filosófica que pueda acoger a este proceder está muy bien y puede resultar en un paper bien interesante, pero no facilita mucho decidirse por lo que la profesión debiera hacer.

Para terminar, en mi opinión ésta profesión de nuestros amores debería, además de seguir haciendo lo que hace en innumerables campos aislados de esta problemática y que van generando muchísimos resultados interesante, es introducirse de hoz y coz en el mundo de la complejidad y de los llamados Agent Based Models, con mayor o menor racionalidad, es decir modelos basados en agentes heterogéneos con toques de ideas de Behavioral Economics y permanecer en silencio durante una buena temporada de penitencia.

Pero ¿quién asesorará entonces al soberano? Pues, como hasta ahora, aquellos que sabiendo leer la literatura que se produce de manera crítica se decantarían por la prudencia exigida por los condicionamientos políticos y éticos.

Iluminaciones XXI: Notas para un elogio de la arbitrariedad

26 de junio de 2010

La regulación financiera es la comidilla de todos los días. Obama parece que consigue que las cámaras le aprueben una versión no del todo descafeinada de sus planes de regulación financiera que no olvidan el origen de la crisis. En la EU algunos países parecen dispuestos a introducir reformas aunque no se tome esta cuestión como parte de la agenda comunitaria y el G-20 de este fin de semana en Toronto tratará de alcanzar alguna recomendación en esta campo. Pero la financiera no es sino una clase específica de regulación. También son sectores regulados el eléctrico o el de telecomunicaciones, entre otros.

Si pensamos en el eléctrico recordamos que en los dos últimos días hemos sabido que la tarifa eléctrica no sube en julio a pesar de que así se había anunciado. Las primas a las energías renovables se introducen, se amenaza con eliminarlas, se discute si con efectos retroactivos o no y finalmente se mantienen… de momento. No hay duda de que estas dos medidas aumentarán el llamado déficit tarifario, embalsando una cantidad de dinero que las empresas y sus accionistas tendrán que recuperar en su momento, pero que ahora se les escamotea.

Dos ejemplos de arbitrariedad regulatoria estos del sector eléctrico y del sector financiero al que habría que añadir a la monetización de la deuda en la que han incurrido tanto la FED como el ECB. Estos ejemplos de regulación caprichosa y arbitraria son totalmente ortogonales a la idea ya antigua, y que asociaríamos con le Nueva Macroeconómica Clásica de la que hablaba solo hace pocos días, de que las reglas de política regulatoria deberían ser predecibles para que los agentes económicos pudieran hacer sus planes sobre un horizonte amplio que corresponda de alguna manera con el período de maduración de inversiones a plazo largo o medio.

Surge en este asunto un puzle desconcertante. Por un lado sabemos que no hay política económica estabilizadora posible porque no se puede engañar a los agentes que conforman sus expectativas de forma racional. Y, sin embargo, la efectividad de la política económica dependería, creo yo, de poder engañar a esos agentes. Y ante ese puzle aparece la iluminación vaporosa. ¿Qué efectos tendría la arbitrariedad? Los mismos que la incertidumbre total en la que ahora nos encontramos.

Pero ¿cuáles son esos efectos? Se ahorraría más por el llamado «motivo precaución». Pero, por otro lado, se consumiría más debido a lo de pájaro en mano… Al final, creo yo, el efecto total dependería de la competencia entre productores que querrían incrementar sus ventas de una u otra manera y de la competencia entre bancos que querrían fomentar el ahorro. El tipo de interés oscilaría y los productos financieros se emitirían por las propias empresas etc.[5]

La cuestión me parece digna de ser soñada y no puede quedarse aquí pues al final hay que preguntarse qué pasaría si todos aleatorizáramos todo nuestro comportamiento contribuyendo así al desconcierto general. Mi impresión es que si, además se aleatorizara el poder, nos empezaríamos a parecer a un mundo en el que la circulación de las élites sería tan rápida que esas élites se difuminarían como concepto que trata de captar el juego del poder.

Hay que seguir ensoñando la arbitrariedad.

Notas

[1] Si entiendo bien a JU, puesto que parece que (tal y como sostiene Rodrik) soberanía, globalización y democracia no pueden darse plenamente de modo simultáneo, él propone hacer de la necesidad virtud e insiste en la aplicación del principio confederal a Europa. Ese principio estaría según JU anclado en el principio de subsidiariedad y se hallaría consecuentemente en línea con los principios liberales. Estoy de acuerdo en la necesidad de aplicar el principio de subsidiariedad con carácter general y ello me parece estar en línea con los principios liberales. ¿Que de eso se deduzca la aplicación del principio confederal a Europa? Supongo que probablemente sí por el hecho de que Europa no es (¿todavía?) una nación y razones de oportunidad política hacen que una Confederación sea el máximo denominador posible para la realidad actual de las naciones europeas (incluida la española).

[2] Algunas ideas-fuerza de este post: no hay que dejar que las «neurosis» germánicas generen más disfunciones en el funcionamiento de la UE. Además necesitamos a un «avatar» de Keynes (no en el sentido de reeditar sus políticas sino de su coraje, así como perspicacia intelectual y emocional).

[3] A JU no le gusta que le impongan la austeridad como un valor universal, sea por el FMI o por quien sea.

[4] Aparece aquí otro tema muy querido a JU: la aplicación de la teoría de redes a problemas económicos y, en particular, a algunos de los más acuciantes de la crisis. Su aplicabilidad al riesgo sistémico me parece absolutamente evidente y necesaria.

[5] Reconozco no ser partidario de la aleatoriedad como modo sistemático de funcionamiento en los reguladores (aunque le reconozco ciertas virtudes a un comportamiento que de vez en cuando no sea totalmente previsible). En todo caso, como el mismo JU dice en otro lugar de este libro, creo que lo que resulta especialmente importante es la selección de los reguladores para que apliquen la regulación del modo que resulte más adecuado según las circunstancias del momento.

La crisis epistemológica

Crónica de una Crisis | Julio 2010

Prólogo

Este mes sigue pareciéndome lo más relevante de lo expuesto por JU algo en lo que él es un maestro (en sentido literal de «magister», el que es o sabe más) y sobre lo cual ha hablado en no pocos posts de esta crónica (y que me parece especialmente pertinente): la crisis epistemológica que la crisis económico-financiera ha destapado.

En concreto, en su post de 27 de julio, al hilo del curso de verano organizado por la Fundación Urrutia Elejalde (FUE) en San Sebastián, JU comenta cosas muy relevantes sobre la ciencia económica que se discutieron en dicho curso y en el Subcomité de Investigación del Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes de los EEUU. Todo ello gira en torno a la Construcción de una Ciencia Económica para el Mundo Real (en concreto en el caso estadounidense, dado el disgusto (vulgo «mosqueo») existente respecto a la profesión económica, los representantes de la soberanía popular querían escuchar los testimonios de un grupo de ilustres economistas para recomendar, o no, la ayuda pertinente para la investigación en macroeconomía.

JU destaca el testimonio de Sidney Winter, profesor de Wharton y participante en el famoso libro editado por Edmund Phelps sobre Microfundamentos (Microeconomic Foundations of Employment and Inflation Theory, W. W. Norton, New York), según el cual la ciencia económica se ha enriquecido mucho recientemente y tiene ante sí un futuro prometedor gracias a la incorporación de elementos de comprensión del comportamiento humano explicados por la neurofisiología.

Austeridad o exuberancia

8 de julio de 2010

– Publicado en Expansión –

Cuando hace dos años escasos presenté El Capitalismo que Viene (Ediciones El Cobre, octubre 2008) me encontré en una situación embarazosa. En ese libro yo trataba de hacerme cargo de a dónde nos dirigíamos cabalgando la llamada Gran Moderación pero asaltados por tres factores imprecisos y difíciles de calibrar. La globalización ensanchaba los mercados y debilitaba la importancia de los estados nacionales, la sociedad de la información hacía disminuir drásticamente la ratio entre peso de la producción y valor de la misma y las TIC (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) disminuían significativamente los costes de transacción. Quería saber cómo estos tres factores influirían en las instituciones básicas de un sistema económico capitalista, el agente individual, la empresa y el estado, de manera que pudiéramos hacernos una idea de las nuevas formas de convivencia económica que podrían, pensaba yo, pasar de formas reguladas por el poder a formas autosostenidas y basadas en la fraternidad.

Pero, para mi descolocación, en el momento en que el libro se presentó, la crisis que no quería decir su nombre ya estaba servida y sabíamos de qué iba. No se trataba ya del inmediatamente anterior incremento de los precios de petróleo, materias primas o alimentos, sino que ya estaba claro que, cualquiera que fuera su origen, lo que ocurría era que la demanda agregada se desplomaba por una caída en la riqueza financiera originada por la repentina falta de confianza de unos bancos en otros al saberse todos víctimas de una innovación financiera que, aunque en principio creaba mercados y repartía riesgos, no había llegado a hacerlo de manera que pudiera pensarse como completa sino que dejaba abiertas posibilidades de fracaso que en cuanto fueron sospechadas o intuidas por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, se materializaron. No es de extrañar, por lo tanto, que la visión futurista de mi libro me pareciera inoportuna y su exposición embarazosa. Sin embargo, entonces y ahora, estaba y estoy, empeñado en entender cómo deberían modificarse mis visiones a la luz de lo que se llamó la Gran Recesión. Y para mi sorpresa, resulta que esas visiones eran bastante acertadas.[1]

Lo primero que yo había aprendido de mis elucubraciones era que la política estabilizadora era imposible en un capitalismo como el que apuntaba, que no había más remedio que admitir que cualquier política que pretendiera la estabilidad del sistema estaba destinada a tener consecuencias imprevisibles (ver Expansión, 3 de marzo del 2009). Esta implicación de mi análisis, que estaba basada en la idea de la imposibilidad técnica del committment y de la dudosa estabilidad de cualquier regla en un mundo cada día más globalizado, sigue siendo cierta y de ello tenemos un ejemplo cercano. Habiendo roto el compromiso del PEC (Pacto de Estabilidad y Crecimiento), ya fuera mediante un política monetaria poco ortodoxa o mediante una política fiscal que rompía los acuerdos de ese PEC diseñado en Maastricht, nos encontramos con la consecuencia imprevista y ciertamente no deseada de que, en la resaca del gran gasto público que por razones automáticas relacionadas con el paro o por razones de sostenimiento de la demanda agregada había que realizar, el endeudamiento del sistema había aumentado significativamente hasta el punto de que quizá alguna economía específica (¿Grecia?) estaría ya cerca a ese punto fatídico en el que hay que pedir prestado para el pago, no ya del principal, sino de los intereses de la deuda emitida hace años. Por lo tanto, mi análisis parecería estar estar en línea con lo que ha estado ocurriendo desde mayo a pesar del aparente contraste en el tono.

Pero es que, además, en esta poscrisis en la que nos encontramos, y que pone en juego el mismísimo euro, se plantea otra aparente diferencia entre mis elucubraciones y los ramalazos de la Gran Recesión. En efecto, la actitud exuberante y el glamour de los nuevos ricos que surgían gracias a la rotación de las élites que propiciaba el capitalismo que había tratado de entender, se ha trocado en una apelación desesperada a la austeridad. Lo que estéticamente nos parecía atractivo durante los años de Gran Moderación en los que el mundo crecía a tasas inusitadas nos pareció de pronto hortera y volvimos a apreciar como atractiva la austeridad en la forma de vida. Confundimos la estética con la ética y comenzamos a escuchar los cánticos de exaltación de los valores de siempre que habrían sido traicionados por la avaricia y la idolatría del dinero. Tendríamos que volver al amor al trabajo, a un mundo considerado con las generaciones por venir y sostenible. Curiosamente, la concepción que subyace a esta palinodia se parece mucho a la descripción que hace Marx (en La Ideología Alemana) del comunismo una vez realizado:

«…en todas las sociedades anteriores (el hombre ha sido) cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; … la sociedad comunista…. hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos.»

Y esta actitud que, arguyo, es la que hoy prevalece aunque nadie se acuerde de la cita, me da pie para perfilar la segunda posible diferencia entre lo que escribí con ánimo prospectivo-teórico y lo que está ocurriendo como segunda fase de la Gran Recesión. Nos encontramos pues con dos vía posibles hacia el mundo que viene.

O la austeridad franciscana hermanada con el mundo animal y natural o la exuberancia asociada a un mundo cada vez más artificial que, no sujeto a leyes naturales, progresa sobre la base de la desolidificación de la producción. Y, sin embargo, creo que ambos caminos nos llevan en el límite a una forma en cierto sentido similar. En el paraíso comunista no hay explotación y todo el mundo puede obtener, de acuerdo con las fuerzas productivas, aquello que verdaderamente desea y no eso que no tenemos más remedio que procurar obtener a base del esfuerzo. Pues bien, mi manera de entender por dónde iban a ir los agentes individuales, las empresas y el estado en un capitalismo que apuntaba, se parece mucho a la escatología comunista. Es realmente extraña la semejanza en lo que se refiere a la capacidad que tendrá el agente individual de ser muchas cosas a la vez, de convertirse en lo que más tarde llamé el pluriespecialista, un oxímoron al que me atengo. La ventaja comparativa y la especialización ya no son necesarias en el límite del capitalismo que viene porque ya se ha vencido la necesidad que subyacía a la escasez. En un mundo global en donde el valor añadido bruto es cada vez menos tangible y en donde reinan las TIC, la escasez no es algo tan inmediato y ante la fuerza de la competencia entre los que se han apropiado de las rentas generadas en buena parte por la regulación, éstas –las rentas– se disipan de manera que cada uno obtiene justamente su coste de oportunidad y éste resulta ser muy parecido cualquiera que sea la actividad a la que uno se dedique.

La única diferencia entre el paraíso comunista en que se miraba Marx y el límite del Capitalismo que Viene es que, en aquella historia, cada uno se podía relajar sin deseo alguno de prosperar mientras que en este otro mundo del capitalismo regido por una competencia generalizada cada uno se hace con su coste de oportunidad porque no puede mantener las rentas de las que le gustaría apropiarse para siempre justamente por la competencia generalizada. Aparentemente, en ambos mundos se pesca por la mañana… etc., pero en uno es para siempre y nadie se preocupa de garantizarlo mientras que en el otro mundo esta pluriespecialidad en el disfrute es posible porque la lucha competencial es encarnizada en todos los ámbitos. En el mundo de la ucronía marxista, la austeridad existe porque ya se ha llegado a lo que se podría llegar siguiendo la ambición del que persigue la riqueza. En el mundo del horizonte del capitalismo la austeridad existe porque nadie puede permitirse la exuberancia durante mucho tiempo ya que será desplazado por el más austero.

Summer School

13 de julio de 2010

Ahora mismo, en cuanto termine de escribir este minipost, salgo para San Sebastián donde mañana comienza una edición más de la Summer School organizada por la FUE, una mezcla de austeridad y despilfarro muy a tono con las discusiones recientes. Creo que la edición de este año, la decimotercera, me va a enseñar muchas cosas que luego podré ir destilando desde esta página. Pero también quiere decir que en los próximos días no escribiré muchos posts. Pero no se froten las manos. Como amenazó MacArthur al dejar Japón la primera vez: ¡Volveré!

Sidney G. Winter y la FUE

27 de julio de 2010

El día 20 de julio, tres días después de la clausura de la XIII Summer School de la Fundación Urrutia Elejalde (FUE) en San Sebastián, tuvo lugar la declaración de media docena de economistas ante el Subcomité de Investigación del Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes de los EE.UU. de América.

Alan Kirman me envía tanto el encargo del comité como la declaración de su amigo Sidney Winter. Por otro lado, Mankiw ha sacado en su blog la de Solow.

Espero poder encontrar las otras, pues atacan un problema análogo al que tratábamos de abordar en esta edición de la Escuela de Verano de la FUE, aunque con un sesgo diferencial importante. Tratan de la Construcción de una Ciencia Económica para el Mundo Real. Ya se ve que están un poco enfadados con la profesión y que esto es importante pues quieren escuchar los testimonios para recomendar, o no, la ayuda pertinente para la investigación en macroeconomía.

Sidney Winter es un testigo clave, pues después de haber contribuido a aquel famoso libro editado por Edmund Phelps sobre Microfundamentos (Microeconomic Foundations of Employment and Inflation Theory. W. W. Norton, New York) y de haber pasado la mitad de su vida académica en los departamentos de Economía en Yale y Michigan, se pasa a la Bussines School de La Universidad de Pennsylvania (la famosa Wharton) para estar más cerca de ese mundo real que le proporcionará, espera, unas perspectivas novedosas para, sin olvidar el poder de las parábolas económicas, comenzar a introducir fenómenos del mundo real relativos a organizaciones e instituciones, así como supuestos sobre agentes económicos, consumidores o empresas. Organiza su presentación en tres puntos.

1. Building Toward Crisis: The Insidious Evolution of the U.S. Mortgage Market.
2. Does the Residential Mortgage Sector Belong in Macroeconomics?
3. Meeting the Needs for Policy Guidance.

Entre las cosas que recomienda encontramos las siguientes:

«With respect to individuals and to a lesser extent households, there has been much progress of this kind in recent years. In their recent book, (Akerlof and Shiller 2009) review a number of areas where insights from behavioral research, combined with more conventional economic research greatly illuminate issues of macroeconomic significance – e.g., the origins of involuntary unemployment, saving behavior, and the role of speculative psychology…. Behavioral understanding has been furthered by experimental economics and by the work of the small band of researchers following the recently-opened paths to grounding behavioral understanding in human neurophysiology.»

Hoy me basta con terminar recordando que estos temas han sido tratado por la FUE en estos últimos años tal como se sigue de un vistazo a su página web: DSGE models, Psiconomics, Neuronomics y Experimental Economics.

Flexibilidad

31 de julio de 2010

Ya me enseñaron hace muchos años que la flexibilidad del mercado de trabajo, o de la entera economía como sistema, no se mide por el desempleo, sino por el empleo. Fue hace tanto tiempo que lo olvidé e incluso, como dice el Cigala, se me olvidó que lo olvidé, de forma que hace unos dos o tres años, antes de que apareciera nada es gratis, uno se sus frecuentes colaboradores y buen amigo me lo recordó. Vale, incluso sé por qué. Pues bien, ahora que la tasa de desempleo sube (en unos 35.000) y que sin embargo el empleo aumenta (en unos 87.000) deberíamos estar esperanzados y decirlo así, pero el citado blog cierra por vacaciones o parada biológica.

Notas

[1] JU retoma el tema de cómo esta crisis nos conducirá hacia el mundo descrito en su libro «El Capitalismo que Viene». En ese libro es clave la lógica de la abundancia, lo cual evidentemente no cuadra con las apelaciones a la austeridad que imperan en los tiempos que corren (y que lógicamente no gustan, por esto y por otros motivos, a JU). JU claramente prefiere la exuberancia, la abundancia (yo también, aunque a diferencia de JU, sí considero la austeridad como un valor y me atrevo a decir que él también, aunque lo fundamente de modo distinto a mí).

Meditaciones de agosto

Crónica de una Crisis | Agosto 2010

Prólogo

Sinceramente creo que el mejor prólogo al mes de agosto es el artículo de Expansión de 25 de agosto. Resume muy bien el proceso seguido por JU desde que empezó la Crónica de una Crisis en agosto de 2007.

Meditaciones de agosto

25 de agosto de 2010

Claro que en agosto del 2007 me interesé por las hipotecas subprime y las reseñé aunque difícilmente podía imaginar ni el camino que había llevado a la burbuja ni las dimensiones de la misma o de los derivados generados a su socaire pues, como decía en el artículo de septiembre (¿Qué hará el BCE? Se admiten apuestas, Expansión, 3 de septiembre de 2007), toda esa innovación financiera me parecía inteligente y tendente a la eficiencia por la simple razón de que completaba mercados, idea ésta que mantengo a pesar de los pesares.

Para las vacaciones del 2008 ya me mostraba más al tanto de sus peligros a pesar de que durante el curso académico fueran otras las preocupaciones que me tuvieron entretenido. Ese agosto y bajo el título de Pasatiempos Vacacionales (Expansión, 6 de agosto de 2008) me preocupaba del problema de selección adversa asociado a la información asimétrica existente entre los bancos (especialmente de inversiones) que, ahora sabemos, empezaban a contratar los Credit Default Swaps (CDS) que les permitirían hacer un buen negocio cuando los bonos derivados creados a partir de las subprime (una forma de CDO o Colateralized Debt Obligations) empezaran a no hacer honor a sus compromisos debido a la imposibilidad de pagar las hipotecas subyacentes.

Así que el problema planteado por la caída de Lehman no me cogió del todo desprevenido. El pasado verano y a propósito de un artículo ajeno que mostraba evidencia empírica sobre las ventajas de la innovación financiera para no pocas economías, volvía yo a mis ideas iniciales (Maniobras marineras e innovación financiera, Expansión, 7 de agosto de 2009). Mis miedos habían desaparecido aunque resultó que la tranquilidad duró poco pues ya a principios de este 2010 me estaba preguntado por el posible double dip y por los problemas del desapalancamiento, esos mismos que nos han traído por la calle de la amargura en España y que, a pesar de lo que se pensó a partir del viernes 23 del mes pasado, día en el que se hicieron públicos los resultados de los tests de resistencia en los países de la UE, continúan vigentes. Y así llego a este verano del 2010. La propia crónica que acabo de describir me sugiere tres meditaciones centrales: sobre la innovación financiero-empresarial denominada «originar y distribuir», sobre el problema central de la información asimétrica y la correspondiente selección adversa y sobre los problemas de endeudamiento.

Comenzaré por el modelo de negocio denominado «originar y distribuir». Nadie lo ha explicado mejor que Sidney G. Winter en una declaración ante el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes de los EE.UU. de América. Glosando superficialmente algunos párrafos de la primera parte de su exposición yo traduciría el milagro de la industria hipotecaria como una cadena de contratos entre agente y principal que parece no tener fin. Aparecen los brókers que venden hipotecas sin ser empleados de una institución financiera y que, por lo tanto, no ponen demasiada atención en la calidad del prestatario. Continúa la cadena la institución financiera que pone el dinero (el originador) que actúa como un dealer que no se queda en sus libros con ese activo, sino que se lo pasa a unos titulizadores que empaquetan este activo junto con otros de distinta naturaleza y distribuyen esos paquetes troceados entre prestamistas que los adquieren sin saber muy bien de qué se trata más allá de que el rendimiento es muy atractivo y de que, a partir de un cierto momento, cuentan con una especie de aseguramiento a través de los mencionados CDOs.

Nadie a lo largo de esta cadena ha tenido incentivos para preocuparse de la naturaleza y calidad del nuevo producto financiero. Como enseñanza a retener es que no se puede confiar en una cadena que no tiene un final claro. Nada de sorprendente hay aquí, excepto por el hecho de que faltaba un inversor final con incentivos a vigilar y prevenir las posibilidades de que su inversión no funcionara correctamente. Podemos afirmar que es la ausencia de Consejos de Administración con misiones claras la que hace que dudosos esquemas de naturaleza bien conocida no sean reconocidos como tales y puedan venderse como genuinas innovaciones financieras que, además, parecen apoyar a las clases más desfavorecidas.

Continúo ahora con el problema de la información asimétrica. Dada la velocidad y amplitud con la que se generó y diseminó el modelo de «originar y distribuir» que acabo de reseñar, no es extraño que las instituciones financieras más involucradas en la cadena descrita no tuvieran ni idea de lo que tenían en sus tripas ni de lo que podría valer con independencia de las cuentas que presentaban a las auditorías o agencias de rating.

La incertidumbre era total y, si nadie sabía nada, es normal que todas y cada una pensara que las demás estaban como ella, in albis. Todas y cada una de las instituciones financieras eran como los compradores de un coche usado que sabe que el único que sabe de verdad el estado del vehículo es el vendedor. O, todavía peor, que no quiere saber nada pues, en el fondo, no entiende lo que hace y recela de ello. Desde hace mucho tiempo es bien conocido que ante un problema de selección adversa como este se seca el mercado y que no hay más remedio que lograr separar los buenos bancos de los malos. Ante una situación así cabe preguntarse si esto se ha logrado con los tests de resistencia y enunciar luego una especie de queja profesional.

Estos tests de resistencia que tanto están dando que hablar son como una ciberturba convocada por quien corresponde y que permite, hasta cierto punto y a pesar de deficiencias obvias, tener una idea aproximada de la calidad de las instituciones financieras, hacer de ese conocimiento un conocimiento común con lo que desde ahora debería ser más fácil la relación entre bancos que podrá centrarse en problemas reales y no en sospechas levantadas por la información asimétrica. En cualquier caso quiero añadir que, como profesional de la llamada ciencia económica, me resulta incómoda la actitud de los grandes expertos en Economía de la Información que han sido incapaces de ofrecer algún esquema novedoso de signalling o de screening que permitiera a los bancos ya sea señalarse como bancos buenos ya sea auto seleccionarse como tales al reaccionar a un mecanismo novedoso. No me vale argüir ahora que la ignorancia era y es tan grande que es imposible encontrar un mecanismo revelador. Si así fuera, deberían haberlo dicho expresamente en su momento.

Cierro con la problemática del endeudamiento de cada economía (público o privado, familiar o empresarial, interno o externo) y de la parte de ese endeudamiento que tiene cada banco ya sea para guardar hasta el vencimiento, ya sea para revender si la ocasión surge. El desapalancamiento se hará y se hará de una manera ordenada; pero deberíamos aprender algo más allá del reforzamiento de la regulación y supervisión. Ya hay novedades a examinar tanto en la nueva legislación americana como en las ideas que se barajan en distintos comités de Basilea. Pero, como última meditación, me gustaría usar este ejemplo del endeudamiento para pensar sobre la noción de riesgo sistémico.

No podremos entender esa noción a no ser que utilicemos ideas de la Teoría de Tedes. No representa mayor riesgo el fallo de aquella institución que sea más grande, sino el de aquella que, ante las mismas dificultades, ocupe una posición central en la red de instituciones financieras puesto que su centralidad le hará susceptible de generar problemas cualquiera que sea el origen de las perturbaciones. Hay que reconocer que, en esto, los tests de resistencia no han ayudado aunque con la información obtenida deberíamos poder empezar a trabajar con diversas medidas de centralidad en la redes financieras para continuar investigando las medidas de regulación bancaria que quieran ir más allá de la imposición de mayores exigencias de capital cuantitativas o cualitativas.

No quiero terminar sin añadir algo sobre la importancia del papel de los Consejos de Administración. No solo he afirmado que el peligroso negocio de «originar y distribuir» no se hubiera generalizado si hubiera habido Consejos responsables, sino que, de lo expuesto, se puede colegir que los problemas de selección adversa no serán fáciles de solucionar sin la colaboración activa de esos Consejos así como que sin ellos no hay esperanza de poner en marcha una regulación que realmente tenga en cuenta el riesgo sistémico bien definido.

Pequeña crueldad innecesaria

3 de agosto de 2010

Samuel Bentolila escribe el último post de Nada es Gratis anterior al anuncio de parada biológica y lo escribe como una especie de última palabra, hasta nuevo aviso, sobre el texto de la norma laboral que finalmente será aprobado como ley.

Me lo leo de cabo a rabo con la esperanza nunca frustrada de aprender algo de su trabajo solo o acompañado. Posiblemente por la época ya estival recibe solo un comentario de Solotzo quien pregunta al autor del post qué opina sobre las sombrías predicciones de Santiago Niño Becerra.

He aquí la contestación de Sam:

«En cuanto a Santiago Niño Becerra, no puedo tampoco opinar porque no he leído su libro sobre «El crash del 2010», así que no conozco sus predicciones. Imagino que deben basarse en sus intuiciones y no en ninguna metodología estadística formal, pues por lo que yo sé no tiene ninguna publicación en revistas científicas solventes. En estas condiciones, no suelo conceder mucha fiabilidad a ese tipo de predicciones (eso no impide que a veces se acierte, como el pulpo Paul).»

Me parece una contestación innecesariamente desabrida. La pequeña crueldad de la misma es fácil de detectar en el tono ya desde una primera lectura y no se entiende fácilmente por qué la usa Sam en contra de alguien al que es obvio no respeta pero sobre el que no debería arrojar la especie de parecerse al pulpo Paul.

A no ser que el susodicho Sr. Niño Becerra haya ofendido personalmente a Sam.

Sí, personalmente, pues si la ofensa es solo general y de carácter intelectual no hace falta esa fácil ironía cruel.

Y así llego a la arbitrariedad de esa pequeña crueldad. Con haber dicho que desconocía las predicciones contenidas en el libro ya era suficiente para satisfacer a Solotzo sin quedar mal pues, si ese señor no es merecedor de ser leído, no hay por qué haber perdido el tiempo leyendo su libro que paradójicamente cita Sam por el título sin que éste le venga mencionado en el comentario al que responde. Pero Samuel va más allá y dice que no cree que su (técnica) estadística sea fiable pues no escribe en las revistas serias: malo para Niño Becerra aunque en el mundo en que funciona igual no es tan letal.

Pero no es eso lo interesante. Lo que me importa es que quizá las predicciones en que se basa el Sr. Niño Becerra no son de naturaleza cuantitativa sino tienen una naturaleza más parecida a la profecía. Si ahora ya la profecía, como la parábola, no tienen sitio en la profesión habrá que decirlo así al tiempo que se trata de distinguir el trabajo pretendidamente científico de las profecías o las parábolas más o menos afortunadas, una tarea que «profetizo» no es trivial.

Bueno quizá es que el calor del Baix Empordà me bloquea la mente y me pongo estúpidamente exquisito o borde. No quiero pecar de aquello que critico y mucho menos convertir mi crítica en algo afilado pues todavía me sobra sentido práctico como para no correr el riesgo de la ironía de Sam.

Pisitófilos creditófagos

8 de agosto de 2010

Esta es mi última respuesta, por el momento, a un intercambio de pareceres entre varias firmas entre las que destaca la que da título a este post. Ese intercambio se produjo, en efecto, gracias al impulso de estos economistas-Lot, como ahora desean ser conocidos, por lo que bien merecen ser destacados en post aparte. La conversación hasta aquí puede seguirse en los comentarios a este post de hace unos días.

Dejo aparte sus comentarios sobre Deleuze y trato de concentrarme en su argumento principal, contestando a sus afirmaciones tal como van emergiendo.

«Nosotros de lo que hablamos es de cómo arrancar de nuestra mente, precisamente (ese) totalitarismo cuando pensamos en Economía.»

Hablemos de esto para tratar de acabar (también) con este totalitarismo. Para ello estaría bien tratar de identificarlo correctamente. Estos economistas lo intentan ingeniosamente, tal como ellos mismo nos dicen:

«Estamos asistiendo a un intento de toma de poder (Internet incluida) por parte de lo que llamamos ingeniosamente «secta estocástica», que incluye a los estocásticos mismos y a todos sus tiranizados. Hay en juego muchos puestos de trabajo y presupuestos, públicos y no públicos. Es como si en la Ciencia Jurídica, por ejemplo, los civilistas, bajo el lema «Donde más puro habita el Volksgeist es en los Códigos Civiles», irrumpieran en escena queriendo coparlo todo, queriendo totalizar: «tú te callas, que eres un impuro». Estamos rozando el verdadero Islam. Nosotros solo reivindicamos la conexión de la Economía con la Filosofía Moral.»

La analogía con el derecho civil como la Meca de la cultura jurídica me gusta mucho quizá porque en su día yo casi caigo en esa atrabiliaria necesidad de pureza y de poder, en la exigencia del reconocimiento sumiso al poder de la inteligencia.

Pero ya se me pasó. Ahora bien, no estoy seguro de que lo que llaman la «secta estocástica» sea la que pretende ser la piedra angular de la comprensión de los fenómenos económicos. Si por esta «secta estocástica» entendemos los llamados modelos DSGE (Dynamic Stochastic General Equilibrium models) que tanto impacto han tenido hasta ahora en macroeconomía y en política económica, entonces deberíamos reconocer que lo mismo podríamos hablar de la «secta del equilibrio general» o de la «secta dinámica» con lo que se vería que la presunta lucha por el poder no es sencilla de entender.

Pero estos economistas-Lot nos dan más pistas sobre lo que ellos aborrecen.

Primero, parecería que lo que aborrecen es la cultura del paper.

«Nos hemos tirado muchos años leyendo working papers firmados (casi nunca en solitario) por economistas profesores de universidades, sobre todo americanas, y ha llegado un punto en el que estamos saturados, además de que no damos abasto.»

La profesión en efecto ha crecido y es muy difícil estar al día de todo lo que se escribe, cada vez más en colaboración; pero esto no es nada malo y nuestra posible incomodidad debe ser la misma que sienten otras profesiones académicas de las que sin embargo, no nos quejamos por una especie de respeto a la ciencia que, por cierto, no parece aquejar a los colegas de Lot & Cía. Su sana falta de respeto por el esfuerzo de la profesión y su rabia aparece ahora con claridad:

«Les reto a que me digan cuántos papers pueden ustedes leerse del Anual Meeting de 2010 de la Society for Economic Dynamics (completos, no solo Abstract y Conlusion). El primero que sale es este. Tiene un título, para nosotros, arrebatador: «Emergence of Cooperation in Anonymous Social Networks through Social Capital. Immorlica, Lucier & Rogers. Universidades de Toronto y Northwestern-Evanston». Meto los autores y las universidades en el título aposta. Desgraciadamente, en la página 3 comienzan las malditas fórmulas. A pesar de tener solo 10 paginitas, leerlo bien leído supone muchas horas de trabajo prosaico (nada poético, como la vida, como este magnífico blog).

Perdonen que haya mantenido en la cita la alabanza a este blog. Es una concesión a mi vanidad; pero ello no me impide expresar mi desacuerdo con este párrafo. El artículo al que reenvían (gracias) me parece atractivo, tanto que lo voy a intentar leer ahora mismo. Las matemáticas no parecen a primera vista imposibles, las referencias se me antojan prometedoras y tanto el Abstract como la Conclusión me resultan interesantes. No sé cuanto tiempo me llevará entenderlo de verdad, pero ya se lo contaré.

La insatisfacción es quizá comprensible y está bien expresada en lo que sigue:

«El «¿para qué?» no lo predicamos de la Ciencia Económica, sino de las horas que nos cuesta leer estos papers que nos quieren hacer creer que la Economía no es «solo» una ciencia social empírica (no experimental). Tras años, repito, a-ñ-o-s aguantando estoicamente el ninguneo, gracias al anonimato de la red (que nos permite sobrevivir al mismo, porque, en directo, ciertamente, quien va dando codazos, te acaba echando de la acera), estamos empezando a entonar el ¡basta ya!, apoyados en la cara de acelga que se les ha quedado a todos con el crash inmo-hipotecario.»

Me adhiero a este ¡Basta ya! pues la arrogancia académica no hace sino contradecir lo que significa la búsqueda de la verdad o al menos de la coherencia. Aparte de que el argumento de autoridad nunca ha sido muy convincente. Aunque no sé si tanto como para adherirme también a este exabrupto:

«¡Bendita sea la burbuja inmobiliaria que nos va a permitir acabar con el intento de Gleichschaltung académico!»

Pero, una vez descargada la furia, llegan donde quieren, a la existencia de tres acercamientos diferentes lo que les permitirá identificarse con mayor nitidez:

«1) Primero están los negacionistas bancaculpistas; mixtificadores interesados que quieren hacernos creer que la actividad (inmobiliaria) y el empleo son víctima de los financieros (y los políticos reguladores), de modo que, cuando se cure «la enfermedad crediticia» y, además, nos quitemos de encima un puñado de malos gestores, todo volverá a su maravilloso ser «burbujil» (¡cómo le gusta la inflación a la gente!, señores… además de «rajar» contra la banca).»

Bueno, a mí no me disgusta del todo pues creo que hay elementos de esto en la crisis financiera, aunque estas mismas cosas pueden ser entendidas de diversas maneras. Pero continúan:

«2) Luego estamos nosotros, los pisitófilos creditófagos, que defendemos la sencilla idea de que el sistema financiero-fiscal no tiene la culpa (antes al contrario, toda vez que la situación es administrable y está embridada) y que las deformaciones económicas que se ven están provocadas exclusivamente por la burbuja inmobiliaria y terruñística (son lo mismo), que supone, además, un vasto montaje piramidal-generacional, una especie de SIDA pisco-socio-económico, solo entendible desde una óptica multidisciplinar.»

Pero, me digo: esto es justamente en lo que estaba de acuerdo con la postura anterior. Sin embargo yo, y otros, perteneceríamos a una tercera opción:

«3) Finalmente, estáis los burbujistas bancaculpistas, para los que la crisis sería de naturaleza intrínsecamente financiera, pero no solo no negáis la burbuja inmobiliaria, sino que la consideráis el factor desencadenante de aquélla.»

Sí, también me veo aquí. Pero mi ubicación no importa. Lo que creo importa es que, en lo que sigue creo que se entiende la postura de estos economistas enfadados:

«Al principio del pinchazo, curiosamente, los burbujistas fuimos corridos a gorrazos por no rajar contra la banca sino seguir con nuestro sempiterno dale-que-te-pego contra El Pisito & El Terruñito. Entonces era el momento más delicado del sistema financiero, cuando tenía que transigir con daciones en pago, etc. Pero, conforme van completándose los cuatro años de crash y nos vamos metiendo en la parte fiscal del proceso, me temo que los que vamos bien peinados somos nosotros.»

Bueno, su causa es la denuncia del pisito y el terruñito, expresión esta por lo que yo entiendo el provincianismo y la renuncia a viajar, la falta de movilidad geográfica. Que eso existe, de acuerdo. Que eso es la clave, pues no.

Se explican un poco más:

«Y no lo digo, precisamente, porque estén triunfando cosas del tipo Animal Spirits (Akerlof & Shiller, libro que sí da gusto leer). Sino porque nuestra dinámica es mansa y nada frente populista. Por decirlo para que se entienda, somos Lot & Cía. mientras caía la lluvia de fuego y azufre sobre Sodoma.»

Lo confieso, aquí me he perdido. Y, por lo tanto termino en la esperanza de no haber utilizado argumentos ad hominem.

Comentaros bienvenidos.

Ahora, pido que la socarronería nos pase, de «economistas alumnos», a «economistas-lot», o sea, que se abandonen los argumentos ad hominem.

Descenso del precio de la vivienda

10 de agosto de 2010

Expansión nos informa hoy, aunque la noticia la teníamos desde ayer, de que el precio de los pisos en España puede descender el 75% hasta el 2050 debido al envejecimiento de la población. Se trata sin duda de una perspectiva amenazante para nuestra riqueza. Pero ¿hemos de tomarla en serio? El propio artículo comenta que hay otros factores distintos del mero envejecimiento de la población que pueden influir en el precio de la vivienda. En efecto, decir que todo depende de la edad media de la población es lo mismo que decir que el nivel de precios depende solo de la masa monetaria. También depende, según la Teoría Cuantitativa del Dinero, de la producción y de la velocidad de circulación del dinero. De la misma forma el precio de le vivienda dependerá de PIB y de los movimientos migratorios, algo mucho más difícil de prever que el envejecimiento de la población.

Juegos epistémicos

12 de agosto de 2010

¿Qué esperaba la Bolsa europea del comité de mercado abierto que ha reaccionado con bajas serias? Parece que lo que hubiera sido una buena noticia es que la Fed hubiera decidido subir los tipos por miedo a la inflación que se estaría larvando con una enorme liquidez flotando y un crecimiento sólido. Es una cuestión epistémica: ¿qué sabe Bernanke que yo no sé? Pero estas cuestiones no tienen fin pues siempre me puedo preguntar qué sabe Bernanke sobre lo que yo sé y así ad infinitum. Y ¿por qué es la Bolsa española la más volátil? Pues porque queremos ser los más avispados y llevamos más lejos las preguntas epistémicas o quizá porque los otros creen que nosotros lo somos o porque nosotros creemos que ellos creen que nosotros somos los más avispados. ¿Dónde está Rumsfeld? Recordemos:

«There are things we know that we know. There are known unknowns; that is to say there are things that we now know we don’t know. But there are also unknown unknowns. There are things we do not know we don’t know.»

Responde Luisito

15 de agosto de 2010

Luisito responde al post de esta mañana de una manera tan informativa que creo que es muy bueno que su comentario aparezca como un post independiente que yo me limito a copiar.

«Es un problema político complejo y los problemas políticos siempre son imprevisibles. Improvisarán algo en medio del pánico, que es lo que siempre hacen.

Parece haber una discrepancia de intereses entre la política local o regional y la política de Washington. Cada uno de los grupos políticos locales reclama un paquete de ayuda desde Washington, para su ciudad, para su estado o para su sector industrial o lobby concreto pero en Washington cada vez consume más capital político la aprobación de estos cheques en blanco. Antes de pensar en aprobar nuevos planes de salvamento deben poner a andar medidas populistas como fantasiosas legislaciones destinadas a atar en corto a los tiburones de Wall Street y otros cuentos infantiles semejantes que solo tratan de lo que siempre trata toda legislación que es aumentar el poder y los privilegios de la clase política.

Los nuevos cheques en blanco requieren también de un panorama lo bastante sombrío y lo bastante inesperado y súbito. La inminencia del fin del mundo debe ser lo bastante verosímil como para facilitar el cheque en blanco y el episodio debe ser lo bastante súbito como para que ese cheque se firme sin debate público alguno. Lo ideal es un Domingo por la tarde, justo antes de que abra Tokio. Suele notarse cuando los inversores creen que las cosas están a punto para estas reuniones de urgencia del domingo por la tarde en los cierres de las bolsas del viernes. Perciben los fines de semana como peligrosos y se cierran muchas posiciones en la última media hora del viernes. Como se cierran más posiciones cortas, esta última hora del viernes suele ser muy alcista.

Un crash bursátil sintetizado facilita las cosas de la política en Washington pero tiene serios peligros para la política local porque podría dar lugar a un pánico descontrolado en los mercados de bonos municipales y estatales. La situación financiera de estados y municipios depende crucial mente de sus pasivos asociados a los planes de pensiones de los empleados públicos y el patrimonio de estos fondos de pensiones está muy expuesto al valor de las acciones. Un desplome de los mercados de acciones podría derribar muchos castillos de naipes si el pánico se propaga a las fuentes de financiación de la política local. Esto hace que haya mucha oposición política a esta clase de experimentos.

También es necesario afianzar bien en la opinión pública la relación causa efecto precisa. Debe quedar claro que el despilfarro de dinero público logra la recuperación y que un fin prematuro de ese despilfarro de recursos hace peligrar la incipiente salida del infierno. De ahí toda esa historia surrealista que vende insistentemente la prensa y que habla de una economía americana en recuperación, una recuperación que podría peligrar dando lugar a un «doble dip». En fin, sentido del humor no les falta.

Otra resistencia que debe ser vencida está relacionada con el asunto de la «exit strategy». Cuando un Banco Central comienza a meterse en jardines del estilo del «quantitative easing», la discusión de cada paso suicida inicial incluye la discusión de una «exit strategy». Por extraño que parezca, hay miembros de estos organismos que creen que la discusión de esa «exit strategy» va en serio, que los amigos del poder que reciben los regalos los devolverán cuando todo esto haya pasado, que la destrucción de una moneda es un proceso reversible. Una vez que el balance del Banco Central ha aumentado un 650% mediante la inyección de papel tóxico por un valor total igual a cero, resulta cada vez más difícil seguir discutiendo las ampliaciones de la exit strategy necesarias para mantener calmados a los miembros más ingenuos sin que le de la risa al banquero central.»

Sostiene Luisito

15 de agosto de 2010

En un comentario a un post mío Luisito, después de realizar otro comentario que debería ser consultado antes de comenzar con el que va a ser objeto de esta glosa, dice lo siguiente:

«Bueno, yo hubiera preferido la abolición de la Fed.»

Para empezar es una buena entrada que me atrae pues nunca he creído en la justificación convencional de los bancos centrales. Veamos cómo continúa Luisito:

«La Fed está siendo empleada (desde hace mucho, pero cada vez más) para hacer política fiscal, redistribución de renta.»

Ya se sabe que la política fiscal y la monetaria no son independientes y que están necesariamente ligadas por la existencia de una restricción presupuestaria intertemporal. La relación con la distribución de la renta me parece menos obvia más allá de que todo influye en ella.

Pero vayamos más allá acompañando a Luisito. Es difícil no estar de acuerdo con su siguiente afirmación:

«Una política fiscal que esquiva el inconveniente de la supervisión pública y el visto bueno de la cámara de representantes. Lo mismo que hace Hugo Chávez con su petrolera pero en más tecnocrático.»

Y esa lucidez me predispone a escuchar con atención sus siguientes afirmaciones:

«Esto, la política fiscal ilegítima sin acuerdo y supervisión de los ciudadanos, hecha a través del Banco Central, no es nada nuevo. Efectivamente, ¿y? Pues que: El problema es la magnitud sin precedentes de la actual redistribución. No saben como manejarla porque, incluso cuando se hace a través del ilimitado balance del banco central, aparecen resistencias políticas. Muchos grupos de poder están empezando a estar asustados porque saben que, en última instancia, esta vez el castillo de naipes no resistirá y no quieren ser arrastrados en la caída.»

Con independencia de la necesidad, ya mencionada, de aclarar qué decimos cuando hablamos de redistribución, sí que está claro que las medidas monetarias extraordinarias y heterodoxas que han adoptado los bancos centrales más importantes aceptando la compra de activos tóxicos como contrapartida a la emisión de dinero ha distorsionado sus balances que ahora tienen unas ratios que no están acostumbrados a contemplar. De ahí el último movimiento de la FED planeando sustituir esos activos tóxicos cuando venzan por deuda pública. Parece sensato aunque quizá las reacciones pesimistas puedan deberse a que algunos o todos creen saber que las instituciones crediticias tienen todavía muchos activos tóxicos o incomprensibles que esperaban poder colocar en ese Banco Central.

Si esta fuera la explicación más aceptable se entiende el siguiente párrafo de Luisito:

«El Congreso ha topado con el techo de prebendas y planes de salvamento y en la vía fiscal a través del Banco Central comienzan a aparecer serias dudas y resistencias políticas. La historia de amor entre la administración Obama, Wall Street y Bernanke comienza a aparecer demasiado obscenamente evidente.»

Insiste en ello de forma que empieza a parecer que este es justamente el punto que Luisito quiere subrayar, la tensión entre el ejecutivo que ha sido capturado por Wall Street y el legislativo:

«El remedio que han aplicado en estos casos antes consiste en sintetizar, para la fecha conveniente, un escenario de Fin del Mundo. La inminencia de un Apocalípsis bien escenificado ablanda muchas resistencias y tiene la ventaja de que, ante la urgencia, los representantes en la cámara tienen que firmar el cheque en blanco sin leerlo»

Esta interpretación, digamos política, de la situación económica parece plausible.

Ahora bien, no es fácil aceptar sin más la siguiente explicación aparentemente más técnica:

«Dado que en los mercados de acciones no se conoce otro inversor que no sea la Fed (a través de las mesas de trading de los bancos de inversión), escenificar un crash a la carta es cosa de niños para la Fed. Y necesitan ese crash para meter el miedo suficiente en el cuerpo de los políticos que tienen que consentir una nueva expansión del balance de la Reserva Federal (y quizás algún nuevo plan de estímulo/despilfarro de los que desea Krugman).»

Entiendo que la FED puede influir en las cotizaciones bursátiles a través de sus declaraciones, pero no entiendo cómo podría hacerlo a través de invertir en bolsa ni conozco los paquetes que obran en el Balance de la FED si es que hay alguno.

De ahí que no pueda estar de acuerdo con la siguiente declaración apocalíptica:

«Den por tanto por hecho un crash en la bolsa (y un repunte de los bonos/caída de tipos) en el Otoño Navidad. (Bernanke es lo que los americanos llaman un «One trick pony»).»

Quizá lo que no entiendo pudiera tener la siguiente explicación correspondiente al comentario adicional de Luisito al que hacía referencia en el primer párrafo. La FED puede colaborar a un nueva ola de re lanzamiento comprando bonos empresariales emitidos por firmas en apuros. Pero no es esto lo que ha declarado y parece que la necesidad de comprar bonos públicos sería más urgente. Y, en cualquier caso, ese nuevo relanzamiento no sería fácilmente aceptado por el Congreso ante unas elecciones legislativas cercanas.

¿No deberíamos quizá estudiar con más cuidado las tensiones dentro de la propia FED? ¿Serían éstas, en caso de existir, consecuencia únicamente de tensiones políticas?

Crear mercados

24 de agosto de 2010

Jose I. Goirigolzarri llama a nuestra responsabilidad individual a fin de crear riqueza desde la empresa en una economía de mercado. David de Ugarte apoya con fuerza esa iniciativa que pasa por la creación de procedimientos y la denomina significativamente un manifiesto. No creo que todavía alcanzamos a ver su importancia en toda su dimensión. Pensemos que incluye crear «verdaderos» mercados que, más allá de un conjunto seriado de contratos bilaterales y privados, responden de manera pública de los pagos entre las partes contratantes, de la realización efectiva de los intercambios pactados y de las entregas a realizar. Si creamos «verdaderos» mercados por doquier acabaremos eliminando el problema de la a simetría informacional y la correspondiente selección adversa. No estamos sino en los albores de esa nueva civilización que imagina entusiasmado DU.

Dos recomendaciones

28 de agosto de 2010

Ahora que habrá que empezar a pensar en ponerse el chip y quitarse el bañador, quiero compartir con los lectores de estas ideas desperdigadas dos lecturas apropiadas para las ideas de este verano. Una de las líneas de discusión ha sido la innovación financiera y el porqué de la crisis de las subprime. Lean el libro de Michael Lewis «The Big Short», me lo regaló en Londres Joe Ostroy y es claro, ilustrativo y desternillante. La otra línea de este agosto ha sido lo que podríamos llamar la riqueza financiera y aunque la biografía de Siegmund Weiburg de Niall Ferguson pisa otros terrenos, los interesados en esa otra línea no pueden dejar de leer ese segundo libro que me regalé a mí mismo en la librería de la LSE y del que todavía no encuentro ninguna reseña en la red.

Sobre bonos, volatilidad y banqueros centrales pasando por sindicatos

28 de agosto de 2010

El 21 de mayo comentaba yo en este minipost la instantaneidad del efecto renta en mi caso de rentista. Entenderán ahora por qué voy a pasar un fin de semana angustioso siguiendo esa reunión de Jackson Hole. Que empiece a haber una burbuja en bonos tanto corporativos como públicos y que haya grandes movimientos laterales quiere decir que las expectativas en el mundo, gravemente inestables, son hoy de una jobless recovery. Se presentan pues las señales de un colofón a la crisis típico de estos tiempos sin certidumbres generales y sin convicciones teóricas. Por fin nos damos cuenta de que las empresas mejorarán sus resultados y que los países se despalancarán y empezarán a crecer tímidamente mientras la gente, especialmente la joven, se muere de asco. No nos extrañe si los sindicatos o los que acabará sustituyéndoles, empiezan a enseñar los dientes.¿Por qué habría de subir la Bolsa? No imagino el tipo de declaración final que podrían hacer los banqueros centrales desde Wyoming para que eso ocurriera.

¿Es la economía una reina destronada?

Crónica de una Crisis | Septiembre 2010

Prólogo

«¿Es la economía una reina destronada», nos dice Juan Urrutia y de pronto nos imaginamos en un escenario de film noir, más por los claroscuros ominosos y el enturbiado desenlace que se avizora, que por la necesidad de buscar un culpable. No es, pues, el relato de la crisis un whodunit al uso, pero sí se presta a paralelismos cinematográficos al tener un MacGuffin incuestionable: la renovación paradigmática de la profesión económica. Esa es la preocupación central del texto que Urrutia titula con la pregunta con que abrimos este prólogo, en el que, motivado por un partisano ensayo de Gideon Rachman, analiza la forma en que la economía lidiará con la complejización de su entorno y materia de estudio, pero también repara en la –probablemente no mainstream pero no por ello desdeñable– historia de una profesión muy dada a esas expansiones[1].

Comenzando por el artículo de Rachman, Urrutia nos sugiere que en el deseo de ver a la economía destronada puede haber más de esa tendencia tan estadounidense de levantar y derribar ídolos[2] que de verdades concretas. «La Historia y la Economía se asemejan en su deseo de escribir historias o narraciones atractivas y provocadoras que hacen avanzar el pensamiento», nos dice Juan Urrutia y de pronto toda la polémica suscitada entre Stiglitz, Ferguson, Krugman y los discípulos de Lucas, suena más a Shakespeare que a Hitchcock. Es más, para proponer un «programa de investigación alternativo», Urrutia regresa a Axel Leijonhuvfud y releva la importancia que este atribuía a la historia económica como elemento indispensable para su avance. Leijonhuvfud, a la sazón primer director del centro de Computational Economics de la UCLA, nos dice Urrutia:

[P]osiblemente el primero del mundo, [propugnó una] metodología (…) con un énfasis especial en la heurística positiva de un programa de investigación que pretende examinar la dinámica de un sistema complejo en desequilibrio en el que se desencadenan unas reacciones que ponen en juego su funcionamiento estable y en el que los episodios de historia económica sirven como animadores de la batalla épica por el conocimiento.

El texto también repara en Thomas Sargent –uno de los estandartes de los paradigmas macroeconómicos fuertemente cuestionados por la crisis–, cuyas declaraciones toma Urrutia para analizar lo que se enmascara tras una defensa retórica de lo que aparenta ser casi un sistema de creencias:

[Las respuestas de Sargent] sobre la naturaleza de la crisis financiera son estupendas piezas de retórica propia de la defensa de un programa, pero, a la postre, apuntan a algo interesante que me interesa destacar. La parte retórica consiste en limitarse a considerar la crisis bancaria propiamente dicha y comparar dos respuestas posibles a la existencia del seguro de depósitos bancarios. [Si es algo bueno para una situación en la que los bancos sólo reparten riesgos y ayudan a la innovación, mereciendo minimizar la probabilidad de pánicos bancarios mediante ese seguro de depósitos; o qué sucede cuando un banco va más allá de su función tradicional de transformar plazos y se enreda en operaciones complicadas relacionadas con la titularización y las asimetrías informacionales que ello implica, lo que les lleva, en presencia del seguro de depósitos, a tomar demasiado riesgo, accionar que de repetirse sistemáticamente nos deja en una situación con enorme peligro explosivo.]

Pero Urrutia va más allá en su texto, nuevamente pivotado en la entrevista de Sargent y el recuerdo de Leijonhuvfud, nos descubre el probable núcleo de ese «programa de investigación alternativo» en la Econofísica, la Economía Computable, el estudio dinámico de las sociedades o los cambios microeconómicos estructurales. Finalmente propone, también a partir de la entrevista a Sargent, una probable coda a los conflictos fratricidas desatados, ya no entre las ciencias sociales, sino dentro la propia economía:

[S]abemos que los economistas eran conscientes de los peligros y dificultades concretas que un sistema económico-financiero moderno puede confrontar. Como también sabemos lo que [Sargent] nos recuerda en la tercera parte de la entrevista, que no todos los economista estaban de acuerdo sobre los efectos cuantitativos de los programas de estímulo y que desde luego hay modelos serios que sirven para calcular ese efecto, que no son todos unánimes y que es probable que si se hubiera n tomado en serio no se hubiera actuado con la decisión que se hizo a no ser, claro, por motivos políticos de los que él se confiesa ignorante.

Más o menos hace dos años, cuando ya había decidido intentar perseguir la carrera académica en la economía pero mantenía una inocencia emparentada con la más pura ignorancia, me topé con el famoso texto «How did economists get it so wrong?» y me sentí interpelado con gran fuerza. Pensé que intentar ser un economista entonces (o ahora) era lo más parecido a querer estudiar para científico nuclear después de Chernobyl –una metáfora un poco insensible hoy, a la trágica sombra de Fukushima, pero por entonces imbuida de algo de humor negro. Aunque ahora tengo más herramientas para enfrentarme al texto de Krugman con escepticismo saludable, no quiero pensar qué me habría pasado de haberme topado con la dogmática descarga de Sargent, pues por lo menos Krugman logró motivarme para ingresar al campo con el brío de buscar aires distintos. Por fortuna, como nos recordará Urrutia en los artículos de este mes en los que analiza los retos futuros de la profesión económica, no todo lo que trae la crisis tiene que ser malo… o en el lenguaje noir, chicas guapas pero letales para viejos detectives sin suerte.

Con «Competencia fraternal» Juan Urrutia arranca el mes existencial, proclamando su filiación al credo de la economía como único humanismo posible (siempre que se pueda hablar de una competencia fraterna, claro), un texto que rescatamos para esta crónica al iluminar los elementos que preforman el análisis de Urrutia, su forma de pensar la economía y la sociedad[3].

Pero Juan Urrutia también se interesa por lo mundano, en este caso el intríngulis bancario, y en la estela de la aprobación del nuevo marco regulatorio financiero «Basilea III» comenta, de la mano de Archaya y Richardson, el punto de quiebre de un sistema financiero que llevaba casi siete años funcionando ‘bien’, aunque de manera artificiosa, recurriendo a «conduits»[4] cuya reducción del riesgo era ficticia. Reparando en los detalles del acuerdo regulatorio, Urrutia no se muestra nada optimista y teme que este se preste a las mismas distorsiones, si no mayores, a no ser que se establezcan medidas para reducir la «adicción a las reservas» o posibilitar que los ‘buenos’ bancos señalicen la calidad de sus activos subiendo el pay-out. El objetivo de toda esta infraestructura sería, de nuevo, distribuir el riesgo con genuina eficiencia y evitar esquemas de asimetría informativa en los que alguna de las partes pudiese actuar a su propio provecho, induciendo inestabilidad en el sistema y elevando la probabilidad de crisis financiera futuras.

De hecho, Urrutia le dedica otro artículo al acuerdo «Basilea III», aunque en el segundo se fija más en el «problemón» del desempleo («Y después de Basilea III, ¿qué?»). Las principales admoniciones de Urrutia coinciden con su convicción por la innovación como motor económico (recomienda la inversión pública española en I+D) y por el fracaso de los ajustes Neokeynesianos en tanto no se reforme a profundidad las políticas fiscales («El impulso a la demanda agregada no funcionará hasta que el sistema bancario esté limpio y renovado»); en otras palabras, es prioritario reducir el lastre de los non-performing loans antes de financiar endeudamientos adicionales por medio del gasto público. «Basilea III» y los stress tests[5] son, concluye Urrutia, imperfectos primeros pasos hacia ese saneamiento.

Algo admirable de los (buenos) profesores es su capacidad didáctica, cosa que por cierto no se pierde al disminuir la intensidad de la cátedra –no en vano dicen que el profesorado más que vocación es un apostolado. En fin, Urrutia despliega sus dotes profesorales en «Riqueza financiera y teoría del capital», en el que explica la naturaleza de la riqueza financiera echando mano al clásico ejemplo de la fábrica de alfileres pero intentando explicar con este la «importancia de la naturaleza pública de la información en la formación del capital como el rodeo de la producción». Con ello en mente, Urrutia aporta dos ideas inusuales, procurando esclarecer la no tan cierta creencia de que lo financiero tiene una naturaleza muy distinta de lo material (vamos, de los alfileres de Smith):

Primera, en el desarrollo del capital real es muy fácil conocer el precio de los productos por muy larga que sea la cadena de producción resultante de la especialización pues la demanda final relevante (de trajes de novia digamos en el caso de los alfileres) establece una referencia que nos parece real y de la que se derivan los precios de todos y cada uno de los productos de la cadena a través de la competencia que, entre otras cosas, revela los precios de manera pública.

Segunda, cuando el proceso del rodeo de la producción mediado por la competencia genera un producto final fácilmente estandarizable (como es el caso de las materias primas o el de las acciones de las empresas cotizadas) se crea un verdadero mercado en el sentido de que cuando uno compra o vende lo hace a través de un sitio central organizado que se compromete a hacer llegar el producto al comprador al precio fijado centralizadamente y a veces electrónicamente. De ahí que este mismo mercado pueda ser un negocio en sí mismo.

En esa vena, Urrutia describe la cadena de los assets financieros innovadores, estableciendo con sus brókers, originadores, titulizadores y prestamistas un paralelismo con la especialización del trabajo en el ejemplo de la generación del capital real –de paso apuntando la masa crítica de moral hazard implícita en esta cadena, una de las grandes preocupaciones de Urrutia a lo largo de esta Crónica. Sin embargo, aunque parecería no haber diferencias conceptuales entre la generación del capital real y el financiero, el punto de distinción crucial está en que la cadena de valor no se cierra una vez se han asegurado todos los contratos, motivo por el que es necesario recurrir a un tope crediticio, un límite para el endeudamiento. Es sobre ese punto que Juan Urrutia cierra su meditación, preguntándose si es que la entropía desempeña algún papel en la cadena financiera y cuáles son las ventajas (si las hay) de endeudarse a corto o largo plazo; interrogantes transformadas poco menos que en preguntas retóricas en un entorno en el que no es que los inversores no piensen de esa forma, si no que la globalización y la consiguiente desmaterialización de los flujos económicos propician «un rodeo de producción mayor pero mucho menos controlable».

Abandonando temporalmente lo que parecería ser el sondeo del reto de la renovación de la macroeconomía y el sistema financiero, Juan Urrutia se permite en «Caparazón y esqueleto» una digresión no del todo fuera de sintonía, pensando en la (¿ya finiquitada?) pérdida de la hegemonía occidental, incluso llegando a cuestionar el tema de la identidad y la comunidad frente al Estado (y agregaría yo a la generación como límite de la radicalidad ideológica del Zeitgeist); en lo que recién tras las protestas juveniles de la llamada «Primavera Árabe» y de los «Indignados» en la propia España, comenzaría a considerarse como parte fundamental de la crisis[6]. En la misma línea, Urrutia también repara en la –no siempre nociva ni alucinada– crítica económica marxista, con el pretexto de la edición española de «Capitalismo desatado» de Andrew Glyn. Con similar diversidad temática, Urrutia cierra el mes reincidiendo en su interés por las minucias del sistema financiero como producto intelectual, recomendando la lectura de «Risk sharing and contagion in networks», así como de una defensa de la securitización a cargo de Leonardo Gambacorta. En pocas palabras, sugerentes puentes que Urrutia nos señala hacia el surgimiento de respuestas académicas a la crisis.

Competencia fraternal

5 de septiembre de 2010

Hace unos meses formé parte de una mesa redonda en Valencia sobre bioética aunque, claro está, a mí solo me pidieron que hablara de ética y economía. Se lo conté aquí.

Llevando a cabo la correspondiente limpieza de papeles previa al comienzo de la temporada, me encuentro con el texto que yo había preparado pero que tuve que olvidar a la hora de intervenir quizá porque, como conté, me vi superado por los acontecimientos y tuve que improvisar. Pero en el texto inicial que ahora encuentro me topo con el comentario final al que debiera haber apuntado mi intervención.

Decía lo siguiente (a lo que añado ahora algún enlace que ya entonces tenía en la cabeza):

Me gustaría terminar afirmando que la economía no es un humanismo pero que, sin embargo, propone una forma de sostenibilidad que es para mí la única creíble. Soy de derechas porque creo que el hombre es un ángel caído y que nuestro sentido vital es tratar de redimirlo. Lo maravilloso de la solución económica a esta redención es la competencia, esto es lo que mantiene a la sociedad unida a pesar de los pesares, porque, aunque a veces no lo parezca, en el proceso competitivo siempre hay algo de fraternal, sea en el deseo de estar juntos, sea en el mero hecho de que los mercados en los que compiten son una institución fraternal en el sentido de que se crea evolutivamente en un entorno poblacional en el que sus miembros quieren estar juntos. Si la ética fuera algo que se preocupa por esa sostenibilidad, sería difícil de comprender que ambas no formaran un tándem exploratorio más allá de bonus y otras salidas de madre e incluso más allá de problemas de pobreza.

Yo terminé mi intervención remedando el slogan juvenil de ¡Socialismo o Barbarie! mediante el grito de ¡Competencia o Barbarie! Sin embargo, el moderador terminó la sesión diciendo que la audiencia debería quedarse con esta idea expresada en forma de lema: la clave está en la competencia fraternal.

Riqueza financiera y teoría del capital

8 de septiembre de 2010

– Publicado en Expansión –

Las noticias económicas de este verano, tan volátiles como los mercados y tan preocupantes como las diversas declaraciones que nos han llegado de Jackson Hole o la ralentización de la reforma financiera de Obama o las amenazas de una tasa especial a la banca, nos han hecho ver no solo que no acabemos de deshacernos de los efectos colaterales de la Gran Recesión, relacionados ahora con el endeudamiento y sus repercusiones sobre el sistema financiero mundial, sino también que necesitamos cierto sosiego para reflexionar sobre la naturaleza de la riqueza financiera. Pero una reflexión de ese calibre y ese tono necesita un poco de sabiduría importada de nuestra historia intelectual, algo que ponga en perspectiva la mera afirmación, reiterada hasta la saciedad, de que la riqueza financiera no es más que humo.

Lo adecuado es comenzar por el principio, por algo que sabe todo economista, por la división del trabajo y la especialización que tan bien describió A. Smith en el libro I capítulo I de la Riqueza de las Naciones:

Tomemos como ejemplo una manufactura de poca importancia…: la de fabricar alfileres. Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea (convertida por virtud de la división del trabajo en un oficio nuevo) y… por más que trabaje, apenas podría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de veinte. Pero… hoy día la fabricación de alfileres… está dividida en varios ramas…. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en trozos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza: a su vez la confección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas:….. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieciocho operaciones distintas…

Es un fragmento que por conocido y repetido oculta parte de su significado. Refleja no solo la división del trabajo y la especialización como causa y origen del correspondiente aumento de la productividad, sino que, además, apunta al surgimiento de la proliferación paulatina de empresas independientes y a la correspondiente noción del capital como rodeo de la producción posteriormente destaca por Eugen Böhm-Bawerk. Pues bien, esta manera de mirar al capital es, a mi juicio, muy adecuada para pensar la naturaleza de la riqueza financiera.

Para verlo con claridad me apoyaré en una idea de de Donald MacKencie en un artículo de la London Review of Books del 8 de mayo del 2008. La fábrica de alfileres y lo que en ella ocurre es un ejemplo de división del trabajo que se produce dentro de una empresa de la que alguien se ocupa sin necesidad de que haya ningún dato público más allá de la contabilidad que, visada por un juez, nos sirve más o menos bien para que cualquiera pueda acercarse al cálculo del valor de esa empresa. Un conocimiento superficial de la historia nos enseña que, más tarde, se empieza a sacar fuera de la empresa ciertas tareas de forma que el seguimiento de la actividad se hace más complicado lo que, además de acarrear sospechas sobre la contabilidad, hace surgir ciertas prácticas que acaban redundando en la generación de compañías auditoras. Dando un salto en el tiempo podemos imaginar que eventualmente llega la deslocalización internacional y la consiguiente necesidad de auditoras transnacionales a fin de conocer con cierta garantía de rigor lo que vale una empresa. Toda esta historia/ficción quiere reflejar la importancia de la naturaleza pública de la información en la formación del capital como el rodeo de la producción.

Pues bien, esta historia es perfectamente aplicable a la especialización financiera y a la creación de la riqueza financiera pero, como se suele pensar y afirmar que lo financiero tiene una naturaleza muy distinta, añado ahora un par de ideas muy raramente mencionadas pero que me servirán para disipar esa creencia. Primera, en el desarrollo del capital real es muy fácil conocer el precio de los productos por muy larga que sea la cadena de producción resultante de la especialización pues la demanda final relevante (de trajes de novia digamos en el caso de las alfileres) establece una referencia que nos parece real y de la que se derivan los precios de todos y cada uno de los productos de la cadena a través de la competencia que, entre otras cosas, revela los precios de manera pública. Segunda, cuando el proceso del rodeo de la producción mediado por la competencia genera un producto final fácilmente estandarizable (como es el caso de las materias primas o el de las acciones de las empresas cotizadas) se crea un verdadero mercado en el sentido de que cuando uno compra o vende lo hace a través de un sitio central organizado que se compromete a hacer llegar el producto al comprador al precio fijado centralizadamente y a veces electrónicamente. De ahí que este mismo mercado pueda ser un negocio en si mismo e incluso cotizado a su vez en Bolsa. Esto último ocurre porque en ese verdadero mercado hay datos públicos que todo el mundo conoce y todos saben que todos los conocen.

Es justamente esto último lo que va a fallar en la división del trabajo y la especialización del área financiera. A ello me refería en las Meditaciones de agosto (Expansión 25 de agosto) cuando trataba de describir el negocio de innovación financiera que se ha dado en llamar «originar y distribuir». Glosando a Sidney Winter describía allí la industria hipotecaria como una cadena de contratos entre agente y principal que parece no tener fin. Comienza con los brókers que venden hipotecas de manera casi freelance, continúa con el originador que pone el dinero y actúa como un dealer que pasa el contrato a unos titulizadores que empaquetan este activo junto con otros de distinta naturaleza, trocean los paquetes y distribuyen las piezas entre prestamistas que eventualmente contratan una especie de aseguramiento del riesgo de crédito, que también puede ser titulizado, sin que nadie de esta cadena haya tenido incentivo alguno a preocuparse de la naturaleza y calidad de la hipoteca original sin que haya un verdadero mercado centralizado responsable de garantizar las entregas y de fijar públicamente los precios. Todos los contratos son over the counter (OTC). Lo mismo que ocurre en la gran mayoría de los contratos «reales».

No parece pues que haya diferencia conceptual seria entre la innovación financiera y la «productiva» excepto en un punto crucial: que en el ámbito financiero no hay traje de novia o, lo que sería equivalente, no es esperable que se cierre la cadena de valor con todos los contratos asegurados. Es esta diferencia la que hace surgir la idea de que hay un endeudamiento máximo sostenible, un límite de crédito más allá del cual la situación es insostenible y el castillo de naipes colapsa bajo el leve peso del endeudamiento.

Quizá, podríamos pensar, estemos ante un ejemplo de lo que se llama, en la teoría de la complejidad, autocriticidad y se ejemplifica por la imposibilidad de que la pendiente de un montón de arena de playa sobrepase un cierto valor a partir del cual se desmorona hasta recuperar la pendiente sostenible. Sin embargo en los términos analíticos utilizados hasta aquí esto no es fácilmente admisible por muy interesante que sea la teoría de la complejidad. Quedarnos satisfechos con esta explicación sería como admitir que en la naturaleza de lo financiero hay, como lo hay en la arena, algo natural e ineluctable. Es comprensible que esta explicación sea atractiva pero es insostenible en términos puramente intelectuales. De la misma manera que no vislumbramos, en general, un límite físico a la división del trabajo, tampoco deberíamos admitir sin más una longitud determinada de la cadena financiera. ¿Qué importa en efecto que el endeudamiento de una firma o de un país sea a muy largo plazo si pensamos que en cada vencimiento el negocio genera lo suficiente? Y si pensamos que eso no es así ¿qué ventaja tiene que el endeudamiento sea a corto plazo?

Pero como los inversores no piensan de esta manera, es muy posible que estén convencidos de que el rodeo de la producción «natural» es más corto en lo financiero que en lo «real». Sin embargo eso no es tan claro si pensamos que la globalización y de la deslocalización propician un mayor rodeo de la producción pero mucho menos controlable.

Basilea III

13 de septiembre de 2010

Es curioso lo que se tarda en ir perfilando las causas y los detalles de una crisis como la todavía viva Financial Crisis. Pero la luz se va haciendo poco a poco. TM me envía dos artículos que me permito recomendar. El de Acharya y Schnabel muestra convincentemente que los desequilibrios globales no son la verdadera causa de la crisis y que esta causa hay que atribuirla más bien al comportamiento y enlaces de la red de bancos globales contradiciendo así mi planteamiento de febrero del 2009 (al que, por otro lado, me atengo). El otro artículo, el de Acharya y Richardson ofrece una explicación cumplida del porqué y el cómo del desencadenamiento de la crisis en el verano del 2007 como consecuencia de un comportamiento bancario que llevaba funcionando al menos desde el 2002. Es a la luz de este último que se puede comentar el resultado de la reunión del comité de Basilea para la regulación bancaria que ha tenido lugar este pasado fin de semana y que ha acabado, después de meses de tiras y aflojas, con el acuerdo ya denominado Basilea III.

No seré demasiado específico en la descripción del comportamiento bancario pues me temo que ya lo he sido y hasta en dos ocasiones correspondientes a los artículos de Expansión de agosto y de septiembre. Se trataba como ya se sabía de arbitraje regulatorio por mor del cual los bancos se permitían, en parte apoyados por el optimismo que sostenía Basilea II, el fondearse gracias a la securitización de las subprime y otros activos, lo que en principio parecería repartir el riesgo, pero solo de una manera ficticia. En efecto, muchas de estas operaciones se realizaban con la ayuda de los conduits o vehículos para finalidades específicas que no consumían capital, expandiendo así enormemente el crédito sin aparente incremento del riesgo. Pero lo que no conté en los dos artículos citados es que esa reducción del riesgo de ese banco era ficticia. Los vehículos especiales eran fondeados mediante la securitización del papel comercial de ese banco. Este banco, por lo tanto y para saltarse las ratios de capital, titulizaba el papel comercial y así obtenía fondos para financiar a los vehículos especiales que mantenían en su activo, el resultado de otra titulización esta vez de, por ejemplo, hipotecas.

Esta debiera ser la lección aprendida. Que es difícil asegurarnos que en el futuro los banqueros de un tipo u otro no serán capaces de inventar otros esquemas que se pongan en vigor a fin de garantizar la solvencia mediante exigencias de capital tal como hace Basilea III. Los detalles y no todos están en cualquier periódico de hoy. Yo los he leído en el FT, pero pueden entenderse perfectamente en el artículo de El País. Las mayores exigencias de capital se obtienen o bien incrementando el capital y las reservas o bien disminuyendo los activos ponderados por riesgo. La pregunta por lo tanto es si no nos encontramos con el mismo escenario anterior y, siendo exagerado con un mayor incentivo a seguir haciendo arbitraje regulatorio. Si este no fuera el caso entonces nos encontraríamos con la necesidad de disminuir los sueldos de los ejecutivos y su bonuses y/o reducir el pay-out o % del beneficio destinado a dividendos disminuyendo así las posibles adiciones a las reservas.

Como por otro lado los tests de resistencia no han revelado toda la información pertinente relativa a los activos tóxicos fuera de balance, nos encontramos en una situación bien curiosa en la que se vuelve a abrir las posibilidades estratégicas de los bancos para señalarse como bancos buenos.

Se me ocurren varias posibilidades. En la medida en que, tal como ya dije, en uno de los artículos de expansión citados, los Consejos de los bancos no han sido demasiado diligentes en la tarea de identificar las actividades de arbitraje regulatorio, hoy tienen la oportunidad de rebajarse las atenciones estatutarias al tiempo que redefinen el esquema salarial de los ejecutivos diseñando un sistema que incentive la verdadera dispersión del riesgo. La segunda es que se permitan incrementar el pay-out como señal de la buena calidad de sus activos. En particular los grandes bancos españoles podrían muy bien hacer ambas cosas y no necesitar ningún aumento de capital.

Es verdad que un mal banco podría tratar de imitar a uno bueno tomando las mismas medidas, pero dado el inmediato pasado, no creo que este sea un gran peligro. El comportamiento de la Bolsa europea de hoy no parece, sin embargo haberlo entendido así. El sector bancario en general no ha reaccionado con la fuerza que mi explicación parecería implicar y el sector bancario español no se ha diferenciado de otros, como el alemán por ejemplo, para el que mi análisis hubiera previsto un comportamiento bastante peor.

Iremos viendo. Pero lo que está claro es que la gestión del riesgo definirá quién es quién en un futuro próximo.

Y después de Basilea III ¿Qué?

15 de septiembre de 2010

El comentario sobre Basilea III y sus posibles beneficios, en mi opinión poco creíbles, ha quedado sepultado por las noticias del día siguiente relativas a las nuevas previsiones de la Comisión Europea, más optimistas que las anteriores, pero que dejan el futuro inmediato de España bastante mortecino, y por la extraña reunión de Oslo donde por primera vez los ejecutivos del FMI se encuentran con los del la OIT para dar visibilidad al problemón del desempleo o el concomitante de la creación de empleo. Por eso cabe preguntarse por el futuro inmediato en términos de crecimiento y de desempleo. Sin embargo ambas noticias están relacionadas a través del hecho, sobre el que ya llamé la atención hace mucho tiempo en referencia a Japón y a un post de Axel Leijonhufvud, de que el impulso a la demanda agregada no funcionará hasta que el sistema bancario no esté totalmente limpio y renovado. Ya he hablado sobre esto al principio de la crisis en varias ocasiones. Una de ellas en Expansión con ocasión de la defensa de la noción de corredor neoclásico que utilicé en mi artículo de Cuadernos de Economía y que, a pesar de la actitud desdeñosa al respecto de los teóricos mainstream, puede recuperarse fácilmente desde la economía computable.

Concluía lo siguiente:

La utilidad de esta noción del corredor neoclásico no acaba ahí. Sostiene además una recomendación muy desacreditada pero que creo oportuna para nuestro país en las condiciones que se avecinan. Mientras se limpia el sector financiero, nuestro sector público haría bien, especialmente cuando nuestro sector financiero no es de los más sucios, gastando en I+D. Es una gran oportunidad y no creo que nadie piense que esta inversión pública vaya a desplazar a la privada ya que difícilmente ésta va a meterse en un sector como el de la investigación que tiene unos enormes riesgos.

Por la misma época volvía sobre este punto con una cita de Kobayashi relativa a la situación japonesa de hace años cuando fue allí donde estalló la burbuja inmobiliaria:

One big lesson from Japan ’s 1990s is that Keynesian policy per se did not work for the financial crisis due to the collapse of asset prices. While Japan undertook huge fiscal stimulus packages repeatedly in the 1990s, the government did not pursue a serious policy effort to make banks dispose of their nonperforming loans. As a result, a huge amount of hidden nonperforming loans swelled under implicit collusion between the government and banks. Naturally, the payment uncertainty and economic shrinkage persisted for years.

Pero ¿por qué es esto cierto? Pues porque mientras una institución financiera no se haya deshecho de las non-performing loans que atiborran sus sentinas, no tiene capacidad para financiar el endeudamiento adicional que genera el incremento en el gasto público. En el caso de Japón esto ocurría por una especie de pacto implícito entre el gobierno y sistema financiero que permitía a los bancos seguir trabajando sin necesidad de descubrir sus miserias. Pero eso era sostenible en última instancia porque el sistema financiero japonés estaba aislado. Ahora sin embargo no nos cabe ninguna duda de que el sistema financiero es global debido justamente al arbitraje regulatorio que se generalizó por pura necesidad competitiva. Tal como estamos contemplando, ya no hay posibilidad genuina de connivencia entre gobiernos y banca a pesar de las presiones del lobby bancario allí en donde era necesario para no desparecer. Esto ha hecho perder mucho tiempo hasta que finalmente tenemos los stress tests que, junto a Basilea III, conforman un sistema de incentivos que, aunque no perfecto, esperemos sea suficiente para el saneamiento definitivo del sistema financiero global.

La pregunta obligada es ahora la relativa a la situación económica española tan poco atractiva según Bruselas. Preguntémonos por el futuro inmediato en términos de crecimiento y de desempleo y por el papel de la política de gasto en ambas variables. Los impulsos del gasto público debieron haber sido mucho más tempranos justamente porque la banca española estaba mucho menos intoxicada que la media y podía inicialmente haber financiado el incremento del gasto público que no se llegó a poner en funcionamiento. Pero no se hizo así por las razones que fuera y ahora los mercados y/o la política miope de Alemania obliga a España a unos ajustes fiscales totalmente intempestivos. Notemos sin embargo que aun si España tuviera hoy la fuerza política que le falta por multitud de razones, no podría ya continuar con una política de estímulo de la demanda debido a la situación de su sistema financiero que, aun siendo mejor que la de casi todos los otros países, no está para alegrías en general

Entonces ¿qué?, después de Basilea III ¿qué? Kobayashi nos diría, refiriédose a Japón, que:

The essential problem was the spreading of payment uncertainty, and policies centred on public works and tax cuts were not direct enough to attack the problem, though they were temporarily effective at mitigating the severity of the economic downturn. Direct debt relief for mortgage borrowers and distressed (but viable) firms, along with fiscal assistance for the liquidation of nonviable firms, are straightforward, cost-effective fiscal policies much more capable of wiping out the payment uncertainty than standard public works and tax cuts.

A esto yo añadiría, en el caso de España y tal como ya he dicho, la necesidad de gastar o al menos no dejar de gastar en I+D que tan necesario es para nuestro nuevo modelo productivo. Nuestro sistema científico ha dado un salto de gigante, pero la transferencia de conocimiento es innecesariamente pobre. Necesitamos urgentemente inventar nuevas formas de hacer esto, pues las practicadas hasta ahora no han funcionado como habría sido de esperar.

Pero lo más importante a mi juicio es hacer bien las cuentas y tratar de caminar por el filo de la navaja del desapalancamiento y del estímulo simultáneamente con la ayuda de la parte sana de los bancos sanos. Encontremos la manera de poner en marcha una connivencia entre los bancos fuertes y el gobierno como la japonesa pero al revés. Pero ¿cuáles serían las monedas de cambio? ¿No creen ustedes que las cajas pueden jugar ese papel? Pero esto es ya alta política.

¿Es la Economía una reina destronada?

17 de septiembre de 2010

Hace ya unos días recorté un artículo de Gideon Rachman en el FT que llevaba el amenazante título de «Sweep economists off their thron». Lo leí y pensé con cierta aprensión en la posibilidad de la que este columnista nos hablaba. Pensé así mismo que era el momento de integrar en el razonamiento una magnífica entrevista a Tom Sargent que defiende la vigencia del pensamiento macroeconómico moderno y también algunas ideas sobre el posible desplazamiento de planteamiento, desde la óptica de asignación de recursos y eficiencia hacia la coordinación de actividades, ejemplificado por la Econofísica entendiendo por tal ideas de complejidad computacional que han desembocado en lo de lo que se ha dado en llamar Computational Economics que, a su vez, incluiría los famosos, pero todavía solo para minorías, modelos de agentes heterogéneos.

Rachman, apoyándose en otro trabajo periodístico de Nial Ferguson, compara la Macroeconomía (nada de lo que él dice o yo vaya o decir tiene nada que ver con la Microeconomía más que incidentalmente) con la Historia y merece un comentario. La Economía sufriría de «envidia de la física» y de su capacidad de descubrir leyes generales testables empíricamente. Esa envidia le habría llevado a la pretensión de practicar con rigor el método científico de forma que podría muy bien ser considerada la reina de las ciencias sociales y los economistas desarrollarían una especie de vanidad cortesana. Frente a esta pomposidad, la Historia se contentaría con ser el pepito grillo de los descubrimientos de las ciencias sociales apuntando a pequeñas fisuras en los razonamientos o a los supuestos hechos que aparentemente darían la razón a la Economía. Rachamn sugiere que la Economía abandone su trono y comience a caminar humildemente por el camino que transitan las otras ciencias sociales sin pretensiones de cientifismo y aspirando a no más que a una cierta sabiduría poco definible.

Más adelante veremos y examinaremos la opinión de Tom Sargent en lo que respecta al largo camino recorrido por la Macroeconomía Moderna; pero ahora me gustaría dejar constancia de la enorme importancia que Axel Leijonhuvfud (AL) atribuía a la Historia Económica. Como conocí bien a Axel en aquellos años juveniles y siempre lo he considerado como lo más cercano a un mentor que yo he llegado a tener, me interesa que se conozca esa faceta de AL. A su vez , la importancia que AL atribuía a la Historia Económica en el aprendizaje correcto de lo que la Economía debiera ser, ha sido resaltada por Velupillai y Vaz en el homenaje a AL quien fue el primer director del centro de Computational Economics de UCLA, posiblemente el primero del mundo. La metodología implícita en la forma de trabajar de AL podría entenderse como lakatosiana con un énfasis especial en la heurística positiva de un programa de investigación que pretende examinar la dinámica de un sistema complejo en desequilibrio en el que se desencadenan unas reacciones que ponen en juego su funcionamiento estable y en el que los episodios de historia económica sirven como animadores de la batalla épica por el conocimiento. La idea del pasillo neoclásico que discutí con AL allí por el verano de 1974 y que tantas veces he utilizado en mi trabajo desde que empezó la crisis, así como las concomitantes effective demand failures, son un ejemplo de la heurística positiva de ese programa de investigación. Yo diría que esta metodología alternativa y su heurística positiva llevan a que la Historia y la Economía se asemejen en su deseo de escribir historias o narraciones atractivas y provocadoras que hacen avanzar el pensamiento.

Sobre este avance merece la pena escuchar a Thomas Sargent (TS) en una entrevista que recomendaba, quizá hace una semana larga, J. Fdz. Villaverde en Nada es Gratis. TS es un inteligentísimo defensor del programa de investigación convencional y un gran economista (como he tenido ocasión de comprobar yo mismo, alguna vez directamente y otras veces través de sus estudiantes) que comienza su andadura más conocida en aquella época gloriosa en la que en Minneapolis se concentraba una densidad notable de inteligencia alrededor de la construcción de esa revolución de las expectativas racionales que está en el origen de la Macroeconomía Moderna y que se había iniciado bajo la influencia de Lucas en la vecina Universidad de Chicago. No conozco a nadie que haya hecho más que TS por llevar a su límite las ideas de Lucas sobre la necesidad metodológica de considerar a las expectativas como no sistemáticamente diferentes de los hechos y, sobre todo, en la formulación de ideas macroestadísticas para hacer practicables esas ideas en el océano de datos que el sistema va generando. ¿Será capaz de convencernos de que no hay que abandonar el programa de investigación convencional desde los años 70? Si él no lo consigue nadie lo conseguirá.

Comienza la entrevista con las ya tópicas preguntas sobre el fracaso de la Macro ante la crisis, su imposibilidad de predecirla, la confianza excesiva en la racionalidad de las expectativas o en la hipótesis de la eficiencia de los mercados, etc. Sargent da cuenta de todas ellas con cierta elegancia y bastante rudeza respecto a algún economista en concreto, pero en general diríamos que sus respuestas son una muestra de lo que es la heurística negativa de un programa de investigación que trata de salvar su corazón mediante un cinturón protector que aquí consiste en enumerar las discusiones que sí que ha habido y hay sobre todas esas preguntas capciosas y que, en su opinión, no son suficientes para abandonar un camino que él cree fructífero.

Sus respuestas sobre la naturaleza de la crisis financiera son estupendas piezas de retórica propia de la defensa de un programa, pero, a la postre, apuntan a algo interesante que me interesa destacar. La parte retórica consiste en limitarse a considerar la crisis bancaria propiamente dicha y comparar dos respuestas posibles a la existencia del seguro de depósitos bancarios. Para Diamond and Dybvig es algo bueno para una situación en la que los bancos son solo lo que se supone que son, puesto que su existencia reparte riesgos y ayuda a la innovación –digo yo– y por lo tanto merece la pena minimizar la probabilidad de los pánicos bancarios lo que se consigue mediante ese seguro de depósitos. Ahora bien, cuando un banco va más allá de su función tradicional de transformar plazos y se enreda en operaciones complicadas relacionadas con la titularización sobresale el aspecto de moral hazard (destacado por Kareken y Wallace) que les lleva, en presencia del seguro de depósitos, a tomar demasiado riesgo de forma que cuando esta actividad se lleva cabo sistemáticamente nos deja en una situación con enorme peligro explosivo.

De acuerdo, sabemos que los economistas eran conscientes de los peligros y dificultades concretas que un sistema económico-financiero moderno puede confrontar. Como también sabemos lo que TS nos recuerda en la tercera parte de la entrevista, que no todos los economista estaban de acuerdo sobre los efectos cuantitativos de los programas de estímulo y que desde luego hay modelos serios que sirven para calcular ese efecto, que no son todos unánimes y que es probable que si se hubiera n tomado en serio no se hubiera actuado con la decisión que se hizo a no ser, claro, por motivos políticos de los que él se confiesa ignorante. A mi juicio se trata de una defensa pobre que devalúa sus respuestas pues parecen dictadas en buen parte por una ideología a priori. Pero como aquí no estamos interesados en estas cuestiones concretas, sino sobre la heurística negativa del programa de investigación convencional pasemos a otros capítulos de la entrevista más reveladores.

El último capítulo de esa entrevista que voy a examinar aquí es el relativo a la persistencia del desempleo en Europa y, comenzando con la crisis, en los USA. Aquí Sargent concede, o casi, que algo como la Economía Computacional es un programa de investigación que merece la pena. Veámoslo. Apoyándose en un artículo conjunto con Lars Ljunqvist nos hace ver de manera muy inteligente que la persistencia del desempleo en un contexto de un modelo de expectativas racionales se debe al juego entre las turbulencias del mercado de trabajo y la formación del capital humano que se deteriora mucho fuera del empleo. Dice:

In the context of several rational expectations models with human capital dynamics and labor market frictions that impede the ability of displaced workers to find new jobs, we have found that an increase in economic turbulence generates persistently high unemployment when combined with a generous welfare system.

Es justamente esa declaración la que hace ver que esa heurística defensiva se convierte inadvertidamente en un posible argumento del programa de investigación alternativo que al comienzo de esta post he asociado a la Econofísica o a los modelos de Economía Computable o, añado ahora, al estudio general de las dinámicas sociales al que estamos bien acostumbrados en otros contextos. Las presencia de instituciones y la relación dinámica entre esas instituciones y los cambios microeconómicos estructurales como, por ejemplo, la volatilidad de los salarios (con la incertidumbre que eso genera) y las especificidades de la formación y deterioro del capital humano, conforman un escenario propicio para comenzar a preguntarse si ese programa de investigación propio de la Macroeconomía Moderna no podría aprender de uno nuevo más orientado a la coordinación y sus dificultades como el que representó en su día AL y, completamente aislado, representa hoy Velupillai.

Mi conclusión a la vista de que esos programas distintos no lo son tanto pues ambos cuentan historias, con instrumentos diferentes a veces, similares otra, pero con vocación de convertirse en modelos econométricos testables siempre, deberíamos quizá pensar que hay una oportunidad de conservar el trono. Para ello, como diría Lampedusa, es conveniente que todo cambie. Sí, así es, pero eso no quiere decir que hay que echar por la borda todo lo construido. Nada debe tirarse, hay que conservar las cosas. De lo contrario puede ocurrirnos como con la metodología de AL, que se olvidó poco a poco por la fuerte dependencia del recorrido y hemos perdido años que ahora debemos recuperar. Que todo cambie, pero no para que nada cambie. Algo debe cambiar.

Usura (o mezquindad) en Ezra Pound

20 de septiembre de 2010

La usura nunca ha estado bien vista en ninguna cultura. Merece la pena no verla solo como un excesivo tipo de interés o como una manifestación contra natura de la adoración del becerro de oro ya que el dinero sería estéril. Pero hoy ya sabemos que esto no es así y que por lo menos tenemos que entender distinciones elementales entre austeridad y exuberancia de forma que las viejas ideas sobre la crematística me parecen realmente rancias incluso en este momento delicado de la situación económica. Yo hablaría hoy de mezquindad trascendiendo el ámbito económico y pasando al moral.

O sea que yo traduciría la usura como mezquindad en todo el canto XLV de Ezra Pound. Un cambio que debería arrastrar a la traducción entera, un buen trabajo para Daniel Bellón quien me deslumbró en su contribución a la irónica diagnosis de Dylan. Miren cómo queda:

Cantar XLV
Con mezquindad
Con mezquindad no tiene el hombre casa de buena piedra
Con bien cortados bloques y dispuestos
de modo que el diseño lo cobije,
con mezquindad no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia
harpes et lutz (arpas y laúdes)
o lugar donde la virgen reciba el mensaje
y su halo se proyecte por la grieta,
con mezquindad
no se ve el hombre Gonzaga,
ni a su gente ni a sus concubinas
no se pinta un cuadro para que perdure ni para tenerlo en casa
sino para venderlo y pronto
con mezquindad,
pecado contra la naturaleza,
es tu pan para siempre harapiento,
seco como papel, sin trigo de montaña,
sin la fuerte harina.
Con mezquindad se hincha la línea
con mezquindad nada está en su sitio (no hay límites precisos)
y nadie encuentra un lugar para su casa.
El picapedrero es apartado de la piedra
el tejedor es apartado del telar
con mezquindad
no llega lana al mercado
no vale nada la oveja con mezquindad.
Mezquindad es un parásito
mella la aguja en manos de la doncella
y paraliza el talento del que hila. Pietro Lombardo
no vino por mezquindad
Duccio no vino por mezquindad
ni Pier della Francesca; no por mezquindad Zuan Bellini
ni se pintó “La Calumnia”
No vino por mezquindad Angélico; no vino Ambrogio Praedis,
no hubo iglesia de piedra con la firma: Adamo me fecit.
No por mezquindad St. Trophime
no por mezquindad St. Hilaire.
Mezquindad oxida el cincel
Oxida la obra y al artesano
Corroe el hilo en el telar
Nadie hubiese aprendido a poner oro en su diseño;
Y el azur tiene una llaga con mezquindad;
se queda sin bordar la tela.
No encuentra el esmeralda un Memling
Mezquindad mata al niño en el útero
No deja que el joven corteje
Ha llevado la sequedad hasta la cama, y yace
entre la joven novia y su marido
Contra naturam
Ellos trajeron putas a Eleusis
Sientan cadáveres a su banquete
por mandato de mezquindad.

Ya sé que muchos desearían leer ese precioso canto con la usura bien subrayada. Por varias razones. Porque la riqueza financiera es humo. Porque los banqueros son unos parásitos, especialmente los de El Roto y los inolvidables banqueros de Chumi Chúmez siempre cabalgando un obrero. Porque lo prohíbe el Corán o porque la doctrina de la iglesia romana no parece ser muy partidaria. Porque no debería caber en el Estado Fascista que ensalza Pound.

Para los que despreciamos la mezquindad todo lo anterior puede o no ser cierto. Lo que nos ocurre es que la usura nos recuerda a Shylok y éste no acaba de parecernos mezquino sino riguroso en su exigencia del hígado ajeno. Preferimos odiar al mezquino que al usurero simplemente porque es más bonita la lógica de la abundancia que la de la escasez, o porque la figura del mumi o el potlatch nos reconcilian con alguna parte de la humanidad y de nosotros mismos que podría creer en las finanzas pero no en la mezquindad.

Caparazón y Esqueleto

21 de septiembre de 2010

«Mamam ça va pas!» Esto es lo que decía un niño de dos años, amigo de nuestro hijo Rafa, en el verano de 1974 en Los Angeles a su madre, francesa casada con un médico español, Juan Tovar. Me ha venido a la cabeza al pensar en que los analistas se empeñan en decir que esto (es decir los efectos de la crisis) va para largo. Hace 36 años de mi recuerdo y a mí me parece ayer. El tiempo tiene distintas maneras de sentirse y hoy me parece que cuarenta años no son nada. Así que puedo hablar de la pérdida de la hegemonía occidental como si fuera inminente.

Pues bien, cuando occidente se de cuenta de que ya no tiene un caparazón que le aisla de oriente y puede ser invadido por los orientales y/o succionado por ellos, no tendrá más remedio que plantearse muy seriamente el desarrollar un esqueleto que evite el desparrame o la descomposición.

Este esqueleto protector consiste en una especie de corsé hecho de varillas. Estas varillas son las comunidades identitarias transversales que resultan ser transnacionales y son las que van a conducir a la verdadera globalización. Y el esqueleto permite una flexibilidad mucho mayor que el caparazón y, por lo tanto, mayor resistencia o resiliencia ante la adversidad.

A mi juicio, evidentemente sesgado, están más cerca de entender esto y, desde luego, más preparados para ser sujetos de esa nueva globalización los pueblos, aunque estén dispersos, desde los gitanos a los vascos, los judíos, kurdos, armenios o tamiles, que las naciones constituidas en Estado.

Pensaba eso cuando escuchaba a Cebrián atacar a la identidad como última responsable de los males fundamentalistas que nos aquejan y a BHL defenderla con demasiado poco fervor, algo sorprendente en un francés culto y refinado de origen argelino y judío. Hace falta haber leído a Akerlof y Kranton para empezar a entender lo que es una red identitaria o, al menos, recordar la distinción de Tönnies entre Gesellschaft y Gemeinschaft.

¿Capitalismo desatado?

27 de septiembre de 2010

A dos días de la huelga general del próximo miércoles la recensión de la traducción del libro de Andrew Glyn, «Capitalism Unleashed», es oportuna. Aparece como Capitalismo Desatado con casi tres años de retraso y la recensión se realiza sin firma y, pienso, que con una ausencia de sensibilidad evidenciada por la ausencia de mención de la muerte de su autor. Era bien conocido entre lo economistas marxistas, no necesariamente analíticos y tuvimos ocasión de contar con él en la edición del 2002 de la Escuela de Verano de la FUE, «Approaches to Equality», dirigida por Bob Sutcliffe y por Alfonso Dubois ambos de la Universidad del País Vasco.

A pesar de que la recensión anónima de la traducción del último libro de Glyn pone énfasis en las nuevas variables que juegan un papel en el problema de la distribución entre capital y trabajo, lo que me interesa del libro es que, como no podía dejar de ser cierto en el análisis de un economista marxista, cada una de las novedades del capitalismo, desde la globalización y las nuevas tecnologías hasta la explosión de las finanzas o la geopolítica, puede ser entendida con gran claridad cuando se visualiza desde la influencia que tienen sobre la distribución.

A pesar de que se dice que una del las constantes más firmes de la economía capitalista es la de las participaciones de capital y trabajo en el producto de un sistema económico, lo cierto es que solo lo son cuando se estiman a largo plazo, una forma de mirarlas que encubre la razón por la que aparecen como constantes. Esta razón es justamente que, ante cualquier novedad que amenaza esa constancia, entra en juego sea la huelga de los trabajadores, como la del próximo viernes, sea una especie de huelga de inversiones como la que apareció como evidente en la ya olvidada crisis del petróleo.

Esta es la gracia de este libro y, más en general, la de Andew Glyn: convencernos de que esta categoría conceptual, la de las participaciones del trabajo y del capital, es muy poderosa a la hora de ordenar los cambios que se producen y que no acabarán siendo tendencias hasta que no pasen el test de su impacto distributivo.

Por otro lado, esta forma de mirar a lo que pasa ha de tener alguna relación con la disipación de rentas a la que me refería en El Capitalismo que Viene pues cada una de las ventajas que capital o trabajo parecen sacar de los cambios que detectamos no son otra cosa que rentas. Confirmar esta intuición sería un buen tema de investigación. Llevarla a cabo, bajo la hipótesis a explorar de que el capitalismo no se desata nunca del todo, sería el mejor homenaje que podríamos realizar a la memoria de Andrew Glyn.

Lecturas recomendadas

29 de septiembre de 2010

Para mirar en la red les recomiendo dos entradas interesantes. En primer lugar una buena presentación de Samuel Bentolila a la prensa especializada sobre la reforma del mercado de trabajo. Puede encontrarse en Nada es Gratis. De paso podrían explorar su última contribución aquí. En segundo lugar una intervención de un positivista irredento a un congreso de ontología colgada del blog de Jesús Zamora.

Todavía no en la red pero con un aspecto jugoso me encuentro con tres artículos que no habría más remedio que leer si estuvieran disponibles.

El primero ya se presentó en la Carlos III por uno de sus coautores, Antonio Cabrales, con un título que nos dice ya por donde tendrán que ir los tiros si queremos tomarnos en serio la literatura técnica sobre redes aplicada al sector financiero. El título es «Risk-sharing and contagion in networks». Parece prometedora la idea de que el sector financiero está sujeto a contagio, que queremos minimizar, y a reparto del riesgo que queremos maximizar. Todavía no está colgado de su página web aunque seguro que se puede solicitar del autor/presentador.

El segundo se presenta uno de estos días por Clare Leaver en esa misma Universidad con un título que pica la curiosidad: «Adverse selection with public information». ¿Cómo puede ser eso? Ha de ser que, además de esa información pública, ha de haber alguna información privada y que sea público que esa información privada existe. No estoy seguro de que se pueda disponer de ese texto inmediatamente. Cuando no se está en la Universidad, se llega tarde a casi todo lo interesante.

El tercer papel que recomiendo se presenta mañana en el Banco de España y lleva, una vez más, por título algo realmente provocador pero que a mí me suena muy bien: «Securitization is not evil after all» y su autor es Leonardo Gambacorta. Si me suena bien es porque estoy convencido de que la securitización no tiene nada de nocivo en sí misma. Supongo que la colgarán en la página del Banco de España.

Quiero también recomendar un trabajo que se encuentra en la red y que ha sido encontrado por Nicolás Hernández Castilla. Está relacionado con el tema de los stakeholders y con el activismo accionarial y ojalá lo hubiera conocido antes de los problemas de las cajas.

Y, finalmente, les recomiendo que exploren la web de la Carlos III a la búsqueda de la lección magistral de la apertura del curso 2010-2011 a cargo de Juan Zornoza, algo sorprendente para un economista y que sin embargo tiene tanta tralla que espero dedicarle un post independiente.

Comentarios

[1] Basta con recordar que la economía supo reinventarse en su encarnación contemporánea –merced de Samuelson y la Teoría General del Equilibrio– con las herramientas de la termodinámica, es decir al abrigo de la fisicoquímica.

[2] Elvis Presley y Michael Jackson son acaso los dos más célebres casos, aunque cabría añadir a Marlon Brando y Britney Spears para cubrir todo el espectro generacional-pop de nuestros posibles lectores.

[3] He de permitirme sugerirle a Juan Urrutia, o al lector interesado en trabajar estos temas, el indagar qué sucede con la competencia fraternal como proyecto escatológico en comunidades (sociedades, estados) altamente heterogéneos, donde lo multicultural y multisocietal prima. Esos entornos poblacionales en los que sus miembros tienen que estar juntos pero no necesariamente quieren estar juntos.

[4] Vehículos financieros de finalidad específica que no consumen capital, por lo que permiten ampliar el margen crediticio sin por ello necesariamente incrementar el riesgo en similar proporción.

[5] Pruebas de solvencia bancaria, impulsadas por la UE para sus mayores entidades bancarias, pretendiendo tener de este modo un instrumento para monitorear su capacidad de reacción y subsistencia frente al deterioro de las condiciones económicas.

[6] Permitiéndonos también una digresión, recomendamos al lector interesado en estos temas la serie de ensayos publicados en Der Spiegel Online respecto al efecto que está teniendo la crisis en Europa como idea, como proyecto político, como comunidad y en sus habitantes como seres humanos.

Periférica conexión

Crónica de una Crisis | Octubre 2010

Prólogo

Este mes Juan Urrutia no puede olvidarse de la crisis aunque casi no escribe explícitamente sobre ella. Incluso así, en algunos artículos que no recogemos en esta crónica por su periférica conexión con el tema, Urrutia medita sobre los cambios que tendrá que experimentar la educación a efecto de las transformaciones tecnológicas, piensa en la huelga general del 29 de septiembre de 2010, reflexiona sobre la influencia del paro en el escenario electoral de 2012 –y cómo se manipulan esos datos para impulsar determinadas agendas políticas–, examina a Weill y Brecht a la luz de los cambios paradigmáticos o se regocija al encontrar voces «refrescantes» dentro de tanto fatalismo[1]. Es más, hasta parece personificar una metáfora de la crisis cuando relata una fortuita caída suya, en la que lo grotesco colisiona con el imperativo de mantener una estructura (caminar erguido, tensando los abdominales), que se desbarajusta en una imagen que es puro pathos: un hombre tendido, liberando una risa catártica. Pero esto es lo que pasa cuando uno está tratando de entender algo, todo son señales. Las obsesiones no saben, pues, de oportunidad.

En consonancia con su objetivo de plantear una reingeniería[2] conceptual de la economía, Urrutia repara en la «Guerra de paradigmas económicos» que parece haberse desatado a raíz de la crisis. Este será el tema predominante a lo largo de los artículos de este mes, tomando acaso un carácter algo más filosófico que en ocasiones anteriores, donde vimos a Urrutia arremangarse y excavar los fundamentos teóricos de la crisis ‘en tiempo real’. Permitiéndose unos breves apuntes sobre lo que significa hoy hablar de «cambios paradigmáticos»[3], Urrutia comienza a trabajar el hilo conductor de las reflexiones de este mes: las repercusiones que ha tenido la crisis en la economía como ciencia y en particular sobre la macroeconomía. En este primer artículo piensa en voz alta, aceptando una aparente convergencia en las escuelas macroeconómicas (RBC y NeoKeynesianos) pero no del todo seguro de que esa convergencia pueda considerarse un paradigma, o si más bien se trata de un discurso dominante, una metanarrativa Lyotardiana.

Lo que en realidad se observa es un consenso académico respecto a una teoría macroeconómica microfundada en la que el consumo de agentes homogéneos y racionales no depende de nuestra riqueza hoy, sino de la que poseemos a lo largo de nuestra vida. Pero la convergencia no siempre es deseable en una ciencia, por cuanto tiende a anular los caminos de verdad innovadores, una tendencia muy visible en el análisis macroeconómico de los últimos 25 años[4]. De ahí que, como señala Urrutia, aún entre numerosas e intensas demandas por la gestación de un nuevo paradigma macroeconómico, este no parezca consolidarse ni encontrar un cuerpo académico al que asirse. Con todo, la macro ha reaccionado rauda para incorporar en sus modelos los elementos financieros innovadores –a saber, el shock que desencadenó la crisis paradigmática en la macroeconomía– y no ha dejado de lado ciertas discusiones «existenciales»[5] que resultan positivas para su crecimiento y recuperación.

Como en diversos puntos de esta crónica, Urrutia sigue pensando en la posibilidad de paradigmas «heterodoxos» en la macroeconomía, beneficiándonos (los lectores) de su experiencia cuando en «El corredor neoclásico: toque personal e inspiración» nos relata cómo se encontró con la macroeconomía del desequilibrio en los ‘70 y acompañó su evolución durante un ciclo que fue del «desarrollo a la desnaturalización». Recordando a Patinkin, Clower, Leijonhufvud y Phelps, Urrutia confiesa haber atestiguado el progresivo abandono de ideas hoy bien asimiladas por la macro ‘mainstream’ (la Search Theory) o en proceso de integración (economía de la información, modelos computables, la Teoría de Redes). Aquí, otra vez con el beneficio de la perspectiva histórica y cuando se ha producido el tan temido contagio entre Grecia, España, Portugal y una Italia que llena con macabra precisión la lápida de los PIGS, Urrutia vuelve a parecernos visionario cuando repara sobre las posibles aplicaciones de la ideas de Leijonhufvud desde la Teoría de Redes:

[S]e pueden rehacer las ideas de Axel [Leijonhuvfud, en especial las de «Effective Demand Failures»] juntando las nociones de redes y de contagio. Cuanto más tupida y distribuida la red más fácil el contagio; pero menos preocupante porque el riesgo está más distribuido y más efectiva cualquier medida tomada en cualquier parte. [Cuanto más distribuida una red de agentes económicos más ancho es el corredor o pasillo neoclásico y menos impacto tiene un shock determinado]. La red [en Leijonhuvfud] juega un papel analítico similar al de cualquier buffer stock o colchón, similar al límite de crédito y finalmente similar al dinero como necesario medio de pago. La cuestión no es una de estabilidad de las sendas hacia el equilibrio sino la coordinación de actividades en un sistema complejo, algo que depende más de la comunicación y de las señales de todo tipo que de demandas y ofertas agregadas y de dinámica de precios como únicas señales.

Luego, tomando como señales los curiosamente próximos decesos de Maurice Allais y Benoît Mandelbrot[6], Urrutia se vuelca a pensar en los modelos de búsqueda de empleo, espoleado además por la concesión del Premio Nobel de Economía 2010 a Diamond, Mortensen y Pissarides, veredicto que resuena con su sugerencia de considerar la macroeconomía del desequilibrio como uno de los probables tributarios de ese tan perseguido (pero aún lejano) nuevo paradigma macroeconómico. Para ello, Urrutia recupera un artículo pre-crisis sobre el tema («Intensidad en la búsqueda de empleo»), que viene muy a cuento dada la discusión en torno a la reforma de pensiones («El gran Kueli y un addendum») y el trepidante ascenso de las cifras de desempleo en España, temas que dominan la discusión incluso en las postrimerías de la crisis. De este modo se cierra la primera línea analítica del mes, enfocada en las transformaciones paradigmáticas de la macroeconomía y sus repercusiones estructurales y regulatorias.

Dejando de momento la revisión de la macroeconomía, Juan Urrutia prosigue su análisis volcándose hacia el campo sociológico para explicarnos las interacciones estratégicas que se dan en el comercio internacional, ocasionando la transición de un entendimiento de esas relaciones en el marco de la «Gesellschaft» hacia el de la «Gemeinschaft»; es decir, pasando del ámbito internacional al de una suerte de comunidad transnacional. Este es el tema que guía «Deslocalización y emprendedurismo», donde Urrutia nos propone replantear (posmodernamente) nuestra idea de empresa y de mercado:

[U]na noción de empresa adecuada a los tiempos [de crisis] (…) [la ve como] un haz de contratos en el contexto de una noción de agente y principal. [F]ormando parte de lo que se llamó la Nueva Economía en la que las redes y su configuración eran cruciales y en la que «la lógica de la abundancia» asociada al efecto red, nos llevará a «una situación límite de competencia perfecta. Ese mercado, por no hablar de cada mercado que en esa plataforma se configura, puede cambiar de manos en cada instante gracias a una competencia perfecta basada en la innovación, en un mundo reticular digitalizado en el que los rendimientos a escala crecientes se observan por doquier justamente por el efecto-red.

Naturalmente, esta reconfiguración desembocaría en nuevas formas de competencia, que según Urrutia harán de la diferenciación de producto la única estrategia competitiva factible en un mundo deslocalizado y post crisis. De hecho, Urrutia resume sus enseñanzas de la siguiente forma:

[L]o que hay que aprender para ser emprendedor son dos cosas. La primera es que no hay manera de triunfar a no ser que lo que vendes tenga un valor social para todos, cosa que solo conseguirás si sabes utilizar la formación de confianza para alargar el proceso productivo y para crear una marca basándote en tu comunidad identitaria. La segunda es que esto pasa y pasará por deslocalizar el alargamiento del proceso productivo sacando fuera del país los estadios menos sofisticados de la cadena productiva.

En sociedades que parecen en permanente crisis[7] se suele enseñar que el mejor momento para invertir es una crisis, si bien al decir eso están tratando de referirse al periodo en el que los «coletazos propios del desapalancamiento» comienzan a aquietarse y es hora de encarar un nuevo modelo productivo. Con bastante mayor templanza y maña poética, Urrutia cierra su reflexión aconsejándonos algo parecido:

El emprendedurismo es la reina de corazones de Alicia pero con el suelo moviéndose bajo tus pies en dirección contraria a tu carrera, de manera que sí que recorres camino, un camino lleno de sorpresas atractivas que redundan en beneficio ajeno lo mismo que las sorpresas a las que te someten los demás redundarán en tu beneficio.

Todavía en un campo analítico que podríamos calificar de sociológico, Urrutia redondea sus distintas líneas de reflexión con el estudio de los incentivos y la reforma regulatoria, pero abordándola desde una visión posmoderna y postcrisis, más debida a los flujos de una comunidad que a rigideces dogmáticas. Para ello se sirve de una exposición sobre la «Soft Law» que realizó Juan Zorzona («Soft Law y el Principio Confederal») sobre la que comenta:

En el fondo su presentación puso en juego la tensión entre el Imperio de la Ley y las buenas intenciones de los acuerdos o recomendaciones generales propias de una comunidad específica [la OCDE, la Eurozona] sobre cuestiones que aparecen, en un momento dado, como importantes o incluso cruciales para esa comunidad [realizando] un brillante ejercicio sobre las consecuencias no queridas o indeseables de estos acuerdos [que incluso han acabado contradiciendo la legislación de países miembros]

Por otra Parte, aunque la «Soft Law» puede derivar en aparente atropellos jurídicos, como práctica cotidiana esta se encuentra muy presente en los acuerdos comunitarios, internos y muchas veces implícitos, «que no pueden aspirar más que a eso, a estructurar grupos específicos [y si] se reconocen como tales no hay problemas para el imperio de la Ley». Es precisamente esa facultad la que los hace interesantes para la conformación de modelos regulatorios post crisis, pues como ya ha sucedido con muchas de las comunidades virtuales no centralizadas (digamos la blogósfera) estos:

[P]ueden llegar a ser los principios estructuradores de una comunidad real de individuos o de instituciones en general que acaben estando unidas por unos lazos de naturaleza distinta a los estrictamente jurídicos. Esa comunidad o institución puede no coincidir con un Estado (…) [pues la emergencia de estos principios] se trata de una manifestación más de que la idea del Estado hace aguas en nuestro mundo posmoderno y global (…) fácilmente deformable, que no se compadece con la rigidez de la modernidad basada en la indubitable racionalidad de lo que sea. Ya no se distingue claramente lo racional de lo que no lo sería bajo la óptica moderna que hace aguas incluso en medio de lo que era su reino natural: la ciencia. [Es más, se cuestiona hasta] la relación entre razón y Estado que caracteriza a nuestro mundo occidental desde Hegel. (…) Vivimos en un mundo globalizado en el que la administración de las cosas y la gobernanza de la convivencia ya no puede hacerse posible solo en base al Estado nacional.

Se hace claro, de este modo, que tras la crisis quedará la difícil tarea de crear instituciones estatales que posean esa flexibilidad (cosa difícil a la luz de los problemas ocasionados por la «Soft Law») o, como sugiere Urrutia, tendremos que pasarnos a un Principio Confederal generalizado, en el que las institucionalidades respondan más a conformaciones comunitarias transversales que a delimitaciones territoriales, enfoque muy complejo pero en apariencia inevitable. En esa vena, su artículo «Zapatero y la sociedad líquida» sintetiza lo que Urrutia ve como una crisis paradigmática (la de sociedad posmoderna y por supuesto la de la macroeconomía) y sopesa las cualidades de las instituciones que deberán poder responder a los requerimientos de esa nueva «sociedad líquida», que persiste sin demasiadas certidumbres salvo el vértigo del cambio, y que ha terminado de emerger con el prolongado órdago de la crisis financiera.

Guerra de paradigmas macroeconómicos

7 de octubre de 2010

Se habla sin parar de cambio de paradigmas, en la educación por ejemplo. Empecemos por el principio:

Un paradigma es un conjunto de reglas que «rigen» una determinada disciplina. Están «reglas» se asumen normalmente como «verdades incuestionables», porque son «tan evidentes» que se tornan transparentes para los que están inmersos en ellas. Como el aire para las personas o el agua para el pez.

Y ese aire en cuya existencia no reparamos, ese paradigma, parece que en ocasiones cambia especialmente, diría uno, en estos últimos tiempos posmodernos:

Lo que se vive hoy son permanentes «cambios paradigmáticos», en la educación, la economía, los negocios, las empresas, la política. Es decir un permanente cambio de las reglas. Los que se anticipan a los cambios son los innovadores, aquellos que empiezan cuestionando los paradigmas.

En este contexto se inscribe fácilmente la petición de un amigo de que discutiéramos en nuestra reunión mensual de economía lo que él llamaba la lucha de paradigmas en macroeconomía. Podríamos empezar por la aparente (o real) convergencia de las escuelas a la que se refiere Samuel Bentolila. Es fácil aceptar su descripción de las escuelas, pero no sabemos muy bien si éstas representan verdaderos paradigmas.

A mi juicio las escuelas que menciona conforman un único paradigma pues todo el mundo respira funciones agregadas más o menos microfundadas, expectativas racionales y posibles rigideces de precios. ¿Hay hoy, frente a este paradigma otro u otros alternativos? No me parece a mí y, sin embargo, frente a la crisis se oyen voces que pretenden apelar a los economistas para que traten de construir uno nuevo que mejore el desempeño del actual.

Esto es quizá lo que pide mi amigo. Y ante su petición poco tengo que ofrecer que sea aceptable por los profesionales de la macroeconomía. Y sin embargo en el trabajo de la macroeconomía del desequilibrio, hoy semiaceptada en los modelos de los bancos centrales aunque a regañadientes, mostrando así la falta de comprensión de su mensaje, éste era nada menos que lo que importa no es la eficiencia sino la coordinación. Es esa coordinación la que falla fuera del llamado pasillo o corredor neoclásico y falla por problemas de información. Su pobre calidad puede dar origen a fenómenos de rebaño que dificultan el funcionamiento de las fuerzas que, en el mercado, empujan hacia la coordinación y al equilibrio. Esa visión sí puede dar origen a un nuevo paradigma que ponga énfasis en teoría de redes o en modelos de agentes heterogéneos que sujetos a unas reglas de comportamiento no necesariamente irracionales acaben generando consecuencias indeseadas como, por ejemplo en el modelo de segregación de Schelling. Esto junto con resultados de behavioral economics y a experimentos que ponen en duda la interpretación común de la racionalidad puede acercarnos a un paradigma que trate a al sistema económico como un sistema físico.

Pero esta posible nuevo paradigma dejaría fuera la cuestión de por qué, a pesar de su relativamente escaso éxito, está ahí se quiera o no se quiera. Esto debería llevarnos a preguntarnos qué ha pasado con el paradigma marxista que en todo veía la lucha de clases y la explotación. Vive en los suburbios del sistema, en donde sobreviven revistas como la New Left Review o, entre nosotros, Mientrastanto o Sin Permiso y pasa desapercibido en una reseña anónima del último libro de Glyn a la que me refería hace poco. Y, sin embargo, yo le veo una conexión clara con el emergente paradigma físico.

El Gran Kueli y un adendum

8 de octubre de 2010

Se diría que estos días la extraña dinámica de las postrimerías de la Crisis nos lleva hacia problemas de mercado de divisas y, en España, hacia el asunto de las pensiones. De lo primero algo digo en el artículo que saldrá uno de estos días en Expansión puesto que en él hablo de comercio internacional y el problema actual no es tanto de divisas en sí mismas sino de limitaciones disfrazadas a la libertad de comercio. De pensiones no puedo decir gran cosa, pero para lo que tengo y quiero decir, en forma de adendum, me va de perlas las declaraciones que cuatro economistas hicieron ayer en la sede de FEDEA en nombre del llamado grupo de los cien.

No tengo claro que los cien supiesen de esas declaraciones, pero eso me da igual pues quienes hablaron son más que respetables. Javier Díaz, el Gran Kueli, hizo el papel de relator y lo hizo muy bien al menos en el trocito de declaración que vi en algunas noticias televisivas. Aunque la reforma de las pensiones es parte del paquete de medidas restrictivas que el ECOFIN exigió a todos los países de su ámbito en el pasado mayo, lo mismo que la reducción de los salarios de los funcionarios –juzgada no acorde a la constitución por unos funcionarios que quizá tendrían que haberse inhibido por ser funcionarios– y lo mismo que la reforma del mercado de trabajo, su problemática es mucho menos compleja y sistémica que la del mercado de trabajo y, por lo tanto, mucho más fácil de dictaminar por parte de expertos a los que basta saber de cálculo actuarial y de demografía, además de usar la cabeza para dibujar escenarios varios relativos a la recuperación.

Sin embargo, los periódicos que he leído esta mañana destacaban unas declaraciones del Gran Kueli que atacaba el Pacto de Toledo como la gran estafa de la democracia española. No oí estas palabras en el trocito de las noticias al que me he referido y por eso me ha parecido raro que Javier hubiera incurrido en esa declaración tan aparentemente alambicada a pesar de que esa mañana ya le veía yo un poco revuelto. En un mail dirigido a algunos amigos y colegas se disculpaba de haber expresado opiniones personales que no formaban parte de la declaración acordada y prometía aclarar en diversos medios de comunicación que se trataba de una opinión personal. Supongo que así lo habrá hecho, pero creo de interés copiar aquí, aunque no tengo su permiso, la que es su opinión veraz sobre el pacto de Toledo:

En todo caso aprovecho para exponeros mi postura. El Pacto de Toledo me parece una estafa a los ciudadanos españoles y me recuerda a los Pactos de Silencio de los Mafiosos. Nos roba a todos de la posibilidad de discutir y de reflexionar sobre un problema que a todos nos atañe. La Comisión del Pacto elige los plazos, propone las reformas y oculta la discusión. Todo eso me parece intolerable en una democracia. El actual sistema de pensiones español es insostenible y sus disposiciones (la fórmula de cálculo de la base reguladora, los dos años de cadencia, las penalizaciones por historiales laborales incompletos, y las diferencias entre los regímenes) son injustificables desde el punto de vista de la equidad y desde el punto de vista de la eficiencia. Y se lo voy a decir a todo el que me lo pregunte.

¡Qué quieren que les diga! A mí me gusta que un economista solvente exprese con esa claridad su opinión. A pesar de que igual resulta que, si fueran transparentes, encontraría algo en los pactos de Toledo que me gustara. Es posible pues, a mi juicio, hay en la cuestión de las pensiones algo más que cálculos actuariales y demográficos necesarios para opinar sobre la sostenibilidad de las pensiones y algo más también que problemas de equidad entendida técnicamente.

En forma de adendum añado lo siguiente. Creo que hay algo que subyace a la discusión poco transparente entre partidos, algo que se parece a la gran tarea de nuestro héroe infantil, Robin Hood: robar a los ricos para dárselo a los pobres. Esto es lo que yo quiero y tengo que decir. Es poca cosa, pero no me parece del todo irrelevante, pues quizá explica la falta de transparencia que denuncia el Gran Kueli. En efecto, igual resulta que todos los partidos están de acuerdo en tomarse un trocito de la justicia por su mano, algo que un experto no puede hacer so pena de acabar con su reputación de experto y algo que la política abierta tampoco podría hacer sin perder inmediatamente ese presunto consenso subterráneo. ¿Son estos los silencios mafiosos que denuncia el Gran Kueli?

Nobel 2010

11 de octubre de 2010

Acaba de «fallarse» (anunciarse) el premio Nobel de Economía del 2010 y, como siempre, las apuestas han fallado estrepitosamente, no así nuestra tertulia peripatética del pasado lunes 4 en la que JJD mencionó precisamente este trío: P. Diamond, D. Mortensen y Ch. Pissarides. Todos ellos han contribuido simultáneamente a una manera especial de mirar al mercado de trabajo (search models) y lo hicieron en mi época, cuando yo trataba de incorporar a modelos de crecimiento monetario algunos microfundamentos como los que estos tres autores ofrecían en relación al mercado de trabajo. Su aproximación casaba muy bien con las ideas de desequilibrio a las que me refería en la guerra de paradigmas. Una colleja a los renegados como Barro que, como ya conté en algún momento, quisiera no haber escrito su libro con el ya desaparecido Herschel Grossman, libro en el que explotaban las ideas de desequilibrio. Estas ideas sobre la búsqueda de empleo me permitieron explicar la pendiente positiva de la curva de Phillips que nos sorprendió en los 70: tasa de inflación y tasa de desempleo subían simultáneamente.

Intensidad en la búsqueda de empleo

12 de octubre de 2010

A principios de curso del 2003, cuando todavía no contaba con un blog, pergeñé el siguiente artículo que ahora me parece oportuno publicar en el blog debido a la concesión del premio Nobel de ayer lunes. Pone énfasis en la intensidad de la búsqueda de empleo y trata de salir al paso de la recomendación de rebajar el subsidio de desempleo, una sugerencia que destacan todos los artículos que hoy he leído relativos al trabajo de los laureados. A principios del curso del 2003-2004, pensaba lo que sigue a continuación.

La mayoría de los diarios, y especialmente los económicos, se han hechos eco de los datos del INEM que muestran que el paro registrado ha subido en términos anuales un 1,6% y que las vacantes registradas, en los mismos términos anuales, han aumentado un 13%. Hay hoy en España 1.573.495 parados registrados (otra cosa es la EPA –Encuesta de Población Activa– pero no me voy a preocupar de estas distinciones hoy) y 152.000 vacantes sin cubrir. El Editorial de Expansión del 2 de septiembre (La Paradoja Liberal en España) y el artículo de Juan Francisco Gimeno (Desajustes entre oferta y demanda de trabajo) en la misma publicación del día 3 se refieren a estos datos y los explican de manera correcta y convencional que sin embargo me plantea una duda y una crítica que quisiera explicitar y elaborar brevemente.

El artículo de firma es naturalmente más completo, distingue el desempleo friccional del estructural y entre las causas de este último menciona un posible salario de reserva demasiado alto, cosas ambas a las que no se refiere el Editorial mencionado. Por lo demás, ambas explicaciones son igualmente convencionales y, antes de entrar en mi duda, les voy a resumir en mis propias palabras y quizá añadiendo algo también convencional.

La primera causa obvia del desajuste estructural es la falta de movilidad geográfica ya que las vacantes y los desempleados pueden estar en distintas CC.AA. y el INEM esta centralizado, defecto estructural éste endurecido por el problema del acceso a la vivienda especialmente entre los jóvenes.

La segunda causa radicaría en la inadecuación de las habilidades de los desempleados a las requeridas para los puestos vacantes, algo totalmente natural pero que podría ser paliado por los programas de formación y que, en cualquier caso debería ser tenido en cuenta por una verdadera política de inmigración cuando la haya.

En tercer y último lugar parecía que el decretazo (origen de una huelga general –cuasioficialmente inexistente– y totalmente desmontado por Zaplana), o mejor dicho, el hecho de que no se tuviera el coraje político de poner en práctica el endurecimiento en las condiciones para la percepción del subsidio de desempleo que dicho decretazo contemplaba, desincentivando así la intensidad de la búsqueda de empleo, algo debe tener que ver en el aumento inusitado de las vacantes.

Pues bien, esta tercera posible causa convencional del desempleo asociada a la búsqueda de empleo me suscita un comentario crítico y una duda que ahora paso a comentar. Comenzando por el comentario diré que no entiendo bien que se califique de indolente la actitud de un trabajador que prefiere no trabajar a trabajar a un ingreso nominal aproximadamente igual, como si estuviera disfrutando de unas vacaciones pagadas. Es como calificar de miserable la actividad de un empresario que ajusta sus costes hasta donde le permite el mercado y la legislación vigente a fin de maximizar sus beneficios. En ambos casos topamos con la racionalidad propia del homo oeconomicus que, como sabemos al menos desde Adam Smith, está en el origen de la forma de creación de riqueza propia del capitalismo.

Lo que parece indolencia puede ser cálculo racional. Otra cosa es que, dada esta racionalidad, deseemos diseñar incentivos para que la búsqueda de empleo sea más intensa y la duración media del desempleo más corta. Si este es el deseo –y hay buenas razones para pensar que este deseo es pío– ¿por qué no reducir el subsidio de desempleo? Esto es lo que pretendía el decretazo al endurecer las condiciones para hacerse acreedor a él y esto es lo que se le ocurriría a bote pronto a cualquier economista.

Sin embargo, no me parece obvio que esta idea sea el final de la historia y me entran dudas de si a efectos de incentivar la búsqueda de empleo no sería mejor sex-up las vacaciones pagadas de mañana (cuando me echen del nuevo puesto de trabajo) que sex-down las que se están disfrutando hoy. Aunque esta duda no es muy corriente, la he encontrado mejor expresada en un trabajo de Vicente Urnieta en la Red:

En lugar de imaginarnos un trabajador desempleado tomando una decisión puntual de aceptar o no una vacante que se le ofrece, imaginémosle al principio de su vida laboral sabiendo que ésta, en los próximos cincuenta años, va a consistir en un continuo pasar del empleo al desempleo y vuelta al empleo. En esta situación podemos pensar que la aceptación de una vacante no es sino la condición necesaria para poder acceder al seguro o subsidio de desempleo, o equivalentemente, el ticket de entrada al club de los desempleados. Cuanto menor sea el subsidio o seguro, y contrariamente a la sabiduría convencional, menos incentivos tendré a pagar el ticket de entrada al club de los desempleados; es decir, menos dispuesto estaré a aceptar el empleo que se me ofrece.

Como a principios de curso uno llega con ánimo polémico, además de explicitar mi comentario crítico y de elaborar mi duda sobre la incentivación de la búsqueda de empleo, termino con una llamada a la agitación expresada en términos incomprensibles pero que, como decía Vicente Urnieta, caben en una pancarta: ¡Sex-up las vacaciones pagadas!

Soft Law y el Principio Confederal (1ª parte)

13 de octubre de 2010

Magnífica lección magistral del catedrático de derecho tributario Juan Zornoza en la inauguración del curso de la universidad Carlos III sobre el denominado Soft Law (derecho blando). En el fondo, su presentación puso en juego la tensión entre el Imperio de la Ley y las buenas intenciones de los acuerdos o recomendaciones generales propias de una comunidad específica sobre cuestiones que aparecen, en un momento dado, como importantes o incluso cruciales para esa comunidad. Juan Zornoza realizó un brillante ejercicio sobre las consecuencias no queridas o indeseables de estos acuerdos en varios ámbitos con un énfasis especial en el derecho tributario. A esto dedicaré la primera parte de este post. En la segunda parte pretendo utilizar las ideas que escuché para sugerir algunas mías sobre una posible generalización del Principio Confederal, ideas de las que, claro está, Juan Zornoza no es en absoluto responsable.

Pensemos como ejemplo paradigmático en las recomendaciones sobre doble imposición (para evitarla) que se han llevado a cabo en el marco de la OCDE y que por unos caminos inesperados acaban contradiciendo la legislación de los países miembros e incluso abriendo la puerta a la retroactividad. Comencemos por «…los convenios para evitar la doble imposición, los denominados modelos de Convenio y, en particular, las sucesivas versiones de la OCDE, así como los Comentarios al mismo que elabora el Comité de Asuntos Fiscales de dicha organización…» a los que la lección magistral prestó una mayor atención. Explica Zornoza que la adopción de sucesivos modelos de convenios de doble imposición se ha aprobado bajo la forma de recomendaciones que no son legalmente vinculantes. La OCDE insiste en que esos convenios bilaterales de doble imposición «deberían conformarse a este modelo de Convenio como es interpretado por los Comentarios, teniendo en consideración las reservas contenidas al respecto y sus autoridades fiscales deberían seguir estos Comentarios, con las modificaciones periódicas y sujeción a las observaciones correspondientes, cuando apliquen e interpreten las provisiones de sus Convenios bilaterales que están basados en el Modelo de Convenio». Yo tampoco sigo muy bien la prosa jurídica, pero parece que resulta que todo eso produce efectos en la práctica a través de su influencia en la interpretación de los convenios de doble imposición hasta el punto de que nuestro Tribunal Supremo en una sentencia del año 2000 afirma que Comentarios al modelo de convenio de la OCDE sobre doble imposición «obligan a los estados contratantes, puesto que los han aceptado, salvo que hayan formulado reservas al artículo de que se trate». Esto acabó llevando, nos contó Zornoza, en base a un ejemplo concreto relativo a un conocido cantante español, a una sentencia del 2008 de dicho Tribunal Supremo que admite la posibilidad de aplicar cláusulas incorporadas a un modelo posterior al convenio de doble imposición directamente aplicable al caso que se juzgaba.

Creo que basta lo dicho hasta aquí para concluir con el profesor Zornoza que el Soft Law puede llevar a cometer atropellos jurídicos al saltarse literalmente el Imperio de la Ley. Parece una barbaridad y sin duda lo es en puridad de principios, pero creo que habría que explorar también las ventajas que puede llegar a tener este «derecho en agraz» que llaman otros. Si fuera efectivamente «derecho en agraz» realmente sus ventajas serían obvias. Podría considerársele como el desencadenante de las modificaciones legislativas necesarias para ponernos al día respecto a los cambios que nuevas circunstancias pueden traer consigo. Pero yo coincidiría con Zornoza que el Soft Law no constituye el principio evolutivo del Derecho (él diría con mayor propiedad que tampoco puede considerársele como una buena forma de «interpretación ambulatoria o dinámica») sino que se trata, en mi opinión, de algo distinto. Y ahí quiero llegar yo en la segunda parte de este post.

Soft Law y el Principio Confederal (2ª parte)

14 de octubre de 2010

¿Qué es eso distinto que diferenciaría claramente el Soft Law de un principio evolutivo del derecho? Creo que adelantamos algo si miramos a estas prácticas jurídicas como si se tratara de acuerdos «comunitarios», es decir internos a grupos específicos que no pueden aspirar más que a eso, a estructurar a esos grupos específicos. Si se reconocen como tales no hay problemas para el Imperio de la Ley como los que presenta esa retroactividad que he mencionado en el caso de los convenios de doble imposición. Pero, por otro lado, pueden llegar a ser los principios estructuradores de una comunidad real de individuos o de instituciones en general que acaben estando unidas por unos lazos de naturaleza distinta a los estrictamente jurídicos. Esa comunidad o institución puede no coincidir con un Estado, única fuente hoy del Imperio de la Ley. Puede tratarse de una comunidad transversal que se estructure alrededor de valores, costumbres o aspiraciones diversas. No solamente estoy pensando en la diáspora de ciertos pueblos, sino mucho más en general. Pensemos por ejemplo en una comunidad internacional de científicos centrada alrededor de valores como el gusto por la verdad y la denuncia del fraude intelectual. Quien no respeta estos principios es expulsado de la comunidad sin necesidad de acudir a tribunal alguno. Lo mismo se podría decir de una cierta comunidad de mercaderes o de una cooperativa transnacional. Solo eso y nada menos que eso. En ese sentido no violaría otro principio básico, el relativo a que no puede haber Ley sin representación pues es toda la comunidad la que da fuerza a las normas que, sin embargo, no tendrían fuerza de Ley.

¿Podemos imaginar un mundo regido por esas normas internas a comunidades transversales? Yo creo que no, que su existencia es sumamente útil para muchas cosas, pero que hay situaciones en las que esa fuerza del derecho por cuya vigencia teme Juan Zornoza es ciertamente necesaria.

El problema no es trivial ni es algo alejado de nuestra vida cotidiana. Para verlo pensemos en lo que decían los sindicatos la víspera del día de la huelga general del 29 del pasado mes de septiembre refiriéndose a los servicios mínimos necesarios para acompasar los derechos de todos: «solo respetaremos los mínimos que se hayan pactado». Lo que quiere decir que no pensaban respetar los mínimos impuestos por la Ley en forma de decreto que, después de todo, emana de un gobierno que proviene de algún tipo de autoridad cuya capacidad deriva del Estado. Para esas organizaciones es de mayor enjundia el Soft Law basado en un pacto entre sindicatos y autoridades representativas que un derecho puro que representaría el Imperio de la Ley.

O sea que el «derecho blando», algo diferente del «derecho en agraz» está ahí mismo, en nuestras calles y posiblemente pensamos que no está tan mal. ¿Cómo puede ser esto? La única respuesta que se me ocurre es que se trata de una manifestación más de que la idea del Estado hace aguas en nuestro mundo posmoderno y global. Como posmoderno, nuestro mundo actual es algo plástico fácilmente deformable que no se compadece con la rigidez de la modernidad basada en la indubitable racionalidad de lo que sea. Ya no se distingue claramente lo racional de lo que no lo sería bajo la óptica moderna que hace aguas incluso en medio de lo que era su reino natural: la ciencia. Se va haciendo sitio a la irracionalidad lo que lleva a un relativismo repudiado curiosamente por la Iglesia Católica que, de esta forma, además de complicar más de lo que ya está el diálogo entre religión y ciencia, problematiza la relación entre razón y Estado que caracteriza a nuestro mundo occidental desde Hegel. Pero no solo eso. Vivimos en un mundo globalizado en el que la administración de las cosas y la gobernanza de la convivencia ya no puede hacerse posible solo en base al Estado nacional. O bien trabajamos hacia la conformación de nuevas instituciones en cierto sentido estatales y no sujetas a los problemas ya vistos del Soft Law, cosa que, precisamente por lo aprendido de Juan Zornoza y reproducido en la primera parte de este post, parece difícil, o bien nos pasamos con armas y bagajes a un Principio Confederal generalizado que va más allá de lo que yo esbozaba hace un par de años en Estudios de Política Exterior (nº 111, mayo/junio, 2006) En este Principio Confederal ampliado, el principio de subsidiariedad aplica no solo a jurisdicciones territoriales de distintos niveles, sino también a constructos institucionales sin base territorial como esos a los que ya he hecho referencia. Como el de toda la vida puede no ser simétrico o igual para cualquier jurisdicción territorial confederada, pero ahora tampoco tiene que limitarse a esas jurisdicciones y puede englobar a comunidades de cualquier tipo. Reconozco que no parece ésta una solución a los problemas de convivencia fácil de implementar, pero pienso que ya hay signos que nos acercan a ella.

El corredor neoclásico: toque personal e inspiración

17 de octubre de 2010

Publico hoy un borrador que se me había perdido por esos mundos de la red y que parece ser de una época cercana a la publicación del artículo en Cuadernos de Economía, un momento en el que me parecía que para comprender la crisis sería bueno ser un poco heterodoxo. La naturaleza personal e inspirada del borrador hace inadecuado cualquier enlace; me limito a copiar ese borrador.

Me regaña mi amigo Luis Bastida por traducir como corredor neoclásico lo que debería haber traducido, según él, como pasillo neoclásico. Pero es que lo de pasillo me parecía demasiado doméstico y falto de respeto para una idea que yo creo iluminadora; pero como ahora quiero hablar del neoclassical corridor de forma intimista e inspirada quizá sea buena idea hablar del pasillo neoclásico. Así lo haré; pero antes tengo que explicar qué pretendo con esta larguísima digresión.

El haber publicado dos artículos heterodoxos seguidos en Expansión ha sido una experiencia iluminadora tanto desde el punto de vista personal como en lo intelectual, dos facetas que no siempre son fáciles de separar.

Encontrarme en los primeros setenta con lo que llamábamos la macroeconomía del desequilibro fue una experiencia inolvidable que cubrió todo un ciclo desde el deslumbramiento hasta el olvido pasando por la experiencia de ser testigo de cómo una idea se desarrollaba y simultáneamente se desnaturalizaba.

Encontrarse con la síntesis neoclásica de Patinkin y simultáneamente con las personas y las ideas de Clower y Leijonhufvud fue como un milagro aunque seguramente ya se vislumbraban en otros frentes ideas alternativas pero que parecían entroncar bien con la visión central de estos autores. Ya estaba por ahí Edmund Phelps editando un libro en el que aparecían ideas tanto de search (con D. Mortensen) como de información incompleta y mezclada (con Lucas). Y todo eso junto parecía dotar a la macro por primera vez con la posibilidad de encontrar unos fundamentos microeconómicos acordes con lo que creíamos saber del comportamiento individual.

El reto estaba en, por una parte, justificar el intercambio a precios «falsos» y, por otra parte, en seguir las consecuencias de ese intercambio. Yo trabajé en serio en esos años en ambas direcciones con mayor o menor fortuna, con una idea central en la cabeza: sopesar y distinguir circunstancias en las que el intervencionismo estaba justificado porque era efectivo y aquellas otras en las que no lo estaba, así como saber cuando era una ocasión para la supuestamente neutra política monetaria y cuando lo era para la fiscal. De ahí salieron los tres artículos de mi tesis, mi visión de la idea del pasillo neoclásico y, un poco más tarde, mis propias interpretaciones de las llamadas self-fulfilling prophecies.

Pero el área se desintegró en parte por la revolución de las expectativas racionales y en parte por la potencia de la economía de la información aunque todavía no por los modelos computables o las posibilidades del uso de bases de datos y de las facilidades de la computación. El punto culminante de esta desintegración fue la renuncia a su libro sobre macroeconomía del desequilibrio por parte de H. Grossman y R. Barro, un texto que yo utilicé en mi actividad docente. Muchos años más tarde y ya desaparecido Herschel, me decía Barro explícitamente que ojalá no lo hubieran escrito.

Yo debía haber sabido ver esta deriva de la investigación en el verano de 1974 cuando envié a la Swedish Economic Review un comentario al comentario que Grossman había publicado en esa revista contra el original de Axel y que, gracias a Dios, ha sido reproducido en un libro posterior en buena parte recopilatorio. Debería haberme dado cuenta que la deriva era imparable, pero solo fui consciente en parte. Los nuevos desarrollos eran muy atractivos y era fácil dejarse llevar por ellos; pero era también verdad que la intuición central de Clower y Leijonhufvud estaba ahí inexplorada y desechada por razones poco edificantes en un episodio que dice poco de la dinámica de las profesiones.

Esa idea central está en el papel sobre Effective Demand Failures. La cuestión no es una de estabilidad de las sendas hacia el equilibrio sino la coordinación de actividades en un sistema complejo, algo que depende más de la comunicación y de las señales de todo tipo que de demandas y ofertas agregadas y de dinámica de precios como únicas señales. Axel no cejó y aun a riesgo de ser simpáticamente olvidado continuó explorando cuestiones junto con Velupillai que hoy caen dentro del posible paradigma alternativo propio de la Econophysics.

Y es justo en este punto en donde entra la inspiración del título. Tiene que ver con redes y con sus aspectos estáticos y dinámicos. La inspiración consiste en pensar que se pueden rehacer las ideas de Axel juntando las nociones de redes y de contagio.

Cuanto más tupida y distribuida la red, más fácil el contagio; pero menos preocupante porque el riesgo está más distribuido y más efectiva cualquier medida tomada en cualquier parte. Y, claro está, cuanto más distribuida una red de agentes económicos más ancho es el corredor o pasillo neoclásico, menos impacto tiene un shock determinado y más fácil es capear el temporal.

La red juega un papel analítico similar al de cualquier buffer stock o colchón, similar al límite de crédito y finalmente similar al dinero como necesario medio de pago. El dinero aceptado por todo el mundo es como una red distribuida pues entre dos nodos cualesquiera proporciona infinidad de vías mientras que el trueque proporciona solo algunos contactos. Las explicaciones que en mi juventud se buscaban para justificar el uso de dinero fiduciario están ahora aquí, dentro de las explicaciones de las características de las redes y de su formación.

Zapatero y la sociedad líquida

22 DE OCTRUBRE DE 2010

Mandelbrot, al que me refería el otro día, se ha reencarnado en Zapatero. Y, como no podía ser de otra manera, el Presidente no ha tardado nada en dibujarnos un nuevo mundo que no responde a la geometría euclidiana. El cambio de gobierno dibuja un mundo completamente ajeno a certidumbres de algún género. Ya vivimos de lleno en un mundo posmoderno aunque los maduritos no quieran aceptarlo. Un triángulo no es un triángulo, sino un campo de experiencias para hormigas nómadas. Ya no cabe entender la economía en términos de mercados con sus bien dibujadas curvas de demanda y de oferta. O no del todo. Los principales mercados, como el de trabajo, son más bien un sistema compuesto por piezas que pueden estar bien o mal encajadas. Como el desarrollo, la pobreza o las pensiones. Por eso apuesto a que Zapatero va a ganar las próximas elecciones. Porque sintoniza con el subconsciente de las gentes de la sociedad líquida. Por citar a Bauman que hoy recibe su Premio en Oviedo.

Deslocalización y Emprendedurismo

28 de octubre de 2010

– Publicado en Expansión –

En este estadio de la crisis en el que nos encontramos, dominado por los problemas de endeudamiento, hay dos vías de salida necesarias, una relacionada con la Sociedad, estructurada en lo que llamamos la cosa pública con su correspondiente gobierno (Gesellschaft), la otra mucho más con la Comunidad como forma de sociabilidad menos estructurada aunque fuertemente cohesionada (Gemeinschaft). La primera tiene que ver con la manera actual de entender el comercio internacional y con el nuevo modelo productivo. La segunda vía de salida también tiene que ver justamente con ese nuevo modelo productivo, pero más en concreto con el emprendedurismo que es necesario fomentar antes de que la situación se torne realmente peligrosa para la paz social.

La Teoría del Comercio Internacional es uno de los iconos de la ciencia económica pues la defensa de la libertad de comercio que comienza con A. Smith y sigue con Ricardo, Heckscher-Ohlin o Krugman representa clarividentemente esa visión de que nada es lo que parece o que nada de lo que parece obvio es verdad. El mercantilismo parecía obvio y la defensa de la libertad de comercio una equivocación. Hoy es ya evidente para todo el mundo que la libertad de comercio es buena para todos los países y los sectores aunque no parezca ya necesaria la especialización por países y quepa el comercio intraindustrial, que podríamos llamar transnacional, entre industrias de un mismo sector y empujado por los rendimientos crecientes siendo el exportador aquel país en donde está radicado el proceso productivo más eficiente.

Sabemos sin embargo que las imperfecciones de los mercados (externalidades) pueden dar origen a un proteccionismo estratégico. En efecto, hay externalidades obvias entre países, puesto que cada uno puede aprovecharse gratis del incremento en el gasto público en el otro. En este caso el comercio entre ambos se puede modelar como un dilema del prisionero en el que, efectivamente, sea estrategia dominante para cada país cerrar sus fronteras. La solución de este incómodo resultado está, más allá del buen funcionamiento de la OMC. En soluciones menos políticas y más comunitarias como, por ejemplo, una especie de cheap talk, previo a la decisión de cerrar o dejar abiertas las fronteras, en el que caben mensajes por parte de los dos países envueltos en el dilema que sean dobles y condicionados del tipo: «Anuncio que no cerraré la frontera y no la cierro siempre que mi oponente anuncie que no la cerrará o la cierro si el otro la cierra». La mención de este tipo de estrategias complejas nos hace ver que, en términos de la distinción de Tönnies, una cuestión que siempre se ha considerado como propia de relaciones entre Gesellschafts distintas se empiece a parecer a una cuestión propia de la Gemeinschaft, pasando de lo internacional a lo transnacional.

Y cuando esta Comunidad propiamente transnacional empieza a funcionar nos encontramos con posibilidades relacionadas con los rendimientos a escala. Por ejemplo y en el contexto de la deslocalización, nos encontramos con que hay países que no se limitan a comerciar sino que se implantan en otros países seguramente con salarios más baratos pero, sobre todo, con una cultura productiva adecuada al sector de que se trata. Visto así resulta menos extraña la idea de que no solo no se pierden puestos de trabajo en el país que deslocaliza sino que es muy posible que se incrementen en ambos países. En el de destino por razones obvias. En el caso del doméstico porque se retienen en él operaciones de mayor valor añadido que todavía se incrementan más en cantidad pues son ahora más necesarias debido a que la implantación en el extranjero ha incrementado el capital productivo y ahora merece la pena, por ejemplo, crear una marca universal, asunto este que requiere unas habilidades muy especiales. Como decía A. Arizkorreta en su artículo de Cinco Días (lunes 20 de septiembre) la sostenibilidad exige hoy la deslocalización.

Pero en un mundo así, en el que ya es la Comunidad y no la Sociedad, la Gemeinshaft y no la Gesellschaft, la que lleva la batuta debemos entender que, como dice J. L. Larrea en El Correo (sábado 11 de septiembre) «ya contamos con un ecosistema formado por un número creciente de fundaciones, semilleros, incubadoras, institutos de investigación, centros tecnológicos, parques tecnológicos, programas universitarios» etc. que, añado yo, necesitamos poner «en pie de guerra». Inmersos en este ecosistema ¿qué necesitamos de nuestros emprendedores y cómo podemos facilitarles la vida?

Antes de contestar a esta pregunta crucial es conveniente entender cuál es la noción de empresa adecuada a los tiempos. Ya no podemos conceptualizarla como una caja negra que produce cosas a partir de cosas. Tenemos que verla bien à la Coase como una alternativa al mercado ante ciertos costes de transacción de éste último o como un haz de contratos en el contexto de una noción de agente y principal. En el mundo de hoy, ya totalmente digitalizado, los costes de transacción dejan de tener importancia pues se reducen considerablemente así que tenemos que mirar a la empresa como haz de contratos. Vista así la empresa no es difícil entenderla como formando parte de lo que se llamó la Nueva Economía en la que las redes y su configuración eran cruciales y en la que la lógica de la abundancia asociada al efecto -red, nos llevará a una situación límite de competencia perfecta.

Como se observa, en este mundo de la Nueva Economía, perfectamente vigente a pesar de la explosión de la burbuja puntocom y tan reticular y transnacional, la competencia ya no es en el mercado sino por el mercado y la lección a aprender es que no solo no se puede monopolizar el mercado, sino que, además, la única manera de lograrlo sería en base a un software propietario que no puede competir finalmente con un software libre que se desarrolla con el apoyo de miles de personas colaborando en un ejemplo más de Gemeinschaft. Proporcionar una plataforma basada en software libre puede ser un ejemplo de lo que sería luchar por el mercado pues, si consigues que el efecto-red producido por esa plataforma, te convierta en el único suministrador de información libre no solo puedes ganar mucho, sino que puedes generar muchas oportunidades de negocio surgidas de la información que proporcionas. Ese mercado, por no hablar de cada mercado que en esa plataforma se configura, puede cambiar de manos en cada instante gracias a una competencia perfecta basada en la innovación en un mundo reticular digitalizado en el que los rendimientos a escala crecientes se observan por doquier justamente por el efecto-red. Se trata de un mundo en que los mercados pueden florecer como setas gracias al empuje de los emprendedores, pero en el cual la generación de riqueza se debe básicamente a la inevitable competencia por ir cinco minutos por delante en la innovación.

Cuando la Gesellschaft va a facilitar el comercio internacional por necesidades de los diferentes países y cuando la Gemeinschaft facilitará los rendimientos crecientes y la generación de confianza identitaria, lo que hay que aprender para ser emprendedor son dos cosas. La primera es que no hay manera de triunfar a no ser que lo que vendes tenga un valor social para todos, cosa que solo conseguirás si sabes utilizar la formación de confianza para alargar el proceso productivo y para crear una marca basándote en tu comunidad identitaria. La segunda es que esto pasa y pasará por deslocalizar el alargamiento del proceso productivo sacando fuera del país los estadios menos sofisticados de la cadena productiva. Como consecuencia de aquella formación de confianza y de este último alargamiento exterior del proceso productivo, el emprendedor deberá aprender que no tiene más remedio que diferenciar producto y tendrá que estar dispuesto a hacerse con cualquier mercado sabiendo que lo perderá mañana para capturar un tercero pasado mañana.

Merece la pena exponer estas ideas en un momento de la crisis en el que los coletazos propios del desapalancamiento acabarán por aquietarse y habrá que acercarse al nuevo modelo productivo a partir del esfuerzo de muchas personas, especialmente jóvenes, dispuestas a emprender. El emprendedurismo es la reina de corazones de Alicia pero con el suelo moviéndose bajo tus pies en dirección contraria a tu carrera de manera que sí que recorres camino, un camino lleno de sorpresas atractivas que redundan en beneficio ajeno lo mismo que las sorpresas a las que te someten los demás redundarán en tu beneficio.

Comentarios

[1] Hablamos de Ángel Gurria y Josep Borrell, cuyo anti-catastrofismo aprecia Juan Urrutia; pero más que eso, admira su capacidad de «mirar la economía y [preguntarse] las posibilidades de mejorarla y, con esa mejora, aprender nuevas formas de regulación adecuadas para sostenerla», una lucidez que los lectores de esta crónica saben que también posee Urrutia.

[2] Por muy (y mal) manida que esté, la idea de un proceso de reingeniería tal y como fuera definido por Hammer y Champy [3] –es decir la reorganización fundamental de cómo se realiza una tarea para mejorar drásticamente la competitividad–, se ajusta muy bien a lo que creemos que es necesario hacer con la economía como ciencia.

[3] Parafraseando las meditaciones de Urrutia, la única constancia real, lo que se transparenta como el sentido de los tiempos posmodernos, no es sino el cambio permanente como paradigma. Por otro lado, el mismo Juan Urrutia trabaja en distintas partes de esta crónica la irrupción de un paradigma post-occidental como futuro horizonte histórico de nuestra civilización. De momento ambas ideas no se contradicen ni excluyen mutuamente, por lo que podemos incluso añadir más «paradigmas tentativos» al arsenal analítico de esta crónica.

[4] Se podría marcar el inicio de este período con la consolidación hegemónica de la teoría de los ciclos reales (RBC por Real Business Cycles) y denotarlo con D.P., por después de Prescott; pero eso olvidaría la importantísima deuda que tiene esta escuela analítica con el trabajo de Robert Lucas, prócer de todo lo que cabría llamar como «paradigma» en la macroeconomía contemporánea.

[5] Al paper que Samuel Bentolilla sugiere en un comentario a este artículo, que trata sobre cómo el «core», es decir el consenso de la macroeconomía, ha devenido en una profecía que se cumple a sí misma, nos permitimos añadir: los trabajos de Gilles Saint-Paul respecto al probable sesgo ideológico en los modelos macroeconómicos estructurales y los de Nassim Nicholas Taleb en torno al manejo de los assets financieros innovadores en modelos macroeconómicos.

[6] Casi como pasó en 2008 con Bergman y Antonioni, si se nos permite la analogía.

[7] Podría decirse que casi todos los países en desarrollo califican en tal categoría –de la crisis permanente–, pero la ni la volatilidad política es sinónimo de inestabilidad económica ni la bonanza de un periodo de crecimiento extendido consigue validar traspiés políticos. Echando mano de mi experiencia, podría mencionar estudios de caso realizados en Perú de los ochenta o Irlanda de los noventa, de los que se extraía como conclusiones precisamente la lección de invertir en periodos de crisis para impulsar el crecimiento.

El sesgo confirmatorio

Crónica de una Crisis | Noviembre 2010

Prólogo

Brendan Behan nos dice que «Una ciudad es un sitio donde la probabilidad de que te muerda una oveja salvaje es mínima», pero la probabilidad existe. Recuperando una de las citas más célebres de uno de sus escritores favoritos, Juan Urrutia nos emplaza –acaso subconscientemente– hacia el que será el objeto de sus sospechas este mes: el sesgo confirmatorio. De hecho, jugando con las nociones de probabilidad podríamos torcer el lenguaje para afirmar que decir que algo es imposible no es lo mismo que decir que no existe[1]. Y si la que me pagase por hacer la predicción fuese una aseguradora contra ataques de animales salvajes, o yo sufriese un raro caso de fobia a las ovejas, es muy posible que mi informe dijese «Una oveja salvaje puede morderlo en la ciudad». De esto nos habla Urrutia en sus artículos «Predicciones» y «Más predicciones», que abren la puerta a su más profunda pesquisa, titulada «Sesgo confirmatorio y la reputación de los expertos».

En esta su crítica (muy de insider, hay que decirlo), Juan Urrutia vuelve a la charla de Robert Lucas[2] que comentó en algunos artículos del mes de octubre, para pivotar su reflexión en alguna sagaz finta del norteamericano. Lucas observaba que la economía europea ve su crecimiento lastrado, respecto a la de los EEUU, por las rigideces que le impone el Estado de Bienestar. Urrutia nos dice que «Sería normal pensar que [el énfasis en el largo plazo y la fe en la flexibilidad de Lucas] son una cuestión ideológica. Sin embargo es posible que se tratara del sesgo confirmatorio, un sesgo psicológico [antes que estadístico o estrictamente político]». De hecho, Urrutia –a la contra de casi todo el mundo– celebra la diversidad de opiniones entre expertos, una virtud a la luz de un mundo posmoderno como el actual, y para hacerlo se vale de un clásico trabajo de Rabin y Schrag que en esencia nos muestra que los científicos presentan una tendencia significativa a no abandonar sus creencias previas.

Este artículo, continúa Urrutia, destaca tres consecuencias de ese sesgo en la percepción de los expertos:

La primera es el exceso de confianza en la propia opinión. El experto puede llegar a tener, para ciertos valores de la calidad de la señal recibida desde el mundo real y del sesgo confirmatorio, una creencia en su primera impresión mayor de lo que la evidencia sostiene. La segunda consecuencia es que, en esas condiciones, es decir con esos valores del sesgo y con ese grado de corrección de la señal, es posible que la creencia de un experto esté equivocada. Y la tercera es que también es posible, para rangos de los valores de sesgo y corrección de la señal determinados, que no haya serie alguna de evidencias que haga cambiar de opinión al experto.

Con un guiño pícaro, que también se le nota en su artículo «Paperless», Juan Urrutia se pregunta qué hacer:

O bien elegimos escuchar a los expertos reputados como los mejores según algún procedimiento objetivo y serio, o bien decidimos seguir la opinión de la mayoría de ellos con independencia de reputaciones.

Pero Urrutia se anima a ir un paso más allá, cuando pensando en la ciencia económica pero sin nombrarla del todo nos dice:

Este resultado nos debería hacer pensar que hay muchos campos en los que seguramente el sesgo es grande y la calidad de las señales mediocre, de forma que tendríamos que meditar sobre nuestra estrategia. Ya seamos pacientes, inversores, administradores de fondos públicos o simples ciudadanos responsables y preocupados por las pensiones, la educación, la salud, el estado de nuestra cartera o la ciencia y la innovación, es posible que debiéramos ser menos crédulos en relación con los expertos.

Mal haríamos en pensar que Juan Urrutia se está volviendo en contra de la inferencia estadística y sus métodos o del consenso científico en sí. Debemos más bien entender su irónica pero certera crítica en la misma línea que trabaja cuando se pone a filosofar sobre los retos posmodernos de la economía, o cuando –en artículos de este mismo mes– repara en las peligrosas paradojas a las que nos suele empujar el efecto manada en que ciertos absolutismos (o la ortodoxia) fácilmente derivan.

Con ese espíritu de pluralidad, Urrutia nos ofrece su comentario, en una suerte de revisión bibliográfica ad hoc del tratamiento que recibe el ‘problema’ del sistema de pensiones en España. Sin duda un debate muy activo a finales de 2010, el artículo «Nire bi lagunak» sopesa diversas visiones sobre el tema, algunas de ellas institucionales, otras contestatarias, pero todas a su manera «un alegato a favor de la determinación en el ejercicio de la política económica española».

Con Joan Esteban, Juan Urrutia cree que el problema no sólo corresponde al diseño del sistema de pensiones, sino que tiene que ver con la distribución del ingreso a partir de salarios desiguales y que han perdido su peso fiscal respecto a rentas no salariales. Del planteamiento de Esteban comenta que «su razonamiento, totalmente correcto, va a contracorriente (…) [y sostiene] que la base fiscal para la acumulación del fondo de la seguridad social son los salarios y que estos han perdido peso en la renta nacional». Más aún, Urrutia cree que el problema de fondo tiene que ver con el Estado de Bienestar –subtexto de gran parte de las discusiones sobre la crisis– pero sin querer perder la fe en las bondades de la competencia, decide defiende recurriendo al argumento de Lucas:

Ciertamente que las pensiones tengan una contabilidad aparte es una muestra de poca flexibilidad y que deseemos no ensayar la provisión privada de servicios públicos es otra y más importante. Pero, se me dirá, estas presuntas inflexibilidades nos protegen a los europeos de la pobreza, algo que es visible en los USA. Pero no destrozaría el argumento de Lucas si resultara que los nichos de pobreza no están siempre ocupados por las mismas personas. Y ese, pienso yo, es posiblemente el caso.

Para cerrar el artículo, Urrutia vuelve a reparar en el tipo de estudio que se está llevando a cabo al tratar el sistema de pensiones español; es decir, critica el abordaje del tema de las pensiones y termina «clamando por un examen de las pensiones en estos términos que son, finalmente, los que importan o que importan bastante más que los análisis únicamente actuariales». Algo por lo menos necesario a estas alturas.

En otro de sus artículos para Expansión, que suelen albergar el quid temático de sus reflexiones mensuales, Urrutia se interesa por el entramado de políticas fiscales que dificultan la resolución de la crisis de la Eurozona[3]. Contrariado por las directrices ‘alemanas’ que parecen ir a la contra de las medidas ‘idóneas’ para rescatar la economía española, Juan Urrutia encuentra un importante carácter kakano en la conducción fiscal de la UE, en lo que denomina «La enfermedad alemana». Animándose a ofrecer un diagnóstico, Urrutia nos dice que:

los problemas del euro que, se originan con el ajuste que comenzó en mayo pasado debido a la deutsche krankheit transmitida a Francia. Esta «enfermedad alemana», es una especie de ansiedad sobre todo lo que parezca romper la diligencia propia de una sana familia tradicional en el manejo ortodoxo de sus disponibilidades económicas.

Desatada la crisis, esta ‘enfermedad’ se vuelve a poner en el medio, añade Juan Urrutia:

[Recomendando] autoritariamente lo contrario de lo que habría que hacer a la salida de una crisis que ha generado un gran desempleo y ha aumentado inoportunamente la tasa de ahorro. Este espíritu [el de la enfermedad] cristalizó en octubre en el acuerdo con Francia para cambiar el tratado de la UE y permitir dentro de la zona euro tanto la reestructuración de deuda de un país de forma que la apelación al apoyo de los demás se haga menos perentorio, como que los acreedores colaboren al gasto general que el rescate de un país pueda exigir.

Las medidas de alivio a la crisis han provocada ya que algunos países (España entre ellos) se salgan de los límites fijados por los tratados europeos para la deuda soberana, quedándoles relativamente pocas opciones para continuar tratando de resolver el entuerto. En los Estados Unidos, nos cuenta Urrutia, la discusión ha estado muy marcada por lo ideológico; proponiendo los demócratas «inundar de dinero la economía» para forzar la tendencia ‘a la baja’ de la curva de tipos y así incentivar la demanda mientras se desalienta el ahorro, evitando la inflación. Del otro lado, los republicanos sugerían una «devaluación interna implícita que reduzca los salarios y el déficit público», saneando la balanza comercial. ¿Funcionaría algo de esto en España? Urrutia responde:

España debería haber procedido como aconsejan los demócratas americanos aumentando su déficit sin miedo a un aumento del saldo de la deuda que se podría refinanciar a precios razonables siempre que el ahorro comience a desvanecerse y mejoren las expectativas de crecimiento. Si hubiera sido posible debería haberse hecho algo así por lo menos durante un año. Pero no fue posible porque en mayo pasado Alemania y Francia aceptaron la receta contraria consistente en la consolidación fiscal y la disminución de algunas prestaciones de su Estado del Bienestar. Esta opinión y práctica alemana prevaleció y obligó a España a hacer una política que no le conviene y que va a retrasar su crecimiento de forma que los sacrificios se harán más y más dolorosos.

En un artículo contemporáneo y dedicado al mismo tema, Paul Krugman apunta los paralelismos entre la crisis estadounidense y la española (una burbuja inmobiliaria que colapsa seguida del alza de la deuda privada, desembocando en una recesión agudizada por tasas de desempleo elevadísimas), indirectamente dotando al análisis de Urrutia, que ve la pugna política americana simplificarse ‘de facto’ por el corsé de la UE, de particular relevancia. De ese modo, estar en la Eurozona ha transformado un simple catarro –que se resolvía con una devaluación interna[4]– en una enfermedad casi crónica, en la que hay que hilvanar distintos resortes fiscales hasta lograr nivelar la competitividad interna con la del resto de los países europeos, todo eso a muy largo plazo.

Al respecto, Juan Urrutia comenta:

Con el precedente de Grecia y la evidente actitud k und k alemana, no pocos analistas se dan cuenta de que apostar contra la deuda soberana de algunos países puede tener un interés crematístico obvio.

Esto último ‘fusilado’ gracias a los Credit Default Swaps, un «seguro contra la pérdida» al ser considerados en sí mismos depósitos de valor que crecen en tanto caiga el precio de la deuda soberana. En otras palabras, los ajustes no pueden anteceder a una reforma fiscal extendida y sistemática, que cuente con incentivos y medidas adecuadas para garantizar la sostenibilidad de todo el sistema. En lo que hace a este tema, y haciendo de conclusiones provisionales, Juan Urrutia no suena nada optimista… aunque a la luz de las más recientes noticias[5], hasta parece conservadoramente entusiasta cuando afirma:

Las soluciones esta situación no son fáciles en una Unión que no tiene mucha coherencia política y carece de un gobierno económico, pero apelar a una salida de tipo político es ahora mismo poco práctico pues pospone indefinidamente la solución de nuestros males sin proponer nada inmediato. Si la construcción de Europa está en juego hay una solución sencilla y expeditiva que tiene que pasar por convencer a los bajistas que van a perder dinero. Una manera de caminar en esa dirección sería que el BCE ofreciera contrapartida no solo a toda la deuda sino también a todos los CDS que se le presenten a la venta evitando que su precio se incremente cada vez más debido al apetito de tener razón.

Pero este no es un asunto estrictamente europeo ni de bancos centrales, como atestiguamos en «El (¿fallido?) G20 de Seul», que cierra las reflexiones de Juan Urrutia sobre la gobernanza fiscal. En el artículo Urrutia critica la tendencia a eludir –a pesar de llegarse a acuerdos de todo tipo– la coordinación de políticas fiscales nacionales, cuando está claro que la dificultad de coordinar la parrilla cambiaria está en el origen de la crisis y es el nudo gordiano que dificulta su resolución. De tal modo, el imperativo de todo análisis de la crisis debería ser pensar en una política monetaria de economía abierta, no por ello abandonando el estudio del desempleo o el crecimiento, pero sin duda limitando la ‘exclusividad’ que gozan a día de hoy en estudios profesionales y en la visión institucional.

Todavía hablando de poetas irlandeses, casi podemos escuchar a Joyce susurrando al oído de Juan Urrutia mientras escribe sus columnas y posts de Noviembre. No, no hablamos de esos textos en los que se decanta por la pintura, el cine o la gnoseología, sino de los que esconden toda aspiración lírica bajo la discusión económica. Basta repasar sus parlamentos sobre la «Eurozona sacer» a la que la enfermedad alemana parece empujarnos, o imaginar a España como Molly Bloom, queriendo permitirse, sí, el rapto de un soliloquio humano, demasiado humano. Pero con un Ulises kakano, ¿se quedará Penélope con la última palabra?

Predicciones

5 de noviembre de 2010

Los periódicos nos angustian con las comparaciones entre predicciones sobre el comportamiento de nuestra economía. Unas están hechas por institutos especializados españoles y otras por instituciones foráneas sean multilaterales como el FMI o la OCDE, sean entidades privadas como bancos de inversión de otros países. ¿Cómo aclararnos?

Pues mire, el otro día, con ocasión de la entrega del premio a la diversidad de la FUE, me decía Alan Kirman que un amigo suyo del MIT había estudiando las medias de unas y otras predicciones a la búsqueda de sesgos y que había encontrado que sistemáticamente la media de las predicciones hechas para «otros» se ajustaba más a la realidad que la media de las predicciones propias.

Yo diría que es una manifestación más del sesgo confirmatorio de cuyas consecuencias algún día hablaré aquí. Y, en este sentido, este cálculo que no debería ser muy difícil de hacer nos daría necesariamente más confianza que los famosos consensos que, en el mejor de los casos mezclan unas y otras predicciones. Esto deberíamos compararlo con la Diana del ESADE.

Más sobre predicciones

7 de noviembre de 2010

En el diario económico Expansión apareció ayer sábado un artículo firmado por Antoni Espasa y Emiliano Carluccio, responsables del Boletín de Inflación y Análisis Macroeconómico (BIAM), del Instituto Flores de Lemus de la Universidad Carlos III de Madrid, sobre la lenta recuperación de la economía española. Más allá de recordar la excelente trayectoria de esta publicación según la Diana del ESADE a la que me refería ayer, lo que quiero destacar es que, por fin, alguna institución se atreve a entrar en liza con lo oficial tratando de aportar lo que sabe hacer sin deseos espurios de complacer o de incordiar.

Nire bi lagunak

11 de noviembre de 2010

FEDEA celebra su 25 aniversario y tres de sus excelentes redactores (Fdz. Villaverde, Garicano y Santos) publicaron ayer un artículo serio y agresivo que, a pesar de su título –Pensiones: Jugando con fuego– constituía un alegato a favor de la determinación en el ejercicio de la política económica española. Las pensiones son, en este caso, solo un pretexto ejemplificador de lo que quieren comunicar. Pero es de lo que quiero hablar usando unos comentarios críticos que, ante el estudio de FEDEA sobre las pensiones, publicó mi amigo Joan María Esteban en el País.

Joan Esteban, que así firma en El País del domingo 7 de este mes de noviembre, pertenece al Instituto de Análisis Económico del CSIC con sede en Bellaterra y en esa institución coincide con alguno de los redactores del estudio de FEDEA al respecto. El artículo de Joan María me parece ejemplar por varios motivos. Uno que no conviene desatender es que su razonamiento, totalmente correcto, va a contracorriente. Y ello no de cualquier manera sino atacando la profundidad del problema o al menos su línea de flotación, lo que constituye un segundo motivo de la ejemplaridad del artículo. Su argumento, y tercer motivo de admiración por mi parte, es que la base fiscal para la acumulación del fondo de la seguridad social son los salarios y que estos han perdido peso en la renta nacional tal como aquí se hizo notar en un post ya antiguo en el que se intentaba hacer ver que el poder es importante en estas cuestiones y en economía en general. Todo esto, más su estilo, se refleja claramente en la conclusión de su artículo:

Creo que hay demasiada desigualdad salarial; que las rentas no salariales son excesivas y escapan en buena medida al fisco; que seguimos necesitando que el Estado sea nuestro seguro contra las contingencias futuras y que debe asegurar al ciudadano antes que al sistema financiero.

De esta manera se ha trasladado el problema a donde debería estar, a la problemática del Estado del Bienestar que es algo en juego en esta crisis que no acaba de acabar. Y es del Estado del Bienestar sobre lo que escribía el día anterior, sábado, y en el mismo periódico otro amigo en este caso de la Facultad de Económicas de la Universidad del País Vasco/EHU: Igancio Zubiri. Su artículo, El tópico de la eficacia, arguye que los servicios llamados públicos se pueden y se deben gestionar desde el propio sector público sin caer en el tópico de que la gestión privada es más eficiente. Sale al paso del que hubiera sido mi contraargumento:

Habrá quien argumente que la competencia impedirá prestaciones más bajas y forzará reducciones de costes. Esto es tan poco probable que quien lo afirme deberá aportar alguna evidencia más allá de su fe en ello.

Yo mantendría mi contraargumento porque efectivamente tengo fe en las virtudes de la competencia; pero no es eso lo que me importa. Me interesa más bien que ahora también estamos ante una defensa del Estado del Bienestar sin tapujos y creo que hay razones para tratar de defenderlo y de mantenerlo aunque para hacerlo no tengo más remedio que confrontar el argumento de Lucas en su charla en la Fundación del Pino.

Nos contaba que la tasa de crecimiento de la economía de los USA en los últimos 100 años ha sido de un 3% mientras que en Europa ha sido solo del 2% y ello debido presumiblemente a la menor flexibilidad de esta última, un precio que hay que pagar para el mantenimiento del Estado del Bienestar.

¿Es este argumento aceptable?

Ciertamente, que las pensiones tengan una contabilidad aparte es una muestra de poca flexibilidad y que deseemos no ensayar la provisión privada de servicios públicos es otra y más importante. Pero, se me dirá, estas presuntas inflexibilidades nos protegen a los europeos de la pobreza, algo que es visible en los USA. Pero no destrozaría el argumento de Lucas si resultara que los nichos de pobreza no están siempre ocupados por las mismas personas. Y ese, pienso yo, es posiblemente el caso.

Termino clamando por un examen de las pensiones en estos términos que son, finalmente, los que importan o que importan bastante más que los análisis únicamente actuariales. Mis dos amigos –nire bi lagunak– son más profundos que los de FEDEA aunque estos sean muy de agradecer. Creo yo, vamos.

El (¿fallido?) G20 de Seúl

13 de noviembre de 2010

De acuerdo, el FMI repartirá el poder con una mayor sensatez y la regulación de los bancos sistémicos (?) será más estricta. No está mal. Pero, como apunta Versvs, no se ha alcanzado ningún acuerdo para coordinar las políticas nacionales de forma que se alcance una cierta estabilidad cambiaria.

No me parece una tan mala noticia, pues demuestra que no estamos ante una situación tan amenazadora como la que propició Bretton Woods coincidiendo con mi nacimiento. Pero a pesar de ello es llamativo que no haya habido todavía una multitud de estudios semiserios sobre la parrilla de tipos de cambio.

En realidad es como si este tema fuera poco importante para casi todos excepto para los periodistas y algunos columnistas de periódicos económicos. Por ejemplo, el libro de FEDEA sobre la crisis (que es algo que hay que dar a conocer y alabar pues por fin la profesión se aventura a opinar sobre la realidad más inmediata) no contiene un estudio detallado de este asunto de la determinación de la parrilla de tipos de cambio a pesar de que los problemas de los desequilibrios internacionales está en el origen de la crisis y su final se dificulta por la guerra de divisas o por la política de «empobrecer a tu vecino». Y, curiosamente, este tema tampoco forma parte del núcleo de la entrevista a Luis Garicano en TV3.

La razón de esta situación es seguramente que esta parte de la teoría económica no es de las más apreciadas por los profesionales, quizá porque es demasiado fácil. Pero quizá sea también porque las preocupaciones más inmediatas han estado centradas en cuestiones propias aparentemente de una economía cerrada (pensemos en las relaciones laborales o el sistema de pensiones).

Sin embargo la evidente simetría entre la PM americana y la europea debería hacernos pensar en problemas de economía abierta. Y deberíamos hacerlo justamente por la falta del acuerdo principal en Seúl.

¡Qué pereza!

Sesgo confirmatorio y la reputación de los expertos

17 de noviembre de 2010

La Fundación del Pino hace un esfuerzo muy encomiable acercando a Madrid a economistas de tronío para pensar en alta voz sobre lo que hemos aprendido de la crisis. El último en ocupar esa tribuna ha sido Robert Lucas Jr., laureado con el Nobel. Se mostró preocupado por la política expansionista de Obama y por el apoyo a la misma de la FED que podría, según él, acabar con esa flexibilidad americana que explicaría por qué la tasa de crecimiento a largo plazo de la economía estadounidense es un punto superior a la europea aquejada ésta de rigideces impuestas por el Estado del Bienestar. Cuando alguna pregunta desde la sala le puso en el brete de dar razones teóricas serias o evidencia factual que apoyaran sus opiniones, se escabulló afirmando humildemente que solo era su opinión y que era consciente de que hay otras opiniones respetables y contrarias a su postura. Sería normal pensar que su énfasis en el largo plazo y su fe en la flexibilidad son una cuestión ideológica. Sin embargo es posible que se tratara del sesgo confirmatorio, un sesgo psicológico del que pretendo hablar a continuación.

El aroma ideológico se percibe también en otros debates hoy presentes en la sociedad. Pensemos en el cambio climático, la educación –segregada o no–, el creacionismo, el aborto o las pensiones por mencionar algunos de los asuntos en los que la opinión de los expertos es recabada continuamente. Un ejemplo paradigmático de la situación que trato de describir ha sido la reforma laboral en España. El grupo de los 100 era un grupo de economistas profesionales que tienden a mirar al mercado de trabajo como tal mercado y el grupo de los 700 era otro grupo de profesionales de diversas especialidades que incluía también otros economistas que consideran el mercado de trabajo como un sistema más o menos complejo difícil de entender con precisión y del que se pueden esperar resultados sorprendentes.

La diversidad de opiniones entre expertos es para casi todo el mundo motivo de zozobra. Para mí, sin embargo, es más bien motivo de celebración pues nos libera del autoritarismo. Sin ocultar mis preferencias, voy a tratar de argumentar mi posición en base a la evidencia experimental que muestra le existencia de un sesgo confirmatorio y sobre todo en base al trabajo que, hace ya tiempo, elaboraron Rabin y Schrag (First Impressions Matter: A Model of Confirmatory Bias, QJE,1999) destacando las consecuencias de ese sesgo y que yo aplico al caso de los expertos en este mundo líquido (Bauman) o posmoderno (Lyotard) en que vivimos hoy.

No me detendré en los experimentos de laboratorio; pero créanme que para ahora hay ya muchos que muestran que todos, incluidos los expertos, mostramos una tendencia significativa a no abandonar nuestras creencias previas, basadas quizá en una evidencia inicial, de manera que podríamos decir que las primeras impresiones importan y mucho en la formación de nuestras opiniones incluyendo las que decimos mantener como expertos. Me limitaré a traducir la descripción que hacen los citados Rabin y Schrag a partir del examen que llevan a cabo de los experimentos disponibles en su momento.

Cuando la evidencia es confirmatoria, sospechamos que tanto el lego como el científico profesional rápidamente reducen la complejidad de la información y recuerdan solo unas pocas y bien elegidas impresiones que apoyan su impresión. Cuando la evidencia es desconfirmatoria, continúan reflexionando sobre cualquier información que pudiera sugerir interpretaciones alternativas menos demoledoras. Y desde luego es posible que puedan llegar a entender las ambigüedades y fallos conceptuales en los datos opuestos a su hipótesis como sugeridores de la corrección, en lo fundamental, de sus hipótesis.

Estos dos autores destacan tres consecuencias de este sesgo en la percepción de los expertos frente a las señales que reciben relativas al mundo del que hablan.

La primera de estas consecuencias es el exceso de confianza en la propia opinión. Es decir que el experto puede llegar a tener, para ciertos valores de la calidad de la señal recibida desde el mundo real y del sesgo confirmatorio, una creencia en su primera impresión mayor de lo que la evidencia sostiene. La segunda consecuencia es que, en esas condiciones, es decir con esos valores del sesgo y con ese grado de corrección de la señal, es posible que la creencia de un experto esté equivocada. Y la tercera es que también es posible, para rangos de los valores de sesgo y corrección de la señal determinados, que no haya serie alguna de evidencias que haga cambiar de opinión al experto.

Estas consecuencias a su vez nos aportan una lección sobre la forma en la que los que escuchamos a los expertos (bien porque tenemos que tomar decisiones, bien porque queremos formarnos una opinión para elegir a aquellos que deben tomar decisiones) deberíamos recabar su opinión. Nos encontramos con dos posibles cursos de acción. O bien elegimos escuchar a los expertos reputados como los mejores según algún procedimiento objetivo y serio, o bien decidimos seguir la opinión de la mayoría de ellos con independencia de reputaciones. ¿Qué hacer?

Pues bien, dadas las consecuencias del sesgo confirmatorio que he destacado, a nadie le debe parecer extraordinario que, para valores muy altos del sesgo confirmatorio y para señales no muy informativas, lo mejor que puede hacer el soberano es consultar con cuantos más expertos mejor y guiarse por la opinión de la mayoría sin fijarse en el peso relativo de las opiniones según la reputación de los expertos.

Este resultado nos debería hacer pensar que hay muchos campos en los que seguramente el sesgo es grande y la calidad de las señales mediocre, de forma que tendríamos que meditar sobre nuestra estrategia. Ya seamos pacientes, inversores, administradores de fondos públicos o simples ciudadanos responsables y preocupados por las pensiones, la educación, la salud, el estado de nuestra cartera o la ciencia y la innovación, es posible que debiéramos ser menos crédulos en relación con los expertos.

La enfermedad alemana

28 de noviembre de 2010

Europa enfrenta hoy un problema propio que si no se entiende bien y no se ponen los medios para remediarlo, se puede llegar a convertirse en una verdadera pesadilla. Me refiero a los problemas del euro que, se originan, argüiré, con el ajuste que comenzó en mayo pasado debido a la deutsche krankheit transmitida a Francia. Esta «enfermedad alemana», que otros llaman german angst uniendo el inglés al alemán, es una especie de ansiedad sobre todo lo que parezca romper la diligencia propia de una sana familia tradicional en el manejo ortodoxo de sus disponibilidades económicas. Ortodoxia ésta que, sin duda, refleja la humillante perplejidad y que produjeron la República de Weimar de entreguerras y sus consecuencias; pero que se remonta más atrás, a ese imperio y reino que el dictum kaiserlich und königlich (k und k) nos evoca. Que los demás no compartan o no sigan sus recetas de evidente sabiduría tristemente adquirida les produce a los kakanos un desprecio majestuoso y severo que no se puede entender más que desde un imperio como el de los Habsburgo y desde un reino como el que conformaban otros territorios bajo su soberanía.

Son la majestuosidad de una reina madre y la imponente figura de un padre severo las que les impone a los kakanos actuales una obligación docente y ejemplarizante que recomienda autoritariamente lo contrario de lo que habría que hacer a la salida de un crisis que ha generado un gran desempleo y ha aumentado inoportunamente la tasa de ahorro. Este espíritu cristalizó en octubre en el acuerdo con Francia para cambiar el tratado de la UE y permitir dentro de la zona euro tanto la reestructuración de deuda de un país de forma que la apelación al apoyo de los demás se haga menos perentorio, como que los acreedores colaboren al gasto general que el rescate de un país pueda exigir.

Pero echemos la vista atrás. El inicio de la crisis cogió a todos los países con unos tipos de interés muy bajos que propiciaron un enorme endeudamiento privado para comprar segundas viviendas u otros bienes de consumo duradero independientemente de si tenían déficits públicos o no los tenían y de su volumen. Ante una caída de los precios de los activos la demanda agregada se retrae y se genera un exceso de oferta que para ser eliminado exige una reducción de la producción y el empleo con el consiguiente círculo vicioso que, al tratarse de acontecimientos simultáneos y generalizados, deprime también la demanda exterior que se concentra en los países más competitivos, como Alemania. Al mismo tiempo ocurre que, para sustituir a esa demanda retraída, se impone un incremento del posiblemente reducido y sin duda razonable déficit fiscal y una consecuente generación de nueva deuda pública soberana, al principio dentro de los límites fijados en Maastricht y pronto fuera de ellos, justamente lo que ha pasado en España.

Lo que había que hacer en una situación como esa ha sido y es muy discutido. En los Estados Unidos los demócratas pensaban y piensan que hay que inundar de dinero la economía, ahora con el QE2, para poder mantener baja toda la curva de tipos para así alimentar la demanda privada y pública desincentivando el ahorro aunque esto traiga un incremento del balance del banco central (FED) que ya se podrá reducir en el futuro para evitar la inflación. Los republicanos piensan, por el contrario, que la solución consiste en una especie de devaluación interna implícita que reduzca los salarios y el déficit público y sanee la balanza comercial. España debería haber procedido como aconsejan los demócratas americanos aumentando su déficit sin miedo a un aumento del saldo de la deuda que se podría refinanciar a precios razonables siempre que el ahorro comience a desvanecerse y mejoren las expectativas de crecimiento. Si hubiera sido posible, debería haberse hecho algo así por lo menos durante un año. Pero no fue posible porque en mayo pasado Alemania y Francia aceptaron la receta contraria consistente en la consolidación fiscal y la disminución de algunas prestaciones de su Estado del Bienestar. Esta opinión y práctica alemana prevaleció y obligó a España a hacer una política que no le conviene y que va a retrasar su crecimiento de forma que los sacrificios se harán más y más dolorosos.

Mientras tanto, los mercados cumplen con su papel de agregar información y de proceder en consecuencia a fin de ganar dinero. Con el precedente de Grecia y la evidente actitud k und k alemana, no pocos analistas se dan cuenta de que apostar contra la deuda soberana de algunos países puede tener un interés crematístico obvio. Además de la tradicional manera de hacerlo mediante la venta en corto en mercados organizados se puede hacer comprando OTC (over the counter), es decir sin contrapartida, los famosos Credit Default Swaps (CDS) que, una prima mediante, aseguran contra la pérdida y que, considerados como depósito de valor en sí mismos, pueden aumentar mucho su valor a medida que esa misma actividad va haciendo realidad la predicción de disminución del precio de la deuda soberana contra la que se apuesta.

Las soluciones a esta situación no son fáciles en una Unión que no tiene mucha coherencia política y carece de un gobierno económico, pero apelar a una salida de tipo político es ahora mismo poco práctico pues pospone indefinidamente la solución de nuestros males sin proponer nada inmediato. Si la construcción de Europa está en juego, hay una solución sencilla y expeditiva que tiene que pasar por convencer a los bajistas que van a perder dinero. Una manera de caminar en esa dirección sería que el BCE ofreciera contrapartida no solo a toda la deuda sino también a todos los CDS que se le presenten a la venta evitando que su precio se incremente cada vez más debido al apetito de tener razón. Pero una solución así no es aceptable, de momento, para una postura k und k.

Comentarios

[1] Esto no es algo tan superficial como, tomándonos una licencia humorística, hacemos parecer aquí. Pidiendo por anticipado el perdón de nuestros lectores avezados en estadística, el chiste juega con la idea de que un espacio con medida probabilística cero (es decir, que nunca sucederá) puede existir. Entonces, hay un día en el que las ovejas no sólo nos muerden, sino que surcan los cielos de la ciudad; claro que la probabilidad de que ese día llegue es cero.

[2] El reputado economista norteamericano dio una conferencia, patrocinada por la Fundación Rafael Pino, sobre la crisis económica.

[3] Permítannos romper la seriedad de este documento sugiriéndoles una versión disco de la crisis del Euro, cortesía de The Guardian.

[4] Pecando de juventud, jamás hemos experimentado un proceso de devaluación interna, que entendemos es mucho más dramático de lo que sugeríamos con nuestra analogía médica. Con todo, rozando el tercer año sufriendo tasas de desempleo superiores al 15%, ¿tendrían que ponerse las condiciones mucho peor para forzar la baja salarial en España? Claro que eso nos deja con el problema del déficit fiscal y la deuda privada…

[5] Con el «contagio» de Italia, la tercera economía de la UE, la crisis ha entrado en una nueva etapa. Ya no es sólo el problema de las economías periféricas, sino algo que los «gigantes» de la zona pueden llegar a sentir en su propia carne. Nos esperan tiempos complicados para vivir, pero fascinantes para el análisis… si llegamos a sobre

La guerra de divisas y el euro

Crónica de una Crisis | Diciembre 2010

Prólogo

Se termina el año y parece que en el BCE han tenido satori. Al menos así lo entiende Juan Urrutia, que en su artículo «Samurai Trichet» celebra la firmeza de un Jean-Claude Trichet que reta a los especuladores poniendo el riesgo de lado suyo, obligándolos a acercarse al fuego si es que quieren seguir asando castañas. Sería la primera señal de una etapa en la que el BCE intentó regirse bajo el lema de «vigilancia estricta», que de una u otra forma ha guiado la conducción de la crisis hasta el «contagio italiano» de julio de 2011. Tal vez se trató de las resoluciones de año nuevo en el BCE; no sería raro, el ambiente de este diciembre se ve dominado por las festividades y tanto las noticias como el análisis se desaceleran, por lo que las columnas de Juan Urrutia también reducen su número, si bien no claudican en su intensidad o enfoque. Vaya como prueba el magnífico despliegue didáctico de «La Guerra de divisas y el euro», la amplia revisión bibliográfica de los reportes económicos de fin de año en «La tentación del adanismo» o su recurrente intención de aproximar el análisis económico a las nociones de sistemas –regulatorios, monetarios, de mercado, etc.–, muy explorada a lo largo de esta crónica.

Así como en el periodismo se practica el vicio de armar rankings con lo mejor del año, en la investigación económica (más en tiempo de crisis), lo que se estila al cerrarse un año es ofrecer informes y reportes –más o menos esclarecedores, más o menos afinados en sus recomendaciones allende la coyuntura–, y 2010 no es una excepción a esa costumbre. En «La tentación del adanismo» Juan Urrutia reseña algunos de estos, acaso los de perfil más alto: la iniciativa Transforma España, la propuesta FEDEA-McKinsey para una nueva agenda de crecimiento y el informe del Grupo de Reflexión respecto al futuro de Europa, a los que al margen de su brillantez y propiedad, Urrutia les encuentra el pecado del adanismo, pues «pretenden arreglar lo que está mal, en cualquiera de los ámbitos de los que tratan, sin tener en cuenta la dependencia del recorrido [ni la inercia existente]». Por esa inconsistencia, cree Urrutia, estos informes se exponen a un gran peligro, «la tentación de tomar el mando en lugar de limitarse a conformar una recomendación a quienes lo ejercen, especialmente si estos son parte del problema según el diagnóstico del propio informe».

Sin embargo, lo que es un debate habitual en círculos académicos y divulgativos adquiere una dimensión mayor al tratarse de la economía política (en tiempos de crisis, por si fuera poco) de lo que hablamos. La relación entre advisors y autoridades ha estado siempre bajo el lente de la sospecha, pues el verdadero reto de la economía política está siempre en evitar caer en las trampas formales de la política, aunque el peligro del que nos quiere alertar Urrutia es:

La creencia de que un buen análisis tiene en sí el potencial de convencer, de abrir los ojos, de hacer que los demás se «caigan del caballo» convertidos de un solo golpe a la verdadera fe o al acertado análisis. Esto no ocurre nunca y el hecho de que así sea es bastante consolador pues evita las tentaciones autoritarias.

La solución que nos propone Juan Urrutia es también muy ‘de economistas’, apelando a la idea del óptimo subsidiario como alternativa a un óptimo de primer orden imposible de alcanzar. Hasta ahí nada nuevo, pues lo importante está en poder admitir óptimos subsidiarios que no tengan demasiado parecido con los de primer orden, una lección que pensábamos aprendida pero que como Urrutia nos recuerda, solemos omitir con demasiada frecuencia.

Dejando de lado el comentario de dichos informes, Juan Urrutia continúa analizando la tercera fase de la crisis desde la que es su manifestación central: la crisis del euro. Así, con «La guerra de divisas y el euro», nos ofrece una aproximación elemental para comprender la nueva mutación de la crisis económica:

[Un ensayo] sobre la inestabilidad cambiaria que caracteriza esta tercera fase de la crisis, explicando cómo podríamos inmunizar a cada país a partir de un mecanismo central que sirviera para empoderar a todos los países simultáneamente de forma que pudieran hacer su santa voluntad sin necesidad de mirar de reojo lo que hacen los demás.

Esto último es importantísimo, dado que Alemania, un país exportador con superávit externo, parece estar impulsando precisamente el tipo de medidas que se pretendía evitar con la creación de un mecanismo central como el BCE. Utilizando a plenitud su talento didáctico, Urrutia nos presenta un ‘hipotético’ caso que explica cómo se produce una balanza comercial deficitaria acompañada de una balanza de capital excedentaria (y viceversa)[1]. Pero lo que de verdad nos interesa es la explicación que ofrece Juan Urrutia de la ‘guerra de divisas’ en la que deriva este desequilibrio, conflicto en el que cada uno de los países involucrados trata de tomar medidas para que la falla de mercado en el país A no lo afecte, ni tampoco los efectos colaterales de las medidas tomadas para paliar el desequilibrio.

Lo mejor que podría pasar sería que el desempleo ocasionado por el shock se fuese repartiendo entre los países sin afectar la creación de empleo en los mismos –mejor dicho, sin que el incremento de empleo en el país A lo disminuya en B–, para lo que se puede crear una agencia reguladora que controle las oscilaciones cambiarias bruscas. Claro que ese no sería un equilibrio estratégico estable, puesto que los países tienen incentivos para no honrar los convenios alcanzados, si es que se alcanzan. La pugna termina degenerando en un bloqueo estratégico, los países cierran sus fronteras para evitar la ‘guerra de divisas’ y todos obtienen resultados peores que si cooperasen formando una institución reguladora. El quid del asunto, nos dice Urrutia, está en descubrir un «mecanismo central» que obligue a los países a respetar los acuerdos y por tanto a cooperar en la regulación cambiaria. Todo esto, concluye Juan Urrutia, ilustra que la crisis del euro no es tanto un problema de un sistema monetario mal diseñado, sino una guerra de divisas en la que Alemania tiene como víctimas a los demás países europeos. Lo que toca hacer ahora, en palabras de Urrutia, es desarrollar ese mecanismo y ver que en su cumplimiento se consiga que toda la UE sea un explanandum y China o los EEUU los explanans. Y ese ya sería un paso importante para la reconstrucción sistémica de la Europa post-crisis.

Con estas dos grandes reflexiones, que a su vez encapsulan los principales intereses de Juan Urrutia en su Crónica (la renovación paradigmática de la profesión, el rediseño del sistema regulatorio europeo, el acercamiento a la economía desde la visión de las redes y la complejidad), se cierra el 2010, cuarto año de una crisis que comenzaba su tercera etapa y de la que, por mucho que lo deseemos, no podíamos decir –como hacen los carteros con las tarjetas navideñas cuando no hay nadie en casa– «se marchó sin dejar señas»[2].

Samurai Trichet

3 de diciembre de 2010

Muchos pensábamos o intuíamos que Trichet anunciaría ayer el programa de compra de deuda soberana influido, sin duda alguna, por mi última colaboración en prensa sobre la enfermedad alemana. Sin embargo, creo que ha hecho algo mejor, anunciar a los especuladores que no se confíen. Si hubiera hecho lo primero se le hubiera podido interpretar como un farolero que incita a que le vean el farol. En cambo con la estrategia que ha seguido, ha trasladado a las espaldas de los especuladores la responsabilidad de lanzar el órdago con el temor de que se lo cojan. En lugar de aceptar un pulso, ha avisado, como hace un buen samurai, que elige cuándo y cómo atacar y acabar a los especuladores.

La tentación del adanismo

7 de diciembre de 2010

La iniciativa Transforma España, la propuesta de FEDEA-McKinsey para una nueva agenda de crecimiento y el informe de un grupo de sabios presididos por Felipe González sobre el futuro de Europa, representan tres intentos bienintencionados, correctamente elaborados y hasta brillantes en su exposición, de enderezar las vías a recorrer por España o Europa.

Pero son también una enmienda a la totalidad, tres ejemplos de adanismo en marcha que pretende arreglar lo que está mal en cualquiera de los ámbitos de los que tratan los tres informes, sin tener en cuenta la dependencia del recorrido. Ni se paran a pensar sobre la inercia existente, más allá de la que ellos mismos critican, ni parecen conscientes de que los caminos a recorrer dependen de los recorridos previos. Es decir, parecen no ser conscientes de que nunca hay un momento original genuino, un punto de partida absoluto.

Esta inconsciencia tiene un peligro potencial mayor o menor según los casos. El peligro es que cabe la tentación de tomar el mando en lugar de limitarse a conformar una recomendación a quienes lo ejercen, especialmente si estos son parte del problema según el diagnóstico del propio informe.
La sociedad civil tiene un lugar importante en una democracia seria y sociedades en las que no lo tiene no pueden considerarse democracias de calidad. Pero me pregunto si hacer política directamente forma parte del papel propio de quienes ocupan ese lugar donde se ubica la sociedad civil.

La política, aun desprovista de connotaciones peyorativas, tiene sus condicionantes subterráneos, sus intrincadas formas de hacer dependientes de pequeños detalles, de simpatías personales inconscientes y de compromisos ineludibles si no se está dispuesto a «romper la baraja». Y todo ello además de sus condicionantes institucionales formales que no permiten cualquier forma de tomar decisiones.

¿Estoy diciendo algo más de lo que tiene en cuenta la Economía Política? Ésta nos dice que las conclusiones de política económica de los modelos estilizados no pueden sin más ser llevadas a la práctica sino que han de recorrer un camino condicionado por la Política y por los intereses que ésta cubre.

Hasta ahí nada parece nuevo, pero intento llamar la atención sobre un problema más general y más peligroso. La creencia de que un buen análisis tiene en sí el potencial de convencer, de abrir los ojos, de hacer que los demás se «caigan del caballo» convertidos de un solo golpe a la verdadera fe o al acertado análisis. Esto no ocurre nunca y el hecho de que así sea es bastante consolador pues evita las tentaciones autoritarias.

Toda una lección en análisis de óptimo subsidiario es lo que constituyen los fracasos de los experimentos basados en convencimientos radicales, una lección que yo creía bien aprendida pero que parece que no lo ha sido del todo. A menudo los condicionantes de la situación hacen del óptimo de primer orden algo imposible de alcanzar y entonces hemos de encontrar lo que constituye un óptimo subsidiario que, y he aquí lo importante, no tiene por qué ser parecido al de primer orden.

Eliminar poco a poco esos condicionantes es lo que es hacer política en el mejor de los sentidos. Ser miope puede ser una ventaja cuando al adanismo se insinúa embozado.

La guerra de divisas y los problemas del euro

8 de diciembre de 2010

Me gustaría escribir un ensayo didáctico sobre la inestabilidad cambiaria que caracteriza esta tercera fase de la crisis explicando cómo podríamos inmunizar a cada país a partir de un mecanismo central que sirviera para empoderar a todos los países simultáneamente, de forma que pudieran hacer su santa voluntad sin necesidad de mirar de reojo lo que hacen los demás. Se trata de un tema de actualidad rabiosa puesto que la última reunión del G20 en Seúl no ha tenido éxito en solucionar «la política de empobrecer a tu vecino» que deriva en una «guerra de divisas», dos manifestaciones de lo que querríamos evitar con ese mecanismo supranacional y puesto que, como decía Miguel Otero Iglesias en Expansión el 1 de diciembre, la política de austeridad impuesta en la zona euro por Alemania, y que tantos sustos nos ha estado dando, puede verse como otra «guerra de divisas» alentada por Alemania que, como China, es un país exportador con un superávit externo. Para aclarar los conceptos usaría el método didáctico del «supongamos».

Supongamos pues que nos encontramos en un mundo en el que tenemos dos países (USA y China) de igual tamaño y población, con la misma masa monetaria denominada en su correspondiente moneda (dólar y yuan), cada uno de los cuales produce lo mismo (fideos) pero que tienen dos productividades distintas, una la mitad de la otra. Supongamos que hay un tope a la producción que no permite la especialización total de un único país en la producción de forma que nos encontramos en una situación en la que los fideos se producen en ambos países aunque el más productivo exporta al menos productivo. Esto genera un tipo de cambio idéntico a la relación de los precios relativos, dos yuanes por un dólar.

Supongamos que el país exportador hace un esfuerzo inversor comiendo menos fideos y dedicando parte del ahorro así generado a investigar la posibilidad de innovar introduciendo un nuevo bien llamado chip. Cuando el éxito de la innovación parece estar cerca, el ahorro espontáneo se acaba y el gobierno del país exportador emite deuda para seguir pagando a los investigadores. Pero no parece que los habitantes de ese país estén deseosos de quedarse con esa deuda mientras que los habitantes del otro país, China, a pesar de que comen menos, hacen un esfuerzo ahorrador suplementario y se quedan con casi toda la deuda emitida en los USA. No es difícil imaginar que el tipo de cambio ya no coincide con el anterior pues ahora en el mercado de divisas se compran dólares no sólo para importar fideos sino también para comprar deuda de los USA ofreciendo yuans a cambio. La balanza comercial americana es excedentaria pero la de capital es deficitaria. En China ocurre exactamente lo contrario.

Supongamos ahora que en los USA ocurre algo que hace que la coordinación de los mercados no funcione y se cree un desempleo mayor del experimentado hasta entonces. Las autoridades deciden inundar el mercado de dólares comprando la deuda a los tenedores de la misma residentes en América. Esto hace bajar el tipo de interés e incrementa el incentivo a seguir innovando en la producción de chips. Esto, a su vez, aceleraría la recuperación del empleo y también produciría un decrecimiento del valor del dólar debido a que la demanda de dólares por parte de China sería ahora menor con lo que las exportaciones americanas de fideos aumentarían. Esto desplazaría algunos productores chinos de fideos y parte del desempleo se trasladaría a su país. La reacción china no se haría esperar. Trataría de reducir el valor de su moneda para importar menos y recuperar puestos de trabajo domésticos. La «guerra de divisas» está servida y lo que cada uno de estos países está haciendo es tratar de «empobrecer a su vecino». Supongamos que este proceso lleve a una situación con un tipo de cambio que vaya repartiendo el desempleo al tiempo que permita llevar a cabo el descubrimiento del chip.

Supongamos que los dos gobiernos tratan de evitar que esto se repita mediante la creación de una agencia reguladora que no permita oscilaciones exageradas del tipo de cambio interviniendo mediante un fondo creado al efecto por los países. Éstos estarían mejor si lo consiguieran pues la incertidumbre habría disminuido, pero ¿podrían alcanzar un acuerdo para crear este fondo? Es dudoso pues se han puesto en una situación de un juego estratégico en el que no hay por qué esperar que se alcance un equilibrio aceptable puesto que cada uno de ellos podría obtener una posible ganancia jugándolo pero cerrando su frontera. Como no hay un «ejército mundial» que le obligue a dejar pasar los bienes por la frontera, es muy posible que cualquiera de los otros países, temiendo esto, se adelante a cerrar la suya. Todos pierden justamente por el deseo de no dejar tomarse el pelo por uno de los otros dos. El quid de la cuestión en este cuento reside exactamente en saber por qué no puede haber semejante ejército o mecanismo central equivalente.

Supongamos, en efecto, que lo hubiera. Habríamos creado un mundo en el que todo es explanandum y no hay ningún explanans. Y esto es lógicamente imposible. Para verlo con más claridad supongamos que hemos encontrado una píldora que elimina automáticamente a cualquiera de los países que rompe torticeramente el acuerdo. ¿Problema resuelto? Parece, pero no es así pues hemos tenido que introducir un artefacto que no estaba en la descripción primitiva del mundo. Nuestra explicación tiene que dar cuenta de esta píldora y ello exigiría la aceptación de su creación aunque lo óptimo para un país sería hacer como que la admite y no admitirla desarrollando su antídoto, otro explanans con el que no debemos contar si queremos ser lógicos.

Si ahora sustituimos China por Alemania, fideos por automóviles y el chip por un coche eléctrico, la misma parábola puede aplicarse de forma que la situación del euro podría entenderse no tanto como una debilidad de una zona monetaria mal diseñada sino como una guerra de divisas que, en el caso de Alemania, tiene como víctimas a otros países de la zona euro. La diferencia radica en que ahora se puede conformar una agencia reguladora pues tenemos a USA y China como explanans.

Eficiencia, Resiliencia y (Holgura+Redes)

9 de diciembre de 2010

El comentario de TM a mi colaboración en prensa sobre los problemas del euro, contiene una referencia a un trabajo de Ulanowicz et al. que recomiendo de manera perentoria. En mi respuesta a su comentario menciono la palabra «holgura» y ella me ha llevado a una vieja colaboración en prensa justo a comienzos de la crisis que, con rubor, me atrevo a insinuar que ya tenía los principales ingredientes del artículo de Ulianowicz et al. En cualquier caso, creo que aquí hay un interesantísimo debate abierto (y necesariamente relacionado con el estudio de redes y su complejidad) para lograr la sostenibilidad de muchos sistemas incluyendo el económico-financiero, que igual nos llevan por caminos menos trillados y más prácticos que los que nos ofrecen todos los días los organismos internacionales competentes.

Comentarios

[1] Permítanme repetir que la explicación de Urrutia es magnífica y el artículo ya vale la pena por ese despliegue de capacidad didáctica, que le enseña mucho a los no iniciados y deslumbra por su claridad a los que ya estén familiarizados con el tema. Es más, este artículo cristaliza en apenas dos folios el espíritu didáctico y accesible que asume esta Crónica.

[2] Por el contrario, a mediados del año que comenzaba la crisis tendría ya tres frentes distintos que afrontar: Grecia, que a pesar de haber sido rescatada ya una vez, seguía necesitando ayuda; el contagio de la crisis a Irlanda y Portugal amenazaba a España e Italia (dos de las mayores economías del continente) y la crisis de la deuda soberana que ya comenzaba a repercutir en el maltrecho sistema bancario europeo.

¿Pero quién es el adversario?

Crónica de una Crisis | Enero 2011

Prólogo

Ya quisiera uno terminar las fiestas con la cabeza de Juan Urrutia. No hace falta admitir en público lo que uno hace apenas despunta el año nuevo, pero seguro que no es enlazar a Mondrian y la economía a través de la deconstrucción. Tal vez inspirado por una visita a París, Urrutia sigue pensando en el futuro del proyecto europeo, amenazado por una crisis financiera que ha conseguido reavivar algunos de los temores del pasado. Pero en este mes Urrutia también se preocupa por la regulación financiera y nos ofrece algunos comentarios sobre el anuncio del gobierno español oficializando unas reformas que son recibidas por el mercado con ambigüedad. Del mismo modo, Urrutia contrasta las opiniones de Paul Krugman y Axel Leijonhufvud respecto al rol de los bancos centrales al fijar tipos tan bajos que actúan como subsidios para los bancos, cerrando sus reflexiones con una serie de artículos sobre la innovación, que recogemos aquí a pesar de no versar directamente sobre la crisis, pues tocan aspectos fundamentales del pensamiento urrutiano en torno a la crisis: la digitalización de la sociedad (y por tanto de su consumo, así como su efecto acelerador en las manifestaciones posmodernas de la misma) y la innovación como motor económico.

Tan inquietos como siempre, los economistas pre-crisis se encontraban enmarañados en la discusión de la reestructuración económica futura –es decir, cómo sería el reparto Ricardiano una vez que los BRIC se consolidasen en ‘primera división’. Juan Urrutia nos recuerda que la «sabiduría convencional» apuntaba a una China especializada en manufacturas, con los EEUU conservando la posta de la innovación tecnológica, África y Latinoamérica haciéndose cargo de la producción alimentaria y Europa como faro cultural, en lo que equivalía a decir que el Viejo Continente se terminaría transformando en el museo que visitarían los nuevos ricos del Asia y América –en lo que casi es un eufemismo para la decadencia. La agudización de la crisis del euro hasta convertirse en la tercera etapa de la crisis financiera global, parecía confirmar esos temores, recrudecidos por la ‘guerra de divisas’, el alza de la deuda soberana y los problemas concretos del euro como moneda única. En su artículo «Europa 2011» Urrutia repara en estos temas, sin querer pasar por futurólogo y más bien pidiendo que la urgencia de los problemas inmediatos no termine desplazando temas igual de importantes, como el reforzamiento político de la eurozona.

Siempre capaz de ofrecer una visión trascendente de los problemas contemporáneos, Urrutia pide que ese rediseño político no sólo se concentre en la creación de un poder central que «revise todos los presupuestos estatales, vigile su cumplimiento así como la deriva del endeudamiento y de los déficits que lo alimentan y garantice, o no, las emisiones de papel estatal así como las que se realicen en eurobonos.» Al contrario, Urrutia propone que Europa –si va a adoptar la especialización ‘cultural’ en el panorama global– se constituya en «el campo experimentador de la estructuración político-económica de la globalización», un papel que de momento parece estarse dando en las naciones otrora post-coloniales (y no necesariamente en aquellas en las que el crecimiento económico acompaña la consolidación institucional[1]). Rápidamente se nos ocurre mencionar la experiencia confederal española como posible semilla de un modelo continental análogo, cosa que Juan Urrutia también encuentra sugerente, vista la flexibilidad e innovación que ofrece para la gobernanza dentro de un concierto económico donde el poder fiscal va «de abajo a arriba».

Cuando el problema de la delegación y las funciones comunes parece dificultar la factibilidad de un modelo de este tipo en el marco europeo, Urrutia se nos adelanta al afirmar que lo que debemos buscar no es la transferencia pura de la experiencia, sino un paradigma alternativo que tome los sistemas complejos de flujos relacionados como su fundamento. Esas ideas, exploradas por Urrutia muchas veces en esta crónica, ya han sido aplicadas a la crisis financiera por investigadores ajenos al mundo económico, ofreciendo interesantes resultados respecto al rol del dinero en el contexto económico actual. Puede ser que al hablar de «dineros complementarios a la moneda en curso legal y al dinero inside creado por el sistema financiero» esas conclusiones le suenen raro a los economistas, pero con Urrutia creemos que hay en esas ideas muchas enseñanzas valiosas para una Europa que se ve obligada a repensarse, sea cual sea el resultado final de la crisis.

Hablando de los sistemas en general y de las crisis en particular, Urrutia menciona una interacción fundamental y algo más familiar para los economistas: el binomio eficiencia – resiliencia, cuyo equilibrio protege al sistema de sus propios excesos. Ese complejo balance no sólo se hace cargo de las asimetrías, sino que suaviza el impacto sistémico de fallos «rutinarios» en los engranajes internos. Es más, la diversidad de esos engranajes «conforma un constructo que no puede fallar o ser capturado simultáneamente en todo sus aspectos, piezas, elementos o circuitos», una propiedad envidiable tras sufrir una crisis financiera ensañada en comportarse con la crueldad del ‘efecto dómino’. Por ello Urrutia suena acertadísimo cuando pide que Europa –si realmente tiene que elegir algo– decida especializarse en innovación y sostenibilidad sistémica antes que en la cultura entendida como un parque temático ancestral e ilustrado.

Hasta ahora uno de los temas menos tratados por los análisis de la crisis es también el que más peculiar hace el caso español: las cajas y su inevitable reestructuración. Puede ser que ese olvido se deba al mayor tirón electoral que tienen temas como las pensiones o el paro, o incluso a que el régimen de las cajas es independiente a las exigencias de los mercados, quedando un poco a la sombra de otras reformas fiscales más visibles para estos. Es cierto que Urrutia ha hablado mucho de la reforma del sistema financiero español[2], pero algo contrariado por el rapto iluminado de algunos comentaristas y su descubrimiento de que la reforma financiera es esencial para aplacar la crisis, Urrutia nos ofrece en «Reformas financieras» un preciso recuento de sus artículos sobre el tema, a la sazón ‘prólogo’ de su comentario al anuncio oficial de dicha reforma.

Comprometido con la innovación, Juan Urrutia dedica algunos de los artículos del mes («¿Pero quién es el adversario?») a comentar uno de los temas de debate centrales a ese campo: la propiedad intelectual. Con los foros de opinión españoles copados por el tira-y-afloja que rodea la famosa «Ley Sinde», Urrutia recoge un artículo sobre el tema firmado por la mismísima impulsora de la Ley de Economía Sostenible[3], al que a pesar de su fino acabado se le puede criticar una «aparente buena voluntad que se deshace en desinformación aunque curiosamente contiene algún lapsus revelador». Con todo, el peor pecado del artículo es no entrar en el verdadero debate: si es que la propiedad intelectual fomenta la creación cultural. De hecho, el argumento sobre el que se sostiene la ley no solamente ha sido superado por la irrupción de las TICs y su efecto en la producción y consumo cultural, sino que ya hay numerosos estudios económicos que demuestran que los incentivos a innovar son mayores cuando la ley ya no protege las creaciones. Incluso así, los productores sólo dejan de ganar marginalmente, pues el bienestar se incrementa al redistribuirse los beneficios en una base más numerosa. Con bondades tan claras y pareciendo que Europa tiene en el liderazgo innovador su salida más esperanzadora, no puede uno evitar –como Juan Urrutia– verlo todo en el lenguaje de los sistemas y sus complejidades.

Atendiendo al volumen informativo y a la orientación analítica del primer mes de 2011, a uno le cuesta imaginarse lo que nos esperaba apenas cuatro meses en el horizonte. El lector de esta Crónica podrá sin duda anticiparlo, entendiendo que un año que comienza lento y huele a engañosa tregua, amenaza más que esos que se abren con tormentas de fuego y azufre.

Europa 2011

5 de enero de 2011

Mucho antes de la crisis financiera se comentaba ya en las conversaciones informales de los economistas académicos cómo sería la futura división internacional del trabajo. Así se fue configurando una especie de sabiduría convencional que decía que China se especializaría en manufactura, Estados Unidos en innovación tecnológica, África y Latinoamérica en agricultura y Europa en cultura. Se apuntaba hacia la decadencia de Europa. La crisis y su última fase que auna hoy la guerra de divisas con los problemas concretos del euro, han ensombrecido todavía más el futuro imaginado de esa Europa en la que el eje franco-alemán no parece atender a las razonables requisitorias de incrementar el fondo de estabilidad financiera correspondiente a la eurozona o de hacerlo permanente, o de considerar en serio la posibilidad de emitir eurobonos cuya solvencia, al menos en parte, se garantizaría proporcionalmente entre todos. El año que se inaugura estos días va a ser crucial a estos efectos y los problemas inmediatos van a cruzarse con los menos urgentes pero más importantes relativos al reforzamiento político de Europa o, al menos de la eurozona.

Quisiera ahora argüir que el 2011 va a reforzar la idea de que la cultura en la que supuestamente se va a especializar Europa incluye no solo el aspecto parque-temático-ilustrado, sino también innovación organizativa, algo que puede llegar a ser sumamente importante. La tendencia general de los comentaristas en esta materia va en la dirección de reforzar el poder central creando lo que se suele denominar un Tesoro Único, es decir una especie de ministerio de hacienda centralizado que vise todos los presupuestos estatales, vigile su cumplimiento así como la deriva del endeudamiento y de los déficits que lo alimentan y garantice, o no, las emisiones de papel estatal así como las que se realicen en eurobonos. Aunque todo esto suena sensato, a mí me parece que la cuestión merece una consideración más detallada. A mi juicio, Europa debería constituirse en el campo experimentador de la estructuración político-económica de la globalización. Pero ¿qué es esto último y porqué habría de experimentarse en Europa?

En cuanto a la forma político-económica de la globalización es algo que no puede entenderse si no es a partir de una idea clara de lo que podríamos llamar paradigma económico. El convencional no nos ayuda demasiado pues cae justamente en el Tesoro Único que mencionaba. Quizá deberíamos reflexionar sobre un paradigma alternativo relacionado con la «vieja» teoría general de sistemas pero cuya operatividad parece haber madurado con la exploración de sistemas complejos de flujos relacionados con la ecología y con la sostenibilidad. Lo interesante de estas ideas que han sido aplicadas ya a la crisis financiera, es que la sostenibilidad de un sistema complejo exige un cierto equilibrio entre la eficiencia, una idea muy familiar para los economistas, y la resiliencia que protege al sistema de sus propios excesos. La clave está ahí, en la resiliencia. Resulta que esa noción, que evoca la capacidad de resistir, está directamente relacionada con la diversidad de los elementos constitutivos del sistema y con su conformación reticular distribuida. Esta última propiedad hace que fallos en los engranajes rutinarios entre piezas del sistema puedan ser suavizados por engranajes alternativos aunque estos nuevos no sean los más adecuados, y la diversidad conforma un constructo que no puede fallar o ser capturado simultáneamente en todos sus aspectos, piezas, elementos o circuitos.

Parece pues obvio que la globalización podría herir seriamente la resiliencia del sistema a pesar de que, tal como ya hemos visto, es muy adecuada para la eficiencia. El mundo está mejor hoy que hace tres años pues millones de personas de países emergentes están esquivando la pobreza, pero muchas personas de los países desarrollados de ayer lo están pasando muy mal justamente porque la falta de resiliencia ha hecho de la eficiencia de la que se sentían tan orgullosos un arma peligrosa para quien la usa.

Los expertos en sistemas complejos han aplicado estas ideas a la crisis financiera actual y han ofrecido la sugerencia de que el sistema podría haber resistido si hubiera habido «dineros complementarios» a la moneda de curso legal y al dinero inside creado por el sistema financiero. A un economista estas ideas le suenan raras y fuera de tono en un momento del desarrollo del pensamiento económico que parece poseer ideas más avanzadas y elaboradas sobre los sistemas financieros. Sin embargo, se me antoja que hay algo que aprender de esos expertos en sistemas complejos, cosas que precisamente Europa podría experimentar, racionalizar y perfeccionar en beneficio de todos y dentro de la especialización cultural que se le asigna.
Y, dentro de Europa, es precisamente España la que podría aportar una experiencia innovadora bien valiosa si nos decidiéramos a extender la experiencia confederal hoy existente en el País Vasco. Ya dije hace años que me parecería bueno y factible generalizar la experiencia del concierto económico y, ahora que CIU parece querer acercarse a esa figura en Cataluña, es el momento de pensárselo bien. España podría ser como un gran País Vasco en donde el poder va de abajo a arriba especialmente en materia fiscal. Las diputaciones forales recaudan y entregan una parte al gobierno vasco para que ejerza aquellas tareas que los territorios históricos les deleguen y otra parte al gobierno central para que éste ejerza funciones comunes como ejército o relaciones exteriores.

Es bien sencillo imaginar que lo mismo puede hacerse en toda Europa en materia fiscal y, justamente, de manera asimétrica. Algunas unidades político-administrativas estarían dispuestas a delegar hacia arriba algunas competencias regulatorias o supervisoras y quizá también a cooperar en la creación de fondos de previsión y de estabilidad. Todos los inversores del mundo conocerían las condiciones pactadas aunque fueran asimétricas y las tendrían en cuenta a la hora de invertir. Los distintos países de esta confederación estarían inmunizados ante el azar moral y la confederación como tal no se vería obligada a salir al rescate de ningún banco que estuviera en un país ajeno a la confederación dejando, desde luego, que los inversores privados pagaran por sus decisiones tomadas dentro de esa confederación. ¿Se lo imaginan? Yo sí.

Reformas financieras

17 de enero de 2011

En cuanto parece haber como una tregua en el mercado de deuda soberana, el gobierno español, que ha admitido sin rechistar la inoportuna consolidación fiscal, parece querer aflojar la intensidad de las reformas pendientes, como la de las relaciones laborales o la de las pensiones. En estas condiciones que se explican por razones de cohesión social y también electorales, reaparece la necesidad del reforma financiera y especialmente la reestructuración de las Cajas.

Mucho se ha hablado sobre esto y, sin embargo, creo que no se está trabajando con la suficiente energía en este frente, lo que me parece ilógico pues hay razones para modificar el régimen de las Cajas que son independientes de la exigencia de los mercados. Como las reformas laborales o las pensiones son algo aparentemente más delicado, se habla poco de las otras reformas pendientes como la de la Administración o la que ahora me interesa, la del Sistema Financiero español, cuya iniciativa correspondería al Banco de España.

No quiero explayarme en su importancia pues en el 2009, desde abril a junio, publiqué en Expansión como un pequeño ensayo en entregas sobre la materia. Me voy a permitir recomendar su relectura pues resulta pertinente estos días. En abril de ese año apareció Una Oportunidad para España, un artículo que planteaba los caminos adecuados para España en medio de la Gran Recesión y antes que comenzara esta última fase relacionada con el desapalancamiento y la consolidación fiscal.

A partir de ese momento me concentré en el sector financiero pues creía que con los retoques pertinentes podría servir como palanca de la recuperación. En mayo apareció Las Cajas y la Consolidación Financiera en un intento de hacer ver que la innovación financiera no era necesariamente perniciosa y como pórtico a los dos artículos de junio, Crisis y la Stakeholder Society y La Stakeholder Society y las Cajas en los que creo hacía ver que después de la crisis la idea de la Stakeholder Society habría de ser muy importante y debería ser tenida en cuenta al plantearnos los problemas de las Cajas y del conjunto del sector financiero.

Y justamente en julio trataba, en el artículo El Sistema Financiero como un Filtro de Proyectos, de hacer ver cómo un cambio en el sistema de gobierno de los Bancos podría dar respuesta a las demandas de esa Stakeholder Society sin necesidad de defender el status quo de las Cajas como única estrategia hacia esa «sociedad de concernidos».

Termino diciendo que, puesto que nada de esto se ha hecho, no es de extrañar que alguien como J. I. Goirigolzarri salga a la palestra para dejarnos vislumbrar que la clave está precisamente en las reformas financieras.

Estos fríos días de invierno son un buen momento para releer los artículos enlazados en este post y reflexionar seriamente sobre la materia. Que ustedes disfruten.

Y el adversario era…

19 de enero de 2011

Como pueden ver aquí al lado, la presentación a la que ayer les invitaba fue un éxito, tanto por el acierto en el diseño de la colección como en la presentación propiamente dicha que, además de incidir en la frase a lo Gertrud Stein que diría que «un bit es un bit, es un bit», puso sobre la mesa la clarificación de quien es el adversario de unos (creadores) y otros (internautas).

Se trata desde luego de quienes tienen el poder de diferenciar el producto y discriminar precios, es decir del operador y dueño de la red de banda ancha y de todos aquellos que, de una manera o de otra, pueden establecer barreras de entrada a un negocio que pretende crear riqueza en la Red.

Sin embargo, justamente porque en la red hay rendimientos crecientes por la parte de la demanda podemos ser menos pesimistas y pensar que una innovación realmente potente puede saltarse las barreras e incluso derribar al tirano sea cual sea el pedigrí de éste. Justamente porque el viento de una red neutral empujará al innovador.

Sí, siempre hay un Amancio Ortega que desplaza a un Cortefiel empezando de cero gracias a una «pequeña» innovación logística y a la red que implícitamente crea por el «boca a boca» u «ojo a ojo».

Reforma del sistema financiero

25 de enero de 2011

Ayer se anunció finalmente la reforma del sistema financiero con especial incidencia sobre las Cajas, cualquiera que sea su forma jurídica al día de hoy. Si no mantienen una ratio determinada de capital básico sobre activos ponderados por riesgo, tanto Cajas como Bancos deberán capitalizarse. Y hoy a las 11 de la mañana el Ibex 35 desciende a causa de la caída de los Bancos que sí cumplen las nuevas y previsibles exigencias. La explicación más simple es que se espera que algunos de esos Bancos tengan finalmente que hacerse cargo de algunas Cajas bajo la mirada paternal del Banco de España. Tal como se calcula, la ratio de capital podrían hacerlo y esto a medio plazo puede ser bueno para sus accionistas. Es decir que, o bien los bolsistas son miopes y se ganan la vida a poquitos (recogiendo beneficios por ejemplo) o bien algo se me escapa y hay una información soterrada que desconozco.

Axel vs. Paul y la independencia de los Bancos Centrales

27 de enero de 2011

Axel, en su inglés de caballero victoriano, tilda en VOXEU de trileros a los Bancos Centrales que, como la FED o el BCE, han rebajado los tipos a los que proporcionan liquidez a la banca a prácticamente cero. Su razonamiento es aparentemente correcto puesto que un banco obtiene reservas a coste cero y las invierte en deuda pública a un 3% haciendo así un beneficio que le permite mantener unas cuentas saneadas. Esta especie de subsidio a la banca que se convierte en endeudamiento soberano se paga finalmente por los contribuyentes.

Paul, en su inglés puntiagudo de personaje de Woody Allen, recuerda en el NYT que el argumento se olvida del plazo, pues los bancos piden prestadas reservas a un tipo a corto de cero y prestan a un tipo a largo del 3% y que como este tipo a largo es como la media de los futuros tipos esperados a corto durante el período de maduración de la deuda, es posible que en algún momento de ese futuro, un banco tenga que pagar un interés por sus apelaciones al Banco Central, o por los depósitos que atrae, mayor que el que recibe de los bonos soberanos que tiene en su cartera o que se vea obligado a desprenderse de esa cartera a pérdida.

Hay que decir que Axel ya ha pensado en esto puesto que reconoce que el proceder de la FED o del BCE puede ser peligroso precisamente por las razones esgrimidas por Paul e incluso nos avisa de que es muy probable que eso ocurra si se quiere evitar la deflación o sostener el dólar; pero en cualquier caso lo interesante de lo que tiene que decir el caballero victoriano es algo un poco más sutil.

Le concede Paul que las cuentas de los bancos no tienen en cuenta la pérdida esperada por lo que es posible que esas cuentas estén «artificialmente» hinchadas. Y ambos hacen alusión a las posibilidades que esas cuentas han proporcionado de mantener los bonus de los ejecutivos. Lo que añade Axel es que existe el agravante de «nocturnidad» pues es muy difícil calcular en cuánto están las cuentas hinchadas cuando el subsidio se realiza con ocultación y por debajo de lo que el «radar de la opinión pública» puede detectar.

No parece que el agravante de «nocturnidad» pueda aplicarse en estos tiempos donde la información está en todas partes; pero lo que agradezco de su argumento es la preocupación por la transparencia de las instituciones y, todavía más, su andanada contra la independencia de los Bancos Centrales responsables de mantener el nivel de precios a niveles razonables. Es difícil defender con excesivo celo esa independencia puesto que, en cuanto que la Política Monetaria tiene, o puede tener, efectos distributivos, no deberíamos confiar en esa independencia que puede propiciar su captura por aquellos a quienes beneficia la falta de neutralidad distributiva.

Con todo esto no quiero decir que me parece mal el QEII puesto que me parece necesario, pero si digo que si es necesario debe decirse así especificando también los efectos distributivos. De hecho me parece peor la forma de actuar del BCE que ni siquiera confiesa que hace lo que cree que hay que hacer.

Comentarios

[1] Un ejemplo puntual de esto es, si Brasil o China pueden servir de «laboratorios sociales» impelidos por el desarrollo económico, el caso boliviano, que se hace interesante desde el punto de vista sociopolítico. Con un gobierno surgido desde los movimientos sociales y que institucionaliza el poder social y las formas comunitarias, el boliviano podría constituirse en un modelo a seguir por los países tocados por la «Primavera Árabe». Boaventura de Souza Santos, uno de los más notables sociólogos de estos tiempos, ha trabajado ya varios de esos conceptos, incorporándolos en su obra.

[2] En esta misma Crónica, uno puede referirse a los textos que van de Abril a Junio de 2009.

[3] Lo de «Ley Sinde» viene del apellido de la Ministra de Cultura que impulsa el proyecto legislativo, no por la contracción de «Sin Descargas», como se deduciría de una de las principales consecuencias de esta ley.

Competencia «fratricial» y gobernanza global

Crónica de una Crisis | Febrero 2011

Prólogo

¿Qué significa ser economista hoy? Si hace pocos meses nos preguntábamos si la economía había perdido su trono entre las ciencias sociales, hoy lo que experimentamos es por lo menos una crisis de identidad. Hasta parecería que nos hemos quedado sin herencia, o al menos eso nos sugiere la lectura de un artículo de Samuel Brittan –que comenta aquí Juan Urrutia– en el que los economistas nos llevamos palos por formar cultos alrededor de sabios ancestrales, como si estuviésemos condenados a restringir nuestras ideas al dominio de la caducidad de una sola generación. Un argumento tan ramplón que hace parecer menos ridícula la idea de sinonimizar identidad y autoría, como nos cuenta Urrutia hacen algunos museos, «revolucionando» el arte etnográfico. Sí, sería tontísimo intentar ponerle una etiqueta de autoría a la crisis (Hayek, Smith, Greenspan o la que quieran), pero no por eso nos parece menos erróneo el inmovilismo de las instituciones doctas, que comenta también en este mes Juan Urrutia. Bueno, echémosle la culpa a los puntos ciegos de nuestra inercia.

En un mes particularmente breve como Febrero, no sorprende que –además todavía en esa tregua implícita de la que hablábamos en Enero pasado– los textos recogidos en la crónica sean pocos y se decanten más por exploraciones filosóficas que por el correlato. A día de hoy sabemos que se avecinaba un recrudecimiento significativo en la crisis de la eurozona, pero en un mes que huele tanto a transición como Febrero, si fuésemos malos poetas diríamos que todo se comportaba con la calma que antecede a la tormenta. Ya habrá tiempo para hablar también de eso. Aprovechemos el remanso para tocar temas importantes de verdad.

Apenas comenzado el mes, Juan Urrutia nos presenta un número especial del Journal of Economic Methods dedicado a la crisis financiera, enfocándose en el artículo «The economic profession, the financial crisis and the method» de David Colander. Urrutia se interesa por este texto al tratar dos temas que a él le parecen fundamentales:

La diversidad de modelos y los incentivos de cada institución docta (…) los dos puntos que explicarían por qué algunos economistas se sienten un poco incómodos ante una profesión que no parece dispuesta a mover un centímetro su manera de hacer las cosas ni a dar aire y espacio a la heterodoxia.

El problema en sí no está en el inmovilismo derivado de una corriente dominante en una profesión, sino en que si no existe una multiplicidad de modelos a los que se puede recurrir para el análisis, es más probable que no conozcamos sus limitaciones e implicaciones para la política económica, o que vaya quedando rezagado respecto a la evolución y complejización del mundo. La pregunta lógica es «¿Por qué sucede esto?», Urrutia cree con Colander que esta stasis autoaniquiladora es un efecto colateral de los sistemas de incentivos universitarios, basados en rankings cuyos defectos ya se sopesaron en anteriores secciones de la Crónica. Así, entre un proceso de evaluación anónima sometido a un grupo de pares de opinión bastante homogénea e incentivos de las instituciones de investigación que consolidan esa monotonía, más que un sesgo, lo que sufre la innovación de modelos económicos es un corsé constrictor.

Ni Colander ni Urrutia dan con una solución inmediata o total, pero consideran que el problema amerita una reforma drástica de la currícula de las escuelas de graduados en economía, «poniendo el punto sobre las íes» en el modelo DSGE y fomentando aproximaciones que quiebren la falsa armonía del discurso macroeconómico. De hecho, Urrutia ve en estas debilidades problemas de incentivos en las instituciones que componen la ciencia económica, por lo que mientras estas no cambien, será imposible cambiar el método económico. Considerando que la economía neoclásica existe como ciencia hace relativamente poco, es natural que se vayan produciendo quiebres radicales que avancen nuestra comprensión del mundo y de la profesión, como ha sucedido con la física, la medicina, la filosofía y otras ciencias… pero si es que el sistema se empeña en asfixiar todos los brotes innovadores, las posibilidades de que esto suceda son cada vez más pequeñas.

En «Competencia ‘fratricial’ y gobernanza global», la otra pieza central del mes, Urrutia nos sorprende rescatando a Adam Smith para hablar de gobernanza global. No es tan inusual si recordamos que Smith fue confidente de Hume y hasta dedicó una de sus obras capitales («Teoría de los sentimientos morales») a tratar las conformaciones sociales desde un punto de vista filosófico. Juan Urrutia nos invita a recuperar también el gran hit de Smith, «La riqueza de las naciones», para tomarlos como pilares de lo que él considera podría servir como principio para enfocar el problema de la gobernanza global[1]. Así, Urrutia comienza su exposición como Smith, con un pie en la filosofía y el otro en la economía:

Mi posición de partida es que no hay manera de defender la compatibilidad entre la competencia libre y la cohesión social sin, al mismo tiempo, reconocer que la mayor parte de la competencia se lleva a cabo en el seno de una sociedad compuesta por individuos unidos por lazos de sociabilidad que conforman una identidad (ver el libro de G. A. Akerlof y R. E. Kranton, Identity Economics, Princeton, 2010).

Lo que Urrutia nos propone en esencia es que la sociabilidad y la competencia son procesos análogos, que se construyen sobre nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro para comprenderlo o anticiparlo. Así, cuando ponemos a un grupo heterogéneo de personas a interactuar, el «juego evolutivo de sus pautas de comportamiento» alcanzará eventualmente un equilibrio, que puede ser asimétrico o contener diversas identidades. Trasladando este proceso al ámbito global, lo que nos toca preguntarnos es si es que el contacto entre comunidades deriva en algo parecido a una «comunidad fratricial global». Urrutia nos recuerda que Smith resolvió el problema desde la competencia (donde se produce una estabilidad de mercado en la que se puede confiar), pero el problema de la sociabilidad, de la convivencia, aún queda pendiente.

Juan Urrutia se anima a sugerir un camino hacia su probable solución. El juego evolutivo determinará si es que un equilibrio es posible o no, si es que surgirán nuevas identidades globales o se producirá una estructura homogénea, pero lo cierto es que la ruta hacia ese objetivo debe seguir la competencia fratricial –otra de las ideas recurrentes en el pensamiento de Urrutia. ¿Y cómo se logra eso?

[El programa] Erasmus y el aprendizaje de idiomas van en esa línea, el turismo intraeuropeo es de gran ayuda y la creciente integración económica, la directiva sobre servicios y la movilidad de trabajadores contribuyen también significativamente. Surgirá, sin duda, la nostalgia nacionalista, pero si queremos un eslogan movilizador, yo propongo uno: más Erasmus y menos Tesoro Único. Por eso de no empezar la casa por el tejado.

Apostar por la competencia como argamasa social global constituye una importante declaración ética que no debería sorprendernos proviniendo de Juan Urrutia. Haya seguido cronológicamente esta crónica o no, el lector sin duda conoce su compromiso con la ciencia económica como forma de vida, como un horizonte moral no dogmático que conduce su accionar. Así, con ese ojo que tiene para conectar la economía con la filosofía y el arte, encontrando poesía en esos vínculos reveladores, nos sentimos invitados a acompañar a Urrutia en su confianza en la competencia fraternal como una de las posibles lecturas contemporáneas del humanismo. Y ya que estamos filosóficos, ¿es la crisis un acontecimiento apolíneo o dionisíaco? Habrá que preguntárselo a Juan Urrutia.

JEM: Colander

2 de enero de 2011

El Journal of Economic Methodology (JEM), en su número de diciembre del año pasado ofrece un Simposio sobre la crisis financiera con una Introducción de K. Hoover y tres artículos escritos por Don Ross, David Colander y Stan du Plesis. Pretendo ir comentando estos tres artículos en este blog comenzando por el de Colander. Su título es «The economics profession, the finacial crisis, and method».

Quizá vaya a simplificar un poco su artículo, pero no importa pues su mensaje es claro al menos en los dos extremos que me interesan: (1) La diversidad de modelos y (2) Los incentivos de cada institución docta. Creo que estos son los dos puntos fundamentales que explicarían por qué los economistas, o algunos economistas, se sienten un poco incómodos ante una profesión que no parece dispuesta a mover un centímetro su manera de hacer las cosas ni a dar aire y espacio a la heterodoxia.

La crisis nos ha hecho ver no tanto que no se haya previsto, sino más bien que para ver venir estos «cisnes negros» se necesita una profesión más abierta que permita la proliferación de modelos macroeconómicos distintos y en la que se conozcan las limitaciones de cada modelo así como sus implicaciones para la política económica. En el caso particular de Colander, coautor con Kirman et al. de un artículo que no pasó desapercibido («The financial Crisis and the Systemic Failure of the Economic Profession», Critical Review, 2009), este autor nos hace ver que no se trata de una queja sobre el uso de las matemáticas sino si acaso sobre el uso de unas matemáticas demasiado sencillas para la complejidad del problema del funcionamiento de un sistema económico necesariamente complejo:

Para llegar a tener una esperanza de capturar la crisis con un modelo…seguramente se necesita un modelo complejo, dinámico, no lineal y anidado con muchos agentes heterogéneos o incluso un modelo agent-based anidado: estos modelos son tan complejos que no tienen soluciones analíticas ni tampoco resultados definitivos. En general solo pueden ser solucionado mediante simulaciones.

No es de extrañar por lo tanto que la gran mayoría de la profesión trabaje en el denominado modelo Dynamic Stochastic General Equilibrium (DSGE) porque tiene detalles muy de agradecer como son la modelización de la racionalidad forward looking y la dinamicidad; pero el problema es, dice Colander, que se convirtió y sigue así, en el único modelo con lo que resulta que, lejos de fomentar el uso de modelos alternativos para abrir el ángulo de la mirada, se convierte en unas orejeras que impiden ver el paisaje en toda su amplitud.

Y ¿por qué habría de ocurrir esto? La respuesta de Colander me encanta pues coincide con el fondo de lo que yo trataba de decir el día pasado al hablar de la excelencia. Los incentivos de las instituciones doctas, en general universidades, están establecidos y funcionan mediante rankings basados en las publicaciones y en el impacto de las revistas en las que se publican. Es bastante evidente que, en esas circunstancias, no podemos esperar la diversidad de modelos puesto que el proceso de evaluación anónima está sesgado de antemano.

El autor, ante esta situación, se muestra poco esperanzado de salir de este círculo vicioso pero, por si acaso, formula tres recomendaciones que él mismo considera poco efectivas al menos a corto plazo. Pero para terminar me interesa más destacar su crítica a la eliminación del Curriculum o Syllabus de las escuelas de graduados de asignaturas como la Metodología o la Historia del Pensamiento Económico (que yo me atrevería a considerar como viveros de ideas nuevas) y la convicción de que no se puede olvidar lo aprendido ni arrumbar aproximaciones poco convencionales por el mero hecho de que no sean apreciadas en una carrera investigadora miope que se limita a poner los puntos sobre las íes en el modelo DSGE.

La lectura de esta especie de reseña no exime de leer el original que rebosa de comentarios sabios bien documentados. Quizá pueda cerrarla subrayando que estas debilidades de la profesión son una cuestión de incentivos en las instituciones donde se hace la teoría económica:

Mientras estas instituciones no cambien el método no cambiará.

Competencia `fratricial´y gobernanza global

12 de febrero de 2011

– Publicado en Expansión –

En La Mirada del Economista de enero (Europa 2011) debatía indirectamente sobre la gobernanza de Europa. Hoy quiero elevar la mirada inquiriendo sobre el problema de la gobernanza global, pues, si fuéramos capaces de encontrar un principio-guía abstracto, es de suponer que de él pudiera extraerse algún corolario menos abstracto y más práctico sobre la gobernanza europea. Pues bien, aprovechando la lectura de la reciente biografía de Adam Smith de N. Phillipson (Adam Smith. An Enlightened Life, Yale U.P. 2010), pretendo argumentar que si nos tomamos en serio la unidad de pensamiento de este amigo de Hume y, como él, figura central del Scottish Enlightenment, puede que podamos hacernos una primera idea sobre cómo alcanzar una verdadera gobernanza global.

Sabemos que Adam Smith dictó clases y conferencias en Glasgow y Edimburgo sobre materias varias que deberían completar su edificio intelectual, pero lo que nos ha quedado de verdad son dos piezas básicas que lo mantienen de pie. La primera sería la Teoría de los Sentimientos Morales (1759) y la segunda La Riqueza de las Naciones (1776). Mientras esta última nos habla de las ideas hoy centrales en economía, como la determinación de los precios y la asignación de recursos en el mercado, la primera se planteó el problema realmente básico, el problema de la sociabilidad; es decir, cómo puede ser que formemos una sociedad con convenciones aceptadas por cada uno de sus miembros porque los demás las aceptan. A partir de estos dos pilares aspiro yo a decantar un principio-guía que nos permita delinear el camino hacia esa gobernanza. Sin un principio así, no hay esperanza de poder enfocar bien el problema y reconocer su dificultad.

Economía y filosofía moral. Que la cuestión está ahí pendiente de ser resuelta no puede dudarse por nadie que haya observado los detalles de la reciente visita de Hu Jintao a Washington. Obama y él han hablado de problemas surgidos de la competencia comercial y de derechos humanos. Es decir, de un asunto económico y de un asunto de filosofía moral. Lo primero pertenece a las preocupaciones de La Riqueza…, y lo segundo es un ejemplo de lo que trata de esclarecer la Teoría… Mi posición de partida es que no hay manera de defender la compatibilidad entre la competencia libre y la cohesión social sin, al mismo tiempo, reconocer que la mayor parte de la competencia se lleva a cabo en el seno de una sociedad compuesta por individuos unidos por lazos de sociabilidad que conforman una identidad (ver el libro de G. A. Akerlof y R. E. Kranton, Identity Economics, Princeton, 2010). Pensemos, pues, en la sociabilidad o la identidad a partir de la Teoría, según la cual esa sociabilidad está basada en la capacidad, no necesariamente innata, de ponernos en los zapatos del otro y anticipar sus reacciones (empatía). Lo bonito de este programa de trabajo que propongo es que la forma de alcanzar la sociabilidad global y el proceso competitivo en el mercado se parecen en el fondo como dos gotas de agua. Veámoslo.

Pensemos en un grupo de personas y dejémosles interaccionar entre ellas de forma que tengan que elegir entre diversas y diferentes pautas de comportamiento, normas, modas o valores. En este juego evolutivo se experimenta con pautas de conducta alternativas hasta que, con el tiempo, se alcanza un equilibrio en el que ya nadie modifica sus pautas de conducta por mucho que se siga experimentando. Ese equilibrio puede ser asimétrico conteniendo identidades varias. Éste sería el caso de la sociedad europea, puesto que no sólo unos conducen por la derecha y otros por la izquierda, sino que, además, unos se diferencian de otros en materias más relevantes como, por ejemplo, las fuentes de las que emerge el derecho. Pero también podría darse el caso de un equilibrio simétrico. En este último caso, hablamos de una identidad única y de la correspondiente comunidad como algo fratricial.

Continuemos pensando que de esta forma se han configurado diversas comunidades fratriciales o identidades y planteémonos de frente el problema de la gobernanza global. Es claro que ésta podrá establecerse si a partir del contacto entre estas comunidades va surgiendo poco a poco algo que se parezca a una comunidad fratricial global. Éste es el único problema, proveniente de la Teoría de Adam Smith, que nos queda pendiente, pues si lo solucionáramos sabemos por La Riqueza que en esa única comunidad fratricial la competencia en el mercado trae consigo una cohesión social en cuya sostenibilidad se puede confiar. Pues bien, no hay manera de garantizar que del contacto entre comunidades fratriciales vaya a surgir una única identidad, sino que muy bien pueden surgir varias identidades o mantenerse las antiguas.

El trabajo para conseguir alcanzar la gobernanza global no autoritaria está ahora finalmente claro. Consiste en seguir jugando el juego evolutivo en la esperanza de que la interacción entre todos los individuos del mundo, presumiblemente mediante el contacto entre sus comunidades fratriciales, acabe conformando convenciones universalmente reconocidas y utilizadas. Si esto llega a ocurrir, diremos que la competencia entre pautas de conducta de diferentes comunidades identitarias ha llevado a una asignación de las mismas que hace que nadie quiera utilizar otras. Naturalmente que en este contexto la espontánea gestión de las cosas a través de la competencia en el mercado constituye el principio-guía de la gobernanza global que buscábamos. La clave de la gobernanza global es pues la competencia fratricial.

Y de aquí surge el corolario para Europa. Compitamos tanto en la formación de sociabilidad e identidad europeas, tratando de ‘exportar’ la propia de cada uno, como en la producción de bienes y servicios y en los intercambios comerciales. ¿Cómo fomentar esa competencia fratricial? Erasmus y el aprendizaje de idiomas van en esa línea, el turismo intraeuropeo es de gran ayuda y la creciente integración económica, la directiva sobre servicios y la movilidad de trabajadores contribuyen también significativamente. Surgirá, sin duda, la nostalgia nacionalista, pero si queremos un eslogan movilizador, yo propongo uno: más Erasmus y menos Tesoro Único. Por eso de no empezar la casa por el tejado.

Comentarios

[1] Podemos sospechar que los lectores de esta Crónica que no tengan pecados formativos economicistas, querrán exclamar ahora «¡Típico de un economista!» y comenzarán a barajar su arsenal de autores (de Rosseau a Bourdieu pasando por Derrida y Webber) favoritos y «adecuados» para tratar el tema de las sociedades. Urrutia se nos adelanta y recurriendo a una conversación entre Obama y Hu Jintao, nos aclara que casi todas las discusiones se pueden entender desde la economía y la filosofía moral.

Bailando con la incertidumbre

Crónica de una Crisis | Marzo 2011

Prólogo

Continuamos en aguas mansas, aunque entre el final del invierno y la acumulación de tragedias globales, uno pecaría de solipsismo al llamarlas ‘tranquilas’. Son aguas inciertas, nos apunta cual experimentado capitán, Juan Urrutia. Y vaya que tiene razón. Aunque siempre ha habido agoreros que le ponen fecha al fin de los tiempos, no es que ahora nos acerquemos a ese inevitable final más rápido que antes –como quisieran hacernos creer al citar la seguidilla de tsunamis, sismos, tifones y demás desastres–, sino que con el riesgo más controlado que nunca[1], los shocks de incertidumbre, los acontecimientos que no podemos predecir, son cada vez más catastróficos y extremos. En ese tenor, Urrutia dedica sus artículos de marzo a tratar el tema de la incertidumbre, pero también habla de los mercados desde un punto de vista Hegeliano, regalándonos interesantes reflexiones en el último mes de ‘meseta’ de la crisis financiera.

Siguen los ecos paranormales, pues no ha terminado de comenzar marzo y Juan Urrutia contesta la pregunta con la que cerrábamos el prólogo de Febrero pasado, como si pudiese leernos la mente:

Apolo se ha dado cuenta de que su coraza delimitadora del mundo tiene fisuras por donde se oyen las risas de Dioniso. Risas que no pueden ser caracterizadas unívocamente.

Entendemos al instante que había algo bastante ingenuo en preguntarse si una crisis es dionisíaca o apolínea, pero más allá de ese pequeño pecado, lo que importa es extraer la lección escondida en esa pregunta, cosa que intenta hacer Juan Urrutia con nosotros –sus lectores y (ojalá) los economistas– en «Bailando con la incertidumbre».

En este artículo, Urrutia repara en lo que representa vivir en un mundo dominado por la incertidumbre, por mucho que demos al riesgo por domado y controlado. La evidencia que nos ofrece para respaldar su argumento es contundente: los acontecimientos catastróficos que, por mucho que contemos con los métodos para calcular su ocurrencia, no podemos predecir al estar más allá de la probabilidad. Y no hablamos de ‘actos de Dios’ o desastres naturales, pues el colapso financiero de 2008 es uno de esos acontecimientos. Para comprender el funcionamiento de estos acontecimientos e intentar adaptar el sistema a su aparición, debemos reconocer que domar la incertidumbre demanda pensar de una forma muy distinta a las más sofisticadas maquinarias inductivas. Pero ese no es el punto, ya que predecir la incertidumbre es en sí un oxímoron, lo que Urrutia nos recomienda hacer es:

[R]enunciar a calcular nada y concentrarnos en manejar, gestionar, lo que seguiremos llamando riesgos –quizá ya con comillas– pero que son verdaderos acontecimientos que deben ir pasando de inconcebibles a imaginables para más tarde quizás ser calculables en algún sentido que yo no imagino.

Un primer paso posible, nos sugiere Urrutia, es clasificar y medir las opiniones de forma flexible e inteligente, para así ampliar el «abanico de nuestra imaginación» a través de una red. De ahí pasaríamos a pensar en las formas óptimas de gestionar esa información, ya no intentando «maximizar un aspecto de la realidad, sino [procurando] el mantenimiento del sistema». Lamentablemente:

Esto es algo difícil para los economistas que no logramos entender la diferenciación que muchos otros hacen entre eficiencia y eficacia. Esta eficacia podría ser el correlato de la resiliencia. Puede no ser un óptimo paretiano, lo único eficiente para un economista, pero permite una mayor solidez de un sistema que no necesariamente persigue el bien social quizá porque no sabe muy bien qué cosa sea eso del bien social.

Haciendo una breve parada en las recomendaciones del «Grupo de los 100» y en las ambiguas medidas del BCE, Urrutia se fija en los mercados de valores, que con diversos ajustes siendo considerados a nivel europeo, vuelven a estar en el tapete de discusión; pero como es felizmente usual en él, en lugar de dejarse arrastrar por el campo gravitacional de la coyuntura, Juan Urrutia le da una vuelta de tuerca al tema y comienza a pensar en los Mercados como si le hubiesen encargado a un filósofo imaginar los predicamentos de Hegel como bróker. Así, en su artículo «Bolsas, transparencia y diversidad» Urrutia nos dice que:

Se habla de los Mercados como unas fuerzas telúricas que obligan a los Estados a comportarse de ciertas maneras no necesariamente aprobadas por sus ciudadanos. ¿Qué diría Hegel? ¿Sería para él el Mercado[2] como una encarnación del Espíritu Universal alternativa al Estado? Si queremos contestar siquiera mínimamente la posición de Hegel en su «Fenomenología del Espíritu», es imprescindible problematizar previamente la aportación de estos Mercados a la transparencia y al mantenimiento de las ventajas derivadas de la diversidad como garantía de resiliencia de este sistema complejo que es hoy la economía global.

Puesto en esas vías, Urrutia se vuelca a traducir los mercados en los términos más hegelianos posibles. Las Bolsas, nuestro objeto de estudio, son un mercado entendido como un artefacto intelectual en el que se garantiza el valor de los títulos que intercambian los compradores por medio de ciertos intermediarios, generándose un fondo de compensación y la información de las transacciones realizadas. Por esto es posible que una bolsa cotice a su vez en esa misma bolsa. Algo que parece a ojos de Urrutia «filosóficamente imposible, pero que es muy útil pues permite la especialización o su contrario, la diferenciación de costes, las eventuales fusiones entre Bolsas e incluso la competencia entre ellas basada en la calidad de sus servicios». De esto se desprenden dos elementos esenciales para que los Mercados puedan dar respuesta a nuestra duda Hegeliana: la transparencia y la diversidad.

Que existan Bolsas no significa que no se pueda transar fuera del mercado, posiblemente con algunas ventajas. La transparencia es, por tanto, una cuestión de información, de poder determinar si es que entrar en el Mercado es más conveniente para un intermediario o para sus clientes (oferentes y demandantes). En cuanto a la diversidad, el tema nos remite a la relación entre la resiliencia y el grado de diversidad que tengan las Bolsas. Esto es algo que hay que analizar ante la tendencia reciente de fusionar las Bolsas como medida para competir con mercados financieros innovadores. Urrutia nos recuerda que la diversidad de los mercados ayuda a incrementar la resiliencia del sistema económico, evitando el contagio generalizado:

No entonemos [entonces] loas a la concentración de Mercados por presuntos argumentos de igualdad de oportunidades para la diversificación de carteras en los distintos lugares o posiciones sociales desde los que se actúe como inversor. Defendamos más bien la diversidad y una cierta opacidad como formas de evitar crisis como la financiera del 2008. La opacidad adecuada anima a los inversores lo que hace de los Exchanges lo que nunca han debido dejar de ser, el motor de la creación de riqueza a través de la canalización productiva del ahorro.

Animado por lo que parece destrabar la afiebrada tendencia a la consolidación de los mercados –justificada en la necesidad de controlarlos mejor para evitar colapsos como el de 2008–, Juan Urrutia se imagina a un Hegel en jaque y concluye:

«En estas condiciones [la encarnación] que daría sentido a los anhelos del Espíritu no sería el Estado con sus sesgos homogeneizadores, sino los Mercados con sus posibilidades de diversidad y de aprovechamiento de todas las oportunidades».

Algo por demás a tono con nuestros tiempos, más líquidos[3] que posmodernos. Al final todo esto cuaja perfectamente con lo que un ingenioso Juan Urrutia nos sugiere como tarea para el futuro cercano:

una redefinición de [nuestra forma de lidiar con la información y la incertidumbre], sobre todo, un aprendizaje del baile como instrumento de conocimiento [puesto que] no tenemos más remedio que bailar con la incertidumbre aunque a veces los acontecimientos, que son su contenido ineludible, se disfracen de lobos.

Bolsas, Transparencia y Diversidad

3 de marzo de 2011

– Publicado en Expansión –

Se habla de los Mercados como unas fuerzas telúricas que obligan a los Estados a comportarse de ciertas maneras no necesariamente aprobadas por sus ciudadanos. ¿Qué diría Hegel? ¿Sería para él el Mercado como una encarnación del Espíritu Universal alternativa al Estado? Antes de contestar a esta pregunta filosófica debemos recordar que cuando últimamente se menciona la palabra Mercados, nos estamos refiriendo a los Exchanges (Bolsas) o, lo que es equivalente, a los Mercados organizados en los que se intercambian títulos valores de diverso tipo y todos ellos relacionados directa o indirectamente con las posibilidades de un Estado de financiar sus déficits y conservar su independencia. Si queremos contestar siquiera mínimamente la posición de Hegel en su Fenomenología del Espíritu, es imprescindible problematizar previamente la aportación de estos Mercados a la transparencia y al mantenimiento de las ventajas derivadas de la diversidad como garantía de resiliencia de este sistema complejo que es hoy la economía global.

Dejemos pues de pensar en mercadillos domingueros y pensemos en los mercados organizados de materias primas o de futuros sobre ellas y, especialmente, en el Mercado de Valores (Bolsa) en el que compradores y vendedores, a través de agentes especializados, contratan con el denominado Mercado que es el artefacto intelectual y ya digital que garantiza que los títulos valores comprados serán declarados propiedad de dicho comprador, apuntados como tales en los almacenes de datos del artefacto, al tiempo que el dinero contante y sonante es entregado al vendedor o depositado en su cuenta con el intermediario que está capacitado para intermediar en este Mercado que, a su vez y como tal, mantiene una cámara de compensación y genera información ordenada y transparentes de cantidades intercambiadas y de los precios a los que se han efectuado las transacciones.

Teniendo en cuenta esas características no es de extrañar que una Bolsa, Mercado de Valores o Stock Exchange, cotice a su vez en esa misma Bolsa, algo que tiene algo de mágico pues parece filosóficamente imposible, pero que es muy útil pues permite la especialización o su contrario, la diferenciación de costes, las eventuales fusiones entre Bolsas e incluso la competencia entre ellas basada en la calidad de los servicios. A pesar de este milagro, resulta que las Bolsas en general están perdiendo transacciones ya que muchas de éstas se han empezado a realizar a través de otras instituciones distintas que, sin contar con todas las características que hemos mencionado, sí cuentan con un hacedor de mercado (market maker) que juega el papel de intermediario y garante de una clearing house (cámara de compensación) en algún producto financiero novedoso (generalmente derivado de productos más básicos) y que no es un pool ciego sino que cruza demandas y ofertas concretas de demandantes y oferentes bien identificados que se ponen de acuerdo over the counter.

En estas circunstancias cabe pensar de manera natural en fusiones entre ellas como la que dio resultado en España a Bolsas y Mercados Españoles (BME). El fenómeno es, desde luego, general tal como muestran las últimas noticias sobre la oferta de la Deutsche Börse sobre el NY Stock Exchange (y su rama Euronext que actúa en productos distintos que las acciones) y de la de Londres sobre la de Toronto, pendientes ambas de aprobación administrativa. Estas ofertas de compra y las posibles fusiones inmediatas nos hacen pensar en dos temas básicos y necesarios para contestar a nuestra pregunta filosófica: la transparencia y la diversidad.

Con relación a la transparencia preguntémonos sobre las posibles y paradójicas ventajas asociadas a la falta de transparencia, es decir sobre las ventajas que mercados over the counter, o suficientemente dispersos, pueden tener sobre lo que he llamado Exchanges. Como explican M. A de Frutos y C. Manzano en un artículo del 2002 en el Journal of Finance nº 57, en este segundo caso las ofertas de precios, de compra y de venta, son públicas de forma que los intermediarios con acceso al mercado conocen los precios ofrecidos por sus competidores. En el primer caso los acuerdos son bilaterales de manera que los intermediarios no saben si están en línea o no con sus competidores. Desde el punto de vista del inversor es más ventajoso este segundo caso porque los intermediarios que necesitan alcanzar un cierto nivel de transacciones para mantener su negocio no pueden arriesgarse a ofrecer solamente diferenciales marginales para atraer clientes sino que es inteligente por su parte ofrecer condiciones agresivamente mejores para el inversor.

En cuanto a la diversidad cabe preguntarse sobre la relación existente entre la resiliencia de los Exchanges y la diversidad que pueda existir entre ellos especialmente a la luz de las tendencias a fusionarse para luchar contra la competencia de los pequeños cuasi-mercados que emergen al compás de la invención de nuevos productos financieros. Estudios bien conocidos (por ejemplo Ulanowicz et al. en el nº 14 del Journal of Future Studies, 2010 ) sobre problemas análogos nos hacen sospechar que la diversidad de Mercados ayudaría a la resiliencia del sistema económico por una razón que, de manera intuitiva, podríamos asimilar al efecto de los cortafuegos que impiden el contagio generalizado. Ventaja, notémoslo, que se acrecienta con las ventajas mencionadas de una cierta opacidad.

No entonemos loas a la concentración de Mercados por presuntos argumentos de igualdad de oportunidades para la diversificación de carteras en los distintos lugares o posiciones sociales desde los que se actúe como inversor. Defendamos más bien la diversidad y una cierta opacidad como formas de evitar crisis como la financiera del 2008. La opacidad adecuada anima a los inversores lo que hace de los Exchanges lo que nunca han debido dejar de ser, el motor de la creación de riqueza a través de la canalización productiva del ahorro, y la diversidad en general colabora a la resiliencia del sistema. En estas condiciones creo que hemos puesto en un brete a Hegel. La encarnación que daría sentido a los anhelos del Espíritu no sería el Estado con sus sesgos homogeneizadores, sino los Mercados con sus posibilidades de diversidad y de aprovechamiento de todas las oportunidades.

El grupo de los 100 y el BCE

14 de marzo de 2011

Recientemente me han llamado la atención dos noticias. El grupo de los cien formado por economistas de reconocido prestigio está de acuerdo con la «exigencia» alemana de desconectar la negociación colectiva y la inflación, relacionando la cuestión salarial con la productividad. Por otro lado el BCE, por boca de su gobernador Trichet, sugiere con las nunca claras palabras que caracterizan a la banca central, que si esto del petróleo sigue así igual considerarían subir el tipo de interés de referencia. Se me ocurre que en ambos casos se debería considerar solo la inflación subyacente sin contar el peso del precio del petróleo pues la inflación es siempre un fenómeno monetario y no debe confundirse con cambios en el nivel de precios por recurrentes que estos puedan llegar a a ser.

Bailando con la incertidumbre

18 de marzo de 2011

No es bailar con lobos, es mucho peor pues no sabemos con quien bailamos. Es, más bien, como bailar en la oscuridad. Consideremos tres acontecimientos más o menos recientes. La explosión de la burbuja inmobiliaria, le revolución de la juventud árabe y el terremoto/maremoto de Japón con los problemas nucleares asociados. En los tres casos, y con independencia de que alguien los haya predicho o no, existía una forma estándar y creíble de calcular la probabilidad de ciertos estados de la naturaleza, pero no existía algo similar para prever ciertos acontecimientos más allá del límite fijado para las consideraciones probabilísticas. El riesgo está domado, pero la incertidumbre parece irreductible y, a la vez, cada día más relevante. ¿Con quién estoy obligado a bailar? ¿En qué condiciones voy a bailar?

Mis posibles parejas de baile van a ir variando y escorándose hacia lo que Taleb llamó Cisnes Negros, es decir acontecimientos puros incomprensibles en el listado pasado de estados de la naturaleza, acontecimientos diferenciados por el mero hecho de ser imaginados u observados por unos o por otros. Utilizando el título de una película de éxito, Black Swan – no The Black Swan – podríamos decir, como me decía mi amigo JC, que Apolo se ha dado cuenta de que su coraza delimitadora del mundo tiene fisuras por donde se oyen las risas de Dioniso. Risas que no pueden ser caracterizadas unívocamente.

Podemos y debemos continuar usando los modelos más sofisticados de predicción en forma de supuesto mecanismo estocástico generador de datos que se actualiza marginalmente con cada nuevo dato, pero debemos ser conscientes de que esto no nos sirve para domar la incertidumbre salvaje que nos asusta cuando la asociamos, no con cisnes negros, sino con lobos que nos pueden desgarrar las carnes.

Sabemos o creemos saber que domar la incertidumbre exige una forma de pensar distinta de las más sofisticadas maquinarias inductivas. Algo deberemos imaginar respecto a esa forma de pensar, pero mientras tanto lo más sensato es renunciar a calcular nada y concentrarnos en manejar, gestionar, lo que seguiremos llamando riesgos –quizá ya con comillas– pero que son verdaderos acontecimientos que deben ir pasando de inconcebibles a imaginables para más tarde quizás ser calculables en algún sentido que yo no imagino.

Cómo imaginar los acontecimientos se me escapa, pero puedo arriesgar alguna idea al respecto. Condición necesaria es no olvidar la reflexividad de los acontecimientos. Nuestra opinión sobre ellos influye en su realización, por lo que va a ser necesario controlar las opiniones no en el sentido de censurarlas, tal como a veces parece insinuarse por el autoritarismo ambiental, sino en el sentido de clasificar y medir las opiniones de forma inteligente y flexible. Y a la luz de esa clasificación o catalogación, ser capaces de ampliar el abanico de nuestra imaginación propia mediante la imaginación dispersa que hay en un mundo demasiado parcelado hoy. Deberíamos ser capaces de amasar juntas las literaturas locales, las filosofías académicas, míticas o de autoayuda, incluyendo sus relaciones entre ellas, las intuiciones psicológicas y las descripciones sociológicas más todo aquello que se nos vaya ocurriendo.

Con todos estos prejuicios deberíamos preguntarnos por las formas de manejar esa información. La gran diferencia es que ahora no estamos intentando utilizar las ideas para maximizar un aspecto de la realidad sino para procurar el mantenimiento del sistema. Podríamos decir, utilizando una terminología que me aclaraba JA el otro día en la Panadería, que no nos preocuparemos tanto por la resistencia sino por la resiliencia o capacidad de renacer, de reinventarse, de durar. Aquí la ecología en cualquiera de sus ramas puede ayudarnos mucho pero, permitiéndome una terminología un tanto casera, la actitud intelectual que nos interesa es una forma poco intuitiva de defenderse de las «aguadillas» no tratando de elevar la cabeza contra la presión de quien nos la hunde en el agua, sino sumergiéndonos aun más y desplazándonos lateralmente para poder emerger por otro lado insospechado.

Esto es algo difícil para los economistas que no logramos entender la diferenciación que muchos otros hacen entre eficiencia y eficacia. Esta eficacia podría ser el correlato de la resiliencia. Puede no ser un óptimo paretiano, lo único eficiente para un economista, pero permite una mayor solidez de un sistema que no necesariamente persigue el bien social quizá porque no sabe muy bien qué cosa sea eso del bien social.

Pero no nos olvidemos a la hora de domar la incertidumbre de otras muchas ramas del saber respetables o no. La filosofía parece imprescindible aunque solo fuera para identificar lo que entendemos por acontecimiento y la física nos puede servir para acercarnos a los secretos de la mecánica cuántica que, me dicen, podría hacernos vislumbrar la naturaleza de lo que entendemos por acontecimiento.

Pero no olvidemos la literatura. Es nuestro único instrumento para lograr integrar en nuestra capacidad de resiliencia los acontecimientos secretos. Pensemos en el paseo por el jardín del viejo Niels Bohr en Copenhagen acompañado del jóven Heisenberg. De haberlo podido observar y escuchar, el destino bélico de la energía nuclear podría haber sido distinto. Y ya que no lo observamos en su momento, todavía podemos imaginarlo con la ayuda de la inspiración literaria ayudada en este caso por los conocimientos de sus correspondientes psicologías y de la posición de uno y otro en sus correspondientes sociedades de su tiempo.

No puedo terminar sin afirmar que esta propuesta de actuación exige una redefinición de los think tanks y, sobre todo, un aprendizaje del baile como instrumento de conocimiento. No tenemos más remedio que bailar con la incertidumbre aunque a veces los acontecimientos, que son su contenido ineludible, se disfracen de lobos. Aquí parecería encajar el final del discurso nobel de Vargas Llosa:

Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

¡Bailemos!

Comentarios

[1] Lo que queremos decir es que como nunca antes, hoy contamos con herramientas para entender y calcular ciertos estados de la naturaleza, por lo que el riesgo parece efectivamente amortiguado.

[2] Vale la pena aclarar que cuando decimos Mercado aquí, pensamos en los mercados organizados de títulos y valores, las llamadas «Bolsas».

[3] Como los bautizó Zygmunt Bauman en otra parte de esta Crónica.

Paisaje después de la batalla

Crónica de una Crisis | Abril 2011

Prólogo

Cómo hacer cosas con palabras. John Langshaw Austin se lo preguntó alguna vez y conjuró los actos del habla. En el último artículo de este mes, «Inside Job», Juan Urrutia revive sus pasiones oxonianas[1] y nos invita a contemplar un acto perlocutivo. El filme es «un documental de denuncia y no otras muchas cosas que quizá hubiera podido ser», a decir de Urrutia; quedándose entonces como una fábula macabra,

una aterrorizante denuncia de la captura del regulador y los supervisores por parte del sistema financiero y el lobby que le apoya en Washington. [Tema que por cierto es] enormemente importante y no solo en el campo de las finanzas, sino en muchos otros y, en consecuencia, para el problema central del diseño de instituciones pues no queremos que éstas puedan ser capturadas.

Urrutia cree que se trata de una «denuncia menor» a la falta de ética en la profesión (al estar algunos profesores ofreciendo servicios privados bajo claro conflicto de intereses), que sin embargo falla la puntería ‘teórica’ acusando a economistas financieros y omitiendo a los economistas en general. De todas maneras, Urrutia cree que la denuncia es valiosa pues nos convence del fracaso de la desregulación, pero se le antoja injusta al condenarla sin explorar

las posibles virtudes del proceso de completar mercados y sobre los riesgos de no hacerlo de golpe y sobre todo con unos supervisores tan laxos.

Se echa también en falta a defensores cualificados de la economía financiera como Eugene Fama, o el reconocimiento de la labor de economistas ahí mismo sindicados (Ben Bernanke el más notorio) que han hecho mucho para evitar la hecatombe total en los EEUU. Aún así, el vicio mayor del documental es el de terminar perdiendo los estribos, queriendo asociar las finanzas desreguladas con el vicio y la prostitución, lo que le resta contundencia a su (de otro modo contundente) argumento –no tanto porque la acusación no sea cierta, sino por ser aquellos unos elementos corruptores no correlacionados ni siquiera con el poder o el dinero fácil. Es por culpa de ese desliz que lo que podría servir como algo más que un alegato que perpetúa la idea de corrupción moral como precondición del fallo humano, degenera en una excusa para el desfogue de todos los que sufrimos el descalabro económico. En pocas palabras, una gran oportunidad desperdiciada.

Como queriendo expiar lo visto en «Inside job», Juan Urrutia nos invita a recuperar la fe en la profesión al contarnos sobre su asistencia a la IMEBE, conferencia donde se presentaron refrescantes trabajos sobre economía experimental. Lo que capturó el interés de Urrutia fue una investigación sobre economía política en la que se estudiaba la transmisión de valores democráticos. Al margen de los detalles del diseño experimental o los resultados de las pruebas, lo que queremos rescatar es la observación de Urrutia respecto a la diferencia entre las elecciones políticas de los padres y los hijos, más conservadoras las primeras y más socialmente comprometidas las segundas. No nos pondremos a pensar que no existe transmisión intergeneracional de valores democráticos, ni que es natural que al envejecer nos vayamos aburguesando[2], lo que recuperamos es otro reclamo por el aligeramiento de las estructuras de incentivos en la economía, que bien podrían tomar de este estudio el indicio de que un sistema de pares más fuerte podría dinamizar grandemente la ciencia económica, liberando sus métodos y modelos del yugo de la opinión única.

En vena política y con casi cuatro años de recuentos y análisis en la mochila, Juan Urrutia nos invita a dejarnos llevar por la tentación de imaginar el mundo después de «la batalla que hemos dado por llamar la Gran Recesión». Cualquier veterano echará el grito indignado, reclamando que el paisaje después de la batalla es una degradación ilusoria del que de verdad importa –el paisaje durante la batalla–, pero con Urrutia creemos que «ya es hora de que hagamos un primer balance destacando las tendencias que pueden servir como epígrafes clasificatorios de los trazos que diferenciarán los tiempos previos de la batalla de los que se avecinan». Y de hecho, ese es un ejercicio que sería muy valioso incluso en los movimientos más inmediatos del desarrollo de la crisis, cosa que precisamente nos ofrece Juan Urrutia en su artículo «Paisaje después de la batalla».

Sin esforzarnos demasiado ni arrogarnos dotes clarividentes podemos decir que en el futuro (cercano) habrá que lidiar con la consolidación de una hegemonía post-occidental, con el flujo del cambio vertiginoso como paradigma, con un mundo en el que la clase media debe mirar a la cara a un fracaso generacional y «aprender los valores de una nueva modestia», un mañana en el que la sempiterna lucha de clases tendrá que aplacar las viejas tentaciones autoritarias y el espejismo de «soluciones radicales, inmediatas y definitivas» que sugieren. Pero ya inscritos en la materia analítica que nos interesa en esta Crónica, entre las conclusiones estilizadas que intuye Urrutia, resalta una distribución de la igualdad que se hará más ambigua, ya que China y la India (pesos significativos en el cálculo) habrán mejorado sus mecanismos de reparto del ingreso, mientras que la desigualdad empeorará (como ya lo ha hecho) en países considerados ricos. Esta ambigüedad genera lo que Juan Urrutia llama «una dualidad social» que hará mucho más compleja la navegación política pero además fomentará el surgimiento de una nueva forma de conciencia de clase. No vamos a jubilar a Marx a estas alturas, pero como ya leíamos en anteriores artículos de la Crónica,

la distribución funcional de la renta se ha escorado en contra del trabajo [y aunque] podamos decir que muchos capitalistas trabajan y que muchos trabajadores forman parte del capitalismo popular (aunque solo sea por sus aportaciones a fondos de pensiones), ese escoramiento habrá de incidir en el desarrollo futuro del sindicalismo, tal como ya parece anunciar la reacción ante la política del Tea Party que intenta acabar con el sindicalismo en el sector público de Wisconsin.

Dejando de lado los extremos, cada vez menos populosos, de la estructura social, Urrutia se concentra en la creciente zona central de la sociedad. Será esta banda amplia la que gestionará las nuevas formas de control institucional que surjan de la crisis. De hecho, al ensancharse la clase media, la educación perderá su carácter de escalera social y los incrementos de productividad perderán relevancia comparativa. Y esa afirmación no es especulación pura, el éxito de modelos de consumo grupal y asociado como Groupon es ya un indicio de esta tendencia. Todo esto empuja a Urrutia a señalar que nuestros nietos podrían estar viviendo en la construcción social más parecida al «paraíso comunista» que se haya visto de este lado de Marx. «Algo relacionado con la falta de alienación, desde luego, pero sobre todo con la conversión de la preferencia», remata Juan Urrutia, no sabemos si aplacando o agudizando los escalofríos de los que parecen tener tirria ya a Keynes… ni hablar de Karl Marx. Desatado, Urrutia nos regala una profecía que no por poco plausible es menos apetecible[3]:

[En el mundo post-crisis] habrán desaparecido el deseo de crecer sin tasa y de duplicar la renta de cada generación y nos encontraremos con la serenidad de una especie de estado estacionario que hará «cabalmente posible que pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar…. sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador,…». Esto se logrará mediante una forma de trabajo amateur hecha posible mediante la formación de pluriespecialistas [¡sic!] que se verán a sí mismos como remedos de un vividor Oscar Wilde curiosamente modesto y extrañamente solidario.

Y nosotros, herederos hipermodernos de ese mundo paradójico pero de utopía, respondemos en coro: «¿Dónde ponemos la firma?»

Paisaje después de la batalla

3 de abril de 2011

– Publicado en Expansión –

Es imposible resistirse a la tentación de imaginar cómo será el mundo después de la batalla que hemos dado en llamar la Gran Recesión y de la que esa explosión de libertad que estamos contemplando en el norte de África quizá no constituya sino uno de sus efectos colaterales. ¿Cómo será el mundo para nuestros hijos y nuestros nietos? Pienso que ya es hora de que hagamos un primer balance destacando las tendencias que pueden servir como epígrafes clasificatorios de los trazos que diferenciarán los tiempos previos de la batalla de los que se avecinan. Estos son las que yo creo entrever: mis hijos tendrán que asumir y manejar una cierta dualidad social asociada a la nunca dormida lucha de clases, aprender a apreciar los valores de la nueva modestia propia de una clase media económicamente estancada y tomar postura ante las tentaciones autoritarias de arreglar de un plumazo problemas o inexistentes o ya viejos.

Comencemos por reflexionar, en primer lugar, sobre cómo será la distribución de la renta en el mundo después de la Gran Recesión. Podemos mirarla de dos maneras: bien como la desigualdad entre todos los habitantes del mundo (lo que exige agregar, de una u otra manera, la desigualdad entre los habitantes de los diversos países), bien como la desigualdad en países concretos que pueden sentar la pauta o nos interesan especialmente pues constituyen nuestro entorno más inmediato. No me cabe la menor duda que, en el primer caso, la desigualdad ha disminuido debido a la mejora general de la renta en países que, como China o India, antes aportaban grandemente a la desigualdad. Pero lo que ha pasado en países concretos de occidente, como por ejemplo Estados Unidos, Reino Unido o España es otro cantar. De acuerdo con datos de la OCDE en los EE.UU. y en otros países considerados ricos el índice de Gini o la curva de Lawrence muestran un empeoramiento de la desigualdad que, sin duda también ha empeorado si la medimos por el rango de la distribución de la renta dado que tanto las grandes fortunas como los menesterosos han aumentado significativamente.

Esto genera una dualidad social difícil de manejar políticamente; pero es que, además, la distribución funcional de la renta se ha escorado en contra del trabajo tal como muestran las mediciones agregadas de las participaciones en el output nacional de trabajo y capital generalmente consideradas como constantes. Aunque podamos decir que muchos capitalistas trabajan y que muchos trabajadores forman parte del capitalismo popular (aunque solo sea por sus aportaciones a fondos de pensiones), ese escoramiento sostiene una cierta conciencia de clase que habrá de incidir en el desarrollo futuro del sindicalismo, tal como ya parece anunciar la reacción ante la política del Tea Party que intenta acabar con el sindicalismo en el sector público de Wisconsin.

Sin embargo, y mientras los datos no me lo desmientan, me permito pensar que, si olvidamos tanto al grupo de los muy ricos como al de los desheredados, los que quedan en el medio se verán a sí mismos como más iguales entre sí. En este sentido limitado la crisis habrá contribuido a acotar la dualidad social. Por un lado el grupo de los muy ricos se habrá convertido en un grupo de extravagantes sin relevancia alguna para los desarrollos que podemos esperar en el ámbito de lo social. La industria del lujo, que tan bien ha resistido la recesión, perderá su brillo social al no servir de espejo en el que se miran con envidia las clases medias. Por otro lado, el grupo de los desheredados constituirá una carga fiscal con la que el gran grupo central tendrá que contar y que condicionará las tendencias que seremos capaces de percibir.

Examinemos pues a ese gran grupo del que formarán parte algunos de nuestros hijos y muchos de nuestros nietos. Los tiempos en que estos descendientes vivirán sus vidas, mostrarán dos características sobresalientes. En primer lugar, será la primera vez en la que la tentación del autoritarismo habrá sido de facto eliminada de la vida política de los distintos países. Esto es así porque ese autoritarismo «animoso» que hemos visto surgir aquí y allí dispuesto a arreglar los problemas con la falta de decoro de quienes se saben elegidos, ya no se escuchará por esa enorme clase media que lo considerará cosa de una clase inane de enriquecidos nostálgicos de una organización social poco democrática. En segundo lugar, toda la savia social vendrá de este grupo de la nueva clase media cuyos hijos participarán de dos formas de vida características de los tiempos que surgirán de la desolación post-batalla. Serán tiempos de austeridad y de amateurismo.

Las nuevas maneras de control social, puestas en funcionamiento por parte de agencias reguladoras y supervisoras surgidas de la batalla, eliminarán las oportunidades de enriquecimiento rápido y encumbrarán un cierto buen gusto reflejado en la ausencia de excesos y en la solidaridad con los desfavorecidos. Y esto será tanto más así cuanta más razón tengan P. Krugman (Degrees and Dollars, NY Times, 6 de marzo) y T. Cowen (The Great Stagnation, Penguin eSpecial, Dutton) en su apreciación respectiva de que la educación dejará de ser una escalera social y de que los próximos incrementos de productividad no serán llamativos. Creo entender, por otro lado, que nuestros nietos se habrán acercado curiosamente al «paraíso comunista» de La Ideología Alemana de Marx. Algo relacionado con la falta de alienación, desde luego, pero sobre todo con la conversión de las preferencias. De ellas habrán desaparecido el deseo de crecer sin tasa y de duplicar la renta de cada generación y nos encontraremos con la serenidad de una especie de estado estacionario que hará «cabalmente posible que pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar…. sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador,…». Esto se logrará mediante una forma de trabajo amateur hecha posible mediante la formación de pluriespecialistas [¡sic!] que se verán a sí mismos como remedos de un vividor Oscar Wilde curiosamente modesto y extrañamente solidario.

Transmisión de valores democráticos

10 de abril de 2011

Les dejé hace unos días con un ejercicio literario que espero les haya gustado y les anunciaba mi asistencia al IMEBE (International Meeting on Behavioral and Experimental Economics) que se celebraba en Barcelona. Han sido unos días agotadores para quien, como yo, no está acostumbrado a escuchar presentaciones cortas sobre experimentos, sean de laboratorio o de campo, de las que es difícil entresacar las lecciones que pudieran ser útiles para enriquecer las teorías económicas o para simplemente aprender regularidades interesantes o sorprendentes.

La primera sesión a la que asistí quería ser sobre economía política y comenzaba por un trabajo de Maripaz Espinosa et. al. con un título sugerente: «Transmisión de valores democráticos». Por valores democráticos el experimento entendía aquellos que parecen subyacer a reglas de decisión social tales como la mayoría, la cuenta de Borda u otras que han sido analizados muy a menudo por los teóricos de la Social Choice. Y en cuanto a la transmisión de estos valores estilizados se trataba de experimentar si padres e hijos compartían ciertos valores de los mencionados.

Los sujetos del experimento eran unos cientos de hijos que se matriculaban en una universidad turca (nacionalidad de una coautora) acompañados de sus padres o madres de forma que unos u otros podían ser sometidos al mismo experimento. Este consistía en elegir entre varios de estos métodos de elección social cuando se confronta a los sujetos experimentales con cuatro alternativas ordenadas de siete maneras distintas.

Pues bien, la mayoría de los padres, presuntos transmisores de valores, optaban por una especie de mayoría compensada de forma que elegían aquella alternativa que aparecía más a menudo ordenada como de las más deseadas. Los hijos por el contrario elegían en su mayoría de forma que se minimizara la presencia de las alternativas o candidaturas menos deseables.

La conclusión era, en principio, que intergeneracionalmente no hay transmisión de valores significativa. El resultado me dejó pensando sobre dos extremos relacionados. El método de elección social de los padres me parece el más conservador y el menos comprometido socialmente aunque se retoque para poder aceptar alternativas que, si bien no sean votadas por mayoría, estén muy altas en la valoración de la mayoría. Los jóvenes, por otro lado, preferían en general un método mucho más socialmente comprometido que consigue minimizar el número de alternativas (o candidatos) menos preferidas. Es como si la juventud fuera menos cruel que los padres y éstos mucho más conservadores.

Vamos, que yo preferiría vivir en una sociedad de jóvenes en la que parece que funciona el peer effect más que la influencia de los mayores. Esto por un lado, pero por el otro es posible que cuando estos jóvenes lleven a matricularse a sus propios hijos se hayan hecho conservadores.

Ojalá los autores de este bonito experimento pudieran seguir la trayectoria vital de este grupo de jóvenes.

John Austin: How to do things with words

11 de abril de 2011

En una cena de amigos la conversación no encuentra dirección y se bambolea perezosamente por diferentes áreas intelectuales. Mi buen amigo APA confiesa su admiración por la filosofía del lenguaje y la filosofía analítica, más concretamente por la obra de John Austin en general como parte de la que hace muchos años se llamaba la filosofía del lenguaje de Oxford y que yo descubrí el verano de 1967 en Blackwells, paseándome entre los libros y leyendo las contraportadas, pero muy especialmente por su obra «How to do things with words». Mientras pronuncia ese título hace un gesto con las manos que parece subrayar la palabra «cosas» como algo material: un objeto. Este gesto me evocó dos cosas más allá del fabbing que imprimiría objetos tridimensionales a partir de un programa informático, es decir a partir de palabras. La primera de esas cosas es algo que escribí hace unos años y de lo que hablaré otro día. La segunda es que de repente me vino a la memoria una cena en el Jules Verne de la Torre Eiffel, allá por el principio de los setenta. Era la cena de un congreso de economía al que yo asistía juvenilmente asustado y con actitud asquerosamente sabionda. Me tocó no al lado de Milton Friedman que es lo que yo hubiera querido, sino al lado de un economista de Oxford de origen peruano, quizá algo mayor que yo y que se presentó como Pedro Pablo Kuczinsky. Ahora no me cabe duda de este PPK, que luego fue un político peruano importante, es el candidato que ha perdido, frente a la Fujimori, la posibilidad de competir en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Pues bien, recuerdo como yo me lancé a hablar de filosofía del lenguaje y de la escuela de Oxford y todavía puedo escucharle cómo con suavidad me cortó diciendo: «no hay escuela de Oxford; a lo más hay filosofía papiana». Me alegro de que haya perdido.

Inside job

30 de abril de 2011

Magnífico documental este Inside job que ayer visioné junto con amigos en esa maravilla que son los cines Verdi que, además, nos permitieron disfrutar de la HD que reconstruye visualmente al mundo para nuestro disfrute. Es un documental de denuncia y no es otras muchas cosas que quizá hubiera podido ser.

Es una aterrorizante denuncia de la captura del regulador y los supervisores por parte del sistema financiero y el lobby que le apoya en Washington. Este es un tema enormemente importante y no solo en el campo de las finanzas, sino en muchos otros y, en consecuencia, para el problema central del diseño de instituciones pues no queremos que éstas puedan ser capturadas. No me será fácil olvidar las declaraciones de Rajan y las imágenes de Jackson Hole.

Y también es una denuncia menor de la falta de ética de la profesión. Digo que menor pues la acusación de que algunos economistas estarían a sueldo de clientes en sus trabajos profesionales y que prestarán su reputación a cambio de dinero sin confesarlo explícitamente, me parece difícilmente generalizable. Y, además, de esto solo se acusa a dos de los entrevistados que provienen del campo de la economía financiera y no del campo de la economía general, sea esta mico o macro. Y es también menor pues no se apoya el documental en los principales economistas financieros. ¿Cómo se puede llevar a cabo un intento como el que representa este documental sin mencionar siquiera la hipótesis de la eficiencia de los mercados financieros y a Eugene Fama, su defensor más cualificado?

Bien pues por la denuncia. Nos convence de que la desregulación ha sido un fracaso, pero pienso que sería injusto condenarla sin explicaciones adicionales sobre las posibles virtudes del proceso de completar mercados y sobre los riesgos de no hacerlo de golpe y sobre todo con unos supervisores tan laxos.

Pero el documental no es una visión completa de lo que han sido los últimos cuatro años y sobre el papel que han jugado no pocos economistas en evitar el derrumbamiento total, incluyendo a no pocos de los mencionados, como claramente Ben Bernanke. Ahí tienen un regulador que es un conocido profesor universitario y que, como Presidente de la FED, ha sabido utilizar sus poderes para contrarrestar el fallo de demanda agregada en que se tradujo inmediatamente la crisis financiera. Sin él, los USA estarían bastante peor de lo que están.

Y le sobran cosas al documental. Asociar a las finanzas desreguladas con la prostitución y las drogas es una concesión a la sed de venganza de los perjudicados por la crisis y una falsa alucinación pues esas dos «instituciones» sociales son utilizadas por cualquiera con dinero fácil ya venga del petróleo o del sector del automóvil.

Pero, sea como sea, les aseguro que Inside job da para una buena conversación posterior en en ese Jockey proleta que es Hilda.

Notas

[1] Hay algo que me encanta de Juan Urrutia –si perdonan la digresión– y se encuentra en plenitud de su esplendor en su artículo «John Austin: How to make things with words», del 11 de abril. Sin que tenga demasiado que ver con la crisis, lo incluimos en la Crónica esperando que sirva para entender por qué soy fan suyo, sin que para ello medie que me haya honrado con su confianza para completar estos prólogos.

[2] Ya se excusaba Bob Dylan cuando le reclamaban haber dejado de tocar canciones protesta: «I was so much older then, I’m younger than that now».

[3] ¿No es esa, al final de cuentas, una de las más sublimes formas de hacer cosas con palabras?

Deuda: lo que descubre y lo que revela

Crónica de una Crisis | Mayo 2011

Prólogo

¡Viva la ignorancia diacrónica! Llega mayo y volvemos a inventar la dicha en movimiento. Tal vez de eso se trate ser joven, soñar en mayo y ejecutar en octubre. O peor, tal vez al hacerse adulto a uno sólo le preocupa el retorno de las noches sin dormir. En algún lugar entre esos extremos, los artículos de este mes son copados por los indignados y el movimiento del 15M –a su vez una manifestación de la crisis extendida (paradigmática, decíamos algunos meses atrás) en la que ha derivado el colapso económico[1]. Pero mayo también es el mes del caso DSK, que rompe el mantra cuasi optimista («Perhaps») con el que cerrábamos Abril, obligándonos a confrontar a los que creen tener un nuevo argumento para proclamar la quiebra moral de la economía de mercado. Serán estos dos polos los que dominen los textos del mes, aunque tampoco deja de colarse un artículo sobre la deuda soberana o los derechos de propiedad intelectual.

Juan Urrutia, que es de esa estirpe de los forever young de la que nos hablaba cierto señor de Duluth, no puede evitar emocionarse ante los acontecimientos del 15M. Tiene suficientes motivos, pues la existencia y demandas del movimiento le dan razón a sus votos por las redes y la innovación organizativa a nivel social/institucional; pero Urrutia prefiere tocarnos el hombro y apuntar a Richard Rorty, resaltando la naturaleza del 15M como movimiento, una estructura más allá del éxito y el fracaso o el contexto político. Parafraseando al filósofo norteamericano:

[Como el cristianismo y el marxismo que comparten esa pasión por el infinito], los movimientos exigen aportaciones de todas esas áreas de la cultura, pues la política de movimientos asume que las cosas podrían cambiar completamente, que surgirá una belleza extraordinariamente nueva.

Pues bien, todo entusiasmo aparte, Urrutia es ante todo un pensador crítico y con ese ánimo es que atiende también el 15M. Si bien su origen tiene un componente decisivamente moral («las obscenas diferencias de ingresos, la ayuda oficial al sistema financiero o la [aparente] ausencia de porvenir») y político-pragmático (la cercanía a las elecciones no deja dudas), hay fuerzas microfísicas al interior del movimiento que lo hacen incluso más interesante. En ellas repara Juan Urrutia, listando los «micropoderes generadores de rentas»[2] que han conspirado en el fracaso de la redistribución de la riqueza, y que son doblemente perniciosos dada su naturaleza legal y su control casi absoluto sobre las narrativas dominantes. Así, muy temprano, Urrutia mira más allá del 15M como gesto fundante y piensa en los «dominados y excluidos además de parados y sin porvenir» que son el motor escondido de este movimiento. De acuerdo, en un estadio tan formativo, es difícil pedirle materializaciones discursivas o una propuesta a un movimiento tan rortyano como el 15M, pero ya ahora el movimiento muestra la valiosa convicción de que –incluso en octubre– los cambios no tienen por qué salirse del juego democrático, pues:

Seguramente quedarse ahí [en la simple protesta] es inane y patético, pero admitir los horizontes que se dibujan en el lenguaje oficial es una entrega a la fatalidad y una renuncia a la redención o la sed de absoluto. Son de estas rabietas de donde salen formas nuevas de vida y de entender quienes somos.

Pasando a ocuparse del otro «gran tema del mes», en «Mirar DSK por el ojo de la cerradura», Urrutia copia un post de Teo Millán, en el que nos dice encontrar una caracterización del poder esclarecedora como muy pocas de las que han tratado el asunto. Aquí creemos que DSK, como Bernie Madoff en su momento, no es sino la encarnación radical de la dirección que el sistema de micropoderes estaba tomando. Es más, aunque no dedica un post propio al tema, Juan Urrutia nos ofrece su visión del affaire DSK de forma transversal, tratando el debate sobre el estado moral de la economía –tópico abierto el mes pasado con motivo del visionado del documental «Inside Job». El artículo que pivota estas reflexiones es «Error, horror y fracaso», impulsado por el comentario de algunos comentarios sobre la «decadencia moral del capitalismo», aparecidos en aquellos días.

En ambos artículos cada autor, a su manera, inculpa del descalabro de la economía de mercado a la

[A]parente imposibilidad de deliberar para la «realización de valores», operación ésta que [para Urrutia] quiere significar el surgimiento y el mantenimiento de ciertas pautas de conducta.

A su turno, Egidazu parece querer hablar de la resiliencia cuando invoca la capacidad de aprender del fracaso mediante la deliberación que le sucede, como uno de los grandes olvidos cometidos por el análisis de la crisis financiera. Urrutia no lo ve tan claro, pues en la praxis se suele tratar con poca sofisticación el aftermath de un fracaso o un error; en otras palabras, la lógica misma del aprendizaje nos llevará a equivocarnos distinguiendo entre uno y otro, si no siempre, las más de las veces. Podríamos levantar el guante y cavar trincheras retóricas para entrar en la batalla de la filosofía moral, pero los humores de la primavera invitan a unos (DSK) y a otros (los Indignados del 15M) a elegir pasatiempos distintos. Así que ese rumbo es el que tomamos también en la Crónica.

Con el buen ojo que a estas alturas ya tendríamos que reconocerle, Urrutia también encuentra tiempo para hablar del problema de la deuda soberana («Deuda: lo que se descubre y lo que se revela»); un tema más antiguo que la crisis financiera pero que reaparece ahora:

con unos perfiles específicos que han de incluir la existencia de deuda privada de hogares y empresas, externa o no, y que hay que estudiar sin dejarse cegar por las últimas noticias.

Con esa frialdad, Urrutia comienza su análisis, tratando de olvidar la calificación negativa de la deuda estadounidense o la inevitable renegociación a pérdida de la deuda griega, procurando más bien desvelar los problemas que se esconden en los entresijos del endeudamiento. Esos problemas –«a largo plazo»– son los que tendrían que preocuparnos ahora, no dejando que la urgencia de los otros o la dificultad de vislumbrarlos, nos distraigan. Pues como Urrutia insiste, «lo importante es lo que el endeudamiento oculta mientras que lo que muestra es relativamente irrelevante».

De hecho, atender los problemas apremiantes es relativamente sencillo (a corto plazo): el ahorro alcanza para disminuir el déficit y el endeudamiento, siempre que la economía no esté tan tocada que tenga que endeudarse nuevamente para pagar sus intereses. Es cierto que existen detalles delicados como las pujas políticas o el impacto de las fluctuaciones del diferencial en la recuperación macroeconómica, pero Urrutia cree que son asimilables por la gestión cotidiana de una economía en recuperación, cosa que no sucede con los problemas implícitos por ese endeudamiento. Así, si es sencillo respetar la restricción presupuestaria a corto plazo, la de largo plazo no se suele ni tener en cuenta, lo que equivale a una

quiebra en términos actuales y sin perspectivas de arreglo [de no haberse una tasa de crecimiento superior al tipo de interés real, quedando como únicas salidas la devaluación o un incremento tributario].

Estas medidas no están al alcance de todos, por lo que una sangría lenta es casi todo lo que le queda a un estado que ignora estos problemas, pues incluso los arreglos drásticos descritos arriba,

[D]ebilitan la competitividad de las empresas ya sea por mayores costos o menor demanda interna ya sea por un mayor tipo de interés que una vez más dificulta la labor empresarial y, consiguientemente, la creación de empleo debilitando así la base fiscal. Todo esto inhibe el crecimiento e imposibilita una salida honrosa [que no sea la de César apuñalado, que alcanzó a cubrirse con su túnica para caer con mayor dignidad]

Calma. El problema del endeudamiento no debería ser tan preocupante mientras no se llegue a límites catastróficos, todavía muy alejados. En primera instancia, la naturaleza del problema es sencilla y distributiva. He ahí el meollo del asunto, pues no se puede atacarlo con los mecanismos de la política nacional, sino que hay que depender del concierto internacional. Pues bien, si la perspectiva de una quiebra inevitable no nos sirve para comenzar a emprender esfuerzos hacia una institucionalización sistémica, resiliente y flexible, de las comunidades internacionales, más nos vale comenzar a aprovisionarnos y tapiar puertas y ventanas. Las cosas podrían no estar nada bonitas.

Como ya anticipamos, en un mes muy activo y diverso, Juan Urrutia también se ocupa del conocimiento y los derechos de propiedad intelectual, en artículos que incluimos aquí a pesar de no tener relación directa con el tema de la crisis, pero que prosiguen con la línea de reflexión que le dedica constantemente Urrutia a la innovación. Con todo lo demás (15M, la deuda soberana y DSK) en vilo, mayo cierra a pleno de suspense, haciéndonos desear –maldita perspectiva histórica–, como ese molesto compañero de butaca que nos arruina la película, gritar un spoiler letal: «¡El personaje es la camarera!» Pero a todo esto… ¿quién es la camarera en esta crisis?

Perhaps

3 de mayo de 2011

Para Dubitator, quien parecía tener las ideas claras en el comentario que hizo al post Inside Job, ahí van unos parrafitos, los tres últimos, de un post de Brad de Long:

Perhaps I am missing what is really going on. Perhaps economics departments are reorienting themselves after the Great Recession in a way similar to how they reoriented themselves in a monetarist direction after the inflation of the 1970’s. But if I am missing some big change that is taking place, I would like somebody to show it to me.

Perhaps academic economics departments will lose mindshare and influence to others – from business schools and public-policy programs to political science, psychology, and sociology departments. As university chancellors and students demand relevance and utility, perhaps these colleagues will take over teaching how the economy works and leave academic economists in a rump discipline that merely teaches the theory of logical choice.

Or perhaps economics will remain a discipline that forgets most of what it once knew and allows itself to be continually distracted, confused, and in denial. If that were that to happen, we would all be worse off.

Pues eso, aunque ya sé que se puede disentir, y con alguna razón, de esta opinión.

Deuda: lo que descubre y lo que revela

7 de mayo de 2011

– Publicado en Expansión –

Si bien el problema de la deuda soberana es un asunto económico bien antiguo y relativamente bien documentado histórica y analíticamente, hoy, al final de la Gran Recesión, reaparece con unos perfiles específicos que han de incluir la existencia de deuda privada de hogares y empresas, externa o no, y que hay que estudiar sin dejarse cegar por las últimas noticias llamativas como pudieran ser la puesta en observación con perspectiva negativa por parte de Standard and Poors de la deuda estadounidense o la aparentemente inminente reestructuración de la deuda griega.

Respecto a la primera podemos pensar que aumenta la probabilidad de una caída en la calificación debida a la falta de claridad de cómo esa economía va a manejar los peligros de un enorme déficit fiscal y el consecuente incremento en el endeudamiento público y, en cuanto a la segunda puede ser ya hora de que el hagamos caso a los agoreros y pensemos que su deuda va a tener que renegociarse con posibles quitas y empobrecimiento de acreedores. Además de esas dos noticias de última hora llevamos ya mucho tiempo hablando sin parar del problema del endeudamiento del diferencial de intereses, respecto al bund alemán, que hay que ofrecer pagar para colocarla.

Pero el endeudamiento requiere y merece una atención más afilada y no necesariamente más detallada pues, como un velo o como un cristal traslúcido enseña y encubre al mismo tiempo problemas de distinta naturaleza. El déficit y la deuda generan algunos problemas serios que solo se reconocen a largo plazo y, al mismo tiempo, ocultan con su apremiante exigencia a corto plazo esos otros problemas más serios relacionados con la competitividad de los distintos países. Por mi parte lo que pretendo argumentar es que lo importante es lo que el endeudamiento oculta mientras que lo que muestra es relativamente irrelevante.

Empecemos lo que el problema muestra a corto plazo. A menos que una economía haya sobrepasado el punto en que tiene que endeudarse para pagar los intereses de la deuda que vence inmediatamente, su problema es simplemente ahorrar para que el déficit disminuya y el endeudamiento vaya reduciéndose, tanto el soberano como el privado. Como las empresas privadas son mucho más conscientes de su restricción presupuestaria a corto, llevan tiempo reduciendo costes y se encuentran ya cerca a poder iniciar un nuevo ciclo inversor. Las economías domésticas han reducido su consumo de una manera bastante drástica incluso aunque el paro no les haya afectado directamente. Solo queda la reducción del endeudamiento exterior público y este es un problema claramente político que genera urgencias dramáticas pero que siempre encuentra su solución política pues hasta un estado soberano acaba por atender a la restricción presupuestaria inmediata. Lejos de mi intención negar que esos problemas políticos pueden tener repercusiones económicas pues, si se alargan, la subida del diferencial de marras dificulta la recuperación macroeconómica; pero no son tan importantes como los problemas que pueden surgir a largo plazo.

Lo que esas urgencias a corto ocultan es el problema básico a largo que es fácil de describir.

Como una economía no crezca a una tasa superior al tipo de interés real, se está ignorando la restricción presupuestaria a largo plazo, lo que quiere decir que el Estado de que se trate está quebrado en términos actuales y sin perspectivas de arreglo pues las únicas soluciones son la inflación o las subidas de impuestos (que se pondrán en marcha pese a la equivalencia ricardiana de la misma forma que el teorema de Modigliani y Miller no impide su negación en circunstancias realistas), arreglos éstos que, en uno u otro caso, debilitan la competitividad de las empresas ya sea por mayores costos o menor demanda interna ya sea por un mayor tipo de interés que una vez más dificulta la labor empresarial y, consiguientemente, la creación de empleo debilitando así la base fiscal. Todo esto inhibe el crecimiento e imposibilita una salida honrosa para no mencionar que no todo el mundo puede organizar una inflación ad-hoc tal como podría hacer los USA a último remedio, sin necesidad de declararse en quiebra y ser excluidos de los beneficios de las relaciones económicas internacionales mientras dure la memoria financiera (unos 10 años). Pero todo esto es todavía peor si tenemos en cuenta las expectativas y la presencia o ausencia de conocimiento común en lo que hace referencia a la verdadera situación de cada país en su sector público y su sector privado, especialmente financiero. Si los mercados piensan que el crecimiento previsto está mal calculado y creen que todos saben lo mismo que a ellos les ha llevado a esa apreciación, entonces las soluciones apuntadas dejan de ser efectivas.

Pensemos sin embargo con un poco de ingenuidad y simpleza en este problema del endeudamiento para ver que la naturaleza del problema es algo diferente a la diagnosticada generalmente. Aparte de ropajes semitransparentes y sin duda relevantes, el problema del endeudamiento es casi trivial. Pensemos en dos países que producen 10 cada uno. Y supongamos que uno debe al otro 10 y al revés 9. ¿Cuál es la cifra relevante agregadamente? ¿Es 19 o más bien 1? Pienso que 1 y que el problema no es en sí mismo apabullante y tampoco se convierte en tal si consideramos un tercer país igual a los anteriores y a quienes debe 5 y 5. Este ejemplo tan tonto muestra que el problema del endeudamiento no llega a ser preocupante hasta que se llega a límites muy alejados. Mientras tanto la naturaleza del problema es solo distributiva sin que esté en juego la competitividad. Es decir que podemos decir que a largo también es cierto que el problema de la deuda, más allá de juegos de velos, es también un problema político, pero no de la bien que mal estructurada política nacional, sino de la completamente desorganizada política internacional.

Concluyo diciendo que el análisis anterior lleva a la predicción de que en los próximos años vamos a observar esfuerzos difíciles de predecir en sus detalles en la dirección de configurar un mundo razonablemente institucionalizado.

Error, horror y fracaso

14 de mayo de 2011

En una columna de opinión de El País, Santiago Eguidazu nos ofrece su visión sobre la necesidad de los valores para la superación de la crisis. Arriesga tres explicaciones sobre la aparente imposibilidad de deliberar para la «realización de valores», operación ésta que, pienso yo, quiere significar el surgimiento y el mantenimiento de ciertas pautas de conducta.

Habrá tiempo y ocasión de discutir las dos primeras explicaciones de esta imposibilidad, ambas relacionadas con argumentos económicos; pero ahora quiero discutir la tercera: la confusión del error con el fracaso. No confundirlos parecería ser importante, según Eguidazu, a efectos de saber de qué fuente tenemos que aprender, si del error o del fracaso. En su opinión el fracaso «es otra cosa», la importante para la «realización de valores» siempre que sepamos asumirlo. A mi juicio, afirmar que este fracaso debe ser asumido consciente y deliberativamente nos mete en un callejón del que yo no sé salir pues no estoy acostumbrado a pensar sobre situaciones extremas como es el caso en esa situación, el nazismo, a la que hace referencia siquiera implícitamente y la que yo no sabría analizar con argumentos de mi oficio.

Ese nazismo, como ejemplo de gran fracaso dio, efectivamente origen a una deliberación pública crítica y sanadora que comenzó después de la guerra y que todavía dura con serios ejemplos de creatividad que, sin duda han contribuido mucho a la manera de pensar, a entender los límites de ésta, y a lo que llamaríamos filosofía o ética políticas.

Ante un ejemplo así parecería imposible tratar de sugerir, tal como sería el reflejo espontáneo de un Kontraren Kontra como yo, que el fracaso nunca enseña nada, pero lo puedo intentar afirmando que, incluso en el caso extremo mencionado, la reflexión generada por la mala conciencia nunca llega a algo realmente enriquecedor. Pensemos en los juicios de Nuremberg en los que se pretendía curar y curarnos del horror mediante un simulacro de justicia basada en una ley que no existía previamente y que podría constituir lo más cercano al aprendizaje mediante la deliberación crítica. Mi nada profesional opinión al efecto es que, mejor que atajar el horror con unos juicios viciados de antemano, hubiera sido más digno liquidar a los responsables de ese horror asumiendo esa incurable culpa de estar quizá cometiendo un error en términos de esa justicia improvisada. Es decir que me parece concebible que asumir el error, en el sentido de seguir poniéndolo en práctica, pueda ser el mejor curso a seguir aunque ese error pueda ser considerado como un fracaso de la dignidad humana.

Esta afirmación me obliga a mencionar la liquidación de Bin Laden cuando ya disponemos de una ley internacional para casos como el de los atentados de Al Qaeda que podemos considerar como terribles delitos contra la humanidad y cuando así mismo contamos con un tribunal al efecto por muy imperfecto que sea. Este caso es pues un caso de venganza que no sé si puede considerarse como un error o como un fracaso. En cualquier caso la deliberación sobre él nos llevaría tomarnos en serio el tema de la venganza que si bien subyace a mucha, o toda, obra literaria respetable no ha sido, hasta donde yo puedo conocer, realmente problematizado en términos filosóficos.

Este punto de la justicia, genuina o bastarda, y la venganza es realmente tenebroso, pero si analizamos por qué lo es igual aprendemos algo. Creo que se trata de un asunto escabroso porque están en conflicto dos «sentimientos morales» (usando la terminología de A. Smith) bien enraizados en el cerebro y que constituyen dos memes que han resultado ser muy estables pues pocos habrán sido puestos a prueba como lo han sido estos dos. Por un lado, el rechazo primitivo al horror que representa el nazismo como trato inhumano de lo humano y, por otro lado, el rechazo más evolucionado a tomarse la justicia por medio de la mano propia. En este tipo de choque solo cabe terciar mediante la consideración de un tercer valor: la asunción del fracaso como totalmente estéril. Pero este valor es un meme en formación que solo llegará a asentarse después de muchas interacciones o deliberaciones que ponen en juego estos horrores. Conclusión pesimista donde las haya.

Mirar DSK por el ojo de la cerradura

19 de mayo de 2011

Posteo hoy un trabajo de mi Blogless Guest Blogger favorito, Teo Millán, relativo al extraño affaire del gerente del FMI. Lo que más me llama la atención es que el mundo, a través de Europa y sus planes de rescate para aglún país de la zona euro, vaya a estar pendiente de una cosa de este estilo. Pero lean y presten atención al ángulo de la mirada de TM.

Un mail de mi amigo Luis Sánchez Merlo me motiva a escribir las siguientes reflexiones sobre el affaire Domique Straus Kahn.

Desde mi punto de vista, hay dos formas de entender el affaire; el primero sería el que atribuiría a DSK los ímpetus ardorosos de los demons du midi, el arranque caluroso, que puede resultar comprensible, e incluso necesario en políticos que buscan el eco popular (de hecho, ahí es donde Berlusconi logra dividir a la opinión pública, al menos de su país, entre admiradores y críticos). Creo sin embargo, esta visión es indulgente y elude el punto de interés del asunto. El origen de la tragedia de este hombre se ha de buscar en el intento de «abuso por la fuerza» que se le imputa. Y es que, a diferencia de otros casos famosos de personajes públicos (PJ, Clinton) lo que escandaliza aquí, materializado estrepitosamente en la fotografía que ha recorrido el mundo de este hombre esposado, es su intento de forzar voluntades, de «imponer su deseo por la violencia».

Ese es el punto que marca posiblemente el fin del devenir político del personaje, porque nada más temido por el electorado democrático que las ínfulas de tiranía; nada más deslegitimador en un potencial candidato político, que su identificación con el abuso violento del poder.
Hay que recordar que estamos en el siglo en que las marginalidades han ocupado el centro del espacio político democrático. Entre ellas, como describen admirablemente Nancy Fraser y Axel Honneth («Redistribución o Reconocimiento», 2006) el derecho de los sin voz. La política democrática ha encontrado su vigor reciente en homogeneizar a los ciudadanos, y emborronar en particular las diferencias entre los con y los sin voz a efectos de su comportamiento en la esfera de interacción civil, sino política; en el impedir el juego de los opresores (mayoría democrática) sobre los oprimidos (marginalidad); en romper con ese esquema que tan bien describe Samuel Beckett, al señalar que en toda relación hay siempre uno que asume el papel de víctima y otra el de verdugo.

Estamos por tanto ante un ejemplo clamoroso de cómo los antes-sin-voz, en este caso una simple camarera de hotel, es amparada en sus derechos por la policía de su país, EEUU, al hacerse eco de las acusaciones para defenderse de la agresión imputada a uno de los hombres más poderosos, esto es, con más potencia de voz en la actualidad.

Por tanto, si uno de los pilares de la modernidad democrática es el reconocer más allá de los derechos económicos, los derechos del propio reconocimiento, lo que podríamos llamar el “derecho al derecho” de las marginalidades (los derechos de género, del apátrida, del inmigrante, de fe y de culto, de raza, de enfermos y deficientes, de los sufrientes, incluso de los no-natos) cualquier atentado contra estas conquistas se entiende cargado de significación, un atentado “sagrado” que es convertido en agresión contra los pilares de la fe democrática.

Ese creo que es el punto de no retorno de la acusación a DSK. Pero es importante señalar cómo cada vez más nos encontramos con que el debate político no es simplemente un debate sobre posturas y programas de actuación, sino que se está convirtiendo en un campo de batalla de las legitimidades últimas. Así ocurre en nuestro país en el caso de Zapatero, al que se le culpa de la crisis, olvidando ya sus origines, al igual que a Edipo se le culpó de la peste de Tebas. Y es que tras estas acusaciones hay siempre el fantasma de la violación de los fundamentos democráticos; en terminología clásica, del alejamiento del tirano de la ley común del mundo civil. De hecho, en el caso DSK existe un tufillo de aparente abuso de posición dominante, del tan hispánico «no sabe usted quién soy yo», que es lo que transforma una escena de sainete (a lo PJ) en un velatorio trágico.

Asistimos por tanto, una vez más, al entrecruce del derecho como esfera de lo civil y de lo político. Lo que se da aquí es una intromisión de la una en la otra, porque no se nos escapa que lo que se juzga en una corte penal sobre la demanda contra DSK, no es simplemente su comportamiento penal, puesto que ese juicio se ha convertido de facto en el enjuiciamiento de su legitimidad política.

Y si el juicio de lo político, de su legitimidad, queda sub judice al ámbito de lo penal-civil, resultará que lo político, en cuanto legislativo, se impone sobre lo penal, mientras que lo penal, en cuanto prueba de los principios democráticos, cuestiona lo político, como si el exceso de regulación civil acabase por llevarse por delante la propia función de legitimación de la soberanía.

Pero volviendo al caso de Edipo, no hay que olvidar que su deslegitimación política le llega a través de una juicio penal del que resulta indemne. Edipo no tenía culpa ni en el homicidio de Laios, una reyerta fortuita en un cruce de caminos, ni de su incesto, dado que desconocía el parentesco con Yocasta. Y sin embargo, a pesar de que no hay condena penal, tras una causa que reúne todos los elementos del procesamiento legal completo, le alcanza la deslegitimación política. Esa deslegitimación opera a través de la esfera de lo moral pues es el propio Edipo el que, sin encontrase civilmente culpable, se autoexcluye de la esfera de lo político al comprender que su comportamiento es inaceptable desde el punto de vista de la adecuación con los principios de lo político.

Este análisis es relevante porque hoy en día nos enfrentamos en España a una situación tentadora desde el punto de vista del análisis de legitimaciones; una elecciones a las que concurren como candidatos más de 100 imputados en procesos civiles-penales. Una situación en que lo político busca anteponerse en su validez a lo meramente civil. Mientras en la opinión pública surge un clamor de deslegitimación política por ese hecho.

Tal vez no falta como en el caso de Edipo, la componente moral, por la que los imputados, con independencia del veredicto de los jueces, comprendan que hay una deslegitimación absoluta por el mero hecho de haber quedado contaminados por las causas abiertas. Efectivamente, no basta con las apariencias en la mujer del Cesar.

15 M

20 de mayo de 2011

Esta especie de sentada redentora está siendo remarcada y subrayada por la prensa internacional además de haber sobrepasado la prensa escrita en lo local y haber empezado a invadir la red. Según conocidos que han ido a explorar la sentada en la Puerta del Sol en Madrid, los acampados son simplemente una colección de perroflautas. Justamente por eso me han entrado las ganas de defender el movimiento y hacerlo desde el principio o desde lo profundo que, como se sabe, está en la superficie de las cosas. O quizá es que ya solo hay sitio para lo que se llamaba profundo en lo superficial, el resto de las localidades, más caras, habiendo sido ya agotadas.

Creo que el 15 M es un movimiento en medio de una campaña, electoral en ese caso. Y la distinción es pertinente pues explica parte de la incomprensión que percibo. Rorty hace esta distinción en un trabajo (de lectura obligada) del que destaco el siguiente párrafo reconstruido en el que no aparece como muy simpatizante de campañas de cualquier tipo aunque fueran exitosas:

Los movimientos por el contrario, ni tienen éxito ni fracasan. Son demasiado amplios y demasiado amorfos para hacer algo tan simple. Comparten lo que Kierkegaard llamó «pasión por lo infinito». Buenos ejemplos serían el cristianismo y el marxismo…… Los movimientos… exigen aportaciones de todas esas áreas de la cultura. Las necesitan para proveerse de un contexto más amplio dentro del cual la política ya no es simplemente política, sino la matriz de la que surgirá algo así como «el nuevo existir en Cristo», o »el nuevo hombre socialista» de Mao. La política de movimientos…. asume que las cosas podrían cambiar completamente, que surgirá una belleza extraordinariamente nueva.

He oído que se discute el posible parentesco entre este movimiento del 15 M y la primavera árabe que moviliza a la juventud de algunos países mediterráneos y también he escuchado la crítica aparentemente obvia de que ahí no hay libertad y aquí sí, de que allí no hay democracia y aquí sí tal como se manifiesta justamente en la campaña electoral que toca a su fin, pero que no parece vaya a poner punto final a la protesta difusa del movimiento ¡Democracia Real Ya!

Es seguramente cierto que en el origen de este movimiento estén las obscenas diferencias de ingresos, la ayuda oficial al sistema financiero o la ausencia de porvenir para esos supuestos perroflautas que abarrotan la Puerta del Sol. Pero mi punto de partida es que debiéramos afinar el oído por si acaso hay algo más. Escuchemos lo que decía ayer Teo Millán en las últimas líneas de su post:

……una elecciones a las que concurren como candidatos más de 100 imputados en procesos civiles-penales. Una situación en que lo político busca anteponerse en su validez a lo meramente civil. Mientras en la opinión pública surge un clamor de deslegitimación política por ese hecho. Tal vez no falta como en el caso de Edipo, la componente moral, por la que los imputados, con independencia del veredicto de los jueces, comprendan que hay una deslegitimación absoluta por el mero hecho de haber quedado contaminados por las causas abiertas. Efectivamente, no basta con las apariencias en la mujer del César.

De ese párrafo inferimos que ante la evidente falta del componente moral, el movimiento podría ser oportuno. No dice que no Natalia, pero, en cualquier caso, mira al movimiento con un ojo severo al que dice que haga el favor de tomar la vida en sus manos y que cada miembro, solo o en comandita, haga algo por sí mismo:

En este minuto lo que parece que es obligatorio hacer es alabar una organización espontánea basada en el uso de herramientas digitales. Bien, como movilización ha prendido, es caso de éxito, es emocionante en sí mismo. Volvemos al fondo de la cuestión, ¿dónde están las propuestas? Sí, por un lado está la democracia más real, la articulación de formas de participación más directas, en algunos artículos hasta se podían encontrar alusiones a la pluriarquía. Sin embargo, esto requiere hacerse una pregunta previa, pensar en el «quién» para poder delimitar un demos, y la pertenencia al demos exige un compromiso, algo que hace tiempo se ha dejado de trabajar.

La reconvención moral y política de Teo y el distanciamiento y recriminación de Natalia dejan, creo, espacio para una reflexión diferente y seguramente complementaria. Esta reflexión nos hace volver a hablar sobre el poder, los micropoderes aparentemente asépticos que sin embargo son ejemplo evidente de que la disipación de rentas no ha hecho su trabajo. El listado de micropoderes sería larguísimo, desde patronal y sindicatos a los medios de comunicación pasando por la inteligentzia y por la «gente honrada». Todos ellos generadores de rentas que, encima, son legales y éticamente impecables. Estos micropoderes son los que, sin nombrarlos, rechaza la actitud de los acampados aquí y allí tratando de articular en un lenguaje nuevo el grito del dominado, el lamento del privado de todo, del excluido de reconocimiento como nos dice Teo en un post de ayer, pero excluido especialmente de lenguaje en un mundo en el que la retórica dominante ya ha abarcado todo medio expresivo y deslegitima cualquier intento de participar en la conversación general que, en consecuencia, no es que sea aburrida, sino que no existe. La Puerta del Sol está llena de dominados y excluidos, además de parados y sin porvenir. Son como aquel Homo Sacer de Aganbem que puede ser asesinado sin responsabilidad penal pero que no puede rebelarse sin que alguno de esos micropoderes le reduzca a su estado natural de infusorio. No hay mejor ejemplo de esta situación vejatoria, de la denegación de la palabra, del no reconocimiento, que la suave bronca que les caído encima hoy de labios de Esperanza Aguirre porque adjetivan la democracia, como hacía Franco (democracia orgánica) o el socialismo real (democracia popular).

No, no hacen propuestas, Natalia, pero reivindico aquí la fuerza de lo negativo tal como hizo Savater allí por su juventud. No creo en las propuestas que no salen de una buena rabieta que anuncia la lucha por ocupar un lugar. Seguramente quedarse ahí es inane y patético, pero admitir los horizontes que se dibujan en el lenguaje oficial es una entrega a la fatalidad y una renuncia a la redención o la sed de absoluto. Son de estas rabietas de donde salen formas nuevas de vida y de entender quienes somos. Les doy la bienvenida en buena parte, supongo, porque me rejuvenecen. Me gustaría tener una guitarra, saber tocarla e ir esta noche a la Puerta del Sol para cantar Little Boxes que ya no está en You Tube porque se han detectado infracciones de derechos de autor. ¡Mira por donde! Sin embargo, su letra dice mucho del desencanto de los que ahora llamamos perroflautas porque no se acomodan ni a la meritocracia ni a los valores simpáticos que representaban los años cincuenta por medio de la voz de Frankie Lane que, ¡claro está! sí que puede ser escuchada aquí.

Sol y Rentas

21 de mayo de 2011

Queridos amigos, os quedo muy agradecido por vuestro comentarios al post de ayer sobre 15 M. Trataré de contestaros a todos directa o indirectamente en este post.

Es posible que la descripción factual de lo que está pasando os de la razón a los escépticos y también que yo nunca me haya curado de la rendija de luz que representó para mí el 68. También es posible que crea que mi necesidad higiénica de pensar al bies, como la que delinea Rorty, es general cuando es muy posible que sea un simple resabio de una educación jesuítica, antigua y muy particular. Y desde luego es muy posible que haya gente que ya lo ha hecho, eso de pensar al bies, y que ello les lleve a no estar en Sol.

Y claro que también es posible que haya entre los manifestantes de Sol muchos ex-tenedores de rentas o gente que pretende hacerse con alguna exigiendo al Estado que se la conceda como si fuera un derecho. Esa parece ser una costumbre habitual y muy generalizada.

Pero a diferencia de otras actividades de rent-seeking, esta actividad semi tribal que observamos (en mi caso de lejos) colabora al mismo tiempo a eliminar otra renta que a mí me parece más difícil de disolver y sin embargo crucial y lo hace mediante la competencia como dios manda.

Me refiero naturalmente a la renta que se genera por la imposición de unas conceptualizaciones definitorias de un cuadro mental del que uno no se puede salir. Se trata de las rentas que se generan en favor de quien impone las reglas del juego o del que define la agenda de una reunión negociadora. Esas reglas o el orden en esa negociación son muy importantes para llevarte el gato al agua, como lo es el orden de intervención en un debate para que a uno le den la razón. Este es un micropoder muy oculto que sin embargo está ahí en todo momento.

De la misma forma la imposición de una forma determinada de pensar (por ejemplo utilizando las curvas de oferta y demanda) hace muy difícil algunos análisis en los que los factores que afectan a uno u otro concepto no son fáciles de separar, como sería por ejemplo, pienso yo, el caso del sistema de relaciones laborales que a mi juicio está mal entendido cuando lo miramos como el mercado de trabajo.

Ojalá el movimiento 15 M sea realmente tal y florezcan mil maneras de mirar a la democracia y, en definitiva, a las formas de convivencia. Alguna nos ensanchará el alma.

Os reitero mi agradecimiento.

Perplejidad: biodiversidad y CT

24 de mayo de 2011

Ayer lunes terminó el seminario «La protección del conocimiento tradicional y su evaluación económica» organizado por el Dto. de Análisis Económico: Teoría Económica e Historia Económica de la UAM con el apoyo de la FUE. Forma parte del Proyecto conjunto entre la UAM y la UNAM denominado «Conservación, desarrollo, aprovechamiento social y protección de los conocimientos y recursos tradicionales en México».

Me gustaría reflejar aquí mi perplejidad ante algunos aspectos de las ponencias que he escuchado a Carmen Arguedas (UAM), Juan Carlos García Bermejo (UAM) y a dos investigadores sobre el terreno de una comunidad indígena en el estado de Michoacán (Jaime Navia y Gerardo Mora, ambos mejicanos trabajando en la ONG (GIRA) y en la Universidad Don Vasco, respectivamente).

Lo que yo observo de común entre ellas es las dudas que propician sobre la propia finalidad del estudio o de los estudios de apoyo. No se sabe bien que es lo que con ellos se persigue: la biodiversidad en sí misma o la diversidad puramente cultural, por un lado, o la emancipación de la pobreza de no pocas comunidades indígenas, por otro lado.

Carmen Arguedas hizo un exposición muy informativa sobre los aspectos económicos de la biodiversidad, algo muy importante para atacar con sentido el problema de los conocimientos tradicionales, especialmente en materia de plantas. El marco conceptual que utilizaba, perfectamente ortodoxo e impecable, me hizo pensar sin embargo sobre la finalidad última de la protección de la biodiversidad. No sé si el objeto protegido es ella en sí misma por puro gusto por la variedad o si lo que valoramos es más bien los productos y rendimientos económicos que podemos obtener, por ejemplo en farmacia.

Esto podría parecer una pijotería propia de un académico trasnochado o de un aprendiz de lógico, pero es que tiene sus importancia. Si lo que apreciamos es la variedad en sí misma, deberíamos lógicamente estar a favor de la pureza de cada raza y en contra del mestizaje pues éste disminuye la variedad, al menos aparentemente. En consecuencia se impone la pregunta de cómo medimos la diversidad de forma que podamos hacer compatible la variedad con el rechazo del racismo. Este me parece un primer ejemplo de las trampas que nos tiende el marco conceptual propio de la teoría de los bienes públicos y cualquier marco conceptual en general.

Un segundo ejemplo sería el correspondiente a la ponencia de JCGB. Como no se pueden patentar seres vivos topamos con el problema de cómo explotar los conocimientos tradicionales sobre plantas para que las comunidades indígenas puedan elevar su nivel de vida. Se imponen otras soluciones una de las cuales podría ser algo parecido al secreto empresarial. Pero entonces no hay manera de sacarle provecho puesto que la única manera de hacerlo sería que las propias comunidades trabajaran en el desarrollo de, por ejemplo, los principios activos de las plantas cosa para la que no están preparadas quizá porque no les da la gana. El marco conceptual en el que se mueve el análisis nos tiene una vez más atrapados.

Y, de repente, me topo con la ponencia de los dos investigadores de campo mejicanos mencionados quienes, en su exposición de la forma de administración autónoma de las comunidades indígenas, comienzan por irritarme por lo que, me parece en ese momento, es una falta de enfoque. Tomé literalmente la siguiente nota: «me parece que están exigiendo del Estado que haga algo para preservar formas de administración que se saltan al Estado».

Pero mi irritación se trocó en una cierta admiración cuando en la pausa para el café me explicaron que ellos veían su misión como una exposición cruda de las contradicciones que observaban y que no querían encerrarse en los esquemas establecidos.

Estos dos investigadores de campo me habían dado la lección básica que necesitaba. Rechazaban dejarse encerrar en el discurso hegemónico en el campo de la Teoría Económica que se preocupa por la biodiversidad o por la propiedad intelectual. Tampoco ofrecían una alternativa. Chapeau!!

Bodleian Library

26 de mayo de 2011

Hay que ser un profesor de Oxford con casa en la Provenza para publicar lo que publicó ayer John Kay en el FT sobre el informe Hargreaves sobre propiedad intelectual. Es imprescindible leerlo pues entre otras cosas representa el espíritu que uno trataría de encontrar detrás del 15 M. He aquí la traducción de tres líneas del primer párrafo:

Ian Hargreaves concluye que el régimen existente de propiedad intelectual, lejos de ser una fuente de innovación y crecimiento, les pone obstáculos.

El razonamiento es el tantas veces apoyado en este blog y en general en los escritos de los indianos, pero lo curioso es que compara los intentos de saltarse sistemáticamente las leyes por parte de los grandes piratas del momento como los esfuerzos que hizo Sir Thomas Bodley para crear su famosa biblioteca.

Esto podría ser un buen tema para debatir en Asamblea en Sol pues no está claro si los intentos de Google y otros por digitalizar todos los libros del mundo son encomiables pues apoyarán la innovación y el crecimiento o se trata más bien de la verdadera piratería a gran escala que prepara a estas empresas para ganar lo que otras ganaban y ganan con la gestión actual de los derechos de propiedad intelectual.

Esta duda y el hecho de que este informe provenga del conservadurismo sería un magnífico tema de debate en las asambleas de los indignados.

Notas

[1] Dicho esto, le sorprenderá a nuestro lector no encontrar 15 o más artículos sobre el tema en esta Crónica. Eso se debe a que el tratamiento que aporta Juan Urrutia es más un diálogo entre sus textos y el de otros bloggers, lo que demuestra el espíritu participativo y democrático (en el sentido más griego de la palabra) de este movimiento y sus expansiones.

[2] En su artículo «Sol y rentas», Juan Urrutia nos explica muy bien lo que quiere decir con esto: «Me refiero naturalmente a la renta que se genera por la imposición de unas conceptualizaciones definitorias de un cuadro mental del que uno no se puede salir. Se trata de las rentas que se generan en favor de quien impone las reglas del juego, del que define la agenda de una reunión negociadora. Esas reglas o el orden en esa negociación son muy importantes para llevarte el gato al agua, como lo es el orden de intervención en un debate para que a uno le den la razón. Este es un micropoder muy oculto que sin embargo está ahí en todo momento».

El Creador y la Ciudad

Crónica de una Crisis | Junio 2011

Prólogo

Y aquí es donde se rompe la ola. O a lo mejor sólo es el mareo del que no ha visto nunca una gaviota y se topa de pronto con el océano de la sincronía. Puede también que se trate del fulgor que experimentó Juan Urrutia al descubrir el Teorema de Equivalencia[1]. Lo indudable es que hay mucha sabiduría paradójica en que el pico de fuerzas de esta generación digital, líquida, transmoderna, post-occidental y resiliente se vaya a dar inmediatamente después de la crisis. No, no nos quejamos. Así estará todo dispuesto para la reconstrucción. Con ese pie ingresamos a un junio que por agenda se nos presenta como el hermano menor de un Mayo cargado de acontecimientos. El 15M y el rediseño sistémico de los mercados son, pues, los principales temas del mes, sumándosele una parada en la cuestión de la desigualdad, que viene a servir como puente entre la discusión más técnica y la acción directa de los ‘Indignados’.

Algo de esto parece entender «Agustín García Calvo en Sol», al que cita Urrutia para dibujar lo que no termino de decidir si es un traspaso de la posta generacional o un alegato por el poder destructivo-creador de la incertidumbre, a la que hace muy pocos meses invitábamos a bailar. Como fuera, me alivia y alegra poder sumarme al coro de renunciación del futuro. Tal vez se me hace más fácil por mi crianza punk, pero eso de «No future» es algo que no me sobresalta en absoluto. A lo mejor ayuda que yo lo lea como un «No future, ¡now!», reconociendo que el riesgo de ser teleológico es que renunciamos a las posibilidades de definir nuestros destinos en tiempo real –que es por cierto la única forma de hacerlo–, por lo que creo que Urrutia y García Calvo atinan al invitarnos a la libertad de no tener futuro.

Poseídos por el idealismo, quisiéramos encontrar un equivalente adulto para el igualitarismo fabuloso con el que arengábamos nuestras tardes jugando a los Tres Mosqueteros. Lo cierto es que uno no podría ser presidente ni de una asociación de mascotas siguiendo al grito de «Todos para uno y uno para todos», por lo que uno de los problemas principales de la economía política es «¿en qué medida la desigualdad influye en las decisiones políticas redistributivas?».

Parecería lógico que a mayor desigualdad la sociedad –el sistema– tendiese a políticas más redistributivas, pero cualquier economista que sepa que en un equilibrio de mercado puede ser eficiente sin ser justo, entiende que la cosa no es tan fácil. A partir de un paper de Lupu y Pontussen, Urrutia nos cuenta en su artículo que la estructura de la desigualdad[2] y no así los indicadores o índices de costumbre. Más aún, el estudio llega a sugerir que lo que de verdad importa es «la distancia entre la renta de la clase media y la de los pobres», pues cuanto más pequeña sea esta distancia, mayor predisposición social habrá por políticas redistributivas. Algo que, por pura serendipia, se confirma con la tendencia de los países más pobres a demandar medidas social/populistas o a directamente adoptar la revolución como forma de vida. Por algo fue en la devastada Rusia zarista, la que no contaba con una estructura proletaria o industrial, donde prendió primero la llama de la revolución socialista. Pero el argumento de Lupu y Pontussen también resuena con el movimiento del 15M, que librado de toda idealización e idealismo, es un coletazo del empobrecimiento de la clase media europea. Habrá pues que seguir la evolución de esta prometedora línea de investigación, no vaya a ser que nos ayude mejor a resolver nuestros problemas sociales que las estrategias de los que esgrimen índices Gini y otras cosas parecidas.

No podía saberlo en su momento, pero cuando Jim Jarmusch rodó «The limits of control», nos estaba regalando un aforismo para describir la actual relación entre el avance del mundo económico y las herramientas que tenemos para predecirlo. Como ya dijimos antes, hemos llegado a un punto en el que, a pesar de tener al riesgo domesticado, la incertidumbre persiste y con efectos críticos cada vez más extremos. Emplazado por ello, Juan Urrutia quiere hacer la «prueba Samuelson» e intenta convencer a su mujer que la proliferación del mercado no es la (única) causa de la crisis ni tan mala como nos hacen creer. Pero admite que aunque él crea que es así, no hay «garantía teórica de que la extensión de mercados sea una mejora [a menos que la extensión sea total]». Lo malo es que esa extensión es casi imposible fuera del dominio de la abstracción[3], por lo que casi no tiene valor como «óptimo» sobre el que construir una regulación para el mercado en cuestión. Ahí lo que tenemos que hacer es comprender que esa imposibilidad implica un sistema regulatorio más fuerte y flexible, que reconozca sus limitaciones y pueda adaptarse a escenarios inciertos sin por ello distorsionarse o colapsar.

Urrutia cree que una precondición básica para lograrlo es desarrollar el pensamiento oblicuo, ‘al bies’. Con este seremos capaces de considerar ideas inusuales y así distinguir el riesgo de la incertidumbre. De esta reflexión se desprenden dos conclusiones:

En primer lugar está muy bien que divaguemos sobre esa distinción pues estamos hablando de una pretendida ciencia que estudia la dinámica de un sistema que se mueve empujado por expectativas lo que hace que no podamos olvidarnos de la reflexividad del sistema, es decir del hecho de que su dinámica varía con la opinión que los científicos emiten en relación a lo que observan o con la interpretación vulgar de esas opiniones. (…) En segundo lugar deberíamos [distinguir] entre un mundo probabilizado y un mundo sin probabilizar, [algo importantísimo para definir lo que entendemos como nuestro objetivo sistémico, es decir si los agentes se distinguen por sus preferencias y/o por sus probabilidades subjetivas].

Si con Urrutia aplicamos estos preceptos al cálculo del VAR[4] como se entiende hoy, estaremos aún en el dominio del riesgo, pero habríamos pasado a trabajar con un riesgo estructural, más adaptable a la aparición de acontecimientos inesperados. Pero no deberíamos quedarnos ahí, sino que

[en lugar de limitarnos a calcularlo, añadir el diseño de mecanismos de manejo de ese riesgo] a fin de conseguir no ser destruidos (esto es, nosotros con el sistema) en casos excepcionales que no hay forma de probabilizar.

Pero Samuelson todavía tiene razón, pues la esposa de Juan Urrutia ha dado en el clavo. El rediseño ‘al bies’ de ese andamiaje debe perseguir el objetivo de evitar que el sistema pueda caer cautivo de los micropoderes –o de los rentistas de Krugman. Esa ‘Doble Nelson’ es la que ha causado que la crisis sea tan larga y difícil de solucionar, pues mientras los grandes deudores (con acceso a los resortes políticos) estén protegidos de las pérdidas a costa de los demás, no hay incentivos para presionar la búsqueda de soluciones a la crisis o generar empleo o disminuir la desigualdad, etc. De esto se ocupa Urrutia en su artículo «Krugman y los rentistas», en el que entreteje un vínculo entre los reclamos de Paul Krugman y el «espíritu de negatividad» que hace del 15M un movimiento en la acepción rortyana. Así, con esa pugna subterránea orquestada al ritmo de una inminente crisis del euro (que a mediados de julio sabemos que efectivamente sucedió), Juan Urrutia cierra sus reflexiones con la voz de un locutor de radionovela pulp tirando un inoportuno <cliffhanger:

Y mientras tanto los ministros de finanzas de los países de la zona euro no aprovechan la ocasión para ponerse de acuerdo sobre la participación de la banca en el rescate de Grecia.

Como en todo juego de adivinanza, hay por lo menos 51% de probabilidades de fallar si intentamos predecir lo que sucederá ahora[5]. No hace falta dotes de clarividencia para jugarnos por una crisis de la eurozona que ya se avizoraba venir desde febrero pasado. Tampoco tiene mérito decir que de esta larga crisis despertaremos a un mundo completamente cambiado. Comentar lo obvio no es lo que hace valiosa a una crónica como esta, compuesta por memorias extrañas de años nerviosos. Menos intentar anticipar las reacciones de un sistema económico cuyas voluntades creen haber sitiado los micropoderes de siempre. Ahí funciona bien el Juan Urrutia dada-punk que demanda espabilar ahora, renunciar a la inercia teleológica o a la cavilación estéril de las instituciones doctas, donde se reduce la economía a una ficción. Esta crónica más bien va como el Capitán Ahab. Y aunque en Bolivia no tenemos litoral, lo entiendo todo. Con su flujo regular pero tan incierto, el mar es la más perfecta de las metáforas. Claro, es que como las crisis, es uno de esos lugares extraños en los que se hacen cosas con palabras.

Agustín García Calvo en Sol

2 de junio de 2011

Argullol decía el lunes pasado en El Sitio, ya en el coloquio, que los del 68 tenían referentes y que los acampados de hoy no los tienen. No parece que mi admirado Agustín García Calvo piense lo mismo. Estas son sus palabras en la Puerta del Sol el 19 de este mes reproducidas en Sin permiso que me llega, como siempre, por cortesía de APA. Voy a subrayar algunas de esas palabras y comentarlas sin que ello sea excusa para no leer aquí el texto completo.

Empiezo por lo verdaderamente importante si algo lo es en este movimiento:

Sois la alegría, es la alegría de lo inesperado, de lo no previsto, ni por parte de las autoridades y gobiernos, ni por parte de los partidos de cualquier color, verdaderamente imprevisto: […]

Añade que lo estaba esperando desde hace unos 46 años. Se refiere al año 1965 cuando comenzaron los espasmos que abocaron al hoy denostado 68:

Os cuento un poco cómo: por los años sesenta, como habéis oído los más jóvenes, empezó a levantarse por el mundo una oleada principalmente de estudiantes en las universidades, cámpuses y sitios así de Tokio, California… el sesentaycinco, en febrero, esa oleada llegó a Madrid; yo me dejé arrastrar por ella con mucha alegría, me costara lo que me costara; como sabéis la ola después siguió en Alemania con Rudi Dutschke el Rojo y después finalmente en Francia, con el famoso mayo francés, donde fue más o menos terminando la ola. Os voy a decir cómo entiendo yo que aquello del año 65 se relaciona con esto.

Parece por este párrafo que la ola se pasó, pero yo me atrevo a decir que nada menos que el nacimiento de los neocon llegó como reacción a aquella ola que parecía pasajera. Pero sigue la explicación de la naturaleza de la ola, los referentes del momento según Argullol:

… en aquellos años en el mundo avanzado o «primero» se estaba estableciendo un régimen, un régimen del poder, que es justamente éste mismo que ahora estáis padeciendo conmigo… y que es, para decirlo brevemente, el régimen, la forma de poder en que el Estado, la gobernación, la administración estatal está del todo confundida con el capital, con las finanzas, con la inversión financiera: enteramente confundida.

Parecería que lo que dice es propio de otros tiempos, aquellos en los que uno podía ser de la «cáscara amarga», pero está hablando nada menos que de la captura del regulador, un tema muy actual que bien pensado es muy desmoralizador. Pero D. Agustín va a ir un poco más allá afirmando que contra lo que se levantan los acampados es contra ese régimen del Dinero.

… yo creo que muchos de vosotros por lo bajo estáis sospechando que es contra eso principalmente contra lo que os levantáis, contra lo que sentís ganas de gritar, de decir lo único que el pueblo sabe, que es decir ¡NO!

Y como corresponde a ese ¡NO! ofrece a los acampados algunas ocurrencias naturalmente negativas
Lo primero es no contar para nada con el Estado sea cual sea: ninguna forma de organización estatal. Es un error que por lo que veo muchos de vosotros percibís sin que haga mucha falta decíroslo.

No me parece que esto último sea cierto pues muchos de ellos están pidiendo indirectamente la intervención del Estado, pero veamos la segunda ocurrencia realmente escandalosa pues osa recomendar el no creer en la democracia:

La Democracia es un… un trampantojo que está fundado sobre todo en esta confusión que el nombre mismo denuncia: demo y kratos. Kratos es poder y Demo se supone que es pueblo, y, sea lo que sea de los avatares de cualquier historia, nunca el pueblo puede tener el poder: el poder está contra el pueblo.

El escándalo se disipa un poco si seguimos sus palabras pues nos encontramos con Foucault mismo:

El régimen democrático es simplemente el más avanzado, el más perfecto, el que ha dado mejores resultados, el que ha llegado a producir el Régimen del Bienestar en el que nos dicen que vivimos; es simplemente eso, pero al mismo tiempo no deja de ser el Poder, el de siempre. Por el contrario, cuanto más perfecto, cuanto más avanzado, está más avanzado en sus trucos para engañar y por tanto en el manejo de la mentira, que es esencial para cualquier Poder.

¿A quién no le emociona un poco la denuncia del Poder? Yo creo que a nadie pues nadie se libra de su peso y todo el mundo se da cuenta de que el Poder…

….ha asimilado el levantamiento, porque ha asimilado la protesta, que es la manera en que a través de revoluciones siempre fracasadas los estados han venido avanzando; es lo que justamente les hace falta, porque para seguir siendo el mismo como lo es, el Dinero no puede menos de cambiar, cambiar para seguir igual: éste es el gran truco que tenéis encima.

Pero no para ahí García Calvo y da otra vuelta de tuerca al engaño que es toda esperanza y sobre todo el sustrato de cualquiera de esas esperanzas: el Futuro.

… el Futuro: éste es el enemigo. Comprendéis bien que al rechazar vuestro levantamiento como intención de encontrar otro régimen mejor, estoy desengañándoos del futuro. El futuro es eso con que os engañan, …. y eso es justamente, aunque no lo digan, una resignación a la muerte, a la muerte futura.

E insiste:

El futuro es de ellos, es su arma. Por tanto nunca dejéis que os suene como algo bendito o beneficioso: debe sonaros justamente a muerte, que es lo que es el futuro.

Y termina con una llamada a la revolución dadaista:

ocupación de los centros, hacerlos reconocer que no están ahí ni para enseñar ni para investigar ni para nada, que están ahí para examinar, examinaros y producir así futuros funcionarios, están creando vuestro futuro, en eso no nos engañan, y por tanto la acción más inmediata ¿cuál puede ser?: pues naturalmente la destrucción, el boicoteo de los exámenes en curso; …. recordando que la sumisión a los exámenes es simplemente sumisión al futuro, que nosotros no tenemos futuro,

El reconocer que no hay futuro es el gesto más radical. Y nos hace libres.

Medidas redistributivas y la estructura de la desigualdad

8 de junio de 2011

El 3 de junio, hace solo unos días, Tyler Cowen nos pasó un resumen del trabajo de Noam Lupu and Jonas Pontussen sobre la relación entre la desigualdad y las medidas redistributivas titulado «When does greater inequality lead to greater redistribution?» y publicado en la American Political Science Review. Se trata de un problema de economía política: ¿en qué medida la desigualdad influye en las decisiones políticas redistributivas?

La primera intuición sería que a mayor desigualdad la ciudadanía estaría dispuesta a votar en favor de políticas más redistributivas. Pero lo que los autores citados descubren es que la cosa es un poco más complicada.

Lo que importa, parece ser, es la estructura de la desigualdad y no un cierto nivel de un índice único como, por ejemplo, el de Gini, entendiendo por estructura las relaciones entre distintos segmentos de la distribución de la renta.

Controlando por la etnia o la raza encontramos que lo que importa es la distancia entre la renta da la clase media y la de los pobres diciéndolo de una manera poco técnica. Cuando esta distancia es pequeña ocurre que la gente está más dispuesta a votar por medidas redistributivas en favor de sus aparentes «colegas de clase» en una especie de altruismo con los de alrededor. Lo contrario ocurre cuando esa distancia es grande. El trabajo contiene muchos otros resultados referidos a varios países.

Lo interesante es que en el estudio específico para los USA los resultados no siguen esa pauta pues la falta de solidaridad con los pobres es mucho mayor de lo que correspondería a la distancia observada entre esos dos segmentos de renta. Los autores sugieren que el control por raza no funciona bien ya que la raza se transmite a la distribución de la renta. Lo que allí pasa, en efecto, parece deberse a que entre los pobres hay muchos negros con los que la solidaridad no es grande porque los negros no son «de los nuestros» aunque su renta no sea tan baja con relación a la nuestra.

Lean el trabajo, está lleno de ideas interesantes, y fíjense en la posición de España. Somos muy parecidos a los USA. ¿Quiénes son nuestros negros?

Pensando ‘al bies’

12 de junio de 2011

– Publicado en Expansión –

El 90% de los científicos que han existido en la historia están vivos. Hace casi 40 años, cuando me doctoré, había tan pocos economistas importantes que haber podido estrechar la mano de Samuelson, uno de los más reverenciados por los actuales profesores de economía según un estudio-encuesta realizada por William L. Davis et al. (Economic Journal Watch, vol. 8, nº2, mayo 2011, 126-146), era un hecho asombroso que esperabas poder contar a tus nietos. Pero hoy esos nietos, aunque estudien Economía, no pueden entender la adoración ya que ésta, en efecto, solo cabe cuando hay pocos dioses. Hoy el Olimpo está realmente a rebosar.

Pues bien, Samuelson decía que ningún trabajo teórico vale mucho si no se lo puedes contar a tu mujer. Mi mujer, que no es economista, me preguntaba el otro día si no sería cierto que yo le había estado engañando cantándole las excelencias de la extensión de los mercados cuando, según el documental «Inside Job» que ella acababa de ver, parecería que, aparte de corrupciones varias, la clave del desastre estaba en la proliferación de mercados que iban desplazando el riesgo hasta el infinito sin que nadie tuviera incentivos a manejarlo además de calcularlo. Le contesté que no hay garantía teórica de que la extensión de mercados sea una mejora, (aunque yo así lo creía y lo sigo creyendo) pues solo lo es con toda seguridad cuando la extensión es total, es decir llega a cubrir todos los bienes físicos en todos los posibles y concebibles estados de la naturaleza, entendidos éstos como la descripción precisa de todas y cada una de las características relevantes del entorno. Naturalmente esta extensión es algo que solo es concebible en un límite abstracto cuyo mención y manejo puede servir como manera indirecta de pensar pero que, sin embargo, nos ayuda a alcanzar conclusiones importantes como, por ejemplo, que la regulación es necesaria aunque no sea fácil de diseñar ya que para ello sería necesario estar seguros de que vislumbramos el futuro y sus sorpresas con cierta precisión.

Esa manera indirecta de pensar es a la que se refiere John Kay en su último libro Obliquity (Penguin Press USA, abril 2011). Es simplemente observable que muchas ideas valiosas se entienden porque hemos evolucionado hacia el ejercicio del pensamiento oblicuo (que podríamos llamar también vago o, todavía más bonito, ‘al bies’), hacia una manera de mirar que no enfoca el objeto de interés de una manera directa. Y si hemos evolucionado en esa dirección debe ser debido a que tiene ciertas ventajas para la supervivencia. Por eso está bien que practiquemos ese pensar al bies en relación con el pretendido fracaso de los modelos macrodinámicos, un fracaso que está en el centro del debate macroeconómico mínimamente preciso. Fracaso en cualquier caso relativo pues sin ellos no sabríamos hoy por qué no podemos olvidarnos de la incertidumbre como algo distinto del riesgo por utilizar esa distinción asociada al nombre de Frank Knight.

En primer lugar está muy bien que divaguemos sobre esa distinción pues estamos hablando de una pretendida ciencia que estudia la dinámica de un sistema que se mueve empujado por expectativas lo que hace que no podamos olvidarnos de la reflexividad del sistema, es decir del hecho de que su dinámica varía con la opinión que los científicos emiten en relación a lo que observan o con la interpretación vulgar de esas opiniones. Parecería pues que cierta divagación es inevitable y deseable.

En segundo lugar deberíamos entender la distinción knightiana como correspondiente a la distinción entre un mundo probabilizado y un mundo sin probabilizar. Esto es muy importante para la toma de decisiones pues en el primer caso tenemos la regla de von Neuman (que nos pide maximizar el valor esperado de la utilidad) mientras que en el otro contamos solo con el resultado de Savage de que hay unos valores entre cero y uno, que podemos interpretar como probabilidades subjetivas, y que nos llevarían a cada uno de nosotros a tomar decisiones que maximizan nuestro personal y subjetivo valor esperado. En un caso la gente se diferencia solo por sus preferencias mientras que en el segundo se diferencia además por sus probabilidades subjetivas, es decir por algo que debe ser bastante vago pues cada uno puede tener las suyas propias e intransferibles.

Si ahora, en tercer lugar, aplicamos esto al cálculo del riesgo de acuerdo con el modelo VAR (Value At Risk) de una inversión, nos encontramos en el mundo del riesgo. Para calcular la máxima pérdida posible, hemos de tener en cuenta las correlaciones existentes entre los rendimientos de los diferentes activos que conforman la cartera y hacerlo según un modelo estocástico de generación de datos que va ajustando sus parámetros de acuerdo con los datos nuevos que se observan. Pero es posible la existencia de lo que Taleb (The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable, Random House, 2007) llama cisnes negros, es decir acontecimientos totalmente inesperados equivalentes al cambio de régimen del servicio en las líneas de autobús del ejemplo que John Kay ofrece en su libro citado. Uno esperaría un autobús público, que se supone pasa cada cuarto de hora, hasta quizá 30 minutos; pero dejaría de esperar y se procuraría otro medio de transporte si la espera pasa de la media hora, pues entenderá que el régimen del servicio de circulación ha sido alterado. En términos econométricos esto último se llama riesgo estructural, es decir debido a que el modelo estructural, cuya forma reducida usamos para estimar parámetros cuyos valores vamos actualizando, puede no ser el adecuado. De ahí que deberíamos tener en cuenta ese riesgo estructural (que corresponde a la incertidumbre) y no deberíamos limitarnos a calcular el riesgo sino que debiéramos añadir el manejo de ese riesgo a fin de conseguir no ser destruidos en casos excepcionales que no hay forma de probabilizar.

Y así acaba esta divagación en la esperanza de que les haya medio convencido de que el pensamiento vago, o al bies, tiene su interés. Ya saben ahora lo que contestar cuando alguien les apremie a ir al grano.

El Creador y la Ciudad

15 de junio de 2011

Hoy les ofrezco, por fin, una copia de mi aportación al catálogo de la exposición «La Innovación es un Eco de Nosotros Mismos», organizada por Jose María Torres Nadal como parte del proyecto Petracos. Reza como sigue.

EL CREADOR Y LA CIUDAD

El hecho de comenzar este breve escrito con un remedo del título de un ensayo de Eugenio Trías (El Artista y la Ciudad) de hace ya 35 años a fin de comunicar mis ideas sobre innovación y creatividad quiere ser entendido como una declaración de principios. No es, en efecto, la novedad como tal la que nos hace descubrir los cambios que la sensibilidad de los tiempos exige. Lo necesario para excitar nuestra creatividad puede encontrarse en arcanos de sabiduría olvidados o en la ingenuidad de unas preguntas infantiles.

Por eso unir en un mismo título al artista o creador, como encarnación de la irracionalidad deseante y la ciudad, como espacio en el que impera la racionalidad de la producción, no es sino una llamada a intentar sobrepasar esta dualidad implícita encontrando un principio-guía que nos arrastre por el camino de una fraternidad que no puede darse sin la simbiosis entre la racionalidad que uno asocia con la acción del sujeto económico y las emociones que uno supone se encuentran en el origen de una obra de arte.

Ese principio-guía podría ser, pienso yo, lo que en otro lugar he denominado la lógica de la abundancia, una expresión aparentemente contradictoria con el principio de escasez que parece ordenar el mundo de la economía en el que la producción tiene lugar. Esta noción está íntimamente asociada, por un lado, a la formación de redes virtuales facilitada por las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) y que da cuenta de la abundancia y, por otro lado, con la posibilidad de liberarse de la esclavitud de la división del trabajo.

En cuanto a la abundancia, ésta se consigue gracias a esos rendimientos crecientes a escala por parte de la demanda que se asocian al efecto-red, es decir al hecho de que cuanto más nodos tenga una red más beneficioso es unirse a ella ya que menos costosa es cualquier operación productiva realizada en esa red tal como muestra una red telefónica en la que el coste unitario desciende significativamente con el tamaño de dicha red. En el límite una red productiva desemboca en lo que los economistas llaman competencia perfecta, una situación en la que todo el mundo recibe lo que aporta en el margen y nadie goza de «renta» monopólica de tipo alguno.

En ese límite tan especial el deseo y la producción devienen compatibles y no hay manera de diferenciar un usuario de un productor. Y, más en general, la especialización del trabajo ya no es tan importante para la obtención de la eficacia productiva. Podemos permitirnos el lujo de convertirnos en pluriespecialistas y nos podemos librar en buena medida de las jerarquías.

Es en un mundo así en el que la creatividad florece, en el que podemos empezar a creer en la innovación como algo más allá de un slogan y en el que toda tensión entre el contexto general y los proyectos individuales ha sido eliminada. Y no solo eso sino que, además, no tiene mucho sentido preguntarnos por si hay que sentir como el público o hay que encastillarse en el papel de creador. Todos somos público y todos somos autores.

Pero para alcanzar este desideratum es necesario que nada entorpezca la formación de redes y que éstas estén lo suficientemente distribuidas como para que cualquier intento de monopolizar, aunque sea temporalmente, la invención a través de las figuras de la propiedad intelectual o de reservarse, por cualquier medio, parte de las «rentas» generadas sea contestado inmediatamente por la rebeldía de la coalición de todos los demás, es decir de todos. La política no es suficiente y, a menudo, es un impedimento.

El problema es cómo fomentar esa rebeldía, cómo conseguir que se alcance el umbral de la rebeldía o número mínimo de personas que cada uno de nosotros exige como compañeros de rebelión. Y es aquí donde entra la arquitectura entendida desde el punto de vista de un profano. Su papel es el de facilitar el alcance del umbral de la rebeldía a través del fomento de los contactos entre personas aunque no de cualquier manera. En efecto, nunca encontraremos un grupo de ciudadanos de suficiente tamaño dispuestos a rebelarse contra lo que sea y, por lo tanto abrir las puertas a la creatividad y consiguiente innovación, a no ser que todos los miembros de ese grupo sepan que los demás saben que ellos saben que los demás saben que ellos saben que….los miembros de ese grupo quieren que las cosas se hagan de otra manera. Una ciberturba como la que protagonizaron los cariotas hace unos meses es una forma de alcanzar, a través de la presencia física simultánea en una plaza pública, ese conocimiento común tan raro y específico por otra parte.

Pues bien, la arquitectura si quiere ser algo más que el mero producto arquitectónico debe ser un agente generador de ese conocimiento común proporcionando espacios donde la gente puede estar segura que sabe que los demás saben que ellos saben… que están dispuestas a rebelarse.

Pero, ¿rebelarse para conseguir qué? Nada más y nada menos que aquello que los demás están dispuestos a hacer para innovar productivamente sí, pero también «deseantemente». Sería imperdonable que una disciplina como la arquitectura, tan difícil de adquirir y tan necesaria para nuestra vida, no estuviera a la altura de los tiempos de cambio que acechan y no colabore a generar las condiciones en las que la disidencia y la rebeldía acaben con la parálisis social. Ha de estar abierta a toda la ciudadanía y no sólo a los clientes sean estos privados o públicos, ha de plantearse su papel más allá de su carácter profesional y no debe amparase tras un esteticismo encomiable pero insuficiente. Está en juego nada menos que curar la fisura nunca cerrada que separa la producción y el deseo.

Krugman y los rentistas

20 de junio de 2011

Las manifestaciones de ayer organizadas por los indignados recuperaron parte del espíritu inicial del movimiento concentrándose en simplificar las propuestas y volver al espíritu de la negatividad que es en donde está su fuerza: contra el pacto del euro.

A este respecto es una coincidencia al menos curiosa que las manifestaciones se dieran el mismo día en el que aparece el artículo de Krugman en El País Negocios. En ese artículo culpa a las autoridades de estar haciendo política para proteger a los rentista en contra de los intereses de los trabajadores a través de la negativa a gastar más.

No se sabe si los rentistas capturan al poder político o si éste ha de contar con aquellos para seguir siendo el poder, al menos aparente. Ya iremos sabiendo.

Y mientras tanto los ministros de finanzas de los países de la zona euro no aprovechan la ocasión para ponerse de acuerdo sobre la participación de la banca en el rescate de Grecia.

Notas

[1] «Y es justo en este punto en donde se cruza en mi mente la analogía con la Teoría Económica que yo practiqué y admiré y que distinguía los teoremas en el límite de los teoremas límite. En el límite, es decir en una economía formada por un continuum de agentes nos encontramos con el Teorema de Equivalencia, un resultado como un fogonazo, lo más brillante que nunca me haya cegado. Lo absurdo, en el sentido implícitamente sugerido antes, se hace real en ese límite que es la irrealidad misma y entendemos cual es el ‘camino de lo imposible’: el estrecho filo de una situación extrañamente estilizada en la que nadie puede amenazar a nadie con retirarse pues su contribución al grupo es nula. Pero lo que querríamos saber también a fin de comprender si ese absurdo podría ser relevante en el ‘camino imposible’ de la competencia en una economía finita en donde todos tienen una mayor o menor capacidad de amenaza. Para ello necesitamos saber si nos acercamos (de una manera continua) desde la realidad a la absurda irrealidad.»

[2] Nuevamente apelando a la Teoría General de Sistemas, cuando decimos «estructura» nos referimos a las relaciones entre los distintos niveles de distribución de la renta, así como a los otros clivajes sociales que determinen la distribución o su fallo.

[3] Esto porque la extensión total requeriría cubrir no sólo todos los bienes del mercado en un estado determinado, sino en todos los estados de la naturaleza posibles.

[4] El cálculo del Valor ajustado al riesgo de los bonos y títulos financieros.

[5] Bueno, eso si es que somos risk-averse.

Los árboles y el bosque

Crónica de una Crisis | Agosto – Septiembre 2011

Prólogo

Como lo sabe cualquiera que haya tenido que sufrir un resfrío en pleno verano, la crisis no se toma vacaciones. Y no sólo pasa con las crisis personales, financieras o institucionales; ningún tipo de crisis dará jamás tregua navideña, estival, ni nada por el estilo. Que hayamos decidido antologar juntos dos meses tan cargados de acontecimientos como Agosto y Septiembre de 2011, obedece precisamente a otra crisis. La mañana del 21 de Agosto, mientras pescaba en Roses, Juan Urrutia arponeó –o más bien fue arponeado por– una gran ballena blanca escondida en la forma de un infarto. Obligado a bajar la marcha por esa crisis, sus textos aparecieron en el blog con menor regularidad, aunque todavía es posible hilvanar una cronología de estos meses a partir de los que Urrutia sí consiguió publicar. Rescatando algunos apuntes del archivo de esta crónica y echando mano de recortes de prensa para aportar contexto, aquí procuramos trazar juntos el mapa analítico más completo posible.

Agosto también tiene significado extra, al marcar el aniversario de la crisis (que algunos delimitan a partir de su agudización en 2008, pero que se enraíza bastante más atrás). Urrutia inicia el mes recordando su cuarto aniversario con una cita a “Las uvas de la ira” y la telegráfica memoria de un trance que se avizoraba largo y complejo ya en 2007, para luego volver sobre uno de sus temas predilectos: la incertidumbre sistémica como miopía analítica. El antídoto que Juan Urrutia nos viene proponiendo consiste en expandir la mirada hacia campos, no siempre evidentes, donde se pueda encontrar herramientas más adecuadas para lidiar con los desafíos de hoy, que nos enfrentamos a un entramado social cada vez más complejo y simultáneo –si cabe el término para explicar la exportación de movimientos aparentemente locales como la “Primavera Árabe” o el 15-M.

No hace falta ampliar nuestra línea temporal para encontrarnos con ejemplos de esto, pues ese mismo agosto Urrutia se sorprendía al notar que los analistas no daban con una explicación para los estallidos violentos de Inglaterra [1] o el masivo brote de “indignados” en Israel [2], dos países “que no son precisamente los más castigados por los problemas de endeudamiento de la fase presente de la crisis”; mientras que en aquellos que están en el meollo mismo de la hecatombe (Irlanda, Italia, Portugal, España o EE.UU.) “nada violento ocurre en el ámbito del orden público”. Sí, los argumentos más obvios apuntaban al fracaso integrador de una sociedad falsamente multicultural, o al diseño institucional de un Estado en permanente tensión, pero había algo más detrás de tanto caos… algo tan esclarecedor como pavoroso, que no terminamos de comprender ni cuando similares movimientos de protesta han proliferado en las más diversas partes del mundo, incluidas aquellas hasta hace poco “pasivas” en su tránsito por la crisis.

Con todo, ese magma de hastío ha desencadenado procesos de violencia simbólica mucho más desconcertantes –si bien menos visibles que una marcha de protesta– en varios de los países más golpeados por la crisis. Hablamos por ejemplo del arraigado descrédito de los procesos democráticos, visible en países donde las cifras de participación electoral son muy bajas1 y el descontento social se traduce en anomía, o cuando evidenciamos el drástico viraje hacia un discurso de derecha (con un barniz algo xenófobo) que ha experimentado un amplio sector de la clase media europea. O lo que es peor, el declive hacia la irracionalidad beligerante sufrió el discurso conservador en países como Estados Unidos. Al margen de la causalidad de estos fenómenos, sin duda difícil de trazar, no se puede negar la necesidad urgente por desarrollar herramientas analíticas transversales y múltiples (laterales y heterodoxas, a decir de Urrutia), que nos permitan ya no predecir “acontecimientos ortogonales a nuestra experiencia observada”, sino desentrañar el rumbo de unos tiempos tan marcados por la “incertidumbre sistémica” como los nuestros. Son estos los temas que Urrutia trata en un par de los artículos publicados en Agosto (“Asuntos veraniegos” e “Incertidumbre sistémica”).

Con un toque de distendida charla de tarde veraniega, luego de acotar temas de orden sociológico, toca encararse con las tan temidas short sales: “¿Hemos de prohibirlas?, ¿Por qué?” Sin duda se aprecia la sangre fría de Juan Urrutia, pues ante los primeros indicios de una probable caída colectiva de las bolsas europeas, los brokers, banqueros y policymakers de medio continente ya tenían el dedo en el botón de “cerrar operación”, con pocas intenciones de reflexionar sobre sus motivaciones. Juan Urrutia continúa: “O bien contamos con buenas razones teóricas o bien lo único que se persigue es un respiro para hacernos con ellas e intentar acumular evidencia empírica sobre el impacto de esas operaciones en los acontecimientos bursátiles de estos últimos días”. La primera razón para regular las ventas en corto no puede venir sino del deseo de minimizar las ventajas que poseen algunos agentes gracias a las asimetrías informativas inherentes al mercado. Es más, los rendimientos crecientes y el efecto rebaño que presenciamos en algunos de estos mercados justifican el deseo de evitar esas deformaciones por medio de la regulación.

Pero Urrutia ajusta su argumento al aclarar que no se necesita hablar de “prohibiciones”, sino de un “verdadero mercado” en el que el margen especulativo se vea reducido por la fuerza vinculante de los acuerdos alcanzados. Es decir, si una de las partes involucradas incumple lo pactado, es responsabilidad del mercado activar mecanismos que mitiguen ese impacto. Esto no es nada del otro mundo, como nos recuerda Urrutia al sugerir tarifas de entrada al mercado y otras medidas que ya cumplen ese rol en otros contextos. Lo raro está en que no se haya implementado aún ninguna política de ese tipo, cuando son comunes en el mercado de futuros sobre materias primas, por ejemplo.
El post “Los árboles y el bosque” da fe de la visión heterodoxa que tiene Juan Urrutia de la regulación. Aprovechando la enésima reunión que Merkel y Sarkozy celebran para una vez más barajar las cartas y volver a repartir sin cambiar las apuestas, nos recuerda lo poco útil que es una homogeneización impositiva o incluso la idea de un “gobierno económico único” cuando no se está dispuesto a rellenar los espacios que hagan de esa declaración algo más que aire caliente. Lo peor es que las más de las veces parece no haber ni voluntad ni capacidad para afrontar esos retos, pues a diario tenemos que escuchar meter la pata a los “líderes” que tendrían que estar trabajando para sacarnos de la crisis. Como apunta Urrutia,

[Ya] basta de eufemismos e incompetencia. No es suficiente decir, como la Lagarde, que se necesita fomentar el crecimiento sin abandonar la consolidación, sino que esperamos de esa institución que ella dirige nos diga qué viene antes y qué después y ello en cada país pues no están necesariamente acoplados.

Además de seguir la evolución diaria de la crisis durante este par de meses, una vez que su salud le permitió regresar al blog, Juan Urrutia se propuso recuperar sus columnas para «Expansión» que tuvieron que quedarse en el horno por culpa del desbarajuste cardiaco. “El músculo duerme, la ambición descansa” y “Crisis de deuda soberana, sector financiero y ausencia de liderazgo”, lejos de perder actualidad por el gafe cardiovascular, sirven aquí como colofón para una nueva etapa de la crisis, pues al desplome financiero de mediados de 2011 le siguió una crisis política que ni a fines del primer mes de 2012 se había conseguido superar. Pero como nos han enseñando en el mundo del espectáculo… el show debe continuar. Pongámonos pues manos a la obra, que si los catéteres e intravenosas no pudieron con Urrutia, mucho menos una simple crisis económica. ¡Qué va!

Referencias adicionales
[1] Oppenheimer, Walter. “Los disturbios estallan fuera de Londres” El País 09/08/2011 http://www.elpais.com/articulo/internacional/disturbios/estallan/fuera/Londres/elpepuint/20110809elpepiint_3/Tes
[2] García Gascón, Eugenio. “Más de 300.000 indignados israelíes piden ‘justicia social’” Público 06/08/2011 http://www.publico.es/internacional/390678/mas-de-300-000-indignados-israelies-piden-justicia-social

Helados de leche de mujer

4 de agosto de 2011

Uno de los organizadores de la Summer School de la FUE de esta año presentó un trabajo que, al tratar de afinar la noción de justicia, comenzába por recordar el tipo de preferencias que Sen ridiculizaba hace muchos años en un papel, The Impossibility of a Paretian Liberal, que en mi juventud expliqué alguna vez en licenciatura. En ese trabajo Sen presentaba lo que parecían preferencias extravagantes que serían observadas con un distanciamiento displicente que justificaba que se les denominata “Nosy Preferences”, es decir maneras de ordenar lo que nos gusta que desprenden una cierta pestilecia para narices y espíritus finos y delicados. El resultado del tabajo de Sen era que dada la posibilidad de que eseas preferencias existan, tal comoo exige la universalidad del dominio, nos podemos encontrar con que el criterio paretiano de eficiencia puede ser incompalible con un mínimo liberalismo que permita a cada persona ser los decisores sociales en al menos una materia que les atañe muy personalmente.

Lo que me llamó la atención son algunos de los ejemplos que el ponente puso de esas “nosy preferences”. Entre ellos el más descabalado (más que los concursos de lanzamiento de enanos) era el gusto por los helados hechos con leche materna que parece son muy apreciados en una cierta heladería de Londres. No hay nada ni nadie que prohiba que una madre reciente pase al biberón y reserve su leche para la producción de estos helados especiales. Pero supongo que hay gente a la que esta manera de usar sus recursos por parte de una madre les repugna.

El contenido de la ponencia explicaba cómo experimentalmente se había comprobado que gente con este tipo de gustos era socialmente castigada, cosa que me hizo pensar en la forma sutilmente distanciadora y separadora con la que fue tratado Ibarreche cuando acudió al Congreso de los Diputados a presentar su Plan. Un cierto desplante que muchos, o casi todos, consideraron justificado dada la naturaleza de las preferencia que dicho plan revelaba. Ibarreche fue en cierta medida cono “nudged out” de la escena política como si se hubiera sonado los mocos demasiado sonoramente.

Y sin emabargo deberíamos pararnos a reflexinar sobre acciones y contextos. Alimentar a otros con leche de una madre reciente es un escena bellísima si la lemos en Las Uvas de la Ira de Steinbeck y el benficiario es un muerto de hambre por los efectos de la Gran Depresión. Y presentrarse solo ante las filas de personas dispuestas a casi todo menos a ecucharte es en muchas ocasiones la marca del héroe.

Cuarto aniversario

8 de agosto de 2011

Todos cuentan a partir de octubre del 2008, pero las cosas comenzaron a torcerse y la Great Moderation a transparentar sus falacias hace ya cuatro años. De ahí que igual pueda ser interesante volver a pensar lo que por entonces se decía aunque, es verdad, no se hablaba explícitamente de crisis. Pero las dudas y algunas decisiones significativas estaban ya ahí.

Para verlo me gustaría comentar telegráficamente mis columnas en Expansión de Junio, Julio, Agosto y Septiembre del año 2007. En Junio hablaba de la necesidad de emplear o construir, si necesario, un lenguaje suficientemente preciso. En Julio trataba de pensar en Bancos Centrales a partir de ideas sobre credibilidad, reputación y heterodoxia que, a menudo, no se entienden bien. En Agosto aprovechaba mis comentarios sobre el político Sarkozy para comenzar a acercarme a las causas de la crisis. Y ya en septiembre vuelta a los Bancos Centrales dos días antes de que tomaran una decisión delicada.

Lo curioso es que muchas ideas ya presentes en 2007 han tardado en hacerse actuales.

Incertidumbre sistémica

10 de agosto de 2011

En esta época del año tan rara en la que los ministros tienen que volver de vacaciones para atender a acontecimientos de orden público imprevisibles, mi propia indolencia ante las paradojas -perfectamente explicables- de la Bolsa, me lleva por caminos intelectuales tan insospechados para mí como los rumores raros que capta mi oído desde hace un par de semanas.

Ni sé si hay alguien en la bodega ni tampoco si la pequeña historia urdida por mis hijos sobre un león que entró en casa ayer por la noche es tan incierta como inverosímil.

En esta onda disfruté mucho ayer del último artículo de Innerarity y Solana en El Pais. La Nueva Gramática del Poder es un título bien bonito aunque no creo que haga justicia al contenido que se desplegaba reiteradamente en él. Este contenido hace referencia a algo que nos ocurre y que sabemos que nos ocurre pero que no estamos seguros que sabemos cómo atacar. No hay forma de probabilizar acontecimientos que se nos antojan ortogonales a experiencias bien conocidas de forma que no sabemos como decidiríamos ante ellos en caso de que los pudiéramos imaginar.

El artículo es rico en ejemplos de esta incertidumbre que nos rodea y que hemos de reconocer, diagnosticar y aprender a tratar si queremos sentirnos como en casa. No voy a repetir esos ejemplos pues están en el artículo citado en el que se puede entrar. Lo que quiero es sugerir que la única forma de entender y predecir acontecimientos no probabilizables e inéditos es desplazando la mirada lateralmente hacia campos distintos aprendiendo a cruzar opiniones variadas sobre esos campos.

Solo así nos haremos una idea del Zeitgeist que nos explica, junto con el calor, los estallidos de violencia en Inglaterra o Israel, dos países que no son precisamente los más castigados por los problemas de endeudamiento de la fase presente de la crisis financiera y económica que celebra su cuarto aniversario estos días, mientras que nada violento ocurre en el ámbito del orden público en Irlanda, Portugal, España, Italia o los USA. Nada sabemos de la dinámica social de los estallidos ni de porqué en algunos lugares no estallan las masas sino se arrastran más o menos jovialmente pidiendo una vez más lo imposible.

No sabemos cómo funcionan los mecanismos más elementales que conforman nuestro sistema social del momento y la única manera es escuchar el rozamiento de los pétalos de las azaleas o seguir la pista de la baba de un caracol.

Short sales

12 de agosto de 2011

¿Por qué hay que prohibir las ventas en corto? Una bonita conversación durante un aperitivo en un día caluroso en el Ampurdanet. O bien contamos con buenas razones teóricas o bien lo único que se persigue es un respiro para hacernos con ellas e intentar acumular alguna evidencia empírica (siempre útil) sobre el impacto que esas operaciones hayan podido tener en los acontecimientos bursátiles de estos últimos días.

Esto último es dificil pues se trata de operaciones OTC que no se registran centralizadamente como si se tratara de un mercado propiamente dicho.

Pero pasemos a las posibles razones teóricas para regular algo que en principio parecería completar mercados o, lo que es lo mismo, al menos en principio, reducir riesgos.

La primera y sólida razón es que el carácter asímetrico de la información en cuestion de valores bursátiles hace que sea posible que funcione el efecto rebaño con lo que cabe pensar que esa actividad podría tener rendimientos crecientes incompatibles con un equilibrio competitivo y con sus virtudes en términos de competencia y de número de operadores de forma que podemos toparnos con estructuras de mercado muy lejanas a las que suponemos necesarias para el buen funcionamiento de los mercados.

Pero pénsandolo bien nos encontramos como en el caso de la creación de dinero por parte de los bancos. Si lo hicieran sin límites inundarían el mercado y, como sabemos, generarían una tendencia inflacionaria que solo podría atajar el Banco Central con operaciones que harían subir lo tipos de interés. Por esas razones el sector bancario está regulado de manera que que para crear dinero sin límite tendrían que saltarse los coeficientes y, sobre todo, se requeríría un incremeto constante del capital o instrumentos equivalentes, cosa muy cara.

Por lo tanto podríamos pensar en la regulación; pero no necesariamente en esa regulación tan drástica que es la prohibición. Si pensamos en regulación podríamos examinar las formas usadas al efecto en otros mercados y, a imagen y semejanza de ellas, imponerlas a los operadores que llevan acabo estas operaciones que pueden precipitar bajadas desbocadas de la valoración bursátil. Para empezar quizá se debiera construir un verdadero mercado en el que si una de las partes involucradas en una operación no cumple con lo contratado es el propio mercado el que tiene la resposabilidad subsidiaria de hacerlo. Esto haría que a partir de ese momento la información requerida para perfilar medidas más ambiciosas estuvese disponible.

Pero a corto plazo caben muchas formas de eliminar los rendimientos crecientes imponiendo tarifas bien pensadas para la entrada en ese mercado y para el manejo de esas operaciones. Pero esto no parece nada del otro mundo con lo que la pregunta es por qué no se ha ha hecho algo así en el pasado máxime cuando algo parecido existe en mercado de futuros sobre materias primas y otros.

Ni AB, ni PB, ni PT, ni TZ, ni JV llegaron a ningún acuerdo de forma que he de pensar que la cosa tiene más intríngulis que el que yo le atribuyo. Y no tengo más remedio que preguntarme si no habrá intereses poderosos envueltos. Pero si esto fuera así estaríamos en otro terreno todavía más peligroso: el de la captura del regulador.

Asuntos veraniegos

14 de agosto de 2011

En vacaciones, domingo y víspera de fiesta. Una magnífica ocasion para no salir de casa y atiborrarse de periódicos que, en manos de becarios, nos sorprenden con la puesta en evidencia de buenos temas mal tratados y, en el fondo, ya antiguos. Hoy me he deleitado con las opiniones de expertos sobre la sorprendente situación económica y con el análisis de los acontecimeiento de Londres y otras ciudades del RU.

Respecto a lo primero mencionaré lo del punto de silla que pueden leer aquí al lado. Me parece relevante pues las diferencias de opinión entre los que hubieran preferido cebar la bomba para generar actividad y empleo causando inflación y los que se empecinan en la necesidad de consolidación fiscal ahora para garantizar un crecimiento sano dentro de un tiempo,parecen poder explicarse muy sencillamente como diferentes percepciones de cuan lejos estamos de la única trayectora estrechísima que nos lleva a ese punto de silla que resulta ser el único equilibrio posible en una situación como la actual.

Respecto a lo de Londres topamos primero con distintas y embrolladas opinones sobre sus causas y sus dferencias con lo que ocurrió bajo el gobierno de la Thatacher. Yo creo que lo que ocurre es que ahora vemos los efectos del multiculturalismo como solución británica a la inmigración. Nunca me pareció buena y siempre pensé que el pluralismo con rozamiento era mucho más prometedor de diversidad y de evolución. Recuerdo con horror aquella historia de sordas que subrayé en el el Capitalismo que Viene. La separación de las culturas engendra el odio mutuo y éste salta por algún lado.

Por ejemplo y en segundo lugar está el estallido de ira en esta situación económica nos planta ante un cierto problema filosófico que atañe a la economía y del que hablé hace mucho tiempo.La endogeneidad de todo nos deja sin explanans.

Los árboles y el bosque

18 de agosto de 2011

No siempre es el caso, pero algunos días El FT está sembrado. En una de las editoriales de hoy titula algo así como que el bosque no deja ver los árboles inviertindo así la sabiduría convencional.

Se refiere naturalmente a la reunión del Eje (nombre siniestro) Francia-Alemania que anteayer celebró su cumbre Sarkozy-Merkel en el Elíseo. Las cuatro cosas que acordaron me parecen sosas, feas y antiguas. La tasa Tobin no solo puede ser inútil si no es universal, sino que, además, puede ser injusta según cómo se traslade al público. La homegenización de la base impositiva del impuesto de sociedades no basta pues es una figura llena de retoques distorsionadores y necesariamente cambiará el reparto geográfico de la radicación de empresas por razones tan poco serias, según dicen, como las que animaban a las “vacaciones fisacales vascas” denunciadas por La Rioja.Llevar a la Constitución de cada país un límite máximo de deficit público es, a mi juicio, no solo tonto, sino también peligroso y me recuerada al catecismo de Aznar. Y en cuanto al Gobierno Económico Único no se sabe lo que es ni como encaja en el entramado institucional comunitario.

Estas medidas son como el bosque en el que esperamos vivir en el futuro, cálido y protector; pero los árboles de hoy exigen ser contemplados y ya basta de eufemismos e incompetencia. No es suficiente decir, como la Lagarde, que se necesita fomentar el cecimiento sin abandonar la consolidación, sino que esperamos de esa institución que ella dirige nos diga qué viene antes y qué después y ello en cada país pues no están necesaraimente acoplados.

A mí, como a Rogoff, gran jugador de ajedez y que esta vez sí estaría de acuerdo con Stiglitz,me parece que lo más expeditivo sería alimentar una buena inflación y solo cuando esto haya animado los espíritus emprendedores y haya reducido el valor real de las deudas, comenzar un programa de despalancamiento ordenado. Pero los USA tienen al GOP (un Great Old Party que desvaría) y Europa a su Alemania que, como era de esparar, ya ha comenzaado as ufrir los males de su política malsana, sin por ello aparse del burro.

Por mi parte, indignado, voy a organizar una ciberturba en mi jardín bajo la consigna de “inflación y eurobonos”.

Crónica de una Crisis | Septiembre 2011

El músculo duerme, la ambición descansa

16 de septiembre de 2011

Sirva el comienzo de la letra de este tristísimo tango para simbolizar esta que fue tregua de agosto (con el músculo adormecido al sol y la ambición entre paréntesis) entre los poderes (ejecutivo, político o empresarial) y la prensa que, a su vez, no deja de ser un poder tal como se nos ha repetido hasta la saciedad con ocasión del escándalo de las escuchas ilegales de News of the World. Aunque la tregua no es total, en España lo parece. La política nacional se iba de vacaciones pasase lo que pasase con la situación económica, los escándalos de corrupción o con la Bolsa. Los periodistas ya curtidos desaparecían recluidos en su lugar de descanso y los periódicos quedan en manos en manos de gente menos experta.

A pesar de las malas sensaciones que los mercados nos están deparando en este principio de Agosto no es mal momento para reflexionar distendidamente sobre las relaciones entre prensa y política.

Déjenme comenzar por reflexionar brevemente sobre un caso en el que el músculo estaba tenso y la ambición alerta. El The Economist del 16/22 de julio presentaba una portada con un enorme tajo por el que podría despeñarse el euro si no se llegaba a un acuerdo en la reunión entre jefes de gobierno y de estado ya convocada. El contenido era impecable con reflexiones meditadas e informativas sobre alternativas para atajar la crisis de la deuda griega y otras posibles obre la base de experiencias pasadas, opiniones actuales e intereses evidentes de unos u otros países. La reunión se celebró y tenemos un acuerdo nada fácil de entender si uno lee solo la prensa destensada y poco ambiciosa. No he topado con ninguna publicación diaria, semanal o mensual que haya hecho el esfuerzo de ilustrarnos en la aritmética del endeudamiento, algo fácil e implacable. Solo hay que relacionar cuatro variables, la tasa de crecimiento, el tipo de interés real, el periodo de madurez y, naturalmente, el principal de la deuda que se supone hay que devolver al final del período de maduración. Si queremos aplicar esta aritmética a un país en concreto deberíamos además jugar con cifras netas que reflejaran no solo las características de lo que deben sino además las que corresponden a lo que se les debe por parte de otros países. Ahora podemos fijar una de esas variables y despejar las otras del sistema de ecuaciones indeterminado que amalgama esa aritmética. Por ejemplo es fácil calcular la tasa de crecimiento que debe conseguir un país para pagar una deuda a x años con un principal de y y unos intereses de z. O si estimamos la tasa de crecimiento, podemos calcular con igual facilidad el máximo interés o período de maduración que se pueden aceptar. Ni qué decir que lo mismo puede decirse del techo de endeudamiento de los USA, un problema, por otro lado, que hunde sus raíces en cuestiones ideológicas que creíamos aparcadas pero que han recuperado músculo y ambición a causa de la vehemencia del Tea Party que, en muchos aspectos, no es sino la reencarnación fantasmática de los “neocons” que tanto predicamento tuvieron hace unos años y no solo en los USA. Un acuerdo ha sido alcanzado sobre la ampliación del techo de la deuda; pero lo interesante es que, en este caso, el músculo estaba alerta pero no sobre cuestiones propiamente económicas sino, más bien, sobre la manera de entender la libertad individual y la seguridad colectiva.

Quiero ahora pensar un poco sobre un ejemplo diferente y asimétrico pues en él el músculo no estaba tenso aunque la ambición sí que estaba alerta. Me refiero al músculo del Gobernador del Banco de España que intentaba llevar a cabo una labor pedagógica importante en aquel momento de la rueda de prensa sobre la última edición de los stress tests y naturalmente a la ambición de los periodistas que buscaban afanosos un titular fuera o no conveniente para el país.

Dar clase no es tan fácil como en general se cree. Los recursos retóricos son importantes y hacer referencia ante unas pruebas (no exámenes) de resistencia a la manera en que, acumulando camiones sobre él, se prueba la resistencia de un puente, es una metáfora que no permite luego jugar con la referencia a los Oscar en los que el suspense justifica el “the winner is…”al que acudió el gobernador. No hay “winner” por la sencilla razón de que no se acumulan camiones hasta el momento en el que el puente se cae resultando ganador el único que permanece en pie. Tampoco cabe lo de aprobar o suspender pues lo único importante es que la aritmética ya mencionada, junto con las características propias de cada banco tenedor de deuda, nos dictan el capital que es necesario. Y desde luego no es adecuado para el Banco de España cuando algunas de las instituciones que debe tutelar han “suspendido” por la imposibilidad de influir lo suficiente ante la European Banking Authority como para que ésta permita tener en cuenta las dotaciones dinámicas de las que tanto presumimos y con razón.

Al día siguiente unos periódicos destacaron los suspensos, otros que no hacía falta más capital. Cuestión de ambición o de músculo. Y también de infección política que, especialmente en verano, brota purulenta ante la ausencia de análisis mínimamente ambiciosos. En los últimos días nadie ha sabido leer los labios de Trichet de forma que su comparecencia del jueves 4 el descanso de la ambición no supo entender sus guiños y las bolsas se desplomaron ante su aparente reticencia a explicitar compromiso alguno sobre la compra de deuda de ciertos países. En lugar de entender que esta ausencia podría querer decir eso a países que no necesitaban esa facilidad extraordinaria del BCE, se entendió que el no mencionarlos era un intento de evitar que se vendiera en corto su deuda soberana. Es fácil colegir que el músculo de saber qué músculo del Banquero Central no estaba muy despierto mientras que la ambición de la prensa no se permitía descanso alguno.

Crisis de deuda soberana, sector financiero y ausencia de liderazgo

17 de septiembre de 2011

NOTA:

Ayer contaba que en dos días publicaría los dos ertículos que estaban pensados para Expansión; pero que mis averías físicas habían mantenido en el horno. A continuación acabo de cumplir mi promesa posteando la columna que tenía preparada para primeros de septiembre. Pero es cierto que en los últimos días han ocurrido cosas a las que tendré que dedicar cierta atención y preparar posts para este blog y una columna para primeros de octubre que los recoja.

En su columna del miércoles 17 de Agosto en La Vanguardia Xavier Sala i Marti nos ilustraba sobre la crisis contándonos cómo hay que distinguir el tipo de crisis que aqueja en cada momento a fin de poder corregirla adecuadamente. Nos ofrecía una realtivamente amplia historia de la crisi a fin de concluir que lo que falta es liderazgo político. Según su cronología en el verano del 2004 comenzó una crisis de deuda generada por un excesivo endeudamiento de familias especialmente debido a las hipotecas basura empaquetadas en productos financieros tóxicos. Según él esta crisis generó la necesidad de mejorar la productividad que se había desplomado, de manera que nos topamos inesperdamente con una crisis de demanada que, finalamente y por errores de tratamiento, se convirtió en una crisis de deuda a los ojos de los políticos. Aunque no tiene realmente la importancia que se le quiere dar a la diagnosis correcta en cada momento he de decir que esa cronología es dudosa. A mí me parece que justo antes de las hipotecas basura tuvimos que reconocer que, sin saber muy bien por qué, nos enfrentábamos a una crisis de oferta reflejada en la subida de los precios de las materias primas, incluído el petróleo, y que esto, junto con la explosión de la burbuja de la construcción, produjo una crisis de demanda que, al ser tratada adecuadamente como tal ha acabado generando la crisis de deuda soberana en la que estamos.

Si decía que esta diferencia en el orden de las etiquetas que ponemos a los acontecimientos no tiene demasiada importancia es porque, en muy buena parte, las medidas adecuadas no dependen de la forma en que se entrecruzan los diferentes hilos de la trama que nos tienen perplejos hace ya cuatro años ni la diagnosis de falta de liderazgo depende de esa cronología tal como ese mismo día Juan Tugores en el mismo periódico nos hacía ver cuando reflexionaba acerca de lo dificil de ese liderazgo en un mundo globalizado.

Vayamos pues con lo que importa en este momento que es, naturalmente, la crisis de la deuda soberana. Esta crisis no se refleaja solo en brecha entre los tipos de interés que cada país debe prometer para colocar su deuda, sino que se prolonga en una crisis del sector bancario que como tal es el gran tenedor de esa duda y que en cada uno de sus componentes, en cada banco, puede tener problemas si el precio de mercdo de la deuda que exhibe en su balance pierde valor. Como dos días después reflejaba Viral Acharia, según una información del IHT, estamos de vuelta en la situación que se inició en el verano del 2007 y se puso al rojo después de la quiebra de Lehman. En aquel entonces cada banco miraba de reojo a los demás pensando en qué medida ese otro banco podría estar tocado por los activos toxicos acumulados en formma de derivados como eran las asset backed securities de todo tipo y muy especialmente las GDO´s que empaquetaban trozos de hipotecas subprime que milagosamente tenían una calficación crediticia superir a sus partes.

Pues bien según este profesor de la NY Bussiness School los títulos de la deuda soberana juegan el mismo papel que aquellos títulos derivados y como ellos introducen la falta de confianza de unos bancos en otros de manera que, como entonces, el mercado interbancario se cierra y dejan de tener significado cosas como el euribor y otros índices similares que tratan de indiciar las necesidades de crédito agregadas del sector y se convierten en señales sobre la desconfianza de unos bancos en otros.

En aquel momento la”conversación” peridística se centró brevemente en la posibilidad de diseñar algún tipo de mecanismo que permitiera convertir en conocimiento común la situación de cada banco. Es fácil de entender que esto no tiene por qué ser bienvenido por el sector ya que para un banco en dificultades es mejor esperar acontecimeientos a exponer sus vegúenzas de manera totalmente pública.

Pero ahora la cosa no está para finuras pues, ante la repetición de la situación y el aprendizaje del pasado, sería muy natural que algún banco, o algunos, o todos trataran de hacer informes o emitir señales que nos lleven a a pensar que las dificultaedes están en otras instituciones que perderían su reputación y serían presa fácil para las primeras que podrían comprar baratos esos otros negocios.

No es el lugar para ello, pero creo que esto merece un intento de explicación. Digamos que cada banco cree saber que hay una determinada probabilidad de que cualquier otro banco esté en dificutades. Cada banco, por otro lado, puede generar información inventada sobre la mala situación ajena además de recibir señales que no saben si son inventadas o verdaderas. Ante esta situación cada banco podría invertir en la investigación de la situación de la competencia a fin de que, sabiendo si se trata de un banco solvente o está ocultando sus vergúenzas mientras acusa a otros, pueda discriminar su crédito y evitar su captura que traería una pérdida significativa para su accionariado. Probablemete poniendo junto todo esto se pudiera tratar de determinar cuándo ocurriría un terromoto en el statu quo, cuándo unas pequeñas variaciones estructurales en el sector, quizá socialmente agradecidas, o lo contrario, y cuándo no pasaría nada.

Claro que antes de hacer este esfuerzo quizá debiéramos preguntanos si ese conocimiento común no debiera instrumentrase a través de los supervisores de cada país de acuerdo con unos criterios comunes. Se acaban de hacer stress tests, pero no de todos los bancos y no de acuerdo con todas las contingencias que la propuesta anterior de análisis podría revelar como posibles.

Y ahora sí que podemos hablar de liderazgo y de sus realciones con la globalización. En este campo la gobernanza del secto financiero exigiría cooperación entre los supervisores nacionales y esto no es algo fácil. Y no lo es porque hay siempre una imbricación entre los reguladores y los regulados de mayor o menor calado en unos u otros países. En estas condiciones las llamadas al liderazgo se me hacen hasta peligrosas.

Siete lecciones

Crónica de una Crisis | Octubre 2011

Prólogo Octubre 2011

Octubre suele ser un mes de cambios y 2011 no fue la excepción. En España fue el mes de la contienda electoral, el de la tregua definitiva de ETA [1], [2], [3], de los Nobel [4], [5], pero también el de la caída de Gadafi [6], [7] y de máxima efervescencia del movimiento Occupy [8], [9], [10]. Demasiadas cosas hasta para un mes tan dado a este tipo de situaciones. Y eso si olvidamos el acelerado avance de la crisis de la deuda sobreaña en europa. Juan Urrutia se da tiempo para jugar con todos estos temas, a pesar de estar todavía convaleciente. Como el futbolista que va recobrando la forma acumulando minutos partido a partido, Urrutia se encara con cada tema, dedicándole por lo menos un artículo. Esto no quiere decir que no tenga partidos memorables, ni mucho menos. Por ejemplo, cuando resume sus opiniones económicas sobre las elecciones en un solo artículo (“Siete lecciones”). También nos ofrece una lectura del Nobel de Economía 2011, conectándolo institucionalmente con la crisis y la renovación ontológica de la economía, todo eso mientras reflexiona sobre las numerosas manifestaciones de descontento ciudadano, que se extienden de Libia a Nueva York y de vuelta al continente europeo. Más de lo que muchos futbolistas hacen en el tope de su nivel competitivo, ni se diga.
En el caso de las elecciones españolas, Urrutia cree que es esencial para el nuevo gobierno contar con un equipo técnico que no se deje llevar por la presión, entregando por ello previsiones falaces –de las que lastiman al distorsionar las expectativas que genera el mercado en base a ellas. Parecerá obvio, pero es una cosa que muy pocos políticos hacen, y no hace falta volver hacia los modelos Downsianos con agentes office motivated para verificarlo; basta con recordar al antiguo jefe de gobierno español negando la existencia de la crisis a pesar de tener el agua a la altura de las narices. La infraestructura profesional, técnica y de conocimiento para garantizar este buen hacer ya existe, pero es fundamental que los políticos entiendan que la “retórica vacía que han empleado hasta ahora no va a servir [para salir de la crisis]”. La clave está en mantener la honestidad, en las interacciones con su equipo técnico como de cara a los ciudadanos, en la capacidad de comunicar sus políticas e interpretar esa parte del contexto que no todos alcanzan a ver (y que es la que suele motivar las políticas y medidas más polémicas). Pero claro, tenerlo todo planificado tampoco es la solución –ni algo posible. Como nos dice Urrutia, el nuevo gobierno no debe tener miedo a la improvisación, que en situaciones críticas y ortogonales es una capacidad elemental para la subsistencia. Saber gobernar no es tanto un asunto de no tenerle miedo a los dragones, sino a no tenerle miedo a no saber qué hacer el instante que se nos aparecen. Pero tampoco mucho después, ojo. De poco sirve idear un brillante plan cuando ya se está en los intestinos de la bestia.
Que el Nobel de Economía haya recaído sobre Sims y Sargent le permite a Urrutia recordar una polémica que sostuvo hace algunos meses con Sargent, a raíz de las interpretaciones que hacía el norteamericano de la ciencia económica frente a la crisis1. Lo que preocupa a Juan Urrutia es que, fortalecidos por el halo del Nobel, los argumentos de Sargent respecto al comportamiento de los mercados laborales en crisis puedan justificar los recortes irracionales que impulsan ciertas administraciones y gobiernos. Esas recomendaciones no son en absoluto erróneas (ya vamos a corregir nosotros a un Nobel), pero el problema apremiante es el de la demanda efectiva en el mercado laboral, y eso no se soluciona podando el estado de bienestar, la educación y los servicios públicos. Peor aún, hay algo mucho más serio en juego cuando se toma unas medidas así en un contexto como el que ahora experimentamos, estas pues pueden tener las consecuencias del que se cura el dolor de espalda con ventosas, cuando en realidad lo que provoca el malestar lumbar es una neumonía.
Pero Juan Urrutia, como Bourdieu en “The social structures of economy”, cree que hay una raíz más profunda e inquietante detrás de esa tendencia. Para ello, en “Los Nobel: ¡Más madera!”, nos ofrece un recuento (con toques autobiográficos) de la evolución de la macroeconomía y su matrimonio con la econometría –un enlace apadrinado por los modelos dinámicos de expectativas racionales. Siendo el laureado Sargent un metodólogo, bien cabe hacerle las preguntas que para Urrutia evoca la siguiente imagen:
“Me acomplejaba ese cuento de que de vez en cuando, o quizá de manera regular, Prescott y los suyos se reunían a almorzar ataviados con una bata blanca como para mostrar bien gráficamente que ellos sí que eran científicos.”
Recordando el recurrido argumento de la renovación de la economía como ciencia, una de las líneas maestras de esta crónica, podemos creer que detrás de esa pequeña fanfarronada está la falacia de que se puede hacer ciencia fría y acercarse a la realidad con más ciencia fría. Es más, las dudas metodológicas que se despiertan en Urrutia al aproximarse a los aportes macroeconométricos de los recientes Nobel, son difíciles de responder para aquellos que no profesan el belief system que de cierto modo encarnan Sargent, Wallace, Prescott, Sims, Lucas y Kydland. ¿Cómo distinguir qué modelos son más aptos para cada situación, cuando hay muchos que –dependiendo de las cosas que se asuman o dejen de lado– se ajustan razonablemente para replicar los datos del pasado? No hay respuesta sencilla, pues hasta donde lo entiendo, esta cuestión es algo así como el misterio de la santísima trinidad para los econometristas. Y bueno, así la solución tan “a la Friedman” (“las cosas pasarán como si los supuestos que permiten la agregación y la calibración fueran ciertos sin que nos importe mucho si lo son o no.”) que se parece insinuarnos, sí que tiene que sonarnos cínica.
En octubre Urrutia también recupera sus artículos para «Expansión», que tuvieron que ser postergados por sus problemas de salud. En el primero de ellos (“Fondo de armario intelectual”), nos presenta una analogía sartorial para entender la evolución de las herramientas conceptuales de un analista económico:
“El fondo de armario intelectual sí que ha de crecer con el tiempo si queremos que nos sirva para echar mano de él a fin de ubicarnos en un mundo cambiante aun sabiendo que a menudo necesitaríamos atrapar en nuestra mente alguna idea innovadora que permita lucirnos un poco en situaciones en las que el fondo de armario no cuenta con ninguna prenda adecuada”
Naturalmente, no siempre es sencillo distinguir lo vintage de lo apolillado. Por eso Urrutia se sorprende al despertar con una constitución cambiada para incluir el límite de endeudamiento. Se supone que la modificación se hizo para generar confianza en los mercados, ignorando que una constitución fácilmente modificable no es la mejor señal para fomentar la confianza. Otra idea de “fondo de armario” como el Tesoro Único europeo, que no es realmente necesario (o más necesario que una reforma normativa que evite la captura del regulador o el enfatice el rol de la competencia), tampoco parece cuajar con lo que se lleva en el otoño de 2011. Urrutia remata citando a Keynes, que “sabía esto y esta es su enorme e imperecedera aportación: su capacidad para inventar mecanismo avant la létre para conseguir acuerdos entre las partes interesadas sin pretender que esos acuerdos serían permanentes.” Es esto lo que tendríamos que tener en mente al acercarnos keynesianamente a la crisis, y no tanto las otras soluciones –nunca tan todo terreno como un traje de tres piezas– que dicho set teórico propone.
Keynes también aparece en “Un domingo de convalescencia”, aunque allí devenido en un utopista tan grande como Marx, en virtud a su visión de un 2030 en el que todos podrían desarrollar sus potencialidades creadoras a plenitud. Si bien hoy, por las nuevas tecnologías y la globalización, estamos un poco más cerca de ello, ahora ni los artistas profesionales consiguen vivir de su arte (el lado oscuro de la accesibilidad que ofrecen las TICs se esconde en las drásticas transformaciones en la monetización de los productos artísticos), y mucho menos tenemos nosotros cercano un trabajo “aburrido pero nada estresante y con mucho tiempo libre”, que nos garantice una renta mínima para hacer con el resto de nuestro tiempo lo que mejor nos parezca. Lo peor es que, con casi cinco años de crisis en la mochila, nuestras utopías son ahora más amargas y diminutas. Algo así como “llegar a fin de mes sin arrepentirnos por no haber vendido un riñon cuando el mercado era más favorable”. Por lo menos nos queda el consuelo de la fantasía… o la teleología del paraíso, pues si nos ponemos a hablar de expectativas racionales, al final de cuentas casi todo es posible.

Referencias adicionales
[1] Radiotelevisión Española. “Fin de la actividad armada de ETA”, RTVE.es, 20/10/2011, http://www.rtve.es/noticias/eta-alto-fuego/
[2] El Mundo. “Las treguas de ETA”, 20/10/2011, http://www.elmundo.es/eta/negociaciones/treguas_eta.html
[3] El País. “El final del terrorismo de ETA”, http://www.elpais.com/especial/eta/
[4] El Economista. “El premio Nobel de economía recae en Thomas Sargent y Christopher Sims”, 10/10/2011, http://www.eleconomista.es/economia/noticias/3439191/10/11/El-Premio-Nobel-de-Economia-recae-en-Thomas-Sargent-y-Christopher-Sims.html
[5] El Mundo. “Los Estadounidenses Sims y Sargent gana el Nobel de economía 2011”, 10/10/2011, http://www.elmundo.es/elmundo/2011/10/10/economia/1318244975.html
[6] Radiotelevisión Española. “Los rebeldes liquidan a Gadafi y su régimen”, 20/10/2011, http://www.rtve.es/noticias/20111020/rebeldes-liquidan-gadafi-su-regimen/469645.shtml
[7] Hisham Matar. “La caída de Gadafi”, El País, 23/08/2011, http://www.elpais.com/articulo/opinion/caida/Gadafi/elpepiopi/20110823elpepiopi_4/Tes
[8] Probst Solomon, Barbara. “Un estruendo desde Nueva York”, El País, http://internacional.elpais.com/internacional/2011/10/18/actualidad/1318966832_832657.html
[9] Bastenier, Miguel Angel. “Entre el 15-M y Mayo del 68”, El País, http://internacional.elpais.com/internacional/2011/10/18/actualidad/1318964163_407946.html
[10] Caño, Antonio. “La muerte del optimismo en EEUU”, El País, http://internacional.elpais.com/internacional/2011/10/27/actualidad/1319732109_891371.html

Chomski otra vez

4 de octubre de 2011

Ya que el otro día usaba un texto de Chomski del 71 con un cierto gusto por su radicalidad, me parece razonable citar aquí su reciente entrada en Sin Permiso.

Cualquiera que tenga los ojos abiertos sabe que el gangsterismo de Wall Street — de las instituciones financieras en general — ha infligido graves daños al pueblo de los Estados Unidos (y al mundo). Y debería saber también que tal cosa ha ido sucediendo progresivamente en los últimos treinta años, a medida que ha aumentado de modo radical su poder en el seno de la economía, y con ello su poder político. Se ha puesto así en marcha un círculo vicioso que ha concentrado una inmensa riqueza, más el poder político, en un diminuto sector de la población, una fracción de un 1%, mientras el resto va convirtiéndose cada vez más en lo que en ocasiones se denomina “precariado”, que trata de sobrevivir en una precaria existencia. Además, tan horribles actividades se llevan a cabo con una impunidad casi completa: no sólo mediante el “too big to fail” (demasiado grandes para dejarlos caer) sino también con el “too big to jail” (demasiado grandes como para meterlos en la cárcel).

Debo añadir que yo he cambiado o quizá el mismísimo Chomski patina un poco, pero este texto no tiene el timbre heroico de la llamada a la movilización ni me parece entienda correctamente la idiosincrasia del sistema financiero. Pero ahí queda como un apoyo posible a un tema central del movimiento 15M.

Siete lecciones

8 de octubre de 2011

Ya estamos en precampaña electoral y la del PP se mantiene al margen del pragmatismo y se limita a cantar ritmos pegadizos y sin letra. Todo, pienso, basado en las lecciones que destacó Rajoy en su despedida del Congreso. Recordémolas añadiendo algún comentario a cada una.

1. No se puede engañar sobre la situación económica
Naturalmente esta lección la aprendió de la tardanza de Zapatero en reconocer que había una crisis seria antes de la caída de Lehman. Pero no está claro que la tradanza se debiera al deseo de engañar, sino a la falta generalizada de buenos analistas económicos que supieran calibrar la magnitud de la infección producida por los activos derivados tóxicos. La consecuencia de esta lección es que habría que mejorar el análisis económico o por lo menos tener un gobierno que lee los análisis profesionales y sabe presentarlos de forma realista y no alarmista. No parece que eso haya sido la tónica seguida por el PP en la oposición.

2. No se puede engañar con ocurrencias e improvisaciones. Si de lo que se trata es de engañar,la tarea se realiza mejor fingiendo que todo lo que se propone está bien pensado por parte de buenos técnicos. Pero recordemos que las ocurrencias están siempre en el origen de las ideas renovadoras y rompedoras muy lejos de lo que nos quiere sugerir Rajoy utilizando el término de manera peyorativa. Y hay veces en las que no hay más remedio que improvisar. El meollo de la cuestión está en improvisar bien para lo cual una vez más se necesitan buenos analistas y asesores; pero la responsabilidad final está en quien tiene que fingir. Rajoy tendrá que hacerlo y ya veremos que tal lo hace. Hasta ahora no se puede decir que se haya ejercitado mucho en esta tarea porque no ha tenido que improvisar nada.

3. No se puede generar falsas expectativas Las expectativas se generan solas por parte de la gente sobre la base de lo que pasa, de lo que le dicen que pasa y de los indicadores que más información incorporan. Sobre nada de esto puede influir un gobierno a no ser que compre a la prensa o interfiera en la labor de analistas y expertos de variado pelaje. Algunos formarán expectativas falsas, pero otros se informarán mejor y acertarán siendo inmediatamente escuchados por los anteriores. Esperemos que Rajoy se rodee de gente sin orejeras que se hagan una realista composición de lugar.

4. Hay que hacer previsiones razonables de crecimiento y empleo Volvemos sobre lo mismo, una cuestión de predicción en la que España no está mal pues hay muchos centros que la realizan con bastante éxito. lo interesante es que singulariza Rajoy las predicciones sobre crecimiento y, a través de la Ley de Okun, sobre el empleo. Supongo que esto no quiere decir que el PP está especialmente inclinado a practicar políticas de demanda agregada pues casi todos pensamos que se inclinará más bien por políticas de oferta que cambien algunas estructuras obsoletas. Pues que tengan suerte!!

5. No se debe gastar lo que no se tiene Falso, incluso al nivel familiar en el que se está pensando por una analogía envenenada entre un hogar y un país. En el ciclo vital primero pedimos pretado a los padres para luego devolvérslo cuando lo necesiten. Y esto permite, en principio, mejorar la educación de la juventud (y por lo tanto la productividad) y permitir un retiro tranquilo. No creo que queramos renunciar a esto!!

6. Hay que hacer reformas Ya lo he reconocido, pero no será por falta de ellas que ha fracasado Zapatero. Lo interesante es saber cuales hacer y en qué orden.

7. No se puede gobernar solo por decreto ley Quizá, pero si ganan las elecciones y se empeñan en ganar credibilidad y confianza, tal como predican que van a hacer,no tendrán más remedioq que utilizar este instrumento.

Acabo diciendo que esa retórica vacía que han empleado hasta ahora no va a servir a los nuevos cargos públicos que el cambio traiga consigo para nada que nos ayude a salir de la crisis.

Los Nobel: ¡más madera!

12 de octubre de 2011

En la presentación del modelo REMS renovado en la Fundación del Pino, Jose Manuel Campa sembraba la duda sobre la relevancia para la política económica de esos modelos dinámicos de equilibrio general dinámico con expectativas racionales citando a alguien que no recuerdo que les acusaba de ser en parte, los causantes del inicio de la crisis del 2007 y, desde luego, mucho menos importantes de lo que se ha dicho. Claro que luego afirmó que podían ser útiles siempre que se les preguntara lo que podían contestar.

A los que estudiamos Macroeconomía justo cuando comenzaba tímidamente la revolución de las expectativas racionales nos dejaron fuera de juego y solo a trancas y barrancas nos fuimos adaptando. Primero descubrimos el equilibrio general computable e incluso llegamos en el IEP a cuantificar los efectos de le primera introducción del IVA en España. Luego abandonamos la macro del desequilibrio por razones espúreas , simplemente porque la marea no permitía la consideración ad-hoc de distintas velocidades de ajuste de los precios y porque la noción de racionalidad de las expectativas no casaba bien con ese marco. Tuvimos que entender bien esa noción de expectativas racionales a partir de Lucas y la “compramos” aunque sinceramente a mí siempre me pareció que las adaptativas daban mucho juego. Y ya nos perdimos cuando los modelos se dinamizaron y comenzaron a calibrarse con datos del pasado para podr predecir los efectos de un cambio paramétrico. La Macro y la Econometría se habían casado y nosotros no fuimos invitados a la boda.

Los autores de la revolución fueron los profesores de la segunda oleada de inmigración de jóvenes economista a los USA muchos de ellos pasaron en un momento u otro por la Universidad de Minesotta. Sargent, Wallace, Prescott, Sims son los obvios nombres a citar nunca ajenos al cercano Lucas en Chicago y con ayudas más excentricas como las de Kydland. Kydland, premio Nobel con Prescott, estuvo en la Escuela de Verano de la FUE organizada por Javier Díaz, Marimón y Ríos Rull en el 2007 a la que, en esa misma ocasión, acudió tambien Sims. A todos ellos he tenido ocasión de conocer personalmente aunque esto no quiera decir que he discutido seriamente de economía en esa u otras ocasiones, entre otras razones porque nunca me he atrevido a plantear una duda que jamás he expresado excepto con un amigo querido que pasó por la Carlos III y que lleva años fuera de España.

Me acomplejaba ese cuento de que de vez en cuando, o quizá de manera regular, Prescott y los suyos se reunían a almorzar ataviados con una bata blanca como para mostrar bien gráficamente que ellos sí que eran científicos. Todo esto ha durado treinta años y sin duda se han entendido muchas cosas en el tratamiento de los datos en la calibración y en la formulación de modelos que ya incorporan elementos neokeynesianos correspondientes a rozamientos e inflexibilizables aparentemente realistas. Esto ha permitido que incluso los bancos centrales usen estos modelos más o manos afinados como es el caso del REMS.

En los innumerables artículos que se han escrito con ocasión de premio Nobel otorgado a Sims y Sargent nos han repetido que ambos, bien como macroeconomista y metodólogo (Sargent) bien como macroeconometrista (Sims) pretenden habernos dotado de instrumentos para justamente salir de esta crisis en general y específicamente de este lío de deuda soberana que pone en peligro a todo el sistema bancario europeo. Me temo que sus modelos que quizá algún día lleguen a dar estas respuestas inmediatas que exigimos son como aquel trabajo de Prescott que pontificaba en Madrid sobre la necesidad de rebajar los impuestos en Europa si queríamos crecer como los Estados Unidos.

Pero yo sigo con mi duda metodológica a pesar de que Sargent como metodólogo debería habérmela disipado. Supongamos que tenemos un modelo sencillo y estático del sistema económico que queremos conocer con detalle para aconsejar al soberano. Este modelo es el resultado de la agregación del modelo de equilibrio general subyacente eliminando o desatendiendo aquellos precios relativos que suponemos constantes para poder agregar. Luego lo dinamizamos de manera que utilizando datos del pasado podemos calibrar los parámetros de manera que usando éstos se replican bien los datos del pasado.

Mi duda comienza aquí. Si agregamos de manera alternativa tenemos otro modelo y podemos volver a calibrarlo y a usarlo para replicar los datos del modelo también con un relativo éxito lo que permitiría apoyarnos en ese nuevo modelo, lo mismo que en el anterior, para proporcionar respuestas a la reacción de la economía modelada a cambios en algún parámetro específico de interés.A mi juicio no hay manera de inclinarse por un modelo u otro, o lo que es lo mismo por una forma de agregación u otra. De hecho no sé que modelo usar y aunque uno se imponga nunca sabré si desagregando un agregado determinado podía haber sido más clarificador e incrementar mi conocimiento de lo que pasa para avisarle al soberano.

La defensa contra esta crítica es que qué más da si funciona. Al soberano le puedo susurrar al oído, siguiendo a Friedman, que las cosas pasarán como si los supuestos que permiten la agregación y la calibración fueran ciertos sin que nos importe mucho si lo son o no.

Me parece que esa actitud friedmaniana de mirar solo a las predicciones sin investigar los supuestos es una salida demasiado fácil. Como cuando empezaba a interesarme por la economía, no me importa tanto si los empresarios actúan como si maximizaran el beneficio, quiero saber si realmente lo maximizan. Cosas mías

Lo había olvidado

13 de octubre de 2011

Cuando ayer escribía sobre los recientes premiados con el Nobel y sobre la macroeconomía dinámica que practican veía como una lucecita en mi interior que me decía que me dejaba algo. Cuando hoy he leído la columna de Teo Millán en Repúbica ya no podía ignorarla, pero no sabía lo que me quería decir. Por fin he dado con ello. Hace poco más de un año glosé extensamente una entrevista a uno de esos recientes premios Nobel, Thomas Sargent. Aquí está la glosa y, en uno de los comentarios, el enlace bueno con la entrevista en sí proporcionado por Teo.

Ya ven de donde venía la lucecita, pero no es eso lo que me dejaba inquieto.Si ayer era una preocupación metodológica, en aquella glosa dejaba yo traslucir un cierto reproche a la forma de hacer macro que describía ayer. Escribía, en lo que se refiere al desempleo en Europa y al que surge en los EE.UU., que Sargent decía:

In the context of several rational expectations models with human capital dynamics and labor market frictions that impede the ability of displaced workers to find new jobs, we have found that an increase in economic turbulence generates persistently high unemployment when combined with a generous welfare system.

Hoy solo quiero añadir que esta frase podría servir de apoyo a muchos de los recortes en los gastos sociales y otros servicios públicos que hoy son generales en Europa. Y eso me pone nervioso pues sigo pensando que la falta de demanda efectiva nos va a ahogar aquí y allí.

Un domingo de convalecencia

17 de octubre de 2011

Salimos ayer a dar un paseo terapeútico en una tarde domingo cuando ya las familias jóvenes parece que vuelven de la sierra con más hijos de los que se llevaron. Esos paseos me son no solo imprescindibles para recuperar mi forma física,sino también para, en conversación, ir desenredando el ovillo de mis pensamientos.

Comencé por expresar mi alegría por la recuperación de la capacidad de composición una vez entendido lo que quiero decir. Estoy enredado en un trabajo sobre terrorismo (que resulta bastante oportuno con eso de la conferancia de paz de Donostia aunuque pretendo enfocarlo con total generalidad y abstracción) y me doy cuenta de lo que disfruto montando, como si se tratara de un film, las ideas de forma que sean realmente entendibles y fáciles de generalizar. Y con ese ánimo alegre comenzamos a desgranar ideas que se habían ido acumulando en diversas cenas y meriendas que algunos buenos amigos organizan en parte, me hago la ilusión, para celebrar mi vuelta a la vida.

Había sido el 15-O y mi pareja de paseo se preguntaba si no era todo lo mismo: la primavera árabe , el 15-M y este 15-O que los estadounidenses parecían haber inventado ellos. Pero los árabes no hablan de la banca y los que habían celebrado el 15-O en muchos lugares no estaban ocupando edificios abandonados ni tenían reivindicaciones estilo dación en pago seguramente porque ya la tienen.

No pude darle la tabarra a Marisa sobre mis temores sobre la cotización de los Bancos europeos, y españoles muy en particular, ante la posible (yo diría segura) quita de la deuda griega, temores y dudas que mantenía a pesar del relativmente buen comportamiento en Bolsa de esas entidades en la semana anterior. Confesé que no me importaría estar ahora en el Consejo de un banco pues el momento me parece fascinante aunque pensé que seguramente los consejeros lo tienen que estar pasando mal.

Seguimos divagando sobre las diferencias entre Bloomsbury y Pombo para acabar asombrándonos de las similitudes entre el paraíso comunista que ensoñaba Marx y las esperanzas que Keynes en el año 30 concebía par dentro de un siglo. Estaríamos en un mundo en donde cada uno podría, por decirlo de manera cursi, desarrolalar sus potencialiddes creadoras. Comentamos que eso sí que sería revolucionario, conformarse con una rentita limitada derivada de un trabajo aburrido pero nada estresante y con mucho tiempo libre.

Y por alguna extraña conexión cerbral le pregunté lo que le parecería que hubiera una total libertad de horarios comerciales. Ella que no recibe una gran ayuda doméstica por mi parte, y mucho menos desde hace un par de meses, se mostró totalmente partidaria de esa libertad. Utilizando la táctica que siempre utilizamos para dar vueltas a las cosas y sacarles chispas, me atreví a decir si no preferiría un día a la semana de cierre total de manera que la calles etuvieran como desiertas y cada uno pudiera aburrirse a gusto en su casao quizá asistiendo a servicios religiosos. Claro que sabíamos de antemano que esto o lo impone el Estado con toda su fuerza o es imposible de llevar al la práctica porque, aunque todos quisiéramos tener ese día de limpieza mental, la solución es imposible de implementar pues cualquiera abriría siempre que los demás no lo hicieran.

Pero ¿es entonces el Estado necesario? Admitir esto no nos apetecía mucho, pero también es cierto que ambos creemos en la gratuidad y la universalidad de la educación y de la sanidad. Nos preguntamos en qué posición politica nos encontramos y, como siempre, no fuimos capaces de ponernos de acuerdo en este punto especialmente en las circunstancias actuales en nuestro entorno. Ella (Marisa) está harta de lo poco que trabajan los políticos y él (yo, Juan) solo creo en inflación- y- eurobonos, cosas ambas completamente independientes una de otra. Pero no creo, añado, en un tesoro único pues mi horizonte está en un mundo confederal como una gran Suiza en la que cada cantón se puede independizar por refendum.

Me mira como si yo fuera un pez verde y pasamos a otra cosa después de pagar las consumiciones sosas con las que nos hemos castigado en la terraza de una cafetería-bar.

En el camino de vuelta insistimos sobre la forma de vida que nosgustaría para los nietos de Keynes. Si hay que elegir entre dos maneras de crecer nos preguntamos si preferiríamos un crecimiento pobre como de un 2% anual pero sostenido sin sorpresas o un crecimiento espectacular pero frágil que puededar origen a una crisis como la actual.No es fácil la elección. Ella quiere, cree, la tranquilidad. Yo elucubro que en un mundo con grandes caídas y subidas se facilita la circulación dela élites de forma que casi todo el mundo puede llegar a tener sus 15 minutos de gloria. Me acuerdo de la disipación de rentas del Capitalismo que Viene, pero me callo. Ya está bien de conversación docta.

Ya ha anochecido y llegamos a casa con el apetito que abre el uso de las palabras cuando se utilizan realmente para pensar y cada uno vuelve a lo suyo después de picar algo. La literatura inglesa o una última mirada al IHT para enterarme de la opinión de un redactor sobre… Ay! se me ha olvidado. Pero volvemos a converger escuchando a Victoria Camps en la cadena 2 de RTVE en un inefable programa llamado “pienso luego existo”. Yo me dormí.

Fondo de armario intelectual

24 de octubre de 2011

El fondo de armario está formado por esos trajes o vestidos que han sido adquiridos a lo largo del tiempo sin demasiada atención a la moda pero que siempre sirven cuando las cicunstancias exigen seriedad y orden sin renunciar a una cierta prestancia. Ese fondo de armario no te va proclamar un Petronio o una Reina de la elegancia, pero nunca, siempre que su tamaño sea suficiente, te va a obligar a dar la nota, algo siempre desagradable aunque la des con una pieza de la última moda. Me parece que este fondo de armario propiamente dicho no tendría porqué aumentar con el tiempo aunque de hecho lo hace a medida que algunas novedades se hacen Vintage. En contraste con esta presunta estabilidad, el fondo de armario intelectual sí que ha de crecer con el tiempo si queremos que nos sirva para echar mano de él a fin de ubicarnos en un mundo cambiante aun sabiendo que a menudo necesitaríamos atrapar en nuestra mente alguna idea innovadora que permita lucirnos un poco en situaciones en las que el fondo de armario no cuenta con ninguna prenda adecuada.

Bastan un par de meses de estar fuera de combate para constatar que las circunstancias cambian, que los problemas se enconan y que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que el fondo de armario se nos ha quedado corto. Despierto de un largo sueño y como si este me hubiera espabilado encuentro que casi todo lo que leo es como una pieza a la moda que no hace más que repetirse sin que haya calado en nuestra mente o al menos en la mía. Hay muchos ejemplos en todos los campos pero yo solo puedo singularizar unos pocos en mundo de la economía.

Lo primero que me llamó poderosamente la atención fue que cuando desperté la Constitución había cambiado. Se le había añadido una declaración de intenciones que más tarde se desarrollará en ley orgánica para poner coto al deficit estructural a fin de no volver a caer en un exceso de endeudamiento. Se repite ante la saciedad por parte de unos y otros que este cambio constitucional es una señal que se emite para ganar confianza ante los inversores que han de refinaciar nuestra deuda viva. Y sin embargo nuestro fondo de armario intelectual nos dice que todos sabemos que todos saben que el compromiso firme y definitivo no es nunca creible a no ser que pase lo que pase la medida que queremos sea creída mediante nuestro compromiso presuntamente firme nos favorezca en cualquier circustancia. La crisis de deuda que estaba en el candelero y sigue estándolo cuando despierto no puede solucionarse con esta forma de ganar confianza (que en realidad muestra que que una Constitución fácilamente modificable no es algo en lo que confiar) sino que se necesitan otras medidas novedosas que no pertenecen a nuestro fondo de armario intelectual.

Keynes sabía esto y esta es su enorme e imperecedera aportación:su capacidad para inventar mecanismo avant la létre para conseguir acuerdos entre las partes interesadas sin pretender que esos acuerdos serían permanentes. Si usáramos esta piza del fondo de armario mejor nos iría. Desde luego mucho mejor que recórdándolo como el que aconsejaba cebar la bomba sin mirar al endeudamiento subsiguiente. Era un amante del arte que volvía de Versalles con un cuadro debajo del brazo, alguien a quien debemos el Arts Council y un snob que hubiera hecho maravillas por tener una idea brillante, algo que no casa con la austeridad calvinista que nos invade.

Pues justamente una de sus ideas inteligentes y prácticas que parecen haberse olvidado pues extrañamente no la veo recordada con la frecuncia debida, es su idea respecto a las reparaciones de guerra que los vencedores querían imponer a Alemania como parte del Tratado de Versalles. Ya sé que parte de su argumento, como corresponde a su realismo, era la importancia industrial de Alemania que se debía volver a poner en marcha cuanto antes, pero aun cuando Grecia no sea tan importante industrialmente, lo es culturalmente de forma que Keynes mantendría su argumento. Y sin embargo solo parece escucherse por aquellos que predican un “quita y espera”simple cuyos detalles Keynes no se avergonzaría en delinear con lápiz y papel.

Otro ejemplo de lo que estoy intentando comunicar es el recurso fácil a la centralización de la fiscalidad europea mediante un Tesoro Unico. Esta idea ha estado ahí aunque nunca formó parte del fondo de armario, pero ahora que vuelvo a leer periódicos y blogs, me asombreo de la vigencia que ha tomado como idea fashion.No digo que esté mal y seguramente nos llevaría por caminos interesantes, pero se hace, con excepciones notorias, en base a ese horroroso sentido común, que nada dice aunque pretenda ser parte del fondo de armario, olvidándonos de la pieza más usable de este fondo de armario económico cual es la competencia así como de la más reciente idea de la posibilidad de la captura del regulador.

Y, finalmente, lo que me más me hace sentirme descolocado es que hemos dejado de hablar de actividad económica mucho antes de que hayamos convenido con la diagnosis y la prognosis de la crisis. Continuamos con las diferencias de opinión sobre cómo tratar la caida relativa de la actividad económica y el aumento del paro: a la Europea (o más bien alemana) o a la americana. Naturalmente no todos los países de la UE están de acuerdo y los demócratas y los republicanos discrepan en como sacar a los USA del pozo.

Podría continuar en este tono mencionando los problemas serios que el ajuste trae consigo en,por ejemplo, Educación, Sanidad o Finanzas y de los que se discute sin apoyarse en las ideas propias del competencia en los mercados ni tampoco en su aspecto de sistemas complejos. Ni fondo de armario ni novedades.

Empiezo a pensar, ahora que despierto, que igual mi retiro ha sido más largo de lo que creo y ya no hay ningún conservador del fondo de armario. Creo que me hago viejo.

Sobre tecnócratas y políticos

Crónica de una Crisis | Noviembre 2011


SOBERANÍA, INFLACIÓN Y EUROBONOS

2 de noviembre de 2011

El comienzo de la reunión del G-20 está prevista para estos momentos en los que escribo. Dados los acuerdos del Consejo de la UE adoptados hace escasamente una semana y aunque estuvieran pendientes de concreciones y trámites, parecía que esta reunión de Cannes del G-20 podría ser el comienzo de la coordinación necesaria para comenzar a articular medidas que propiciaran el despegue de la actividad económica en los países desarrollados con la aquiescencia de los emergentes. Ya era hora pues las perspectivas no parecían buenas a la luz de informes diversos y especialmente el de la OCDE que anuncia una especie de estancamiento muy poco estimulante para la moral pública. Los representantes de este club que parece ser el encargado de velar por intereses generales y globales necesitan tiempo para ponerse de acuerdo y tranquilidad para imaginarse los escenarios posibles y las respuestas óptimas en cada uno de ellos.

Pues bien, no sé si tendrán tiempo, pero ciertamente no van a contar con la paz de espíritu necesaria para sus reflexiones. La mitad de sus miembros llegarán a la reunión agotados por las conversaciones previas relacionadas con la salida de Papandreu pidiendo la confianza de la cámara griega y anunciando, si la gana el próximo viernes, la convocatoria de un referendum sobre las condiciones ya pactadas como necesarias para poner a su disposición los 8.000 millones de euros pendientes del primer rescate y librar fondos en el orden de un ciento de miles de euros para el segundo. Añadan a esto la suspensión de pagos de MAF Global a causa de la bajada en los precios de algunos bonos soberanos y la posibilidad de que las fuerzas políticas helenas obliguen a convocar elecciones y convendrán conmigo en que la tranquilidad necesaria para meditar sobre el relanzamiento económico va a escasear justo cuando más necesaria es. Y no cabe duda de que lo es, y mucho, en este momento en el que ya está lo suficientemente claro que los problemas de deuda soberana en Europa y sus efectos en los sistemas financieros de algunos países de la UE difícilmente se arreglan sin crecimiento suficiente.

Y esta especie de nudo no se arregla fácilmente por dos razones aparentemente independientes pero que se refuerzan mutuamente. La primera es que en la UE la soberanía permanece en las cámaras de representación popular y finalmente en el pueblo. Por eso Papandreu hace lo que hace aunque es incomprensible que los demás no se lo preguntaran hace una semana y que él mismo no lo anunciara. ¿Incompetencia? ¿Deslealtad? Qué más da. Si yo fuera él argüiría que es algo tan elemental que no hace falta anunciarlo y que él no es responsable de los anuncios optimistas que siguieron a la reunión del Consejo. Y si continúo poniéndome en sus zapatos pienso que la jugada es inteligente pues si gana la confianza y el referéndum, él aparece como un héroe nacional y campeón de la democracia y, al final, hasta como salvador de Europa. Y si se queda por el camino porque no obtiene la confianza o pierde el referendum sigue siendo un serio valedor de la democracia allí donde nació y se retira lesionado en un momento del partido muy difícil de jugar con perspectivas de éxito.

La segunda razón que hace muy difícil desatar el nudo es que el BCE solo tiene el mandato explícito de velar por el control de la inflación y en principio no tendría ni que comprar deuda soberana en el mercado secundario para mantener su precio y ayudar al sistema financiero europeo ni, desde luego, velar por la estabilidad de dicho sistema que es la pieza central del mecanismo de contagio que tanto tememos aquí en España. Esto es también una cuestión de soberanía puesto que los sistemas financieros son nacionales por muchas relaciones que tengan entre sí.

Si consideramos ambas cuestiones a la vez no tenemos más remedio que ponernos nerviosos sin necesidad de ser inversores, bien en deuda soberana bien en el sistema financiero, y tirarnos de los pelos en caso de que lo seamos. Los bancos necesitan gestionar su balance justamente para mantener su solvencia y el instrumento básico para hacerlo es la deuda pública que tiene un mercado profundo y permite jugar con cantidades y plazos de madurez. Y no pueden hacerlo porque esa deuda soberana ya no es un activo seguro. En estas condiciones el cortafuegos que creíamos había sido establecido hace unos días ya no resulta seguro y tenemos que pensar rápidamente en reforzarlo sin cicaterías. A ello nos puede ayudar tanto la reunión del G-20 como la cabezonería de Papandreu. Tenemos que apoyar a éste para que gane su embite y tenemos que hacerlo con promesas creíbles de recuperación económica. Adelantemos la creación de eurobonos convenciendo a Alemania que es su aportación heroica a la salud económica mundial así como su propia salvación (pues también ella caerá si se precipitan las cosas) y dejemos que Mario Draggi se estrene generando una generosa inflación que, injustamente, favorezca a los deudores al disminuir el valor real de esa deuda. Inflación y eurobonos son una solución, second best, pero solución al fin.

Justine y las ideas
7 de noviembre de 2011

Por razones que no vienen a cuento tengo que leer “Justine” de Sade, nada menos. El subtítulo (“Los infortunios de la virtud”) ya es revelador de esa enmienda a la totalidad que el divino marqués representa. A poca paciencia que tenga uno acaba encontrando el gusto, e incluso la belleza literaria, de le repetición de lo mismo, como en la mística budista. Pero si la paciencia de uno es realmente heroica acabará hastiado de un atracón de ensalzamiento de la sodomía. No sé si todavía cabe un tercer estadio en el que, ya introducido en la bulimia de la mística, la lectura de “Justine” se convierta en una experiencia cuasi religiosa. Quizá; pero yo, que estoy pasando a la segunda fase, me empiezo a irritar de la misma forma que los latiguillos del lenguaje de los medios me empieza a cargar por lo repetitivo e inane: no hay ideas sin lenguaje y no hay ideas nuevas sin un lenguaje distinto.

Todo en “Justine” sabe al infierno que debe ser la espantosa e imparable repetición de lo mismo. ¿Seguro que todo? Pues en realidad no, pues de vez en cuando hay ideas interesantes hasta para un lúgubre economista. Las he encontrado en el discurso del bandido “Corazón de Hierro”, perteneciente a la banda de la Dubois, sobre el porqué del crimen. En este discurso hay dos cosas a resaltar más allá del canto y elogio del divino, único y profiláctico placer.

La primera es el argumento sobre la pena de muerte. Si alguien ha cometido un crimen que está penado con dicho castigo, ese alguien no tiene incentivo alguno a frenar sus impulsos criminales adicionales ya que la justicia no puede hacerle nada peor que matarle. No lo encuentro ahora, pero hay al menos un trabajo sobre esta materia de un par de economistas, creo que alemanes, que un día hace unos cinco años me pasó Salvador Barberá. Ni que decir tiene que el mismo argumento se aplica a la cadena perpetua irredimible, pero con matices pues si sigues vivo puedes mantener la esperanza de que haya un cambio en las leyes.

La segunda es como una refutación de la justificación hobbesiana del Estado. El estado de naturaleza, o la guerra de todos contra todos, puede ofrecer una vida solitaria pobre, brutal y breve, pero aun así sería preferible a una vida pacífica a la que hemos llegado mediante un pacto. Ese pacto nunca sería aceptable para el más débil porque aun entregándolo todo solo recibe un poco de parte del más fuerte que es el que propone el pacto. La argumentación es mucho más larga y más rica y les recomiendo que la lean. Una cuestión de incentivos avant la lettre. Esos incentivos que solo existen en la libre competencia cuando lo es realmente, es decir cuando se disipan todas las rentas gracias a la avaricia de todos los hombres que, ya se sabe, son malos y egoistas.

La Gran Desconexión

11 de noviembre de 2011

Robert Heilbronner era un economista de los años cincuenta/sesenta muy reputado sobre todo por su libro titulado The Worldly Philosophers que algunos devoramos en la juventud en buena parte como complemento de la áridas lecturas curriculares. Pensaba en él cuando subtitulé La Mirada del Economista como Biografía intelectual de un filósofo mundano de los 90. Me parecía en mis años de estudiante de doctorado que, junto al tratamiento matemático de la Teoría que permitía una aproximación axiomática a la microeconomía así como un estudio serio de la existencia, unicidad, estabilidad y cuestiones de estática comparada de los modelitos macro fueran de corto plazo o de crecimiento, tenía que existir un planteamiento más social que se preocupara de, por así decirlo, la situación general del mundo, de las formas alternativas de organizar la producción, el consumo y la distribución y, muy en general, de los conflictos sociales derivados de la escasez.

Por debajo de esa manera de pensar mi futura posición en el mundo existía la convicción de que uno se preparaba para, desde su formación rigurosa, ser capaz de susurrar al oído del soberano los consejos apropiados a cada situación. En términos macroeconomicos era muy sencillo de verlo. Todas las preguntas relevantes de política económica no eran sino cuestiones de estática comparada, justo las que uno había aprendido a tratar. Y, de hecho, el sylabus de cualquier asignatura de una escuela de graduados estaba planteado de esa manera. La macroeconomía y la econometría eran dos ramas de un mismo saber ya que se podía recomendar algo sobre política económica solo cuando se hubiera planteado un modelo tratable, se hubieran extraído las respuestas a las cuestiones de estática comparada y se hubieran testado en una versión econométricamente tratable del modelo que permitiera estimar los parámetros relevantes. Uno tenía que estar preparado para contestar a su representante político si había que bajar o subir el tipo de interés o modificar y en qué dirección tipos impositivos. Esta manera de entender la tarea intelectual acompañada de un poco de cultura de la Historia del Pensamiento y de los hechos económicos daban pie a una conversación social entendible y comunicable.

Que la situación ya no es esa lo reflejaba hace un par de días Backhouse en el IHT. Decía:

When economists tackle small problems, they lose any vision about what the economic system should look like….. the thousands of activists in the streets of New York and London aren’t the only ones lacking perspective: economists, to whom we might expect to turn for such vision, have long since given up thinking in terms of economic systems — and we are all the worse for it.

¿Cuando se rompió esta manera de entender la profesión? No lo sé, pero parece claro que hoy esto, está claro, es un hecho. Hemos llegado a lo que Mark Thoma llama en un artículo reciente la Gran Desconexión (The Great Disconnect). Este profesor de economía e ilustre blogero la describe como sigue.

Comienza de forma contundente:

Economics has a long history of engagement on important public policy issues, and its early history was driven in large part by the desire to answer important public policy questions.

Hasta aquí es lo que he dicho en este post. Ahora bien esos lazos se han roto:

However, ties between academic economists and the public, the press, policymakers, and economists in business and government have declined in recent decades.

Y esto tiene lo que a él, y a mí con él, me parecen consecuencias perniciosas:

This has reduced the quality of the public dialogue on important policy issues and this, in turn, has made it easier for groups with a political agenda to use false and misleading claims to influence policy in their favor.

Esta última es una afirmación muy grave para la profesión si fuera ella la responsable. Quizá no lo sea pera habría que explicar por qué y cómo los economistas más o menos técnicos no han puesto coto a la manipulación de lo que han pensado y publicado. Como ejemplo pensemos en la defensa generalizada de la proliferación de instrumentos financieros derivados en base a la idea de que completan mercados. ¿Por qué nadie ha dicho que esto es solo cierto en el caso de que de hecho completen completamente (!) la estructura de mercados?

En consecuencia, continúa Thoma:

In addition, as the ties between academic economists and the practitioners who use the models and techniques they produce have diminished, the questions economists ask have drifted away from the questions of most interest to society. To a large extent, economics has become separated from its real world users and applications.

A continuación Mark Thomas va a expresar su fe en que la emergencia y creciente respetabilidad de los blogs va a poner remedio a esta no deseable situación. Esta es una cuestión aparte de la que hablaré algún otro día; pero ahora creo que merece la pena reflexionar un poco sobre algunos efectos de esta desconexión entre el mundo académico y aquellos otros agentes hoy cruciales en el manejo de la economía y, mas en general, de la sociedad.

El primero que quiero destacar es la excesiva especialización de la economía (que hace que se segmente en trocitos difíciles de reconectar) y, en consecuencia la ruptura de una conversación general fluída. Ciertamente este no es el caso de la Macro y la Econometría tal como muestran los modelos de equilibrio general dinámico que han sido últimamente tan reconocidos y tan grandemente han influído en los jóvenes graduados que conservan el interés por la conversación pública. Pero el mantenimiento de este lazo no ha sido gratis. Por un lado la econometría ha cambiado su aspecto y juega papeles alejados de la estimación que antes citaba. Por otro lado el mantenimiento de la unión entre ambas les ha separado más de otras ramas hasta ahogar algunas de estas últimas. Esto ha creado una brecha generacional que no puede ser buena.

El segundo efecto destacable de esta Gran Desconexión es que la fuente de los problemas a tratar por los académicos ya no es la realidad sino la propia deriva del quehacer teórico. Este autismo hace muy difícil el mantenimiento de una conversación social relevante y, lo que es mucho peor hace de la vida académica cotidiana algo mucho más aburrido.

Me atrevo a decir que esta dependencia del recorrido es uno de los mayores obstáculos para la propia disciplina, tal como ya mencioné en un post previo que además ofrecía otras ideas que le hacen un buen compañero de este que ahora acabo.

Canbridge vs. Cambridge: en la muerte de Garegnany

14 de noviembre de 2011

Hubo un tiempo en el que la función agregada de producción constituía un problema lógico y algo realmente embarazoso para los que estábamos intentando escribir sobre crecimiento usándola como elemento fundamental del modelo que queríamos utilizar para las finalidades que fueran. He vuelto a pensar en ello cuando hoy, a través de Sin Permiso, me he enterado de que hace un mes murió Pirangelo Garegnany, uno de los triunfadores (con Pasinetti) de aquel debate apasionante que comenzó con la discusión sobre la posibilidad o imposibilidad de lo que se llamaba el reswitching de técnicas. ¿Es posible que una misma técnica de producción pueda ser usada para dos o más valores del tipo de interés. Para los jóvenes la cuestión es muy sencilla: si usamos una función agregada de producción Cobb-Douglas (con rendimientos constantes) ¿es posible que la misma capital/labor ratio sea utilizada para dos valores distintos de la productividad del capital? La respuesta en ese caso es que no y, sin embargo, si utilizamos una descripción de la producción en términos de un modelo lineal desagregado esto es perfectamente posible.

La razón es que para definir lo que que es el capital agregado tenemos que usar su valor, no su cantidad física, y para calcular ese valor tenemos que restar los salarios y el tipo de interés que se determinan precisamente a partir de la noción de capital agregado: un verdadero puzzle intelectual. Esto no es en general posible como ya había anunciado Joan Robinson desde Cambridge (U.K.) en donde, por cierto, estaba Piero Srafa, que sabía mucho sobre modelos lineales de producción tal como había mostrado en su libro Producción de Mercancías por medio de Mercancías que aquí en España había sido prologado por Luis Angel Rojo. Solo era posible esa agregación de todos los sectores en una función de producción que utilizara una medida agregada de Capital en un caso muy específico en el que ese modelo lineal desagregado exhibiera una relación capital/trabajo igual en cada sector, un caso raro realmente y en el que el resultado de la imposibilidad del reswitching era trivial. Samuelson Desde el otro Cambridge, el Massacusets, trabajó duro para desentrañar este puzzle para finalmente conceder la victoria al Cambridge del U.K. en el que trabajaban a la sazón Garegagni y Passinetti en la senda de Srafa tratando de cambiar la deriva de la ciencia y volver a Ricardo y los clásicos en general.

Pero la ciencia no siempre admite los resultados consistentes y, a efectos de su desarrollo, sigue por un camino que promete resultados aunque éstos adolezcan de falta de rigor lógico. La figura de Solow al que Samuelson en su reconocimiento de derrota salva como alguien que puede trabajar en mundos distintos simultáneamente, nos salvó la vida a los doctorandos y nadie se enfadó por nuestro uso de una función de producción Cob-Douglas.

Por otro lado los vencedores no eran los más escuchados y sus proclividades marxistiodes les alejaron de la visibilidad que dan las candilejas y, aunque nunca cedieron en la reivindicación de su victoria lógica, desplazaron sus críticas a otras áreas como por ejemplo los modelos de equilibrio general que no adoleciendo de pecado original deberían haber sido interpretados de una forma alternativa que hubiera también cambiado el uso que se ha hecho de ellos.

El resultado de este episodio intelectual- a menudo denominado de los dos Cambridges- es en el mudo de hoy totalmente irrelevante aunque muchos modelos macroeconómicos estén usando una función de producción agregada a partir de la cual y de especificaciones interesantes de las expectativas pueden derivar resultados que pretenden ser muy científicos. Como de bata blanca, vamos. Y muchos siguen pensando que se puede separar la asignación de la distribución funcional de la renta de forma que, en principo, podríamos operar sobre la distribución entre salarios y rentas de capital (mediante cambios impositivos por ejemplo) sin afectar a la asignación de los factores de producción. Por ejemplo las recomendaciones de Prescott de reducir impuestos en Europa están basadas en esa posibilidad que como ya he dicho es muy poco plausible.

Este caso me interesa especialmente porque al ser constante la participación de capital y trabajo en el output generado entre ambos, no podemos plantearnos cosas de interés que estos días, y al rebufo de relecturas de la crisis, empiezan a levantar su feo rostro. Sabemos que las empresas están generando beneficios y guardándolos sin acometer nuevos planes empresariales y sin apalancarse ni un ápice. Sabemos que, en esas circunstancias ni la rebaja de salarios para mantener el pleno empleo podría mantener la participación del trabajo en el output. Si no nos hubiéramos olvidado totalmente del debate de los dos Cambridges quizá se nos ocurriría pensar que hay como una huelga de inversiones por parte de los dueños del capital. Pero ¿han oído ustedes esta canción en algún foro? Ni siquiera los economistas que apoyan los florecientes movimientos de indignados se han fijado en esta posibilidad cegados por la injusticia de socializar las pérdidas de la banca y por el escándalo del incremento en la desigualdad en la distribución personal de la renta. Este hecho es importante, pero no debe ser un tema de discusión único pues, en cierto sentido, desvía el tiro de su objetivo. Y el objetivo es denunciar que el sistema de mercado puede necesitar una nueva repartición de la tarta cambiando las participaciones de los factores de producción a pesar de la huelga de inversiones y también que esto traería una nueva asignación de los factores de producción que puede acarrear una nueva distribución personal de la renta que no puede confundirse con la funcional.

Castells sobre el euro

16 de noviembre de 2011

Sin Permiso, que recibo puntualmente a través de APA, es una fuente de ideas y de temas de discusión. Esta vez me encuentro con un artículo de Castells cuya lectura recomiendo pues nos alumbra una discusión oportuna, relevante y estimulante.La discusion es sobre democracia vs. finanazas, dilema que surge ahora, con independencia de su origen ancestral, y surge imparable a partir del referendum frustrado griego que acabó con el político Papandreu cuya trayectoria no he seguido, pero que goza de todas mis simpatías por el conocimiento desde hace muchos años,en aquellos en que todavía pensábamos más allá de la enésima vuelta a um modelo determinado, de su padre como metodólogo.

La discusión que Castells quiere reiniciar, cuando en realidad es hace tiempo parte de los movimientos de los ocupantes de distintas plazas simbólicas, está basada en la presunción de que las finanzas han capturado al soberano con la connivencia de los economistas, señores estos que deberían susurrar al oído de aquel y no desplazarlo directa o inderectamente. Directamente en el caso de Grecia en donde Papademos es un economista que fue, entre otras cosas, goberndordel Banco de Grecia y vicepresidente del BCE y también en el caso de Italia en donde Monti ha sido asesor de Goldaman Sachs y Comisario europeo. Indirectamente por innumerables economistas que demuestran la imposibilidad de ciertas políticas o sus consecuencias nefastas.

Toda la discusion del trabajo de Castells está basada en el supuesto implícito de que la economía financiera (la sangre del sistema de producción real)no tiene nada de real. Aquí cabría citar a Zizek en el que Castells podría, pero no debería, apoyarse y que se pregunata retóricamente:

¿Qué extraña sangre vital es esta que no es parte dela”economía real”? ¿Es que la”economía real”, en sí misma, es un cuerpo sin sangre?

La economía financiera es, en efecto, tan real como la producción de textiles y en el fondo todo el capitalismo está basado en esa usurpación del futuro que es la financiación de la producción. Otra cosa distinta es pensar que hoy hay una especie de huelga de inversiones por parte de los empresarios capitalistas que seguramente guardan sus beneficios en algunos activos financieros que consideran seguros frente a la crisis que ciertamente ha sido financiera o así podemos llamarla porque surge de la desregulación de un sector tan real como los demás, pero que había caído en el fetichismo del activo financiero derivado. Podemos criticar al capitalismo y con razón, pero la salida pronta o la solución más a largo plazo no está en eliminar las finazas, sino en regularlas bien.

Y, en eso se está, en la reregulación que, al tener que ser global, requiere muchos consensos y mucho tiempo. Pero va marchando.Si alguien quiere una deriva social hacia un a alternativa al capitalismo debe darse prisa porque en poco tiempo volveremos a un sistema más o menos controlado…hasta la próxima crisis.

Sobre tecnócratas y políticos

18 de noviembre de 2011

Nos cuentan que en Grecia y en Italia, a fin de sacar a sus economías del marasmo producido por la crisis de la deuda soberana europea, se han formado gobiernos de tecnócratas. Y dentro de unos días el candidato del partido ganador aquí en España tendrá que decidir a quien pone en el gobierno. Pues bien, en este post quiero afirmar que la tecnocracia es como la cirugía vascular, puede arreglar alguna cañería, pero no sabe por qué esa cañería se obturó. La política sería más bien como la investigación básica que trata de entender por qué se obturó la cañería. Claro que estoy hablando de la buena tecnocracia y la buena política porque cuando simplemente nos representamos una y otra en el espejo de nuestra experiencia más próxima esa analogía hace aguas.

El tecnócrata de andar por casa prefiere verse a sí mismo como aquellos señores rectos que sacaron a España del aislamiento en los años finales de los 50 y que lo pudieron hacer porque habían oído hablar de algunas nociones de Economía que no se estudiaban en la correspondiente facultad casi recién creada y que eran ajenas al fondo de armario de los licenciados en Derecho que eran quienes manejaban el timón de la economía aislada española. Simplemente estaban más â la page. El político vernáculo no sabe verse como un investigador sino como un líder que arrastra a la gente por un camino que él cree lleva a alguna parte apelando a valores patrióticos. Si nos centramos en esta forma vulgar de hacer la distinción la elección que se nos impone es traumática porque en general se necesitan ambos: el tecnócrata y el político.

El tecnócrata nos va a decir, por ejemplo, que el sistema de relaciones laborales es mejor verlo como un mercado porque esto nos permite hablar de salarios de reserva, de intensidad de búsqueda de empleo y, en consecuencia, del interés que tiene simplificar el sistema. Y a sensu contrario, el político nos va decir que esa es una simplificación nada pertinente pues no tiene en cuenta el papel crucial de los sindicatos y no solo para el bienestar de cualquier trabajador, sino también para la paz social que permite al sistema funcionar aunque sus resultados se alejen un tanto de lo que serían si se tratara de un mercado de trabajo sin más.

Si, en este mismo tono, ahora pensamos en el sistema financiero, el tecnócrata está embebido en el diseño de un sistema de incentivos y de supervisión que permita el funcionamiento del crédito y desincentive las locuras y la contabilidad creativa mientras que el político procura quizás pensar en el mercado de votos y en la financiación de su partido tratando de arrimarse al banquero. En la naturaleza del sistema en que vivimos parece imposible conjugar ambos puntos de vista o intereses sociales pues no es posible tal como me dicen que afirmaba el último presidente de la AEB, Miguel Marín, un sistema financiero racional que tenga en cuenta los incentivos, que esté integrado sin que se pueda poner fronteras a las operaciones y que no estalle por algún lado. Para que la explosión no se dé es necesario que, o bien haya fronteras y se imponga la soberanía sobre la globalización, o bien se prohíba el seguimiento de ciertos incentivos individuales. Alguien tiene que velar por el trade-off menos costoso y este alguien es la política.

Pero también podemos explorar la caracterización de tecnocracia y de política que he intentado al principio. La política sería una pensadora enfrentada a los ejecutivos. En este sentido la política en efecto está pensada para las situaciones imposibles, aquellas en las que se llega a una imposibilidad de decidir racionalmente porque conforman una paradoja o una decisión indecidible. El resto es administración que es otra cosa. Lo malo de este reconocimiento tan peculiar es que aflora una posibilidad del pensamiento mágico que acaba llamando al chamán.

Por esa razón es preocupante la apelación continuada al liderazgo. No se trata de pensar a martillazos como querría Nietzsche o de romper el nudo gordiano de un golpe de espadón como, sin dudarlo, hizo Alejandro, sino de reconocer que dados los sesgos cognitivos de cada partido político en un régimen de democracia parlamentaria, la única forma de acercarnos a una solución no traumática es escuchar casi todos los puntos de vista. Y luego rumiarlos con cierta rapidez. Yo no quiero chamanes o líderes carismáticos, quiero tipos listos y rápidos en pillar la onda.

El discurso de graduación

19 de noviembre de 2011

Magnífico Sr. Rector, autoridades académicas, queridos diplomados, familiares, señoras y señores.

Vaya por delante mi agradecimiento a las autoridades académicas por la invitación a dirigirles unas palabras en esta ceremonia de graduación como padrino de la promoción del 2011.No es tarea fácil pues hay poco espacio para padrinos distintos a don Corleone . Entre el posible sustituto del padre y el abuelo con sus batallitas queda, en efecto, poco espacio, justo el que podría ocupar un cruce de mentor y de coach que es el que pretendo ocupar hoy con un descaro que debe ser fruto de mi juventud recién adquirida pues no poseo autoridad alguna en ninguna de estas dos actividades. Nada en mi vida me permitiría acompañarles en el mundo del trabajo como haría un mentor. Tampoco podría orientarles en el proceloso mar de sus psiques, como haría un coach, para hacerles confrontar sus virtudes así como sus limitaciones tratando de prepararles para un mundo turbulento. Precisamente porque el futuro inmediato está lleno de incertidumbre me permitiré un tono jovial y hasta un poco incorrecto por aquello de poner buena cara a los malos tiempos. Miren ustedes, lo único que puedo hacer para serles de alguna utilidad es decantar las enseñanzas con las que mis propias experiencias me han golpeado y que he tardado en admitir como tales enseñanzas. Mi vida y mi carrera han sido bastante diversificadas de forma que sí, como se temían, voy a contarles mi vida como corresponde a un señor de mi edad.

Lo primero que quiero contarles es que, con toda tranquilidad, renuncié a la facilidad que mi época me proporcionaba de saltar directamente del aula a la oficina de una empresa en la que pasarías probablemente casi toda tu vida productiva. Bueno, trabajé brevemente en una empresa de aquellas centradas en la línea de montaje y huí pitando pues sí que tenía jefes, largándome a otro país a seguir estudiando y molestando e incordiando así a mis progenitores que pensaban que esto de estudiar aun más, y además fuera de Bilbao, era un capricho de niño mimado. Pues bien, no dejen de frustrar a sus padres, es la única forma de pagarles lo que han hecho por ustedes ya que les toca enseñarles para que se mantengan jóvenes. Y a ello les animo con todo descaro en presencia de sus progenitores pues ellos, aunque jóvenes, son el pasado o el presente y vosotros ( y paso a tutearos) sois el futuro y esto, siempre cierto, lo es más ahora que estamos posiblemente en un momento de cambio social y económico sin precedentes cercanos y nada trivial en muchos aspectos. Nada va a ser igual ahora que realmente estamos en un mundo globalizado, en una sociedad del conocimiento y en una economía en la que la TIC son cruciales.
Rotarán en su trabajo y muy probablemente se pasearán por diversos países y continentes arrastrando consigo o siendo arrastrados a o por sus parejas que, y esto es quizá triste, también rotarán. Nada es negro o blanco y yo prefiero quedarme con estas novedades con la alegría de experimentar la variedad lingüística, racial, cultural y de todo tipo que hará de vosotros personas complejas y adaptables a nuevas vivencias. Supongo que en esta universidad habéis tenido ya experiencia de esta riqueza tanto en la enseñanza de no pocos profesores extranjeros como en el compañerismo con estudiantes del Erasmus o hijos de esa inmigración que nos bendijo en los años de bonanza. También creo saber que no os vais sin haber aprendido hasta un cierto nivel relativamente elevado algún idioma distinto del vernáculo. Pero como esta necesidad de aprender idiomas siempre asusta, y con razón pues el idioma es la única patria, conviene que sepáis que nunca el idioma es obstáculo para conseguir lo que uno quiere si lo quiere de verdad.

Sabéis mejor que yo que la producción que realmente pesa, como por ejemplo una viga de acero, cada vez vale menos en relación a lo que es intangible y liviano, como por ejemplo el código de un programa de ordenador. Sabéis, aunque solo fuera por la lectura- on line, desde luego- de los periódicos que más allá de la carrera elegida y cuyo grado obtenéis hoy, lo que va a importar para vuestro éxito o supervivencia va a ser el talento porque es eso lo que os permitirá distinguiros como personas capaces de innovar compitiendo en el mercado. Pero el talento no es solo inteligencia natural, es también capacidad de hacer de lo aprendido y experimentado un todo comprensible y comunicable. Es decir vuestro talento es cosa vuestra.
¿Y qué os puedo decir de las TIC que no sepáis? Solo me atrevo a recordaros que estas tecnologías de la comunicación y la información no se acaban en los juegos de ordenador con los que habéis crecido o con las redes sociales. Son estas tecnologías las que permiten una increíble reducción de coste de trasporte y, en consecuencia, una redirección posible de los flujos de comercio y un cambio drástico en la localización de la producción. Honk-Kong está ahí por lo que no os debe sorprender que tengáis que pasearos por los honkones de este mundo. Aquí tenéis un bonito reto pues tendréis que desarrollar una forma de relación con los seres realmente queridos que sustituya el frecuente roce de la piel por un leguaje acariciador que les muestre vuestro afecto y vuestro apoyo sin fisuras. O mejor dicho, tendréis que aseguraros de que las inevitables fisuras sirvan, como dice Leonard Cohen, para dejar que entre la luz.

Pero dejadme, o déjenme ustedes señoras y señores, seguir con el relato de mi vida libre. Me dediqué luego a la vida académica con un relativo éxito investigador habiendo ocupado más tarde algunos puestos de interés en la estructura universitaria que me obligaba a, por ejemplo, decidir evacuar o no la facultad cuando se recibía una llamada de ETA que avisaba de la explosión inminente de una bomba. Quizá por eso tuve también mi breve momento político en el Gobierno Vasco relacionado desde luego con la Educación , la Investigación y la Universidad y en donde aprendí la felicidad intensa que proporciona el no doblegarse. Y ahora ya les trato de usted a todos, graduados y familiares.
No sé cuantos de entre ustedes decidirán seguir la carrera académica¸ pero les aseguro que es a un tiempo frustrante y a la vez terriblemente excitante. Tanto la docencia como la investigación. No permitan, si se meten en ese mundo, que les obliguen a elegir entre una u otra. Nada más reconfortante que enseñar y abrir los ojos de la juventud a una manera nueva de ver las cosas, una manera que uno piensa ha llegado a vislumbra él y solo él. Y nada más excitante que haber llegado a esa manera de ver las cosas. Pero el camino es largo y a menudo frustrante pues lo que anoche parecía verdad hoy por la mañana destapa sus errores.

Pero, si como es mi caso, no tienes (lo siento pero el tuteo se me escapa) mucha paciencia para los imprescindibles detalles investigadores acabarás enredado en el desarrollo institucional de tu departamento, tu grupo de investigación o la universidad entera. Y puedes acabar en la política en donde las decisiones son quizá todavía más difíciles. Algo no muy extraño para alguien como yo enredado en la Teoría Económica y que por lo tanto sabe que más tarde o más temprano deberá, si su responsabilidad social no le ha abandonado, susurrar al oído del soberano como hacía Robert Redford con los caballos. Con esto no quiero decirles que el soberano, sea un político, un presidente de empresa o un catedrático sean unas mulas. No, no es eso. Lo que quiero decir es que no solo se trata de distinguir una verdadera llamada de ETA anunciando una bomba en la cafetería de tu facultad de una llamada pícara de alguien que no quiere hacer esa tarde un examen que no tiene bien preparado. Se trata también y quizá sobre todo de aconsejar a quien corresponda cómo decidir entre intereses contrapuestos a la hora de repartir dinero entre distintos grupos educativos o de investigación o de zanjar una polémica en la que ya se ha introducido por la puerta falsa la lucha ideológica. La mayoría de ustedes tendrán que enfrentarse con este tipo de decisiones, o aconsejar a quien tengan que hacerlo, y me gustaría decirles, por si les sirve de algo, que la manera más expeditiva de tomar una decisión es hacerlo en contra del que más te amenaza. Si proceden ustedes así no se arrepentirán.

No me tuve que arrepentir por esta mi manera ad-hoc de zanjar conflictos, pero sí tuve que abandonar mis veleidades y, sin renunciar al susurro al oído del soberano o del que manda, volver a la universidad, a mi investigación y a la construcción de instituciones. Esto último es realmente un ejemplo insólito de emprendeduría y toma de riesgos pues nada es más arriesgado que decidirse por una línea de investigación o asumir la responsabilidad de solicitar fondos para crear un instituto que solo funciona en la cabeza de uno. Pero si no me arrugué fue porque nadie emprende nada solo, siempre están los amigos y colegas con los que entras en una especie de entusiasmo explosivo. Sí, este entusiasmo colectivo de los que juntos persiguen un objetivo común es algo lleno de fuerza que no se debieran ustedes perder pase lo que pase.

Siempre me he dejado llevar por lo que la vida trae consigo y les aconsejo que operen así. Es fantástico dar un sonoro y nietscheano SÍ a la vida, sin miedos pues no hay nada que temer. Así que, como imaginarán, no desdeñé las oportunidades que el azar puso en mi camino y, entre otras cosas, dedique bastantes años a la banca antes, me apresuro a decir, de que explotara en el 2008. La experiencia me permitió ampliar mi campo de especialización intelectual al amplio mundo de la economía financiera y de entusiasmarme con la innovación que, en ese campo, la desregulación trajo consigo y que, al final, nos ha proporcionado lecciones demasiado caras, pero lecciones al fin. Que la inteligencia y la belleza de vuestros productos o vuestras ideas no cieguen vuestra capacidad de reflexión sobre el bienestar de todo el mundo.
Y voy terminando para no aburrirles del todo. Simultáneamente con mi experiencia bancaria traté de seguir colaborando con esta Universidad desde la presidencia del Consejo Social y como siempre tratando de no dejarme llevar por la inercia y confrontando cualquier iniciativa que no me pareciera adecuada para nuestra marca. Pero en aquellos años en los que descubrí que todo es posible, tomé un cierto interés en el periodismo económico que todavía conservo. Sigo disfrutando de mi columna mensual en un cierto periódico económico de cuyo Consejo Editorial fui Presidente hasta que acepté dirigir la iniciativa española para ubicar en Bilbao una fuente de neutrones y cuyas dificultades políticas me rompieron el corazón. Pero lo que me enseñó este período sobre todo fue el ver en directo una empresa que no funcionaba como una línea de montaje con forma de árbol tumbado, sino que lo hacía como una enredadera de forma no jerárquica y de manera que todos se cruzaban con todos. Y entre una cosa y otra perdí dinero y se lo hice perder a no pocos amigos en prematuros y quizá delirantes negocios digitales y dediqué parte de mis ahorros a la creación de una fundación que mediante la estimulación de los estudios cruzados entre economía y filosofía pretende una vez más (y una vez más apoyándome en amigos) nada menos que redireccionar la manera de pensar en Teoría Económica.

Y desde aquí les hablo. Y desde aquí, desde este punto de mi vida, quiero animarles a no tener miedo y, sobre todo, a dimitir de lo que haga falta. Dimití del Decanato, del Vicerrectorado, del Consejo Social, del Banco, del Consejo Editorial y de gestor de una aventura científica. Y lo hice con alegría pues no estamos aquí para aburrirnos o para minarnos la salud en discusiones tontas. Esto he aprendido y esto os comunico: Si tratáis a la vida de tu a tu no hay nada que ella os niegue. Sois vosotros, cada uno de vosotros, los que podéis y debéis tomar la vida en vuestras manos y usarla. Como diría un John Irwin castizo que así lo hagáis Príncipes de Getafe y Reyes de Madrid.

ILUMINACIONES. XLVIII: Entusiasmo

20 de noviembre de 2011

Debe ser el nuevo corazón renovado el que saca la alegría de mi pozo de entusiasmo. Esta noche he tenido un sueño muy a lo ML King en el que, habiéndose ya realizado las elecciones, seguía los resultados simultáneamente en Euskal Telebista y en Rtve mientras bebía vino (tinto, eso sí) en compañía de amigos que nunca votan bien. Casi simultáneamente los representantes de los cuatro principales partidos vascos anunciaban la conformación de un gobierno de unidad para preservar las características propias del modelo económico vasco dentro de un contexto europeo, y desde la sede del PP, Rubalcaba levantaba el brazo vago de un Rajoy que acaba de anunciar un gobierno de concentración para abordar las principales reformas estructurales en los dos próximos años. Todos los amigos nos miramos con cara de circunstancias y nos desabrochamos el cinturón dejando brotar el entusiasmo un pelín alcohólico mientras apagamos la televisión e iniciábamos una danza africana en forma de cadeneta de pueblo. Una especie de entusiasmo parecido al que había recordado ayer al mediodía en la casa encendida a la vista de los primeros años de la revolución rusa en los que el hombre nuevo se sentía explotar de entusiasmo al son de la Internacional. No duró mucho y la increíble ebullición cultural fue pronto fue aplastada por su manipulación interesada, pero ¡qué maravilla mientras duró! Pues eso, en mi sueño, mientras duraba la alegría etílica, desenvolví mi pancarta y, con la ayuda de mis amigos, la descolgué desde la terraza del último piso de cara a la calle: “Inflación y Eurobonos” rezaba muda. La gente se agrupaba en la calle fente a mi casa con réplicas reducidas de la pancarta y tal era su entusiasmo que Angela, milagrosamente llegada a mi calle sacó de su bolsillo a Sarkozy y le plantó un besazo en la boca mientras era coreada por los miembros del Tribunal Constitucional Alemán con su preciosa vestimenta. Amanecía cuando mis amigos y yo abandonamos la terraza y bajamos a la primera planta y espontáneamente tomamos nuestros vasos ya resecos y entonamos el brindis de La Traviata. Y Violeta nos dijo:

¡Alegrémonos! El vino y los cantos
y las risas embellecen la noche;
y que el nuevo día
nos devolverá al paraíso.

Geografía económica escatológica y competencia perfecta

23 de noviembre de 2011

En la reunion de ASSET que se celebró en Evora hubo dos sesiones especiales organizadas por Alan Kirman, ganador el año anterior del Premio FUE a la Diversidad en la Investigación. Este premio responde al deseo de esta Fundación de incentivar la exploración de vías alternativas a la manera estándar de pensar de la Teoría Económica. En este contexto Gerard Weisbuch ofreció una conferencia sobre el futuro económico basada en la la dinámica de sistemas de la física. Asistí a ella y me sugirió los siguientes comentarios que, desde luego, no puedo garantizar que hagan honor a la exposición dada mi ignorancia de los modelos físicos de difusión.

A mi juicio poco informado la idea es plantearnos cómo representamos el futuro productivo del mundo a partir de la idea de que el único factor escaso es la energía que finalmente nos viene del sol. Esta energía incorporada en cualquier aparato que la convierte en fuente secundaria se une al capital y al trabajo para producir bienes físicos.

Esta pregunta básica se convierte finalmente en una pregunta de geografía económica: ¿Como será la distribución geográfica de la actividad productiva allá por el final de los tiempos cuando la escasez de la energía sea palpable? Es ahora cuando se aplica las ecuaciones propias de la difusión en física al modelo de crecimiento que he descrito antes. Y lo interesante es que hay dos respuestas posibles.

Si la energía solar original se utiliza como energía fotovoltaica, los costes de trasporte son muy altos y la distribución de la actividad productiva será desordenada, muy distinta en cada región del mundo con especializaciones productivas propias de la lógica de la ventaja comparativa de los mercados internacionales, de manera que nos encontraremos con esta especialización y también con unidades productivas con poder monopólico. Las rentas como beneficios no merecidos se mantienen.

En cambio si la energía solar se utiliza como energía nuclear, los costes de transporte son tan pequeños que podemos pensar que los mercados como tales, es decir con sus costes de transacción, no importan y nos encontramos con un panoranma tal que en cada rincón de la tierra la estructura productiva es idéntica y en nungún lugar hay una unidad productiva suficientemente grande como para ejercer un cierto poder monopólico. Las rentas se han disipado.

Esta interpretación mía de la conferencia de Weisbuch me sirve para resaltar el contraste entre la libre competencia que acaba disipando las rentas y lo que a veces llamamos competencia pero que no es nada inmune a la corrupción y en la que las rentas, lejos de disiparse se enquistan en las mismas carteras de los mismos por tiempo indefinido.

Esto me toca muy personalmente porque desde que apareció El Capitalismo que Viene, gestado antes de la crisis pero publicado después de la caída de Lehman, me siento incómodo pues lo que pretendía ser una base firme de la comprensión de la economía de mercado como un sistema más que aceptable es puesto en duda cada día que pasa. Este comentario, derivado de un modelo que no entiendo pero cuyas consecuencias creo que capto correctamente, me redime y puedo volver a recomendar, citar e incluso regalar sin mala conciencia pues su mensaje básico se mantiene: la competencia es garantía de prosperidad y de libertad siempre que sea fratricial y, además, conforma una base sólida de la forma política que llamamos confederalismo.

ILUMINACIONES. XLIX: QUINCEMISMO

24 de noviembre de 2011

Puedo comprender todas las críticas al 15M o derivados; pero no llego a poder aceptar que se le critique por su falta de responsabilidad al no ser capaces de generar propuestas concretas y constructivas. Criticar una explosión de malestar como esta o enfrentarse a ella porque sí o porque no posee alternativas viables al sistema al que se opone o porque, aun teniéndolas, no parecen canalizables por las vías que llamamos democráticas, me parece corto de miras y, como decimos en Bilbao, de poco fuste.

Recuerdo de mi juventud un librito (no recuerdo cual) que escribió Savater en la suya reivindicando la potencia de la negatividad. Es ciertamente maravillosos llegar a, como pedía Nietzsche, dar un gran SÍ a la vida; pero también lo es saber decir un NO sin paliativos y sin explicaciones.

Las críticas al 15M a las que me he referido parecen apelar a la idea de responsabilidad individual, ese axioma moral que parecería faltar en las manifestaciones que en los últimos meses vitalizan los centros de las ciudades. Pero la responsabilidad individual no es sino un dispositivo de dominación que diría Foucault y uno de los más efectivos precisamente por su dificultad en ser detectado como tal dispositivo.

Pero si esto es así hay cierto valor en su denuncia. Ser irresponsable, negarse a dar explicaciones de una postura determinada ya sea en el caso que nos ocupa, ya sea, por ejemplo, en el voto o en opiniones poco elaboradas, es un gesto de libertad que, me atrevo a decir, puede tener efectos positivos.

En consecuencia opino irresponsablemente que el ser irresponsable y operar como tal debería ser un derecho humano universal y fundamental. Nada hay en ello de poco fraterno o de poco solidario. Justo lo contrario. El negarse radicalmente a lo que sea tiene algo de regalo a los demás. De regalo que no espera correspondencia.

Copago sanitario:¿una buena idea?

29 de noviembre de 2011

No es fácil la contestación a una pregunta así. No poseo evidencia empírica de como cuanto se podría frenar la demanda de servicios sanitarios innecesarios poniendo unos tickets de entrada de diversa magnitud. Imagino que no mucho y que la defensa del copago no está basada en la capacidad recaudatoria del copago, sino más bien en una aplicación bienintencionada de la teoría de incentivos con los que se llenan la boca los “enterados”. Los servicios sanitarios se podrían llevar a cabo con mayor tiempo, cuidado y calidad si los servicios de asistencia primaria no estuvieran colapsados con jubilados que los toman como centros de reunión o con madres asustadas por un granito de su bebé. Es posible que esto sea verdad; pero aunque lo fuere, creo que el copago no es una buena idea o, para ser más preciso, creo que hay ideas mejores.

El tener que pagar algo para que te atiendan en un centro de asistencia primaria, me recuerda al pago de un euro que exigían hace pocos días en Cáceres para visitar la que creo es la catedral a pesar de que mi mujer adujo que quería entrar para orar. No se lo permitieron y no visitamos la catedral. Nos fuimos enfadados. Es que hay cosas que no se pueden hacer y no me pregunten porqué pues tendría que inventarme una respuesta.

La comparación no es improvisada, sino que pretende introducir la idea que creo mejor para defender que la sanidad debe ser universal y gratuita completamente. No hay que mirar a la sanidad como un servicio social de cuyo abuso queremos librarnos, sino más bien como una pieza fundamental del patrimonio nacional que todos queremos conservar y de la que todos nos sentimos orgullosos. ¿Que hay muchos extranjeros que hacen turismo sanitario? Pues enorgullezcámonos por ello y atendámosles con todo cuidado.

Así veía yo el servicio inglés de salud en mi juventud, como un signo de la tradición de un gran pueblo. No me siento orgulloso de pertenecer a un pueblo que cobra por entrar en una catedral a no ser que, además del espíritu divino habite en ella un espectáculo de luz y sonido. Como si el copago sanitario fuera voluntario y sirviera para poder ver la tele mientras se espera.

Remolino o aguadilla

30 de noviembre de 2011

Hace unos días se presentó el libro de Saviálogos correspondiente a la reunión de octubre de este año organizada por Banca Cívica en Pamplona y a la que no pude asistir por razones médicas. Este libro que recoge todos las exposiciones y comentarios de los miembros de varias mesas de trabajo, es una alarde de edición rápida además de una preciosidad. En el volumen de este año la edición nos muestra la figura de un nadador saliendo a la superficie desde el fondo del mar, una ilustración que es el complemento perfecto del último (que yo sepa) libro de Rafael Argullol (Visión desde el fondo del mar, Acantilado,2010). De hecho compré ese libro porque la contraportada explicaba una anécdota de su vida que me resultaba familiar aunque solo fuera vagamente. Parece ser que siendo niño, un pescador le dio una leccion que no ha olvidado: “Si te atrapa un remolino mientras nadas, no te resistas. Déjate engullir. Cuando llegues a su corazón,él te expulsará hacia arriba, y así te salvarás”. Yo creía recordar que en algún lugar yo había dejado constancia de una reflexión infantil que me hice siendo muy niño, en aquellos días felices en los que la única sombra era el abuso de los chicos mayores que se divertían propinándonos a los más pequeños unas crueles aguadillas. En aquellos años me sentí muy orgulloso pues creí haber descubierto que la mejor manera de no sufrir este sadismo era dejarte llegar al fondo y luego desplazarse un poco lateralmente hasta salir a la superficie en un lugar un poquito desplazado. En este caso no había corazón del remolino pues no se trataba de un remolino sino una simple táctica semibélica. La misma intuición- que no hay que enfrentarse al peligro o al terror directamente- se expresaba de dos maneras diferentes. Dos formas que hoy pienso pueden servirnos para reflexionar un poco sobre la situación en la que ae encuentra Europa y más en concreto la zona euro.

Parece que, en opinión de no pocos blogeros la situación hoy correspondería aun game of chicken, un juego de estrategia y no cooperativo en el que dos jugadores corren hacia el abismo, como Thelma y Louise, y tal que el que frene más cerca del borde de ese abismo gana el bote que ambos hayan constituído como premio. Es un juego peligroso pues puede no haber ganador vivo y, en cualquier caso cabe que ser el perdedor no sea muy agradable si el otro jugador se despeña. En cualquier caso, el menos “gallina” gana. El BCE sería uno de los jugadores que estaría esperando al último minuto para, haga lo que haga Alemania, decidirse a comprar sin límite deuda soberana de paises con agobios de endeudamiento, sirviendo así com garante de la estabilidad financiera además de como estabilizador del nivel de precios y hacerlo digan lo que digan los tratados vigentes. El otro jugador, Alemania en nuestro caso, querría aparentar no tener prisa y plantear así un procedimiento lento de modificación de los tratados a fin de forzar una consolidación fiscal todavía más seria además de dar tiempo a sus instituciones financieras a sanear mal que bien sus balances.

Este juego de chicken es como un remolino que, por otro lado, es de la misma naturaleza, aunque en sentido contrario, que la burbuja inmobilaria. En este caso se trataba de un empujón hacia arriba que se acabó hace poco más de cuatro años mediante una aguadilla que la explosión de la burbuja de las hipotecas subprime nos propinó. Qué hecer nos preguntamos entonces. A mi juicio, quizá influenciado inconscientemente por mi esperiencia infantil, había que dejarse hundir y salir por otro lado, cosa que, mal que bien, acabó haciendo el gobierno delos EE.UU. de América apoyado por la FED. Hoy se trata de una burbuja hacia abajo que poco a poco va depreciando la deuda emitida por los paises de la zona euro frente a los que perteneciendo a la UE se han mantenido fuera de dicha zona. En este caso me temo que las enseñanzas que podemos derivar de la visión de Argullol y la mía difieren. El aconsejaría esperar a alcanzar el corazón del remolino- figura que aplica muy bien a la situación de esa burbuja hacia abajo que he descrito- sin mencionar un desplazamiento por el fondo para salir por otro lado. Pero aquí no hay fondo en el que apoyarse como unidad, pues tal sería la zona euro. El abismo no tiene ni corazón como el remolino ni fondo como mi aguadilla. En un caso así solo cabe nadar bajo las aguas en una dirección determinada sae esta cual sea. Pero nadie lo ha propuesto. El BCE de Trichet no quería hacer nada en aquellas épocas en las que seguía subiendo tipos como si quisiera luchar conta el abusón que le propinaba la aguadilla y hoy parece acurrucado en un lugar bajo las aguas que es inalcanzable para ese abusón, esperando mientras resite la falta de oxígeno.

No hece falta ya que les diga qué estrategia seguría yo en estos días si fuera Mario Draggi. Habiendo aprendido la moraleja de la historieta de la aguadilla yo estaría tratando de decidir la dirección en la que me movería. No es una decisión trivial pues puede ocurrir, si realmente se trata de un remolino y el pescador de Argullo tiene razón y pienses lo que pienses acabas saliendo por el mismo lugar, que no haya ningún sádico esperándote para volver a hundirte. Pero si ese sádico estuviera ahí esperándote mejor que hagas todo lo posible por emerger lejos de su alcance impulsándote lateralmente. Este movimiento lateral corresponde a la decisión del BCE de asumir la responsabilidad de la estabilidad el sistema financiero a la que me refería más arriba. Ojalá se de cuenta rápidamente el inteligente Mario.

Hacia una Europa confederal

Crónica de una Crisis | Diciembre 2011

Prólogo Diciembre 2011

Mover el cambio de gobierno a la última semana del año ha tenido el efecto deseado. El 2012 comenzó con quince días de ventaja –o más, pues hay lugares en los que la gestión no arranca hasta después de Carnaval. Dada la situación crítica de España, es comprensible que se quiera tomar el timón cuanto antes, pero está igual de claro que de poco sirve llegar a la pista de carrera más temprano cuando el coche no marcha, o le falta gasolina. Es también lógico que sea este el tema que domine las reflexiones de Juan Urrutia, que sin embargo trata de ubicar la ficha de la crisis española en el rompecabezas global –cosa que los “provincianos” nuevos mandatarios no logran hacer. Pero ahí, tomando la fotografía con dos pasos de distancia, el drama de la eurozona tampoco invita al optimismo: nada más empezar diciembre, el Reino Unido desbarató la narrativa de un gran acuerdo fiscal europeo [1], desatando el pánico y la desconfianza (en ese orden) en los mercados. Suficiente agitación para que ni el cambio de gobierno haya conseguido estimular un rebote temporal en los datos financieros españoles. Es así que ni siquiera la posibilidad de que éste sea el último año antes del fin del mundo1, consigue levantar el optimismo en un 2011 que se cerró con nubarrones en el horizonte.

Tal vez por esa inusual y postrera aceleración, diciembre de 2011 hace que tengamos que combinar los acostumbrados resúmenes de fin de año con el correlato de hechos urgentes y hasta con un análisis bastante más visionario. Los artículos de Urrutia siguen esa tónica, enlazando la transmisión de mando (tan simbólica cuando se da en un contexto bipartidista [2], o casi) con el seguimiento de las urgentes reuniones celebradas en Bruselas con el objetivo de rescatar ya no sólo el euro, sino aparentemente el proyecto europeo como tal [3}. Muy pronto ajustado en esa sintonía, Urrutia nos invita a no ofuscarnos ante las previsiones cataclísmicas que dan a Europa por finiquitada, en cambio enfocándonos en el reto –más inmediato pero no por ello menor– de reformar la arquitectura institucional europea. En “Hacia una Europa confederal”, luego de un resumen de los prolegómenos institucionales de la crisis del Euro, Urrutia usa un ingenioso cover de “Camino de servidumbre” de von Hayek para elaborar un alegato a favor de una Europa Confederal. Lo que Urrutia nos sugiere es entender Europa como una simultaneidad institucional coordinada con el objetivo de la funcionalidad y la eficiencia, y no ese anacronismo romántico (tan del Siglo XX) que persigue una idea más bien parecida a la de nacionalidad. Como resultado, las instituciones continentales adquirían una fluidez que podría incentivar el compromiso ciudadano y mejorar la representatividad, puntos clave de la actual crisis y posibles pies para renovar también las instituciones domésticas.

Habrá quien vea poco viable la propuesta, pero como el propio Juan Urrutia nos recuerda, España puede aportar una valiosa experiencia en el tema de la gestión confederal. Su (todavía imperfecto) federalismo fiscal, por ejemplo, sirve como un antecedente fundamental hacia un régimen coordinado, pero no por ello anclado en el centralismo, que puede ser conducido de forma austera y solidaria. Quien ha venido siguiendo esta crónica recordará este –el de la competencia fraticial– como uno de los imperativos favoritos de Urrutia. Y está en lo correcto, pues en “La lucha de clases y la comunión de los santos”, nos encontramos con un autor que, luego de trazar los paralelismos posibles entre los sesenta y la actualidad, recuerda “las inmensas posibilidades de la abundancia en libertad” que entonces se sintieron tan cercanas. Por supuesto, habiendo experimentado el sabor apocalíptico de los últimos meses, tal vínculo no parece claro, motivo por el que la exposición de Urrutia se hace más importante –y no sólo para los que no vivimos “la década que lo hizo todo”, revista Mojo dixit. De ese modo, “cuando tomamos distancia de nuestra problemática actual (que en pocos días va a hacer crisis) nos percatamos de que algo así pasaba en los años 60 aunque sin globalización, sin sociedad del conocimiento y sin TICs”. Avisorar esa conexión nos permitirá, si bien no dar con una solución directa, por lo menos enriquecer nuestra lectura de los probables caminos futuros para seguir esta historia. Y ese es uno de los problemas esenciales con los que nos enfrenta la crisis.
Es en ese contexto es que Urrutia nos anima a repensar nuestras formas de convivencia, pues aunque parezca que la crisis se explica en términos tecnocráticos (prima de riesgo, déficit soberano, etc.), el alcance de las transformaciones sociales de hoy va a ser tan importante como el que tuvieron las transformaciones de los sesenta. Valiéndose del recuerdo de un amigo que solía equiparar la comunión de los santos con el materialismo histórico, Juan Urrutia nos dice:

La lucha de cases ha perdido su naturaleza primitiva pues el control de los medios de producción no es ni férreo ni crucial para prosperar. Es cierto que la distribución de la renta sigue aumentando su desigualdad en los países occidentales, pero ya no está nada claro que los nombres del percentil más rico y los del más pobre, en esos países, sean hoy los mismos que hace cuarenta años. Es cierto que la pobreza no se elimina a la velocidad deseable, pero los índices globales siguen mejorando a pesar de las situaciones que claman al cielo. Pero lo esperanzador es que la ciencia y la tecnología nos abren las puertas de un mundo en el que cada uno puede hablar y encontrarse con todo el mundo.

No podría estar más claro: el nuevo “Mayo del ‘68” será digital o no será. Y como podrán atestiguar los que han visto la articulación vía redes sociales de la Primavera Árabe, de los Indignados y del Movimiento Occupy, o el sorprendente consenso en oposición a leyes que intentan coartar las libertades en la Web (Sinde, SOPA, etc.), esa gran transformación ya ha comenzado. Si tendrá incidencia directa en el desenvolvimiento de la crisis financiera, es algo que aún está por verse. Lo mismo que si un gran concierto de Ipads suplantará, algún día, a la comunión de los santos.
Ahí enlaza Urrutia sus reflexiones con el cambio de gobierno en España. Para él, más que el provincianismo discursivo (“Investidura provinciana”) o cualquier otro dislate político (“Novedades e interrogante”), la señal más preocupante en las primeras medidas del nuevo gobierno es la desaparición de la ciencia y la investigación de la “oficialidad” ministerial, pues ninguna cartera se ocupa explícitamente de la tarea. Ojo, no se trata de la protesta de un insider, que ve amenazado su terreno; sino de la preocupación sincera del que se pregunta si con estos ajustes a lo mejor no se está “[tratando de] asegurar el postre de hoy olvidándonos del cocido de mañana. O quizá es que los investigadores no dominan el espacio público como lo hacen los de la cultura que conservan el nombre junto a la educación.” Una preocupación que no podemos dejar de compartir, insertos como estamos en la era de la innovación y la economía del conocimiento –discusiones que abandonamos entre los apuros de la crisis, pero que no por ello ha perdido su trascendencia.

La tercera gran línea de reflexión en los textos de diciembre corresponde a otro tema usual en Urrutia: la renovación de la economía como ciencia. Capturando en su artículo “Esperando a Godot” la tensa expectativa que marcó las últimas semanas del 2011, Juan Urrutia vuelca su atención sobre “la falta de sintonía entre (…) la teoría fría (que solo se refiere a sí misma) y la teoría caliente (que se refiere a la realidad de ahí fuera). [Una desconexión que hoy] ya se trata de la ruptura entre distintas soberanías en base a la teoría caliente.” Pero el problema es hasta más trágico, pues a ojos de Urrutia la ciencia fría como una forma de ficción endogámica, podría originarse en la frustración de los sueños de libertad de los mismos jóvenes que experimentaron su educación ética (esto es política, sentimental, y estética) al calor de las transformaciones de los sesenta. No suena descabellado para el que conozca un poco los ambientes universitarios, pues al final de cuentas, el de los despachos académicos es tan buen refugio contra el horror cotidiano como cualquier otro –y tal vez el mejor para eludir la persecución de uno mismo. Por ello es que nos parece fundamental, como sugiere Urrutia, que los economistas post “Gran Recesión” se percaten que tanto entender cómo ser científico, o cómo hacerle frente a lo cotidiano, es más bien un asunto de elegir una filosofía de vida y no una cosa que se resuelva entre mainstream y heterodoxos o Salt water y Fresh water.

¿Y qué si el mundo de verdad se termina en 2012? Urrutia lo ve muy claro en el fuego purificador del final de “Gone with the wind”: este año será el fin de por lo menos algún mundo. Bueno, la catástrofe se antoja inevitable para todos, pero hemos vivido tan cerca del abismo por tanto tiempo que hay hasta a quién le cuesta asustarse. Por si fuera poco, el problema para nosotros es doble, pues España tiene la pinta de ser la piedra de toque de Europa, y con ella también de esta trama larga y complicada que nos ha traído hasta aquí. Y eso no es un provincianismo ni un complejo ombliguista. No debería hacer falta tanta adrenalina para despertarnos y entender, como no se cansa de decirnos Urrutia, que la clave del futuro está en la competencia fraterna, en un capitalismo solidario que no es de izquierdas ni de derechas. Más o menos como ser marxista por la comunión de los santos. Es más, quién sabe si detrás del disruptivo puño invisible que se inventa las crisis, pero también de la idealista mano invisible de Smith, está el mismo, poderoso y homeostásico, brazo.

Referencias adicionales
[1] BBC News. “David Cameron blocks EU-wide deal to tackle euro crisis” 09/12/2011, http://www.bbc.co.uk/news/uk-16104275
[2] Ferrándiz, José Pablo. “El Bipartidismo en España” Metroscopía blog, El País, 15/09/2011, http://blogs.elpais.com/metroscopia/2011/09/el-bipartidismo-en-espa%C3%B1a.html
[3] Lévy, Bernard-Henry. “¿Y si Europa se la juega en Hungría?”, El País, 15/01/2012, http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Europa/juega/Hungria/elpepusocdmg/20120115elpdmgrep_5/Tes


Sobre la austeridad

2 de diciembre de 2011

TM comenta: “el placer casi masoquista con que la sociedad disfruta de imponer criterios y prácticas de austeridad a sus partícipes. Lo cual es hoy más evidente que en otros momentos, con la facilidad que aquellos que no se ven de hecho salpicados por la crisis en su día a día y formas de vida, predican la austeridad y frugalidad extremas”.

Este comentario parece querer decirnos que, en la medida que los mayores predicadores de la austeridad y la frugalidad en esta encrucijada económica específica son justamente los que no se ven personalmente afectados por la crisis que exigiría, piensan algunos, la austeridad y frugalidad dichosas, en esa medida, repito, nos topamos con un cierto masoquismo que igual revela un cierto sentido de culpa.

Creo yo, sin embargo, que la cosa quizá tiene otra lectura más económica y menos psicológica, más estética y menos sesgada en contra de los millonarios.

La austeridad es bella y de buen gusto en general y en particular cuando se trata de compararla con los excesos de los nuevos millonarios que pueden resultar ridículos. En este sentido la austeridad y la frugalidad son bienvenidas. La primera nos lleva a mirar con cuidado los precios de las cosas y especialmente de la comida de restaurante y ambas, austeridad y frugalidad son desde luego bienvenidas no solo porque nos permiten cuidar nuestro presupuesto sino también porque demuestran una actitud poco pantagruélica o ansiosa. Quien practica estas presuntas virtudes muestra un carácter más sensible y refinado que aquel que no para hasta que consigue cenar en el restaurante más caro del mundo. El control de los impulsos tiene belleza.

Esta belleza tiene su correlato macroeconómico en el steady state de un modelo neoclásico de crecimiento en el que para siempre la economía va a crecer a una tasa dada y la ratio capital/trabajo se va a mantener fija de forma que la ratio rendimiento del capital/salario también se mantendrá fija forzando a que las participaciones de trabajo y capital en el output agregado permanezcan constantes como, en general, parece que ha sido el caso a largo plazo. Esto es bello siempre que la distribución personal de la renta, algo distinto de la funcional (ya que un capitalista puede trabajar y un obrero puede invertir sus ahorros en Bolsa) no sea escandalosamente desigual.

A mí me gusta Japón, uno de los países más igualitarios del mundo que en los últimos veinte años no ha crecido significativamente aunque su renta per cápita ha seguido siendo de las más altas. Quiero creer que es por eso que en Japón parece haber una solidaridad muy enraizada tal como mostraron los héroes de Fukujima.

Lucha de clases y comunión de los santos

3 de diciembre de 2011

Tengo un amigo que en nuestra juventud se hizo descreído y contaba con gracia que de su conversión al marxismo solo le quedaba la lucha de clases así como que nada creía de su cristianismo originario excepto por aquello de la comunión de los santos. Me pregunto qué diría hoy este amigo si me lo encontrara ahora después de tantos años y hubiera conservado (aunque fuera adormecidas) las poquitas convicciones que le quedaban ya entonces, en aquella época en la que en la trastienda de alguna librería adquiríamos ediciones raras de Marx y en la que estábamos dispuestos a compartir todo en un mundo en el que creíamos entrever, a través de los ojos de algunos frankfurtianos como Marcuse, las inmensas posibilidades de la abundancia en la libertad. Me hago esta pregunta porque, aunque han pasado muchos años desde los finales de los años sesenta y la actualidad, ambos momentos tienen algo en común que debiéramos recordar aunque también haya muchas diferencias reseñables entre esas dos épocas.

Pienso que no nos hemos detenido en este parecido porque estamos atareados desde hace años con la Gran Recesión, resultado de una burbuja inmobiliaria en los USA, y últimamente con los problemas de la deuda soberana en Europa lo que no es sino otra burbuja en sentido inverso. Pero ante los repentinos cambios de gobierno en Grecia y en Italia, más el inminente en España, tenemos la oportunidad de ensanchar y globalizar la problemática global que nos acecha y que no es ya independiente de la europea en la medida de que los países emergentes podrían o no ayudarnos dependiendo quizá de nuestra actitud respecto a la guerra de divisas o respecto a la forma de gobernar o nuestra concepción de los derechos humanos u otras pautas culturales. Pero cuando tomamos distancia de nuestra problemática actual (que en pocos días va a hacer crisis) nos percatamos de que algo así pasaba en los años 60 aunque sin globalización, sin sociedad del conocimiento y sin TIC. Quizá hoy esas novedades nos permitan enfocar de forma diferente las consecuencias de la explosión del deseo de libertad y control del propio destino que hoy, como ayer, ocurre ante nuestros ojos y que quizá es algo más profundo que los achaques de viejos que sufrimos en Europa como si fueran de interés exclusivo.

El sesentayocho que conmovió los cimientos del mundo en que tanto mi descreído amigo como yo mismo vivíamos, fue el mayo francés, una especie de ola de libertad que clamaba al mismo tiempo por las libertades individuales y por modificaciones en las políticas descolonizadoras y reivindicadoras de la diversidad. Pero hubo otros sesentayochos que no podemos olvidar. El mayo de Praga, con la imagen de Jan Palach enfrentando él solo a los tanques soviéticos nos enardeció contra el autoritarismo. La defensa de la libertad de palabra de Mario Savio en Berckeley o el movimiento general de la juventud norteamericana con sus festivales de rock o su manera hippy de vivir, libre y liberadora de opciones sexuales, nos permitió soñar en un mundo en el que “do your own think” fuera no solo un slogan libertario sino todo un programa de vida. Los sesenta en general fueron años libres, experimentadores, creativos y sin grandes problemas económicos ni políticos pues parecía que se había instalado una opción socialdemócrata dispuesta a mantener una solidaridad a través de un Estado del Bienestar que solucionaría la lucha de clases. Parecía que la lucha de clases y la comunión de los santos eran compatibles.

¿No nos emocionan hoy la primavera árabe o los movimientos pacíficos que se concentran para decir que están hartos de casi todo? ¿No hay en ambos otra ola de libertad manifestada hoy por el canto al emprendedor o por la exigencia de participación política basada en un interés genuino por la cosa pública? ¿No es la vuelta de la austeridad reminiscente de la vida rural y de una economía autosostenible? Supongo evidente para el lector que todas esas preguntas son meramente retóricas y que pretenden preludiar mi contestación afirmativa y, al mismo tiempo, una especie de llamada a la movilización de aquellos que, como mi amigo en su momento, continúan creyendo en la armonización de la lucha de clases y la comunión de los santos.

Pero la respuesta no puede ser hoy la misma que hace cuarenta años. Hoy conocemos todo lo que pasa en cualquier rincón del mundo en tiempo real, no hay que explicar lo que son las dos “instituciones” o creencias del título de esta columna pues basta con que el lector las consulte en google y el valor de lo digital en porcentaje del PIB es ya muy considerable. ¿Cómo funcionará el sistema económico capitalista en estas condiciones? En este punto me alegra que creo que lo hará muy bien y, además, para siempre si jugamos bien nuestras bazas y no nos confundimos escuchando discos rayados.

La lucha de cases ha perdido su naturaleza primitiva pues el control de los medios de producción no es ni férreo ni crucial para prosperar. Es cierto que la distribución de la renta sigue aumentando su desigualdad en los países occidentales, pero ya no está nada claro que los nombres del percentil más rico y los del más pobre, en esos países, sean hoy los mismos que hace cuarenta años. Es cierto que la pobreza no se elimina a la velocidad deseable, pero los índices globales siguen mejorando a pesar de las situaciones que claman al cielo. Pero lo esperanzador es que la ciencia y la tecnología nos abren las puertas de un mundo en el que cada uno puede hablar y encontrarse con todo el mundo.

Y cuando se encuentran confrontan sus pautas culturales, esas convenciones que cada uno está dispuesto a seguir porque todos los demás las siguen. Pero ese “todos los demás” todavía no se refiere a los 7.000 millones de seres humanos vivos. Pero si esas pautas se van conformando con los contactos el futuro nos depara una generalización universal de las pautas más elementales que permiten el enriquecimiento en todos los sentidos. La comunión de los santos está ahí esperando nuestra comprensión de lo que está pasando.

No extrañará al lector que con esta puesta al día de las convicciones de mi viejo amigo, esté yo deseando de dejarnos de tiquis miquis, de los retrasos y las deslealtades europeos y pasar a la acción de una gobernanza global que permita la competencia fratricial. Pero quizá lo que vaya a pasar en Europa nos de la ocasión de repensar las formas de nuestra convivencia.

Hacia una Europa confederal

7 de diciembre de 2011

Los próximos días jueves viernes de este largo puente de la Constitución y de la Inmaculada el Consejo Europeo se reúne a fin de estudiar la iniciativa Franco-Alemana para la modificación de los tratados de la UE en un intento de reforzar las instituciones comunes hasta donde sea posible sin abandonar la soberanía y de hacerlo de tal forma que acabe con la crisis del euro, crisis ésta que no consiste en que se haya devaluado imperceptiblemente el euro, sino en la elevación incontrolada de la prima de riesgo que han de pagar algunos países por la colocación de su deuda soberana (medida sobre el interés que pagan los bonos alemanes) y por las dificultades que esto ha acarreado a la banca de la zona euro cuya solvencia es puesta en entredicho porque sus tenencias de estos bonos soberanos parece haber resucitado la desconfianza mutua y el cierre del crédito. Como consecuencia, al menos parcial, de estas circunstancias financieras aparece la imposibilidad del resurgimiento de un crecimiento que rompería el círculo vicioso generado por la emisión, por parte de algunos países, de deuda soberana para pagar los intereses de la deuda acumulada.

Parecería que estamos ante una oportunidad única para repensar la arquitectura institucional en la que ha consistido la aventura europea en el último medio siglo. Esta zona geográfica ha sido testigo de verdaderas revoluciones políticas que van desde el Tratado de Roma hasta la puesta en marcha del euro en Maastricht y el correspondiente Pacto de Estabilidad que es lo que ahora hace aguas poniendo en peligro la existencia misma de esa moneda común que ha permitido la reducción de costes de transacción y el aumento de productividad en la zona euro de este viejo continente cuna de la Ilustración. Para que Europa no deje de ser una aventura apasionante me voy a permitir argüir en favor de una Europa Confederal que, si bien no va ponerse en práctica esta semana, puede configurar un horizonte que condicione las expectativas y contribuya a un nuevo orden, condicionando los arreglos inmediatos que si no hubiere ese horizonte podrían evolucionar en una dirección no tan adecuada y a la que, además, España puede contribuir desde su propia experiencia.

Comienzo por apoyarme en las palabras de Hayek quien en su Camino de Servidumbre decía cosas como las que ahora reproduzco sustituyendo lo que él llama Federación por lo que realmente es lo que él describía: una Confederación:

“La forma de gobierno internacional que permite transferir a un organismo internacional ciertos poderes estrictamente definidos mientras en todo lo demás cada país conserva la responsabilidad de sus asuntos interiores es ciertamente la Confederación… El Principio Confederal es la única forma de asociación de pueblos diferentes que crearía un orden internacional sin agravios en su legítimo derecho de independencia”.

Continúo diciendo que cuando se tiene esa óptica aparecen soluciones inmediatas al problema de la construcción de Europa tal como nos ha hecho ver el suizo Bruno Frey quien escribe sobre la posibilidad de entender Europa como “una red de contratos superpuestos entre países, que las distintas naciones firmarían o no según su voluntad, basados en la eficiencia funcional en vez de en la vaga noción del concepto de Europa”. Este concepto se me antoja una definición alternativa de Confederación. Continúa Frey: “Las funciones se deberían diseñar de modo que fortalezcan el compromiso y la participación de los ciudadanos en actividades públicas específicas”, subrayando así, como de paso que esa Confederación podría también dar respuesta a las movilizaciones en demanda de cambios en la democracia.

Creo sinceramente que sería muy bueno que una noción de Confederación como esta estuviera en la mente de los funcionarios y políticos que tratan de armar hoy una Nueva Europa para sacarla de la crisis de la moneda única de la zona euro y que a esto puede contribuir España. De lo que se trata es de redefinir ciertas funciones como centrales tratando de reforzar la coordinación de las políticas de gasto acercándonos a lo que podría llegar a ser un Tesoro Único que en realidad no se necesita. Añadir además que algo como una supervisión del gasto público y su coordinación, sin homogeneizar simultáneamente la fiscalidad, solo puede hacerse creíble mediante multas es no entender lo que es una Confederación que bien podría dejar a cada país miembro generar sus propios deficits simpre que esté claro que ello le acarreará unos gastos todavía mayores por mor de las multas, que nadie acabará sacándole las castañas del fuego y que los bancos nacionales actuarán de acuerdo con las nuevas circunstancias asignando riesgos diferentes a la deuda soberana de cada país miembro.

Este sería el escenario en el que España podría aportar algo específico dada su experiencia con un sistema fiscal experimental de actualidad permanente y fácilmente modificable. Con ocasión del pacto fiscal que CIU reclama para Cataluña se abre un foco de discusión que podría servir de referencia para el Nuevo Pacto de Estabilidad Europeo. Antoni Zabalza argüia en El País hace poco tiempo ( El País 9 de noviembre) que las reclamaciones de CIU eran incompatibles con los principios del federalismo fiscal. Como ya reivindiqué en su momento una generalización de los Conciertos Vasco y Navarro me creo ahora legitimado para poder discutir con Toni Zabalza sobre cómo articular un “confederalismo fiscal”. Extender el Concierto solo a Cataluña significaría, en efecto (y a menos que se redefiniera el cupo de cada CC.AA.) (i) olvidar que las diferentes competencias deben estar en donde su ejercicio es más eficaz, (ii) romper el principio de responsabilidad tributaria por el cual cada nivel debe recaudar aquello que necesita para ejercer sus competencias y (iii) acabar con el principio de suficiencia ya que el centro no generaría suficientes recursos para ejercer las competencias que sabemos debería ejercer. Pero ninguno de estos principios aplicaría en un sistema fiscal confederal como podría ser el de Concierto con su cupo redefinido. Así es, más o menos, como funciona el confederalismo fiscal dentro del País Vasco, una forma de funcionamiento que puede muy bien generalizarse y ofrecerse a Europa como ese horizonte al que mirar y en el que inspirarse.

La analogía fundamental entre esta propuesta ya vieja y lo que pretende hacer Europa es bastante obvia. Pretende Europa conceder al centro (Bruselas) la competencia de vigilancia del deficit de cada país y de la imposición de multas a los infractores con un coste que habrá que sufragar con unos fondos adicionales que tendrán que llegar desde los países concretos que deseen jugar este nuevo juego posiblemente reforzado por la posibilidad de emitir eurobonos que mutualizarían las deudas de los miembros que han firmado esta nueva funcionalidad. Los que no la hayan firmado saben que si su deficit se dispara su capacidad de pedir prestado para financiar su deuda o de asegurar ésta se verá disminuída por la ausencia en su caso de la posibilidad de emitir eurobonos. Ya se cuidará cada país de estos no solidarios de ser prudente y hasta austero.

En estas condiciones ¿es viable el euro? Yo opino que es tan viable como lo era cuando Europa, lo mismo que ahora, no era un área monetaria óptima. Pero si aprovechando la ocasión se cambian los estatutos del BCE, una institución central, asignándole la responsabilidad adicional de mantener la estabilidad financiera, la viabilidad del euro se verá reforzada. Y Europa se parecerá a la España que algunos queremos. La ventaja del Pricipio Confederal es que es escalable.

Esperando a Godot

9 de diciembre de 2011

Estoy en la oficina organizándola para recibir a amigos y amigas a fin de seguir en directo a través de diferentes canales de transmisión de noticias la retransmisión del fin del mundo, como en Melancholia, de Von Triar, o el fin de un cierto mundo, como en «Gone with the Wind» que ayer visioné por enésima vez. Bebamos y comamos más allá de toda medida a ver si hoy sí que aparece Godot, la última esperanza contra toda esperanza. Las noticias y artículos de reflexión de los últimos días nos acercan a la gran desconexión extendida ahora. Ayer se trataba de la falta de sintonía entre las dos formas de teorizar que mi amigo APA llama la teoría fría (que solo se refiere a sí misma) y la teoría caliente (que se refiere a la realidad de ahí fuera). Hoy ya se trata de la desconexión entre distintas soberanías en base a la teoría caliente.

En el paseo vespertino de ayer mi mujer me habló de Libertad de Franzen la novela que lee estos días y creí entender que un progre americano de nuestra generación ridiculizaba las formas de mantener la progresía sesentayochisya más allá de la reacción liberal de los finales setenta y los ochenta. Quizá porque no supimos cómo reaccionar a la frustración de los sueños de libertad cada uno escogimos nuestra cabaña en el desierto, sea esta el ecologismo, refugio de la Universidad, la anomia de las oeneges, el bufete laboral progre o ….la lucha armada que tampoco ha servido para nada. Parece como si algo volviera con el quincemismo pero ya es tarde. No nos queda más que la teoría fría pues esta no nos frustra ya que hablamos de algo que conocemos pues lo hemos construído nosotros. Pero no deja de tener un toque de melancolía por no ser capaces de cambiar el mundo. Lo que ocurre es que la socialdemocracia que mantuvo el pulso con el neoliberalismo ha perdido los papeles a partir de la crisis financiera que sigue su curso como un tsunami imposible de parar o de predecir.

Esa conversación y las noticias de la noche me llevaron a preparar la reunión de hoy en la oficina que ya está perfectamente cableada para poder ver en la pantalla grande las noticias que captemos en Internet con los víveres ya encargados para, en el peor de los casos, pasar toda la noche o varios días en esta especie de bunker a la espera del Godot que nunca llega, pero que al mantener la espera viva acaba tratando de dibujar con su ausencia una nueva vida. Como en la película de O. Selznik con Victor Fleming de aparente director, el mundo de mañana nos da miedo pues ya habíamos elaborado nuestra coartada de progresistas por otro lado bien acomodados y ahora, ya un poco mayores, nos percatamos de que quizá esa coartada ya no sirva.

La vuelta a la teoría fría esta ahí como último refugio. Y esa tentación se vislumbra nítidamente en el artículo de Ramón Marimón en la cuarta de El País de hoy. En el día oportuno habla de las posibilidades de acuerdo en el Consejo Europeo, pero curiosamente dedica una parte sustancial del poco espacio que deja la prensa a hablarnos del discurso Nobel de Sargent que casi simultáneamente con el comienzo de la reunión previa del PPE Marsella tenía lugar en la plácida Suecia, esa especie de último refugio de los progresitas desorientados. Ramón se refería ese discurso pues quiere decirnos que el orden de las decisiones importa y que nuestra historia europea no tiene nada que ver con la de los EE.UU de América que empezaron por la centralización fiscal para luego alcanzar la monetaria. En realidad este recordatorio al que se alude para quien quiera verlo en Gone with the Wind, no es necesario ni viene demasiado a cuento porque los Estados del sur que, como nosotros los perdidos exprogres, no habían alcanzado una identidad nacional profunda sino una superficial identidad de clase ridículamente provinciana. Solo los listillos y dueños de sí mismos, como Rett Butler, sobrevivirá y harán fortuna en el nuevo mundo que depués de lidiar con los problemas de deuda sabrá imponer las reglas de juego del capitalismo.

Pero la teoría fría no ha sabido llevarnos a ninguna conclusión ni ha podido prever o pronosticar nada. Esto no quiere decir que no esté en el buen camino, pero sí quiere decir que todavía no sabemos si lo está. Algunos como John Kay cree saber que no lo está y, a mi juicio no es fácil decantarse si lo que esperamos es la capacidad predictiva. En situaciones como la actual confrontamos incertidumbre knightiana o, lo que es lo mismo, incertidumbre sobre el modelo aplicable aunque cualquiera pueda calibrarse y replicar los datos del pasado. Pero el “qué hacer” depende realmente del modelo que coincida con el mundo real de ahí fuera y no lo sabemos.

Por todas estas razones nos jugamos esta noche el futuro de un mundo en el que ya nos habíamos acomodado. Justamente por eso es como si esta noche fuéramos a ganar de cualquier forma, bien porque nos dejan como estamos, bien porque nos mandan a un mundo sin crecimiento y sin esperanza inmediata de recobrarlo, un mundo pobre en el que quizá pudiéramos recordar los tres, y no solo uno, de los lemas de la Revolución Francesa.

Y todo dependerá del pulso entre el tecnócrata BCE y los políticos que componente el Consejo Europeo. El tecnócrata ya ha anunciado su cínica jugada en el game of chicken en el que nos encontramos. No comprará deuda, tal como ha venido haciendo hasta ahora, pues los tratados tal como están no lo permiten. La estrategia de los políticos tiene que esperar a esta noche o mañana por la mañana. Ante la jugada de Draggi, creo que no tienen más remedio que modificar los tratados, diga lo que diga el R.U., y anunciar una especie de tesoro único además de dejar expedita la vía de los eurobonos. Si su jugada es menos valiente que esto el BCE se quedará al borde del precipicio, pero el euro se caerá al abismo.

Pero ya he caído otra vez en la teoría fría. En el calor de la noche que nos espera cualquier cosa puede pasar, incluso que se aparezca inesperadamente Godot o que, como siempre, nos cuenten sus emisarios que quizá llegue mañana.Mientras tanto comamos y bebamos.


Pero ¿dónde estamos?

20 de diciembre de 2011

Por un lado estamos en un momento de digestión de noticias europeas que han ampliado su radio de alcance pues lo acordado a 23 o a 26 pone en juego el papel de la City, el lugar del U.K. en el mundo, la situación tambaleante de los EE.UU. y, en general, el pobre crecimiento del resto del mundo. Por otro lado no se pueden hacer oídos sordos a los movimientos sociales de muy distinta naturaleza que o bien continúan o bien comienzan ahora. La democratización sui generis de los países árabes no ha terminado todavía y es difícil de predecir su punto de llegada. El mundo anglosajón pierde poco a poco la hegemonía tanto económica como política mientras que China tiene que abordar el paso de una dictadura a una democracia que respete los derechos humanos. Latinoamérica, por su parte, parece no salir de la corrupción, algo parecido aunque con distintas sombras a lo que pasa en Rusia.

Y, en medio de todo este lío, la teoría económica trata de nadar, siguiendo su propia dinámica interna (o path dependency) que proporciona premios Nobeles, y también guardar la ropa tratando de convencer de que no hay alternativa totalizadora a la que hoy conocemos aunque, naturalmente, hay muchas nuevas vías de ataque como, por ejemplo psycoeconomics, neuroeconomics, behavioral economics, experimental economics, systems dynamics o agent-based models. Pero todo esto está dentro de lo que llamaríamos mainstrean. Es interesante, sin embargo, que en el mismísimo Harvard Stephen Marglin sobreviva y haya conseguido colar un curso de introducción a la economía que da espacio a otros enfoques distintos al mainstream. Se preocupa por ejemplo por la distribución de la renta así como de enfoques marxistas lo que hasta ahora parecería como una pose snob.

Para avanzar un poco en la dirección de hacernos una idea de dónde estamos,quizá quepa aquí recordar mi interpretación de lo que pasó (Una Vision (semi)heterodoxa de la crisis, Cuadernos de Economía, enero-abril 2009). Se trataba de ir más allá de la “dependencia del recorrido” e introducir nuevas ideas que siendo de hecho ya antiguas podrían abrir la puerta a análisis novedosos. Allí, aparte de procurar formalizar algunas de esas ideas, se mencionaba una interpretación de la crisis del profesor del MIT, Ricardo Caballero, que iba más acá de la crisis financiera y la situaba en los desequilibrios por cuenta corriente de ciertos países que acababan demandando activos foráneos a la búsqueda de seguridad para sus excedentes por cuenta corriente. Decía yo hace año y medio que “las crisis anteriores…. propiciaron una bajada sustancial de los tipos de interés de forma que la Banca tuvo que acostumbrarse a hacer beneficios a base de aumentar las inversiones. Esto les llevó simultáneamente a incrementar las hipotecas y a generar activos derivados a partir de la titulación de esas hipotecas, derivados estos cuyo precio es difícil de fijar”. Pero no me quedaba ahí sino que continuaba recordando al citado profesor y llamando la atención sobre “por qué y cómo los desequilibrios en los que cayó la economía abierta americana influyeron en esa situación llevándola al borde del abismo”. En efecto, “el exceso de demanda de activos de poco riesgo acabó llevando necesariamente a un déficit por cuenta corriente de la economía estadounidense”. Dice Krugman en el NYT que todo lo pactado en Bruselas “se suponía funcionaría… porque el daño proporcionaría la coartada para la intervención del BCE comprando montones de bonos italianos y españoles”. Suponer que este este es el juego del nuevo Gobernador del BCE es quizá demasiado imaginativo, pero su actuación el lunes 12 parecería poder sostener una interpretación así que, por otro lado, habría de contar con la aceptación siquiera implícita de los que firmaron el comunicado. O sea que no sabemos, de momento, en donde estamos en el frente económico. O, lo que es peor, es posible que estemos donde estábamos hace más de cuatro años, en una renacida guerra de divisas, agravada por el plantón británico, que distorsionaría los flujos del comercio internacional.

Es hora de que la política recupere su centralidad dando respuesta a las acusaciones contra una democracia desnaturalizada. Esto es fácil de hacer hoy en los EE.UU. de América donde las opciones están claras, pero no lo es, por ejemplo, en Europa en donde la “enfermedad alemana” de la que hablaba no hace tanto tiempo parece que es eso, una verdadera enfermedad que, como dice Krugman, prefiere la postura moral contra el despilfarro y el fervor de la austeridad que poner los pilares de una verdadera recuperación, pilares que solo se pueden poner cuando las aguas del especulación con la deuda soberana se calmen y los bancos puedan reiniciar una senda razonable menos altanera.

Pero si esto es así deberíamos preguntarnos por los movimientos sociales que no van a parar hasta que lleguemos a encontrar un nuevo pacto social aunque sea implícito. Como parte de este pacto la libertad de la banca está en juego pues es difícil explicar con claridad ese argumento que dice que los que lo estropearon todo son los llamados a arreglarlo sin que hayan pedido perdón. Es este orgullo desmedido el que provoca ira en contra del sistema financiero en general y de los bancos en particular. Una buena regulación global (con o sin Tasa Tobin) podría calmar los ánimos, pero me parece que el mundo bancario en general y sin distinciones de zonas geoeconómicas tendrá que hacer un esfuerzo pedagógico importante que va más allá de la Responsabilidad Social Corporativa (aunque ésta no sobre) e incluso más allá de la apelación a la ética de los negocios tratando de vender la idea de que las instituciones probas son las que mejor están capeando el temporal que no amaina ni amainará mientras los acuerdos entre soberanías tengan tan poca enjundia como los alcanzados en la madrugada de viernes aquel olvidando la posible, pero yo creo que poco probable, connivencia con el BCE para suministrarle una coartada. Y mientras esto no pase agarrémonos fuerte a cualquier cosa que nos proteja. Pintan bastos cuando los estudiantes de Harvard inician el movimiento “Ocupar Harvard”.

Investidura provinciana

21 de diciembre de 2011

Después de la sesión de Investidura y de la toma de posesión ante el Rey, ya está Rajoy en La Moncloa suponemos que preparándose para dar los últimos toques al Gobierno que, a partir del viernes, va a tratar de tomar medidas para ordenar esta economía del sur de Europa. No ví ni escuché su discurso de Investidura,así como tampoco las réplicas y contraréplicas; pero sí he leído los comentarios aportados en diversos medios tanto por periodistas como por personas públicas.Y me llama mucho la atención que no he detectado ningún comentario que tome como eje cetral o como atalaya prominente la Economía Mundial con la que nos jugamos el cocido mañana o la Economía Europea con la que nos jugamos el postre de hoy. Me dirán que el cocido de mañana y el postre de hoy dependen de esas medidas de las que ha hablado o susurrado Rajoy ya que es nuestro entorno global un condicionante imposible de obviar. Sin duda, pero el punto de vista desde el que se habla determina en buena parte la deriva del pensamiento. No me parece buen comienzo ese proceder que clasifica las prioridades en tres cateegorías ninguna de las cuales revela un comienzo de pensamiento realmente internacional o global. Si nos vemos como una provincia de Europa ¡imaginemos cómo nos ven los demás!Pero cabe que dendo de unas pocas horas el ya Presidente de Gobierno nos sorprenda con un Ministerio de Economía y Asuntos Exteriores en manos de un hombre curtido en los dos campos…y que hable inglés.

Novedades e interrogante

22 de diciembre de 2011

En esta época de Navidad las novedades se aprecian mucho pues quedan muy bien para los regalos. Ayer les hablaba de lo provinciano que resultó el discurso de investidura de Rajoy y el día anterior procuraba resumir la situación en la que estamos.

Respecto a esta última solo quiero recordar ahora que indirectamente les comunicaba lo obvio, es decir la importancia del sistema financiero. Pues bien el post de Luis Garicano de hoy me parece una estupenda exposición del movimiento de Draggi. Resumiendo de manera más simple, que la banca ha podido pedir prestado al 1% a tres años y a continuación puede invertir en deuda soberana a una media, digamos, del 4 % es un buen negocio para la Banca que así podrá limpiar parte de sus balances e igual comenzar a dar crédito. Al tiempo hace crecer el precio de la deuda soberana, bueno para sus balances aunque esa deuda no exija capital, pues curiosamente se sigue considerando sin riesgo, y en consecuencia rebajar su rentabilidad por lo que las finanzas públicas estarán en mejor posición facilitando el desapalancamiento general. Esto es en todo caso una novedad solo en la forma pues los contribuyentes, como hasta ahora, están salvando a la banca aunque parezca que es el BCE al que nosotros contribuímos menos que lo que ganamos indirectamente.

Ahora bien en relación al nuevo gobierno, me agrada que parezca menos provinciano que lo que me pareció el discurso de investidura; pero me asusta que en los medios no he visto ninguna referencia a la desaparición de La ciencia y la investigación del nombre de cualquiera de los nuevos ministerios. Como decía ayer parece que de lo que se trata de momento es de asegurar el postre de hoy olvidándonos del cocido de mañana. O quizá es que los investigadores no dominan el espacio público como lo hacen los de la cultura que conservan el nombre junto a la educación. ¿Donde estará la ciencia? ¿En cultura? ¿En educación? ¿O quizá en Competitividad?

El puño invisible

30 de diciembre de 2011

Estas semana de vacaciones, al menos para mí, he leído con paciencia el libro que, con un título pugilístico, El Puño Invisible (arte, revolución y un siglo de cambios culturales) desgrana las aventuras de los cien últimos años de vanguardias artísticas y “vitales”. Ha sido divertido a pesar de que se trata de un tocho, pues casi por cada pequeña historieta podía levantarme del sillón y tomar un libro de un estante de la biblioteca que se refería precisamente a eso que el autor estaba tratando de describir en esa página del tocho.

Me enteré de la existencia de este tratadito sobre las diversas formas de la búsqueda de la libertad y el sentido de la vida de los últimos cien años por una cuarta de El País en la que, en su piedra de toque, M. Vargas Llosa agradecía al autor el mostrarnos la futilidad de las revoluciones fallidas

Escribe nuestro laureado Nobel:

Aquélla acabó por convertirse en un ruidoso simulacro que, a menudo, galeristas, publicistas y especuladores del establecimiento trastocaron en pingüe negocio. O, todavía peor, en una payasada ridícula. Una vez más quedó claro que el arte y la literatura progresan con realizaciones concretas -obras maestras- más que con manifiestos y bravatas, y que la disciplina, el trabajo, la reelaboración inteligente de la tradición, son más fértiles que el fuego de artificio o el espectáculo-provocación.

Esta llamada a la disciplina y el trabajo me recuerda el discurso del Roig de Mercadona, el siempre idéntico dscurso del conservadurismo cuyo principal enemigo es la payasada. Así D. Mario va desgranando sin ningún apoyo en el texto sus propias opiniones tales como que se trata de “abolir la tradición”, “reemplazar el fondo por la forma” así como también que todos los movimientos vanguardistas son un “enorme desperdicio”, un “absoluto fracaso”, una payasada ridícula sobre todo si los comparamos con Mahler, Joyce, Kafka, Picasso o Proust.

Leyendo el original al que se refiere Vargas Llosa uno se queda pasmado pues ésta no es la opinión del autor de El puño invisible. Carlos Granés parece creer más bien que donde lo serio ha paralizado todo y acabado consigo mismo queda la estela de lo atrabiliario de donde surgen los nombres que tanto admira Vargas Llosa.

A Don Mario no le gustarían las chiquilladas de Mozart y, sin embargo, fué éste quien compuso La flauta Mágica y el solo de La Reina de la Noche, una música chillona que quizá le suenen como el “parto de los montes”.

Un simpático error

Crónica de una Crisis | Agosto 2012 – Septiembre 2013

Prólogo

Treinta y un brotes verdes o cómo cerrar una crisis que se rehúsa a terminar

Parte de la épica del triunfo pasa por la desproporcionalidad. No bastaba con que un combatiente derrotase a otro; el vencido debía ser Goliath, un dragón, el campeón mundial de los pesos pesados o un ser sobrenatural. Esto se aplica también al caso de las conquistas colectivas, ya que –parafraseando la arenga del Enrique V Shakesperiano en Agincourt– mayor es la gloria cuando se reparte entre pocos. A principios de septiembre de 2013 el gobierno español nos sorprendió con una extraña cifra victoriosa. Más que épica, de un patetismo poético. Por primera vez en una década, Agosto ha visto decrecer la cifra de desocupación en el territorio español. Una estupenda noticia, acotada por el detalle de la magnitud de ese repunte: según las cuentas oficiales, en España hay treinta y un parados menos. Es una noticia que refuerza la narrativa mediática que ha estado tratando de consolidar el gobierno desde mediados del 2012, insistiendo que lo peor de la crisis ya había pasado y que en adelante nos esperaba un ciclo positivo. El cuento de los “brotes verdes”, ya se sabe. Las cifras macroeconómicas y la opinión pública contradecían esa historia, pero el segundo trimestre de 2013 le ha permitido al gobierno, finalmente, aportar evidencia objetiva. En esos afortunados ciudadanos que cambiaron de situación laboral en el transcurso del mes pasado, Rajoy encontró a sus 300 espartanos. Sus dos docenas y media de brotes verdes.

Pero acá ni vamos apuntarnos a la euforia gubernamental ni a la mofa simplona. Lo que intentamos hacer es presentar los últimos textos que Juan Urrutia dedicó a comentar la Crisis, en el periodo que va de julio de 2012 a septiembre de 2013. En esa tarea, lo primero que nos llama la atención es que en más de un año, Urrutia sólo escribió cinco posts alusivos al tema. Lo cierto es que, por mucho que nos digan que la eurozona sale de la recesión económica gracias a Francia y Alemania, no se vislumbra luz al final de un túnel demasiado largo. La Crisis no termina, lo que se cierra es esta modalidad de relato, a medida que a cotidianidad engulle los reportes macroeconómicos negativos. En cambio, es un síntoma importante que Urrutia, luego de cinco años de seguimiento y análisis de la Crisis, haya trasladado sus intereses a otros frentes. No es que uno se vaya quedando sin cosas para decir, sino que la repetición hace de la tarea cada vez menos estimulante. Por ello, lo que atestiguamos en estos catorce últimos meses de la “Crónica de una crisis” no es el anhelado cierre de un ciclo negativo, sino la transición de Juan Urrutia hacia una tarea muy ambiciosa, que no deja de tener relación con la crisis económica (y financiera, y política, y…), puesto que procura indagar en la construcción de un metarelato que nos ayude a comprender estos tiempos. Si bien es exagerado atribuir relaciones de causalidad aquí, el feedback bidireccional entre la Crisis y el fin de las grandes narrativas contemporáneas, es innegable. Parece, pues, un paso lógico.

Y bien, ¿de qué nos habla Urrutia y qué deja sin decir en sus últimos posts sobre la Crisis? Con motivo de las protestas de los Indignados, re-energizados en septiembre de 2012 por la consolidación global del movimiento Occupy, en “Desigualdad” Juan Urrutia repara en el gran reto (no resuelto) del capitalismo tardío, que es la desigualdad en la distribución de la renta. Un problema que siempre estuvo ahí, pero que se masificó y recrudeció a medida que la crisis económica se extendía. Tampoco ayuda que la “red de seguridad” que representaba el Estado de Bienestar, fuese severamente afectada por las medidas de austeridad demandas por la troika a cambio de fondos de rescate. La que de por sí era una situación complicada de explicar, se embrolló incluso más, al publicar la Comisión Europea un estudio en el que admitía que los recortes presupuestarios, alza de impuestos y similares medidas de ajuste fiscal, no habían tenido el efecto deseado; por el contrario, aparentemente prolongando los ciclos negativos de los países más golpeados por la recesión. Independientemente del momento en que creamos encontrarnos en este ciclo de crisis, atender las profundas asimetrías en el ingreso, enraizadas en la estructura socioeconómica occidental desde hace mucho, se antoja como una tarea moralmente ineludible –amén de económicamente urgente.

Pero quien haya estado siguiendo el desarrollo de la Crisis no se sorprenderá al escuchar a la Comisión Europea solicitar algo más de tacto con las políticas de austeridad. El Comisario de Empleo, Lazlo Andor, lleva exigiendo medidas de fomento al crecimiento que complementen los recortes, desde 2011. El debate entre la dimensión de la austeridad y fomento que se aplica en cada situación de rescate, es largo y antiguo; habiéndolo personificado en últimos tiempos Olli Rehn y Paul Krugman.

Esa polémica intelectual es una costumbre saludable y provechosa dentro de la ciencia económica, que por las limitaciones de la divulgación científica/especializada en los medios (o la intromisión de otros intereses), tiende a reducirse a simples latiguillos, al momento de ingresar en la arena de la discusión pública. En entornos tocados por la crisis y los efectos astringentes de los ajustes presupuestarios, esas frases adquieren gran contundencia, y suelen alimentar proclamas y discursos populistas –de una u otra trinchera, por supuesto. Así se explica la zozobra política en que se han visto envueltos países como Grecia e Italia (con una rocambolesca elección general en 2013).

Esa natural falibilidad y superación científica volvió a adquirir prominencia en el ámbito de la Crisis y las medidas de austeridad, cuando un estudiante universitario norteamericano descubrió que había un error de cálculo en el paper sobre el que se articulaba gran parte de la tesis contraria al endeudamiento público. Urrutia comenta el affair Reinhardt-Rogoff en “Un simpático error”. No sería difícil aportar casos que contradigan el ominoso dictum del estudio en cuestión (un umbral de 90% de endeudamiento público no debe superarse, a riesgo de afectar el crecimiento de un país), o de encontrar hasta ligeramente absurdo el aspaviento montado en torno al “error” de Reinhardt y Rogoff… pero volvemos al tema antes mencionado, en el que este tipo de historias terminan reducidas a titulares de facilísima distorsión. La traducción de noticias en titulares y leads de máxima contundencia, y escaso contexto, no es una novedad; el problema está en que ya no existen foros para profundizar el tratamiento informativo. Pero esas alteraciones en el nivel discursivo corresponden a las exploraciones de Urrutia en “Un mundo sin heurística” y no a esta crónica. Lo que sí se examina aquí, dentro de esta dinámica de debate científico, es la explicación behaviorista que hizo Niall Ferguson del cortoplacismo keynesiano, que Juan Urrutia comenta en “En defensa de Niall Ferguson”.

En consonancia con las repercusiones que tuvo el caso Reinhardt-Rogoff, que abrió la aparente veda a los argumentos en favor del endeudamiento, Urrutia vuelve sobre una de sus líneas de pensamiento más insistentes a lo largo de esta crónica: la reforma regulatoria en el sector financiero. A principios de mayo de 2013, el gobierno español revisaba sus previsiones de crecimiento, fechando la salida de la crisis en 2016 (como proponía el BCE) y no en la difusa primavera de los “brotes verdes” que tanto se venía anunciando. En esto Urrutia ve una oportunidad para la banca, venida a menos por la controversia de los desahucios pero con suficiente margen para otorgar créditos productivos medianos, que estimulen el crecimiento de una forma que la troika, el FMI y otras instituciones no han conseguido hacer. Estas recomendaciones son las que Urrutia nos presenta en “Sí se puede”.

Hablando de recomendaciones, Juan Urrutia lleva tanto tiempo hablando de la Crisis (creemos que con puntería, claridad y la justa dosis de fiereza), que no es raro que lo inviten a debatir con Santiago Niño Becerra en la conmemoración del cuarenta aniversario de Ibermática. Es una de las últimas intervenciones dedicadas a la Crisis que realiza Urrutia, y que consta en el post “Aniversario Ibermática”. Hay algunos vídeos del evento en YouTube, pero dejando de lado la performance misma, se nos hace más interesante repasar algunas de las recomendaciones que planteó Juan Urrutia a lo largo de esta crónica. Independientemente de la fecha de salida que queramos ponerle a la Crisis, el valor de las lecciones que intentamos extraer de la experiencia que aún vivimos, nos parece clara e intuitiva. En primer lugar, Urrutia ha propugnado la necesidad de reformar las instituciones regulatorias, pues son precarias y se han mostrado proclives al abuso, a su captura y distorsión. Como segunda etapa de esa tarea, nos propone presionar a las instituciones continentales para conseguir una coordinación confederal a nivel europeo. Esto para apuntalar una estructura que si bien no evitará el surgimiento de crisis futuras, sí fomentará la capacidad de adaptación una vez que sucedan. De tal modo, se puede atenuar el impacto de crisis futuras, protegiéndonos de caídas severas y prolongadas. La idea es buscar formas más inteligentes de vivir en equilibrio, en una economía de intercambio en permanente y profundo cambio. Así es, también en este ámbito necesitamos empezar a construir nuevos relatos.

Resulta difícil no repetirse ni perder relevancia, cuando se viene hablando de un mismo tema por cinco años. Sin embargo, como creemos le será evidente al lector de esta crónica, Juan Urrutia lo consigue. Amén de su estilo y voz, parte de su secreto está en jamás haber pretendido aportar soluciones o caminos de salida; apostando por el análisis en tiempo real, por el correlato antes que las grandes conclusiones. Más aún, Urrutia estaba convencido que se podía aprender y sugerir perspectivas de pensamiento futuras, a partir de ese trabajo al pie del cañón. En esta línea ha nacido un nuevo proyecto intelectual, “Hacia un nuevo relato”. De cierto modo, entendiendo la crónica como una maratón, Juan Urrutia ha rebasado a la Crisis. Lo que no es lo mismo que decir que tenga la solución a todos nuestros problemas; pero sí implica que le saca un par de vueltas de ventaja al simple recuento de calamidades o a la espera de brotes verdes que nunca florecen. Los demás seguimos pateando pista, resollando con una Crisis que parece que se irá al estilo de T.S. Eliot: “not with a bang but with a whimper”. Pero, por favor, no nos pregunten cuándo. De todas maneras, las preguntas más interesantes están en una ruta diferente, esa que persigue un nuevo proyecto articulador de estos tiempos –o interpreta las maneras de responder ante su radical imposibilidad. Un trayecto en el que esperamos también nos acompañen.

Desigualdad

03 de Septiembre de 2012

El movimiento Occupy Wall street tiene como grito de guerra la declaración de un hecho: «somos el 99%». Es un grito que denuncia un fenómeno llamativo que, mientras todo marchaba bien navegando las suaves olas de burbujas varias, no herían la sensibilidad tal como lo hace ahora cinco años más tarde del inicio de esta crisis cuyas últimas consecuencias, especialmente en Europa, están lejos de vislumbrarse. El hecho que se pretende denunciar es que, a pesar de que desde el principio de los años ochenta, cuando comenzó la desregulación, el mundo ha crecido mucho y la desigualdad en la distribución de la renta entre todos los seres humanos ha descendido debido singularmente al crecimiento llamativo de la superpoblada China, la desigualdad ha crecido escandalosamente en algunos paises desarrollados. En los USA, por ejemplo, la renta per cápita del 1% más rico ha crecido en los últimos 30 años cuarenta veces más que las rentas medias. Estas cifras nos interpelan a todos, pero especialmente a los economistas. Algunos se lo toman en serio, aunque no muy formalmente, como es el caso de Stiglitz.

Es cierto que se ha realizado trabajo serio en la medición de la desigualdad proponiendo nuevas medidas y modificando las existentes a fin de estar seguros de que lo que medimos son estadísticos, como el coeficiente de GINI o su representación gráfica mediante la curva de Lorentz, que miden lo que realmente queremos medir. Pero esta cuestión de estadística descriptiva no puede consolarnos de la falta de atención que los economistas han dedicado a la integración de la desigualdad en el análisis del funcionamiento de un sistema económico. Y aquí la diagnosis es devastadora. Con la excepción de la idea del multiplicador keynesiano, que presuntamente aumenta cuando se redistribuye renta hacia los pobres de forma que cualquier estímulo de demanda es más efectivo mediante una redistribución progresiva, ni la macroeconomía ni la microeconomía parecen haber tenidos tratos serios con el problema de la desigualdad o de la distribución en general. Como desde hace unos cincuenta años el corazón de la Economía es el modelo de equilibrio general, nos encontramos cómodos con la separación entre la asignación de recursos que lleva a cabo una economía de mercado como la representada por ese modelo y la distribución personal de la renta. Sabemos, en efecto, que sea cual sea la distribución de las dotaciones de recursos, el mercado libre nos llevaría, bajo las condiciones generalmente aceptadas para la discusión, a una asignación eficiente en la que no se puede mejorar a nadie sin empeorar a algún otro.

Sin duda habría sido posible y deseable que la ciencia económica se hubiera preocupado de explorar ese resultado bajo supuestos menos restrictivos, pero lo que a menudo se denomina la dependencia del recorrido llevó a modelos macro dinámicos que, al estar microfundamentados en el modelo de equilibrio general y estar sujetos a una agregación convenientemente para la posibilidad de calibración bajo la hipótesis de las expectativas racionales, dirigían la atención a lo que con anterioridad se llamaban ciclos reales, en los que el suave crecimiento de un sistema económico solo estaba impedido por shocks reales sin que la distribución formara parte de la agenda de la investigación puntera. Recientemente sin embargo comienza a aparecer una línea de investigación que, al rebufo de la llamada Behavioral Economics -que presta mucha más atención a los comportamientos reales observados de forma natural que a la necesidad de contar con un núcleo central del que todo lo demás debería desprenderse- podría llegar a integrar la desigualdad en el corazón de la ciencia económica.

Algo he comentado aquí y aquí y es por aquí por donde se cuela la Economía Política que nos avisa de que en el «mundo real» la regulación y las instituciones existen para tratar de evitar las consecuencias no queridas de la economía de mercado en un mundo democrático. Las próximas elecciones americanas nos proporcionan un ejemplo de lo que quiero decir. Cuando, como es el caso, el 1% de la población ingresa un porcentaje escandaloso de la renta total es muy difícil que las elecciones no estén segadas hacia aquel o aquellos partidos que más protegen a los detentadores de esas rentas y que, en contraprestación, apoyan financieramente las campañas de esos partidos.

Un simpático error

21 de Abril de 2013

Recordemos el libro de Reinhardt y Rogoff sobre crisis financieras titulado, yo diría que irónicamente, This Time is different (Esta vez es Diferente), una frase errónea y común entre los que se dedican a la finanzas y creen descubrir una novedad cada mes. No lo leí a pesar de haberlo comprado a través de Amazon. Un amigo se lo llevó y, sinceramante, no lo he echado de menos hasta el momento en que saltó el escándalo a raiz de esta réplica on line en la que sus tres autores descubren un error en un artículo de los dos autores de referencia, ambos en Harvard,cometido en un artículo posterior al libro.

No estaba al tanto de este artículo publicado en la American Economic Review, Papers and Proceedings (mayo 2010) y en el que precisan más sus mediciones sobre cual es el umbral de la Deuda publica a partir del cual el crecimiento se resiente de manera clara. Me he enterado a través de NesG hace un par de días, de otros muchos blogs desde entonces y hoy en el País Negocios. Ese umbral sería el 90%

No creo que de haberlo leído en su momento me hubiera impresionado mucho y, desde luego, nunca me habría parecido un buen fundamento para justificar los procesos de desapalancamiento que estamos sufriendo. Especialmente a la luz del tamaño de la deuda pública japonesa que alcanza un 240% el PIB y que sin embrago no ha caído en un abismo terrible a pesar de la deflación continua.

Y francamente tampoco me impresiona mucho que Reinhart y Rogoff hayan cometido algunos errores detectados por estos tres autores. Frente a la falsa utilización de correlaciones como si indicaran causalidad, el hecho de que en su tratamiento se hayan olvidado de algunos datos relevantes debido a una mala utilización de Excel me hace hasta gracia.

¿Sí se puede?

04 de Mayo de 2013

Ante las declaraciones posteriores al consejo de ministros del 26 de mayo en el que se reconocen los malos datos de la EPA como realmente malos, ante la subsiguiente solicitud de paciencia del Presidente del Gobierno, ante las revisiones de las previsiones retrasando al 2016 el comienzo de un crecimiento que genere empleo, ante las declaraciones del Presidente del BCE que, aparte de anunciar la bajada de un cuartillo de punto el interés de referencia y de continuar con la barra libre para el crédito a los bancos, deja para más adelante las medidas para avivar el crédito esperando las conclusiones de un grupo de trabajo, y más allá de los movimientos erráticos de la prima de riesgo y de las bolsas, no pasa nada y los medios reaccionan como ante una calamidad natural.

Las manifestaciones del Día del Trabajo critican la política del Gobierno y destacan sus incoherencias más llamativas sin llegar a proponer ninguna medida macroeconómica coherente que pudiera suavizar el sufrimiento de muchas personas en el desempleo o ya sin ninguna ayuda de ningún tipo. Al día siguiente la ex Presidenta de la CAM nos dice que mejor no subir impuestos y reducir la administración tocando sí como de paso el no-debate sobre multiplicadores.

A pesar de todo esto hay gente bien formada que grita que Sí se puede!. ¿Es esto cierto? Para algunos el ya famoso error de Reinhart y Rogoff (del que hablaba aquí) deja la puerta abierta al gasto público desbocado o por lo menos ya no es tan fácil satanizarlo. Cabría pues la solución inflación y eurobonos que hace casi dos años defendí. El argumento de inflación se refuerza con la Abenomics pero el de la solidaridad exigiría unos pactos políticos europeos difíciles de alcanzar antes de las elecciones alemanas. ¿Qué hacer más allá de pedir la dimisión de un gobierno o de toda la comisión europea o de la cúpula del FMI? Con el Sí se puede aparecen ideas parciales o sectoriales que merecería la pena experimentar incluso sin temor a la reprimenda de troika alguna. Aunque solo fuera para no morir de resignación.

Pero en el plano general de la macroeconomía y las finanzas ¿qué cabe hacer? Mi opinión es que nada de lo que estemos seguros pero sí algo dentro del nuevo relato que trato de seguir elaborando. En ese contexto basta referirnos al post de hace unos días y a las dilaciones de Draghi para darnos cuenta de que, dada la naturaleza financiera de la crisis lo que cabe hacer, lo que hay que hacer, es movilizar el crédito aun antes de que el comité de expertos nos cuente algo del acuerdo con el BEI. Mientras no haya un sistema bancario único cabe presionar desde los bancos centrales periféricos para que a su vez éstos presionen a sus sistemas bancarios nacionales para que se ganen su reputación, tan mermada ya si alguna vez la han tenido, de entidades privadas solidarias como sector. Ha perdido este sector, aquí en España, la oportunidad de plantear soluciones generosas en relación a los desahucios, pero todavía están a tiempo de hacer gestos y de abrir el grifo en beneficio de la pequeña y mediana empresa. El banco que comenzara a hacerlo estaría ganando cuota de mercado casi instantáneamente y sus accionistas no especulativos apoyarían la jugada.

O sea que sí es verdad que Sí se puede

En defensa de Niall Ferguson

08 de Mayo de 2013

Mis planes editoriales consistían en ir acercándome al segundo libro que adquirí en París sobre IKE (Imperfect Knowledge Economics) y al que ya me refería aquí al tratar del primero de los libros adquiridos en esa Ville Lumiére que, dicho sea de paso, se va apagando. Mis ideas al respecto se van conformando poco a poco gracias a lecturas adicionales como una relativamente reciente de Ricardo Caballero en el Journal of Economic Perspetives como parte de un simposio sobre la situación de la Macroeconomía y que me parece imprescindible para la elaboración del nuevo relato y como otra propia (en colaboración con MCG) ya vieja sobre las dificultades que los problemas de agregación pueden acarrear a la evaluación de la Política Económica.

Pero por el camino se me cruzan otros acontecimientos que, aunque parezcan menores, se me antojan merecedores de un comentario. En esta ocasión se trata de los comentarios homófobos acerca de Keynes que Niall Ferguson, historiador de Harvard, realizó en una charla a inversores no muy ricos y sobre la que me llama la atención TM remitiéndome a esta nota del Athlantic.

Para ponernos en situación pensemos que, ante el desconcierto macroeconómico al que asistimos en todas partes y tanto en los hechos como en las ideas, los políticos y economistas tildados de progresistas son considerados como keynesianos por el hecho de defender el incremento en el gasto público con independencia del correspondiente en los impuestos futuros sobre los que ya Ricardo nos alertó. Por el contrario los políticos y economistas conservadores tienen muy en cuenta este efecto en el futuro y repudian el cebado de bomba para relanzar la economía y defienden una actuación pública que propicie la austeridad para lograr el desapalancamiento y la vuelta a una economía que ellos llaman sana.

En este contexto Niall Ferguson, por lo visto, trató de explicar el cortoplacismo de los keynesianos por el hecho de que fuera un homosexual que, aunque casado, no llegó a tener hijos. Cuando no tienes hijos es quizá plausible que te preocupe menos el futuro y estés más dispuesto admitir el aumento del gasto público para alimentar la demanda agregada. A primera vista la ausencia de hijos no está claramente relacionada con las tendencias sexuales, pero el comentario tal como se hizo, y a pesar de las sinceras disculpas del historiador, ha sido aprovechado para denigrar a los conservadores. Ciertamente no me parece bonito mezclar las teorías de pensadores económicos con su vida privada, pero eso no son sino prejuicios de mi conservadurismo que ni yo mismo respeto.

Si desde hace años la economía trata de liberarse de una concepción de la racionalidad demasiado estrecha introduciendo conocimientos psicológicos y neurológicos como parte de la Behavioral Economics a fin de enriquecer el modelo explicativo teniendo en cuenta sesgos bien documentados, no entiendo por qué no se puede, o no se debe, utilizar esos mismos sesgos cuando no se trata del agente racional del modelo, sino del pensador racional constructor del modelo. Especialmente bajo la HER. Conocer algunos rasgos de su personalidad puede ayudar a entender la aproximación específica de un cierto economista o a enriquecer las posibilidades que abre su forma de encarar ciertos asuntos.

Aniversario Ibermática

24 de Mayo de 2013

Ibermática celebra su cuarenta aniversario y lo festeja primero en Madrid y luego en Barcelona para terminar en Donostia que es donde está radicada y desde donde se dirige y se mueve por el mundo. En esta ocasión me toca participar en el acto de Madrid mediante una conversación-debate con Santiago Niño Becerra moderada por Amador Ayora que versará sobre el tema genérico de Equilibrios y Desequilibrios en Economía. Lo crean o no me angustian esos minutos de debate pues se de antemano que me voy a encontrar atrapado entre la aparente superficialidad del tema cuando se habla de él con excesiva generalidad y lo mucho que me importa a mí cuando se circunscribe a la modelización en Economía.

Si reflexionamos sobre lo que leemos en los medios nos percatamos que se hace mención a la noción de equilibrio cuando se habla de las relaciones Norte-Sur, estén éstas referidas al mundo en el contexto del desarrollo o estén circunscritas a la geografía de la UE; o cuando se habla explícita o implícitamente de la lucha de clases; o nos machacamos con la balanza comercial o los problemas del sector público. En este contexto entendemos por equilibrio esa postura sobre una cuerda floja sobre un abismo en el que podemos caer en cualquier momento.

Sin embargo esta noción tan vaga va desvelando sus connotaciones más precisas cuando la miramos desde distintas áreas del presunto saber económico. Si estamos trabajando en lo que llamamos los fundamentos del saber económico, un equilibrio es una asignación de bienes entre los agentes económicos (que a su vez han formado empresas productivas) y unos precios tales que cada agente está haciendo lo que mejor le va a esos precios y dadas sus preferencias y ningún mercado exhibe excesos de demanda. La relación entre esta noción y las nociones de equilibrio en juegos -cooperativos y no cooperativos- es de suma importancia teórica y nos hace ver que algo inherente a esta primera acepción es la noción de racionalidad y aquí entran todas las sutilezas posibles. Tanto si lo que nos interesa es esta primera noción como si lo que perseguimos es entender el crecimiento económico, además de con esa idea fundamental, topamos con la importancia de la estabilidad del equilibrio idea ésta que bien mirada nos recuerda la cuerda floja a al que antes hacía referencia. Si queremos reflexionar sobre problemas macroeconómicos en una economía cerrada no podremos olvidar la igualdad de oferta y demanda agregadas, una noción un tanto superficial pues por debajo pueden subsistir, en ese equilibrio, desequilibrios opacados por la agregación. Y si la economía fuera abierta deberíamos añadir que la noción adecuada no está tan clara pues puede mantenerse un déficit comercial siempre que el ahorro interno sea suficientemente grande.

Y así podríamos continuar hasta el infinito sin que el discurso nos obligara a decir algo sobre la crisis, sus orígenes, sus fases o las políticas posibles o deseables para atajarla. Pero me temo que no habrá más remedio que aventurar una cierta opinión sobre lo que habría que hacer en Europa (y por lo tanto en España) en esta precisa fase de la crisis. Y llegados a este punto, después de hablar de los EE.UU. de América y de Japón, estoy sopesando la oportunidad de hacer un poco de terrorismo verbal y cantar a voz en grito lo que un día intuí: !Inflación y eurobonos!