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Cuando negocio significa vivir de ello

Ron Woodroof es un héroe popular, un hacker del sistema guiado por la desesperación que salvó la vida a mucha gente porque se le ocurrió que de aquello podría hacer negocio, cuando negocio significa no hacerse rico sino simplemente, vivir de ello.

Oscars 2014Los Oscars de Hollywood son cada vez más aburridos. No me refiero a la ceremonia, que sigue teniendo su gracia, sino a la competición en sí, que criterios de voto a parte, parece promovida por una red de grupos de autoayuda. Si un actor de películas de acción o comedias románticas quiere ganar prestigio y apostar por ser nominado, es muy común que interprete a un esquizofrénico, un minusválido, un alcohólico o un autista. También vale (curiosamente) un homosexual, un personaje del sexo opuesto, un mafioso de vida disoluta, alguien encarcelado injustamente o que sea muy desgraciado por algo.

Afortunadamente, y a pesar del exceso de azúcar y la necesidad de klínex, también da puntos interpretar a un héroe, así sin más. En ese caso no hace falta que el personaje sea gay, drogadicto o que sufra estrés postraumático, aunque no vamos a negar que ayuda mucho (la fama es así de dura). El caso es que nos gustan los héroes de Hollywood (con los de verdad, tengo mis reservas), esos cuyas películas están basadas en hechos reales, porque suelen tener vidas interesantes, e independientemente del dramatismo de la película, nos podemos quedar con sus historias o con parte de ellas.

Sandra Bullock y George Cloony en el rodaje de GravityEn el certamen de los Oscars de este año, la cosa está complicada. «El lobo de Wall Street» y «La Gran Estafa Americana» ni siquiera deberían haber llegado a la nominación; en realidad, ni siquiera deberían haber llegado a post-producción. «Gravity» me encantó por ser una maravilla del montaje y porque George Cloony está fantástico, pero no tiene guión como para ser la mejor película.

Después tenemos la galería de desgracias habitual: un padre alcohólico que hace un viaje con su distante hijo, una mujer que se pasa la vida buscando al suyo que dio en adopción cuando era adolescente y un músico en 1850, negro y libre que es secuestrado y vendido como esclavo. Seguro que son fantásticas. La siguiente nominada trata sobre un escritor que se enamora de la Inteligencia Artificial de su ordenador. Original, pero dudo que se pueda aprender algo más allá de alguna observación sobre diseño de producto.

Nos quedan dos candidatas: «Capitán Philips», que debería ser la ganadora y ahí lo dejo; y la que a mi me ha llamado la atención estos días: «Dallas Buyers Club», que aunque trágica y sensiblera, está basada en una historia real bastante interesante.

Dallas Buyers ClubLa cinta relata la épica historia de Ron Woodroof, un electricista tejano amante de los rodeos al que le diagnosticaron VIH en 1986 cuando apenas se estaban iniciando los estudios clínicos con humanos para el retroviral AZT, el primero aprobado en Estados Unidos. Woodroof no es admitido en el estudio por estar demasiado enfermo (le dan entre uno y seis meses de vida), y entonces hace dos cosas: conseguir por su cuenta AZT (de manera ilícita) y encerrarse en la biblioteca para obtener toda la información disponible sobre la enfermedad y su tratamiento.

Así descubre en sus propias carnes que el AZT es altamente tóxico y no demasiado efectivo, consigue reducir el número de partículas virales pero no elimina los síntomas ni la enfermedad, y tiene unos terribles efectos secundarios. Al mismo tiempo, con sus lecturas averigua que hay diversos tratamientos combinados testándose en varios países, pero no aprobados por la FDA, y por tanto inaccesibles.

Ron WoodroofWoodroof viaja entonces a México para comprarse su tratamiento autoprescrito (según la película, es un médico sin licencia el que le recomienda qué tomar) pero pronto se da cuenta de que hay mucha gente en su misma situación, y en lugar de comprar solo su dosis para 90 días (lo permitido por la ley), llena el maletero de cajas de medicamentos y cruza la frontera.

En poco tiempo, el vaquero se convierte en el hombre más popular entre la comunidad de desahuciados de Dallas, que hacen cola ante su puerta para obtener un poco más de tiempo y calidad de vida. Woodroof no regalaba nada, siempre dejó claro que no era una institución de beneficencia, pero también que no lo hacía para ganar dinero. Los ingresos obtenidos iban íntegramente a pagar los medicamentos y a sostener la estructura necesaria para conseguirlos.

Y es que la logística se fue complicando. Además de México, Woodroof importó o introdujo de contrabando medicamentos desde Israel, Japón, China, Suiza, Dinamarca o Suecia. Solía pasar las aduanas vestido de sacerdote o con una bata blanca de médico y sobre todo con mucho ingenio. Cruzó la frontera desde México más de 300 veces con más de 500.000 pastillas en el maletero. El armario de su dormitorio, contaban los periodistas, parecía el almacén de una pequeña farmacia. En Japón, sobornó a un médico para que le comprara 36 viales de interferón y consiguió convencer a los aduaneros japoneses de que le dejaran salir a pesar de los jirones de humo procedentes del hielo seco de su maleta.

Como los problemas con la ley tenían que estar al caer creó, inspirado en una iniciativa newyorkina, un club de compradores (buyers club) a través del cual los miembros tenían barra libre de Péptido T, sulfato de dextrano, peróxido de hidrógeno, Procaína PVP, vitaminas, etc., por una cuota de 400 dólares mensuales.

WoodroofWoodroof realizó su propio estudio clínico amateur, y aunque oficialmente no tuvo ni tiene ninguna validez científica y estuvo a punto de morir varias veces experimentando consigo mismo, a los miembros de la red de buyers clubs de Estados Unidos les bastaba su propio estado físico como prueba. Gracias a alguno de los 60 «cocktails» distintos que se comercializaban en estos clubs, los enfermos simplemente no morían (o al menos, no inmediatamente) y conseguían sentirse mejor y llevar una vida casi normal.

WoodroofLa alternativa, no ingerir sustancias no aprobadas por los procedures de la FDA, era no tomar nada o tomar altas dosis de AZT. La alternativa era la muerte, y la prueba del éxito es que en la época de mayor y más rápida mortalidad por SIDA, con un único y dudoso medicamento aprobado, el mismo Woodroof vivió siete años cuando le auguraban medio, y sobre todo, muchos de sus clientes vivieron lo suficiente para poder beneficiarse de los avances en antirretrovirales. Una dosis más baja de AZT se convertiría en parte de esas exitosas combinaciones de fármacos.

La FDA (los malos de la película), aunque al principio hizo la vista gorda, persiguió sin tregua al club de compradores cuando este alcanzó un poco de escala, con inspecciones frecuentes, multas y requisando sus stocks de medicamentos. Woodroof terminó llevando a juicio a la FDA y perdió, aunque el juez le dio la razón y reprobó la ley que impide a un enfermo terminal automedicarse con lo que se le antoje.

Ron Woodroof es un héroe popular, un hacker del sistema guiado por la desesperación que salvó la vida a mucha gente porque se le ocurrió que de aquello podría hacer negocio, cuando negocio significa (como en otros millones de casos reales no trágicos) no hacerse rico, sino simplemente vivir de ello; en el caso de Woodroof, literalmente.

«Cuando negocio significa vivir de ello» recibió 11 desde que se publicó el jueves 13 de febrero de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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