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Cultivando el jardín epicúreo con Hiram Crespo

Cabría preguntarnos sobre los factores socio-culturales que refuerzan ese sesgo irracional que, a la postre, nos impide ver lo que Epicuro tiene siglos diciéndonos que está delante de nuestras narices: que el bien es fácil de procurar y el mal es fácil de soportar.

El futuro aquí y ahora: Keynes, Marx, Dewey, Foucault, Dreikurs, Zamenhof, etc.

jardinepicureohiramA raíz de la publicación de la traducción al inglés del post de David sobre el epicureísmo («Fraternidad, subversión, cerdos y espárragos»), nos contactó Hiram Crespo, con quien desde entonces mantenemos una enriquecedora conversación sobre el rol que el epicureísmo puede llegar a jugar para revivir la milenaria función terapéutica de la filosofía, rol que se hace cada vez más necesario en un mundo en descomposición acelerada.

Hiram es el fundador de la Sociedad de Amigos de Epicuro y acaba de publicar un libro que tuve el gusto de leer durante las últimas dos semanas.

El libro es una resumida pero muy completa introducción a los principios básicos y la práctica del epicureísmo. Pero también brinda una interesante interpretación de las enseñanzas de Epicuro desde el punto de vista de la psicología positiva, la neurociencia y otras disciplinas científicas que hoy en día corroboran gran parte del legado del maestro. Dada la prominencia de Epicuro como una de los primeros filósofos en defender la necesidad de estudiar las ciencias para liberarnos de nuestros miedos irracionales, este aspecto del libro es en sí mismo un homenaje a su memoria. Uno no puede evitar pensar que él mismo, de vivir hoy en día, habría ampliado el enfoque de sus enseñanzas para abordar estos temas.

El camino a la ataraxia

epicurusA lo largo del libro, Hiram va desglosando los elementos que Epicuro consideraba como indispensables para alcanzar la ataraxia, ese estado de imperturbabilidad y serenidad que permitiría a sus discípulos vivir una vida genuinamente placentera.

El camino a la ataraxia que el epicureísmo nos invita a recorrer es fundamentalmente minimalista: si bien no llama a renunciar a los placeres «cinéticos» -aquellos que disfrutamos como resultado de la consecución de un plan de acción más o menos estructurado, como jugar, practicar deportes, comer, beber o tener sexo-, los considera secundarios y potencialmente peligrosos por su capacidad de causar desasosiego, adicciones, y en general desviarnos del camino a la ataraxia, sobre todo al degenerar en la persecución de los aun más destructivos «deseos no naturales y no necesarios», como el ansia de poder, fama, gloria y otros delirios.

Por el contrario, Epicuro considera fundamentales los placeres «catastemáticos» o estables, definidos como aquellos que nutren un estado de armonía interna a través de la ausencia de dolor de cuerpo y alma -un «alma» definida en sentido estrictamente naturalista como comprendida por el sistema nervioso y neurológico, así como todo a lo que hoy en día nos referimos como la psiquis de un individuo. Y para eliminar el dolor del alma, Epicuro proponía varios remedios fundamentales, entre los que destacan la reflexión filosófica y el cultivo de la amistad, de la verdadera comunidad.

La vida analizada

2005323540_c2c412f78d_mPara Epicuro, la reflexión filosófica tenía como objetivo fundamental el liberarnos de prejuicios y creencias irracionales que se convierten en fuente de ansiedad y miedos de todo tipo. Quizá el ejemplo más conocido sea su argumento contra el miedo a la muerte, pero la idea general consiste en que las pasiones irracionales -desde el apetito desmesurado por la comida y el sexo hasta la irascibilidad y la arrogancia desmesurada- en general se sustentan en creencias irracionales, y que si logramos dilucidar las contradicciones inherentes a esas creencias, nos liberaremos de la tiranía de las a pasiones a las que sirven de sustento.

Hiram también nos recuerda que gran parte de esta capacidad para analizar nuestras vidas tiene que ver con la simple -más no fácil- tarea de aprender a enfocar nuestra atención y dirigirla a tomar consciencia de nuestros hábitos y formas automáticas de conducta: la vida analizada no se basa necesariamente en un desarrollo avanzado de las facultades de reflexión más allá del control adecuado de la atención. Esto es tal vez una de las razones por las que movimientos contemporáneos como el minimalismo existencial se dedican en gran medida al cultivo de la atención plena en un mundo hiper-conectado y cada vez más lleno de distracciones banales. Pero si bien en la blogsfera del minimalismo existencial abundan las metáforas y los ejercicios de meditación inspirados en el budismo zen, el libro de Hiram nos recuerda que no es necesario ir más allá de nuestra propia y sumamente rica tradición de pensamiento occidental para encontrar inspiración en este sentido.

La atención es la herramienta que usan nuestras mentes para darnos un modelo de la realidad: si la usamos mal y dejamos que curse como un río donde quiera, nos perderemos en las rendijas de la inercia y el hábito. Al vivir de acuerdo a nuestra resolución firme de crear vidas placenteras y prestar atención, nos aseguramos de ser nosotros quienes dirigimos la barca y no los piratas de nuestras tendencias inconscientes.

La felicidad más pura requiere de atención total y es un modo de ser, no un modo de pensar o de buscar. En el momento que hacemos la observación de que estamos felices nos estamos distanciando… de nuestra experiencia por medio del acto mismo de observar, y si estábamos, por ejemplo, bailando y embelesados oyendo música… ahora la experiencia es menos extática. Se rompe la burbuja.

La teoría hedonista calculada y racional de la filosofía se opone con vehemencia al hedonismo de la gratificación instantánea que se practica hoy vulgarmente, la cual no es epicúrea en absoluto. Requiere de un proceso preliminar de introspección, de discernir entre los deseos necesarios e innecesarios.

La amistad

David nos recordaba en su post que sobre todas las cosas, lo que hizo verdaderamente subversivo al epicureísmo fue su fuerte noción de fraternidad comunitaria:

Como los mitraicos, a los que parece ser que influyeron aunque en menor medida que los estoicos, los epicúreos parecen intuir el número de Dunbar. No solo predican el apoliticismo, sino que dividen sus comunidades para no ser tantos que no pueda disfrutarse de una fraternidad que en la práctica parece ser tan importante como la libertad para la búsqueda de la felicidad.

El hecho de que Hiram esté abocado a hacer crecer la Sociedad de Amigos de Epicuro ya habla por sí mismo, pero además en su libro deja claro que no podría estar más de acuerdo con David en cuanto a la prominencia de la fraternidad como valor fundamental del epicureísmo:

Una cosa es leer y aprender estas enseñanzas de un libro, pero otra muy distinta es aprenderlas de amigos entrañables que nos quieren bien, que nos lo expresan y nos recuerdan que la muerte no es nada para nosotros. La sana amistad hace toda la diferencia. La experiencia de las enseñanzas de la filosofía era mucho más reconfortante cuando era adquirida en el contexto de la afiliación.

Es por esto que la terapia epicúrea solamente puede ser vivida de modo completo y conciso dentro de una comunidad de amigos de mentalidad afín, y el construir y nutrir una red de este tipo de amigos debe ser vista como uno de los más importantes proyectos a largo plazo de todo filósofo epicúreo.

La felicidad sintética

Una de las reflexiones que más me gustó del libro de Hiram fue la manera en la que rescata el concepto de la «felicidad sintética», tal como la plantea Daniel Gilbert en su libro «Tropezar con la felicidad», a la luz del epicureísmo.

En su libro, Gilbert demuestra con una cantidad enorme de evidencia empírica -experimental y de otra índole- que el ser humano posee una especie de sistema de inmunología psicológica que nos permite mantener un nivel de bienestar psíquico estable independientemente de las circunstancias externas. Por ejemplo, Gilbert alude a un estudio en el que se analiza data que mide los niveles de bienestar psicológico de personas que han ganado millones en la lotería y los compara con los de personas que han quedado parapléjicas.

Sorprendentemente, el estudio concluye que después de un año de ganar la lotería o de quedar parapléjicos, las diferencias en los niveles de bienestar de ambos grupos no son significativas. Por eso es que Gilbert nos dice que la felicidad es sintética: nuestra psique tiene la capacidad de manufacturarla independientemente de los acontecimientos externos, y la calidad de esa felicidad manufacturada es tan genuina como la que se obtiene cuando uno se tropieza con un acontecimiento afortunado en la vida. La felicidad no es algo que tenemos que esforzarnos por encontrar: es el estado natural de una psique verdaderamente sana.

La siguiente charla TED transmite una idea más clara de lo que Gilbert quiere transmitir en su libro e ilustra otros experimentos interesantes que soportan su teoría:

Una de las conclusiones fundamentales a las que Gilbert llega en su libro es que el hecho de que nos sorprenda que los parapléjicos son tan felices como los afortunados ganadores de una lotería millonaria, dice mucho acerca lo propensos que somos a un fuerte sesgo irracional que nos impide predecir los factores que contribuyen genuinamente a nuestra felicidad.

Como corolario de esa conclusión, cabría entonces preguntarnos sobre los factores socio-culturales que refuerzan ese sesgo irracional que, a la postre, nos impide ver lo que Epicuro tiene siglos diciéndonos que está delante de nuestras narices: que el bien es fácil de procurar y el mal es fácil de soportar.

Y resulta casi irresistiblemente evidente que entre los factores socioculturales que refuerzan ese sesgo están las escalas de producción artificialmente infladas predominantes en el capitalismo de amigotes. O como Gilbert lo plantea en su charla TED:

La felicidad natural es lo que obtenemos cuando logramos obtener lo que queremos, y la felicidad sintética es lo que manufacturamos cuando no obtenemos lo que queremos. Y en nuestra sociedad, tenemos un fuerte sesgo a creer que la felicidad sintética es de una calidad inferior. ¿Y por qué tenemos esa creencia? Bueno, es muy simple. ¿Qué tipo de motor económico podría funcionar si creyésemos que no obtener lo que queremos puede hacernos tan felices como obtenerlo?

Es una pregunta sumamente interesante. Y el tratar de responderla seguramente seguirá generando conversaciones que enriquecerán el debate de lo que significa vivir una vida interesante: una vida como la que Epicuro nos invita vivir.

«Cultivando el jardín epicúreo con Hiram Crespo» recibió 9 desde que se publicó el Miércoles 23 de Julio de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Alan Furth.

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