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«Cultura»: guía de uso

¿Qué es en realidad la cultura nacional y cómo entenderla a la hora de viajar y tratar con gente «de fuera»?

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puerosetvexiliosSi la palabra «personas» corre cada vez más peligro de deslizamiento, la palabra «cultura» nació ya en un lugar peligroso, porque, frente a lo que pudiera parecer, es directamente un término político, un concepto formado y creado en el seno del nacionalismo romántico alemán. Arrastra tanta ambigüedad que Gustavo Bueno, un notable arqueólogo de conceptos, acabó exclamando aquello de

Nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La Cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el «mito del siglo XX», el mito de la Raza, en la primera mitad de ese siglo. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin del siglo, muchas de las funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la segunda guerra mundial.

Lo que nos viene a decir Bueno en su libro sobre el tema es que cultura, una vez deja de significar el «cultivo» del propio conocimiento para referir, con Herder, a un no-se-sabe-qué característico de los «pueblos», no puede ser otra cosa que cultura nacional y por lo tanto producto y objeto central de ese «Estado de Cultura» que es el estado nacional.

En realidad, si desarrollamos la idea, entendiendo siempre por qué surgió y se extendió en el siglo XIX, la cultura nacional operaría como un corralito más que como una identidad. Es decir, no es que por algún misterioso motivo tengamos una cultura y por tanto necesitaramos un estado para protegerla, es que el estado necesita inculcarnos una cultura exclusiva para poder presentarse como la expresión de nuestra identidad. Por eso, en realidad, como escribíamos en «De las naciones a las redes»:

la cultura nacional no es sino la colección de imaginarios sociales y mediáticos que viven en la excepción permanente de la realidad nacional, excepción que impermeabiliza de la interacción frente al foráneo (por definición ajeno) y destruye al tiempo el sentido de los nacionales fuera del terreno nacional (si todo cuanto atiende a esta realidad es excepcional y tiene causas endógenas, cuanto sé y pienso tampoco tiene validez fuera). El nacional es un huérfano o un autista que tiene dificultades para crear sentido fuera de la relación con su Estado-territorio-nación. Por eso los Estados nacionales se dotan de ese folclore de animales nacionales que mueren al salir por la frontera estatal, desde el coquí portorriqueño al lince ibérico, modelo disneyzado de la principal virtud nacional, no poder existir fuera de las fronteras del Estado y su imaginario.

Por eso la cultura y su papel constitutivo será la herramienta que permita al Estado subsumir todos los conflictos en el seno de la nación, es decir, asegurar su supervivencia por encima de la lógica de los conflictos y antagonismos políticos, económicos y sociales de la época restringiéndolos en lo posible a las formas y protagonistas de su propia gestión administrativa.

Es decir, el estado nacional hará de su política cultural/identitaria una versión secular del imperio medieval de la fe y su control de la herejía.

¿Y eso que significa cuando trato con «gente de fuera»?

El estado, los medios y la educación son generadores de cultura nacional. Y aunque algunos entienden que les constituye, en realidad no son sino los que eligen ser constituidos por ella. Como describe Foucault desde sus orígenes, la «biopolítica», el condicionamiento al que el estado y las organizaciones de escala someten a las personas funciona «estadísticamente», es decir, es condicionante pero no determinante en cada uno. Y además varía en el tiempo en función de las distintas capacidades y crisis. Algo que se acentúa con la descomposición.

¿Y entonces, los «estudios culturales» y los informes de tendencias no me sirven de nada?

Lo estadístico ha de ser entendido estadísticamente, lo que a menudo quiere decir que aporta bien poco en lo concreto. La cultura nacional opera como un contexto que delimita lo aceptable, pero no nos informa en absoluto sobre la persona o la comunidad real que tenemos delante… que es lo que nos importa. No ve aporta mucho valor saber que el asado es tradicional y hasta identitario en Uruguay y el txuletón en Bizkaia si no se si la persona con la que voy a tratar es vegetariana. Puedo tener buenas estadísticas sobre los valores más extendidos en China, pero en realidad la cultura familiar de negocios de un empresario concreto probablemente no tenga nada que ver con ellas.

¿Qué tiene sentido entonces? Estudiar los marcos ideológicos, la evolución de los patrones de consumo, la evolución de los arquetipos sociales… y entenderlos como un marco, como un espacio cambiante, no como el resultado de una «naturaleza» o un «espítitu inmanente».

««Cultura»: guía de uso» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 8 de Abril de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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