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De la caída del Muro a Corbyn

Una panorámica histórica de los posicionamientos del Ciberpunk y los indianos desde la caída del Muro hasta hoy… y lo que viene.

Cuando a principios de los 90 se producen los dos cambios globales más importantes desde el fin de la guerra mundial -la implosión del bloque soviético y la emergencia de Internet y las redes distribuidas- nadie quería darse por aludido. Todos preferían seguir en el «business as usual». Por eso, a pesar de la inevitable confusión, el ciberpunk representó algo realmente potente: la aceptación de una nueva época y la voluntad de vivir y actuar en ella, batallando por los mismos valores bajo unas nuevas reglas. Era algo especialmente valiente para unos chicos jovencísimos, crecidos en el viejo mundo de los bloques, que hacían sus pinitos en organizaciones sindicales libertarias y que estaban formados en un marxismo que «paraba en Rosa Luxemburg». La apuesta Cibepunk supuso, en principio un nuevo lenguaje y nuevas referencias, pasar de la tradición de las citas y la Historia a la imaginación y la literatura popular, dejar de pelear por significar el pasado y pasar a luchar por inventar un futuro en nuevos términos.

De los temas clásicos –desigualdad, conflicto social, etc.- pasamos a poner el énfasis en lo realmente nuevo: la experiencia social de la abundancia -un topo cripto-marxista– y su relación con las topologías de red, el auténtico y valiosísimo aporte original del movimiento. La idea de que «bajo toda estructura de información, se esconde una estructura de poder» sirve para hacer los primeros análisis políticos del cambio tecnológico, algo igualmente retador para nostálgicos y establecidos, o como decía Eco, «apocalípticos e integrados». Es la época en que rescatamos los famosos grafos de Paul Baran que hoy se encuentran por todos lados. Al poner el foco en ambos ejes se abre un universo nuevo para el activismo que refuerza esa experiencia y permite llevarla más allá, por eso Ciberpunk se convierte en una asociación por los derechos civiles: lo primero es defender «el terreno» que refuerza esa experiencia nueva «desviendo» cualquier tipo de frontera territorial, ideológica o política.

Pero esa experiencia nueva tiene mucho más recorrido: de las redes distribuidas surge el movimiento del software libre y las posibilidades que abre son realmente transformadoras, nada más y nada menos que experimentar las primeras formas de un nuevo modo de producción cuyos elementos básicos van, poco a poco, calando el aparato productivo a través de eso que luego llamamos Economía Directa. La apuesta es tan potente que en 2003 nos devuelve al activismo político con el objetivo de convertir las administraciones al software libre impulsando espacios locales de desarrollo. Todo acompañado de una apuesta por volver a colocar en la calle el entonces olvidado término democracia económica -ni siquiera tenía entradas en Google cuando lo buscamos- dando impulso a dos encuentros, uno en Madrid en 2009 y otro en Mondragón/Arrasate en 2010. La apuesta: injertar las posibilidades de economías comunitarias sobre las redes conversacionales transnacionales que estaban surgiendo en la blogsfera y alentar así la emergencia de nuevas identidades transnacionales superadoras del nacionalismo y el localismo de la única forma en que podían ser sostenibles: dotándose de un metabolismo económico propio.

Pero en 2008 ya habíamos empezado a darnos cuenta de que había un movimiento profundo hacia la recentralización, impulsado por inversiones masivas y la presión de unos medios que habían sentido el impacto de la primera blogsfera, conato de un primer medio de comunicación distribuido y masivo. Contracorriente empezamos a develar el impacto político global del hype que estaba enmascarando herramientas de control masivo que ensayaban en Facebook y twitter lo que luego sería Prism.

En 2010 publicamos «Los futuros que vienen», proponiendo un comunitarismo radical como forma de resistir al impacto cultural y político de la recentralización. Se abría un tiempo de transición en el que había que luchar contrarreloj para reforzar lo construido, salvar la experiencia de la abundancia, aprovechar las potencialidades para el empoderamiento de lo comunitario y ganar autonomía. Un tiempo de transición donde ya no basta con la afirmación de lo distribuido y lo esencial ya no es una «experiencia de la abundancia» cada vez más mediatizada y limitada. Hay que volver al temario económico y a sus consecuencias para la desigualdad. Porque el fondo, la mayor crisis económica en marcha desde 1929, respondía a lo mismo que había conducido los capitales masivos hacia las redes digitales, haciendo posible Google o Facebook y convirtiendo el «startupismo» en un circo especulativo. Y esa causa última no era otra que la sobre-escala del capital, una dimensión inesperada pero lógica de aquella marxista «tendencia a la baja de la tasa de ganancia», que se hace evidente cuando los mercados globales ya no pueden seguir creciendo. El mundo nos empezaba a reintroducir en los análisis aquellas metodologías marxistas en las que nos habíamos formado y que nunca habíamos abandonado aunque le cambiáramos el lenguaje para no sufrir ostracismo. El trabajo de ese periodo de transición culmina hace ahora un año con el «Manifiesto Comunero», un documento en el que se consolida el balance de lo que queda y lo que puede ser rescatado en la nueva fase que se intuía inmediata.

Y de hecho fue tan inmediata como sorprendente: poco más de un mes después de la publicación del Manifiesto, el referendum del Brexit cambia radicalmente el mapa global. Le seguirá el triunfo de Trump en noviembre. Los cambios empiezan a sucederse a toda velocidad: los discursos postmodernos hacen aguas, la geopolítica cambia las líneas y criterios de alianza establecidos desde la guerra mundial… pronto nos damos cuenta de que estamos ante un cambio de profundidad similar al abierto en 1989 con la caída del Muro del Berlín.

Y una nueva reflexión se hizo inevitable: qué estrategias eran posibles en un mundo renacionalizado hasta en la estructura de servidores pero con Internet, que daba por cerrado el neoliberalismo pero no la globalización, donde la centralidad del trabajo era más importante que nunca pero se invisibilizaba en las categorías emergentes con los nacionalismos neopopulistas, donde el tema principal para enfrentar la descomposición es la desigualdad social pero la misma palabra «igualdad» ha sido capturada por el lenguaje del género y las identidades. Y en esto apareció Corbyn. La idea de retomar el Laborismo, que sugería ya el Manifiesto, se materializa en un movimiento masivo que se expresa sin pudor por primera vez en treinta años. La época donde el centro está en las redes ha quedado definitivamente atrás. Es hora de pensar las estrategias de cambio social y sus objetivos de un modo completamente nuevo.

«De la caída del Muro a Corbyn» recibió 1 desde que se publicó el miércoles 28 de junio de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Nomo La dice:

    Repito el mensaje que he colgado vía comentario en el propio post y que por razones técnicas debe haberse borrado. Por cierto, también he experimentado problemas en el login. El comentario era el siguiente:

    Hello, World!

    NOTA: Esta expresión será descentralizada a Youtube en 3, 2, 1…

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