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De la resiliencia al cambio social

Los teóricos más interesantes del mundo red en el anglomundo miran al decrecionismo y sus pueblos de transición como posibles protagonistas de un cambio global desde la comunidad. ¿Es viable? ¿Es la única alternativa?

Resiliencia es una de esas palabras latinas que nos llegan de nuevo tras su paso por el inglés de la mano de ciencias tan diversas como la psicología o la ingeniería. Resilī́re es el verbo latino para rebotar, saltar de nuevo o retornar de un salto. Resiliencia no es resistencia, es capacidad instantánea de recuperación y redefinición.

Kevin Kelly se preguntaba el otro día cuando y por qué el desarrollo de una tecnología pasaba a responder a la ley de Moore. A partir de ahí John Robb sacaba algunas ideas sobre cómo una comunidad/cultura/sistema podría comenzar a crecer y desarrollarse según leyes potenciales. Su idea matriz es sencilla:

La única expectativa realmente subversiva ahí fuera es una bifurcación/ fase de cambio socioeconómica conducida por la emergencia de comunidades resilientes

De la resiliencia a la explosión social

Robb esboza tres condiciones a partir de las cuales la resiliencia local podría convertirse facilmente en explosión social:

  1. Uso de tecnologías que permitan la escalibilidad hacia abajo de modo que el metabolismo económico comunitario pueda ser lo más completo posible.
  2. Las nuevas creencias y el tipo de procesos que impulsan deben multiplicar la productividad a nivel local.
  3. Saber esquivar las restricciones insalvables de la producción física y la presencialidad que van ligadas a la consecución de escala. Por ejemplo, la necesidad de mejoras exponenciales en transporte y movilidad podría esquivarse, según Robb, mediante telepresencia y comunicaciones virtuales.

La organización social como tecnología

Robb cita y tiene en la cabeza a los transitional towns. Pero estos están en el marco teórico y el imaginario del decrecionismo. Su práctica hasta ahora ha sido declarativa, no hay todavía un sólo pueblo o comunidad local que haya demostrado que pueda pasar a una economía autárquica, de bajísimo consumo energético y al tiempo multiplicar su productividad.

Sin embargo, todo parece indicar que las tecnologías actuales permiten la autonomía comunitaria en la interdependencia global. Desde el fabbing a las energías renovables ligeras todo apunta a que no sólo las tecnologías de comunicación dan la posibilidad de metabolismos informacionales distribuidos, sino que la globalización podría convertirse en la base de redes cuyas economías serían economías de producción distribuida, empoderantes para las comunidades y las personas, no extractivas con el entorno.

Pero para eso la principal tecnología es la organización social.

La filé como alternativa a los pueblos decrecionistas

Dejar de crecer, estancar o reducir el valor de lo producido, no es la única alternativa a unas relaciones productivas y sociales rapaces con el medio social y natural. De hecho plantearlo así es la forma más burda pero no la más resiliente.

Una forma social es resiliente si es capaz no sólo de crecer cuando tiene oportunidad, sino sobre todo de reducir su escala sin perder cohesión. El modelo de pueblo decrecionista está pensado como un modelo económico de mínimos, como una economía voluntariamente constreñida y autárquica, ligada y dependiente directamente a la producción agraria. Pero ¿no se trataría justo de lo contrario? Si lo que se trata es de construir alternativas al industrialismo, la solución no es una vuelta atrás, una vuelta a la economía localista del minifundio. La vida rural del siglo XIX, ahora con placas solares y bicicletas eléctricas, no es una utopía, es un castigo.

La verdad incómoda es que el decrecionismo, con su tecnofobia latente, su pavor a la demografía y su nulo cuestionamiento de la empresa autocrática, no puede ofrecer un modelo de crecimiento de la productividad. Sólo puede enfrentar localismo a globalización, agrarismo a desarrollo tecnológico y descualificación a la ultraespecialización productiva. Pero no puede construir una alternativa atractiva y no extractiva aquí y ahora. Sólo puede imaginar un mundo igual pero constreñido, downgraded. Por eso necesita una catástrofe y por eso prepara a sus seguidores para una hipotética catástrofe energética o medioambiental con la que mantiene una relación emocional ambigua.

Por contra, sabemos que la filé es una forma resiliente porque las filés existentes lo son. Pero evidentemente ni la lógica teocrática de los muridíes ni la economía del crimen de las filés negras pueden ser nuestro modelo.

Sin embargo, sabemos que el modelo de filé neoveneciana, absorviendo la transnacionalización como perspectiva comunitaria, con su versión de la democracia económica basada en una escasísima jerarquización, su tecnofilia, su funcionamiento distribuido y sobre todo con el desarrollo del pluriespecialista, produce realmente una multiplicación de la productividad media con saltos positivos y recurrentes de la productividad marginal debidos a aumentos en la diversidad social.

Nos queda experimentar si John Robb lleva razón y alcanzada una cierta masa crítica en la red local, el neovenecianismo puede tener capacidad de crecimiento global. Estamos en el tiempo del hacer.

«De la resiliencia al cambio social» recibió 0 desde que se publicó el Martes 4 de Agosto de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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