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De milenial a jihadista

No teman a la «generación del milenio», teman el fin de la centralidad del trabajo, porque su ausencia es la gran máquina de producir soledades, adanes, puritanos… y jihadistas.

A finales de 2012 la socióloga Agnès De Féo condujo una serie de entrevistas a mujeres que habían optado por llevar el velo integral después de su prohibición en Francia. Entre ellas estaba Emilie König, hoy uno de los objetivos del Consejo de Seguridad de la ONU y seguramente la «mujer más buscada» por las autoridades norteamericanas. Se calcula que reclutó más de doscientas personas en Europa para el Estado Islámico.

Su historia, por lo que resulta de las entrevistas es un verdadero caso de estudio. Como otros líderes del Estado Islámico en Francia, König, una chica bretona hija de funcionarios y criada en un hogar disfuncional, tiene una juventud tormentosa y trabajos precarios sirviendo copas que le dejan con un marido narcotraficante y dos hijos. El relato, nos asegura la socióloga, no es realmente fiable, podría estar exagerado y adornado con notas de dramatismo inexistente. Es tan cliché que un grupo radical, disuelto posteriormente por la policía, rechazó su entrada porque era demasiado arquetípico para ser cierto. König estaba comprando un relato y apurándolo tanto que no tenía credibilidad ni para la socióloga que confiesa que en varias ocasiones estuvo por dejar de filmar.

Su discurso estaba tan construido en la caricatura de ella misma, que en varias ocasiones me cuestioné si debía seguir recogiendo su testimonio, o si me estaba utilizando para dar sentido a su existencia a través de mi cámara

de feoPero de Feo siguió rodando y llegó a hacerse una composición de la personalidad de la joven:

A los 17 años se convirtió al Islam, sin que en su familia hubiese cultura religiosa alguna, y siguió dedicándose a la noche durante varios años, a pesar de su confesión musulmana (…) Su cultura religiosa era extremadamente limitada, por lo que siempre pensé en su relación con el niqab como una forma de rebelión contra su entorno (…) De hecho, forma parte de esas mujeres que comenzaron a llevar el velo integral después de 2010, una vez que su uso en lugares públicos estaba prohibido, y no antes. El niqab le permitía borrar su pasado, comprarse una nueva identidad y sobre todo, entrar a formar parte de la comunidad salafista.

Esa necesidad de raíces, de ser parte de una historia y de un relato, de pertenecer a algo, llegará a convertirse en obsesiva:

Necesitaba pertenecer a una comunidad, sentirse parte de ella. En numerosas ocasiones me dijo que buscaba a toda costa el respeto de los demás. (…) Ella quería formar parte de aquello [el primer grupo que le rechaza], y no ser considerada peligrosa como esa falsa comunidad de la que fingía formar parte [la comunidad jihadista de Francia] fue un duro golpe para alguien tan narcisista.

Pero una vez dentro del relato, la frustración por el rechazo es en realidad la vergüenza que siente quien ha sido descubierto en la impostura de relatar sus fantasías como realidad. König no parará hasta contactar con el Estado Islámico, casarse con un combatiente en Siria y marchar finalmente al frente, desde donde se dedica a captar a golpe de llamadas telefónicas y perfiles de facebook y twitter a otros jóvenes animándoles a hacer atentados en Francia.

Mucho más allá (y acá) del Estado Islámico

soldado deificado diosEl caso de las «princesas prometidas», las chicas europeas que se unen al Estado Islámico, es un fenómeno límite, no hay duda. Pero lo es en el mismo sentido que la oleada de vocaciones monacales en España: la expresión extrema y llamativa de tendencias sociales que crecen y son aceptadas en las sociedades europeas en crisis. Quedémonos con una frase de la socióloga sobre König: «para mi era una chica de la clase media que sufría de soledad».

Soledad, necesidad de pertenencia… la madre de las comunidades imaginadas. Lo mismo que hace que los soldados aislados en la frontera entre India y China acaben deificando a un antiguo patrullero como ellos.

vicePero todo esto va mucho más allá del relato religioso. Demos un paseo por twitter o incluso por los nodos «anticapitalistas» de gnusocial. Veremos mil ocurrencias convertidas en eslogan y repetidas más allá de la saciedad. Podremos reconocer esa actitud que describe de Feo una y otra vez: la sobradez, la mirada de superioridad que se pretende irónica o graciosa pero que en realidad solo es una cosa: afirmación de la fe ante todo posible cuestionamiento. Y ya puestos, acaso no podemos reconocer esa misma reacción en no pocos reportajes de Vice donde al final el tema es solo un paisaje para que el periodista nos hable de si mismo y pueda hacer gala de su ironía y descreimiento, de sus muecas a la cámara cuando no miran los entrevistados o relatados.

La carencia de herramientas existenciales

Orbit-dronePara Eva Dreikurs, seguramente la psicóloga adleriana más influyente, en la vida tenemos que afrontar una serie de tareas (amor, trabajo, amistad) básicamente con dos herramientas «existenciales»: la autoaceptación -saber estar solo y aprender a tratar con uno mismo- y la pertenencia: encontrar la comunidad a través de la cual podemos generar significado a nuestra propia vida.

Sin una comunidad real, un conjunto de personas con nombres, rostros y afectos reconocibles, con las que aprender, definirse y enfrentar las tareas de la vida, la autoaceptación colapsa y fácilmente, ayudada además por una cultura cada vez más influida por las culturas individualistas de los países protestantes, se convierte en adanismo y narcisismo, egocentrismo defensivo y vacío… pero socialmente aceptado hasta niveles cada vez más ridículos.

Y a falta de comunidad real siempre se puede echar mano de las comunidades imaginadas. Imaginadas no por que sean algo irreal o inexistente -la red jihadista en Francia es bien real por desgracia, como lo son los movimientos generacionales o las tendencias políticas. Imaginada porque el sujeto imagina a los otros miembros, ya que no les puede conocer, y moldea su existencia de acuerdo con el relato de esa imaginación. Para Emilie König, como queda claro en los vídeos que publica en YouTube los jihadistas son «los caballeros de los tiempos modernos», el tipo de hombre que no pudieron encontrar ni su madre ni ella, el modelo de padre y marido que no tuvo.

Conclusiones

emilie konigMucha de la fobia a la «generación milenio» que se respira en las conversaciones de hoy en España, Italia o Francia es la expresión del rechazo que produce la interacción con quien se cree rechazado ex-ante, con quien no tiene herramientas para definirse fuera de un marco prefabricado que suena irremediablemente hueco y acartonado, jóvenes que se sienten solos en su propio entorno generacional, que no pueden sentirse pares de los que los demás entienden que son sus pares.

Y no pueden simplemente porque la posibilidad de conquistar el trabajo ha sido eliminada de su mapa vital. Es en el hacer productivo donde se construye no solo la sociedad o la economía, sino la vida de cada uno, donde se desarrolla la empatía, el sentido de igualdad… y uno va construyendo su propia comunidad real. Sinceramente si «escuchar a la nueva generación» es olvidar ésto y prestar oídos a discursos generacionales victimistas -que podrían ser intemporales- no va a servir de mucho. Aunque pueda producir algún rédito electoral o comercial, seguramente solo sirva al derrotismo.

No teman a la «generación del milenio» porque se vaya a convertir al jihadismo. Aunque hagan mucho daño, solo unos pocos, muy pocos, lo harán. Pero teman a una sociedad donde una generación entera comparta la soledad que les tornó asesinos de masas. Teman el fin de la centralidad del trabajo, busquen alternativas para recuperarla, porque su ausencia es la gran máquina de producir soledades, adanes, monjes… y jihadistas.

«De milenial a jihadista» recibió 6 desde que se publicó el Domingo 29 de Mayo de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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