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¿Decrecimiento o abundancia?

Los cambios que hoy ya se dibujan como posibles no pueden esperar a que los niños mimados de la clase media que se sienten «culpables» por disfrutar de rentas en un mundo de desigualdades crecientes, se den cuenta de una vez de que no son el centro del universo y dejen de aseverar pomposamente que de sus pequeños actos de consumo depende el futuro de la especie. Los cambios que integrarán y cohesionarán, que harán lugar para todos, serán impulsados por los amantes de la vida y la abundancia, continuadores de los sueños de Fourier y los utópicos, del «Derecho a la pereza» de Lafargue y del pluriespecialista renacido y visibilizado por Internet.

Paul LafargueEn parte como una consecuencia del 15M, el decrecionismo («degrowth») se ha transformado en un nuevo discurso hegemónico. Madurado argumentativamente en los think-tanks franceses y promovido en la península por la sección local del movimiento «peak-oiler», pimero ganó rapidamente eco entre el ecologismo– y luego entre la izquierda.

El planteamiento decrecionista se presentó como una consecuencia del catastrofismo energético en un momento en el que la guerra de Irak y la subida de precios del combustible llamaban la atención de grandes audiencias. Según sus defensores, la explotación de recursos naturales y especialmente de fuentes energéticas no es sostenible no ya a largo sino a corto plazo. Una catástrofe energética (el «oil depletion») es inmediata (de hecho los «peak-oilers» la han anunciado regularmente en ciclos de entre quince y cinco años desde los 70, aunque no se ha producido hasta ahora en ninguna de esas fechas). El resultado de esta catástrofe sería el fin de la sociedad industrial y postindustrial, el fin de las comunicaciones a distancia, la vuelta a una sociedad con un consumo energético total de unos 500W por persona (incluida la energía necesaria para producir cualquier tipo de bien u objeto que compremos). La población mundial se vería drásticamente reducida a unos 1000 millones de personas (menos de una sexta parte de la actual).

Pero no nos confundamos, tal y como se planteaba el relato decrecionista hace tan sólo un par de años, el fin del crecimiento económico era inevitable, pero no deseable. El relato se centra en que sea más o menos duro el aterrizaje e implícitamente en que el interpelado esté entre la sexta parte superviviente de la Humanidad. Algo que, nos dicen, depende tan sólo de que cada uno de nosotros -que tuvimos la oportunidad de enterarnos mientras el mundo sigue un ciego camino al desastre- «se prepare» suficientemente, reduciendo el consumo personal a mínimos y reorganizanndo la economía de nuestro lugar de residencia hacia la autarquía a través del decrecimiento voluntario de producción y consumo, al modo de los «transition towns».

Las falacias del catastrofismo

En general, como prueban los sucesivos fracasos en el «advenimiento» de la catástrofe peak-oiler, las cuentas catastrofistas –basadas en una «falacia ricardiana»– no salen, desde 1874 se han sucedido las estimaciones del total de reservas y sin embargo estas no han hecho más que ser revisadas al alza: las reservas miden una magnitud económica -el petróleo rentable a ciertos precios y bajo cierta tecnología- no una cantidad física de recursos.

De hecho, el mayor error del discurso catastrofista es no entender el papel tanto de la tecnología como sobre todo del sistema social y productivo que le da significado en cada momento. Como veíamos en un post reciente, aún si el «fin del petróleo» se produjera ahora mismo, su efecto, dentro del actual sistema, sería grave pero limitado (aproximadamente entre un -0.2% y un -2% del PIB en el peor escenario).

Pero sobre todo no entiende -o no quiere entender- que un modo de producción alternativo tendría otra relación con la Naturaleza y por tanto con las fuentes energéticas. El mundo de la producción distribuida es un mundo de energía distribuida basado en fuentes renovables en los que el peak-oil no marcaría inflexión. Conscientes seguramente de eso los grupos catastrofistas han puesto el acento en difundir la idea de que las energías renovables no podrían, según ellos, sostener una «sociedad de consumo».

Los presupuestos: que las escalas productivas se mantendrán en incluso crecerán sobre el nivel que hace años resultan disfuncionales a todos los ámbitos. Y que la tecnología ligada al modo de producción P2P, contra toda evidencia, no se desarrollará.

Un argumento basado en presupuestos tan estrechos evidencia desesperación argumentativa. Seguramente por eso el decrecionismo ha ido difuminando la imagen de la catastrófe para tomar un nuevo rumbo y presentarnos el decrecimiento, es decir, la reducción global de la producción, no tanto como algo inevitable a corto plazo sino deseable en términos morales.

El decrecionismo 2.0 y sus pecados

Y es que resulta fácil olvidar, para quien se siente culpable de sus consumos suprefluos que casi 4000 millones de personas viven en un nivel crítico de escasez, que de ellos 2500 millones consumen por debajo de sus necesidades alimenticias básicas y que 1200 millones no tienen siquiera acceso al agua. Es más, resulta difícil admitir, en los países desarrollados, que en las casas de una buena parte de las clases trabajadoras de los países centrales es difícil encontrar nada que sobre más allá de cuatro consumos hosteleros compensatorios necesarios para aguantar psicológicamente unos ritmos de trabajo, precariedad y descomposición social cotidiana crecientes.

La función de «la catástrofe» en el planteamiento decrecionista no era menor. No es lo mismo discutir sobre cómo se adapta uno a lo inevitable (por terrible que sea) que sobre lo deseable o no que resulta un sistema social alternativo. Es más, si eliminamos del argumento la dramática reducción poblacional que el catastrofismo explicaba como inevitable, los números son contundentes: ni siquiera mantener la producción global actual con una distribución igualitaria de ingresos y riqueza permitiría un mundo sin pobreza. Hay que producir más, de otra manera y con nuevas prioridades. Producir menos, por mucho que se redistribuya, mataría más y más gente de hambre y pena. Así de simple.

Por eso el «pensamiento P2P» de hoy reivindica la abundacia, especialmente cuando los que desde el comienzo de la revolución P2P entendieron su ligazón con el desarrollo de las tecnologías distribuidas y la reducción de escalas óptimas de producción. Y en eso no puede sino encontrarse con una tradición mucho más antigua. Porque los cambios que hoy ya se dibujan como posibles no pueden esperar a que los niños mimados de la clase media que se sienten «culpables» por disfrutar de rentas en un mundo de desigualdades crecientes, se den cuenta de una vez de que no son el centro del universo y dejen de aseverar pomposamente que de sus pequeños actos de consumo depende el futuro de la especie. Los cambios que integrarán y cohesionarán, que harán lugar para todos, serán impulsados por los amantes de la vida y la abundancia, continuadores de los sueños de Fourier y los utópicos, del «Derecho a la pereza» de Lafargue y del pluriespecialista renacido y visibilizado por Internet.

«¿Decrecimiento o abundancia?» recibió 0 desde que se publicó el domingo 20 de mayo de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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