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Del piso compartido al co-living

¿Es el «coliving» una pajarusada más de la «sharing economy» o despunta una agenda oculta?

Cuando Bruce Sterling comenzó a hablar de «favela chic» nosotros bromeábamos con el «kibbutz glamour» para referirnos a nuestro modo de vida. Recuerdo que nos reíamos sobre eso con John Robb en nuestra casa de Montevideo.

Pronto empezamos a recoger enlaces y reportes sobre el movimiento del co-living en EEUU. Pero algo muy básico nos chirriaba: ¿por qué compartir una mac mansion con desconocidos iba a ser cool? La única diferencia con el compartir piso de toda la vida resultaba ser la figura de un «casero enrollado» que organizaba tareas, gastos compartidos y alguna fiesta.

Ya en Bilbao, a principios del verano pasado notamos que algo cambiaba. En una incubadora nos hablaban con admiración del primer proyecto bilbaino de coliving y al poco tiempo un señor del mundo de la industria nos hacía una referencia también positiva.

En esos días andábamos buscando casa, habíamos visto una preciosa en Begoña, un minibaserri lo suficientemente grande para todos los indianos que estamos en Bilbao, y no entendíamos el misterio ni la novedad. Recuerdo que Nat preguntó si se trataba de una suerte de kibbutz urbano, como el que fundaron al llegar a Israel nuestros amigos de Yovel, familias que deciden hacer un fondo común, una cooperativa para gestionar una casa o un conjunto de casitas donde vivir y generar servicios comunes, aunque no trabajen en cooperativas propias como los kibbutz tradicionales o los indianos.

Pues no. No era eso. De lo que estaban todos hablando era en realidad de un nuevo tipo de emprendimiento. Los que irían a vivir juntos no serían una comunidad previamente, no serían amigos, familia, socios… sino clientes. Clientes que pagarían no una vivienda sino «experimentar una vida basada en compartir». Ni que decir tiene que los mismos que nos pintaban la presunta innovación del coliving nos miraban raro cuando descubrían que en Bilbao y en Montevideo los indianos compartíamos casa. Y nosotros entendíamos aún menos. Para nosotros -que ya vivíamos en pisos compartidos cuando estudiábamos y aún después- el plus de comfort que permite una casa grande compensa las incomodidades de compartir espacios entre nosotros solo porque somos amigos, nos conocemos hace años y compartimos proyecto e inversiones vitales. Algo así sería inimaginable con desconocidos con los que no hay esa confianza y complicidad previa. En nuestra experiencia la fraternidad no aparece por poner a la gente junta en un espacio más o menos amplio. Debe venir de antes. No tener esto en cuenta es confiar demasiado a la buena suerte. Catalogamos el discurso coliving como una pajarusada más de la sharing economy que había fascinado al mundo filantrópico tradicional y nos olvidamos del tema.

Pero hoy en Shareable nos cuentan que las inversiones en coliving escalan. El último proyecto tiene una inversión de cuarenta millones de dólares. El coliving empieza a ser atractivo para los mismos agentes de escala que protagonizaron la burbuja inmobiliaria. Eso sí, es relativamente más asequible. Y cool. ¿O tal vez tenía una agenda oculta?

«Del piso compartido al co-living» recibió 1 desde que se publicó el martes 11 de diciembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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