LasIndias.blog

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

Grupo de Cooperativas de las Indias

Del radicalismo democrático al feminismo postmoderno

La larga historia del radicalismo democrático anglosajón, de la lucha por la soberanía de los parlamentos al feminismo y la «identity politics» nos da algunas pistas sobre todo aquello que la izquierda americana ha dejado en el camino y que debería reencontrar para poder ser útil de nuevo al cambio social.

Libros gratis de las Indias

«Radical» es una de esos términos que, como «comunidad», tienen un significado y una historia propia en el anglomundo. Los radicales nacen en el curso de la revolución cromweliana en el relativamente difuso mapa de posiciones de los «levellers». Es el momento en el que la Teología protestante empieza a mutar en teoría política a partir de la reivindicación de la libertad -ya no «tolerancia»- religiosa. Algunas de las trazas fundamentales de lo que poco después será el liberalismo nacen entonces. Se ve en la reivindicación de la propiedad como un derecho «natural» o en cómo las disputas sobre el papel del pecado original se traducen en el conflicto entre las visiones hobbesianas y lockianas del estado.

Con la restauración de la monarquía, estos sectores puritanos se convertirán en el ala «radical» de los Whigs (liberales). Estarán muy ligados a los puritanos de las colonias a los que suministrarán ideología y a los que apoyarán en su guerra de independencia. Este apoyo unido al miedo conservador a que se convirtieran en los agentes locales de la oleada revolucionaria francesa poco después, les alejó del poder pero les convirtió en una influencia poderosa en el sistema constitucional tanto británico como norteamericano. El mérito del radicalismo británico de los siglos XVII y XVIII fue convertir el individualismo protestante en basamento de la teoría política llamada a ser hegemónica, creando el tejido de ideas sobre el que se levantarán las primeras teorías democráticas de la soberanía y con ellas el paso de la legitimación de los parlamentos medievales -la relación entre los «estados» o clases y el Rey- a la fundamentación contemporánea de los primeros parlamentos burgueses, basados en la «igualdad social» entre los individuos frente a la ley y el poder.

La era de las revoluciones

Durante el siglo XIX el radicalismo, todavía fundamentalmente una expresión política del puritanismo, se desarrollará en torno a las campañas por la abolición global de la esclavitud. La esclavitud había sido abolida en 1807 en el Imperio Británico pero el abolicionismo seguía siendo una parte importante de su capital simbólico y convertirlo, a partir de los años 20, en la primera causa de activismo global además de renovar el puente con EEUU les convertía en una fuerza influyente de nuevo, capaz de condicionar las formas de la expansión imperial. Por supuesto esto condujo a todo tipo de paradojas, condensadas y retratadas maravillosamente décadas después por Litton Strachey en su «Gordon en Jartum»: al alentar las campañas contra la piratería y la invasión de los territorios involucrados en las rutas esclavistas, los radicales alimentaban las tendencias conservadoras y nacionalistas que, con Disraeli a la cabeza, pretendían expandir el Imperio globalmente. De hecho, el escándalo producido por la muerte de Gordon en 1885 llevará a la caída de los liberales y sus críticas de la expansión imperialista para dejar a los conservadores expansionistas bien instalados en el poder. Es entonces cuando los círculos activistas radicales empiezan a apuntar hacia una nueva causa: el sufragismo.

Emmeline PankhurstEl sufragismo supone el último peldaño del individualismo progresista, la consecución final del viejo sueño del sufragio universal. Con todo, seguirá marcado por el puritanismo original. Cuenta la gran Sylvia Pankhurst, que vivió el proceso como hija de la fundadora y a partir de cierto momento líder del movimiento, que el morado que se convertiría en símbolo del feminismo era en realidad una reivindicación de la virginidad y «pureza» de sus militantes. Sylvia acabará rompiendo con el estallido de la guerra, cuando el sufragismo se conforme con el voto censitario femenino y se involucre en la campaña bélica. Se acercará entonces al socialismo continental… sin llegar a cuajar nunca porque a fin de cuentas entre el radicalismo pacifista e individualista de Pankhurst y la perspectiva de los socialistas mediaba un mundo.

La afirmación de la igualdad entre varones y mujeres venía de antiguo en el socialismo. En la década de 1830 el primer gran partido obrero europeo, el comunismo icariano, debió buena parte de su éxito a ser el primer movimiento político que se dirigió específicamente a las mujeres y les dio un trato (casi) igualitario. Ellas dieron forma a nuevas formas de socialización y acción política y lo convirtieron en el primer partido de masas del mundo. Su continuador en tanto que movimiento político, la socialdemocracia, produjo en las décadas siguientes algunas piezas teóricas como «La mujer y el socialismo» (1879) de Bebel -en su momento considerada la obra más importante tras la muerte de Marx. El marxismo tenía además en su ala revolucionaria a grandes figuras femeninas como Rosa Luxemburgo y había llenado el continente de grupos de mujeres obreras, ligados tanto a reivindicaciones laborales como a campañas culturales de todo tipo. En tiempos de Sylvia Pankhurst la heredera de esa línea de activismo y reflexión era Alexandra Kollontai, ministra del gobierno soviético y cabeza después de la «oposición sindical» dentro del bolchevismo.

¿Cuál era la diferencia insalvable entre aquellas primeras feministas que se acercaban al socialismo y los militantes obreros -hombres y mujeres- que defendían la igualdad en el marco conceptual del marxismo de la época? Sobre todo dos: sujeto y perspectiva. Los revolucionarios de las primeras dos décadas del siglo XX –aunque no solo ellos– sienten el paso a una sociedad de la abundancia al alcance de la mano. Tal como ellos lo ven, la revolución va a abrir un periodo en el que la división del trabajo va a ser superada con cierta facilidad. La división del trabajo nacida de y ligada a la propiedad privada, es el fundamento de la supeditación económica y en consecuencia social de la mujer.

Emmeline Pankhurst siendo arrestadaEsa es la perspectiva, pero la perspectiva va ligada al quién, el sujeto desde el que se mira el mundo y del que se espera protagonice los cambios. El individualismo filosófico que sirve de base al radicalismo anglosajón que alimenta el feminismo es incapaz de ir más allá de los derechos civiles, de entender que la transformación de fondo en la situación de la mujer no nacerá de cambios en los códigos legales ni de una sociedad estancada y divida. Kollontai dedica conferencias, charlas, discursos y libros por toda Europa a contrarrestar los movimientos de las sufragistas a favor de la unidad de los grupos de mujeres en la lucha por el voto y los derechos políticos plenos. Los grupos de mujeres trabajadoras han de decantarse, defiende, por la revolución. Es un conflicto insalvable entre dos comunidades imaginadas con dos proyectos diferentes: el proletariado y las mujeres -necesariamente interclasista.

Mientras tanto, más allá de la revolución, de la guerra y a años luz del sufragismo, inimaginable en lo que entonces era un territorio sometido al imperio Otomano, Miram Baratz ha demostrado la realidad del fondo bajo los argumentos de Kollontai: la conquista del trabajo, la construcción de una comunidad igualitaria, son la base «natural» del fin de la división sexual del trabajo, el poder y la responsabilidad. Rodeados por una sociedad en la que ebullen los nacionalismos, el «igualitarismo en todo» de los comuneros se verá erosionado solo cuando, décadas después, se pierda el nervio comunitarista y se configure una clase económica gestora autónoma y separada de la comunidad. Pero eso es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

El mundo de postguerra

El fin de la Segunda Guerra Mundial y la división del mundo en dos grandes bloques enfrentados también en lo ideológico, revivió el radicalismo anglosajón. Es la época en la que una nueva izquierda académica americana se centra en la crítica de la publicidad y el consumo y en la que aparece el primer «underground» contracultural. La idea retoma el énfasis en la acción individual y el poder del consumidor -los «boicots» eran parte del acervo radical desde el siglo XVIII. Pero le agrega por primera vez algo que estaba presente pero no era necesariamente explícito: la idea de subjetividad. El consumo cotidiano, hasta entonces una elección personal al margen de toda identidad, pasa a ser lo que «político» significa en la lógica del radicalismo anglo de raíz puritana, es decir a definir quién eres frente a los demás (originalmete frente al Dios puritano) en función de tus elecciones.

Ese es el marc cultural en el que aparecerá la «segunda ola» del feminismo en la genealogía hoy hegemónica que es la anglosajona. La línea de tiempo que propone la Wikipedia es muy ilustrativa. Se trata, en continuidad con la tradición radical, de un movimiento de derechos civiles que encuentra complicidades y ecos en la opinión liberal e ilustrada y que se nutre fundamentalmente de las primeras generaciones en las que las mujeres acceden masivamente a la universidad en EEUU. Es a cierto punto, la expresión de los cambios en el sistema productivo americano, en el que los trabajos fabriles dejan de ser los definitorios de la clase media (véase Mad Men) pero también de los conflictos en el seno de la misma élite liberal, cuyas instituciones educativas habían evolucionado menos que el resto de la sociedad. Una reconstrucción del sexismo en el Harvard de los 70 bastante ilustrativa es «Muerte en la cátedra» (1981) de Carolyn Heilbrun, entre otras cosas porque refleja bastante bien la distancia que las profesoras universitarias de la postguerra marcan con las nuevas feministas de los sesenta cuyo movimiento es fundamentalmente radical, es decir individualista e interclasista.

Pero conforme nos acercamos al 68, el feminismo evoluciona tomando formas del marxismo y el naciente nacionalismo de la minoría negra norteamericana y los «movimientos de liberación nacional» africanos.

La nueva «gran idea» que va cuajando y dando forma es que la relación hombre-mujer es una relación política, una relación de poder y por tanto «lo privado es político»… como siempre lo había sido en la tradición radical anglosajona desde los tiempos de puritanismo. Pero ya no se trata de reivindicar la igualdad en el trabajo o la incorporación de las mujeres a todos los niveles de la estructura productiva, es decir de «integrar» a las mujeres en el entonces exitoso capitalismo americano, ni mucho menos de enfrentarlo en una lógica igualitaria basada en el trabajo. Se trata de desmontar las micro-relaciones, el micro-poder que se reproducen en la cultura de las relaciones interpersonales y el lenguaje. «La mujer» se redefine como comunidad imaginada según un modelo que copia -superficialmente- las categorías marxistas: el sistema ya no estaría definido por el capitalismo y las sociedades de clase sino por el patriarcado. Las clases sociales se sustituyen por las clases sexuales, hombre y mujer, definidas por la normatividad de la heterosexualidad. La violencia sexual de todo tipo -física, social, simbólica- se reinterpreta como parte de una estrategia estructural de dominación (es la época de gloria de Althusser y el post-estructuralismo). Y la categoría «los hombres» se convierte en el sujeto del macrorelato («los hombres, siempre supieron eso») como sinónimo de ese poder.

Pero a pesar de los ecos del vocabulario marxista y de la vocación historicista de algunas autoras, sigue estando dentro del paradigma radical. Desde Europa llegarán las primeras críticas alternativas ya en los setenta desde la corriente, entonces naciente, que reivindica el lesbianismo como única liberación posible de todo lo que significa la categoría «mujer», definida en esa relación de poder con la clase sexual de los hombres. Es la primera andanada que augura el tsunami de las ideas postmodernas en la universidad americana. Su momento en el feminismo académico vendrá durante los ochenta con las llamadas «feminist sex wars» que darán paso a la llamada «tercera ola» del feminismo americano.

El mundo post-Muro de Berlín

La caída del Muro y el comienzo de la descomposición social masiva coinciden con el ascenso en EEUU de una nueva generación de académicos que, armados del discurso postmoderno, desbancarán a la generación en el poder en los claustros en los noventa. Son los primeros pasos de la izquierda universitaria americana que preparan la conversión en «mainstream» de la «identity politics». En lo que hace al feminismo se trata en realidad de una multiplicación de las definiciones de subjetividad, de individualidad, que rompe la comunidad imaginada de «la mujer» en los cruces entre la identidad basada en la sexualidad y las categorías étnico-raciales norteamericanas.

En la batalla inmediata, si la segunda ola sirvió para desalojar de los claustros norteamericanos a las académicas no feministas y establecer las doctrinas feministas como escuelas universitarias, la tercera hizo su hueco en los planteles de las grandes instituciones de enseñanza americanas a costa de las feministas blancas y mayoritariamente heterosexuales que encontraron su lugar en la Academia inaugurando los estudios de género.

¿Y ahora?

Es más que posible que todo este desarrollo entre en crisis ahora. De alguna manera, el triunfo de Trump y el ascenso del populismo nacionalista en Gran Bretaña son producto de una estrategia de poder pensada para la conquista de los claustros. Una izquierda que ha conseguido alienarse de la base trabajadora culpabilizando a los trabajadores como supuestos beneficiarios de la opresión étnica o sexual. Se ha repetido de alguna manera el bucle del radicalismo anglosajón: igual que acabaron haciendo de la presión anti-esclavista el motor de legitimación del mayor imperialismo hasta la fecha, el relato de un mundo de identidades esenciales fractalizadas y oprimidas por su ser, definidas al margen de su hacer social, está sirvierdo de combustible para el ascenso de un nuevo paradigma autoritario.

A las finales es el drama de siempre del radicalismo democrático anglosajón: del mismo modo que no se transforman las relaciones sociales por cambiar normativamente el lenguaje que las describe, no se puede convertir un sistema socio-económico en igualitario en ningún subconjunto de relaciones particular, si aceptamos que transformar las relaciones que le son esenciales, las que organizan la producción y distribución de riqueza, está fuera de nuestro alcance o interés. Y es que en el fondo, el feminismo ha evolucionado sobre una idea implícita en todo el pensamiento radical-demócrata: la relativa «neutralidad» del capitalismo, que en todo caso reflejaría la opresión a través de fenómenos como la esclavitud o la feminización de la pobreza, pero que no sería su causa última ni sería necesario superarlo para poder llegar a otra forma de relaciones sociales en todos los ámbitos. Algo difícil de argüir hoy aunque sea difícil verlo desde el espacio artificiosamente «al margen» de la universidad.

Hoy, la igualdad real de varones y mujeres, entre personas encasilladas en distintas «etnicidades», «géneros» o «comunidades de hablantes», ha de ser vindicada y pensada desde otro lugar. Desde luego no desde una escolástica universitaria de casuísticas identitarias, ni desde las esencias de mil comunidades imaginadas compitiendo en su memorial de agravios. Hay que salir de una vez del paradigma individualista e identitarista del pensamiento radical anglosajón para empezar a apuntar al núcleo de todas las divisorias al tiempo que se superan aquí y ahora, porque solo se superarán las discriminaciones y opresiones si construimos alternativas funcionales a las relaciones económicas que las alientan y amparan. Aquí y ahora.

«Del radicalismo democrático al feminismo postmoderno» recibió 1 desde que se publicó el Martes 20 de Diciembre de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Hoy mismo un ejemplo clarísimo y bien cercano de cómo la lógica de las comunidades imaginadas y el identitarismo del feminismo anglo lleva a la autodestrucción de las organizaciones del trabajo para felicidad de un sistema en descomposición que solo puede ser hackeado/alterado desde el trabajo

    https://twitter.com/arinasinhache/status/807988724579569665

    Si os fijáis un sindicato (CCOO) declara tan pancho, y de hecho da un premio a la ocurrencia de que más de la mitad de sus miembros es «Un despiadado opresor. Un ser violento. Poco menos que un monstruo» por el hecho de ser varón. Si esto no es culpabilización de la clase obrera que venga Federica Montseny y lo vea…

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos nuestros blogs en la
página de registro de Matríz.

El Correo de las Indias es el agregador y plataforma de blogs de los socios del Grupo Cooperativo de las Indias y es mantenido y coordinado por los miembros de la comunidad igualitaria de las Indias