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Del sistema a la tendencia… y la resistencia

«El sistema» es sustituido por «la tendencia» y lo que importa no es tener un sistema desde el que comprender cada manifestación del mundo social, sino estar en la tendencia adecuada donde se reciben las ideas, las estéticas y las propuestas que en cada momento hacen lo progresista.

leonardo notte e hija
Los cambios culturales de fondo son paulatinos. Salvo fenómenos traumaticos como una guerra o una gran crisis económica, el «espíritu de época» es la digestión continua y relativamente pausada, de los cambios que se originan en la tecnología, la economía, las formas de comunicación, las leyes, etc. Seguramente de ahí el éxito de la «Generación Milenio». Aunque cada cual parezca querer definirla en un entorno de fechas diferente, la verdad es que la crisis económica del 2008 ha hecho emerger cambios culturales que, aunque venían cociéndose durante los últimos treinta años, han pasado ahora a ser hegemónicos y visibles.

Los más profundos de esos cambios son los relacionados no con el resultado sino con la forma hegemónica en que se piensa en una sociedad. Si miramos atrás, digamos de 1848 a 1992, la gran diferencia entre el mundo continental europeo y el anglosajón es la sistematicidad. Pensar la política, la sociedad o el sentido de la vida en el continente es sinónimo de «tener un sistema». Pensar en el mundo anglosajón -que no vivió las revoluciones sociales del siglo XIX y XX y donde no fue evidente la centralidad del estado hasta los años treinta- es resolver problemas concretos sobre una base más o menos empírica y con un marco más o menos amplio.

La generación que vivió su juventud en los setenta en Italia, España, Alemania o Francia venía de esa tradición sistemática continental. Valoraba «la coherencia» personal, algo que requiere un sistema de pensamiento previo. Sus contemporáneos americanos valoraban por contra en la misma época «la autenticidad», que presupone la existencia de una «esencia» por debajo y anterior las decisiones de cada uno. Las diferencias entre el sesenta y ocho europeo y el americano tienen más fondo, pero el reflejo es innegable. Los jóvenes sesentayochistas americanos se convirtieron -tras unos años de experimentación y «búsqueda» esencial- en estrellas de Silicon Valley y creadores de productos financieros, cambiaron el cine experimental por Spielberg y Lucas y formaron esa élite profesional, muy 1% y muy progre, hoy tan denostada que Diane Lockhart representa tan bien en «The Good Wife».

Los sesentayochistas europeos, no buscaban nada por descubrir en sí mismos, querían ser coherentes, que es otra cosa. Por eso sus evoluciones fueron primero la búsqueda de un sistema: del cristianismo de base del que venían muchos hasta la extrema izquierda a golpe de «pura coherencia». Y luego, conforme descubrían la posibilidad y necesidad del poder, sin abandonar la búsqueda de esa misma coherencia, desde la extrema izquierda hasta la socialdemocracia o el conservadurismo, desde la nacionalización de los bancos de Mitterrand a los homenajes a Hayek de Boyer. El problema es que en los noventa, cuando la postmodernidad empieza a impregnar todo, ya no hay manera de ser coherentes. No podían creer en nada sistémico. No podían pensar y entender el mundo desde un único sistema. Deconstruir es lo que tiene. Y es verdad que del vacío espiritual de la ruptura del «sistema» surgió, al menos en parte, la tolerancia con la corrupción de la izquierda «evolucionada» y el «tristismo» patético de la izquierda inamovible que quiso representar el recientemente rescatado Anguita en lo que fue el último estertor, no exento de pragmatismo, de los setenta. Bien. El caso es que ahí acabó todo. Podemos poner el 92 como frontera. Ese fue el año en el que los viejos «revolucionarios» del 68 llegaron, a golpe de coherencia en toda Europa a casarse con el «mercado único europeo» como ideal práctico sustitutivo de todo lo anterior. Da igual que unos insistieran en la «Europa Social» y otros en la ampliación de mercados. Fue el último sustitutivo del «hambre de sistema» que había caracterizado al pensamiento europeo durante doscientos años de movimientos sociales y políticos alternativos. El resultado, un vacío, un todo vale. El primo europeo de Diane Lockhart es el muy diferente Leonardo Notte de «1992».

Pero volvamos a lo nuestro. ¿Qué ha cambiado? Cuando entre los jóvenes continentales de otras épocas prendía una idea, pongamos la igualdad por ejemplo, un joven Leornardo Notte la saboreaba, buceaba en ella y si llegaba a ver en el sistema que se la había presentado (el marxismo soviético del PCI por ejemplo) una contradicción entre ese fin y los procedimientos para alcanzarlo, el joven «se radicalizaba», abrazaba un sistema alternativo en busca de la coherencia. Como Notte -o alguno de los economistas de cabecera del BCE- se unía a Potere Operaio. Cuando Potere Operaio era obvio que no prendía entre los obreros italianos y que su juego llevaba a eso que se llamó «los años de plomo», la coherencia obligaba a poner en cuestión el ideal mismo. Abrazar otro -por lejano que fuera- o caer en la nada. O esa mezcla de nada y liberalismo espurio que fue el berlusconismo en Italia.

El resultado fue un descreimiento general no ya de esa generación, sino de todo el pensamiento sistémico. La coherencia dejó de ser valor. «El sistema» es sustituido por «la tendencia» y lo que importa no es tener un sistema desde el que comprender cada manifestación del mundo social, sino estar en la tendencia adecuada donde se reciben las ideas, las estéticas y las propuestas que en cada momento hacen «lo progresista».

El problema es que la tendencia es siempre adanista, no acumula conocimiento, no sedimenta, no profundiza, ama la consigna y el titular grueso, el «zasca» y la elegía por lo que tiende sin arreglo a reclutar erizos. Los liderazgos cambian, ya no se trata de demostrar, seducir o imponer la bondad universal del propio sistema, es mejor, cuando lo que cuenta es la tendencia, fracturar la sociedad en dos para demostrarse líder de una de las partes, la de la buena tendencia. Es la victoria final del conservadurismo: la sordera ante toda propuesta de sistema, la reducción de las ideas a consumos de fin de semana: gratos, gratuitos e inconsecuentes. ¿Quiere proponer algo? Propóngalo en la tendencia, obtendrá adhesión si funciona.

¿Quiere otra cosa? ¿Cree todavía en los compromisos y le molesta que la vida se lea en diagonal? ¿Cree que «ésto» no se arregla con tiritas? No vaya al mercado de masas, le partirá el corazón, vaya a la resistencia.

«Del sistema a la tendencia… y la resistencia» recibió 50 desde que se publicó el jueves 26 de mayo de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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