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Descomposición y teoría de juegos

¿Puede la teoría de juegos ayudarnos a comprender la descomposición?

CooperarLa vida está llena de dilemas del prisionero. Una situación en la que dos individuos deben escoger entre cooperar o traicionarse sin saber cómo se va a comportar el otro

  • Si uno coopera y otro traiciona, el traidor obtiene el mejor resultado individual de todos los posibles y el que ha cooperado, el peor. En el juego original, el traidor quedaba libre y el otro pasaba diez años en la cárcel
  • Si los dos cooperan, el beneficio es menor, pero satisfactorio para ambas partes, y lo que es más importante, la suma de los resultados de ambos -el resultado social- es tan bueno o más que en la alternativa anterior. En el juego original ambos pasaban seis meses en la cárcel.
  • Si los dos traicionan, se da el peor resultado social: ambos pasan seis años en prisión.

Lo perverso del juego es que con independencia de lo que haga el otro, la traición proporcionaría siempre un mejor resultado que la cooperación. Si el otro traiciona, te conviene traicionar y reducir de 10 a 6 años tu pena, pero si coopera, también te conviene traicionar porque quedarías libre. Y como esto opera para ambos, la «estrategia dominante» del juego es la traición y el equilibrio resultante, la traición mutua.

La emergencia de la cooperación

Pero imaginemos que estamos ante un juego con unas opciones equivalentes, pero que va a repetirse indefinidamente. En esos casos, los jugadores empiezan a testar estrategias, usan las iteraciones del juego como forma de transmitirse mensajes («si me traicionas en esta, te traicionaré» o «coopero en esta, a ver si te das cuenta y cooperas tu también») y, poco a poco, la cooperación emerge. Porque el traicionado, ante una traición, responderá con traición, para a continuación volver a cooperar de nuevo estableciéndose así un proceso de comunicación y educación. Un proceso que de alguna manera pretende reconducir al descarriado y reequilibrar la relación entre ambos.

Así poco a poco, se puede alcanzar un nuevo equilibrio para ambos: los dos cooperan, los dos ganan. Aunque a lo largo del tiempo, alguno de los dos se sienta tentado y traicione para obtener un beneficio mayor que el otro, su incentivo a largo plazo seguirá siendo el de cooperar y se retornará al equilibrio cooperativo, el «equilibrio de Nash».

Pero para que esto ocurra se tiene que dar un horizonte de jugadas infinitas. Porque imaginemos que de repente comunicamos a los jugadores que solo les queda un turno, una última oportunidad para ganar algo a costa del otro y sin que el otro pueda tomar represalias. Seguramente traicionen ambos. ¿Y si les decimos que les quedan dos turnos? Pensarán que el otro va a traicionarles en la última jugada y se adelantarán a la penúltima… ambos. Y así, podemos seguir aumentando el número de iteraciones hasta el total. La cooperación emerge cuando el horizonte es, en principio, infinito.

De esta manera, la perspectiva de iteración indefenida es la que permite que se establezcan sistemas cooperativos. Pero la cooperación es una situación delicada, constantemente puesta en cuestión. Axelrod en «La evolución de la cooperación» escribía:

el futuro puede proyectar una sombra sobre el presente, y de este modo influir sobre la situación estratégica actual (…) Pero el futuro cuenta menos que el presente, y ello por dos razones: la primera es que los jugadores tienden a valorar menos los pagos conforme se aleja hacia el futuro el instante de su recepción. La segunda es que siempre cabe la posibilidad de que los jugadores no vuelvan a encontrarse.

¿Qué sucede en la calle?

La idea de que el actual sistema social, político y económico «no da más» se ha convertido en moneda corriente. Cada vez menos personas ven un futuro dentro del capitalismo que vivimos ahora. Como decía David, el futuro está enfermo.

En ese marco, el desencanto ante las actitudes de políticos o responsables de grandes organizaciones provoca mucho más que una sensación de traición. Se entiende como una demostración más de que «el juego se acaba», no como un comportamiento a corregir. Y al hacerse el juego finito, los incentivos a la cooperación se desvanecen y los comportamientos cambian de forma generalizada: «si otros lo hacen, yo también debo hacerlo, es más si no lo hago, en términos de juego estaría perdiendo». La moral como mecanismo de contención deja de funcionar. Es la cultura de la descomposición.

¿Cómo se invierte el curso del juego?

  1. Dibujando futuros creíbles, haciendo que el relato de un futuro que sea capaz de generar confianza y permita modular los comportamientos hacia la cooperación. Por eso aparecen cada vez con más fuerza nuevas visiones del éxito más cercanas al ideal de una vida interesante.
  2. Poniendo el foco en un entorno donde creemos que, pase lo que pase, la iteración va a mantenerse en el tiempo. Por eso emergen dos movimientos tan diferentes como el comunitarismo (empoderado por la economía directa y las nuevas formas del modo de producción p2p) y el localismo (tradicionalmente autárquico y vestido ahora con las urgencias del decrecionismo).

A pesar de sus diferencias, muchas veces radicales, todos estos caminos apuntan a un mismo lugar: se está dando lo que María llamaba una «crisis de las escalas existencial», las grandes identidades del pasado se han vuelto demasiado grandes en las actuales condiciones como para que sirvan de marco a la emergencia de la cooperación.

«Descomposición y teoría de juegos» recibió 8 desde que se publicó el miércoles 18 de diciembre de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Natalia Fernández.

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