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Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

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renta de los hogares españolesSiguiendo los resultados del estudio «Qué quieres hacer con tu vida» hemos visto en los últimos posts como la nueva generación encara el trabajo, la universidad y el futuro. Pero en la identificación de los problemas en esta y otras encuestas hechas a las personas entre 20 y 30 años en España hay una gran ausencia: la desigualdad.

Miremos por donde miremos, ya sea el índice de Gini o el porcentaje del valor producido que va a parar a manos del 20% más acomodado, la evolución de la desigualdad en España es preocupante. España y Portugal ya son los países más desiguales de Europa Occidental. Y sin embargo el problema está ausente en la percepción social.

En los «focus group» y entrevistas que realizamos hace ahora un año los universitarios tenían una percepción clara de que la universidad solo daba acceso a los jóvenes con familias de unos ciertos ingresos… y sin embargo muchos de ellos ni siguiera conocían el significado de la palabra «igualitario». Es más, no percibían la desigualdad como un problema.

La desigualdad en los ingresos es un problema en tanto que síntoma: si crece es porque lo hacen la precariedad económica en las familias y su capacidad de pensarse a largo plazo invirtiendo en educación, formación o creando pequeños negocios… pero a medio plazo es un problema estructural en sociedades como las peninsulares donde las clases sociales tienden a ser hereditarias: los incrementos de la desigualdad en el ingreso producen desigualdad en las oportunidades. Algo hace a toda la sociedad más ineficiente y pobre en la medida en que desaprovecha más y más talentos.

La causa de la desigualdad creciente es estructural, no hay que escarbar mucho para descubrir que está en esas famosas «rentas» de las que habla el Manifiesto Comunero.

En un mundo donde poder aportar al bienestar común, trabajar, se relata como si fuera un privilegio, la única forma de construir una vida parece ser obtener una renta. Una renta no es un ingreso cualquiera, sino una posición ventajista e inmerecida, un beneficio extraordinario producido al margen del valor que uno aporta. Rentas son los beneficios generados por las grandes empresas gracias a regulaciones hechas a medida o monopolios que solo existen por la imposición legal, como la propiedad intelectual; rentas son los «incentivos» decididos e inflados por los mismos directivos que los reciben, o las consecuencias en dinero contante y sonante de que solo perteneciendo a ciertas esferas sociales se pueda acceder a ciertas posiciones y contratos, públicos o privados. Las rentas se tornan fácilmente acumulativas y generan una espiral de desigualdad cuando el acceso a la información y la educación depende de los ingresos personales o cuando se restringe sistemáticamente la competencia para asegurarlas, como hace rutinariamente el estado en sectores clave como la energía, las telecomunicaciones o los medios de comunicación.

En un mundo de rentas todo parece un juego de suma cero, donde uno gana porque pierden los demás. Desconfiar de todo y de todos, instituciones y personas, es la norma. Campa un individualismo de la peor especie para el que la vida es en realidad un sinsentido, un mero sobrevivir.

Pero la forma tradicional en la que el modelo europeo «combate» las rentas es generando nuevas rentas, rentas «sociales» que ponen un parche necesario pero aumentan la dependencia y no cambian la situación estructural. La única manera de enfrentar la desigualdad de modo efectivo, una vez existe acceso universal a la educación y la salud, no es aumentar la capacidad de consumo inmediato con rentas y ayudas -aunque sean necesarias como paliativos en situaciones como el desempleo de larga duración- es ganar autonomía desde el acceso a la producción, eso que llamamos «la conquista del trabajo».

«Desigualdad, la gran ausente» recibió 2 desde que se publicó el lunes 9 de mayo de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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